Sólo él sabía de su intento de calmar algo más que las heridas de su espalda, pues la idea de estar a solas con Pan en un dormitorio durante toda la noche ya le había generado recuerdos que ponían en peligro su verdadero objetivo.

Cuando sus amigos se acercaron más, Trunks sonrió y de inmediato se replegó al ver que intentaban darle unas palmadas en la espalda.

- Tengan cuidado o me inutilizaran para mi esposa - les advirtió - . El estado de mi espalda tiene, por momentos, el poder de hacerme olvidar todo lo demás.

- ¡Llevémoslo a hombros, muchachos! - alentó un oficial inglés -. Necesita conservar sus fuerzas para cosas mejores.

En medio de risas y burlas Trunks fue llevado en los hombros de sus amigos. En la antesala de las habitaciones de Pan, bajaron a Trunks delante de la entrada del dormitorio adyacente y se agruparon detrás de él para poder echar una mirada a la novia, que había sido vestida para el placer de su marido.

Trunks nunca se había visto en la necesidad de negar el hecho de que se había dejado arrastrar a beber con liberalidad durante la celebración. Pero no podía creer que la bebida pudiera provocar que su corazón latiera con tanta violencia dentro de su pecho al ver la presencia que tanto temía y deseaba a la vez. Desde el primer encuentro, había tenido conciencia de la belleza sin rival de Pan, pero en ese instante en que se enfrentaba con el hecho de que ella era suya por derecho conyugal y que podía ejercer las prerrogativas que esa particular unión le otorgaba, sintió una aguda punzada de dolor al pensar en lo que, en el ardor del orgullo herido, se había atrevido a prometer en contra de sus apetitos masculinos.

De pie dentro del círculo de sus asistentes, Pan estaba tan atractiva y excitante como cualquier novia. Su cabello oscuro había sido separado en dos trenzas para significar su reciente cambio en el estado civil que luego habían sido entretejidas con una cinta dorada. Una exquisita bata de seda dorada flotaba, suelta, desde sus delgados hombros hasta el piso, y aunque el resplandor débil de las velas no permitía a su marido penetrar con los ojos la tela brillante, él sabía que debajo de esa tela transparente y de la camisa de fina gasa que tenía contra el cuerpo estaba tan suave y hermosa como hacía unos días atrás cuando había yacido en sus brazos. Verla fue suficiente para que todo su cuerpo iniciara una batalla con su cerebro, y, disminuido por los efectos relajantes de la bebida que había consumido, Trunks no estaba del todo seguro de que sus objetivos pudieran soportar por mucho tiempo esa desgarradora belleza. Le parecía bastante absurdo castigarla a ella con su abstinencia cuando iba a ser él quien tuviera que soportar el tormento mayor.

¡Bah! La mente de Trunks se rebeló ante esta falta de disciplina. Estaba permitiendo que sus apetitos lo llevaran a la ruina como a una oveja al matadero, del mismo modo que se había dejado seducir antes por esos ojos dulces y esas maniobras femeninas. Si no tenía cuidado, no iba a pasar mucho tiempo antes de que estuviera delante del zar Piccolo, rojo de vergüenza, tratando de explicar cómo se había desviado de su propósito y la había dejado embarazada la misma noche de bodas.

Los invitados masculinos expresaron con gritos su aprobación ante la gracia de la novia, y Pan, mirándolos, les agradeció con una tímida sonrisa. Las princesas Marron y Bra se acercaron para susurrarle algo al oído, y, de inmediato con los ojos, Pan buscó a su marido mientras un repentino rubor le cubría las mejillas.

Trunks levantó un brazo y se apoyó en el marco de la puerta, consciente de que se había convertido en el tema de conversación de las mujeres. Por la forma en que lo recorrían con la mirada, creía que el diálogo tenía algo que ver con sus atributos físicos, tópico del que Pan tenía conocimiento de primera mano. El hecho de que ella se contuviera y no ofreciera ningún comentario pareció frenar a las mujeres, aunque eso no impidió que la novia encontrara su mirada con más candor del que había mostrado hasta ese momento, al menos desde que se habían pronunciado los votos matrimoniales.

Al considerar el empeño que había puesto en poseer a Pan, le parecía increíble siquiera suponer que podría tener éxito en ignorar su presencia en la misma habitación, mucho menos en la misma cama.

Le había preguntado a N°18 con toda discreción si no sería posible suministrarle una habitación separada, sin importar lo pequeña o estrecha, pero ella había sonreído con gracia y le había dado la excusa de que, en general, tenía tantos huéspedes que le parecía improbable poder otorgarle lo que pedía sin restringir severamente sus gregarios hábitos de hospitalidad. Así, mientras contemplaba la tentadora imagen de la cámara nupcial, Trunks tuvo que enfrentar la realidad de que o se arrepentiría muy pronto de su resolución o de que pasaría la mayor parte de su tiempo lejos de la casa.

Caminó hacia el círculo que formaban las damas, y sus ojos se encendieron cuando se detuvieron en el esplendor de Pan. Como las asistentes observaban cada mirada, cada movimiento que realizaba la pareja, Pan le ofreció una sonrisa dubitativa, pero sus ojos no podían evitar la revelación de una profunda desconfianza. Con una reverencia a las damas, Trunks las envió fuera de la habitación entre cuchicheos y se detuvo cerca de su esposa.

- Por nuestros invitados, señora - le susurró como justificación por posar su atención en ella, luego le levantó el delicado mentón para besarla de lleno en la boca, mucho más por su placer que por el de sus compañeros.

Pan quería apoyarse en él y entregarle por completo sus labios en el beso. El aroma de algún poderoso intoxicante le invadió los sentidos cuando la boca de él se movió deliberadamente sobre la de ella, pero no dejó de recordar el dolor que había sentido antes cuando ella había dejado que sus labios se separaran debajo de los de él y había hecho el papel de tonta. No estaba dispuesta a ser avergonzada otra vez con un nuevo rechazo.

Trunks levantó un poco la cabeza y la miró, un tanto decepcionado por su cautela. No era tan tonto como para pensar que esa noche o cualquier otra fuera a ser remotamente gratificante mientras se contuviera y no encontrara el placer en ella. El pensamiento lo golpeó en su orgullo: no importaban las metas que se había propuesto alcanzar con su total abstinencia; cuando estaba tan cerca de ella, comprendía lo absurdo de ese objetivo.

Trunks volvió a la antesala e hizo un último brindis con los hombres, pero no estaba tan concentrado en las copas como para no ver que Ten espiaba a Pan a través de la puerta. No era ninguna sorpresa su resentimiento por la audacia del hombre de mirar a su mujer, y esa noche más que nunca. Después de haber enfrentado a tantos de sus perseguidores, no tenía ganas de compartir ni siquiera la más pura de las imágenes de la belleza de Pan con otro hombre, en especial con uno que le había pisado los talones para copiar su conducta y pedir al zar autorización para cortejarla.

Con deliberación, Trunks estiró hacia atrás una mano y cerró la puerta detrás de él, luego levantó los ojos hacia el comandante en señal de desafío: debía comprender que Pan era suya hasta que él dispusiera lo contrario. Lo miró hasta que Ten, con el rostro oscurecido por el enfado, dio media vuelta y se marchó.

..

Los huéspedes abandonaron finalmente la cámara nupcial y la maciza puerta de madera se cerró detrás de ellos, permitiendo que Trunks asegurara el cerrojo contra la posibilidad de alguna broma. Cuando algunos de sus oficiales habían ofrecido sus consejos sobre la forma adecuada de instruir a una virgen, Trunks había asentido con sumo cuidado, y aunque parecía que escuchaba cada palabra, sus pensamientos vagaban, como hechizados, entre los atractivos recuerdos de Pan desnuda en su cama haciéndole un lugar a él. Aun después de haber consumido suficiente vodka para adormecer el lacerante dolor de su espalda, todavía era incapaz de eliminar de su consciencia esa imagen y otras visiones similares.

Si se mantenía fiel a su resolución, entonces esos consejos valían muy poco, aunque él estuviera dispuesto a usarlos, lo cual distaba mucho de ser su intención.

Trunks entró en el dormitorio y, con cuidadosa diligencia, se aproximó a la enorme cama con baldaquino donde lo aguardaba su esposa. Se había quitado la bata dorada, y en ese momento sus formas femeninas se insinuaban a través de una sábana que ella sostenía sobre el pecho para ocultar todo lo que su delgada camisa dejaba adivinar. Mientras se desabrochaba la chaqueta, su mirada incendiaria recorrió las montañas y los valles que formaban una provocativa geografía bajo la tela.

-El zar Piccolo tenía razón -subrayó Trunks con languidez. Aun con sus facultades perturbadas por las fuertes bebidas que había consumido, no podía ignorar la tempestad de pasiones que estaba a punto de sufrir en su afán por mantenerse alejado de ella-. Eres muy hermosa, señora mía. Tal vez más que cualquier otra mujer que haya conocido.

Todos los signos de la fingida alegría de Pan habían desaparecido poco después de la partida de las mujeres, y en ese momento miraba a su marido con desconfianza, preguntándose qué debía esperar de él en su presente estado de ánimo y su actual condición. ¿Descargaría su ira contra su delgado cuerpo y la insultaría por haberlo manipulado y engañado?

-No hemos tenido ningún momento a solas para conversar, Trunks...

-Así que deseas hablar.

Trunks ejecutó una reverencia dolorida y trastabilló un poco hacia atrás hasta lograr enderezarse. Sonrió como si estuviera divertido.

-Debes disculpar mi estado -continuó-. Me he comportado de una forma un tanto extraña esta noche, pues he bebido demasiado del fruto de la vid... o más bien de esa bebida mortífera que vosotros, los rusos, consumís, para calmar mi dolor... - Apoyó una mano en el corazón como señalando la zona donde había recibido la herida-. ¿Qué asunto quieres discutir, esposa de mi alma? ¿Mi aversión a ser engañado? -Se frotó el pecho como si la sola idea lo lastimara-. Eso me ha supuesto varias y dolorosas heridas, gracias a ti. Nadie más podría haberme lacerado tan rápido y con tanta habilidad. Mientras yo te ofrecía todo lo que tenía, aunque fuera indigno, tú me tomabas por un imbécil. Ahora este pobre bufón está atrapado, atado por las cadenas del matrimonio, y mientras divisa una confitura tan deliciosa en su cama, su mente se confunde con su deseo, pero no hay escapatoria para él.

Trunks se apoyó en uno de los postes de la cama, la miró y se inclinó hacia atrás haciendo un amplio gesto con la mano libre como si apelara a una audiencia en busca de respuesta.

-¿Qué piensas, Pan, de mi locura? -inquirió-. ¿Y de la tuya?, dímelo, por favor. Al querer alejarte de un marido, te encontraste atrapada con otro bastante diferente. ¿Estás satisfecha de lo que tu conducta provocó?

Pan se incorporó con cautela, sujetando la sábana sobre su pecho.

-Yo no estaba dispuesta a casarme con el príncipe Nappa...

-¡Eso ha quedado ya bien claro, Pan!

La invectiva llegó como una aguda réplica mientras Trunks se quitaba su chaqueta y la arrojaba sobre una silla cercana. Su esfuerzo por mantener un estado de atontamiento no había tenido éxito, pues no estaba tan ebrio como para ser insensible a la visión que se le presentaba. Unas velas delgadas ardían en un candelabro que estaba en la mesa detrás de ella, y las pequeñas llamas emitían su resplandor a través de la fina camisa de color amarillo pálido marcando los hombros, los brazos y lo suficiente de su pecho como para alimentar la hambrienta imaginación de Trunks y generar en él un profundo deseo de ver todo lo que la sábana ocultaba.

Se sintió más que un poco abrumado por las circunstancias al contemplar a su joven esposa, pues se dio cuenta al evaluar la belleza de Pan que ahora la deseaba más que antes de su frustrada unión, si eso era posible. Ninguna mujer había provocado su imaginación de esa manera. Desde el principio, ella se había adueñado de su mente como nunca nadie antes lo había conseguido; jamás se había sentido tan perturbado por el imperioso deseo de poseer a una mujer. Ahora, parecía que estaba destinado a sufrir un castigo aún mayor.

-Lo que me pregunto es si estás satisfecha o no con lo que obtuviste con tu juego.

Las mejillas de Pan se encendieron mientras trataba de encontrar una respuesta que aplacara de un modo adecuado el resentimiento y la ira de su esposo. Si le contestaba que estaba enormemente satisfecha de tenerlo a él como marido, entonces podría pensar que había obrado intencionadamente para conseguir ese fin. Por otro lado, sería una mentira deliberada decirle que no se había enamorado de él. ¿O acaso no se había empeñado todo el tiempo en ignorar lo que sentía por él, y ahora estaba comenzando a comprobar la existencia de un vínculo cada vez más fuerte?

-¿No puedes contestarme? -preguntó Trunks, cáustico.

Pan percibió la animosidad en su tono y le ofreció una súplica apenas musitada.

-¿No puedes ver la verdad por ti mismo?

Bajó la vista para no enfrentar sus ojos de acero, pues dudaba de que cualquier respuesta que le diera fuera suficiente. ¿Por qué, por todos los cielos, tenía que tratar de explicar su satisfacción con él cuando no podía hacer otra cosa que temblar bajo esa mirada de halcón feroz?

-¿Acaso cualquier doncella no te preferiría por marido en lugar de uno mayor? –continuo-. Pero yo no quería atraparte...

-¡No! -Su tono era sarcástico-. ¡Sólo querías usarme como un juguete sin valor y hacerme a un lado cuando hubieras terminado conmigo! ¡Para ti no fui más que un lascivo fanfarrón! ¡Un galán ansioso que servía a tus necesidades provisionalmente, y el precio que estabas dispuesta a pagar por mis servicios era, evidentemente, tu virtud!

Se alejó de ella, enfadado. Cruzó la habitación y entró en el vestidor, encontrándose frente a un ejército de zapatos prolijamente dispuestos en pequeñas bolsas de seda sobre los estantes, cajas de sombreros tapizadas y joyeros lacados, todo en riguroso orden. Sus propias ropas y posesiones habían sido ordenadas con esmero al lado de las de ella, pero, para su sorpresa, estaban más a mano. Se asombró de la consideración que había mostrado para él.

Pestañeó de dolor varias veces al quitarse la camisa que se le había adherido a la espalda y la dejó a un lado. Escogió una de las dos jarras disponibles, la que sintió más fría, y vertió el agua helada en la palangana. Después de lavarse se sintió ligeramente más despejado, al menos lo suficiente como para mantener cierta esperanza de permanecer con la cabeza bien puesta sobre los hombros una vez que se introdujera en la cama al lado de su atractiva esposa. Pasado ese punto, confiaba en que el estado de su cuerpo lo sumiría en un profundo sueño, del cual esperaba no despertar hasta la mañana siguiente.

Antes de regresar a la habitación, Trunks se puso un par de calzas que ocultaban su desnudez, lo que en ese momento parecía una necesidad crucial. El lado de la cama más cercano a la antecámara estaba esperándole, pues Pan lo había dejado libre para él y la parte superior de la sábana estaba doblada como en una invitación. Mientras se acostaba, trató de evitar la mirada cauta de su mujer y, en busca de otra distracción recorrió el dormitorio.

Trunks se acercó al candelabro y apagó las pequeñas llamas. Se giró y dio la espalda a Pan, tratando con toda la prudencia de que era capaz de evitar los estímulos visuales que estaban allí esperando para tentarlo. Si alguna vez se había preguntado qué deliciosa tortura sería, en ese momento lo estaba comprendiendo con toda claridad. Cuando las sábanas de seda y la delicada camisa abrazaban sus curvas de un modo tan provocativo, era una agonía pensar que, por su propio decreto, no podría probar, tocar o mirar los tesoros de sus formas femeninas. La simple conciencia de su proximidad y el recuerdo de su respuesta a la pasión que él había desatado hizo que su sangre hirviera por sus miembros, y agradeció a las sombras que le permitían algún refugio mientras se quitaba las calzas. Se sentó en el borde de la cama, retiró la prenda y buscó la sábana, pues no quería regalarle una sensación de triunfo al ver su falta de rígida disciplina...

Las velas que estaban encendidas detrás de Pan, eran las únicas que suministraban algo de luz a la habitación, pero eran suficientes para que ella viera las horribles marcas que surcaban la espalda de su marido. Las líneas se extendían hacia el extremo derecho, donde el borde del látigo se había descargado, y aunque estaban en proceso de curación, quedaba todavía una zona hinchada junto a una amplia llaga, que indicaba una infección en la carne debajo de una oscura costra. Al ver eso, Pan saltó de la cama.

Trunks no era un hombre que poseyera tanto control como para poder resistir sin tomar nota de su apenas velada desnudez. Miró por encima del hombro y vio que pasaba su bata dorada por encima de la cabeza y se dirigía al vestidor mientras la prenda se deslizaba por su camisa. Cuando regresó un momento después, llevaba con cuidado una vasija llena de agua, una pequeña toalla en el brazo y un frasco ancho y bajo que contenía un bálsamo de fuerte olor.

-Tienes una infección en parte de la espalda -le informó Pan, colocando el recipiente en la mesita de noche-. Necesita limpiarse y que se aplique un emplasto para curarla completamente.

Trunks se llevó las calzas al regazo, por primera vez en su vida incómodo por lo que su desnudez pudiera revelar.

-No me molesta en absoluto ahora.

-Pero lo hará si lo dejas como está - le replicó Pan encendiendo la lumbre para poder prender de nuevo las velas-. Necesito tu daga para abrir la herida...

-¡Te he dicho que la dejes como está! -exclamó Trunks, previendo el desastre que ocurriría si permitía que esas manos lo tocaran.

Podría haber soportado sin problemas la agonía si sólo hubiera estado pensando en su espalda, pero era ese cúmulo de pasiones reprimidas que bullía en su interior el que estaba tratando de mantener bajo control y el que más lo preocupaba. Un suave roce de su mano y todas sus restricciones y resoluciones sucumbirían.

Pan intentó desafiar su tono autoritario.

-¿Por qué no me dejas que te cure?

-Puedo hacerlo solo -gruñó obcecado.

-No lo creo -lo reprendió con suavidad, e inclinó la cabeza hacia el pequeño banco que estaba cerca de la cama-. Ahora, ¿puedes sentarte allí y dejarme que me ocupe de tu espalda?

Pasó un largo rato en que ella vio cómo se marcaba cada vez más la arruga en el entrecejo. Trunks no la miraba; tenía la vista fija en las llamas titilantes de las velas hasta que ella se inclinó hacia él con una pregunta urgente:

-¿Trunks, tienes miedo de que te toque?

Trunks no pudo más y estalló.

-¡Sí, maldición! ¡Ya te lo he dicho antes! ¡No quiero nada de ti, y mucho menos tu compasión...!

Ante semejante descarga, Pan trastabilló hacia atrás y lo miró con dolor, confundida. El apuesto rostro estaba rígido, pero en su obstinación se negaba a levantar los ojos para encontrar su mirada. Con lágrimas angustiadas desgarrándole el pecho así como los ojos, Pan tomó el recipiente y, con un sollozo, dio media vuelta, volcando gran parte del agua sobre el pecho de Trunks en su prisa por huir.

Él se sorprendió y perdió su orgullosa modestia cuando el escudo protector cayó de su regazo. En el breve instante que le llevó recuperar su dominio y buscar las calzas caídas, los ojos acuosos de Pan volaron hacia él y se agrandaron por el asombro.

Trunks apretó los dientes mientras ella buscaba su mirada. Con un gruñido sordo arrojó la prenda, pues ya no había razón para servirse de ella. ¿Qué más tenía que esconder, cuando con una sola mirada ella lo había despojado de su orgullo?

-¿Qué esperabas? -gritó-. ¡No soy de piedra! ¡Por Dios, Pan, déjame en paz!

Después de protestar, se tapó con la sábana hasta la cintura y rodó hacia el lado izquierdo, lejos de ella, reclamando su espacio en la cama. Se negaba a mirarla; golpeó la almohada debajo de su cabeza y dirigió la vista con enfado al resto de la cama.

Pan no estaba menos disgustada por esa muestra de mal carácter. Llevó la vasija al vestidor y allí dio rienda suelta a su rabia cambiándose la camisa por un camisón que la cubría, desde las muñecas y los tobillos hasta el cuello.

Las lágrimas que surcaban sus mejillas no pudieron ser controladas ni aun cuando regresó a la habitación. Con una mirada humedecida a la espalda indiferente de su marido, apagó las velas de la mesita de noche de su lado, y caminó hacia el que le correspondía e hizo lo mismo. Se deslizó en la cama bien lejos de él, y después de considerar por un momento lo incómoda que se estaba, dio una o dos vueltas mientras se alejaba un poco del borde. Se cubrió con la sábana y las mantas hasta arriba y miró una vez por encima de su hombro. Luego se acomodó y continuó llorando en silencio.

Trunks estaba furioso, sin duda más consigo mismo que con su esposa. Todo lo que había tratado de hacer era curarle las heridas, pero los pensamientos de él no habían sido tan inocentes. Se había sentido perturbado por la urgencia de su deseo con ella tan cerca y tan tentadora, y la realidad de su inconsistencia sólo había añadido carbón a su temperamento ya encendido. No importaba hasta qué punto él o su orgullo hubieran sido heridos por sus maquinaciones; eso no negaba el hecho de que todavía quería empujarla contra el colchón y descargar sus crecientes deseos en la cálida dulzura de su mujer. Aun en ese momento en que sólo veía la negra cabellera y el cuerpo estilizado cerca de él en la cama, tenía que luchar contra un deseo incontrolable de besar esas lágrimas y calmar sus sollozos con suaves palabras de tranquilidad. La tentación era demasiado amenazadora.

Trunks cerró los párpados apretando con todas sus fuerzas mientras sus músculos seguían tensándose en sus mejillas, pero logró contenerse. Su dedicación necesitó de un gran esfuerzo, pero finalmente logró poner coto a sus pensamientos y comenzar a trazar un plan para una incursión fuera de los límites de la ciudad de Moscú. Era evidente que tenía que mandar a su explorador, para que espiara el campamento de Black antes de aventurarse con sus hombres en semejante maniobra, pues era mucho más fácil que pasara inadvertida una sola persona que todo un regimiento.

En el silencio de la habitación, los novios yacían juntos a menos de un brazo de distancia, totalmente conscientes el uno del otro, pero sin hablarse o moverse. Bien podrían haber sido estatuas por la rigidez que mostraban. Fue Pan la primera que se entregó a un sueño exhausto, y, al escuchar su suave respiración, Trunks siguió por fin el mismo camino. Durante unas tres horas o más durmieron un sueño ligero. El breve descanso les permitió aliviar ligeramente la tensión de estar juntos y al mismo tiempo separados.