Título: A christmas wish (parte 2)
Palabras: 3929
Summary: Algo está pasando entre el cantante Yamato Ishida y ella, y por supuesto que tiene miedo.
Disclaimer: Digimon no me pertenece, sólo el personaje de Momo que fue creado exclusivamente para ésta historia.
Advertencia: Exceso de fluff.
—Es ese un nuevo gorrito, señorita Takenouchi.
Sora detiene por un momento su tarea de acomodar las flores en el precioso jarrón que compraron los padres de Momo por la sorpresa, pero se recupera rápidamente y continúa con su labor. No pensó que se fuera a dar cuenta, pero una vez más, la pequeña la sorprende.
—¿Cómo adivinaste? —pregunta en tono amable—. Creí que pasaría desapercibido ya que no es diferente a todos los que tengo —la única diferencia es que ella lo hizo con sus propias manos.
—Es diferente —responde ella—, ese tono de azul se parece mucho al de la chaqueta que cargaba Yamato hace una semana —de la nada, Sora empieza a toser y voltea a verla con los ojos muy abiertos en sorpresa. Momo sigue seria—. ¿Es por eso que quiso estrenar gorro, porque Yamato vendrá a verme hoy?
Deja de toser abruptamente y se queda callada, no sabe qué decir o hacer a continuación; tiene algunas flores en la mano y la boca un poco abierta. Está en shock. ¿Es que es tan fácil de leer que incluso una niña de nueve años puede adivinar sus intenciones como si nada?
—Para nada —niega entre risas nerviosas—, no sé de dónde has sacado eso pequeña… pero estás equivocada; ni siquiera sabía que el señor Ishida vendría a verte hoy— es una mentira, pero ella necesita que Momo se tranquilice con la lectura a su persona—. Además, no tardaré en irme—ve su reloj de muñeca—; para cuando él venga seguro ya ni estaré.
Termina de colocar las flores y pone el jarrón cerca de Momo, ella la está viendo con demasiada suspicacia y Sora quizá esté un poco intimidada. ¡Por Dios, está intimidada de una niña! Una niña que al parecer logra ver sus dobles intenciones. Ahora tendrá que irse rápido, aunque sus planes eran pasar toda la tarde en el hospital.
—Pero yo no quiero que se vaya —Momo la coge de la mano—, no es divertido cuando usted no está.
Sora se sienta en la cama y le acaricia la mejilla, Momo es tan dulce que tiene serios problemas para decirle que no, aunque en esto no está segura si quiere complacerla; además es mejor que ya no vea a Ishida, su atracción hacia él aumentaría por diez mil si lo hace.
—Prometo mañana estar contigo todo el día —dice—. Trata de descansar antes de que venga él, así podrán jugar todo lo que quieras.
Momo asiente mientras bosteza y cierra los ojos, Sora deposita un beso en su frente y se levanta para salir; tiene que llegar a su apartamento de forma rápida y refugiarse del mundo antes de que alguien más se dé cuenta de sus más que innecesarios pero bien fundamentados sentimientos hacia el vocalista de la banda que la pequeña Momo pidió conocer en navidad.
Necesita alejarse de Yamato Ishida.
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Para cuando Sora está en su apartamento son casi las ocho, decidió pasar a comer algo y luego a sentarse por un rato en el parque frente al edificio donde vive; al no tener planes, no vio mal el querer sentir un poco del aire frío de diciembre, aunque ella lo odia…
Al frío, claro.
Suspira mientras coloca sus llaves en el recibidor y se quita uno de los dos abrigos que carga; al verlo en sus manos, no logra evitar recordar el comentario que le hizo Ishida esa segunda vez que se vieron.
Fue dos días antes del concierto, él la llamó y le dijo si podían verse para darle las últimas indicaciones, ella se puso nerviosa y soltó un débil sí para sellar el encuentro. La citó en una pequeña cafetería cerca de la firma donde trabaja y le pidió que no tardara. Sora no pudo ni quejarse, porque luego de ese comentario colgó; los nervios por su llamada y por el hecho que lo vería desaparecieron por al menos dos segundos gracias a eso, pero rápidamente volvieron con más intensidad.
Sora había desarrollado una pequeña —mínima, casi inexistente—ilusión hacia Yamato Ishida a base de fotos, entrevistas y vídeos en youtube que ella nunca ha dejado de visitar. Lo vio como algo normal; es una super estrella, guapo, talentoso, además de amable y de buen corazón. No había manera en que no sintiera nada, ¡ella no es de piedra! Pero sí inteligente y por supuesto que sabe mantener bajo control innecesarios sentimientos.
Llegó cinco minutos antes de lo acordado y él ya se encontraba ahí, disfrazado; se acercó a su mesa y lo saludó amablemente, él devolvió el saludo y no tardaron en hablar de lo que les incumbía. Ishida dijo que una de las limusinas de su disquera iría a traer a Momo hasta su casa, que iban a llevarle ropa nueva y unos cuantos juguetes que algunas de sus fans habían comprado para la pequeña al leer en la página oficial de la banda sobre lo que harían.
Sora no pudo más que abrir la boca en sorpresa y agradecer efusivamente tanta amabilidad y atención hacia Momo. Él dijo que ni se preocupara, que aunque aún no la conocía en persona, Momo había logrado que se encariñara rápidamente con ella gracias a las historias que le contaron los encargados de la fundación. Sora no quiso indagar mucho sobre ese encuentro por pena, pero se enterneció mucho por el hecho de que él haya ido, por voluntad propia, a pedir datos sobre la niña.
Siguieron así entre conversaciones ligeras y malas bromas por parte de Ishida que hacían a Sora poner los ojos en blanco, pero de igual forma reírse. Fue en el segundo café que decidió quitarse uno de sus abrigos, él, que para ese entonces ya no tenía puesto sus anteojos; arqueó una ceja al ver que tenía otro abajo del que se quitó. Y por supuesto, no tardó en preguntar:
—¿Cuántos abrigos tiene?
Ella terminó de acomodarlo a su lado derecho para que no se arrugara tanto, y lo volteó a ver no entendiendo su pregunta.
—Dos, ¿por qué? —cuestionó.
—¿No cree que es un poco exagerado? —él se acomodó en la silla—. Digo, es cierto que hay frío, pero para cargar dos abrigos… —la vio por un momento—. No me diga que también carga algún suéter.
Sora se sonrojó porque, en efecto, ella cargaba un suéter y blusa manga larga, pero no podían culparla; Japón es un país muy frío, y nieva bastante, normal que quisiera estar siempre calientita.
—No le veo el problema a no querer pasar frío —comentó en su defensa, pero él sólo sonrió con un poco de burla.
—Yo tampoco… pero no cree que las personas pueden burlarse de usted, diciéndole… ¿qué sé yo? ¿Poncho andante?
Ante el comentario, Sora no dudó en ofenderse y regañarlo. Él no dudó en reírse y seguir burlándose del hecho que fuera una persona friolenta; para el final del encuentro, Sora estaba bastante enfadada con Ishida y él sólo pudo pedirle unas sinceras disculpas.
Claro que no tardó en despedirse diciendo su nuevo apodo.
Sora sonríe ante el recuerdo y niega con la cabeza, si sigue así no tardará en sentir cosas reales por él y eso sí que no se lo puede permitir; termina de quitarse su otro abrigo y es entonces cuando ve la luz parpadeante de su contestador avisando que tiene un mensaje.
Se extraña porque bien pudieron haberla llamado al celular, a menos que la persona no tenga su número; de igual forma lo revisa y se da cuenta que lo tiene apagado, quién sabe desde hace cuánto tiempo.
Maravilloso…
Se apresura en apachar el boton del contestador y la —magnífica, envolvente— voz de Yamato Ishida no tarda en hacerse escuchar en su pequeña sala de estar.
«Takenouchi, buena tarde. Intenté llamarla al celular pero sonó apagado —risas—, supuse estaba ocupada, así que decidí dejar un mensaje en su contestador. Me extrañó no verla aquí con Momo, y por supuesto que le pregunté por usted, lo raro es que me dijo que no sabía mucho, que se había despedido sin dar demasiadas explicaciones… no estará huyendo de mí, ¿verdad? —más risas y ella se sonroja—.
Es sólo una broma, pero enserio espero esté bien y no haya sido por una emergencia su repentino cambio de planes, creo que acordamos vernos hoy en el hospital —verdad— y me hubiera encantado que me hubiera avisado para así ya no estar tan preocupado. Cuando pueda no dude en devolverme la llamada. Que tenga un buen día.»
Pitido, y luego silencio; Sora se deja caer en el sillón y coge uno de sus tantos cojines, lo pone en su boca y no tarda en gritar.
¡Que alguien detenga a Yamato Ishida!
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No es exagerado decir que escuchó el mensaje unas treinta veces y si estuviera en su apartamento, es más que obvio que lo seguiría escuchando. Le devolvió la llamada, por supuesto, pero él no contestó y ella no insistió. Algo está pasando entre ellos, y Sora tiene miedo.
Suspira mientras se deja caer en su escritorio a darse pequeños golpes contra el. No es de Dios lo que Ishida la hace sentir, además… ¿no es muy pronto? No lleva tratándolo ni un mes y se siente como adolescente afrontando su primer amor; escucha el ruido de la puerta abrirse abruptamente y levanta la cabeza para ver quién es. Es Miyako Inoue, su asistente personal.
—Alguien quiere verte —dice en tono algo chillón, Sora arquea una ceja.
—¿Quién es? —pregunta, pero a Miyako no le da tiempo de decirlo, porque la persona se presenta por sí misma.
—Soy yo —entra diciendo Yamato Ishida con su usual gorro de lana, pero sin los anteojos—. Como no me devolvió la llamada, tuve que venir personalmente a ver si se encuentra bien.
Sora voltea a ver a Miyako que se ha quedado de piedra igual que ella, reacciona rápidamente y con un pequeño gesto le hace ver que se retire; ella refunfuña claro, pero no tarda en despedirse con un susurrado «permiso» y cierra la puerta.
—Buenas tardes a usted también, Ishida —saluda mientras lo invita a sentarse—. La verdad es que no entiendo su reclamo, yo lo llamé como pidió; usted fue el que no contestó.
—Mi celular no tiene registro de esa llamada —él se sienta y se cruza de brazos—, ¿a quién le creemos entonces?
—A mí por supuesto —alega ella—. Yo llamé, nadie contestó. Es simple.
—Como sea, no vine a pelear —Sora lo ve sin comprender—; si no a comprobar que estuviera enterita y me alegro que lo esté.
Ante eso, Sora se sonroja un poco y tose para disimular sus nervios, ¿es que está coqueteando con ella? Por favor que no esté coqueteando con ella.
—Sí bueno… la verdad es que tenía cosas que hacer ese día —miente—. Hay una nueva colección a la vuelta de la esquina, y no me gusta atrasarme con eso.
—Me alegra que esté adelantando su trabajo —dice él amablemente—. Porque tengo una propuesta para usted —pausa—… y la pequeña Momo.
—¿En serio? —pregunta Sora y coge algunos papeles de su escritorio, necesita hacer algo con sus manos antes de que le dé por golpearse el rostro—. ¿Qué propuesta?
—Tengo entradas para Tokio Disneyland y me encantaría que ambas fueran conmigo.
—¡Usted no tiene que hacer eso! —se apresura en decir ella—. Ya hizo demasiado, y encima la sigue visitando y… —busca más excusas—. ¿Es que no tiene familiares pequeños, novia? ¡Puede llevarlos a ellos!
Ishida la ve por un momento extrañado por su actitud pero sonríe y Sora no sabe por qué; de igual manera es encantador.
—Mi único hermano es Takeru Takaishi, representante de la banda y hasta ahora no me ha dado ni un sobrino; al menos que yo sepa. Y con respecto a una novia —él se recuesta un poco en el escritorio viéndola directamente a los ojos—. ¿No lo dicen todas las revistas? Soy soltero —susurra.
Sora asiente y sopesa toda la situación, ¿en verdad es tan buena persona Yamato Ishida? Querer hacer algo así de maravilloso por Momo es para llorar de alegría, y lo cierto es que a ella le encantaría tanto ir… sería un genial regalo para su pequeña.
Tampoco puede evitar imaginar cómo brillarían sus preciosos ojos cafés y las más que encantadoras sonrisas que les regalaría a ambos de la emoción.
Cierra los ojos y suspira en resignación.
—No sabía que su hermano era Takaishi —es lo único que dice.
—¿Es eso un sí? —pregunta él, ella se encoge de hombros.
—Supongo que es un sí.
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El peso de Momo en su brazo derecho está empezando a hacer estragos en ella, llevan caminando alrededor de media hora, es natural que ya se le esté durmiendo. Voltea a ver hacia el cielo y vislumbra las pequeñas estrellas que están empezando a aparecer; si no fuera porque se está muriendo de frío, ya se hubiera arrepentido de llevar tantos abrigos.
—Vuelvo a repetirlo Takenouchi, yo puedo llevar a Momo si ya está cansada —la voz de Ishida la saca de sus pensamientos. Lo ve—. Estoy hablando en serio, ¡y no es ninguna molestia!
Sora suspira porque sí, ya se cansó y porque también es cierto que no quiere darle a la pequeña por pena. De igual forma, decide que aceptar su ayuda no matará a nadie, además que seguro a Momo le encantará despertar en los brazos de Ishida.
Es el día que fueron a Tokio Disneyland, la noche ha llegado y ella lleva a Momo en brazos, dormida.
Cuando Sora observó cómo sus ojitos se cerraban de cansancio, no pudo evitar ofrecer llevarla para que pudiera dormir tranquila; Ishida también se ofreció claro, pero ella rápidamente denegó la oferta amablemente. Momo se obstinó un poco al principio, pero al final su agotamiento ganó y no le tocó más que aceptar la oferta.
Le entrega la pequeña a Ishida y siguen caminando en silencio.
La salida fue mejor de lo que esperaba, Momo fue la que más disfrutó, aunque al igual que Sora, al principio no quería asistir; dijo que le daba mucha pena por todo lo que Yamato había hecho por ella, que sería demasiado. Él por supuesto no desaprovechó la oportunidad para hacer ver lo parecidas que eran ambas en ese sentido, y que no era ni una obligación de su parte, que simplemente se le había apetecido invitarlas y que deberían estar agradecidas.
Él pasó muy temprano a recogerlas a casa de la pequeña alegando que «no deberían perder tiempo» y la verdad es que tuvo razón, porque desde que llegaron Momo no dejó de gritar, reír, brincar y subirse a todas las atracciones; por eso es normal que esté agotadisima. Sora llegó a pensar por un momento que sus baterías jamás acabarían, pero claramente su enfermedad llegaría a reclamar en cualquier momento, sólo se alegra que al menos haya sido cuando el día casi acaba.
Sora ve el parqueo y se ofrece a volver a coger a Momo en lo que Ishida abre el carro pero él se niega, ella se encoge de hombros, susurra un «al menos lo intenté» y siguen su camino.
—Ahora sí puede tomarla por un momento —dice mientras se detienen—; sólo acomodaré un poco acá atrás para que podamos recostarla.
—Cómo diga, capitán —Sora toma a Momo y sonríe dulcemente—. La hemos movido tanto y no ha hecho amago de querer despertar. Me da un poco de envidia.
—¿Por qué? —pregunta él y vuelve a tomarla para acomodarla en el asiento trasero.
—Porque por más que esté cansada, no puedo sólo pedirle a alguien que me lleve mientras duermo.
—Haberlo dicho antes Takenouchi —dice él seriamente—. Podríamos haberle sugerido a Momo que se turnaran con usted los minutos de sueño.
—¡Claro! —replica Sora sarcásticamente—. Hubiera sido genial que me llevara en brazos a mi también.
—Hubiera sido lo ideal —susurra él y a ella no le queda de otra que darle un pequeño golpe en el hombro medio en broma, medio en serio.
¡Qué no le hable con ese tono de voz! Suficiente tuvo con las miradas que le lanzó todo el día; es un milagro que no se haya desmayado de tantos sonrojos.
—Yo soy el que recibe los golpes cuando usted fue la que empezó con las bromas —él niega con la cabeza.
—Sí, lo siento por eso —Sora ve como él abre la puerta para que pueda entrar al carro y le sonríe en agradecimiento. Ahí va otro punto a su favor, es caballeroso.
Se sienta y no tarda en colocarse el cinturón de seguridad, él no tarda en entrar y acomodarse en su lugar. El camino a casa de Momo está lleno de pequeñas bromas y comentarios sin trascendencia, Sora siente como los nervios escalan a raíz de que se van acercando a su meta; no sabe qué está esperando de todo esto y tiene miedo de indagar.
Ve el edificio donde vive Momo y respira profundamente… sólo dejarán a la pequeña en su casa y luego él probablemente se ofrezca a llevarla a ella, no significa nada más; no tiene porqué significar nada más. Pero entonces, ¿por qué siente como si tiene que?
El auto se detiene y Sora voltea a ver a Momo, ella sigue dormida.
—Yo la llevaré —dice él no como una oferta, si no como un hecho. Ella no tiene fuerzas para replicar.
—Como guste…
Ambos salen y Sora espera que él coja a Momo para empezar a caminar, lo ve acercarse y entonces los dirige a ambos al piso nueve, que es donde vive; el transcurso en el ascensor es silencioso, ella no puede evitar mover sus inquietas manos dentro de los bolsillos de su abrigo, ni tampoco el martillar de su corazón que pareciera puede escucharse en todo el edificio.
Llegan al piso y Sora se adelanta a tocar la puerta del apartamento, los padres de Momo no tardan en abrir y la ven con expresión de alivio, ella sonríe para tranquilizarlos más. Cuando ven a Ishida con la niña en brazos, su padre se apresura en alcanzarlo para poder quitársela; Sora desde su lugar ve como el señor se disculpa una y otra vez por las molestias.
También ve la cara apenada de Ishida, y no puede evitar sonreír más.
Se despiden de los señores jurando que Momo tuvo un día increíble e Ishida insiste en que no es ninguna molestia, y que no duden en que habrá otra salida de esa índole; que él más que encantado con hacer ese tipo de ofertas.
Por los ojos de adoración que ambos padres le están dedicando a Ishida, Sora no duda en que también cayeron a sus encantos. Tal como lo hizo ella esa primera vez.
Más silencios en el camino al ascensor, sólo miradas cuando están en éste; bajan sin decirse nada y es hasta que llegan al auto, que él habla.
—La llevaré a casa —ofrece.
Ella asiente y sonríe con timidez.
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Llevan alrededor de cinco minutos aún sentados en el auto de Ishida. Están en el parqueo de su edificio, y ni uno ha querido salir; el ambiente ligero en el que estuvieron envueltos todo el día ha desaparecido para darle lugar a una atmósfera asfixiante y llena de posibilidades.
Sora está jugueteando nerviosa con la correa del cinturón de seguridad cuando él le ofrece dejarla hasta la puerta de su apartamento, asiente en acuerdo y salen —por fin— del auto. No hay diferencia en lo que están haciendo en ese momento a lo que hicieron cuando dejaron a Momo; el silencio, los nervios y el tamborileo de su corazón están ahí, la única diferencia es que él está más cerca y no puede ocultar sus manos en los bolsillos de su abrigo, porque entonces no estaría sintiendo el lento roce de los dedos de Ishida en la palma de su mano.
Carraspea cuando el ascensor abre y camina tres pasos delante de él, se detiene frente a su puerta y puede sentir cuando él hace lo mismo atrás de ella; da un par de respiraciones fuertes mientras se reprende mentalmente, ¿por qué está tan nerviosa? Ella no lo invitará a su apartamento, no habrá una declaración porque no es como que hubiesen ido a una cita, sólo pasaron tiempo juntos y ambos se divirtieron, ¿cierto? Cierto, así que su reacción es ridícula, como todos sus deseos…
—Creo que aquí es donde nos despedimos —habla él por fin y ella voltea a verlo con temor.
—¿Tan pronto? —pregunta, aunque rápidamente se arrepiente.
¿Por qué diablos preguntó eso? ¿Es que en verdad está esperando algo más? Que Dios la ayude porque sí, es lo que espera.
—¿No es lo que quiere? —ella se muerde el labio inferior—. Como no ha dicho nada yo… —niega—. Olvídelo, creo que estoy entendiendo mal todo.
Sora deja de ver al suelo y lo ve a él a los ojos. Ishida tiene una expresión confusa, como si quisiera decir tanto, pero no se atreve; ella también quiere decir muchas cosas, y sí se atreverá a hacerlo.
—Es mi culpa, yo soy la que está haciendo todo esto tan confuso —empieza—; estoy tan nerviosa, ¡hasta me sudan las manos! —ríe y se las enseña. Él no puede más que verla confundido—. Creí que me besaría justo aquí, en la entrada de mi apartamento, como respuesta a mis burdos intentos de coqueteo de éste día.
Tras esa confesión, ambos quedan en silencio con él viéndola de manera demasiado sorprendida, abriendo y cerrando la boca, seguro tratando de decir algo pero no sabiendo qué. Al final, quizá sí se estaban dando ideas equivocadas.
Está a punto de despedirse, cuando él por fin encuentra su voz.
—¿Quieres que te bese? —pregunta con timidez y Sora no deja de notar el cambio drástico en su trato; ha dejado de decirle usted y eso hace más íntimo todo.
—No lo sé —responde ella confusa, Ishida también está confundido—. O bueno sí, ¡Dios, ya ni sé lo que…! —pero no puede acabar la frase, porque él se ha lanzado a sus labios.
La sorprende claro, pero de buena forma; sus tibios labios apretando los de ella, sus manos tomando su rostro fuertemente y su cuerpo pegándose al suyo, Sora se arrepiente por novena vez el tener tantos abrigos puestos. Coloca su mano derecha en el brazo de él mientras ruega porque no se acabe.
Pero acaba. Él deja de besarla despacio, entre jadeos pero sin soltar su rostro; puede sentir su mentolado aliento calentando sus mejillas.
—Lo siento —dice, claramente sin hacerlo.
—Ni te preocupes —responde Sora antes de volverlo a besar.
Ésta vez le echa los brazos al cuello para así intensificar el beso; es ella la que le abre la boca, la que introduce su lengua y la que no puedo parar de besarlo. Ríen entre besos, se abrazan, se separan y vuelven a besarse; todo en un proceso lento y delicioso.
Y claro que Sora sabe que esto es el comienzo, que puede significar nada, como puede significarlo todo; aún tiene que conocerlo más, aún tienen que tener su primera cita, aún faltan pláticas, risas y confesiones. Aún quedan cosas que asimilar y estatus de súper estrella que afrontar.
Aún faltan tanto por hacer, pero también aún hay tiempo; esto es sólo el comienzo y, por éste instante, es suficiente.
¡Hola de nuevo! Les dije que tendría continuación pronto y pues, ¡helo aquí! Como pueden ver, Momo estuvo más presente ésta vez y la pequeña es adorable; no sé por qué la he imaginado tan adorable. Si les gustó o no les gustó, no duden en hacermelo saber con un review.
¡Feliz día del Sorato! Y gracias por leer ;)
