La mañana se presentó serena en el instituto de Death City. Las pruebas de armonización de almas habían comenzado, y Lene y Eileen ya habían desarrollado su táctica especial: La Flecha Alfa; una gran flecha dorada con una punta capaz de cortar el diamante con tan sólo rozarlo. La técnico estaba bastante satisfecha. Habían hecho un buen trabajo para llevar sólo un mes en la escuela.

Muchos cambios se habían notado en Lene desde que ingresó en el Shibusen. Ahora se la veía algo más feliz y activa, pero su actitud empecinada y desquiciante seguía ahí, intacta. Qué esperar de una chica como ella.

Aunque ella sabía que había más cambios que esos, sobre todo en su interior. Se sentía más poderosa, más capaz, más dueña de su propio destino.

Y cuando Kid estaba alrededor...

...más ligera, más reconfortada. En realidad, no sabía del todo lo que eso significaba para ella, pero, como toda persona hace ante lo desconocido, lo negaba, se desentendía de ello, lo desterraba de sí. "Estupideces", se decía día y noche, "él es mi objetivo, no mi meta; es muy distinto, Lene. Concéntrate en la misión".

Pero el cambio más preocupante era el de Kid. Parecía estar ausente, o bien no paraba de pensar en algo que le inquietaba. Sus armas, Liz y Patty, no paraban de preguntarle acerca de ello. "¿Es la simetría? Siempre es la simetría", solía decir Patty, riéndose a carcajadas. Pero, por esta ocasión, no era eso. Era algo mucho más problemático que eso. Era su cabeza. Estaba desordenada, alborotada, incluso. A medida que había pasado el tiempo, Lene y él habían congeniado -si con eso nos podemos referir a no parar de lanzarse leves puyas-, y todos los componentes del grupo habían mejorado un montón. Pero no, era otra cosa.

El verdadero problema era lo que sentía en su estómago cuando Eileen y ella realizaban su armonización de almas. Era algo ligeramente siniestro, pero tan mínimo que incluso había creído confundirlo con su propia imaginación. Pero, a medida que iban mejorando sus ataques, lo sentía un poquito más, y con esa repulsión, siempre venía el extraño sentimiento de... ¿engatusamiento, quizás? No, no era eso. Sería más bien interés, respeto por su enorme poder. Sí, sería eso.

Y más mentiras para sus sentimientos.

Por lo demás, todo era igual. Eso sí, Soul y Lene solían pasar más tiempo juntos, con el tema del grupo y la música. "Es igual que yo", no paraba de decir el chico, "solo que yo molo más, ella no tiene mi chupa, ¡ja, ja, ja!"

Aquella tarde, habían vuelto a quedar. Siempre quedaban en la casa de Soul y Maka -Lene ponía como excusa que su abuela no le permitía visitas en la casa, pues en realidad dormía con las brujas todos los días- para componer sus propias canciones, improvisar... era lo que mejor se les daba a los dos.

Lene llamó a la puerta, y la abrió un Soul adormecido, que se frotaba los ojos. Ah, y falto de camiseta.

-Siento haber interrumpido tu siesta -saludó ella, sin interés-, pero si lo que quieres es seducir a Maka, mejor cómprale un buen libro.

Soul se puso rojo como un tomate ante semejante comentario, y fue corriendo a ponerse algo encima. Ella, como si fuera su casa, pasó y se acomodó en uno de los sillones. Desenfundó su bajo y comenzó a afinarlo. Al rato, Soul apareció en el salón, ya con una camisa encima.

-Ahórrate el sarcasmo, que te va a oír, retrasada -le espetó, aún colorado.

Ella rió. Lene había notado el especial interés de Soul por Maka desde que entró en el instituto. Era tan obvio, su actitud, su aparente indiferencia que intentaba tapar todo indicio de amor...

Sonrió para sus adentros y continuó con lo suyo. Soul se desperezó y se sentó en el otro sillón. Contempló cómo la chica retorcía con suavidad las clavijas de las cuerdas, encogida sobre sí misma y con el largo pelo blanquecino tapándole la cara. "Parece una fregona", pensó Soul, y no pudo reprimir una risilla. Lene, extrañada, alzó la cabeza.

-¿Qué pasa?

-No, no, nada, tranquila... -le contestó, aún con la risa en la garganta. Ella suspiró, exasperada, y terminó con la afinación.

Sonrió con autosuficiencia, y le dijo al chico, con un extraño timbre musical:

-Vamos a ver cómo nos deleitas hoy, So-ul.

El chico abrió mucho los ojos. De repente, en su cabeza se materializaron las imágenes de una niña pequeña muy rubia y con unos ojos muy grandes que, con su vocecilla chillona, no paraba de repetir su nombre así, silabeado, como si lo cantara, y con un brillo familiar en la mirada. ¿Qué narices era eso? Las veía por todas partes, pero no sabía quién era; escenas de esa cría llenaban su cabeza al instante. Lene parecía extrañada. ¿Qué le pasaba a su amigo?

Él se echó una mano a la cabeza. Ahora, otra imagen se cruzaba por sus ojos. Pero esa si la conocía. Era el momento en que murió su madre. Un charco de sangre rodeaba a su cuerpo moribundo tirado en el suelo. La miraba, desolado, con los ojos llenos de lágrimas. "Huye, rápido", le dijo, en su último aliento. Fue a buscar a su padre, a su hermana, a alguien que pudiera salvarlo del ataque de aquellas brujillas mediocres que habían acabado con la vida de todos. Pero, justo después, el horrible chillido de una niña pequeña proveniente de la lejanía taladraba sus tímpanos sin compasión.

Fue entonces cuando ingresó en el Shibusen.

Lene se acercó a él, preocupada. El chico miraba al infinito, como si estuviese atando cabos sueltos.

-Soul, ¡Soul! -lo agitaba de los hombros.

No. No podía ser. Toda su familia había muerto en ese accidente. Él era el último Evans. Nadie había sobrevivido. Debía ser una coincidencia.

Pero el recuerdo de aquella niña, de sus ojos violáceos y su forma tan peculiar de decir su nombre le decía todo lo contrario.

El recuerdo de su hermana.

-Lo...

Lene no sabía lo que hacer. Parecía estar en estado de shock. Pensó en ir a por algo de agua para echársela encima y hacerle reaccionar, pero un susurro proveniente de sus entumecidos labios la sobresaltó:

-Lorelei -concluyó, con las manos temblando y mirando a Lene como si de un ángel se tratase.

-CONTINUARÁ-