Lo único que quería hacer ahora era correr. Y de hecho, es lo que se limitaba a hacer. Sin rumbo, sin orden, sin ninguna intención, sólo corría, intentando huir de las revelaciones que se revolvían en su cabeza. Aquella canción se repetía en su mente y su corazón se aceleraba más y más.

Pero se limitaba a correr.

Hasta que sus piernas se sintieron desfallecer.

Y se dejó caer en la fresca hierba del bosque. Agotada, tanto mentalmente como físicamente, se dejó bañar por la tenue luz que se filtraba por las copas de los árboles. Miraba hacia arriba, con la mirada perdida y la respiración entrecortada. ¿Por qué tanto conflicto emocional en un sólo día? Eso no debía ser sano.

Se retiró el flequillo de la frente con el dorso de la mano y cerró los ojos. No podía comprenderlo. Era lo que le faltaba. Eileen tenía razón. Su plan no era enamorarse. Su plan no era echar a perderlo todo por una simple víctima de las brujas. Su plan no pretendía ser su corazón arrebatado por Kid.

Una lagrimilla se deslizó por la mejilla de Lene. Se echó las manos a la cara. ¿Por qué le tenía que pasar esto a ella? ¿Y si no era capaz de matarle? Las brujas no dudarían en matarla a ella. Eso era seguro.

Suspiró. Pensó en escapar lejos de allí, olvidarse de todo, de las brujas, de la batalla, y alejarse de todo y de todos. ¿Acaso no sería esa la solución perfecta?

-Lene -escuchó la vocecilla tímida de Eileen sobre su cabeza.

Al abrir los ojos, se encontró con la mata de pelo rojo casi rozándole la nariz. Se incorporó, y su arma le dedicó una sonrisa torva.

-¿Qué te pasa?

-Nada -se secó las lágrimas, y volvió a adquirir su expresión ruda-. Déjame en paz.

Eileen no volvió a hablar. Se limitó a mirarla muy seria mientras ella se recolocaba un poco el largo pelo blanquecino, mirando con sus dos amatistas al suelo, entristecida. Sabía exactamente lo que había pasado. Por fin se había dado cuenta de sus sentimientos.

-Te dije que sufrirías -intervino por lo bajo. Ella lo oyó, y pegó un manotazo en el suelo, haciendo saltar algunas briznas de hierva por los aires.

-Voy a asesinarle con mis propias manos -dijo, en un principio convencida, pero la voz le tembló un tanto-. Voy a... hacerme con su alma...

Lene rompió en llanto, y se arrojó a los brazos de su arma. Ésta la miró sin un rastro de expresión en su rostro, impasible.

-Creía que tenías clara tu misión -susurró, con un tono indignado.

Lene calló su llanto de pronto. Levantó rápido la cabeza, y miró a los ojos verdes de Eileen, con una idea brillando en sus ojos.

-Vámonos -le dijo, con una leve sonrisa desesperada bajo las lágrimas-. Huyamos juntas. Olvidémonos de las brujas que nos obligan a hacer cosas horribles. Escapemos...

Pero Lene volvió a callar. En el rostro de Eileen se había abierto paso una sonrisa algo siniestra. La miró sin comprender. Esa no era su arma.

-Insensata -habló, con la cabeza gacha-. ¿Te crees que es tan fácil huir de ellas? Te matarán antes de que te des cuenta. Te tienen controlada. Saben todo lo que haces. No puedes escapar de sus garras.

Lene no daba crédito a lo que estaba oyendo. ¿Esas palabras surgían de su arma? Miró a los lados de la chica, buscando alguna otra persona que pudiese estar detrás de ella hablando. Pero no vio a nadie.

Eileen se levantó, y la apuntó con el brazo derecho. Un leve fulgor lo rodeó, y rápidamente apareció convertido en una ballesta cargada. Lene reculó. La estaba apuntando entre las cejas. Abrió los ojos como platos.

-¿Pero qué...?

-Como se te pase por la mente tan sólo traicionarlas, te volaré los sesos aquí y ahora.

Lene la miró con desprecio, pero sin bajar la guardia. Su "compañera" alzó la barbilla, y dio a relucir una mirada del todo macabra.

-Como desees.

La ballesta disparó. Lene saltó hacia atrás en el momento justo para evitar la flecha. Ambas se miraron, desafiantes, y la rubia comenzó a sudar. No estaban en igualdad de condiciones. Ella iba armada -normal, era un arma al fin y al cabo- y a Lene sólo le podían funcionar sus escasos poderes mágicos. Pero habría que intentarlo.

Un momento... Ahora que se paraba a pensar, ella no era la hija de una bruja. Su madre era una simple mujer rica. Entonces, ¿sus poderes...?

¿De dónde salían sus poderes?

Se vio flojear. Ante eso, Eileen soltó una carcajada estruendosa.

-¿Tienes miedo, criaja?

Sí. Tenía miedo. Miedo de sí misma. ¿Cómo podía entonces invocar su forma de zorro ártico, y cómo podía utilizar sus poderes de camuflaje y evasión?

Comenzó a temblar. nunca, desde que sabía su verdadero origen, se lo había planteado. ¿Qué haría ahora?

"No puedes dar uso de algo que no crees que tienes", se recordó, absolutamente descompuesta.

-Para -susurró, bajando la cabeza-. No desobedeceré. Le mataré si es lo que ellas desean. Pero no me hagas daño.

Eileen bajó la ballesta y se rió.

-Así me gusta.

Lene se mordió el labio inferior, arrepentida de lo que acababa de decir, pero no le quedaba otra. Eileen tenía razón. La podían matar cuando quisieran. O utilizarla con la Pica. Aunque, para ella, era lo mismo. Era dejar de existir como tal.

El arco se acercó a ella despacio, pero Lene no se movió ni un poco. Transformó su mano izquierda en una punta de flecha y, rápida como el rayo, le hizo un corte certero en el hombro derecho. Lene ahogó un grito, y cayó de rodillas sobre la hierba, echándose la otra mano al hombro herido.

-Tómatelo como una advertencia -concluyó Eileen antes de desaparecer de nuevo entre la maleza.

La dejó allí tirada, con la herida sangrante y sin nadie cerca. Ella se puso de pie, temblando, y miró a todas partes, desalentada. Ya no le quedaba nadie en quien confiar. Incluso su arma la había amenazado de muerte.

¿Nadie?

Echó a andar, con un leve atisbo de esperanza en los ojos.

"Soul", pensó, antes de perder el sentido.


Cuando despertó, un fuerte dolor invadió su hombro. Abrió los ojos con prudencia, y se encontró con un asustado Soul. Intentó sonreír de alivio, pero una punzada de dolor la hizo reprimir la sonrisa. Maka le estaba cambiando las vendas del brazo.

-¿Estás bien, Lene? -le preguntó Soul, preocupado.

-S-Sí... -consiguió decir.

-¿Pero cómo diablos te has hecho semejante corte?

Lene no sabía qué contestar. ¿Qué les iba a decir, que Eileen la había atacado porque quería traicionar a las brujas, ya que éstas estaban llevando un plan para matar a la persona de la que estaba enamorada?

-Oh, vamos, Soul, no la agobies con preguntas ahora -salió Maka en su ayuda.

Lene se sintió aliviada. Soul no insistió más y se sentó en una silla cercana a la cama en la que se encontraba la chica.

Pasó un rato en el que nadie dijo nada. Maka se limitaba a curar la herida, y Soul se mantenía callado, con los codos apoyados en las piernas, cabizbajo.

-Soul -intervino Maka, cerrando el botiquín-, esto ya está. Dejémosla descansar.

Él se levantó y se dirigió a la puerta. Echó un último vistazo a Lene, que parecía sentirse algo mejor, y le dedicó una torva sonrisa.

-Hasta luego, hermana.

A Lene eso la pilló desprevenida. Giró la cabeza para mirarle, pero ya se había ido. Aunque Maka continuaba allí; de hecho, se había sentado en la silla en la que anteriormente estuvo su hermano.

-Lene -la llamó, y la chica la miró, interrogante-, siempre me has parecido una chica de lo más extraña, pero esto supera todo lo que había imaginado -Maka estaba extrañamente seria-. ¿Qué ha sucedido ahí fuera?

Lene bajó la mirada. No sabía qué responder.

-La herida -se explicó Maka- es demasiado recta y limpia como para haber sido provocada por accidente.

Nuevo silencio. Maka sonrió.

-Da igual. Supongo que, si no me lo cuentas, será porque no tiene importancia.

Lene cerró los ojos, profundamente decepcionada consigo misma. ¿No decían que por amor se hacían grandes locuras? Entonces, ¿por qué ella no había sido capaz de dar su vida por la persona a la que amaba?

"No serviría de nada", se dijo, abatida, "se desharían de él tanto conmigo como sin mí".

Maka la observó, preocupada, y decidió cambiar de tema.

-Oye, Lene, he visto que tanto Soul como tú amáis la música como a una diosa.

Un leve brillo de ilusión apareció en la mirada de la joven. Maka sonrió para sus adentros.

-Es algo que no es fácil de entender -comenzó a decir Lene-. Tú, cuando estás tocando, notas cómo te vas fundiendo con la música, cómo cada nota te va llevando a un trance en el que experimentas de todo: euforia, melancolía, furia... Es otro aspecto de la vida.

Lene calló repentinamente. ¿Esas palabras tan poéticas habían surgido de sus labios?

-...Pues sigo sin entenderlo -se limitó a comentar Maka.

Lene sonrió costosamente.

-En esta vida hay cosas que nunca, por más que quieras, comprenderás. Son las cosas que, en realidad, le dan esa chispa a la vida.

-¿Como el amor?

Lene cerró los ojos, dolida. Era verdad. El amor podía darle la chispa a la vida, pero también podía ser tu sentencia de muerte. Era tu paraíso o tu infierno. Era algo que no te dejaba vivir ni con él ni sin él. Era hermoso y horrible. Pero eso ella no lo comprendería, porque nadie lo comprende. El juego del corazón era un juego a ratos cruel y a ratos perfecto. Aunque a ella sólo le estuvieran tocando las peores cartas.

Pero, entonces, se acordó de la canción de Kid, de todos los sentimientos que se entremezclaban con el canto de su guitarra...

Y comprendió que no quería dejar de sentir lo que llevaba sintiendo desde el día en que le escuchó tocar por primera vez. Quería seguir contando con alguien que la quisiera de verdad.

Se giró, dándole la espalda a Maka, con una sonrisa muy, muy cansada, y se acurrucó para descansar un rato.

-Sí... como el amor.