CAPITULO

12

El zar Piccolo caminaba con displicencia por la parte más alta de la pared del Kremlin. Sus ojos oscuros seguían de cerca las maniobras de un regimiento a caballo que cabalgaba en la vasta área abierta de la Plaza Roja. La habilidad del comandante de la unidad de caballería de elite pronto acaparó su atención, pues había visto pocos jinetes con tanto talento como él, excepto quizá los cosacos que podían hipnotizar al espectador casual con su atrevido dominio ecuestre. Aunque el general Shapner, hablando ante varios generales rusos, había alardeado de sus logros al diseñar las tácticas que llevó a cabo un regimiento de extranjeros al enfrentarse con una enorme banda de ladrones, Mijaíl Piccolo se enteró de la verdad cuando pidió al recién ascendido comandante Ten Shin Han que le informara acerca de la travesía de la condesa Pan a Moscú, ya que había escuchado la historia de que unos asaltantes de camino, liderados por Black, habían atacado a la comitiva de la joven y habían sido puestos a la fuga por un cierto coronel inglés y los húsares imperiales que él entrenaba, parte del mismo regimiento que, sin saberlo ellos, estaba haciendo en ese momento una demostración ante él.

El enérgico desempeño y la cadencia rítmica de los húsares montados a caballo llenaron el corazón de Piccolo con gran fervor mientras observaba desde su elevada posición. Las cabezas con cascos giraron al unísono al escuchar la cuenta precisa de su comandante y, bajo los rayos dorados del sol de la mañana, sus espadas brillaron en todo su esplendor cuando los hombres levantaron sus armas e hicieron chocar sus bordes romos contra los hombros. Era una presentación que nunca antes había visto, pero era un ejercicio que disfrutaba plenamente. Tenía que conocer a ese inglés en un futuro cercano, pues era obvio que el oficial tenía la virtud de organizar magníficas exhibiciones en un terreno abierto, así como de probar su poder militar en el verdadero combate.

El Zar Piccolo movió la cabeza pensativo, y observó de reojo a su oficial de guardia que estaba justo debajo del mariscal de campo.

-¿Comandante Ten Shin Han?

A la llamada, el oficial se apresuró a acercarse y, con un saludo enérgico, prestó la obediencia del soldado a su soberano.

-A sus órdenes, Gran Zar de todas las Rusias.

-Comandante Ten Shin Han, ¿Usted habla inglés?

-Sí, Su Alteza Real.

-¡Bien! Entonces ¿podría informar al comandante del regimiento que ahora estoy mirando que me gustaría tener la oportunidad de hablar con él en los próximos días? Puede hacer una solicitud de audiencia en la oficina de peticiones y será informado poco después de mi respuesta. ¿Tiene alguna pregunta?

-Ninguna, Su Excelencia.

-El hombre es extranjero –declaró Piccolo-. Instrúyalo acerca del protocolo de la corte para que no se abochorne o me vea obligado a castigarlo.

-Sí, Su Excelencia.

-Eso es todo.

Ten Shin Han cruzó un brazo sobre el pecho y se hincó sobre una rodilla delante del zar, quien con un gesto casual lo autorizó a que se retirara. Con gran prisa, el comandante se alejó y, un momento después, había descendido al nivel del piso a través de la torre más cercana. Saludó al comandante de los húsares, mientras se apuraba por el campo hacia los jinetes que estaban de maniobras.

-¡Coronel Brief! –volvió a llamarlo, pero como no obtuvo respuesta, se apresuró aún más a recorrer una porción de terreno con el fin de ser escuchado por encima del ruido de los cascos atronadores y los gritos de las órdenes-. ¡Coronel Brief!.

Finalmente los gritos penetraron el ruido ensordecedor y Trunks hizo girar a su caballo para ver quién se le acercaba. Al reconocer al comandante, hizo un gesto con la cabeza al capitán Goten, dejándolo por un momento al mando de los ejercicios de la unidad de caballería. Se quitó el casco de cuero y se secó el sudor de la frente con la mano mientras esperaba al oficial que avanzaba con paso rápido.

-¡Coronel Brief! –gritó de nuevo Ten Shin Han, mientras se detenía al lado del inglés-. ¡Su Majestad el zar Piccolo quiere verlo! –Levantó su brazo y girándolo un poco, señaló la alta pared del Kremlin para que el coronel dirigiera la vista hacia los hombres que estaban allí observando.- ¡Lo ha estado mirando un buen rato!

Trunks levantó una mano para que le sirviera de pantalla contra el sol y entrecerró los ojos para ver el pequeño grupo de oficiales de alto rango que se reunía allí.

-¿Qué se supone que quiere de mí?

-¡Usted lo ha impresionado! –Respondió Ten Shin Han asombrado, casi incrédulo de que alguien pudiera alcanzar semejante hazaña-. Tiene que arreglar una audiencia con él en los próximos días.

Trunks aflojó las riendas en sus dedos y, juntándolas, colocó su mano sobre la silla mientras levantaba una ceja al comandante. El reconocimiento del zar era lo que había estado tratando de lograr, pero estaba sorprendido al haberlo conseguido tan rápido.

-¿Y qué tengo que hacer para llegar a eso?

-Yo personalmente voy a darle las instrucciones de qué es lo que se espera de usted, coronel. Si está libre esta noche podemos encontrarnos en mi casa. Cuanto antes responda, mejor demostrará el respeto que siente por Su Majestad.

-Por supuesto –estuvo de acuerdo Trunks. En las últimas semanas había entrenado a sus hombres con tanta diligencia que no se había dado tiempo para aplacar un fortalecido deseo de ir en busca de Pan. Había pensado en persuadir a Milk para que arreglara una reunión esa misma tarde; tal vez hubiera podido aprovechar la oportunidad para hablar con la muchacha y explicarle una vez más sus intenciones. Últimamente, la belleza de cabello oscuro parecía ocupar su mente con singular persistencia. Hasta en medio de la noche, despertaba de sus sueños agitados con su rostro delante de los ojos y, la sensación de su desnuda suavidad flotando contra su piel. La dificultad era erradicar esas provocativas imágenes de su mente, y aunque se levantaba e iba y venía por su habitación en un esfuerzo por dirigir sus pensamientos a algo menos perturbador, quedaba dolorosamente atormentado por el hambre cada vez más grande que tenía de ella.

...

Habían pasado un par de semanas desde la llegada de Pan a la mansión, y en ese tiempo ella se había visto obligada a soportar las flemáticas lecciones de Yamcha, las reprimendas de Maron y las persecuciones de N°17, siempre que se hallara lejos de la vista y el oído de su esposa. En una ocasión, mientras Maron se encontraba fuera de la mansión, el príncipe N°17 había tratado de abusar de ella, Pan se había defendido, sujetando entre sus manos una piedra y moviéndola con fuerza contra la nariz de él. Por lo cual el príncipe se obligó a abandonar unos días la mansión, mientras ideaba una excusa para su esposa.

Pan estaba comenzando a sentirse tan agitada como un pequeño gorrión bajo el ojo aguzado de un cuervo negro. Parecía que en cada área en sombras por la que pasara estaba el peligro de ser sorprendida por el príncipe, y lo que era más perturbador aun, la posibilidad de ser asediada directamente o de un modo fingido cuando se encontraba con él en los vestíbulos, las habitaciones o las escaleras. La enloquecía, para decir lo menos, convertirse en la presa de ese juego de caza, pero N°17 parecía tener la intención de aprovechar cada oportunidad que se le presentara.

En lo que se refería a la princesa Maron, había pospuesto la visita al lecho de enfermo de su padre, pues consideró que la planificación de una recepción en honor de Yamcha era más importante. Los dos se habían vuelto casi inseparables y, mientras N°17 estaba fuera de casa, iban juntos en el carruaje de la princesa a visitar a boyardos de gran poder.

...

Era el tercer domingo desde la llegada de Pan y las brisas frescas habían traído, por fin, un bienvenido respiro a los agobiantes días de verano. Grises nubes cubrían el cielo matinal y daban cierta esperanza a los corazones que pedían lluvia. Sólo restaban unas pocas semanas antes de que el tiempo comenzara a ser fresco y el intenso calor pasara a ser un recuerdo.

N°17 había regresado unos días antes con la tonta excusa de que se había roto la nariz a causa de una caída de su caballo. Por el bien de su elegante perfil, había soportado el dolor de que un médico le endereza la nariz y estuvo dispuesto a intoxicarse con fuertes calmantes que disminuyeran su sufrimiento. Una hinchazón colorada alrededor de la nariz y debajo de los ojos todavía desfiguraba su hermoso rostro y, en ese momento, ya podía predecirse que le quedaría una marca definitiva que le recordaría siempre quién había sido la responsable de su herida. Por ahora era reticente a desafiar la reserva de Pan. Ya no le quedaban dudas de que era capaz de hacerle daño, al menos por el momento, y temía que otro golpe similar lo dejara completamente inhabilitado, pues odiaba la idea de tener que soportar de nuevo la misma tortura. Esto era suficiente para sugerirle que se acercara a la joven con cautela hasta que la nariz estuviera curada por completo.

Ese domingo en particular había anunciado que se quedaría en la casa, pues su vanidad le impedía perseguir otros amores hasta que la rotura estuviera curada. Maron había hecho arreglos para ir con Yamcha a la capilla privada de un rico boyardo. Y la posibilidad de que Pan los acompañara era considerada fuera de toda cuestión. Sin embargo, como su marido se quedaría en cama, Maron no confiaba en que la muchacha permaneciera en la casa tampoco. Así, no tuvo otro remedio que permitir que Pan programara su propio día de descanso, siempre que fuera lejos de la mansión de ella y el inválido príncipe N°17.

Cualesquiera que fueran las razones de Maron para dejarla salir, Pan estaba encantada de gozar de un día de libertad. Tan grande era su sensación de independencia que Pan casi corrió al encuentro del carruaje cuando Roshi lo detuvo delante de la mansión. Estaba ansiosa por disfrutar del mundo que se extendía más allá de la estrechez de su confinamiento.

Roshi detuvo el coche a poca distancia de la iglesia ubicada en la Plaza Roja, cerca de donde la condesa N°18 descendía de su carruaje. La mujer, al reconocer al cochero y el vehículo que conducía, se apresuró a ir al encuentro de su joven amiga.

Cuando Pan la vio, descendió los escalones en animada carrera mientras N°18 reía y abría los brazos en gozosa invitación. Después de tres pasos, la joven condesa quedó envuelta en el abrazo de su amiga.

-¡Debería reprenderte por no haber venido a verme! –la recriminó N°18 y se echó hacia atrás en medio de lágrimas-. ¿Te has olvidado de que no soy bienvenida en la casa de tus anfitriones?

-Ay, N°18, sabes que no te he olvidado –replicó Pan con los ojos también empañados-, pero Maron no me ha permitido salir de la casa hasta hoy. –Apoyó una mano consoladora sobre el delgado brazo de la otra. –Sin embargo, sospecho que las cosas cambiarán pronto.

-Suena como si Maron te hubiera aislado en su propio terem personal, como si fueras una gran zarina. –N°18 hizo esa conjetura de un modo socarrón mientras buscaba una respuesta en los hermosos ojos oscuros. – Debe de ser muy difícil para ti vivir bajo tales restricciones cuando has sido criada con la misma libertad que tienen las mujeres en Inglaterra y Francia. Tu madre dejó bien sentadas las bases cuando instruyó a tu padre en las costumbres de los caballeros ingleses. Y para un ruso, tu padre era increíblemente receptivo a las sugerencias. Pero bueno, Videl era una mujer muy persuasiva. ¿Dices que hay alguna esperanza de que pronto cambien las circunstancias?.

-Hay una posibilidad. –Pan hizo un pequeño gesto con la cabeza y luego levantó una mano para prevenir a su amiga. –tampoco puedo asegurar que Maron me permitirá salir mientras esté visitando a su padre enfermo, pero sospecho que no se siente muy tranquila dejándome a solas con N°17.

-Bueno, no puedo culparla por eso –respondió N°18 y levantó las cejas un momento para enfatizar en silencio sus insinuaciones-. Es un libertino de primera. –Dio unas palmadas en la delgada mano de la más joven.- Acepta mi consejo, mi niña.

Las cejas de Pan se levantaron en señal de aceptación a las palabras de la mujer.

-Ya he aprendido a andar con cuidado. Tengo miedo de abandonar mis habitaciones mientras ese cuervo hambriento acecha a la espera de recoger mis huesos.

-¿Tienes alguna idea de cuándo partirá Maron?

-Sí lo hace, no será antes del próximo sábado. Ese día ella pretende honrar a Yamcha con una gran celebración.

-¿Yamcha? –N°18 mencionó el nombre con incredulidad y luego miró a la joven con creciente simpatía.- Ay, mi querida Pan, no sabes la pena que siento por tu situación. Mi único deseo era que Su Majestad te hubiera dejado a mi cargo. Estoy segura de que no tenía idea de que éramos tan buenas amigas, en especial, si prestó atención a los chismes de Maron y se convenció de que sólo estaba interesada en tu padre. Quizá pensara que te estaba haciendo un favor al enviarte con ella. El zar Piccolo admiraba mucho a tu padre, y ahora que Gohan nos ha dejado, sé que Su Majestad quiere estar seguro de tu bienestar, por eso no lo juzgues con mucha dureza, querida.

-Por supuesto que no. Él ya ha demostrado lo preocupado que está. Pero dime, N°18, si Maron deja Moscú para visitar a su padre, ¿me permitirás que me quede contigo?

-Ay, mi pequeña, ¿necesitas preguntar? –N°18 río con alegría.- ¡Por supuesto que puedes! ¡De verdad! ¡No quiero ni oír hablar de que te quedas con otra!

Las dos mujeres dirigieron su atención a las voces dulces y melodiosas que parecían crecer a medida que entraban, del brazo, en el magnífico interior del templo. Una aura rosada se desparramaba por las ventanas de mica y rodeaba a las dos condesas en su paso hacia la sección destinada a las mujeres y los niños. Allí, murmuraban oraciones y cantaban canciones, escuchaban la homilía del sacerdote y los himnos angelicales de los jóvenes vestidos de blanco. Fue un momento tranquilo, de reposo, como muchos otros que habían compartido antes en esa misma iglesia, excepto que ahora sabían que sólo serían dos después del servicio. El recuerdo de Son Gohan permaneció con ellas cuando se tomaron de la mano en comprensivo silencio y con los ojos llenos de lágrimas.

Dos horas después salieron de la iglesia y descubrieron que las nubes estaban oscuras e impenetrables sobre la ciudad. Unas frescas gotas traían dulce respiro y aroma vivificante, pero Pan se quedó en el pórtico sin decir palabra. Contemplaba la infinita brecha que existía entre ella y su coche, un espacio que pronto se llenó de una gran masa de gente que salía de iglesias situadas en las cercanías y de un laberinto de carruajes atrapados en la congestión. Pasaría un tiempo antes de que el cochero de N°18 o Roshi pudiera maniobrar el vehículo para colocarlo delante de la iglesia.

-Roshi está más cerca –anunció Pan-. Él puede recogernos a las dos y luego llevarnos a tu casa.

-Hasta que el camino se despeje lo suficiente como para que pueda pasar –observó N°18 mientras evaluaba la situación-, tendremos que correr hacia él o quedarnos aquí. Por la forma en que se ha puesto el cielo, dudo de que podamos evitar la tormenta en ninguno de los dos casos. – Levantó su capa en una invitación a que se cobijaran las dos. -¿Tratamos de alcanzar tu coche antes de que la lluvia comience con más fuerza?

Pan aceptó la oferta y se apretó contra la mujer debajo de la costosa carpa. Trataron de combinar los pasos apurados mientras abandonaban el pórtico. Pareció que la lluvia esperaba a que salieran del refugio, porque apenas dieron unos pasos, un chaparrón repentino y copioso se descargó sobre ellas. Mientras la multitud se dispersaba a toda velocidad delante, Pan vio a Roshi que se inclinaba en el asiento del conductor para dirigirse a un hombre que se había detenido al lado del coche y le indicaba el lugar donde se encontraba ella. El hombre, vestido con una larga capa y un sombrero de ala ancha, dio media vuelta para mirar el lugar señalado por el sirviente, y Pan se detuvo abruptamente al reconocer al infatigable coronel Brief. Él la localizó de inmediato en el laberinto de gente y corrió hacia ella.

Pan no tuvo oportunidad de retroceder o siquiera de moverse, pues sin aviso, una fuerza que venía desde atrás se apoyó en su espalda y la hizo caer hacia delante con manos y rodillas en el piso. El culpable, un enorme idiota de pocas luces que se había asustado cuando se encontró lejos de los que lo acompañaban y que miró brevemente hacia abajo mientras le pasaba por encima. En ese momento inclusive, casi la pisa en su apuro por encontrar un rostro familiar. Cerca de él, un grupo de jóvenes corría en busca de sus caballos, casi detrás de los talones del patán. Con la lluvia torrencial que caía como una sábana a su alrededor, no se dieron cuenta de la presencia de la condesa hasta que se encontraron sobre ella. Para ese entonces, era demasiado tarde para una evasión ordenada. En su intento por evitar caer sobre ella, saltaron por encima y alrededor de su cuerpo. Pero uno se quedó corto y pisó uno de sus pies, arrancando un grito de dolor de sus labios. Pan no tenía posibilidad de ponerse de pie y enfrentaba el peligro inminente de ser aplastada. No podía hacer nada excepto temer el momento mientras la lluvia, cada vez más copiosa, impregnaba sus ropas.

Consciente de los problemas de su joven amiga, N°18 empujaba a aquellos que se acercaban demasiado, pero su fuerza era escasa contra esas formas robustas.

-¡Fuera de aquí! –les gritaba desde debajo de la capa-. ¿No pueden ver por dónde caminan?

En ese momento, una forma oscura se colocó encima de ellas, desalentando el paso de los hombres y haciendo que N°18 trastabillara del asombro. Una larga capa se colocó como pantalla protectora alrededor de Pan, que era levantada y puesta de pie por las manos fuertes y competentes del coronel Brief. Vagamente, la muchacha tuvo conciencia de que él la estaba protegiendo con su propio cuerpo mientras ella daba un pequeño salto hacia delante con su pie sano. Pero antes de que pudiera dar otro, él se inclinó y la levantó en sus brazos que parecían de hierro, la esencia misma de todas las fantasías que podía cobijar una doncella. Aunque Pan no era alguien fácil de ganar, las circunstancias eran tales que no opuso resistencia a Trunks, sino que entrelazó sus brazos en el cuello del coronel con casi la misma intensidad que había mostrado cuando se había enfrentado con la amenaza de morir ahogada. El sombrero le ofrecía cierta protección contra el constante bombardeo de la lluvia y, sin detenerse a pensar en lo que el decoro exigía a una doncella soltera, apoyó su frente contra la mejilla del oficial. En respuesta, Trunks, levantó un hombro para protegerla mejor y echó a correr con pasos largos y ágiles hasta el carruaje, soportando su peso con la misma facilidad con que llevaría a un niño.

Completamente atónita por la audacia de ese caballero, N°18 los siguió con la mirada un breve instante antes de que ella, también, se apresurara a llegar al coche, aunque a un paso mucho más lento, más apropiado para una dama. Su capa no le servía de mucho ahora que estaba empapada, y sus zapatillas estaban tan llenas de agua que le resultaba difícil mantenerlas en los pies, lo que obstaculizaba aún más su paso.

-¿Está bien? –preguntó Trunks con solicitud mientras acomodaba a Pan en el coche.

-Sí, coronel Brief, por supuesto. Gracias. –Pan se sentía avergonzada por su aspecto miserable y era reticente a encontrar su mirada.

Mientras se alejaba de él, Trunks observó que hacía una mueca de dolor y se sostenía con cuidado en el borde del asiento. Curioso, se arrimó y levantó la parte inferior de su vestido empapado para dejar al descubierto el tobillo y vio un enorme golpe amoratado que hinchaba uno de los lados del delgado pie.

-¡Está lastimada!

-¡De verdad, no es nada! –dijo Pan sin aliento. Sonrojada por la falta de discreción del coronel, apartó el pie de su mano y se alejó, con su cuerpo chorreando agua, a la esquina más distante del asiento. Una vez más evitó su mirada mientras luchaba por enfriar sus mejillas encendidas-. No es más que un golpe, se lo aseguro, coronel Brief. Sanará rápidamente.

Trunks no podía entender por completo por qué ella se sentía tan avergonzada por su inspección cuando él había visto y sostenido mucho más de ella que un bien formado tobillo, pero como Roshi, el chofer, esperaba a su lado en la puerta, prefirió mantenerse en silencio en lugar de recordarle esa experiencia compartida.

-Una compresa fría podría ayudar –sugirió Trunks, que había curado muchas heridas en sus años de oficial, incluyendo muchas propias-. Trate de no usar el pie en la medida de lo posible.

-Parece que otra vez estoy en deuda con usted, coronel. –Confundida Pan se limpió las gotas que caían de sus pestañas y, finalmente, levantó la vista para mirar a su salvador. Quería separar el sarofan de sus pechos pues sentía que el agua caía por el valle que se formaba entre ellos, pero tenía miedo a moverse y que él notara la forma en que la ropa mojada se adhería a su cuerpo. Los ojos de Trunks reposaron en los de ella, como si hubiera entendido sus pensamientos. Sin saber lo que estaba buscando o esperando, Pan se sintió obligada a ofrecerle:- ¿Podremos llevarle a alguna parte, coronel?

-No es necesario –declinó Trunks, todavía distraído en sus reflexiones- Mi caballo está cerca.

No obstante, no hizo ningún esfuerzo por marcharse sino que continuó mirándola pensativo. No podía evitar preguntarse cuántas facetas más de su carácter lo estaban esperando para ser descubiertas y guardadas, como una colección de preciosas perlas enhebradas en un hilo. Primero había visto a la condesa Pan enfurecida en los brazos de su captor, luego la seductora que se bañaba con sensualidad y después se mecía en la ventana. La había visto como el duende alegre con atuendos de campesina y ahora, era la joven vulnerable que necesitaba un protector que la defendiera. Aunque parecía indecisa y avergonzada por los sucesos recientes, Trunks era muy sensible a los instintos protectores que habían surgido en él al verla caer. Su reacción fue mucho más compleja de lo que podía explicar racionalmente, pues no hacía tanto tiempo había estado seguro de que esas emociones suaves y vulnerables que un hombre puede sentir por una mujer habían sido destruidas para siempre. Aunque deseaba con todas sus fuerzas que la condesa Pan fuera su amante, no tenía la certeza de querer que su corazón quedara atrapado en la cacería que hasta ahora había considerado como una fuerte atracción.

Trunks trató de apartarse de su ánimo pensativo y río al mirar hacia abajo a la indumentaria empapada.

-Me temo, que ninguno de nosotros está en condiciones de servir de consuelo al otro, al menos no de una forma apropiada. –Si no hubiera estado tan seguro de que ella lo hubiera rechazado de plano, la habría invitado a ir con él a su casa en ese mismo momento. Allí, habría explorado las ventajas de brindarle consuelo, atender su tobillo y suministrarle ropas secas. Pero hacer una sugerencia así sería permitir que sus bajos instintos gobernaran donde la precaución era vital. Por eso, resistiría la urgencia hasta que descubriera que sus esperanzas eran ciertas. Trunks, con un esbozo de sonrisa le prometió:

- En otro momento, Pan.