CAPITULO

7

Pan había visitado Moscú en numerosas ocasiones y, aunque no poco sensible a la belleza y la excitación de la ciudad, no podía dejar de considerar el hecho de que sólo le quedaban unos minutos de la libertad que durante tanto tiempo había gozado bajo la protección de su padre.

La mayor parte del día había sido atacada sin piedad por ensoñaciones de su encuentro con el coronel Trunks Brief en la sala de baños. Aunque podría haber elegido un galán más buen mozo para que hiciera la parte del coronel, si hubiera podido determinar a su gusto el curso de los acontecimientos, no podía negar que se había tratado de una experiencia increíble, ni tampoco que, aun con sus facciones lastimadas, había algo sumamente interesante en relación con ese hombre, al menos lo suficiente como para hacerla sonrojar al recordar sus formas tan masculinas. Cuando sus mejillas enrojecidas se oscurecían un poco más, daba gracias por el calor agobiante que reinaba. Los detalles espectaculares que había pasado por alto en el momento de pánico ahora se convertían en el tema favorito de sus pensamientos como si fuera una chiquilla tonta y soñadora con tendencia a las preocupaciones lascivas. Los recuerdos recurrentes, con frecuencia demasiado gráficos, del momento en que sus senos desnudos habían quedado aprisionados contra el pecho del coronel Brief y con sus piernas casi había abrazado la plenitud desnuda del inglés eran tan provocativos que pensaba que sus nervios iban a delatarla y que sus compañeros iban, de algún modo, a detectar sus pensamientos lujuriosos.

Unos momentos después, Roshi frenaba el coche de cuatro caballos cerca de la calle principal y detenía los animales delante de una impresionante mansión. Pan respiró profundamente e intentó por un instante juntar fuerzas para el encuentro que estaba a punto de ocurrir. El acontecimiento que había temido llegaba por fin y ya no podía haber más demoras.

El capitán Ten Shin Han se apresuró a desmontar y se quitó el polvo de sus vestimentas mientras se aproximaba al lado del carruaje que daba al frente de la casa. Abrió la puerta y sonrió al presentar su brazo hábil a la mujer que había llegado a admirar.

Pan se calmó por un momento, recuperó la compostura y respondió con gentileza colocando su delgada mano sobre la manga del capitán. Después de ayudarla a descender, Ten Shin Han esperó con paciencia que se acomodara las faldas, y luego, con una mirada que denotaba curiosidad, recibió su asentimiento para dirigirse hacia la enorme puerta de entrada.

En la puerta maciza, el capitán golpeó suavemente con los nudillos contra la madera, para anunciar su presencia, y un momento después un mayordomo vestido con un kaftan blanco abrió la puerta de par en par.

–Puede informar a la princesa Maron que la condesa Pan ha llegado.

El mayordomo dio un paso a un lado y, con un gesto, permitió la entrada. Pan caminó del brazo de su escolta mientras el sirviente le anunciaba que la princesa la estaba esperando.

Pan fue invitada a sentarse mientras esperaba a la señora de la casa y, después de asegurarse de que estuviera cómoda, Ten Shin Han se apuró a dar directivas a sus hombres para que se ocuparan de bajar el equipaje.

Al entrar al vestíbulo, Yamcha miró con pomposidad hacia el mayordomo, pero, cuando se dio cuenta de que el hombre se había retirado, depositó sus ojos fríos en Pan, ofendido por la atención que había recibido.

–El capitán Ten Shin Han parece estimarla bastante. Estoy seguro de que su orgullo se ha visto robustecido por el triunfo de haber logrado otra conquista.

–¿Otra conquista? –repitió Pan con precaución–. ¿Cuál fue la primera?

–Dudo que se haya limitado sólo a dos o tres, de modo que no tiene que hacerse la inocente conmigo. Con la forma en que esa bestia, Black, la miraba, es un milagro que usted esté aquí.

Pan casi emitió un suspiro de alivio. Por alguna razón había estado pensando en el coronel Brief y estaba un tanto atemorizada de que el clérigo se estuviera refiriendo a él.

–Estoy segura de que Black me vio nada más que como otro pasatiempo. En este momento, ya debe haber encontrado otro coche que atacar o alguna mujer que lo entretenga. Sinceramente lamento que no haya sido capturado.

–Fue culpa de ese inglés, sin duda. - Yamcha hizo la conjetura en voz alta capturando la mirada de Pan.

–¿Inglés?

–El que fue detrás de usted y de Black –explicó–. Obviamente el hombre no tenía punto de comparación con el ladrón. Black le ganaba de lejos. Pan abrió la boca para corregirlo, pero, mientras Yamcha esperaba que ella hablara, se dio cuenta de lo tonto que sería saciar la curiosidad de él. Si ella simulara que ni siquiera conocía al coronel sin duda eso le acarrearía beneficios.

Un momento después, la princesa Maron hizo su aparición en la parte superior de la escalera. Saludó a sus huéspedes con una breve sonrisa antes de terminar de descender de las escaleras con la gracia de un sauce. Tenía unos cuarenta años de edad, un porte digno y la pragmática confianza que impedía toda interferencia o negación.

–Mi querida condesa –murmuró Maron con cordialidad, extendiendo sus brazos en amable saludo mientras atravesaba el vestíbulo para dar la bienvenida a sus huéspedes–. Qué bueno volver a verla.

Pan se hundió con gracia en una profunda cortesía.

–Gracias, princesa. En realidad, es un alivio que el viaje haya quedado atrás.

–Supongo que todo estuvo bien y que Yamcha demostró ser un gran consuelo y ayuda para usted. Estaba segura de que lo sería.

Pan logró esbozar una sonrisa huidiza en respuesta a la mirada inquisidora de la princesa.

–Ayer fuimos asaltados por unos ladrones, pero dejaré que Yamcha le cuente los detalles del ataque. Él fue ofendido así como el capitán Ten Shin Han resultó herido.

Intrigada, Maron miró a Yamcha en busca de una explicación, pero después de realizar una breve evaluación de su apariencia harapienta, se apresuró a sugerir:

–Sin duda querrán refrescarse antes de hablar.

Su atención se dirigió a la puerta de entrada en el momento en que algunos de los soldados transportaban los enormes baúles de Pan en sus espaldas mientras que otros llevaban unos más pequeños sobre los hombros.

Al ver la riqueza de los cofres, Maron hizo un pequeño esfuerzo por dominar un gesto de enfado que se concentró en el entrecejo.

A solas con Pan, Maron contempló de manera casual su atuendo mientras sus ojos acompañaban el ascenso de los soldados. Aunque modesto y sobrio, el vestido era, sin lugar a dudas, extranjero, lo que sólo sirvió para recordar a Maron que iba a tener que soportar la presencia de una muchacha que había sido criada e instruida en su infancia y juventud por una madre que había venido de otro país y de otra cultura. Al recordar el edicto de su primo sólo pudo gemir de desesperación en el refugio de su mente. Ah, ¿por qué Mijaíl Piccolo tenía que enviar a esta criatura, entre todas, para que viviera con ellos? ¡Era evidente que no se consideraba una boyardina rusa!

Forzó una sonrisa que, aun en su mejor intento, pareció rígida, y señaló con una mano la gran habitación que se encontraba a la izquierda del vestíbulo.

–En primer lugar, déjeme manifestarle mi pesar por la muerte de su padre, tan inesperada, querida. Por lo que sé fue asaltado por unas fiebres y murió de pronto.

–Sí, no lo esperábamos. –Pan luchó contra una ráfaga de lágrimas que reflejaban el dolor por la reciente pérdida. – Parecía tan sano y fuerte antes de caer enfermo. Nosotras quedamos muy sorprendidas por la celeridad de su muerte.

–¿Nosotras? –Maron se prendió de la palabra con toda su atención, pues percibió que podían ser de gran importancia. Habría hecho cualquier cosa por encontrar una alternativa a lo que el zar le había obligado a hacer. – ¿Había otros familiares con usted en ese momento? Tenía entendido que no tiene parientes aquí en Rusia con los cuales pudiera ir a vivir, ya que yo no soy más que una extraña.

Pan miró a la mujer y comprendió que Maron se sentía tan atrapada por el decreto del zar como ella, y era obvio que estaba desesperada por deshacerse de ella. Mijaíl Piccolo debió haber imaginado que estaba demostrando una gran compasión hacia las dos: Maron, una esposa sin hijos, y ella, una joven mujer sin padres, pero no había comprendido que, como dos individuos totalmente diferentes, que nunca se habían estimado antes y que no tenían ningún lazo de sangre, existiera una gran posibilidad de que se convirtieran en rivales enjauladas en la misma casa, una de ellas obligada a brindar hospitalidad y la otra forzada a aceptarla.

–¿Alguien la estaba visitando en el momento en que su padre murió? – Maron volvió a preguntar can cierta exasperación. Le resultaba enervante que la dejaran esperando una respuesta.

Pan replicó con cuidado, pues recordaba el disgusto de la princesa cuando su padre había llevado a N°18 con ellos a una reunión de ricos boyardos y sus mujeres unos meses antes de su muerte. La aversión de Maron hacia N°18 había sido evidente desde el principio, lo, que brindó a Pan muy poco consuelo al responder.

–La condesa N°18 nos estaba visitando en ese momento, princesa. Es una buena amiga de mi familia.

–¡Ah! –Maron se replegó en fría reticencia, incapaz de sentir nada excepto animosidad siempre que el nombre de esa particular condesa era mencionado. Su odio por esa mujer se remontaba a antes de su matrimonio con N°17. En la última reunión social donde se habían encontrado brevemente y de nuevo habían sacado a relucir sus espadas, Maron recordaba que se había enfrentado con N°18 porque pensaba que era la amante de Son Gohan, pero la condesa N°18, se había reído ante la idea y había desechado las insinuaciones como fantasías descabelladas. N°18 la había reprendido por creer esas historias distorsionadas, como si se tratara de una niña sin capacidad de discernir la verdad de la ficción. – No sabía que fuera amiga personal de la condesa N°18. En realidad, habría pensado que usted estaría resentida con la mujer que robó el afecto que su padre sentía por su madre y trató de tomar su lugar en la vida de él.

El rostro de Pan se encendió con el ardor enfurecido de la indignación. Habría hablado en defensa de N°18, pero no podía controlar el temblor que sentía y temía transmitir su estado de gran agitación si se atrevía siquiera a pronunciar una palabra. Bajó un poco los ojos hasta que recuperó cierta confianza en su habilidad para responder con calma.

–Creo que usted malinterpreta la relación de mi padre con N°18. No era la que mantienen dos amantes, sino una amistad basada en el respeto mutuo. En algún momento, N°18 fue la amiga más querida de mi madre antes de convertirse en nuestra amiga. Y, por lo que sé, mi padre y ella nunca fueron amantes y nunca hicieron planes de casarse. Eran sólo buenos amigos, eso es todo.

Si la muchacha podía defender a una mujer tan inmoral, reflexionó Maron con desprecio, entonces era obvio que estaba en seria necesidad de ser educada en el decoro propio de la sociedad.

–¿Cuánto hace que su madre ha muerto?

–Cinco años –replicó Pan en un murmullo contenido.

–¡Hable en voz alta! -dijo con brusquedad, ignorando lo trivial y petulante que podría haber parecido para alguien de su posición actuar de un modo tan indigno, ¡pero nunca había pedido que esa muchacha viniera a su casa! ¡Ciertamente no la quería allí!– Apenas puedo escuchar lo que está diciendo. Y no me gusta que me dejen esperando una respuesta tampoco. Por lo tanto, insisto en que preste atención a lo que se le dice y responda con más rapidez. ¿Es mucho pedir?

–Como usted desee. –La respuesta llegó con presteza y claridad, aunque Pan luchaba por reprimir su propia irritación. Comprendía la locura de dejarse arrastrar a una pelea con la mujer habiendo pasado tan poco tiempo desde su llegada.

–Así está mejor. –Maron se puso de pie. Cuando Pan siguió su ejemplo, Maron se apuró a indicarle que podía retirarse.
Estoy segura de que querrá refrescarse antes de la hora de la cena. Boris puede conducirla a su habitación