-Huye -le había repetido, con la voz distinta esta vez, dándole la espalda a Kid.
Él se alarmó. ¿Por qué esa reacción? Intentó tocarle el hombro, pero una sensación, que hasta hace unos pocos meses solía experimentar a menudo, volvió a recorrerle de pies a cabeza: el continuo trasiego entre atracción y repugnancia que experimentaba cuando contemplaba a Lene y Eileen llevar a cabo su armonización de almas. Pero algo en su interior lo perturbó incluso más que ese conjunto de sensaciones: el hecho de que la atracción estuviese cayendo ante su contrario, el desagrado, como si se la estuviera tragando. ¿Acaso se lo estaría imaginando?
No, sabía que lo sentía. Era agobiante, percibir cómo la parte que más le gustaba de ese raro conjunto de sentimientos iba desapareciendo en las garras de la horrible oscuridad.
Se llevó la mano al estómago. Lo sentía revuelto ante aquel cambio. Pero, entonces, miró a la chica, encogida sobre sí misma, y reculó. Bajo sus pies se estaba formando una extraña bruma rojiza, que la empezaba a rodear como la niebla matutina rodea los altos edificios de Manhattan.
Y entonces percibió sus jadeos, sus convulsiones, sus sudores fríos. Y supo que algo iba muy, muy mal.
Se levantó rápido y fue a auxiliarla de alguna manera, pero justo antes de poder mirarla a la cara, se desplomó, cayendo de bruces contra el suelo, como si hubiera perdido la vida de repente.
¿Y si era así?
Kid la sacudió por los hombros, desesperado, buscándole el pulso, pero no hubo ninguna reacción.
¿Ninguna?
Hubo una, pero no fue causada por sus intentos de reanimar a la chica.
Kid se alejó, presa del miedo, ante lo que sucedió a continuación.
El cuerpo de Lene comenzó a metamorfosearse de la forma más horrenda que la mente humana pueda concebir. A partir de su abdomen, su cuerpo se derritió, transformándose en un líquido negruzco y espeso, que formó un charco alrededor de lo que quedaba de la chica. Instantes después, aquella extraña masa había comenzado a flotar, desafiando las leyes de la gravedad, y se tornó escamas y garras. Cuando Kid consiguió percibir la figura que se estaba formando ante sus ojos, ya era demasiado tarde.
Una enorme serpiente alada negra como el carbón había surgido de aquel extraño líquido como el ave Fénix resurge de sus cenizas. El ser rugió, con un sonido agudo y penetrante, como si se estuviera desperezando. Instintivamente, Kid se echó las manos a las bolsillos, pero entonces se acordó de que sus armas no estaban con él. Una horrible sensación de desprotección se apoderó de sus huesos.
La Pica miró a la inconsciente Lene que yacía en el suelo con sus ojos rojos, como analizando la situación. Por su parte, Kid se había quedado petrificado, a unos prudentes metros de la macabra escena. Las piernas no le respondían.
Plaf.
Maka cerró el libro que estaba leyendo en el salón de un golpe seco. Levantó la vista y la mantuvo en un punto fijo en el horizonte, como intentando escuchar. Una intensa sensación se esparció por todo su cuerpo. La preocupación se reflejó en su rostro al instante. Era su percepción de almas. Y aquello no era normal. Un alma muy poderosa, mucho más que cualquier otra que hubiera podido ver, se había manifestado en algún lugar de Death City, y no parecía ser de los buenos.
Oh, aquello significaba problemas.
-¿Qué pasa, Maka? -la llamó Soul, que ahora la miraba alarmado desde el otro sofá.
-Prepárate, Soul -dijo ella, dejando el libro en la mesa y poniéndose sus guantes blancos-, esta noche tenemos cacería.
En el claro del bosque, la metamorfosis continuaba. La serpiente sacudió sus enormes alas, intentando incorporarse, unida al cuerpo de Lene y sin poder despegarse de él. Al ver que no conseguía alzar el vuelo y escapar, decidió pasar al plan B.
Una libertad no tan directa.
La serpiente, tras un grito de guerra, se lanzó en picado hacia el cuerpo de la chica y lo traspasó limpiamente, volviéndose a transformar en aquel líquido negro y brillante, que comenzó a envolver a Lene como un oscuro manto. En pocos segundos, la Pica, en su forma de serpiente, había desaparecido...
El líquido comenzó a penetrar en su piel, como inyectado por miles de agujas invisibles; el espectáculo era siniestro a la par que sobrecogedor. Pero Kid seguía sin dar crédito a lo que veía.
Entonces, se percató de que Lene volvía en sí, y que sus piernas habían vuelto a materializarse. Aunque algo llamó fuertemente la atención de Kid: su pelo se había vuelto tan negro como la serpiente que albergaba en su interior, a excepción de la fina mecha, que desentonaba fuertemente con su color blanco inmaculado.
Lene se levantó, tambaleándose, como si estuviera borracha. Kid, sin dar un solo paso, se atrevió a hablar a la chica que le estaba dando la espalda:
-Lene, ¿qué te ha pasado?
La joven se giró, y Kid abrió los ojos como platos. Lo contemplaba con expresión seria por encima del hombro, y su mirada, que había cambiado de un violeta cristalino al negro más sucio, no daba nada de confianza. Además, sus ropas ahora constaban de un vestido de lolita completamente negro, en lugar de su común camiseta con el hombro al descubierto y sus botas militares.
-Pero qué... -consiguió articular Kid tras contemplar a la nueva Lene durante unos momentos.
Ella sonrió; en sus ojos relampagueaba la euforia de la Pica al verse liberada de las órdenes de Medusa en mucho, mucho tiempo.
-¿No te había dicho que te fueras, mocoso? -la chica parecía divertirse con la reacción del shinigami.
-...Tú no eres Lene -susurró Kid, mirando a la persona a la que, quizá unos minutos atrás, habría declarado su amor, pero que ahora se había convertido en un ser desconocido para él, que no le inspiraba muy buenas vibraciones-. ¿Qué has hecho con ella?
-¿Cómo que no soy Lene? -la Pica parecía ofendida.- ¿No será que tú no conocías a la verdadera Lene? Quiero decir... Lorelei.
Kid se estaba hartando de ese juego. ¿Por qué estaba sucediendo eso, precisamente a esta hora y en este claro?
De repente, algunas de sus dudas se vieron aclaradas.
Medusa había descendido de su escondite por los aires y le había colocado una mano en el hombro a la nueva Lene. Ella le dedicó la Kid una de sus más macabras sonrisas.
-Oh, mi pequeño Shinigami..., ¿de verdad te creíste el amor de esta pequeña rastrera?
"¿Qué?", era lo único que se repetía en su cabeza tras esa pregunta retórica.
Medusa acarició el pelo negro de Lene con inusitado cariño, mientras ella continuaba deleitándose con las reacciones de Kid. Soltó una carcajada seca.
-Sí, cómo lo creíste, mocoso -Lene se miró la mano, donde la pica negra se había hecho mucho más grande y brillaba con la máxima fuerza. Sonrió de nuevo, esta vez, más que burlona, complacida-. Creía que un dios de la Muerte tendría más cerebro que una mosca.
Kid no se lo podía creer. No quería creerlo. No podía caber en su mente que el amor de su vida estuviera aliado con las brujas.
Se hincó de rodillas en el suelo, con la mirada perdida.
-Esa no es Lene -dijo en voz baja, con un ligero tono de rabia.
-Oh, ¿ahora que descubres la verdadera personalidad de tu princesita te derrumbas? ¡Ja! -Medusa se acercó a él, contoneando sus caderas.- Eres una caja de sopresas. Hum... -una sonrisilla malévola surcó su rostro-, ¿qué tal si te abrimos?
-Oh, Medusa, Medusa -la llamó Lene, pegando botes de la emoción. Cuando captó la atención de la bruja, su rostro mostró pura locura-, en canal. ¿Puedo?
-Ni lo preguntes -concluyó ella, soltándole el pelo y dándole libre acceso a su objetivo.
Se acercó de un enorme salto a Kid, y éste reculó de nuevo. Ahora, Lene se agachaba sobre el chico, que aún no quería admitir lo que había pasado. No podía admitirlo porque sabía que no era verdad. "Huye", le había advertido la rubia platino de la que él estaba enamorado antes de aquello. Ella ya sabía lo que iba a pasar, y le había pedido que se salvara. Por eso, aquella persona que ahora se encontraba mirándole muy de cerca no podía ser su Lene. Ella le amaba. Si no, ¿por qué le había querido proteger?
Pero Kid se dio cuenta de otra cosa. Ella le había querido proteger desde el principio. con esa actitud reacia, manteniendo las distancias, evitándole siempre que podía, negando sus sentimientos... simplemente para que no sucediera una tragedia mayor.
Ahora comprendía por qué no se podía enamorar de él.
Pero ahora la persona que posaba su respiración en su rostro, aquella de mirada desafiante y cabellos oscuros... simplemente, no era una persona. era una serpiente, una sabandija inconsciente.
Pero aún así no podía hacerle daño; en el fondo, era Lene. Su Lene.
-Te doy cinco segundos para que corras -le susurró al oído, haciéndole temblar del escalofrío-. Cinco, cuatro, tres, dos...
Algo la hizo parar de contar. Una hoja afiladísima acababa de hundirse en su costado. Dirigió la mirada hacia el lugar de donde provenía el ataque... y lo que vio no la sorprendió para nada.
Maka estaba allí, y matenía clavado a Soul en su cuerpo, ahora sangrante, impertérrita.
-...Uno -terminó Lene, relamiendo aquella última palabra.
La masacre acababa de comenzar.
-CONTINUARÁ-
