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–¿Me salvó? Quiere decir... –Los labios de Pan se arquearon en un silencioso ¡oh! cuando se dio cuenta de quién era el hombre.
–Parece que no hemos sido adecuadamente presentados, mi señora – reprobó, distraído por la sensación húmeda de los suaves senos redondos contra su pecho. Dudó de que hubiera habido algún otro momento en su vida en que lo hubiera asaltado una tortura tan exquisita o en que hubiera tenido que mantener la imagen de calma imperturbable tan crucial para sus aspiraciones. Estaba seguro de que ella habría huido de inmediato de su abrazo si él le hubiera revelado la fascinación que sentía por sus formas femeninas–. Y aunque usted es una deliciosa imagen para contemplar, mi señora, y hasta más placentera de tener entre los brazos, debo amonestarla por sus malas maneras...
–¡Este no es el momento de discutir malas maneras, mías o suyas! ¡Déjeme ir! –Pan luchó un poco en el círculo de sus brazos y se sorprendió cuando él los abrió dejándola libre. Enrojeció profusamente ante la sonrisa cada vez más ancha del oficial y, con un gemido ahogado, se alejó de él. Nadó hasta el borde de la piscina, y, al llegar al destino, miró por encima del hombro y vio que él la seguía. Apurada, logró subir los escalones, y en rápida carrera a través de la habitación, tomó su bata y se la colocó en un solo movimiento.
Así armada, Pan lo enfrentó mientras trepaba por las mismas escaleras de piedra. No quería ser tomada por sorpresa si él intentaba aproximarse a ella, pero mientras lo observaba con temor por lo que podía ocurrir en los instantes siguientes, se paralizó con asombro. Aunque estaba lejos de ser un buen mozo, estaba muy bien formado. Sin embargo, sus fuertes músculos le hicieron recordar la agilidad y la fuerza que había demostrado en la batalla con los bandidos. Supuso que se ejercitaba con gran disciplina, lo que lo mantenía en buena forma para la lucha. Sus costillas eran carnosas y los músculos de su pecho eran bien firmes. Su cintura era delgada y sus caderas estrechas...
Un aliento entrecortado escapó de los labios de Pan cuando su mirada se detuvo de lleno en la ingle, y se dio media vuelta con las mejillas ardiendo, conmocionada hasta la profundidad de su virginal inocencia. Aunque había viajado mucho, siempre la habían cuidado muy bien y, si bien ya tenía veinte años, esta era la primera vez que veía a un hombre completamente desnudo. Y para su total estupor, él no parecía en lo más mínimo incómodo por el descaro con que se exhibía.
Pan escuchó su suave risa que venía desde muy cerca y se dio la vuelta mientras se preguntaba si tendría que luchar con él. Pero el oficial buscó su bata que estaba sobre el banco. La condesa Pan se cuidó de mantener la mirada bien elevada. Le clavó los ojos enfurecida ante la idea de que la había visto bañarse y no había hecho ningún esfuerzo por alertarla de su presencia.
–Ahora puede darse la vuelta –le informó, divertido.
–¡Bien! –replicó Pan, exasperada, molesta de que él encontrara tanta gracia en lo que había sido la experiencia más vergonzosa de su vida–. ¡Entonces me puedo ir! –Empezó a recoger sus pertenencias mientras lo penetraba con la mirada. – ¡Qué idea! ¡Espiarme como si fuera un ladrón! ¡Es el bribón más despreciable que he conocido en los últimos tiempos!
–Al menos desde esta tarde –respondió encogiéndose de hombros con indolencia–. ¿O aprecia más la compañía de ese ladrón que la mía?
–¿Ese bandido? ¡Ja! ¡Black tiene mucho que aprender de sus modales groseros! –Su curiosidad pudo más que ella y Pan ladeó la cabeza un poco para mirarlo de lado. – ¿Qué pasó con el bandido después de todo?
El hombre enfatizó su disgusto con un gruñido de enfado.
–¡El cobarde salió corriendo cuando usted se fue! ¡En mi caballo! Un corcel de mucho valor. ¡Créame, nunca me pasó algo así, perder ese bandolero o ese caballo! Si no hubiera tratado de ayudarla cuando el caballo retrocedió, habría podido capturar al hombre. ¿Pero acaso me lo agradeció? ¡Oh, no, mi señora! No prestó la más mínima atención a mi bienestar. Si no hubiera sido por mis hombres que me buscaron por los bosques, ¡todavía estaría allí, en algún lugar! Pero estoy aquí, condesa, sin un agradecimiento especial por parte de usted.
Pan levantó su mentón en señal de orgullo, molesta por el tono admonitorio del oficial y por su propia conciencia.
–Parece muy dolido por su pérdida.
–¡Y así debe ser! ¡Es poco probable que consiga otro caballo con la mitad de las dotes en el terreno que tenía ese!
–Mañana le diré al capitán Ten Shin Han que le dé el caballo que perteneció a Black –le anunció con frialdad–. Tal vez eso lo aplaque un poco.
El oficial se burló.
–¡Apenas! Me costó una buena suma de dinero hacer traer mis propios caballos de Inglaterra...
–¿De Inglaterra? –repitió sorprendida. Luego se dio cuenta de lo que había pasado antes por alto. Su discurso sutilmente cortado delataba su lugar de origen–. ¿Es de allí?
–Sí.
–Pero dirige una guarnición rusa... -comenzó Pan, pero pronto recordó el comentario de Black sobre jinetes extranjeros que habían sido contratados para enseñar sus habilidades para el combate a las tropas del zar Piccolo. – ¿Es un oficial al servicio de Su Majestad?
Aunque no estaba vestido con nada más imponente que una larga bata, el oficial le hizo una reverencia cortés, un gesto que podría haber sido acompañado por el choque de los talones al cuadrarse si hubiera tenido puesto algo más sustancioso.
–El coronel sir Trunks Brief a su servicio, condesa. Caballero de Inglaterra, ahora comandante del Tercer Regimiento de los Húsares Imperiales del zar Piccolo. Y usted es...
–Este no es lugar para presentaciones, coronel –replicó Pan apurada. Había decidido que era mejor que él no supiera su nombre. Podía imaginarse cómo echaría a correr la historia de ese encuentro nocturno entre tropas y amigos.
Una sonrisa esbozada levantó la esquina de sus labios lastimados.
–Y usted es la condesa Son Pan, en camino hacia Moscú donde quedará bajo la tutela de la princesa Maron, la prima del zar Piccolo.
Pan cerró la boca al darse cuenta de que la mantenía abierta por la sorpresa.
–Usted sabe mucho de mí, señor –concluyó casi sin aliento.
–Me gustaría saber –comentó Trunks con un aire de confianza que destrozó la poca que tenía Pan–. Cuando llegamos a la posada esta noche y descubrí que usted también se había alojado aquí, hice algunas averiguaciones entre sus guardias. El capitán Ten Shin Han se negó a hacer comentarios sobre usted, pero el buen sargento demostró ser un poco más generoso. Me sentí muy aliviado al saber que no estaba casada, en especial, con ese pomposo advenedizo que le sirve de compañía—Arqueó una ceja y esperó algún tipo de declaración respecto de la relación que la unía con ese hombre. – Justamente salía de la sala de baño cuando yo entraba, y por su conducta, me imagino que tiene en alta consideración lo que es o la posición que ocupa.
Aunque deseaba vehementemente negar toda asociación cercana con Yamcha, Pan se negó a aplacar la curiosidad del coronel. Era mejor disuadir a ese hombre de que intentara conocerla mejor, si no se volvería una molestia o mostraría ser una causa de vergüenza.
Pan recogió su bolso y se movió en dirección de la puerta, pero encontró el camino obstaculizado por Trunks, que se detuvo delante de ella e intentó una sonrisa con sus labios heridos.
–¿Me permitirá verla de nuevo?
–Es imposible, coronel –declinó con frialdad–. Debo seguir hacia Moscú mañana temprano.
–Bueno, yo también –le aseguró Trunks con suavidad–. Llevé a mis hombres a ejercicios en el campo. Tenemos programado regresar a Moscú mañana por la noche.
–No creo que la princesa Maron lo apruebe.
–¿Usted no está... comprometida? –Trunks contuvo la respiración anticipando su respuesta. No podía explicarse por completo por qué, de pronto, volvía a permitir que una mujer lo ilusionara.
–No, coronel Brief, por supuesto que no.
–Entonces con su permiso, condesa, me gustaría cortejarla. –Trunks era consciente de su impaciencia por dejar las cosas arregladas y, a pesar de tener treinta y tres años, sabía que se estaba comportando como un jovencito arrebatado por una pasión frenética por una doncella. Pero había pasado bastante tiempo desde que había hecho el amor a una mujer.
