CAPITULO

5

Los soldados y el carruaje atravesaron una calle adoquinada pasando delante de hileras de cabañas de madera adornadas con molduras pintadas y aleros calados. Los pequeños cobertizos se reunían como faldas hechas jirones alrededor de la parte trasera de las casas y se juntaban con amplias cercas formando una pared exterior que suministraba protección contra los fríos vientos que arrasaban el pueblo a finales del invierno.

El grupo pasó en estoico silencio delante de una iglesia de madera de una sola cúpula; sin embargo, cuando Roshi detuvo el carruaje delante de una posada de apariencia decente y vieron una casa de baños en las cercanías, se escucharon suspiros de alivio de parte de los guardias que descendían de sus monturas.

El capitán Ten Shin Han entró en la posada para hacer los arreglos necesarios para las personas a su cargo. Su brazo vendado y su chaqueta ensangrentada hizo que muchos lo miraran con asombro, pero nadie detuvo a un oficial del zar Piccolo que cumplía con sus obligaciones. Como no deseaba aumentar la confusión del posadero con la aparición de dos mujeres desgreñadas y con los vestidos desgarrados, Pan se contentó con esperar en la intimidad del coche, prestando toda la ayuda que podía a Milk, cuyas facciones habían asumido una palidez que acentuaba la hinchazón entre morada y negra que cubría su pequeño mentón.

El posadero estaba orgullosos de su nueva casa de baños, y al conducir a sus huéspedes masculinos a las instalaciones se vanaglorió de sus comodidades. El recorrido con guía brindó a Pan la soledad que necesitaba para ayudar a Milk a llegar a la habitación. Pan, con sumo cuidado, ayudó a desvestir a la anciana, como la leal Milk había hecho numerosas veces por ella. Después de cenar con frugalidad y de lavarse con el agua de una vasija, la ama de llaves se subió a una estrecha litera y, exhausta como estaba, se quedó dormida de inmediato.

Pan deseaba más que un lavado y no estaba dispuesta a aceptar nada que no fuera un baño completo y relajante para su abusado cuerpo. Se dio cuenta, sin embargo, que los hombres tenían los mismos deseos en mente después de depositar sus pertrechos en el piso superior. Al pasar por su puerta, hicieron tanto ruido como una estampida de jóvenes potrillos que se chocaban y se codeaban para ser los primeros en alcanzar la sala de baños. Al escucharlos descender entre bromas, Pan no pudo enfadarse con ellos y se resignó a esperar el momento en que ellos hubieran terminado con sus abluciones. La demora no le dolía al saber que tendría más tiempo disponible para ella si era la última en usar la sala.

Pan ocupó ese rato en seleccionar la ropa para la siguiente jornada, separó el vestido más sencillo que tenía, uno que la resguardaría de las críticas.

Se desató las largas trenzas y, con esmero, trató de quitar con el cepillo los nudos, las hojas y otros restos que se habían enredado en el cabello. Luego dejó que este cayera suelto hasta sus caderas. Se quitó el vestido desgarrado y se liberó de las enaguas. Mientras se desvestía, apareció en su mente el oficial que había dejado abandonado, y una vez más, la incertidumbre de su situación le produjo remordimientos. Había sido tan heroico enfrentando a tantos hombres, y aunque ese duro bárbaro, Black, había hecho el intento de asesinarlo con su cuchillo, ella murmuró una súplica tardía para que hubiera salido a salvo del enfrentamiento.

Se colocó una voluminosa bata para cubrir su cuerpo delgado y se sentó a esperar. Apoyó la cabeza contra la silla y trató de forjar una imagen mental del oficial, pero fue incapaz de recordar ningún detalle significativo de sus rasgos, al menos ninguno que la satisficiera por completo. Apenas se había permitido una mirada fugaz, y además, en circunstancias aterradoras y bajo una luz insuficiente. El rostro estaba vacío en su memoria. Tal vez nunca lo volvería a reconocer. Sólo podía recuperar el asombro que había sentido al verlo allí, como un halcón incansable hasta hacerse con su presa.

Pan suspiró y dirigió sus pensamientos hacia otra parte. Al día siguiente por la noche, estaría ya en Moscú, donde tendría que presentarse en la casa de Maron. No tenía idea de cómo sería recibida o cuán capaz sería de adaptarse a su estilo de vida y a las reglas autoritarias que le impondrían. Sus dudas no se habían aplacado pues se basaban en las impresiones recogidas en una reunión y en muchos rumores conflictivos que tenían que ver no sólo con la princesa Maron, sino también con el príncipe N° 17. Con el tiempo, se verían las consecuencias de este arreglo al cual el zar Piccolo la había forzado, y para su propia tranquilidad esperaba que sus miedos fueran injustificados y que un mutuo respeto creciera entre ellos y ella.

La atención de Pan se animó al escuchar que los soldados, mucho más tranquilos después del baño, comenzaban a regresar en varios grupos. Mientras pasaban con lentitud por su puerta, la joven se preguntó qué trampa le estaba jugando su mente, pues le parecía que había tres veces más soldados que los que habían partido, pero no podía confiar en la precisión de su juicio pues estaba demasiado impaciente y deseosa de que se acostaran de una vez para tener el baño a su disposición. Trató de calmar su ánimo exacerbado y ser práctica. Después de todo, las voces mudas y apagadas hablaban del cansancio que tenían. Ella podía confiar en que pronto estaría aprovechando la intimidad que deseaba en el baño.

La posada por fin se quedó en silencio y Pan consideró que era el momento de disfrutar a solaz del baño. Tomó una camisa de dormir limpia y el pequeño bolso donde había colocado los elementos necesarios para su aseo y bajó las escaleras.

Por encima de las copas de los árboles, la luna brillaba desde su espacioso reino y reprimía la oscuridad con una maravillosa luminosidad que definía con precisión el camino hacia el edificio de tejados bajos.

La puerta crujió en la quietud silenciosa cuando Pan la empujó con lentitud y entró en la sala. En el extremo opuesto de la habitación, crepitaba el fuego en la inmensa chimenea iluminando la habitación oscura con un brillo color ámbar. De una viga de madera colgaba una linterna que compartía su débil luz y daba misteriosa vida a la niebla que se levantaba de la superficie estigia de la piscina. Los vapores subían entrelazados con los haces de luz, como si estuvieran buscando un camino de escape. Al no encontrar salida, se fundían en una neblina espesa que cubría el interior de la sala como si fuera un velo.

Los ojos translúcidos de Pan reflejaban la escasa luz mientras su mirada seguía los movedizos vapores hasta los maderos del techo. El conjunto de pesadas vigas había sido construido para soportar los largos inviernos y tenía una estructura tan pesada que perduraría durante muchos años: la sólida casa de baños daría la bienvenida a cansados viajantes con su abrazo vaporoso.

Pan hizo una larga pausa en el portal para evaluar con cuidado el interior, no fuera a ser que estuviera equivocada y no se hallara a solas. Nada se movía dentro de las profundidades oscuras excepto las llamas cambiantes que creaban sombras danzantes en la niebla. Los únicos sonidos eran el crepitar del fuego y el tintinear del agua que corría hacia la piscina. En el espacioso hogar, había algunas tinas de madera para aquellos que preferían un remojón más lánguido y completo en un baño caliente.

En un banco cerca de la piscina, había una bata de hombre, y Pan apuntó mentalmente que por la mañana debía informar al capitán Ten Shin Han de que la prenda estaba allí en caso de que alguno de sus hombres la hubiera dejado olvidada.

Pan colocó su bolso en un pequeño banco cercano; estaba demasiado cansada y dolorida para pensar en algo más que un baño y un prolongado remojón reparador en la piscina. Preparó el primero hasta que la tina de madera estuvo llena de líquido caliente. De un pequeño frasco que había traído, vertió aceites perfumados sobre la superficie, luego sacó con cuidado una pastilla de jabón y una gran toalla. Corrió sus dedos delgados por las largas trenzas negras para quitar cualquier nudo que podría haber escapado a la cepillada anterior. Después reunió las largas hebras de seda, las juntó como si se tratar de una soga y las sujetó en la parte superior de la cabeza con una peineta ornada. Suaves mechones ondulados cayeron por la frente hacia las cejas y también por la nuca cuando la cabellera se aflojó un poco, pero la mayor parte de la masa oscura permaneció en su lugar.

Lentamente, Pan soltó los lazos que aseguraban su bata y la dejó deslizarse por los hombros. La tela cayó por su propio peso revelando el deslumbrante cuerpo desnudo. La joven tomó la prenda con un solo movimiento de su brazo y la arrojó lejos. Cuando se sentó como una nube ondulante en un banco cercano, Pan hizo una pausa, desconcertada, pues sintió que el suspiro suave de las seda se pareció demasiado a la exhalación de una respiración profunda.

Nada más se escuchó excepto los murmullos mezclados del fuego y del agua, y ella desechó toda duda y se consagró a la tarea que tenía entre manos.

Levantó un pie para apoyarlo en el borde de la tina de madera. Inspeccionó las manchas oscuras que tenía encima de la rodilla donde ese rudo bandido le había dejado las marcas moradas de sus dedos. Se formó una imagen mental de ese señor de los ladrones atado como un pavo esperando su juicio y se sitió encantada con la idea. Lego frunció el entrecejo con la aparición de un pensamiento desestabilizador y exhaló con lentitud el aire de sus pulmones mientras repetía un ruego silencioso por la seguridad del oficial.

Otro golpe en su cintura atrapó su atención y tomó uno de sus pechos entre las manos, lo levantó hacia arriba para examinar la marca azulada con más cuidado. Recordó vívidamente haber sufrido mucho dolor durante la huida a través de los bosques, y por esa razón esperaba haber sido vengada. El brazo musculoso de su captor le había apretado con tanta fuerza que había temido que se le astillaran las costillas.

Oh, deseaba con todo su corazón que el oficial se hubiera encargado de dar a ese bruto el castigo bien merecido por sus crímenes. El pomposo bandido había alardeado de que ninguno de los soldados del zar Piccolo podía tocarlo. Estaba más que satisfecha de que eso hubiera sido un error.

Pan sonrió con cierto pesar mientras entraba en el medio barril con un prolongado suspiro de placer y se introducía en el baño aromatizado. Pasó un rato delicioso hasta que permitió que el agua caliente la relajara y aflojara la tensión de sus músculos doloridos. Después de un momento, comenzó a lavarse deslizando el jabón por todo el cuerpo hasta que su rostro, sus hombros y su pecho estuvieron cubiertos de una espuma blancuzca. Primero levantó una de sus piernas y luego la otra y trabajó con la espuma en todo su extensión.

Entonces se consagró a su cabello, liberó lo que había atado, lo enjabonó y arrojó la barra perfumada al banco. Apoyó la cabeza contra el borde de la tina, arqueó la espalda mientras levantaba un cubo por encima de su cabeza para enjuagar el jabón de los cabellos, dejando que el agua fluyera a través de las largas trenzas y se desparramara en el suelo. Retorció el cabello para quitar el exceso de agua y lo dejó suelto mientras tomaba una esponja húmeda y vertía su contenido sobre los hombros. Los arroyos corrían por su pecho, caían como cascadas por la piel blanca hasta hacer brillar los volúmenes redondos en la rosada luz de los leños.

Pasó un largo rato en que Pan saboreó el lujo del baño. Después se dio cuenta de que se estaba haciendo tarde y apoyó las manos en el borde de la tina. Con un movimiento enérgico, se puso de pie mientras se balanceaban sus pechos. Un sonido extraño, como un golpe en el agua, se escuchó en dirección de la piscina. La muchacha hizo una pausa asaltada por un repentino temor. Con la mirada, observó meticulosamente los vapores que se elevaban del agua. Un sonido cerca de los escalones atrapó su atención y giró la cabeza de golpe, sólo para reír, aliviada, mientras comprobaba que una rana saltaba por allí.

–Pequeña intrusa –la retó Pan entre risas y arrojó el contenido de un cubo en su dirección para que se alejara de ella.

Sintiéndose segura, terminó de enjuagarse usando el contenido de la jarra rebosante que había dejado cerca con ese propósito. De ella, vertió agua tibia por el cuerpo hasta que se cercioró de que toda la espuma hubiera regresado a la tina. El calor de la habitación era suficiente para extraer una delgada película de sudor de sus poros. Por eso, decidió abandonar la tina por las aguas más frescas de la piscina.

Pan descendió los escalones de piedra que estaban en el borde suspirando de placer mientras se hundía en la profundidad oscura. Pensó que el posadero había sido muy inteligente al incorporar una piscina de semejante profundidad dentro de la casa de baño.

Con placer, Pan dio unas brazadas en el agua. La niebla espesa la envolvió mientras nadaba hacia el extremo más alejado de la piscina. Su larga cabellera flotaba en la superficie detrás de ella como un abanico abierto de color de ébano, las puntas perdidas en las sombras que se cerraban detrás de ella.

De pronto, Pan se quedó sin aliento y retrocedió, atónita y aterrada, cuando su mano tomó contacto con algo humano. ¡Un ancho pecho fornido! Mientras se hundía, su muslo rozó la ingle de un hombre y, asaltada por el pánico, luchó por impulsarse lejos de esa ofensiva desnudez, pero estaba tan azorada y apurada, que casi se ahogó en el proceso. Se tiró hacia atrás con y se sumergió debajo de la superficie para volver a salir al exterior, tosiendo, luchando por conseguir un poco de aire. Unas manos fuertes la alcanzaron y la levantaron de los brazos, pero ella se opuso a su ayuda, convencida de que estaba en peligro de ser violada.

Pan logró escapar con éxito de las manos que intentaban asistirla, pero comenzó a hundirse otra vez bajo la superficie, en esta oportunidad, más cerca del hombre. Sus cuerpos mojados se rozaban mientras la cabeza de la muchacha se hundía. Ella ni se daba cuenta porque, aterrorizada, tomó conciencia de que estaba tragando más agua de la que un pez competente era capaz de resistir. Esta vez, cuando el hombre le pasó un brazo por la cintura y la levantó, ella se colgó de sus hombros y trató de recobrar el aliento en medio de un ataque de tos. Tan grande era su miedo, que apenas percibió que sus senos estaban apretados contra el musculoso pecho del hombre o que en algún lugar debajo de la superficie del agua, sus muslos descansaban en la intimidad de la entrepierna. El calor carnal que se desprendía de él no alertó su conciencia hasta mucho después, cuando ya la angustia por respirar con normalidad había cesado.

Su alarma disminuyó un cierto grado cuando consiguió expulsar el agua que tenía en la nariz y la garganta y tragó suficiente aire como para llenar sus pulmones. Con cuidado inhaló en inspiraciones profundas y se dio cuenta de que el hombre la miraba con una expresión divertida y a la vez dudosa. Una cierta indignación se apoderó de ella al ver que él encontraba cierto humor en su situación, y se echó hacia atrás para observarlo con una mirada altanera, sin considerar en absoluto el hecho de que estaba completamente desnuda en sus brazos. El agua chorreaba de la larga y enmarañada masa de cabello empapado inhabilitando de algún modo su visión, pues las gotas caían sobre sus ya mojadas pestañas. Los vapores prestaban un extraño clima de encantamiento al momento; sin embargo, la distorsión que vio en el rostro del hombre no se debía a su vista obstaculizada o a su percepción confundida.

En realidad, se necesitaba un vidente para determinar si el hombre que la sostenía era siquiera humano. Pan decidió que ella carecía de ese poder superior al observar de cerca el rostro lacerado. Una protuberancia prominente ensanchaba groseramente la curva de la ceja donde la piel se había abierto. La hinchazón se extendía hasta el ojo y casi lo cerraba. Una segunda protuberancia deformaba su labio superior y encima de esta prominencia otro magullón oscurecía su mejilla. Como para suministrar cierta evidencia de que su rostro no estaba del todo malformado, su mandíbula parecía como moldeada en granito mientras que su nariz tenía una pureza aquilina, aunque, a decir verdad, Pan tenía ciertas dudas acerca de sus conclusiones porque rehusaba a mirar demasiado por miedo a que él la considerara atrevida. Los cortos mechones de cabello mojado ensombrecían sus ojos, pero ella creyó verlos de un sutil gris acero mezclado con un profundo azul. En el interior de la habitación en sombras, suaves luces aparecieron en la profundidad brillante cuando una sonrisa ladeada levantó la esquina de sus labios.

–Perdóneme, condesa, no quise asustarla. No era mi intención lastimarla o avergonzarla. En realidad, mi señora, nunca, en mis sueños más alocados, hubiera imaginado que mi baño pudiera ser interrumpido por tanta belleza femenina. Estaba tan deslumbrado por la visión que no quería que terminara.

Pan apenas se dio cuenta de que él le había hablado en inglés, pero en su prisa acalorada, replicó en el mismo idioma.

–¿Pensaba espiarme sin hacerme saber de su presencia? ¡La verdad, señor! ¿Por qué está aquí? ¿Tengo que suponer que ha venido con propósitos perversos?

–Elimine esa idea, mi señora. Viene aquí cuando mis obligaciones me lo permitieron. Varios de mis hombres necesitaban atención, pero después de curar sus heridas, todos los demás ya habían salido del baño. Estaba seguro de que estaría solo y me sorprendió mucho cuando vi que usted se unía a mí. Temo que, por un momento, quedé confundido y atontado por su entrada y luego todo se aclaró en mi mente. Aunque yo podía verla, usted no podía verme. –Levantó sus hombros musculosos en un gesto casual mientras ofrecía su excusa. – Me temo que esto es una gran tentación para un soldado necesitado de compañía femenina.

–¡En verdad, señor! –Pan casi escupió estas palabras sobre él.– ¡Puedo entender qué está buscando! ¿No sabe que el comportamiento de un caballero hubiera sido informarme de su presencia desde el primer momento?

Una sonrisa divertida torció los bordes de los labios lastimados del hombre mientras sus ojos brillaban en la habitación en sombras.

–Muy bien, condesa, confieso que no soy un santo. Disfruté mucho con el interludio y la perfección que desplegó ante mis ojos y, le juro por mi vida, no pude interrumpirla. Si no fuera un caballero, seguramente me aprovecharía de este abrazo más que provocativo... –La atrajo un poco más contra su cuerpo mientras ella, irritada, trataba de liberarse. Sus muslos golpearon contra él, que tuvo que contener el aliento para controlar las fibras de sus sentidos, pero no se atrevió a moverse por miedo a perder el equilibrio que tanto le había costado conseguir. Con cierta dificultad puso freno a las pasiones que bullían en él y continuó en un tono de voz cálido y suave. Por fin, logró serenar el ímpetu de la muchacha cuando las palabras llegaron a sus oídos. – Sin embargo, ya que la he salvado de una violación esta noche, parece que estoy condenado por mi honor a dejarla a salvo otra vez.

–¿Me salvó? Quiere decir... –Los labios de Pan se arquearon en un silencioso ¡oh! cuando se dio cuenta de quién era el hombre...