La fiesta de fin de curso de Shibusen había sido un completo desastre para Kid. Mientras todo el mundo había estado disfrutando de la música y bailando, su única compañía había sido la de sus cavilaciones interiores. Sólo podía pensar en la noche anterior, en que había fracasado en su arriesgada apuesta. Tenía el corazón roto, y la herida aún sangraba. Y tanto que sangraba. No podía dejar de darle vueltas, no encontraba una razón lógica para semejante rechazo. ¿Qué había hecho mal? Era tan triste...

Fue el primero en irse. Se arrastró hasta la gran y simétrica mansión, donde Liz y Patty vivían con él. Aunque, claro, ellas continuaban de juerga con todos los demás. Era lógico; su vida era tan fácil. En cambio, él se precipitaba por un abismo y no tocaba suelo en ningún momento. Siempre a peor, a peor.

Se dejó caer como un saco de arena en su cama y miró al techo, abatido. No era muy tarde, apenas habían dado las nueve de la noche, de hecho. Miró de refilón su guitarra acústica y, tras un largo suspiro, se levantó y la cogió. "Es lo único que me podría subir un poco el ánimo", pensó.

La afinó con paciencia hasta que cada nota sonó como el canto de una sirena. Pero le sabía a poco. Todo le recordaba al fracaso en aquella habitación, en aquella música.

Decidió que sería mejor tomar un rato el aire. Salió a la calle, guitarra en ristre, y se deslizó por las calles silenciosas de verano. sólo algún grillo sonaba en la penumbra.

Tras recorrer angostas callejuelas y plazas repletas de terrazas y gente, llegó a las afueras de Death City. Todo a su alrededor era arena y soledad. "Mira, como yo", pensó, entristecido. Se sentó cruzado de piernas en la grava y rasgó el primer acorde. En realidad, no sabía qué tocar. no se le venía ninguna canción alegre o con ritmo a la mente.

-Bueno -le dijo al aire-, pues una baladita estará bien.

Con una ligera idea en mente, hizo vibrar las cuerdas por segunda vez. El acorde era de sol mayor. Entonces, comenzó a cantar, con voz apagada, pero con mucho sentimiento:

Blue skies over my head,
Give me another reason to get out of bed.
And blue skies shine on my face,
Give me another woman to take her place.

Tuvo un ligero escalofrío, como una presencia que lo miraba desde alguna parte. Pero, ¿dónde, si allí no había nada?

Se sintió estúpido. Entonces continuó con la pieza de Tom Waits:

Ain't got no money, cupboards are bare,
No cigarettes and the kids got nothing to wear,
She walked out without a word,
Now the only sound left is the morning birds
Singing ...

La música frenó bruscamente. Ante él se encontraba, de nuevo, la chica desgarbada e insolente de la noche anterior, que lo miraba con cierta compasión en los ojos.

Giró la cabeza con desaprobación y tensó de nuevo los brazos para continuar, pero Lene lo interrumpió, esta vez a posta:

-¿Qué haces aquí?

-¿Acaso no puedo estar aquí? ¿No me digas que me estás echando?

-Vale, vale, no te pongas así -le contestó, burlona. El chico odiaba ese tono que ponía.

Silencio. Ninguno de los dos volvió a hablar. Tras un rato, la guitarra volvió a entonar la canción, pero esta vez no hubo una voz que se encargara de la melodía. Así, quedaba un poco vacía, más melancólica si se podía.

Kid terminó la canción, e intervino secamente:

-¿Por qué no te vas? -no era una pregunta.

-No sabía que tocabas la guitarra.

-Claro que no -le contestó con malos modos-, apenas nos conocemos.

Lene parecía no estar escuchando al chico. Miraba la guitarra, tan simétrica y perfecta. Pero Kid rompió esa armonía con un comentario que le molestó bastante.

-Sabes, me incomoda tu mecha negra. Es tan... asimétrica.

-Creía que tú sabías muy bien lo que era eso -le espetó, clavándole un puñal en su punto más débil.

Kid se ofendió hasta tal punto que decidió marcharse de allí. Lene lo dejó marchar.

Estaba enfadado. Enfadadísimo. Encima tenía que venir esa maldita cría a molestar. Caminó lo más rápido que pudo. Pero, para su sorpresa, Lene ya lo había adelantado, pisando fuerte con sus botas militares.

-¿Por qué corres?

-Porque quiero perderte de vista -dijo él sin frenarse.

-¿Acaso crees que puedes escapar de mí de esa forma?

Kid se frenó. Había notado un tono de amenaza encubierta en aquellas palabras, y lo siguiente que vio fueron los ojos violáceos de Lene clavados en los suyos y sus manos sujetando su cara, muy cerca de la de la joven.

No podía dejar de mirarlos. Eran tenebrosos y profundos, pero no se veía capaz de retirar su mirada ambarina de ellos. Lo miraban sin ningún tipo de sentimiento, como quien mira a una estatua sin expresión. Aun así, le había atrapado en un mar púrpura del que no podía salir por propia voluntad.

Respiraba con dificultad. Sentía que estaba explorando en su interior, intentando encontrar algo, pero no sabía el qué. Le era imposible hasta parpadear. Estaba embaucado por esa sensación que no sabía si le gustaba o le repugnaba.

Aunque sólo fue un instante, le pareció una eternidad. Cuando Lene retiró la mirada, Kid sintió como si las cadenas que lo sujetaban a aquellas dos amatistas prendidas en su rostro se hubieran destensado. Parpadeó varias veces, aturdido. Cuando se quiso dar cuenta, ya había vuelto a desaparecer sin un solo rastro.

Kid tomó aire, perplejo. Había vuelto a esfumarse como la noche anterior. No le dio más vueltas y volvió a casa. Estaba demasiado cansado para pensar.


Aquella sala estaba oscura, y Lene se encontraba arrodillada ante un trono. Su voz sonó firme y sumisa:

-He descubierto algo que podría importarle, mi señora.

Una voz ronca surgió de entre las tinieblas que rodeaban el ambiente, cargado e inquietante, pero que a ninguno de los allí presentes parecía incomodarles.

-Habla, niña -susurró una anciana voz.

Tras un tenso pero necesario silencio, Lene declaró:

-He conseguido averiguar dónde vive el hijo de Shinigami.

La figura del trono sonrió, pero no era una sonrisa de felicidad. Reflejaba la euforia del comienzo de una gran maquinación.

-CONTINUARÁ-