Abrió las cortinas de la habitación y se dejó bañar por la cálida luz del sol. En sus ojos rojos como el fuego se reflejó la serenidad que lo embriagaba en ese momento. Era una mañana perfecta, hacía un sol esplendoroso, había descansado bien...

Se giró, y contempló a la chica que se revolvía bajo las sábanas ante el rayo de luz que invadía su sueño. Gruñía palabras imposibles de entender, y Soul sonrió. Se acercó poco a poco a ella, procurando no despertarla del todo, y de un tirón le quitó las sábanas de encima. La chica se vio de repente destapada, con el fino camisón rosa palo descolocado, apenas tapándole medio muslo de la pierna izquierda, y ni eso de la derecha. Se incorporó, sobresaltada, y se tapó todo lo que pudo con lo puesto.

-¡Soul! -le regañó, poniendo morritos como una niña pequeña. Él se alejó hacia la puerta, divertido por la reacción de Maka, y ella observó que su futón y sus sábanas ya estaban doblados.- ¿Desde cuándo llevas despierto?

-Desde algo antes que tú, bella durmiente -le contestó, agarrando el pomo de la puerta para irse.

Ella volvió a echarse la sábanas encima, aunque ya no tenía sueño. Soul la había visto con su camisón más... ligero; en ese momento, no había sabido si reventarle la cara de una bofetada o ponerse más colorada que un tomate.

Pero la reacción que había tenido era una mezcla de ambas anteriores contenidas. Eso la tranquilizó un poco, pero no dejó de sentirse estúpida.

Por su parte, Soul sí que estaba rojo como un tomate. ¿Cómo se le había ocurrido?

Salió al salón, donde la paz era la soberana. Aunque todo estaba un poco desordenado, Soul no le dio importancia. Se dirigió hacia el baño, cuando pasó por delante de la puerta de la habitación donde había dormido Lene. Estaba entreabierta. Se asomó, y vio a la chica agachada sobre la cama ya hecha, mirando algo. La voz del chico la sobresaltó de tal manera que tuvo que hacer malabares para que no se le cayeran las cosas que tenía entre las manos.

-Buenos días.

-Bu-Buenos días, Soul -improvisó la chica para disimular. Soul no apartó la vista de sus manos que discretamente habían escondido algo bajo la almohada.

-¿Qué tienes ahí?

-¡Nada! -se interpuso ella entre las manos del chico y la almohada.

Soul se extrañó, y su expresión de ligera felicidad pasó a una de enfado.

-Oh, vamos, no puede ser tan peligroso para la humanidad, ¿no?

-¡Para! -gritó Lene justo antes de que el chico alzase la almohada y desvelase eso que ella guardaba con tanto recelo.

La cajita de la noche anterior relució bajo la luz del día. A Soul se le abrieron los ojos como platos.

-Pero qué...

-Te dije que no era nada.

El la cogió. Lene no hizo nada para impedirlo. Al fin y al cabo, sabía perfectamente lo que iba a pasar. La regañaría, le diría que por qué husmeaba en el cuarto, le reprendería la poca vergüenza que tiene...

-¿Dónde la has encontrado?

-En ese cajón de ahí -señaló, con la cabeza baja en señal de arrepentimiento.

Soul abrió la caja. Las manos le temblaron por un momento, y casi se le resbala. Le faltó el aliento. Hojeó las fotos nervioso, y después dejó la mirada fija en aquella en la que él y su hermana salían posando como muñecas de porcelana.

No se acordaba de lo perfectas que eran aquellas imágenes. Los innumerables recuerdos que le llegaban a la memoria tan sólo con mirarlas, las risas de sus hermanos, las miradas tiernas de sus padres...

-Hacía tanto tiempo que las buscaba -concluyó, con una sonrisa melancólica.

Lene estaba realmente sorprendida por aquella reacción. Creía que se echaría a llorar como un enano, como la otra vez...

...Claro, ella no sabía lo que eran los recuerdos felices. A ella se los habían arrebatado con la Máquina de Manipulación de la Moralidad.

Pero ella aún no lo sabía.

-Oye, Soul... -comenzó a hablar.

-¿Sí? -le preguntó sin prestarle mucha atención, mientras continuaba recordando su niñez (por corta que fuese) con aquellas fotos viejas.

-¿Recuerdas lo que pasó el otro día, que me confundiste con...

-Mi hermana -completó él, dirigiendo todos sus sentidos hacia Lene-. Sí.

Ella suspiró, pensando muy bien sus palabras, y sentenció:

-Pues he descubierto que no te habías confundido.

Soul cerró la caja suavemente, sin dejar de mirarla. Lene lo contemplaba esperando alguna clase de reacción: euforia, congestión, simple felicidad...

Una sonrisa de desafío surgió en sus labios. Lene quedó confundida. ¿A qué venía eso ahora? ¿Acaso le estaba retando?

-Oh, vamos, Lene, no seas así de cruel -rió-, esa clase de bromas es pasarse, ¿no crees?

Ahora veía por donde iba. Dios, Soul era incapaz de distinguir los momentos cruciales de las simples trastadas.

-No estoy de coña esta vez, Soul -dijo, en un tono mucho más serio-; nunca lo he estado, en realidad.

A Soul no le cuadraba. ¿Le estaba tomando el pelo o qué?

-¿Me estás diciendo que el otro día me mentiste, entonces?

-¡No! -exclamó, pero inmediatamente bajó la cabeza, pesarosa-. La otra vez aún no lo sabía.

-Pero ¿cómo vas a reconocer a tu hermano de un día para otro? ¿Por qué no supiste eso hasta hoy?

-¡Porque...!

Lene calló inmediatamente. Por pocas le contaba lo de las brujas. Y, si llegara a hacerlo, no sólo la vida de Kid -la cual estaba en el punto de mira de Medusa- estaría en peligro.

Y no quería matar por segunda vez a su familia.

-Sólo créeme -susurró, con la voz temblando como un hilo.

Soul le sostuvo los hombros con ambas manos, y ella lo miró a las rojas pupilas. Parecían un bravo mar sediento de náufragos. Parecía que la querían ahogar con la batería de preguntas que se revolvían entre las olas.

Y él volvió a encontrarse de lleno con la niña de las coletitas y el vestido negro y con su mirada amatista.

Tras un rato, sus labios susurraron:

-¿Por qué me mareas tanto? ¿Por qué hoy eres mi hermana, y ayer eras sólo mi mejor amiga? ¿Por qué no pude reconocerte desde el principio? ¿Y por qué tú has tenido que olvidarme para recordarme hoy de nuevo?

Lene no dijo nada. Simplemente, no tenía respuestas para esas preguntas.

Él continuó:

-¿Por qué, cuando aprendí a vivir sin nadie, sin nada, incompleto, va y aparece mi otra mitad? ¿Acaso me quieres volver loco?

Las lágrimas se desbordaron de sus ojos. Reflejaban el peso de aquella verdad tan deseada, y a la vez, tan temida.

Lene lo acercó a su pecho y lo abrazó fuertemente, con su blanco pelo haciéndole cosquillas en la nariz. El joven le respondió a aquel cálido abrazo con otro desesperado, como si quisiera retener a Lene a su lado para que no se marchase nunca más. Ya había estado lo suficientemente solo.

-¿Dónde has estado todo este tiempo, maldita sea?

-eso mismo te podría preguntar yo a ti -susurró, con una sonrisa apagada.

Le acarició el cabello con cariño, mientras él se desahogaba en su hombro. La verdad, lo comprendía: mientras que a él le habían dado cobijo en la escuela como un alumno más, ella había tenido a una segunda madre, que la había amado con todo su ser desde que tiene consciencia.

Pero esa pregunta y sus terribles sospechas seguían en el aire: ¿Cómo demonios pudo olvidar todo aquel fatídico día, el sueño que la había acosado esa noche?

Se separaron lentamente, con miedo a perderse de nuevo si se separaban del todo. Soul sonrió, ya recompuesto del llanto.

-Voy a contárselo ahora mismo a Maka -dijo, mientras se levantaba y salía.

-yo iré a ver a Kid -susurró, no muy segura.

-Se te ve muy encariñada con él. ¿Acaso...?

-¿Qué? ¡No! -exclamó ella, totalmente sonrojada.

-Claro, claro -contestó él, con una mirada pícara.

-Pues claro que no, tonto -susurró, avergonzada. ¿Cómo podía siquiera considerarlo?

Lene se echó la mano al pecho. Se le había vuelto a acelerar. Maldita sea, se dijo. A ver si iba a ser verdad.

Pero aquello ya era irrefrenable.

Y lo peor era que lo sabía.

Caminaba deprisa por la gran calle que conducía a la mansión del chico. Necesitaba quedar con él por la noche para tenderle la emboscada. Debería asegurarse de que fuera sin sus armas; era la única posibilidad de ganarle.

Llegó a la gran puerta de entrada. Llamó al timbre, y fue La chismosa Liz la que abrió.

-Hola, Lene. ¿Buscas a Kid por casualidad?

-Sí -se limitó a contestar.

-¿No me digas que ya dio el primer paso?

-¿Qué? -eso a Lene la pilló desconcentrada.

-Ah, entonces serás tú la que se declare, ¿no?

-¡Cuántas veces tengo que decir que...

La chica calló. Si le decía que sí, sería una excusa perfecta para que los dejaran solos aquella noche.

-... eso pretendo -concluyó.

Liz se llevó las manos a la los labios para no gritar de emoción. Lene suspiró. ¿Tenía que aguantar todo esto por hacer el trabajo sucio de sus compañeras?

Entró a la casa, pero Liz aún se quedó un rato riéndose en el umbral. "Está en su cuarto, segunda planta a la derecha", le gritó.

Ella siguió las indicaciones de la pistola y subió, mientras lanzaba maldiciones ininteligibles al viento. Cuando llegó a la planta segunda, pudo escuchar cómo unos acordes provenientes de las perfectas cuerdas de la guitarra de Kid acariciaban sus tímpanos, mientras una melodía la hacía sentirse de repente mucho más ligera:

Qué bonito mirar

la sombra que hacen las rejas

mientras meto las orejas

en el centro de tu andar.

Si el mundo está del revés

habrá que buscar cordura

y una pizca de locura

para saber quererte más.

Ayer te escribí una carta;

hoy te escribo esta canción.

Mañana tenemos cita

donde le roban tiempo al amor.

volaremos sin movernos

y donde haya que firmar

me haré una pequeña herida

con sangre que abarca el mar.

*Leiva, "Vis a vis"

El corazón de Lene pareció sangrar con aquella música tan perfecta. Sentía cómo la guitarra lloraba las notas, las acariciaba con tanta ternura, con tanto cariño, que notó un leve escalofrío que recorría toda su espina dorsal.

Y sus palabras... parecían estar besando cada sílaba, cada verso, como si fuera lo último que fuese a decir. Sentía cómo le temblaban cada vez más las manos con cada estrofa. Parecía que esa canción estuviese escrita solamente para su oído, para su amor, para ese deseo de abandonarse a la deliciosa música que, en ese instante, era lo único que hacía correr la sangre dentro de sus venas; su corazón había volado hasta las manos de Kid, hasta sus labios. Ahora ya no le pertenecía.

La música terminó, de forma tan delicada como empezó. Estaba conmovida, pero se decidió a pasar.

-Toc, toc -saludó.

-¿Eh? ¿Qué haces ahí?

-¿Acaso no puedo?

Kid suspiró. ¿Por qué siempre empezaban así sus conversaciones?

-Me gustaría verte esta noche. Te quiero enseñar algo -le propuso ella, con su común expresión distante.

Kid la miró un momento, intentando descifrar lo que significaban esas palabras. Pero, para su sorpresa, aquella chica que normalmente era como un libro abierto para ella, ahora se había convertido en una pared inexpugnable.

Lene se dio cuenta de cómo la miraba, y le dirigió una mirada inconscientemente.

-¿A las once en la puerta de mi casa? -propuso él.

-Ok.

Y ya no pudo desprenderse de aquellos ojos.

-Mira lo que he compuesto -dijo, mientras volvía a incorporarse cogiendo la guitarra, que estaba apoyada sobre su regazo.

Y se volvió a hacer la música.

Aunque era la misma pieza, a Lene le pareció completamente distinta. Ahora, la guitarra parecía estar tocando sólo para ella, tal y como ella quería escucharla. Y la voz de Kid era tan sumamente dulce, tan delicada como un pañuelo de seda china.

Y entonces se dio cuenta. Esa canción era para ella, cada nota, cada compás era una fibra de su ser. Era su esencia. Su amor. el amor que ambos compartían, y que ahora se había convertido en una perfecta canción.

¿Cómo, una persona tan áspera como ella, podía sentirse tan llena por una canción así de deliciosa?

La música volvió a cesar. La última nota quedó en el aire, y Lene quiso retenerla hasta el último momento. Era hermoso, todo en ese instante. Los ojos de Kid, sus labios susurrantes, su guitarra apasionada...

Tenía miedo, mucho miedo. ¿Qué podía significar para él estar tocándole ahora mismo esa pieza compuesta para ella?

Fue la gota que colmó el vaso. La única razón que la podía mantener en pie y firme en su misión se desmoronó como un castillo de arena a la llegada de la marea.

Él también estaba perdidamente enamorado de ella.

-¿Y bien? -preguntó Kid, pero lo que se encontró no se lo esperaba para nada.

Una Lene lo miraba a los ojos, con cara de haber descubierto algo y no saber el qué. Pero lo que más le extrañó fue el hecho de que de sus ojos se desbordaran dos finísimas lágrimas.

¿Tan profunda era la canción?

-¿Lene? ¿Qué ocurre? -quiso saber Kid, confundido.

La chica se levantó sin decir una palabra y salió de la habitación corriendo. Él se levantó, pero decidió dejarla ir. Sabía que, cuando una chica quería estar sola, había que dejarla sola.

Pero un enorme vacío se hizo en el fondo de su corazón. Quiso llenarlo con el sonido de su preciado instrumento, pero éste sonó igual de vacío que él:

Para dejar por escrito

que no voy a abandonar

y ponerle sangre al grito

de los que aman sin poder amar.

Para dejar por escrito

que no voy a abandonar

y ponerle sangre al grito

de los que aman sin poder amar.

Los que aman... sin poder amar.

Eso sí que era algo vacío.

-CONTINUARÁ-