CAPITULO
16
Después de que el último de sus baúles hubiera sido cargado y enviado a la residencia de N°18 como preparación de su partida al día siguiente.
Llegó el momento de que Pan se preparara para su visita a las vastas propiedades del príncipe Nappa.
Cuando llegaron a la mansión de Nappa, el príncipe mayor alabó sin tapujos la belleza de Pan. Sus elogios eran exuberantes y se apresuró a darle la bienvenida en su espléndida residencia. Le tomó la mano y depositó en ella un ferviente beso antes de conducirla a un gran vestíbulo donde sus hijos estaban esperándola. Yamcha, Maron y N°17 fueron dejados atrás y se tuvieron que contentar con seguir a la pareja recién comprometida cuando Nappa, ceremoniosamente, escoltó a Pan a una silla mullida que estaba al lado de la suya.
Nappa entregó a Pan un collar de esmeraldas, un par de aros haciendo juego y un anillo de compromiso enorme.
-Te vestiré con atuendos de oro, mi queridísima Son Pan –le prometió Nappa con generosidad-, y joyas preciosas de todos los colores.
-¡Ea, ea, príncipe Nappa –lo reprendió Maron con una rígida sonrisa-. Va a arruinar a la muchacha con regalos tan extravagantes. Le aconsejo que la consienta menos y que la vuelva más sumisa si desea un matrimonio bien ordenado.
Sus comentarios hicieron que N°17 bajara la bebida y observara a su mujer asombrado, pero Maron ignoró las implicaciones de esa mirada. Lo que la indignaba era la idea de que semejantes tesoros se perdieran en alguien que aborrecía con todo su corazón.
-Sólo hasta el día en que venga a vivir aquí –sugirió Pan con dulzura-, pues me resultaría muy difícil afrontar la pérdida si les llegara a pasar algo.
Nappa estuvo feliz de complacer los deseos de Pan cuando ella apoyó una gentil mano sobre el brazo de él y lo miró, suplicante, a los ojos.
-Mi madre era hermosa –declaró Sergei mientras le ofrecía a Pan un vaso de Visnoua una bebida que le recordó el vino tinto que había, en muy pocas ocasiones, probado en Francia-. Pero pienso que mi padre se ha superado esta vez al elegirla a usted como futura esposa.
-Eres más que gentil –respondió Pan luchando con una sonrisa mientras bebía de la copa de plata.
Entonces se acercó Fiódor mientras el menor de la familia se alejaba. Con una profunda reverencia, le entregó un ramo de flores.
-Como estos preciados capullos, mi señora, usted nos enaltece con su belleza y su perfume.
Pan se sentía mal consigo misma porque no se le ocurría otro modo de agradecer que con una vana sonrisa de placer.
-Me hace un gran honor, príncipe Fiódor, al comparar mi pobre aspecto con semejantes maravillas de la naturaleza.
Era la angustia de sentir que no merecía esa estima lo que hizo que Pan quisiera escapar por la puerta más cercana. Tenía la dolorosa conciencia de que, en comparación con su conducta despreciable, esos regalos de palabras y tiernos tesoros provenían de un afecto sincero.
Cuando el mayor dio un paso hacia atrás, se adelantó Stefan para colocar una guirnalda de hojas alrededor de su cuello.
-Apreciamos su compañía más que los rubíes y el oro, Pan. Puede estar segura de que todos los hijos del príncipe Nappa estamos fascinados con su encanto.
Pan sonrió, casi contra su voluntad, se había sentido encantada con la demostración de sus modales galantes, pero los elogios hicieron muy poco para aliviar el peso que le oprimía el pecho.
-¡Por favor, gentiles señores! Me apabullan con palabras tan dulces y discursos tan elocuentes, pues mi lengua trata, inútilmente, de encontrar una prosa igual.
Nappa se inclinó de nuevo para encontrar los delgados dedos de su prometida y llevárselos a los labios.
-En verdad, Pan, aunque tu lengua estuviera en silencio para siempre, aun así, estaríamos enamorados de tu dulce presencia en esta nuestra morada.
A pesar de todo, Pan no pudo encontrar ningún sentimiento de alegría que fuera recíproco para sus cumplidos. Aunque logró someter el pánico cuando Nappa, impetuoso, la besó con pasión en los labios, continuaba aturdida por el irrevocable arreglo matrimonial. El pensar en el príncipe mayor como su marido y al considerar todo lo que implicaba esa particular posición, deseaba verse liberada de ese compromiso tanto como alejarse de la mansión.
Incluso al regresar a la mansión de Maron esa noche, rogaba que algún dulce espíritu del cielo le diera cierto descanso a su atribulado cerebro y le indicara, de algún modo, la forma de poder liberarse de un modo honorable de su compromiso. No deseaba la muerte de su prometido y tampoco quería caer en la trampa de un matrimonio donde no encontraría solaz para sus sueños de amor y satisfacción.
...
Los primeros rayos del sol matinal se habían extendido sobre la tierra cuando Milk se acercó a la cama de Pan para despertarla. Unos minutos después, Pan abandonaba su recámara y bajaba por las escaleras.
El príncipe, N°17 estaba esperándola justo a la salida de la puerta principal. Allí estaba cuando Pan atravesó el umbral. La detuvo con una mano en el brazo, y luego frunció el entrecejo.
-Permitir que te fueras de aquí fue idea de Maron, no mía –le informó N°17 de mal humor.
-Reconocí de inmediato su intención de mantenerme en su lasciva guarida el mismo día en que anunció que Maron partiría –concedió Pan con cauta reserva. Fue sólo por los sirvientes que hizo un intento de simular un ánimo cordial-. Sin embargo me asombra que usted hubiera pensado que iba a suceder de otro modo. Maron no es tonta, sabe.. Esa es la razón por la cual está tan ansiosa de verme casada con Nappa. Me quiere fuera de la casa y bien lejos de usted.
-Maron tiene mucha más razón en odiarte ahora que antes –la provocó N°17-Después que le conté cómo me acosaba, estaba más que ansiosa de verte casada.
Una encantadora ceja se levantó en señal de sorpresa.
-Bueno, veo que no le importa demasiado contar mentiras descabelladas, pero su pequeño plan para desacreditarme no tendrá consecuencias en mis acciones, se lo advierto.
-Yo soy el que te advierto, Son Pan. –Emitió las palabras con los dientes apretados como si estuviera luchando por mantener su aplomo.- No tengo intenciones de permitir que escape a lo que se ha decretado. Aunque N°18 tiene el maldito hábito de confundir convenciones para adecuarlas a sus gustos...
Una vez más Pan levantó una ceja desafiante y lo interrumpió.
-¿Y qué hay de usted? ¿Acaso no ha hecho lo mismo?
N°17 ignoró la intromisión y continuó en un tono cínico.
-Estoy seguro de que N°18 tratará de minar tu compromiso
invitando a su casa a esos hombres que pueden manchar tu reputación...
Pan lo miró asombrada, nunca había considerado la idea de que la ruina de su honor pudiera ser un medio para evitar el matrimonio con Nappa. Semejante plan implicaría un alto precio a pagar por su libertad, un precio que no estaba muy segura de querer entregar.
-Me imagino lo preocupado que está por mi reputación, sobre todo considerando el hecho de que Nappa podría mostrarse reticente a vincularse con una doncella cuya virtud haya sido mancillada –le respondió en tono despectivo-. Pero, por mi vida, N°17, no puedo imaginar que usted esté satisfecho de verme casada sin tratar de causarme más dolor, lo que me lleva a preguntarme qué planes tiene para reclamarme como víctima conquistada. Todo el mundo sabe que usted tiene preferencias por las vírgenes, pero lo mismo ocurre con mi prometido. ¿Está dispuesto a permitir que Nappa pruebe primero la fruta sin mancha antes de buscar retribución?
-Si es necesario, haré una excepción en tu caso –le prometió N°17 con una mueca macabra.
-Qué considerado –se burló Pan con sequedad. Miró a lo lejos en un intento por recuperar el control de su temperamento volátil, y luego volvió a él con renovado vigor, deseando aniquilar esa arrogancia-. Si tengo el poder de frustrar sus propósitos, N°17, permítame ser la primera en asegurarle que usaré todas las astucias de que sea capaz para ver que sus planes se desarticulen, aunque tenga que llevar al coronel Brief a mi cama para lograrlo.
Los ojos azules se encendieron de ira mientras exhalaba estas palabras.
-¿Piensas, que algo así puede llegar a suceder mientras esté vivo? ¡Te equivocas al permitirte semejantes fantasías, porque no admitiré que ningún otro hombre te tenga!
-¿Ni siquiera el príncipe Nappa? –le preguntó burlona.
-¡A través de él me vengaré de ti por las heridas que me has causado! No pasará mucho tiempo después de sobrevivir a algunos de sus fatigosos intentos antes de que me estés rogando que te satisfaga. No, no te escaparás al matrimonio con Nappa, pues contrataré a hombres para que te vigilen y que vigilen todas las casas a las que vayas hasta el momento de pronunciar los votos. Nadie podrá ayudarte, Son Pan. Nadie vendrá a rescatarte, ni siquiera tu precioso coronel Brief.
-Eso está por verse, ¿no es cierto? –Pan logró una sonrisa forzada–desde este momento, voy a protegerme de su malevolencia. Si es necesario, llevaré mis quejas al mismo zar Piccolo y haré que él se encargue de darles a ustedes dos su merecido. ¡Se lo juro!
Pan se alejó y, un momento después subía al carruaje que la llevaría lejos de la mansión de Maron y N°17 en lo que esperaba fuera su última partida.
Era una corta excursión hasta la amplia mansión N°18, pero para Pan el paso del tiempo parecía aún más conciso pues sus pensamientos recorrían, acelerados, una amplia gama de posibilidades. No podía desechar a la ligera la idea que N°17, sin querer, le había presentado. La cuestión más importante a la que tenía que encontrar respuesta era si prefería mantener su honor intachable en un matrimonio miserable.
Cuando el carruaje entró en el sendero que llevaba a la casa, N°18 se apresuró a salir a darles la bienvenida con alegres saludos y una jubilosa sonrisa y, de pronto, la mañana pareció más brillante para Pan. Ahora no sólo estaba protegida en la casa de una buena amiga, sino que, gracias a N°17, tenía una pequeña esperanza a la que aferrarse. Con el tiempo tan limitado, tendría que decidir rápido si un sacrificio así valía la pena cuando ya no hubiera nada más que hacer.
Pero, al ir con N°18 y Milk a una pequeña capilla de madera ubicada en las afueras de la ciudad, tomó conciencia de lo cerca que estaba N°17 controlando sus idas y venidas.
Las tres se habían presentado a prestar sus servicios a un monje que se consagraba a grandes actos de caridad. Fueran viejos, ciegos, tullidos, decrépitos o lisiados, todos los que estaban en necesidad eran aceptados en la pequeña iglesia donde el generoso fraile se dedicaba a satisfacer sus necesidades. Las aflicciones de los pobres con frecuencia disminuían a un nivel más tolerable por su compasión o por la de aquellos que concurrían a colaborar con él en su generosa batalla.
Temprano esa mañana, llegó Pan junto con Milk y N°18. Se habían asignado la tarea de preparar la comida en la cocina ubicada en un cobertizo detrás de la capilla. Habían elegido deliberadamente ropas simples, de telas comunes. Poco después de que la comida estuviera terminada, Pan se ocupó de distribuir las hogazas de pan y de servir un nutritivo guiso en unos tazones de madera para los hambrientos que se reunían allí. N°18 distribuía ropas que tenía en varios bultos que había juntado entre sus amistades, mientras que Milk entretenía a los niños con juegos y canciones, permitiendo que sus madres eligieran las ropas que abrigarían a sus familias en el invierno que se avecinaba.
En esta reunión de gente con necesidades obvias, se presentó N°17 vestido como el príncipe rico y poderoso que estaba seguro de ser. Cuando vio a la condesa, se adelantó. En una muestra de burla cruel, hizo una reverencia delante de las dos boyardinas y ahogó una carcajada al echar una mirada a los alrededores.
-Cuánta generosidad de parte de las dos: consagrar su tiempo libre a estos seres miserables.
Con una mirada alrededor, Pan de dio cuenta de que aquellos que habían estado esperando en fila para recibir comida ahora se replegaban, temerosos y reticentes a pasar delante del príncipe vestido con tanta ostentación. Al considerar su timidez y su apocamiento, que se veía con claridad en sus rostros, Pan comprendió que la presencia de N°17 había encendido el miedo entre aquellos que se habían acercado en busca de ayuda.
-¡Fuera de aquí, N°17! –le ordenó e hizo un gesto con la mano para indicarle que les dejara el camino libre a los que venían a pedir-. ¿No se da cuenta de lo que está haciendo? ¡Le tienen miedo!
-¿Miedo de mí? ¿Por qué? –Apenas podía simular su asombro.- Sólo he venido a ser testigo de la compasión que sientes por estos patanes malolientes. –Sus labios se curvaron en una sonrisa condescendiente.- ¿Qué te ha puesto en este camino de benevolencia? ¿Estás tratando de pagar la penitencia por tus pecados?
Pan plantó las manos en su delgada cintura y lo miró desafiante.
-Mi mayor pecado no ha sido cometido todavía, N°17. Eso será cuando lo estrangule. Si no es un gran secreto que debe guardar, ¿puedo preguntarle qué está haciendo usted aquí?
-Bueno, he venido al igual que tú, como un señor benevolente que quiere paliar el sufrimiento de los pobres. –Se dio media vuelta y se dirigió al humilde fraile.- ¡Mire señor, cualquiera que sea su nombre! He venido a entregar lo debido a tu causa. –Arrojó unas monedas de poco valor que cayeron junto a las sandalias del monje.
-Agradeceré a Dios por esta generosidad, hijo mío –murmuró el monje de cabellos blancos y se arrodilló para recoger el dinero. Aunque percibió que lo que el boyardo quería era tenerlo humillado a sus pies, no era tan orgulloso para ignorar las insuficiencias de las que adolecía su pequeño ministerio.
-Haría mejor en agradecerme a mí, anciano –le replicó N°17-. Tengo poder aquí en la tierra para verlo en prisión por asociarse con ladrones. – Movió la mano para señalar la multitud estremecida. Con pomposidad N°17 preguntó: ¿Acaso no he visto a bandidos de este tipo robando pan?
-Oh, pero sí lo hicieron, fue sólo un trozo o dos, y usted los perdonaría por una ofensa tan pequeña –se apresuró a decir el monje mientras luchaba por ponerse de pie-. ¡Muchos morirían de hambre sin el pequeño bocado de comida que les dan o logran encontrar!
N°17 sacudió la cabeza en señal de desprecio y enfrentó al santo.
-¿Dios es ciego a los ladrones?
-Dios ve todo, hijo mío, pero también perdona si hacemos el esfuerzo de pedírselo.
-¡Si es que hay Dios! –se burló N°17.
-Cada hombre debe decidir si quiere creer o no. Nadie puede forzarlo. Es un asunto del corazón.
-Yo prefiero no creer. ¡Es una tontería creer en algo que no se puede ver!
-Dios ha elegido la tontería de este mundo para confundir la sabiduría del sabio. –El monje le devolvió una sonrisa sombría al príncipe.- Crea o no, hijo mío, no puede anular a Dios. El sigue existiendo.
-¡Sólo en la mente de los que son susceptibles a esas estupideces!
El generoso sacerdote habló con suavidad.
-Lo siento, pero no entiendo por qué ha venido hasta aquí si eso es lo que piensa.
Pan se adelantó y clavó la mirada en el intruso. Luego, sin una palabra caminó hacia la puerta llevándose a N°17 lejos del monje. Hizo una pausa en el portal para vociferar las objeciones a su presencia en el lugar.
-Se lo advierto ahora, N°17, ¡váyase de aquí antes de que lo haga echar! ¡Y no se le ocurra volver nunca más!
N°18 escuchó la amenaza de Pan y se acercó al príncipe con una sonrisa divertida.
-Ten cuidado, N°17. Creo que Son Pan sabe lo que dice.
La mirada penetrante de N°17 se hundió en Pan.
-He encontrado algunos hombres para que te sigan donde quiera que vayas, Son Pan. ¡No te escaparás de mí! Te perseguirán hasta que vengas a rogarme que te libere de ellos.
Con una ligera reverencia, se despidió de ella y se encaminó hacia la puerta. Pan lo siguió con la mirada mientras atravesaba el área que se extendía desde la capilla donde un grupo de jinetes lo estaba esperando.
Era un grupo salvaje que provocó la furia de la condesa Son Pan cuando comenzó la vigilancia delante de la iglesia. Más tarde, Pan sólo pudo pedir perdón al freile mientras se marchaba.
Pan aceptó sus bendiciones e inició la marcha con N°18 y Milk subiendo al coche que las estaba esperando. En respuesta, la manada de pendencieros montó en sus caballos y comenzó a seguir al carruaje por el camino.
En la situación en que se hallaban, las ocupantes del carruaje emitieron grandes suspiros de alivio cuando llegaron a casa sanas y salvas.
