Pan apoyó con delicadeza su mano sobre el brazo de Milk y levantó la vista hacia el rostro marcado de Yamcha. Tenía pocas esperanzas de establecer algún tipo de paz entre sus dos acompañantes, pues se miraban el uno al otro como si estuvieran en un duelo a muerte. Pero, con la ilusión de poder contener otra explosión seria de temperamentos, echó una mirada que apelaba a la sensatez de él.

- Es comprensible que nos peleemos cuando las incomodidades de este viaje han puesto a prueba nuestro buen humor, pero les ruego a ambos que dejen de discutir. Sólo empeorará las cosas.

- Se equivoca si piensa que la princesa Maron no se enterará de esto, condesa. Usted ha permitido que uno de sus sirvientes me insultara y deberé ser muy específico al contarle esta historia.

Respondió a su amenaza con una electrizante sinceridad en su tono de voz.

- Dígale lo que quiera, señor.

Los pequeños ojos oscuros de Yamcha lanzaron chispas cuando comprendieron las palabras de la condesa Pan.

Yamcha odiaba ser desafiado por una mujer, en particular por una que tenía suficiente conocimiento y conciencia de los acontecimientos del mundo exterior como para volverse peligrosa.

- Tengo al zar Piccolo en mi más alta estima, condesa. En realidad, no estaría aquí si la princesa Maron no confiara en mí de un modo implícito. Inclinó un poco la cabeza mientras continuaba su defensa. – A pesar de sus dudas, condesa, le demostraré que soy un valioso escolta, uno con más méritos que los guardias de Su Majestad, que son, después de todo, nada más que hombres comunes incapaces de albergar otra emoción que su lujuria egoísta.

- ¿Y qué emociones tiene usted? - preguntó Pan con un toque de escepticismo mientras pensaba en el galante capitán Ten Shin han, que había sido apreciado durante toda su carrera por su innegable valor y sus modales caballerescos - . ¿Ha saltado más allá de ese foso que significa un obstáculo para el hombre mortal y plantado con firmeza sus pies en el excelso terreno de la santidad? Perdóneme, señor, pero creo recordar que cuando era una niña un sacerdote muy generoso me previno que no pensara en mí como en un presente invalorable para la humanidad, sino que, con verdadera humildad, considerara mi frágil cuerpo como algo temporal y, con ferviente celo, buscara una fuente más elevada de sabiduría y perfección.

- ¿Qué tenemos aquí? ¿Una culta erudita por casualidad? – Yamcha se echó a reír con aparente humor, pero había un dejo de malicia detrás de sus palabras. Era un hombre que se había asignado la suprema tarea de corregir a los descarriados, sin embargo, encontraba difícil ser objetivo de cualquiera que no reconociera su potencial importancia y cuestionara su grandeza. – Imagínense semejante sabiduría unida a una forma tan perfecta. ¡Por favor! ¿Qué sucederá con esos clérigos que para iluminarse recurren a pesados tomos de eras pasadas?

Pan estaba segura de que el hombre la estaba poniendo en ridículo por haber enunciado una lógica que no tenía, desde su punto de vista, ningún valor. Sin embargo, no pudo resistirse a un comentario.

- Cuando una persona tiene una falta arraigada en lo más profundo de su razonamiento, aunque estudie la obra de un centenar de antiguos escribas, no será más sabia que antes si continúa alimentando esa falta con celo.

- Su lógica me asombra, condesa.

Pan se atrevió a posar sus ojos en la mirada cínica de Yamcha, pero decidió que toda discusión con él era inútil. Parecía aconsejable quedarse en silencio y soportar las torturas de la travesía sin escuchar más sus comentarios.

El carruaje tomaba una curva pronunciada. Pesadas ramas de pino golpearon con dureza los lados del carruaje asustando por un momento a los ocupantes. Pronto, por encima del clamor de las ramas rotas y retumbantes pisadas de caballo, se introdujo un sonido más ensordecedor y aterrador que arrancó gritos de terror a los tres viajeros que se sentaron erguidos en sus asientos.

- ¡Nos están atacando! – exclamó Yamcha, arrebatado por el pánico.

El corazón de Pan se quedó helado de pánico en medio de la conmoción que siguió. Por un momento pareció que el tiempo se detenía mientras se producía una descarga apresurada. Una segunda explosión de mosquete se escuchó de inmediato. El sonido reverberó en ondas que disminuían su intensidad a través del bosque. Otros disparos se oyeron en la parte de detrás del coche donde se situaba un lacayo. Una quinta descarga les perforó el corazón con un miedo paralizante. De pronto, los conmovió el grito de dolor de un sirviente. A medida que los ecos del grito cedían, el conductor hizo saltar al grupo al frenar repentinamente. Una palpitación después, la puerta se abrió de par en par y los tres ocupantes del carruaje se encontraron mirando con la boca abierta al cañón de una enorme pistola.

Continuara...