Hola, seguidores de El Alhelí Negro :3
¡Mil perdones por semejante tardanza! No sé por qué pero desde hace unos días me fallaba el acceso a las series en Fanficton, así que me ha sido imposible subir el capítulo antes. Espero que haya valido la pena la espera.
Disfruta del capítulo 9 del Alhelí Negro :)
-NoBreathe-
Todo era muy extraño. Simplemente, no cabía en su cabeza el estar relacionada con aquellas personas. Se le hacía tan... inusual, y a la vez era como si siempre, de toda la vida, esos recuerdos hubieran estado escondidos en algún rincón de su memoria, exiliados, con miedo a ser descubiertos.
Y ahora, los había desvelado.
Lene cerró la caja despacio, intentando dejarlo todo como estaba antes. Se dejó caer sobre la cama, abatida, sin parar de darle vueltas: su hermano estaba allí mismo, en la habitación contigua, tan cerca de ella, y a la vez tan lejos, puesto que aún no lo quería reconocer como tal. Nunca había tenido nadie en quien confiar más que en su madre, pero ella ya estaba muerta. Y encima la había matado ella. Desde luego, nunca volvió a confiar en las brujas, pero a éstas tampoco les hizo falta. Ya la tenían a ella.
Cerró los ojos e intentó dejar de pensar. Había comenzado a sudar un sudor frío y preocupante, casi enfermizo, tan solo por pensar qué narices estaba pasando, no sólo allí, sino dentro de ella. En su cabeza, más recuerdos se destapaban, mostrándole su pasado como si de una película antigua se tratase: despacio y algo borroso, incluso con alguna que otra enorme laguna negra, pero abriendo un mundo prácticamente nuevo para ella. Y pensar que eso lo había vivido ella misma, aquella Lene que estaba en esa habitación, aquella bruja casi completamente cualificada para considerarse como tal. ¿Cómo narices había pasado eso?
Se sacudió el sudor de la frente y exhaló un largo suspiro. No sabía, en realidad, cómo sentirse. Acababa de descubrir, más o menos, de dónde procedía, y eso le hizo formularse una pregunta que la asustó muchísimo: en ese caso, ¿cómo había llegado hasta las brujas?
Sin poder remediarlo, y entre todas esas preguntas sin repuesta y dudas que la reconcomían, cayó dormida, con el pelo revuelto y la mente cansada de tanto pensar. Y recordar.
Había sido demasiado.
Cuando volvió a abrirlos, se encontraba en un lugar muy distinto, completamente blanco, como si no hubiera horizonte, o esquinas, o techo. Alzó la cabeza y miró a su alrededor. Nada. Se extrañó. Entonces, se miró, y lo que vio la alarmó bastante: estaba acurrucada sobre un bonito sillón victoriano negro, y se incorporó. Además, llevaba un precioso vestido negro de lolita, un poco más brillante que el sillón, y sus brazos estaban enfundados en largos guantes. Giró sobre sí misma, haciendo flotar la falda abombada del vestido. ¿Cuándo se había cambiado de ropa en la noche?
Se quedó de piedra al ver el sillón desde el suelo: era enorme, muy grande comparado con ella. ¿Desde cuándo eran de tales dimensiones esta clase de muebles?
¿O acaso era ella la que había encogido?
Toda la confusión que reinaba en su cabeza se vio interrumpida, o tal vez aumentada, por la figura que se acercó a ella, aparecida de la nada: era un niño pequeño, de unos cinco años, que iba ataviado con un elegante pantalón de tirantes y un polo blanco por debajo, junto con unos preciosos y elegantes zapatos. El pelo blanquecino lo llevaba desordenado, tal vez de revolcarse por el suelo en una tarde de juegos. El niño habló:
-Vamos, Lorelei, ¿quieres jugar con nosotros? -le preguntó, con una sonrisa de tiburón.
Lene se había quedado de piedra. Era...
-¡Soul! -exclamó.
Se echó las manos a la boca, interrumpiendo sus palabras. Su voz había salido extrañamente aguda, casi de pito, como la de una chiquilla.
Y entonces comprendió.
Es que era una niña. Concretamente, era ella a los cinco años. Se dio cuenta de que sus ropas y su peinado eran como la de la niña que salía en las fotos de Soul.
¿Serían aquellos parte de sus recuerdos?
De repente, a su alrededor se materializó una sala llena de bloques, cochecitos, muñecos, peonzas y muchos otros juguetes. Y, al lado de Soul, otro niño, un poco más mayor pero no por ello menos parecido a él, se dirigió a Lene:
-Eso, enana, juega un rato con tus hermanos.
Lene no sabía lo que responder. ¿Qué estaba haciendo allí de repente? Se sentía mareada, y se sentó. Sus dos coletitas se agitaron con gracia sobre sus hombros.
-¿Cómo? -intervino Soul, decepcionado.- ¿No vas a jugar con nosotros?
Lene fue a responder, pero un fuerte estallido interrumpió sus palabras. Los tres chicos comenzaron a alterarse, y miraban a todos lados, sin saber lo que estaba pasando.
Otra explosión se sucedió, y vieron de reojo cómo un grupo de siniestras figuras entraban en la habitación de juegos. Una fuerte luz deslumbró a Lene, que se cubrió la cara con el antebrazo para intentar ver algo.
Pero allí ya no había nada.
El escenario se había transformado de repente en un montón de escombros bajo la noche cerrada. A lo lejos, la pequeña Lene podía distinguir un bulto manchado de sangre. Se estremeció. ¿Qué diantre acababa de pasar? ¿Dónde estaba todo el mundo?
Vio cómo un niño se acercaba a ese bulto, asustado y temblando violentamente. Era Soul. Antes de tocar siquiera a aquella especie de saco tirado en el suelo, miró al cielo, como pidiendo auxilio, y vio cómo una persona se alejaba volando bajo la luz de la noche como un murciélago rezagado.
Volvió a dirigir su mirada a su madre, que yacía moribunda en el suelo ensangrentado.
-Madre... No...-susurró, intentando hacerla reaccionar de alguna manera.
-Soul... Huye, rápido... -musitó ella, en su último suspiro.
El niño comenzó a llorar desconsolado. Corrió a buscar a alguien, sólo necesitaba a alguien que le diera refugio, consuelo, en ese crudo momento. Tal vez Padre, quizá incluso Wes, pero allí no había nadie.
Lene se acercó también a aquel bulto, y contempló con aprensión el fino rostro, ahora inerte, de aquella señora que salía en las fotos, a la cual había reconocido como Nicole Evans. ¿Sería ella, acaso, su verdadera madre?
Un par de lágrimas perladas surgieron de sus ojos para abrirse paso por sus mejillas. Su pecho se convulsionó del llanto una, y otra, y otra vez, cada vez más profundamente. Acababa de ver morir a la madre de Soul.
A su madre biológica.
Se frotó el dorso de la mano contra los ojos, y un presentimiento se cernió sobre ella. Notaba que alguien estaba mirándola a su espalda. Se giró, y alzó lentamente la cabeza para poder verle la cara a aquella figura que allí se encontraba, vestida completamente de negro.
Sintió como si algo dentro de ella se rompiera en mil pedazos.
Era su madre. La madre a la que ella había considerado madre durante toda su existencia. Aquella a la que había matado con sus propias manos.
Le entraron unas ganas tremendas de arrojarse hacia ella y pedirle perdón en un mar de lágrimas irrefrenable, pero se quedó allí, contemplando la mano extendida que le ofrecía su ayuda en aquella fría noche de muerte y desolación.
-Oh, pobre niña... -la oyó decir-, tú no tienes la culpa de nada de esto... No deberías quedarte aquí. Yo te ayudaré. Ven conmigo.
Una torva sonrisa endiabladamente dulce apareció en sus labios. Lene la contempló un momento, asustada. Por fin podía volver a ver a su madre, ¿por qué no iba a irse con ella?
Aún con el miedo en el cuerpo, acercó su mano temblorosa a la de ella para agarrarla, en un intento de regresar a la vida normal de una niña de cinco años.
Cuando las dos manos se fundieron en una sola, un cálido fulgor emergió de ellas, y Lene entornó los ojos, cegada de nuevo por la luz.
.
Se incorporó en el blando colchón, como movida por un resorte. Sus hombros subían y bajaban, al ritmo de su alterada respiración. Estaba amaneciendo. Lene se dejó caer de nuevo sobre las sábanas. ¿Qué clase de pesadilla había sido esa?
La recordaba perfectamente, sus pintas, las de Soul, el cuerpo muerto de Nicole... Y a su "otra" madre.
"Dios mío", se dijo, "estoy empezando a creerme el cuento de Soul".
Pero, por dios, ¿acaso hacían falta más pruebas? Ni siquiera recordaba su niñez en el palacio de Mabaa, si es que la había tenido.
Pero, su madre... ¿Cuál de las dos era?
Qué más daba, ya estaban las dos muertas.
Ese frío pensamiento le dio escalofríos. Con qué dureza tenía que estar forjado su corazón para pensar de semejante manera.
Pero dejó eso a un lado, porque lo que ahora abarcaba todos sus pensamientos era que por fin había encontrado a alguien en quien confiar, a esa familia que siempre le había faltado.
Y le daba igual que de ella quedara una sola persona.
Era mucho mejor que ninguna.
-CONTINUARÁ-
