¡Hola, queridos! En este OVA, hay algunas citas musicales. La primera, que se puede ir escuchando al principio del texto, se llama Wallflower, de la artista Agnes Obel. Luego, la segunda, que es Moonlight de Yiruma, se situaría en la escena del cambio de Eileen. Para que no haya errores, pondré un asterisco. Nada más que eso. ¡Disfruta! :)


La habitación seguía cerrada. La luz de la luna llena seguía haciendo sombras extrañas sobre la moqueta de la amplia habitación. La tapa del largo piano de cola continuaba retirada, y sobre las teclas seguían posados unos pequeños dedos. Dedos que ya no se movían, pero que, hasta hace unos instantes, habían recorrido todas y cada una de las teclas con una gracilidad sublime.

La dueña de esos dedos alzó la cabeza hacia el gran ventanal por el que la luz entraba. Sus enormes ojos verdes reflejaron la sinuosa imagen de la gran luna que permanecía posada sobre las copas de los altos pinos que rodeaban la mansión. Estaba cansada; llevaba toda la tarde tocando el piano, como hacía todos los días. Y sabía qué era lo que venía a continuación.

Se oyó el chasquido de la cerradura de la puerta al abrirse. Los goznes de ésta rechinaron, y una figura se adentró despacio en la sala, sus tacones retumbando sordos sobre la alfombra.

-Eileen, cariño, ¿por qué has parado? -Preguntó, con una falsa máscara de bondad que ocultaba su nerviosismo.

La pequeña desvió la mirada hacia aquella dama esbelta y alta, de ojos ligeramente almendrados y semblante firme. Se levantó de la banqueta del piano. Sus rizos rojos se agitaron como mil culebrillas.

-Quiero escucharte tocar. Sabes que, si no, Mamá se pondrá triste. ¿A que no quieres que Mamá se ponga triste?

Eileen se cogió ambas manos por delante del cuerpo, y bajó la mirada. Guardó silencio.

La mujer se puso de rodillas hasta igualar la altura de sus miradas. Con una suavidad inesperada, le susurró:

-Cariño, sé que no te gusta, y que preferirías salir afuera -extendió la mano y enredó su dedo en uno de sus rizos-, pero sabes que no es bueno para ti. Ahí fuera, la gente es malvada. Sólo quieren hacerte daño.

La niña la miró a los ojos. Eran exactamente iguales a los suyos. Dejó que sus labios se despegaran por el peso de su mandíbula, sin emitir ningún sonido. La dama volvió a incorporarse y se dispuso a salir, pero la vocecilla de la pequeña la frenó en seco.

-Mamá -la llamó.

Ella se giró para mirarla.

-Si me quieren hacer daño... Es porque sé hacer esto, ¿no?

Eileen, aunque dudosa, alzó su mano derecha y cerró los ojos. Un pequeño chorro de agua comenzó a girar sobre sí mismo en la palma de su mano.

Su madre acudió a toda prisa a su lado, con una expresión amenazante. Le agarró las manos y se las juntó, aprisionándolas entre las suyas, y volvió a arrodillarse.

-Nunca, nunca vuelvas a hacer eso -la riñó en voz baja. Después, chasqueó la lengua y prosiguió-. Mi niña, mi dulce niña... Ellos sólo quieren hacerte sufrir porque eres diferente. Tú eres especial, eres superior a todos ellos. Eres mi hija. Tienes un don, y es el piano el que lo demuestra. Debes aprovecharlo, Eileen. Debes tocar. Debes sobresalir.

-Soy... ¿especial? -Musitó la niña, mirándose las manos, aún sujetas por las de su madre.

-Claro. Eres hermosa y delicada, y tienes una gracia innata. Eres toda una princesa -sonrió.

"Una princesa...", resonó en la cabeza de la pequeña.

Asintió casi inconscientemente. Su madre se levantó de nuevo.

-Voy a traerte la cena. Sigue tocando.

La puerta volvió a cerrarse, y la cerradura volvió a crujir. Eileen dio una mirada circular al cuarto. Junto con el gran piano, lo único que había era una mesita con una lámpara y una silla, y una gran cama. Volvió a sentarse en la banqueta, y extendió los brazos sobre el teclado del piano.

Y la música se volvió a hacer. Una música angustiosa, irregular y compleja, que iba adueñándose de cada rincón de la sala, y más allá. Ya podía tocar la pieza hasta sin mirar. Pero no podía parar; si lo hacía, Mamá lloraría. Y si eso pasaba, se enfadaría mucho con ella, y le haría daño. Y no quería que pasara eso.

Aun así, lo odiaba. Odiaba tener que practicar una canción hasta que ni siquiera fallara en la intensidad de una nota. Era horriblemente aburrido. Quería tocar algo que le gustara. Algo bonito, alegre, brillante, algo que pudiera representar su forma de ser.

Pero, ¿acaso sabía cómo era ella misma? Muy pocas veces había salido de aquella habitación. No había podido desarrollar una personalidad.

Entonces, ¿cómo sabía que quería tocar algo alegre?

La canción seguía sonando. Monótona a ratos, algo más despierta en otros. Pero siempre, siempre la misma canción.

Mamá apareció de nuevo, con una bandeja sobre la que descansaba un cuenco de sopa humeante, un pedazo de pan y una jarra de agua.

La dejó sobre la mesa y permaneció sentada en la cama hasta que Eileen terminó de tocar.

-Vamos, siéntate. Se te va a enfriar.

Eileen obedeció, y mojó el pedazo de pan en la sopa. Empezó a comer sin ganas, sólo obedeciendo a las órdenes de su madre. Porque eso es a lo que se había dedicado toda su vida: obedecer. Sólo acatar mandatos, asentir y trabajar, fuera lo que fuese. Recluida en esa habitación desde que tiene conciencia, con la única compañía de la música de su piano, una música que no significaba nada. Su vida se reducía a eso.

Pero, ¿no había dicho que era distinta? ¿Que ella era superior a todos? La palabra "todos" también la englobaría a ella.

Y de hecho, es lo que hace, se dijo la chica, dejando la cuchara sobre la bandeja.

Descendió la mirada y se levantó de la silla.

-¿Qué sucede? -Le preguntó su madre, de nuevo con la voz tintada de falsa dulzura.

Pero Eileen no respondió. Se sentó en el piano y colocó las manos sobre el teclado.*

Pero no fue la misma canción de siempre la que golpeó las cuerdas del instrumento. Fue una música algo más dulce y delicada, más fluida. Y eso alarmó a la mujer.

-Cariño, ¿qué estás haciendo...? -Se levantó de la cama, y se dirigió a su lado-. ¡No has ensayado suficiente la otra canción! ¡Para!

Eileen no escuchaba. Estaba tocando lo que ella quería, porque ella era superior. Ella debía comportarse con gracia y mantener un semblante regio.

Porque ella era una princesa.

-Eileen, ya basta -advirtió amenazadoramente su madre.

Agarró la tapa del teclado y se dispuso a taparlo, cuando la mano de la niña aferró su muñeca con inusitada fuerza. La música quedó en el aire, y cada nota se fue desvaneciendo poco a poco.

-Pero, ¿cómo te atreves...? -La voz de Mamá se esfumó cuando la pequeña se levantó de la banqueta y la miró a la cara.

-Me tienes harta -fue lo que surgió de sus labios.

Dianna la miró, incrédula. ¿Qué le estaba pasando a su niña?

Que estaba rompiendo las cadenas que tanto tiempo llevaban oprimiéndola.

Eileen avanzó un paso, y apretó más su atadura.

-Estoy cansada de hacerte caso. No haces más que tenerme aquí dentro. Ni siquiera sé si le has halado de mí a alguien. ¿Por qué no puedo salir a la calle? Soy mejor que ellos, habías dicho.

En su otra mano apareció un chorro de agua rutilante. La expresión de la mujer se tornó a un miedo incomprensible.

-¡T-Te he dicho que no vuelvas a hacer eso! -Gritó, tratando de parecer firme.

-¿Acaso tienes miedo de que mate a alguien con esto? Si tratan de hacerme daño, podría hacerlo, ¿no es así?

Dianna trató de retroceder, pero Eileen no la soltaba.

-Tú dijiste que debían admirar mi gracia. Tú dijiste que era una princesa. ¡Soy mejor que todos vosotros!

La bola de agua aumentó. A Dianna dejó de latirle el corazón por un momento.

-Eileen, hija mía, no... no pretenderás hacer eso, ¿no?

Una extraña sonrisa se dibujó en el rostro de la niña.

-¿Qué otra cosa puedo hacer para que me dejes salir?

La mujer susurró algo incomprensible, y trató por todos los medios de zafarse de su hija. Pero ésta había rodeado su mano de agua congelada, y era incapaz de huir.

-Vale, cariño, te dejaré salir, dejaré que conozcas a otros niños, pero no lo hagas, ¿vale? ¿De acuerdo? Y te dejaré tocar lo que tú quieras en el piano. ¿Qué te parece? ¿Eileen...? ¡Eileen, no!

El hielo de su muñeca se deshizo, pero no tuvo tiempo de escapar. Una enorme bola de agua rodeó la cabeza de Dianna, y la alzó por los aires. Pataleaba, trataba de gritar, de correr, pero de sus labios sólo surgían burbujas que salían al exterior de la bola.

Eileen sonrió un poco más. Sabía que ella era mejor que los demás porque podía hacer eso. No necesitaba el piano para ser una verdadera princesa. Aquella habilidad le otorgaba el poder necesario para gobernar sobre otros, si no querían la muerte.

A partir de entonces, ella sería la dueña de su destino.

La mujer calló al suelo, inerte. La alfombra se empapó de agua de un momento a otro.

Eileen bajó el brazo, y volvió a su plato de sopa. Sumergió la cuchara en el caldo, cuando una criada apareció por el umbral de la puerta. Su expresión de horror no tardó en llegar.

-Dianna-san, he oído un gri... ¡Dios mío!

Eileen se volvió para mirarla. En su rostro, la demencia era palpable.

-¿Q-Quién eres tú? -Preguntó, con un nudo del miedo en la garganta.

Eileen se retiró la mata de pelo de los hombros y, con una sonrisa entre inocente y juguetona, dijo:

-Soy una princesa.