Pan apretó los puños en los pliegues de su falda y juró no revelar toda la dimensión del terror que sentía por ese hombre mientras hacía oír su réplica.

- ¡Un bribón amistoso! Se ríe como un idiota y emite amenazas para atemorizarnos sólo después de habernos quitado las armas de nuestras manos. Y con más de sesenta hombres a su lado. Me di cuenta de que usted hizo su aparición mucho después de que el peligro había pasado, como una comadreja que tiene miedo de ser vista.

- Guardo mi genio para cuando los otros pierden el de ellos. – Black expresó su excusa con una sonrisa jovial que demostraba que las críticas de la joven no lo habían afectado. – Yo observo hasta que todo está asegurado.

- Usted no es más que un cobarde sin nombre que acecha en la oscuridad mientras su ejército de lobos hambrientos se adueña de la riqueza de hombres honestos – se burló de un modo encarnizado.

- Piense lo que quiera, condesa - respondió Black con una sonrisa confiada -. No logrará cambiar nada. – Echó a la doncella otra profunda mirada que le permitió admirar sus bellas facciones y su suave feminidad. Sus ojos volvieron a deslizarse por el tentador valle que se abría entre sus pechos.– Sin duda, el destino me ha sonreído esta tarde, mi señora, al traerme una joven tan encantadora junto con el botín. Me siento honrado por su presencia.

- ¡Bueno, para mí no es un placer estar aquí! – replicó Pan con vigor y se sintió frustrada por la sonrisa resuelta de Black.

- Puede estar segura, condesa, de que disfrutaré de esta noche con usted como si no tuviera otra. – Su voz denotaba una profunda ronquera que revelaba la atracción que sentía.

- Si usted piensa que seré una estudiante predispuesta, señor bestial, entonces, permítame que lo desengañe.

- No me importa que ofrezca pelea, condesa, se lo aseguro. – Black levantó los hombros un breve instante para demostrar que no le preocupaba en absoluto. - A decir verdad en los últimos años me he cansado de las mujeres que me siguen a pies juntillas y hacen todo lo que les digo. He llegado a apreciar más a aquellas que son independientes. Estoy seguro de que su reticencia me resultará estimulante. – Los diente blancos brillaron en agudo contraste con la piel oscura mientras le sonreía. Era muy consciente del odio que sentía, y más aún del hecho de que era una boyardina de buena cepa. Tenía el aspecto de la nobleza, de la gente de alto rango. Había visto una demostración de su espíritu orgulloso, y eso había hecho mucho por borrar la primera impresión de que se trataba de una muchacha completamente fría y altanera. Nada más alejado de la realidad afirmaba en su mente, mientras un calor creciente le derretía los ojos de hielo.

Black llenó su rostro con una sonrisa mientras le quitaba el sombrero de la cabeza. Comenzó por el broche, lo abrió y lo mantuvo un instante a la luz donde pudo examinarlo mejor. Con una mirada hacia atrás, lo arrojó por encima del hombro a su segundo en el mando. Pilaf lo tomó en el aire con ambas manos y se le iluminó el rostro al frotar la joya contra su chaquet

- Es tuya, amigo mío, por descubrir el coche de esta dama – declaró Black.

- ¿Qué dices, Black? Esta es una pieza digna de tu atención.

El señor de los ladrones rió profusamente y deslizó un brazo alrededor de la cintura de Pan ignorando su expresión enfurecida y la atrajo hacia su lado.

- Como puedes ver, Pilaf, tengo en mi posesión una pieza mucho más atractiva que ese simple broche, una que me calentará en una larga noche de invierno.

- ¿Y Mai? – preguntó Pilaf alzando una ceja -. ¿Qué crees que vas a hacer con ella?

Black se encogió de hombros con un gesto casual.

- Tendrá que aprender a compartirme.

- ¡Déjeme ir! – gritó Pan, luchando contra la sólida musculatura del pecho de Black que cerró con más fuerza su abrazo -. ¡Por favor! ¡Se lo imploro! ¡Déjeme ir!

Black comenzó a reír con suavidad cerca de su oído.

- No hasta que me haya complacido... y tal vez ni siquiera entonces.

Bajó su brazo y rodeó las voluminosas faldas. La levantó casi sin hacer fuerza y la colocó sobre uno de sus hombros quitándole el aire casi por completo. Hizo una pausa para mirar con curiosidad por encima del hombro mientras un repentino desorden se producía cerca del capitán. Esta vez, Ten Shin Han había dado un puntapié a su caballo con la intención de ayudar a Pan, pero el animal fue sometido con rapidez y firmeza por varios bandidos que se acercaron para arrastrar fuera de la silla al oficial, que no se daba por vencido.

- Vamos, capitán – se burló Black con desdén -. Usted no puede quedarse con ella. ¡No es más que un sirviente del Zar!

Mientras reía sujetaba con más firmeza a Pan sobre su hombro y le daba unas palmaditas en el trasero. La condesa Pan enfurecida gritó su protesta mientras descargaba los puños contra la ancha espalda y exigía su liberación.

- ¡Déjeme ir, maldito sinvergüenza!

Despreocupado de la lucha, Black caminó hacia su caballo y allí delante de sus hombres, emitió una serie de órdenes bruscas.

- ¿Por qué miráis como unos tontos? Id a trabajar, ¡todos! ¡Desvalijad a estos hombres y el coche de la dama! ¡Llevaos todo lo que podáis recoger! ¡Luego regresad al campamento y esperadme allí!, iré hacer un poco de ejercicio con esta muchacha. – Una sonrisa lenta torció sus labios. – Si demuestra ser una pieza valiosa, el zar puede ir procurándose otra querida.

Pan vio que el ladrón la subía a la parte trasera de su caballo. Una vez situada allí, hizo una rápida evaluación de sus posibilidades de escapar. Parecía que el tiempo de la resistencia había llegado, pues las posibilidades iban a disminuir considerablemente una vez que Black montara delante de ella.

En un desesperado intento por ganar su libertad, tomó las riendas con una mano, el látigo con la otra, y descargó este último contra el brazo de su captor golpeándolo con toda su furia una y otra vez hasta que lo hizo salir de su campo de acción. Eludiendo sus largos dedos, Pan se inclinó hacia detrás e incrustó su pie a la altura del pecho de Black y luego empujó con todas sus fuerzas.

Black trastabilló sorprendido ante la violencia del ataque de la dama. Era un hombre acostumbrado a esas lides, pues, con frecuencia, se había encontrado con enemigos en combate, pero había considerado a esta doncella demasiado delicada y frágil para semejante embestida. Sin embargo, ella no era rival de cuidado para un hombre que podía llamarse hombre.

Black recuperó con rapidez su equilibrio y, con un revés, hizo saltar el látigo, dejando al delgado brazo amoratado y ardiendo y, por un momento, completamente inutilizado, pues cayó inerte sobre el regazo de la joven. Pan apretó los dientes para mitigar el dolor y tiró de las riendas que tenía en la otra mano, pero los largos dedos estuvieron allí de inmediato y la despojaron de las cuerdas. Con un miedo creciente a lo que el futuro podía depararle, volvió a golpearlo con el pie, a sabiendas de que no tenía la fuerza suficiente como para oponerse a él por mucho tiempo más. Sin embargo, mientras mantuviera su vigor, no abandonaría la causa. Su intento de alejarlo, no obstante, demostró ser demasiado débil, pues el bandido desbarató, resuelto, sus mejores esfuerzos. En menos de un segundo, Pan tomó conciencia de la fragilidad de sus esfuerzos contra la determinación y la musculatura de Black, que había colocado una ancha mano debajo de sus faldas y le estaba tomando la rodilla. Pan quedó boquiabierta por el atentado contra su modestia y trató de empujarlo, pero él la sujetó con más fuerza hasta que ella pudo sentir los dedos que se incrustaban con crueldad en su carne. La presión se intensificó hasta un grado sumo y ella se vio forzada a ceder, y cedió dejando de luchar por primera vez, aunque sus ojos todavía ardían con una hostilidad no reprimida.

Black había ganado la batalla, aunque no todavía la guerra de voluntades. Soltó la rodilla y, con admiración, subió la mano por el muslo desnudo. La expresión conmocionada de Pan y su reacción no fueron de sometimiento. Con un grito de creciente furia, impulsó un brazo hacia atrás y descargó un puñetazo en la mejilla del bandido con la fuerza suficiente como para hacer que su oído resonara.

- ¡Sáqueme sus sucias manos de encima, víbora! – Sus ojos echaban chispas. – ¡El zar reclamará su cabeza por esto!

Black la miró mientras retiraba la mano de debajo de sus faldas y se frotaba con la palma la mejilla enrojecida. Había tenido razón al juzgar que esta dama no pertenecía a una raza tímida y dócil. Por el contrario, estaba demostrando ser completamente intratable en todo sentido de la palabra.

- Antes de que llegue ese día, mi señora – farfulló -, su precioso zar tendrá primero que encontrar hombres que valgan lo suficiente como para atraparme. Y aunque hay rumores en el viento de que ha contratado a caballeros de otros países para instruir a sus soldados en el arte de la guerra, no me vencerán. No hay nadie en su ejército que ya no haya doblegado. Mire a su alrededor si duda de mis palabras. – Demostró su afirmación indicando los guardias que estaban apilados a un lado y luego se acercó un poco y la tomó de las muñecas y la sostuvo con fuerza mientras sus ojos se hundían en los de ella. Si es tan tonta de esperar que algún valiente venga a salvarla... - hizo un movimiento rápido con el mentón en dirección al capitán Ten Shin Han, que había sido atado, y luego indicó al enfurecido Yamcha, al cual le estaban ordenando que se quitara la ropa- ... entonces reconsidere la ridiculez de su razonamiento. Nadie vendrá en su rescate, al menos nadie que pueda ver.

Pan curvó sus dedos con la intención de levantar una mano para tomarle la cara.

- Sin embargo, señor monstruo – replicó -, pagará por esta ofensa, lo atraparán, lo juzgarán y lo colgarán. ¡Y yo estaré allí para verlo! ¡Se lo juro!

Black se limitó a reír por ese lastimoso intento de amenaza.

- Por el contrario, condesa, usted será a la que tomarán y usarán. Usted es mi prisionera, mientras yo así lo decida...

Sus últimas palabras fueron silenciadas por el rugido ensordecedor de disparos de pistolas. Un alboroto repentino llenó de pronto el claro del bosque. La cabeza de Black giró abruptamente, justo en el momento en que tres hombres caían al suelo.

El estrecho pasaje retumbó con otra descarga sonora que se mezcló con el estallido de pisadas de caballos. Una enorme cantidad de soldados montados apareció a la vista. Un oficial con casco, cubierto de polvo, lideraba el ataque. Blandía la espada por encima de la cabeza mientras los bandidos, sorprendidos, caían unos encima de los otros en su apuro por huir. Los jinetes no tuvieron tiempo de recuperar el ánimo antes de que los soldados estuvieran encima de ellos. El caballo del oficial iba mucho más delante que los de sus seguidores. El militar alentaba a los ladrones a cerrar filas alrededor del enemigo que se había atrevido a interponerse en sus designios. Con un anhelo salvaje se apiñaron alrededor de él tratando de tirar a ese tonto mortal de su silla y hacerle lo que se merecía. Pero como un guerrero vengativo, el hombre llenaba el aire con los gritos de los moribundos que caían barridos por el filo de su espada. Uno detrás de otro eran segados por el golpe feroz y mortal de su hoja filosa hasta que el miedo se apoderó del corazón de los bandidos.

El hombre parecía impenetrable a las armas de sus enemigos hasta que, de los límites exteriores del combate, surgió un enorme Goliat con el pecho grande como un barril, que tomó una lanza y se abalanzó sobre el oficial. El arma se estrelló contra el casco y salió volando. El jinete se balanceó en la silla, inestable, lo que arrancó vivas a los bandoleros. Luego, poco a poco, se adelantó hasta abrazarse al cuello de su semental. Sacudió la cabeza como si tratara de aclarar sus sentidos atontados. Los bandidos recuperaron el vigor, convencidos de que el oficial estaba seriamente inhabilitado. Estaban seguros de que pronto sentiría en su carne toda la furia de su venganza.

Quizá ninguno esperaba eso con más ansias que Black, que observaba con profunda satisfacción cómo sus hombres se disponían a deshacerse de ese antagonista. Pan sólo pudo gemir de desesperación cuando la banda de proscritos dio rienda suelta a una sarta de gritos ensordecedores celebrando por anticipado la victoria. Se adelantaron en masa para terminar con su presa, y no fue más que medio instante después que se dieron cuenta de su error.

Aunque atontado, el oficial no había perdido conciencia del peligro que lo rodeaba y reaccionó con una combinación de habilidad e instinto. Hizo girar su caballo en un círculo cerrado para mantener a los bandidos a distancia, lanzó un golpe espacioso y ondulante con su espada que casi cortó la cabeza de unos cuantos atrevidos. Cuando, por fin, el oficial logró salir por completo de la niebla que lo cubría, la hoja enrojecida volvió a relucir con una meta más clara, azotando a sus víctimas y haciéndolas caer, sin vida, al suelo.

Pan vio que la mirada del hombre buscaba traspasar la refriega que lo rodeaba para descubrir dónde se encontraba ella. En ese momento, se le apareció más como un héroe, aunque el cabello empapado pegado a la cabeza y el rostro cubierto de polvo no eran más que una mancha borrosa en la luz del ocaso. Sin embargo, si alguna vez ella se había formado una imagen de un caballero con vestiduras resplandecientes, él se conformaba a esa ilusión y mucho más.

Al ver que ahora su enemigo era capaz de darle caza. Black no perdió ni un minuto. Con un grito a sus secuaces, les ordenó partir. Saltó delante de su cautiva y golpeó su pesado cuerpo contra la espalda de la condesa. Le importaba un bledo la incomodidad de la dama, pues sólo estaba preocupado por su seguridad. Hincó sus talones contra los flancos del animal para que empezara a correr en retirada.

Pan se sintió aliviada de que el brazo que le rodeaba la cintura fuera fuerte y hábil. De otro modo, podría haberse estrellado contra el suelo, pues el caballo volaba por el camino. Sin embargo, cuando Black lanzó al animal para que siguiera el camino que tenía delante, Pan vio que el oficial les había dado alcance y que, de hecho, los estaba aventajando.

El bandido estaba más que asombrado. Maldijo de un modo salvaje mientras azuzaba al caballo y lo espoleaba obligándolo a una aterradora carrera entre los árboles. Pan contenía el aliento, paralizada, pensando en el momento en que el desastre les detendría la marcha, en un rincón de su mente estaba sorprendida por la agilidad del animal. Sin ninguna duda, el caballo era veloz y de pies alados, y el hombre que lo guiaba tenía los mismos méritos.

En silencio oraba para que la cabalgata terminara sin problemas, pero cuando vio un claro delante de ellos, su miedo se intensificó pues se le ocurrió que había una posibilidad de que escaparan al castigo.

Llegaron al claro, y Black, una vez más, miró hacia atrás para tomar conocimiento del paradero del oficial. Hasta entonces, ningún caballo había igualado el paso de su bestia, y después de la sumergida salvaje en el bosque sin senderos marcados Black esperaba encontrarse muy por delante del otro. En verdad era una conmoción ver la corta distancia que en realidad lo separaba del perseguidor.

Black soltó un brazo y buscó su cuchillo, pero de inmediato el otro hombre estaba sobre ellos. El oficial se lanzó de su caballo y cayó sobre el hombre que estaba delante de ella en la montura. Ese solo hecho maravilló a Pan por la destreza del soldado, pero en el instante siguiente, ella se desfiguró en una mueca al escuchar que los dos hombres caían en el suelo. Pareció que había transcurrido un segundo cuando escuchó el ruidoso intercambio de puñetazos que encontraban la carne sólida y el rumor de las hojas secas que se desparramaban y crujían mientras los dos hombres peleaban debajo del caballo.

Pan se atrevió a mirar hacia abajo, y sus ojos capturaron el relámpago del puñal de Black que era levantado en alto, pero otra mano se alzó y apretó la muñeca resuelta para mantenerla lejos de su meta.

El caballo, espantado por la pela, se movía nerviosamente sobre los dos hombres que luchaban cuerpo a cuerpo. Enfrentada a la amenaza inminente de que el animal se aterrorizara y saliera corriendo con ella encima, Pan trató de evitar esa experiencia y, con suma cautela, se estiro en busca de las riendas que colgaban del cuello del caballo. Le dio unas palmadas suaves en un esfuerzo por calmarlo.

De repente, la cabeza de Black se sacudió hacia atrás por la fuerza de un puñetazo bien dirigido y golpeó la panza del caballo. En el instante siguiente, Pan se encontró luchando por mantenerse sentada mientras en animal relinchaba de terror y levantaba las patas delanteras. Pan retorció con sus manos la crin del animal y se aferró a ella con desesperación, porque era plenamente consciente del peligro de ser arrojada del lomo de un caballo enloquecido.

Se inclinó sobre el cuello del animal calculando cada uno de sus movimientos en un esfuerzo concertado por apaciguar su alarma. Pan trataba de volver a capturar las riendas que habían salido volando. Pero la amenaza de caerse la inhibió de extenderse lo suficiente y se vio obligada una y otra vez a retraerse a la seguridad de la crin. Luego, al estirar una mano en la misma búsqueda ansiosa, una rama baja enganchó la rienda hacia arriba y la proyectó hacia un sitio que estaba a su alcance. Con angustia, Pan hizo un movimiento envolvente con su mano para agarrarla y, aliviada, tomó la tira de cuero. La buena fortuna estaba con ella, pues apenas un segundo después logró capturar la otra rienda de un modo similar.

El éxito levantó el ánimo de Pan. Sujetó las riendas con seguridad, logrando así algo de control sobre la bestia, al menos lo suficiente como para hacerlo girar y retomar el camino que los conducía de regreso al área donde el carruaje había sido detenido. Sin embargo, el caballo era reticente a reducir la velocidad de su paso, y, aunque ella pudo ver la sombra oscura del coche a través de la niebla profunda, no pudo conseguir el dominio necesario en el tozudo animal como para anidar la esperanza de que sería capaz de detenerlo una vez que lo alcanzara.

Ten Shin Han estaba sentado cerca del coche. Se había sometido a los cuidados de un experto sargento que estaba, en ese momento, vendándole el brazo. El sonido atronador de los cascos atrajo la atención del capitán; levanto la vista y vio que Pan se aproximaba a una velocidad alarmante. De un salto se puso de pie y gritó a sus hombres para que se dispusieran a detener el caballo. En ese mismo instante se adelantaron para formar una barrera a través del camino donde esperaron al animal desenfrenado con los brazos bien abiertos. El caballo, a poca distancia de la trampa humana, endureció las patas y frenó bruscamente. Esta vez, Pan tuvo la suficiente fortuna de tener a alguien bastante cerca para acudir en su ayuda. El capitán la arrebató de la silla mientras el sargento se hacía cargo de las riendas y las sujetaba con firmeza.

Pan, temblando de alivio, se apoyó en el capitán Ten Shin Han. Sentía como si toda la fuerza se hubiese escapado de sus miembros. Casi sin darse cuenta de la expresión de Ten Shin Han al clavar sus ojos, por un breve instante, en el corsé desgarrado. Lentamente él soltó el aliento contenido y recuperó el control de sus sentidos. El delicado roce de sus labios contra el cabello de la muchacha pareció accidental, pues continuaba sirviéndole de apoyo, y Pan no le dio mayor importancia. De pronto escuchó la súplica débil y llorosa de Milk que le pedía que se acercara y respondió a ella sin dilación.

- Mi niña – gimió Milk - . Déjeme mirarla.

Milk luchaba por incorporarse con la intención de ver mejor a Pan. Al ver el estado andrajoso de la joven, Milk se echó a llorar y a gemir, preocupada, pensando que había ocurrido lo peor.

- Oh, mi corderita! ¡Mi corderita! ¿Qué le hizo esa bestia?

- ¡De verdad! ¿Estoy bien! – le aseguró Pan mientras caía de rodillas al lado de Milk-. El oficial del zar vino en mi rescate, y no me ocurrió ningún desastre. He sufrido sólo unos rasguños menores, eso es todo.

- Gracias al bendito cielo, está a salvo.

- Súbela al coche, Roshi – le ordenó con suavidad al cochero de cabellos canos y ayudó al hombre que, junto con el lacayo, cumplió con lo que se le había pedido- . Despacio ahora, ella se ha llevado la peor parte.

- Me ocupare de ella, señora. No tenga miedo – replicó Roshi y luego continuó - : Descanse usted también. Ha pasado un buen susto.

Satisfecha de que Milk estuviera en manos expertas, Pan volvió la atención a la situación que la rodeaba. El cuerpo de solados que había venido en su rescate había dado caza a los proscritos y ningún miembro de fuerzas se había quedado atrás. A poca distancia del coche, el suelo estaba sembrado de muertos y, por lo que ella podía determinar en la oscuridad, los asaltantes eran los únicos que habían sufrido pérdidas, sin duda porque habían sido tomados completamente por sorpresa por el ataque de los soldados.

Consciente de la necesidad de huir del lugar antes de que algunos de los jinetes regresara para reclamar el botín, Pan se dirigió al capitán Ten Shin Han.

- Debemos partir pronto, antes de que vuelvan a atacarnos. Ten Shin Han estuvo de acuerdo y dio la orden a sus hombres.

- En cuanto terminen de cargar el coche nos vamos. Debemos apurarnos en llevar a la condesa a un lugar seguro.

Pan miró al derredor un tanto confusa y se dio cuenta de que no había visto al clérigo desde su regreso.

- Pero, ¿dónde está Yamcha? ¿Qué le ha sucedido?

El capitán Ten Shin Han se echó a reír y levantó su brazo para señalar hacia un área en sombras más allá de unos altos árboles que estaban a distancia. Pan frunció el entrecejo y trató de ver algo en la oscuridad hasta que una vaga y pálida mancha borrosa se hizo distinguible, algo parecido a la sombra de un hombre.

- Le robaron las ropas, condesa, y también se llevaron todo lo que teníamos para cambiarnos. No podemos darle nada para que se ponga.

Pan sopesó las alternativas, pero fue reticente a ofrecerle algo de sus baúles. Yamcha había dejado en claro que era contrario a los vestidos europeos y ella tenía serias dudas de siquiera considerara aceptar sus vestimentas frívolas, aun en estado de desesperación.

- Parece que no hay otra opción que buscar ropas entre los caídos-
sugirió.

- Ya he asignado esa tarea a uno de mis hombres – le informó Ten Shin Han, inclinando la cabeza hacia los cuerpos desparramados por el suelo -. Aunque la selección no esté de acuerdo con los cánones de elegancia de Yamcha, es todo lo que hay.

Pan objetó en silencio la idea de quitarle las ropas a un muerto y se excusó.

- Esperaré en el coche, con Milk.

Aunque la noche pronto cayó sobre ellos, Pan y su pequeña comitiva de asistentes se hicieron con rapidez al camino.

Ya estaban encaminados cuando Pan se dio cuenta de que no había hecho ningún intento de enviar a alguno de los hombres del capitán Ten Shin Han en busca del Oficial que había acudido en su rescate. La idea de que el hombre yaciera herido o muerto en el bosque hizo que su indiferencia pareciera una vergonzosa falta de compasión. Se reprendió por buscar su propia seguridad y olvidarse de la seguridad y la comodidad de aquel que había puesto en peligro su vida para salvarla. Había actuado como una cobarde, igual que Yamcha cuando, sin protestar demasiado y sin levantar un dedo, se había hecho a un lado y permitido que esos bandidos sin ley la acosaran. No se sintió en absoluto orgullosa de sí misma. No podía creer que hubiera encontrado tan rápido alivio al estado de abatimiento en que había caído.