Hammer regresaba una vez más a su casa. Estaba impaciente por jugar con Amber y practicar con su cuerno oscuro, pues ya había logrado lanzar fuego durante el descanso -el cual tuvo que apagar inmediatamente cuando lo invocó- y quería practicar ese y otros hechizos que había leído en los pergaminos -los cuales estaban escritos por alguna razón en lenguaje local-. Pero cuando llegó a su casa, se encontró con una horrible sorpresa.
Al llegar, vio que la casa estaba echada abajo; los establos, destrúidos y pisoteados; el césped, convertido en tierra. Tras unos momentos de búsqueda, encontró al fin al señor Echevarría, quien estaba sentado en el suelo, al lado de lo que era la base de la escalera. Corrió inmediatamente hacia él, preguntándole con impaciencia:
- Señor, ¿Que ocurrió aquí?
Mientras estaba esperando la respuesta, pensaba en los muertos vivientes, quienes destruirían todo en un santiamén. Probablemente este ataque habría sido una advertencia, y pronto habrían más ataques.
Finalmente Echavarren respondió:
- Búfalos.
- ¿Qué..?
- ¡Búfalos, esos seres repugnantes y enormes! Habrás visto que problema hacen ellos a los manzanos de este pueblo, con motivos ridículos. ¡Algún día entenderán!- dijo angustiado pero furioso Echavarren, sin mirar a Hammer -,ahora todo acá está destruido. Y por si lo preguntas, no podré reconstruir la casa, tampoco vivir en ese molino, ya viste lo repugnante que es.
- ¿Entonces, que es lo que hará?
- Veamos... lo mejor es irme con uno de mis hijos, junto con la criada, a vivir con él. Pero primero debo arreglar varias cuestiones aquí. Por lo que deberé quedarme en algún albergue. Y ahora, debo resolver tu problema -dijo mirando por fin a Hammer-. Siento decirte esto, pero estás despedido.
- ¿Qué?
- Calma, esto lo hago por tu bien. No tendré dinero para tí a la próxima paga, así que mejor te diré lo que debes hacer. Por aquí debe haber un baúl. Búscalo.
Hammer buscó rápidamente entre los escombros y pedazos de madera. Tras un momento de busqueda, aprovechando también de reunir lo de valor, encontró por fin el baúl, que tenía rueditas, manillas y una correa, el cual llevó rápidamente donde estaba su jefe.
- Muy bien, ahora mismo veremos tu destino - dijo abriendo el baúl -, pero antes te dejaré en claro una cosa: bastó con que trabajaras un mes para que me agradaras, incluso si no hayas hablado conmigo muchas veces (de todas formas yo tampoco quería). Y por ello he decidido darte, o mejor dicho deshacerme, de un par de posesiones que ya no quiero tener porque no me sirven. ¿Estás de acuerdo?
Hammer asintió con la cabeza.
- Muy bien. Quizá esto suene un poco drástico, aunque no por ahora. ¿Conoces el pueblo de Ponyville?
- No, señor. Este es el único pueblo que he visitado.
- Muy bien. Ahora te lo dejaré claro. Ponyville es el pueblo que está ubicado al centro de Ecuestria, un poco lejano a Canterlot, la capital. Es un lugar muy tranquilo, muy bueno para vivir. Te digo esto porque te daré una propiedad ubicada allá, una pequeña casa, donde vivimos yo y mi padre que en paz descanse, hasta que él pudo comprar ese molino aquí. Y yo nunca quise volver allá, de modo que ese lugar quedó abandonado.
Echavarren sacó del baúl dos pergaminos pequeños, los cuales contenían un Título de Propiedad, y un par de llaves, acompañados de un llavero de madera que decía: "Aniversario XL de Ponyville".
- Gracias señor - respondió Hammer aún sorprendido mientras recibía los regalos , ¿usted cree que yo pueda vivir en Ponyville?
- Claro, quizá llegues a hacer amigos allá.
Hammer guardó en su alforja el título y las llaves. Tenía cada vez más ganas de irse pronto, pues tenía su dinero guardado en su alforja, y sus armas. Pero entonces recordó, ¿Donde estaban sus armas?
Corrió hacia el establo, al llegar, buscó rapidamente entre los pedazos de madera y paja, y le alegraba que no hubiera nadie herido, . Un momento después, encontró al fin las mantas y las armas; las primeras con varias roturas, pero las segundas seguían intactas. Recogió todo y regresó donde su señor, pues quería resolver sus otras dudas.
- Y señor, ¿donde está Amber?
- Muy bien, éste es el momento de la verdad... Amber se quedará conmigo.
- ¿¡Que!?
- ¡Dejame seguir! Toma en cuenta que esto lo hago por tu bien. Cuando llegues a Ponyville y me hayas enviado trescientas monedas, te la devolveré. Mandaré a alguien a buscar el dinero.
Hammer miró al suelo. Pronto la tristeza lo embargó, llevándolo a las lágrimas. Sabía que no podía perderla, a su hermana; pero en su cara le decían haberla secuestrado. Echavarren, tras oír los sollosos, miró de nuevo a Hammer, y levantándose, le dijo:
- Mira pequeño, esto será duro, pero entiende una vez más, esto es por tu bien. Cuando estés en tu hogar, ese lugar no estará ni limpio, y lo que tengas a mano no te servirá por mucho. Debes confiar en mí, pues yo lo hice contigo, y me has dado mucho.
Hammer se secó las lágrimas y se calmó, pues quería seguir hablando.
- Muy bien, señor, si así están las cosas... quiero irme esta noche, lo más pronto posible.
- ¿De veras? Eres bastante rápido, enserio. Sabes... creo que también me desharé de este baúl. Quédatelo. A cambio solo pido una de esas mantas, pueden serme útiles.
Hammer abrió las mantas, dejando las armas en el suelo, y luego cambió la manta por el baúl. Mientras guardaba las armas en el baúl, Echavarren examinaba la manta, pudo ver lo buena y costosa que era. Un momento después le preguntó a Hammer:
- ¿Quieres que te acompañe a la estación?
- Claro señor -respondió Hammer-. Yo aún tengo miedo de preguntar a la gente sobre eso.
Echavarren se paró y se puso al lado de Hammer.
- ¿Nos vamos ahora?- preguntó Hammer, nervioso.
- Por supuesto. Tu dijiste que al anochecer. ¿No ves acaso el cielo?
Hammer miró alrededor, y se asustó. La noche, la cual había llegado ya hace un buen rato, se veía tal cual en el cielo. Las luces de las casas en la noche habían dado la ilumniación para que Hammer siguiera creyendo que era el atardecer. Finalmente no le quedó otra que decir:
- Claro, señor...
Comenzó a caminar tirando de la correa del baúl, para que después lo acompañara su jefe. Mientras caminaban, Echavarren siguió hablando.
- Bueno, te preguntarás que pasó con Luisa. Bien, a todos los animales del establo, incluyéndola a ella, los vendí, y se los llevaron de este pueblo. ¿A donde? Yo no lo sé; cuando estés en Ponyville, averígualo por mí. Ojalá echemos a esos búfalos, no estaría nada mal que desaparecieran de nuestras vidas; el favor que nos harían al desaparecer... En cuanto a tí, te lo digo una vez más, me agradaste en cuanto te conocí, y esa hermanita tuya me recordó a mi nieta, a quién solo vi una vez antes de que su padre se fuera.
- Realmente parece querer arraigarse a su pasado.
- Así es. Ahora quiero preguntarte otra cosa, un poco más íntima: ¿Te has fijado en las potrancas de por aquí?
- Claro señor. Son bellas, aunque algo flacuchas.
- Buena observación. ¿No has querido conocer alguna?
- La verdad, no. Creo que no me interesan por ahora las mujeres. Me preocupa primero encontrar un lugar fijo. Por ahora nada de... encontrar a esa "pony especial".
Caminaron en silencio hasta la estación, donde a pesar de ser de noche, los mostradores aún estaban iluminados. A lo mejor daba la idea de que se podría llegar de día a otro lugar. Echavarren se colocó delante de Hammer, indicándole una tienda.
- Ve a comprar algo de comer para el viaje, mientras compro el boleto. No querras morirte de hambre en el camino...
Hammer se dirigió hacia la tienda, la cual estaba iluminada por dentro, pero no se podía leer su nombre. Entró y vió tras el mostrador a un pony el cual iba tapado con capucha, anteojos y una gorra. Cuando Hammer se acercó, el pony dijo amablemente con un una voz ronca y aguda:
- Buenas noches. ¿Que desea?
Hammer, un poco suspicaz por la voz, dijo aparentando tranquilidad:
- ¿Podría darme una botella de jugo de manzana, seis panes y una paleta de caramelo?
- Muy bien señor. Son ocho monedas.
Mientras el pony buscaba entre las repisas, Hammer lo miró con cautela. Llevaba en su espalda una capa, la cual llevaba pegada una estrella de ocho puntas. Según recordaba, los zombis no tenían marcas; además, si lo atacaba a esa hora y sin ningún arma, podría ser atacado por varios más de ellos.
Finalmente, tras recibir lo que había pedido y pagado, salió de la tienda. Mientras caminaba a la estación y guardaba la comida en su alforja, pensó en que debía ser cauteloso en cuanto a los muertos vivientes. Ya era tarde para avisarle a alguien de la situación. A lo mejor solo lo atacarían a él, así que debía defenderse el tiempo suficiente para que alguien supiera de su problema y lo ayudara.
Ya más tranquilo, volvió a la estación. Ahí lo esperaba su jefe, quien boleto en mano, le dijo en un tono impaciente:
- Vamos rápido, que el tren ya viene.
Llegaron hasta el andén, donde sólo le quedaban esperar el tren. Hammer recordó de repente el regalo de Amber.
- ¿Señor?
- ¿Sí?
- ¿Podría darle algo a Amber, que olvidé devolvérselo, para que me recuerde, por favor?
- ... Bueno, ya.
Mientras Hammer le pasaba a su señor el gorro y los lentes de vuelo, el tren se acercaba rápidamente a la estación. Echavarren tomó del hombro a Hammer, pero después desistió y lo abrazó. Luego le dijo:
- Bueno Hammer, éste es el adiós. Lamento mucho el tener que llevarme a tu hermanita, como también el poco tiempo que has pasado en este pueblo. Veo que eres un joven fuerte y que podrás hacer esto, incluso tú solo.
- Muchas gracias, señor. Pero, ¿Cómo le pagaré todo lo que me dio?
- Simple. Cuando tengas una expedición peligrosa, llámame y entréname para el combate, pues quiero un buena pelea ahora pronto... Vaya, la primera tontería que dije en años. Se siente bien estar con alguien... como tú.
Al oìr un "¡Todos adentro!", Hammer y Echavarren se dieron un último apretón. Él anciano dijo ráoidamente:
- Aquí está tu boleto. Busca el vagón de segunda clase, mandaré a alguien a pagarme y darte mi dirección. ¡Adiós!
Hammer entró rápidamente al tren, el cual cerró sus puertas y partió. Bastó preguntarle a uno de los vigilantes para encontrar el vagón de segunda clase, y entró en un compartimiento vacío. Ya dentro, guardó el baúl en la parte de arriba y se sentó en el asiento. Miró por un momento los últimos manzanos en la oscuridad cuando, sin darse cuenta, se quedó dormido.
