Título: Café
Palabras: 533
Summary: —Tú boca no sabe a café, sabe a Yamato —dice, él la ve estupefacto—. Y hueles a café. Me gusta el olor a café.
Disclaimer: Digimon no me pertenece porque sigo siendo pobre.


Sora se termina su té y coloca despacio la taza en la mesa, la observa detenidamente mientras juega un poco con la bolsita del té; no está viendo a Yamato descaradamente, sólo de reojo, para que él no note nada. Pero él lo nota, por supuesto.

Piensa que quizá viene una reprimenda del «porqué debería de dejar de tomar tanto café». Ha tenido unas cuantas de esas en su historial de vida juntos, y lo cierto es que hasta cree se las sabe de memoria. De igual manera, decide que disfrutar su café es lo que mejor puede hacer, así que se lo toma despacio, con parsimonia, saboreando cada segundo y minuto con el.

Sora se desespera.

—¿Acabarás ya? —pregunta con aparente apatía.

Él la ve mientras trata de no sonreír. A veces Sora es demasiado predecible para él.

—Todavía tengo la taza medio llena —miente—. Pero puedes levantarte si quieres, yo te avisaré cuando acabe.

—No quiero levantarme y no tienes que avisarme nada —refunfuña ella mientras se cruza de brazos—; no te regañaré si eso es lo que crees.

Aaah, predecible.

—Ya veo —responde él y el silencio cae entre ellos.

Sora sigue jugando con la bolsita de té y él sigue tomando su café de a pequeños tragos, alargando más el momento. Sí, sí... será regañado y no es como que eso le dé placer, pero en ese preciso momento sí que siente un poco de eso.

Los minutos pasan y ahora Yamato finge tomar un café que ya acabó, Sora dejó la bolsita de té y está viendo sus manos con demasiado interés. «¿Qué estará pensando?» Se pregunta Yamato que la ve detenidamente.

Coloca su taza en la mesa y está a punto de preguntar pero entonces, sin previo aviso ni contexto, Sora toma su rostro y le planta un beso. El beso de improviso no le sorprende, lo que le sorprende es la forma; porque Sora está saboreando su boca —literalmente.

El beso acaba y ella se separa de él, Yamato tarda en abrir los ojos y cuando lo hace, ella ya está en el lavadero, encendiendo el chorro, apunto de lavar las tazas. Él no puede evitar no preguntar.

—¿A qué vino eso?

La ve agarrar la esponja y luego exprimirla para hacer más espuma.

—Nunca has preguntado por qué te beso —contraataca ella—. Simplemente te dejas hacer.

—Sí, pero odias el café y hace no menos de cinco minutos lo estaba tomando. Mi boca sabe a café. Es café.

Ella se voltea a verlo, con espuma en las manos, ¿por eso se las estaba viendo tanto?

—Tú boca no sabe a café, sabe a Yamato —dice, él la ve estupefacto—. Y hueles a café. Me gusta el olor a café.

Y tu sabor quiere agregar, pero a veces Sora la tímida aparece y las palabras no salen de su boca. Pero cree que con lo que dijo fue suficiente. Y Yamato entiende, por supuesto; porque a él también le gusta el sabor de Sora y hay mezclas que son fabulosas; como la de ellos y el café.

Sonríe y se levanta de la mesa. No, no todos los días Sora es predecible.