300 A.L. - Invernalia
"Querida Allyria.
No ha pasado mucho tiempo desde mi última carta, lo sé. Pero en los últimos días han pasado tantas cosas que creo que debo escribirte. Primero que todo, Lord Stark recibió un cuervo desde Desembarco del Rey. La Mano del Rey, Jon Arryn, ha muerto y ahora el Rey se dirige a Invernalia. Lord Stark estaba muy triste al saber la noticia, el hombre había sido como un padre para él.
Además, Lord Stark comprometió a Sansa con el heredero de Lord Bolton, Domeric. Hubo un banquete en Invernalia para celebrarlo. Ya te he hablado de Sansa antes. Es dulce y bella como una flor de invierno. Dom también es un buen hombre y un gran amigo. Si soy sincero la verdad no sé qué pensar al respecto, me siento más que confundido.
Finalmente Mikken, el herrero de Invernalia, me forjó mi primera espada por orden de Lord Stark. Es una espada bastarda para ocupar con una o dos manos. Me siento vivo cuando la tengo en mis manos. Probablemente ya soy uno de los mejores espadachines de Invernalia, pero prefiero mantenerme fuera del foco de atención. Le agradecí a Lord Eddard y a Mikken por la espada, y el segundo se comprometió a forjarme una armadura para mi próximo día del nombre. ¿Me imaginas en armadura?
Te extraño mucho, y sé que tú también me extrañas. Intentaré visitar Campoestrella apenas pueda. Manda mis saludos a Lord Dondarrion y a la gente del castillo.
Siempre tuyo, Edric."
Ed terminó de escribir la carta y subió a la torre del maestre para enviarla. Luwin se encontraba en su habitación, y lo ayudó a poner al ave en camino. Antes de la llegada del dorniense a Invernalia, solo había un cuervo que volara hasta desde la fortaleza invernal hasta Lanza del Sol, pero desde entonces Luwin había criado tres más que viajaban entre Campoestrella y el Norte, así que Ed podía escribirle a su tía cada una quincena y a veces menos.
La carta que anunció la muerte del Señor del Nido de Águilas y Mano del Rey, había llegado a Invernalia dos días después del anuncio del compromiso entre Sansa Stark y Domeric Bolton. Edric había comido y bebido con los demás en la mesa de honor de la fortaleza norteña, mientras veía como la pelirroja sonreía y reía como por el acuerdo entre su padre y el señor de Fuerte Terror. El dorniense tenía pensamientos encontrados. Era feliz por sus amigos, pero triste por sus propios sentimientos.
Jon había notado su incomodidad, y conociendo su causa, lo había hecho beber hasta que ambos perdieron la conciencia. Ambos hubieran sido castigados por Lord Stark al día siguiente, si no fuera porque casi toda Invernalia amaneció igual, incluyendo al hijo mayor de Lord Eddard… y a su propio hermano Benjen, quien ante el primer compromiso de un miembro de su familia en casi veinte años, anunció que por un día iba a dar rienda suelta a su consumo de vino.
Edric juró que no volvería a beber de esa forma en su vida. Hay ciertos dolores que son peores incluso que los que puedes recibir en una batalla. La resaca de vino se encuentra entre ellos.
Pero después de la llegada de la carta desde el sur, la alegría ocasionada por el compromiso entre Sansa y Domeric quedó atrás. Toda Invernalia estaba de duelo por el dolor de su señor. Los norteños también lloraban por aquel señor del Valle que había iniciado una rebelión, antes de entregar a sus pupilos a un rey loco.
La carta traía más noticas. El rey, la reina, el príncipe heredero, sus hermanos y casi trescientas personas más se dirigían al hogar de los Stark en la comitiva real. Eso significaba que el castillo debía estar preparado para una visita como no se había visto en muchísimo tiempo. Banderas debían ser reemplazadas, escudos nuevamente pintados, chimeneas limpiadas, sillas y mesas reparadas. El castillo de los Stark debía estar listo para la visita de un Rey.
Lady Catelyn y el mayordomo de Invernalia, Vayon Poole, estaban junto al Maestre Luwin revisando las reservas de alimentos, bebidas y otros de la fortaleza. El verano había sido uno de los más largos de los que se tenía registro, y por ello los graneros de Invernalia estaban llenos. Pero una visita desde el sur requería mucha comida y bebida, y era el deber de la Señora de Invernalia procurar que hubiera suficiente alimento disponible.
Lord Stark y su hermano estaban en el despacho del primero, hablando sobre diversos temas, de los cuales el más importante era la amenaza del nuevo Rey-Mas-Allá-del-Muro, Mance Rayder, y su probable ataque al Muro.
A lo largo de la historia muchos ejércitos salvajes habían intentado invadir el Norte, pero al final siempre fueron rechazados. Ahora era un caso diferente. Si bien el último Rey-Más-Allá-del-Muro había sido derrotado en Lago Largo por las fuerzas de los Umber y los Stark hace ochenta años, en aquella ocasión la Guardia de la Noche era cuatro veces más fuerte que en la actualidad… y aun así el Lord Stark de aquel tiempo pagó la victoria con su vida.
Por el precario estado de la Guardia de la Noche actual, la intervención de las casas norteñas en la defensa del Muro era algo obligado si es que se quería evitar que éste cayera. Por ello es que el Lord Comandante de la Guardia de la Noche, Lord Jeor Mormont, había permitido a Benjen a mantenerse en el castillo de sus antepasados por el tiempo que estimara conveniente, con la expresa instrucción de quedarse por lo menos hasta la visita del Rey.
Finalmente, los hombres Stark, Theon, Domeric y el propio Edric debieron visitar contra su voluntad al barbero, con el objetivo de estar presentables para la visita de la familia real. Del mismo modo a Arya se le había prohibido salir a cabalgar, para furia de la norteña.
Sansa se probaba un vestido nuevo todos los días con el fin de buscar el perfecto. Si bien la pelirroja ya estaba comprometida, aun así quería ser ella quién se llevara toda la atención de los ojos sureños.
Los días pasaron rápidamente, hasta que los vigías de Invernalia anunciaron estandartes reales acercándose a la fortaleza.
*-*-*-*-.
Una marea dorada, carmesí y plata entraba por la puerta principal de Invernalia. Los nobles, caballeros, espadas juramentadas, jinetes libres y otros que componían a la comitiva, poco a poco llenaban el patio principal del castillo. Los estandartes reales –el venado coronado- ondeaban con el viento norteño sobre ellos.
Los Stark esperaban en la entrada a la fortaleza interior a los visitantes sureños. Exceptuando a Jon Nieve, todos estaban presentes, incluyendo a Rickon. A un costado de los hijos del Señor de Invernalia se encontraban Ed y Theon. Muchísimos notables destacaban entre los sureños. Si bien el dorniense no conocía a ninguno personalmente, no había que esforzarse mucho para reconocer al Matarreyes, o a su hermano el Gnomo, o a Sandor Clegane con su yelmo en forma de sabueso cubriendo su cara quemada.
Edric observó a quién lideraba la comitiva. Flanqueado por dos caballeros de la Guardia Real, un hombre de un tamaño impresionante cabalgaba sobre un corcel negro. Sus ropas lujosas no se comparaban a la corona de oro sólido que repasaba sobre su cabeza. Su cabello era negro como el mar a medianoche y unos furiosos ojos azules destacaban en su cara, pero esos ojos reflejaban más cansancio que dicha.
Sin embargo, el Rey se animó al ver a Lord Stark. Al descender de su caballo todos los habitantes del castillo se arrodillaron frente a su soberano, que caminó hasta estar frente a su Guardián del Norte. Con su mano le indicó que se levantara.
-Alteza –dijo Lord Stark, poniéndose de pie.- Invernalia y el Norte se encuentran a vuestra disposición.
El Rey mantuvo una expresión seria. – ¿Sigues sin sonreír ni aunque te mataran Ned?
El norteño se permitió una sonrisa. –Debe ser por el clima, Alteza.
Ambos hombres rieron y se fundieron en un abrazo. El resto de los presentes se pusieron de pie. El rey procedió a saludar a Catelyn, luego a Benjen, y finalmente a los hijos de Ned. Se puso serio frente a Robb y le dijo que esperaba que fuera tan buen señor como su padre. A continuación dijo a Bran que si lograba tener habilidad con la espada no tendría problema alguno en nombrarlo Guardia Real cuando tuviera la edad, y al pequeño Rickon le sonrío y le revolvió el pelo. A Sansa le besó su mano y le dijo que era tan bella como su madre a su edad, y frente a la enojada Arya no dijo nada, pero sonrío.
Ni Theon ni Edric fueron tomados en cuenta por el Rey, que luego de terminar con las introducciones de los hijos de Ned, procedió a dirigirse a las criptas de Invernalia junto a Lord Stark. La reina trató de impedirlo, pero una sola mirada hizo que se quedara callada. Benjen Stark al ver la situación avisó que iba a esperar a Ned y al Rey en el despacho del primero, y luego se retiró.
Lady Stark acudió rápidamente al rescate de la reina, invitándola a pasar al interior del castillo junto con sus hijos. La reina exhibía una sonrisa forzosa mientras presentaba a sus propios hijos. Si bien los tres eran rubios como su madre y con los ojos verdes como esmeraldas que caracterizaban a los Lannister, en realidad no eran muy parecidos entre ellos.
El príncipe heredero Joffrey tenía una expresión que casi se podía categorizar de asco al ser presentado a los Stark, con una actitud exageradamente altiva. Su hermano Tommen mantenía una actitud tímida, pero parecía un buen chico. Era más bajo y regordete que sus hermanos y pese a ser casi de la misma edad que Bran se veía mucho más niño que este. Finalmente, la princesa Myrcella era su madre en miniatura, pero rodeada de una atmósfera mucho más agradable. Sonrío cortésmente a todos los Stark, pero ninguna sonrisa fue más grande que la que le dedicó a Robb. El pelirrojo simuló no darse cuenta de ello.
Lady Stark presentó rápidamente a Theon y Edric como los "pupilos" de Lord Stark y sin más miramientos, se dirigió hacia el interior de Invernalia, donde Vayon Poole esperaba a la familia real para indicarles sus aposentos. El resto de la comitiva poco a poco se disolvió, los nobles eran escoltados por criados de los Stark hacia sus habitaciones, mientras que el resto de los sureños se dirigió rápidamente hacia las tabernas y burdeles de la ciudad invernal.
Theon Greyjoy murmuró algo de ir a entablar conversación con alguna recién llegada que quisiera ser conocer al heredero de las Islas de Hierro, y se alejó de Ed. El dorniense estaba buscando con la vista a Jon cuando un guantelete de un plateado casi blanco se posó sobre su hombro.
-¿Tu eres Edric Dayne? ¿El pupilo de Lord Stark, o me equivoco? – preguntó una voz profunda pero a la vez despreocupada.
Ed se volteó y observó al dueño de la voz. La compleja armadura de un blanco inmaculado que portaba lo identificaba inmediatamente como miembro de la Guardia Real. Los bucles dorados que poseía y el color de sus ojos, idénticos al de la Reina y sus hijos, hacían su identidad obvia.
-No os equivocáis, Ser. –respondió Edric al Matarreyes. –Soy Edric Dayne.
Al escuchar esto y escudriñar las facciones del dorniense, Jaime Lannister sonrío, pero no de manera burlesca.
-Cuando tenía tu edad, conocí a tu tío. –dijo el guardia real. Las uniones de acero de su armadura sonaron cuando retiró su mano del hombro del dorniense. –Fue el mejor caballero que jamás he conocido. Os parecéis muchísimo a él, físicamente hablando... y bueno, incluso en Desembarco del Rey se escucha la historia de cierto escudero que venció a uno de los hijos de Bronze Yohn.
Ed sonrío modestamente. El Matarreyes lo estaba claramente halagando, y si bien sabía que al provenir de él no era algo completamente positivo, no podía evitar sentirse agradecido por sus palabras.
-Sois muy amable, Ser Jaime. –respondió Edric. –Debo admitir que intento seguir el camino que trazó mi tío Arthur, por lo que vuestras palabras me animan.
El patio de Invernalia ya estaba casi desocupado. Unos pocos mozos de cuadras terminaban de dirigir a los últimos caballos hacia los establos, mientras algunos guardias charlaban con los recién llegados. El viento norteño mecía la capa blanca del guardia real.
-Un objetivo noble. –respondió Jaime, despreocupado. – Debo suponer que también deseáis convertiros en Espada del Amanecer cuando seáis caballero. –Lannister señaló su hombro – Tenía quince años cuando Albor tocó mi hombro. Tuve que pasar toda una noche arrodillado en un septo antes de ello, pero valió la pena. Me había arrodillado como un niño, pero después de que esa espada blanca rozó mi piel atravesando la túnica, me levanté como un hombre.
-¿Mi tío fue quién os convirtió en caballero?
-Así es. Hasta el día de hoy atesoró ese momento como el más importante de mi vida. Ni siquiera cuando el Toro Blanco puso esta capa blanca sobre mis hombros en Harrenhal me sentí tan feliz –dijo el guardia real, sonriendo tristemente. – Desearía haber aprendido más de Arthur. El tiempo que fuimos hermanos fue demasiado corto. Bien hallado joven Edric. –el Matarreyes miró por última vez al dorniense, y comenzó a caminar hacia el interior del castillo.
-Bien hallado Ser Jaime. –respondió Ed.
Tras avanzar un par de metros, Lannister se detuvo para mirar a Edric por encima de su hombro –Ah, Dayne. Estaría gustoso en entrenar con vos uno de estos días. Veamos si vuestra habilidad es tan buena como dicen los rumores. –El Matarreyes sonrío nuevamente, - Si queréis hablar, buscadme. Conozco varias historias sobre tu tío que probablemente solo yo y Ser Barristan sabemos.
-Lo haré, gracias.
El guardia real le hizo un guiño y salió de su vista.
Edric quedó confundido. Si era sincero, la opinión que poseía del Matarreyes antes del encuentro de hoy era completamente negativa. Causa de ello era el repudio que casi todo hombre honorable de Poniente tenía a quién rompió su voto más solemne, asesinando a sangre fría al Rey que había jurado proteger.
Lord Eddard era alguien que detestaba especialmente a Jaime Lannister. El hecho de que fuera el hijo de Lord Tywin -otro hombre profundamente despreciado por él-, y que al final de la rebelión, el norteño lo hubiera encontrado sentado en el Trono de Hierro con el cadáver de Aerys aún caliente a sus pies, causaban que el guardia real fuera casi una quimera para el Señor de Invernalia.
Pero ahora el dorniense había conocido una faceta del caballero de la cual no sospechaba siquiera su existencia, y había sido una experiencia agradable. Estaría encantado de volver a hablar con Ser Jaime, y poder conocer más detalles de la vida de su tío era algo que agradecía profundamente.
Ed interrumpió su introspección tras avistar a Jon, acercándose a él.
-Oye Ed, ¿te parece si vamos al Bosque de Dioses? –preguntó Nieve – Robb me dijo que apenas pudiera escapar de Lady Catelyn iría hacia allá.
-De acuerdo Jon, vamos.- respondió el dorniense.
La visita real a Invernalia recién comenzaba.
-*-*-*-*.
-Ella se merecía un lugar mejor donde descansar, Ned. Debería estar en un prado donde le llegara el sol del verano, en una playa de arenas blancas y mares turquesa como Bastión de Tormentas. No en una cripta oscura donde nadie la visite. –murmuró el Rey, casi llorando.
-Ella pertenecía al Norte, alteza. Y este es su lugar. –respondió Ned. –Además le traigo flores cada vez que puedo, lo mismo que Benjen cuando viene a Invernalia. A ella… le gustaban las flores.
La estatua de Lyanna Stark la representaba bien, pero nada podía igualar la belleza que había poseído en vida. No era algo solo físico, era su espíritu lo que la había hecho tan atractiva para quienes la conocieron, desde el más humilde criado de Invernalia hasta el Príncipe de Rocadragón. Dos hombres poderosos la habían amado y Poniente lo había pagado con ríos de sangre.
A Ned a veces le entristecía que Arya fuera tan parecida a ella, y otras veces lo asustaba. Todavía recordaba la última vez que vio a su hermana con vida.
-Promételo – había dicho en una habitación del piso más alto de la Torre de la Alegría, que olía a rosas y sangre. - Prométemelo Ned.
Y Ned se lo había prometido, y su hermana había muerto tranquila. Cumpliría su promesa por el resto de sus días.
-Juré matar a Rhaegar por eso –dijo el Rey, mientras una solitaria lágrima corría por su mejilla.
-Y lo hicisteis. –respondió el Señor de Invernalia.
-Solo una vez. –respondió amargamente Robert Baratheon.
Ambos se quedaron en silencio, recordando a sus muertos. Tiempo después Ned rompió el silencio.
-Deberíamos volver Alteza, vuestra esposa debe estar esperándote.
-Que los Otros se lleven a mi esposa. –dijo bruscamente Robert, con una furia apenas contenida en su voz.
-Si no queréis partir, aprovecha de decirme que fue lo que le ocurrió a Jon –repuso Ned, sabiendo que Robert evitaría volver a Cersei lo más que pudiera.
-Fue todo demasiado rápido Ned. Un día estaba tan fuerte como un toro, y al siguiente estaba en cama, con fiebre y retorciéndose de dolor. Agonizó tres días antes de morir. –dijo el Rey, con tristeza reflejada en sus facciones nuevamente. – Antes de fallecer llamó a Lord Royce y lo nombró Lord Protector del Valle. Me hizo firmar el documento. Demonios, incluso cuando estaba muriendo el viejo halcón intentaba cuidar el futuro del reino. Como quise a ese hombre –el Rey se tapó la cara con las manos.
Ned pusó su mano en su hombro. –Yo también Robert, yo también.
El Rey se quedó callado unos momentos, mientras recuperaba la calma. Tras ello retomó la conversación.
-La hermana de tu esposa intentó llevarse a tu sobrino de vuelta al Nido de Águilas, pero Lord Royce dijo que era mejor que fuera a Piedra de las Runas como pupilo, para que tuviera compañía con más gente de su edad y empezará a crecer algo. - Dijo el Rey– Los Siete saben cuánto lo necesita, ese niño es débil como un gorrión, y sobre sus hombros tiene la responsabilidad de ser el último heredero de la Casa del halcón.
-Y Lisa, ¿cómo se lo tomó?
-Como era esperable. Gritó, lloró, destrozó la Torre de la Mano, y finalmente tomó un barco y volvió al Valle. –respondió Robert. –Lo lamento por ella, pero estaba siendo demasiado sobreprotectora con el niño. Así que firmé un decreto real confirmando el título de Lord Protector a Bronze Yohn, lo que le daba autoridad para tomar como pupilo al niño. Era lo mínimo que podía hacer por nuestro querido y viejo Jon.
-Una sabia decisión amigo mío. Ambos sabemos que Yohn es un buen hombre.
-Sí, y también recuerdo una vez que te derribó del caballo a los segundos de haber comenzado un duelo. –respondió el Rey, con una carcajada.
-Disculpadme alteza, pero yo recuerdo que luego también te derribó sin mayores problemas. –respondió sonriendo Ned.
-Ah, no recordaba eso. –dijo el Rey, contrariado. –Veo que sigues siendo quién me ayuda a corregir mis errores, Ned. Lo que es perfecto frente a lo que voy a decirte.
Eddard sabía lo que veía, pero aun así no estaba preparado.
-Te necesito en el sur, viejo amigo. Necesito a alguien de confianza, alguien que me sepa corregir, y que no se cague en los pantalones solo porque soy el Rey. –dijo seriamente Robert, sacando una piocha de oro desde uno de sus bolsillos. – Lord Stark, os nombro Mano del Rey.
Eddard se puso en rodillas. –Alteza, me honráis. Pero no soy la persona indicada para tal honor.
-Tonterías Ned, sois la persona indicada. Eres mi mejor amigo y uno de los mejores hombres que he conocido en mi vida. –respondió el Rey, sosteniendo la insignia con forma de mano. –Además no os estoy honrando, te estoy ordenando que os ocupéis del reino mientras yo como, cago y fornico. ¿Sabes que se dice del Rey y la Mano?
-Lo sé, Robert. Pero no me causa gracia.
-A ti nada te causa gracia. Estoy seguro, es el clima norteño. –respondió Robert, sacudiendo la cabeza. –Ven conmigo al sur y el calor te devolverá la risa. Estábamos destinados a gobernar juntos Ned. El Trono de Hierro lo ganamos juntos, destruimos a los Targaryen juntos, si Lyanna siguiera viva seríamos hermanos. –La cara del Rey se entristeció al nombrar a la hermana de Ned, pero rápidamente se alegró nuevamente. –Pero aun no es tarde para ello. Tengo un hijo y tú una hija, Joffrey y tu hija mayor, uniremos nuestras casas.
-Me temo que Sansa ya está comprometida, Alteza. –respondió Ned, contrariado frente a que las predicciones de Catelyn estaban sucediendo. – Un par de días antes de que nos llegara el cuervo que trajo las noticias de Jon, habíamos anunciado su compromiso con Domeric Bolton. El heredero de Lord Roose.
-¿Qué? ¿Bolton? –respondió estupefacto Robert. - ¿El mismo que dijo que matáramos a Ser Barristan tras el Tridente? Por los dioses Ned, ¿Cómo comprometes a tu hija con alguien así?
-Domeric no se parece a su padre, Robert. –respondió Eddard. –Te sorprenderías, yo mismo no me lo esperaba.
-De acuerdo Ned, de acuerdo. ¿Y tu hija menor?
-Arya es muy joven para casarse, Robert. Además también tengo planes para ella. Lo lamento. –respondió Eddard, enigmáticamente.
-¿Planes? Ned, ¡Estoy ofreciéndote la mano del futuro Rey para tu hija! ¡Tu sangre se sentaría en el Trono de Hierro! Hay familias que matarían por tal honor. –dijo Robert, incrédulo frente a las palabras de su amigo.- ¿Qué puede ser más importante que eso?
-Su felicidad. –respondió Eddard, solemne. –Arya no está hecha para la corte. Condenarla a vivir en ella sería una crueldad que no estoy dispuesto a cometer.
-Por los dioses Ned. Definitivamente el clima del Norte les afecta la cabeza. –murmuró el Rey, mientras sacudía su propio cráneo. –Está bien, si no quieres que tus nietos se sienten en el Trono de Hierro, serán los míos los que se sienten en el de Invernalia. Myrcella todavía es joven, pero es tan bella como su madre y todo lo dulce que ella no es. Será una gran esposa para tu Robb.
-Estaría encantado, Robert. Honráis al Norte y a su gente otorgándonos una princesa como esposa del futuro Señor de Invernalia. –respondió Eddard, mucho más tranquilo al ver que la situación había terminado en el mejor escenario posible.
-Muy bien Lord Stark, ese es mi precio. Asume como Mano del Rey y una princesa será la próxima Lady Stark. Un trato justo.
-Me parece aceptable, Robert. –respondió Ned.
-Excelente Ned. Entonces todo está arreglado. Anunciaremos el compromiso y tu nuevo cargo en un banquete para celebrar. –dijo el Rey, un poco aburrido ya de seguir hablando del mismo tema. – Una cosa más, Myrcella todavía es muy joven para venir al Norte, así que se permanecerá en Desembarco hasta que crezca un poco más. Sería ideal que tus hijas nos acompañaran al sur mientras tanto, para que la preparen para su nuevo hogar. ¿Quién mejor para enseñarte sobre el Norte que una Stark de Invernalia?
Ned hizo una mueca. Llevar a sus hijas al nido de víboras que era Desembarco del Rey era lo último que quería hacer. Pero tampoco veía una alternativa que ofrecerle a Robert, y ya había probado bastante los límites de su paciencia. No tenía otra opción que aceptar.
-De acuerdo Robert. Estoy seguro que mis hijas cumplirán con su deber. –respondió, derrotado.
-¡Excelente, Ned!- respondió alegremente el Baratheon, mientras palmoteaba la espalda de Lord Stark. –Entonces no hay nada más que discutir. Subamos y vamos a comer algo, estoy hambriento.
Ambos hombres salieron de las criptas, con las estatuas de los Stark caídos observándolos con ojos de disgusto.
-*-*-*-*.
El banquete en honor al Rey había sido el mayor que Edric había visto en su vida.
El normalmente austero Norte ofreció lo mejor de sus bodegas al soberano de los Siete Reinos y sus acompañantes. La carne y la cerveza abundaban de una forma digna de un banquete en el Dominio, para el deleite de los sureños.
Pero pese a las caras de cortesía de algunos, y de alegría de otros, el dorniense notaba que los norteños en el fondo estaban incómodos frente al despilfarro que tal festín significaba.
De todos modos las risas abundaban, y las alegres conversaciones ebrias se contaban por centenares, así como el canto de un bardo que había llegado con la comitiva real.
Edric estaba sentado junto a Benjen Stark y Theon Greyjoy, al final de la mesa de los nobles. La familia real (incluyendo a los hermanos de la reina) y los propios Stark eran los únicos ocupantes de dicha posición. Ni siquiera Jon Nieve había sido permitido en ella, aunque según observaba el dorniense desde lo alto, el bastardo de Lord Stark estaba disfrutando estar lejos del ojo inquisidor de su padre, tomando cuantas copas de vino quería.
Theon ya no intentaba entablar conversación. Al comienzo del banquete había empezado a hablar de sus últimas visitas al Leño Humeante o de las diferentes chicas que conocía en las afueras de Invernalia, pero el tema de conversación que tanto interés causaba en Robb no ocasionaba el mismo efecto en su tío. Luego de ello el Greyjoy se había enfocado en su plato y había cerrado la boca.
Edric en cambio, encontraba agradable charlar con el hermano de Lord Stark. Tras haber crecido en Invernalia, el dorniense veía a la Guardia de la Noche con casi el mismo respeto que un norteño, teniendo una opinión de la vieja orden totalmente diferente a la de la gran mayoría de sus compatriotas en el sur.
Benjen Stark era un poco más delgado que su hermano, sus facciones eran más angulosas y sus ojos más claros, pero poseía el mismo aura de solemnidad que él. Según le había contado a Edric, desde pequeño había deseado unirse a la Guardia de la Noche, pero su deseo tuvo que esperar hasta la adultez por culpa de la Rebelión, donde debió quedarse como el Stark en Invernalia.
Tras unirse a la orden tras el fin de la guerra, ascendió rápidamente y logró tomar la posición de Primer Explorador, cargo que ostentaba hasta la fecha. De vez en cuando viajaba a Invernalia a ver a su familia, pero solo por pocos días y en ocasiones que se contaban con los dedos.
El dorniense le preguntó si alguna vez se había arrepentido de su decisión.
-La verdad es que extraño muchísimas cosas. –respondió Benjen. –El hogar y la familia son irreemplazables… y bueno, la comida no es la misma –añadió sonriendo un instante, pero volviendo a estar serio casi de inmediato.-Pero no estaría tranquilo estando acá. Uno debe cumplir con su deber Edric, lo quiera o no. –sorbió un poco de vino. –Allá arriba hay cosas oscuras, y somos muy pocos quienes defendemos al reino de ellas. Temo el día en que nos ataquen en fuerza y no logremos contenerlos.
-Pero Lord Benjen…
-Por favor Edric, ya te he dicho muchas veces que me digas Ben. –dijo el hermano negro. – No soy un Lord y tampoco soy tan viejo como mi hermano.
-Como quieras, Ben. El Muro tiene trescientas varas de altura. Descontando el mar o que los salvajes hagan túneles, ¿Cómo podría un ejército sobrepasarlo?
-No es tan sencillo como crees. –respondió el Stark. –Ningún muro es más fuerte que los hombres que lo defienden, ni siquiera El Muro. Los salvajes no necesitan pasar todo un ejército, basta con que algunos cientos que evadan las patrullas y pasen al Agasajo para desatar el caos. En la Guardia somos menos de mil hombres y estamos repartidos en tres castillos. Si esos cientos de salvajes atacan la Torre Sombría desde el sur, mientras miles lo hacen del norte, podrían tomar el castillo y el Puente de los Cráneos antes de que lográramos enviar refuerzos.
Pensar en tal escenario dejó a Edric helado, y que la expresión de Benjen fuera completamente seria no mejoraba la situación.
Ambas caras destacaban fuera de lugar entre la alegría del banquete. El destino pareció reírse de ellos cuando el bardo presente empezó a cantar "La doncella del invierno". La capa negra con retazos rojos del cantante ondeaba con los movimientos de su dueño, interpretando la triste melodía.
-Pero si solo necesitan hacer eso, ¿Cómo es que no lo han hecho? –preguntó finalmente el dorniense.
-Porque los salvajes no conocen la disciplina. Viven en tribus, en clanes que no superan los cientos. –respondió Benjen. –Y lo más importante, pelean entre ellos. Siempre hay tribus en guerra con otras. Nosotros nos referimos a los salvajes como si fueran un solo grupo, pero la verdad es que son centenares y cada uno solo se preocupa de sí mismo.
-Pero ahora eso cambió, ¿no es cierto? –dijo Edric.
-Parece que ser el escudero de mi hermano significa tener acceso a más información de la que creía. Sí, cada vez hay más aldeas vacías, y los pocos ojos que tenemos al norte del Muro nos dicen que los salvajes se están uniendo en un ejército. Cada vez que han hecho eso, significa una sola cosa. Van a intentar atravesar El Muro.
-¿Por eso es que Lord Mormont quiere que hables con el Rey? ¿Para pedirle ayuda?
-Si, el Viejo Oso tenía la esperanza de que convenciera al viejo amigo de Ned en enviar ayuda al Muro. –respondió Benjen mientras observaba a Robert, quién iba por su cuarta jarra de vino de la noche. – Pero parece que el Rey no es la persona que esperábamos que fuera. Dudo que recuerde lo que hablemos al día siguiente. Es una lástima, el Robert que recordaba por último era un gran guerrero. Ahora dudo que pueda correr.
-Quizás Lord Stark pueda convencerlo, el Rey lo nombró su Mano.
-Quizás Ed, pero uno con la edad aprende a juzgar a las personas. –respondió Ben, suspirando. –Este Rey no nos ayudará en nada, y su hijo es sureño hasta la médula. El Trono de Hierro no se preocupará del Muro antes de que este caiga, esa es la amarga realidad. –la cara del hermano negro era casi de funeral, pero cambió rápidamente. – Pero bueno, ya han sido bastante malos augurios por esta noche. Iré a charlar con Jon ahí abajo si no te molesta, creo que está bebiendo demasiado vino para su bien.
-Para nada. Hablaremos en otra ocasión.
El Stark se despidió y se retiró de la mesa, dirigiéndose hacia su sobrino sentado entre los escuderos. Theon también se había parado, así que el dorniense estaba en silencio, atacando un pedazo bastante apetitoso de venado, cuando dos cabezas rubias se sentaron a su lado.
-Dayne. –dijo una voz parecida a la del Matarreyes. El dorniense se giró y efectivamente era el guardia real. En su otro costado se sentó su hermano, el Gnomo.
-Ser Jaime –saludó el dorniense.
-Te presento a mi hermano, Tyrion. –dijo el gemelo de la reina, señalando al enano. – Todo lo que no tiene en altura lo tiene en inteligencia, así que cuidado con su lengua.
-Por favor Jaime, que intentas insinuarle al chico. No tienes nada que temer de mí, dorniense. Salvo que seas una jarra de vino -dijo Tyrion, sonriendo al tiempo que intentaba tomar una de las jarras de la mesa, cosa que fue evitada por su hermano.
-Descansa un poco antes de seguir Tyrion. Ya te ves bastante mareado y la noche aún es joven.
-Me conmueve tu preocupación querido hermano. –respondió el Lannister, abandonando el intento de tomar la jarra. – De todos modos necesito cambiarle el agua al pájaro. Hablaremos en otra ocasión joven Dayne, nos vemos.
Tras decir eso, el enano se levantó y empezó a caminar hacia las puertas del salón.
-Mi hermano es una persona bastante particular. Lee tanto como bebe, y ambas cosas las hace en exceso. –dijo Ser Jaime, tomando una copa. – Veo que hablabais con el hermano de Lord Stark. ¿Un cuervo no es cierto?
-Así es. –respondió Edric. –Lord Benjen es el Primer Explorador de la Guardia de la Noche. Suele visitar Invernalia de vez en cuando, como lo está haciendo ahora. Es una persona muy honrada, dejar todos los privilegios de ser un Stark para servir en El Muro es una decisión que no cualquiera tomaría.
-No lo dudo. –dijo el Lannister, aunque el dorniense no pudo decidir si lo había dicho sincera o irónicamente. –De todos modos, debo admitir que la idea de ir a congelarme al Muro no me parece muy inteligente. No es algo que haría voluntariamente.
-Pero Ser, al final los votos de la Guardia Real son casi los mismos de la Guardia de la Noche –protestó el dorniense – Si no mal recuerdo, nuestro maestre nos dijo que Aegon el Conquistador formó vuestra orden a semejanza de ella.
-Hay una gran diferencia entre tener que proteger al Rey y su familia, y montar guardia en un Muro gigante mientras intentas no congelarte. –respondió secamente Jaime, mientras se servía un trozo de carne asada. – Además, la gran mayoría de los miembros de la Guardia de la Noche son criminales que la prefirieron antes de enfrentar la Justicia del Rey. En cambio ser elegido para la Guardia Real significa ser distinguido como uno de los mejores caballeros del reino, o por lo menos lo era cuando tenía tu edad.
Lannister sonrío nuevamente de manera triste, antes de continuar. – Quizás tienes más razón de la que crees, al decir que ambas órdenes se parecen. Actualmente la Guardia Real está en la ruina, los miembros más nuevos fueron elegidos más por complacer a familias a las que mi padre o Robert les debían algo, que por su habilidad… o su honor. Aunque bueno, ¿Quién soy yo para criticar a alguien más por su honor?
Edric notó que si bien el caballero no estaba ebrio, quizás las copas que había bebido habían destrabado su lengua más de lo normal. El guardia real continuó.
-Solo Ser Barristan y quizás Arys Oakheart poseen algo de honor entre nosotros. El resto son caballeros del montón, y eso significa que lo único que buscan es satisfacer sus propios deseos. A veces me preguntó cómo siquiera los nombraron caballeros.
Jaime paró para tomar un trago de vino. –Meryn Trant podría ser el matón de un pueblo pequeño. Preston Greenfield es un pusilánime con una afición a las putas; y Mandon Moore no es mejor que un mercenario, aunque no niegue que sabe defenderse con la espada. Los tres no durarían en despellejar a un niño si mi hermana o Joffrey se los ordenaran. Boros Blount en cambio es un glotón obeso que dudo que pueda vencer a un escudero. –Ser Jaime suspiró – Pasé de servir junto al Toro Blanco, un Príncipe de Dorne y la propia Espada del Amanecer, a un montón de hombres que no son mejores que un caballero errante. Con el perdón de Ser Duncan el Alto si es que me está escuchando desde el más allá.
Edric sonrío con el último comentario del Matarreyes, aunque mantuvo la compostura al procesar todo lo que había dicho antes de él. Ser Jaime pareció aprobar tal conducta, y terminó su monólogo con una pregunta.
.En fin, quería hablarte de otra cosa. ¿Sabes cómo fue la pelea entre tu tío y el Caballero Sonriente? –preguntó el Lannister.
-Solo sé que lo venció, pero no conozco los detalles. –respondió el dorniense, profundamente interesado.
-Pues es tu día de suerte, -Jaime se acomodó, animándose un poco al recordar viejas glorias - Yo estuve ahí, incluso cruce espadas con ese maniático, y vi como tu tío lo mató en un combate singular.
-¿De verdad? ¿Y cómo lo encontraron? Siempre escuché que la hermandad conocía el Bosque Real mejor que nadie, y que por eso tenían tanto éxito al atacar a los viajeros.
-Todo comenzó en una aldea cerca del Camino Real, a medio camino entre Bastión de Tormentas y la capital. Llevábamos semanas buscando a la hermandad, sin tener éxito, pero todo cambió cuando Ser Arthur nos convenció de emplear una táctica diferente. Tras dormir en esa aldea y tomar algunos animales para aumentar nuestras raciones, nos obligó a pagar por lo que tomamos, lo que dejó estupefactos a los campesinos y a nosotros mismos. Tras repetir lo mismo en algunas otras aldeas, finalmente un campesino nos insinuó la dirección a la que teníamos que ir para encontrar a los bandidos, y cuando la seguimos…
La historia de Ser Jaime continuó por varios minutos, y después empezó otra y después otra, solo parando para comer y beber de vez en cuando. La noche avanzó. En un momento la gente dejó de comer y corrieron algunas mesas y comenzaron a bailar, sin embargo ni el dorniense ni el Lannister se unieron al baile.
Finalmente el Rey se levantó de su asiento y pidió silencio a la muchedumbre. Con una voz que remeció las vigas comenzó a hablar.
-Mis queridos norteños, hoy me han demostrado que siguen siendo tan fieles y buenos amigos de mi familia, como lo fueron hace quince años. –Robert había bebido bastante, pero soportaba bastante bien el vino. Solo se le notaba un leve rubor, y además no calculaba muy bien el volumen de su voz –Juntos derrotamos a los dragones, llevamos el infierno a los krakens, y hemos traído prosperidad a este reino como nunca antes en su historia!
El salón estalló en gritos y aplausos de la multitud ebria. Solo unos pocos (como Benjen Stark, Theon Greyjoy y los propios Edric y Ser Jaime) no participaron de ello.
El Rey continuó.
-Es por eso, y porque Ned es mi hermano en todo menos sangre, que he de anunciar dos cosas. Primero, que uniremos nuestras casas. Mi hija, la princesa Myrcella, se casará con vuestro Robb cuando ella cumpla catorce días del nombre. –El salón estalló nuevamente en aplausos y gritos de aprobación de los presentes. La princesa Baratheon sonreía a su padre, mientras que el heredero de Invernalia se sonrojó, antes de reaccionar y retomar una expresión solemne.
Sin embargo, las caras de la Reina y Joffrey eran de furia en el primer caso y desprecio en el otro.
-Pero eso no es todo. –continuó el Rey, feliz con la reacción de sus súbditos. –He visto lo bien que Ned se ha desempeñado como Señor del Norte, y he decidido que no hay mejor persona que él para ayudarme a dirigir el reino.
Robert puso una expresión de seriedad. –Lord Eddard Stark, os nombró Mano del Rey.
La multitud ebria aplaudió nuevamente, pero esta vez con mucha menor intensidad. Muchos todavía recordaban que había sucedido la última vez que un Stark había partido al Sur.
Lord Eddard caminó hasta ponerse con una rodilla en el suelo delante del Rey. Robert lo miró un instante, y sacó de uno de sus bolsillos la piocha dorada en forma de mano. Sin más demora, la clavó en el pecho del Señor del Norte.
Eddard se levantó, y el rey lo palmoteó en la espalda antes de que ambos volvieran a sus asientos.
La noche transcurrió sin mayores sobresaltos a partir de eso.
-*-*-*-*.
El guardia real desarmó a Edric y puso la espada embotada en su cuello, mientras el dorniense yacía derrotado sobre el suelo.
-Estás muerto, Dayne. –dijo Ser Jaime, sin siquiera sudar por el duelo.
El dorniense levantó sus manos y aceptó la derrota, Ser Jaime bajó la espada y lo ayudó a levantarse.
-La verdad es que peleaste muy bien –dijo el Lannister, con una sonrisa en su cara. –Pero bueno, digamos que se necesita algo más que eso para estar a mi nivel.
-Gracias, Ser Jaime. Espero que algún día pueda derrotaros. –dijo Edric, limpiándose el polvo de sus ropas. El patio de armas de Invernalia estaba vacío, salvo por él y el guardia real.
-Espero que llegue ese día, últimamente solo Ser Barristan resulta ser un desafío para mí. Y aunque la edad no ha afectado su talento, si acabó con toda la jovialidad que alguna vez tuvo. Sería bastante entretenido tener a alguien que nos haga competencia.
-¿De verdad no hay nadie en el sur que os haga competencia?
-Nadie. –respondió Jaime orgullosamente. Se irguió en toda su altura antes de hablar. -Ser Loras Tyrell es bueno con la lanza, pero no es un espadachín legendario, incluso su hermano es mejor. Los hermanos Clegane son unos brutos, no los podría vencer en fuerza pero si en habilidad. Pasa lo mismo con Lyle Crakehall. En cuanto al Pez Negro, no ha bajado del Valle en una década así que no he podido enfrentarlo, al igual que Lyn Corbray.
El guardia real sacudió su cabeza antes de continuar -En fin, cuando tengas tus espuelas, no dudes en ir a la Fortaleza Roja por una buena pelea. Estoy seguro que Ser Barristan estará tan encantado como yo de enfrentarse a alguien que nos recuerde a un viejo amigo.
Edric sonrío frente a las palabras del Lannister, pero las palabras de una voz desagradable terminaron con su alegría.
-¿Así que crees que mi Perro es un bruto, tío? –preguntó el príncipe Joffrey, entrando al patio acompañado de Sandor Clegane y algunos guardias de la reina. –Vaya, nunca habría sospechado que tuvieras tan baja opinión de mi escudo juramentado.
-Príncipe Joffrey –saludó inclinando su cabeza el dorniense, mientras Ser Jaime miraba a su sobrino con un poco de arrogancia.
-Sobrino –dijo el guardia real. –No he dicho ninguna mentira. Clegane es alguien que es bastante hábil en el arte de matar, pero hablando específicamente como espadachín, no es Aemon el Caballero Dragón. ¿O no, Clegane?
-No, Ser Jaime. –respondió el Perro, haciendo énfasis en la palabra Ser, mientras jugueteaba con su yelmo en forma canina. – Quizás no sea un gran espadachín, pero para ser un escudo juramentado no lo hago nada de mal, ¿cierto?
-En eso estamos de acuerdo Clegane –respondió Ser Jaime. La tensión entre ambos hombres era evidente. Mientras Sandor miraba con desprecio al caballero, el Lannister lo hacía con una sonrisa arrogante.
Joffrey observó esto despreocupado, mientras caminaba por el patio de armas. Se detuvo al encontrarse con una espada de entrenamiento. El príncipe la levantó y la hizo girar en sus manos mientras la estudiaba.
-He escuchado algunas historias de ti, dorniense. –dijo el príncipe, girándose para observarlo con ojos crueles. – Historias sobre cierto caballero del Valle que fue derrotado por un escudero acá en Invernalia. –el príncipe puso una sonrisa burlona, una distorsión grotesca de la de su tío. -Dime, ¿Estaba enfermo Royce cuando lo enfrentaste, o simplemente se tropezó mientras peleaban?
Edric dudó antes de responder.
-Para nada, Príncipe Joffrey. Ser Waymar estaba bastante bien de salud al enfrentarme, y tampoco se tropezó. –respondió Ed, ignorando la burla del príncipe. –Puedo decir sin temor a equivocarme que le gané en buena ley.
-Ah, pero puedo apostar a que se enfrentaron con espadas de torneo, ¿o me equivoco? – dijo Joffrey, quién frente a la afirmación algo insegura de Edric continuó hablando- Entonces no se puede decir que realmente le ganasteis. Un caballero de verdad lucha con espadas verdaderas, no con armas de juguete. Duelos así no tienen valor alguno, salvo que seas un niño.
Edric sintió como la furia se apoderaba de su ser. Pese a la mirada de advertencia de Ser Jaime, el dorniense respondió al príncipe.
-¿Puedo asumir que habéis vencido a muchos caballeros luchando con acero verdadero, Alteza? – preguntó Edric, con un toque irónico en su voz. –Digo yo, ya que habláis muy seguro de ti mismo.
-Ignoraré vuestra falta de respeto a tus superiores, escudero. –respondió Joffrey, con una rabia apenas contenida. Tras calmarse un poco, adoptó nuevamente una sonrisa cruel –Pero bueno, yo no soy quién quiere demostrar algo aquí, ese sois vos. ¿Quizás una pequeña prueba con acero real ahora mismo demostrará si realmente sois tan bueno?
-Acepto vuestro desafío, Alteza. –respondió Edric, mientras tomaba dos espadas afiladas de las que colgaban de una de las paredes del patio. –Estaré encantando de demostrar mi habilidad frente a vuestra persona.
-Ah, perfecto. –respondió el príncipe Baratheon, su sonrisa expandiéndose aún más. –Pero hay un pequeño problema. Yo no puedo pelear con un mero escudero, soy un príncipe, ¿recuerdas? Pero descuida, estoy seguro que cierta espada juramentada aquí al lado mío no tendrá problemas en enfrentarte. ¿O me equivoco, Perro?
-Toma tu espada, chico- dio por respuesta Clegane, mientras se ponía su yelmo y se ponía frente a Edric.
Ser Jaime miró con furia al príncipe y al Perro, pero se hizo a un lado. El dorniense, tras demorarse un par de segundos en procesar lo que acababa de ocurrir, se apresuró a pasar una espada a Clegane, y tomar un yelmo y un escudo para acompañar la espada que había tomado para sí mismo.
"Bueno, ahora sí que lo arruine. Perfecto Edric, lo hiciste de maravilla." pensó el dorniense mientras se colocaba el yelmo y se ponía en posición para enfrentar a Sandor. Las cicatrices de su cara desconcentraban al chico, que intentó no pensar en ellas al ponerse frente a frente con su contrincante.
El Perro solo esperó hasta que Ed levantó su escudo del suelo, antes de lanzar un golpe que podría haber dividido al dorniense en dos si es que éste no hubiera saltado hacia atrás. Sin alcanzar siquiera a recuperar completamente el equilibrio, Clegane atacó nuevamente, está vez obligando a Edric a ocupar su escudo para separar su cuerpo del acero enemigo.
La espada del Perro se incrustó profundamente en el escudo del muchacho, el que aprovechó la momentánea pausa para atacar débilmente con su propia espada al escudo juramentado de Joffrey. El golpe del dorniense fue interceptado con facilidad por el guantelete de Clegane, quién finalmente logró liberar su espada.
Ambos contrincantes se separaron un par de metros antes de continuar peleando.
-Bueno, puedo decir que he visto escuderos peores que tú. –admitió el Perro. –Hay algunos que se hubieran cagado los pantalones tras mi primer golpe… Pero eso no significa que seas bueno, Dayne.
-Entonces ven para que demuestre mi valía, Clegane. –respondió Edric.
-Si lo quieres, estaré encantado. –respondió el Perro.
El dorniense se arrepintió inmediatamente de sus palabras, porque Sandor atravesó la distancia los separaba a una velocidad increíble para su tamaño.
"Debo recordar en el futuro no hacer enojar a un gigante de dos metros con una espada" pensó Ed, mientras interceptaba con su propia espada el golpe de Clegane. El choque del acero hizo temblar dolorosamente el brazo del dorniense, quién además no pudo pararlo completamente, y tuvo que dar un paso atrás para evitar el filo del arma.
El Perro avanzó nuevamente hacia el escudero, y este tuvo que saltar a un lado para evitar ser partido en dos.
-Vaya Dayne, que aburrido eres. ¿Pero no era que habías vencido a un caballero? –se burló Joffrey, observando como Edric intentaba evitar los golpes de Clegane antes que enfrentarlos, ya que no había forma alguna de que lo venciera en fuerza.
El escudero no respondió, y tras evitar un golpe particularmente fuerte del Perro, lanzó un rápido ataque hacia uno de sus brazos. Esta vez su espada hizo contacto con una zona que no cubría el guantelete o el brazal, traspasando el acero la ropa y la piel para darle el honor de la primera sangre.
Edric saltó hacia atrás nuevamente, mientras el Perro hacia una pausa para revisar su corte.
-Parece que el pequeño dorniense sabe cómo ocupar una espada. –dijo Clegane, despreocupadamente. –Aunque quizás fue mera suerte que ese último golpe pegara en la piel y no en el brazalete.
-No lo creo, Clegane. –respondió Edric. –No habría ganado la primera sangre si es que no hubiera sabido resistir tus ataques.
-Una cosa es defender y otra es atacar –respondió Sandor Clegane, quién incluso pareció relajarse por un instante –Pero bueno, eso sea algo que deb…
-Perro. –dijo súbitamente Joffrey, interrumpiendo a su escudo juramentado. –No te he dicho que pares.
Tanto Edric como Jaime miraron con estupefacción al príncipe, mientras Clegane pareció resignado frente a sus palabras. Aun así intentó convencer a Joffrey de que recapacitara.
-Alteza, cuando uno lucha con acero afilado, lo hace a la primera sangre. Eso es lo que marca el fin del duelo. –explicó el Perro.
-¿Osas contradecirme Perro? –preguntó un ya furioso Joffrey. – ¿En serio? ¡Te estoy diciendo que sigas atacando al dorniense, ahora!
-Como ordene mi príncipe –respondió Clegane, adoptando una expresión neutral. El no-caballero esperó un par de segundos, y esta vez atacó con más furia al escudero, quién nuevamente tuvo que saltar para evitar el golpe del Perro.
-Alteza, debo reclamar contra lo que estáis ordenando. –dijo Ser Jaime a su sobrino, mientras Edric se protegía tras su escudo de los ataques del gigante. –Dayne ya cumplió con lo que se requería para terminar el duelo, que sigan peleando no tiene sentido.
El príncipe hizo oídos sordos a su tío y continuó mirando la pelea. Edric ya se estaba cansando, y solo por pocos centímetros logró evitar un golpe del Perro. Ser Jaime sabía que el escudero no podría continuar evitando los golpes por mucho más tiempo.
-Alteza, insisto.
Clegane ya había logrado acorralar al dorniense, y lanzaba golpe tras golpe contra su escudo. La fuerza de este hacía que con cada golpe el escudo se trizara un poco más, mientras Edric jadeaba con el esfuerzo de soportarlos.
Ser Jaime cerró sus puños. –Sobrino, por última vez, insisto en que paréis esto.
Joffrey no dijo nada y empezó a sonreír. Edric logró alejarse un par de metros del Perro, y con sus últimas fuerzas lanzó un grito y atacó. Clegane bloqueó su golpe y con un contraataque que el dorniense intentó recibir erróneamente con su espada, desarmó al escudero.
La espada de Ed escapó de sus manos y aterrizó a un par de metros de él. El Perro rápidamente se puso entre ella y el escudero, y apuntó con su propia espada al dorniense. Clegane miró a Joffrey como esperando instrucciones.
-Parece que mi Perro te ha dado una lección, Dayne. –dijo maliciosamente el príncipe. Edric jadeaba, pero aun así miró desafiante a Joffrey, quién al darse cuenta de esto hizo desaparecer la sonrisa de su boca y se enfureció aún más que antes – Pero creo que aún no es suficiente. Perro, ataca.
Sandor atacó antes de Edric alcanzará siquiera a reaccionar para intentar evitar el golpe. La espada de Clegane estaba por conectar con el dorniense cuando otra espada se interpuso entre ambos.
Ser Jaime había reaccionado con una velocidad sorprendente.
-Clegane, basta, es suficiente. –dijo el guardia real, quién empujó con su espada al Perro, haciéndolo retroceder un par de metros. La habitual sonrisa burlona del Lannister había desaparecido y sido reemplazada por una expresión de furia.
-Ser Jaime. –respondió Sandor, manteniendo el contacto entre su espada y la de Jaime- Sabéis tan bien como yo que no puedo desobedecer una orden del príncipe.
-Bueno, ahora lo haréis. O tendrás que pasar por encima mío para cumplirla. –desafió el Lannister.
Sandor dudo por un momento, pero antes de hacer cualquier cosa Joffrey habló.
-Vaya tío, no sabía que te preocupara tanto un dorniense. –dijo el príncipe. – ¿Acaso estás buscando un nuevo escudero?
-Simplemente intento evitar que se cometa una estupidez, alteza.- respondió Ser Jaime, sin romper el contacto visual con Sandor.- Nada más.
-Bueno, de todos modos ya estaba aburrido. –dijo Joffrey, quién hizo una seña al Perro para que parara.
Clegane dejó caer su espada al suelo y camino hasta ponerse al lado del príncipe, donde retiró su yelmo. –Por lo menos te llevaste una lección, Dayne. Nunca desafíes a un príncipe. Vamos Perro, es hora de buscar algo de desayunar en esta pocilga.
Dicho esto, Joffrey comenzó a caminar hacia una de las salidas del patio de Invernalia, seguido por los capas rojas. Clegane espero un momento antes de seguir a su amo, dejando a Ser Jaime y Edric solos.
-Mi sobrino, es… un perfecto idiota, Dayne. –dijo el Lannister, envainando su espada. –Sería ideal que alguien le diera una lección, pero lamentablemente es el hijo y heredero de nuestro querido Rey Robert, así que no sería muy inteligente intentarlo. Tenlo presente en el futuro.
-Lo intentaré, Ser Jaime, -respondió Edric, mirando fijamente la salida por la que instantes antes había pasado Joffrey y sus acompañantes. - Pero algo me dice que si permanezco cerca de él, más temprano que tarde volverá a ocurrir algo como lo de hoy.
-¿Cuántos años tienes? –pregunto de súbito el Lannister.
-Trece, cumpliré catorce la próxima luna. –respondió el dorniense.
-Clegane tiene treinta, y mató a su primer hombre a los doce. –respondió secamente Ser Jaime, con una mueca de disgusto. –Incluso yo recién maté a mi primer hombre a los quince. A tu edad todavía participaba en torneos de escuderos.
El guardia real lo miró con una expresión seria antes de continuar. -Todo tiene que ser a su debido tiempo Dayne. porque debes estar seguro de una cosa. Si tratas de enfrentarte a mi sobrino, es porque estás dispuesto a poner en riesgo tu vida. Golpear a alguien de sangre real no es algo trivial, hombres han sido mutilados por hacerlo, otros incluso fueron ejecutados. Tenlo presente la próxima vez.
-Está bien Ser Jaime, me mantendré alejado de él. –dijo el escudero, de mala gana.
-Eso espero, por tu propio bien. –Ser Jaime suspiró, y puso una cara de aburrimiento. –Bien, creo que es suficiente por hoy. Anda a comer algo y ve donde Lord Stark. Estoy seguro que no debe aprobar mucho que pases en compañía mía.
-Lo haré –respondió Edric. –Nos vemos, Ser Jaime.
El escudero salió por una de las puertas del patio, con el guardia real observándolo mientras se alejaba. El caballero sacudió su cabeza antes de sonreír y hablarse a sí mismo.
-Espero que pueda ayudar a tu sobrino a convertirse en alguien mejor que yo, Arthur. Donde sea que estés.
Ser Jaime recogió sus cosas y se retiró hacia su habitación.
-*-*-*-*.
Edric no podía dormir.
Pronto partirían desde Invernalia hacia el sur. Además de Edric, Lord Stark llevaría a sus hijas y a Bran, a quién su señor padre estaba buscándole un caballero que lo tomara como escudero. Jon partiría al Muro junto a Benjen Stark y Tyrion Lannister. Solo Robb y Theon se quedarían en la fortaleza norteña, junto a Lady Stark y Rickon.
El largo verano había acabado, y con ello la infancia de los jóvenes de Invernalia.
Al día siguiente, los Stark, Edric y la mayoría de la comitiva real irían en una cacería en honor al Rey Robert, quién llevaba toda su estadía hablando de lo mucho que quería cazar un venado norteño. Estos nobles animales no escaseaban en el Bosque de los Lobos, así que se esperaba un buen botín.
Pero eso sucedería recién al día siguiente, y era en esta noche cuando el escudero no lograba conciliar el sueño.
Tras darse vuelta tras vuelta en su cama, finalmente el dorniense se levantó. Sin realmente pensar o tomar conciencia de lo que estaba haciendo, salió de su recámara y empezó a caminar por los pasillos del castillo. Lo hacía lentamente, como en un sueño. Con cada paso que daba su ansiedad crecía.
Salvo algunos guardias, Invernalia dormía. Edric giró al final de un pasillo, e inconscientemente comenzó a caminar hacia una de las puertas de la fortaleza que daba al Bosque de Dioses. La puerta no estaba vigilada, y Edric caminó sin ser molestado entre los árboles y manantiales. Aquel nerviosismo que sentía en lo más profundo de su ser fue disminuyendo, hasta finalmente desaparecer cuando llegó a su objetivo.
Edric parpadeó.
El arciano gigantesco que actuaba como árbol corazón del Bosque de Dioses de Invernalia, se extendía por delante de él. De un momento al otro, el dorniense tomó conciencia de lo que estaba haciendo. Estaba preguntándose qué demonios estaba haciendo ahí, cuando el viento empezó a soplar.
No era un viento frío, era uno cálido como el de una tormenta, que parecía estar a la misma temperatura del propio Edric. Durante un momento pensó lo curioso de esto, pero entonces se dio cuenta de algo mucho más extraño.
Solo las hojas del arciano se mecían por el viento. Todos los demás árboles se mantenían quietos. como si estuvieran en medio del vacío. Un gran cuervo negro revoloteó, y luego descendió sobre las ramas del árbol-
Entonces escuchó la voz.
-Edric- susurró una voz fría como la noche y suave como la oscuridad. –Edric…. – pronunciaba dicha voz, que provenía de ninguna parte y al mismo tiempo resonaba dentro de la cabeza del dorniense.
-¿Quién habla? –preguntó el dorniense, con el corazón en la garganta. No era ningún cobarde, pero lo que estaba pasando lo sobrepasaba – ¡Dad la cara ahora!
-Edric. –repitió la voz. – Los tuyos han olvidado muchas cosas, pero aún no es tarde para recordar, y evitar.
-¿Olvidado? ¿De qué estáis hablando? ¿Evitar que cosa? –preguntó el escudero, cada vez más asustado.
-Evitar el fin de todas las cosas, joven Dayne.
El dorniense tragó saliva, y no se atrevió a responder nada.
-Si queréis verme, toca el arciano. Haz aquello que tus antepasados olvidaron.
Edric dudó, pero nuevamente sintió como su cuerpo se movía sin que se lo ordenara. Antes de poder evitarlo, su mano tocó la corteza blanca del árbol.
En el instante inmediatamente posterior pasaron varias cosas. El cuervo graznó, el suelo desapareció y la oscuridad lo envolvió. El dorniense sentía como caía por un espacio infinito, en la ausencia más absoluta de luz. Intentó gritar, pero se dio cuenta de no sentía su cuerpo. Ni siquiera podía mover los ojos.
Tan inesperadamente como empezó, la caída terminó. Delante de Edric, una figura se materializó en medio de la oscuridad.
Su piel era blanca como la leche, al igual que su largo cabello. Pero la ropa que cubría su cuerpo era negra como la noche, y en su cara se veía al mismo tiempo la pureza de la juventud, y la sabiduría de quién ha visto el final de mil mundos.
La figura solo tenía un ojo, y era rojo, rojo como la sangre… y estaba mirando directamente a Edric.
Sé que tienes muchas preguntas, pero no puedo responder ninguna antes de que me dejes hablar. –dijo la figura, con una voz rasposa a la vez que fresca, como el agua del deshielo sobre las rocas de una montaña. El hombre –si es que era posible definirlo como tal- hizo una pausa como la que haría un humano para respirar, antes de continuar.
-Los primeros miembros de tu Casa seguían a los antiguos dioses, los dioses verdaderos de esta parte del mundo. Yo no soy uno de ellos, en cierto tiempo fui un hombre como tú. Pero ahora soy su mensajero.
Mientras la figura hablaba, esta desapareció y fue reemplazado por imágenes. Edric vio a un hombre vestido con una armadura de bronce cabalgando en el desierto. En el horizonte se veían unas montañas rojas, y la noche comenzaba a retirarse para dar paso al día.
Una estrella brillaba de una forma que el dorniense nunca había visto en su vida, mucho más que el ojo del Dragón de Hielo, o la propia Estrella del Alba... y ante su estupefacción la estrella se movía, cayendo poco a poco en el horizonte, hasta que desapareció tras una montaña.
La imagen cambió, y ahora el hombre estaba en una isla, a la mitad de un río que Edric reconocía como el Torrentino. El caballero había atado a su caballo a un árbol, y avanzaba a pie hacia un cráter en medio de la tierra. Se asomó por un borde del agujero, y Edric vio que en su fondo no había simplemente más tierra, sino que una gran roca de un blanco inmaculado. El hombre tras dudarlo un instante, avanzó hacia la roca.
Nuevamente la visión cambió, y fue reemplazada por el mismo hombre en armadura, arrodillándose delante de un arciano. Retiró el yelmo de bronce de su cabeza, y Edric pudo ver que el cabello del hombre era tan pálido como el suyo. El hombre murmuraba arrodillado con sus ojos cerrados, hasta que el viento sopló y meció las hojas del árbol. El hombre abrió sus ojos y eran púrpuras.
Con los milenios los hombres olvidaron muchas cosas. De aquello que debe y no debe ser. De la antigua alianza, del Gran Enemigo, e incluso de los propios dioses.
La imagen ahora mostraba a un ejército batallando en medio de una tormenta de nieve.
El ejército de hombres estaba peleando contra figuras lentas, pero horriblemente numerosas, que los atacaban siguiendo órdenes de humanoides blancos a lomos de caballos.
Al acercarse a ellos, Edric lanzó un grito. Tanto los caballos como las figuras a pie estaban muertas. Ningún ser podría estar vivo con las heridas que ellos tenían, pero parecía que alguien no se los había contado. En cuanto a los jinetes de los caballos muertos, parecían estar vivos, pero el color de sus ojos era de una azul tan profundo que solo verlos te hacía estremecer.
Una de las figuras blancas levantó su espada y gritó, apuntando con ella a los hombres. Tras ello, una marea de muertos vivientes atacó al ejército, siendo repelidos con antorchas y flechas incendiarias. El caos se desató cuando los primeros espectros llegaron a las líneas del ejército, atacando con hachas, espadas derruidas, e incluso con las manos desnudas a los vivos. Todo bajo la mirada expectante de los caminantes blancos, que permanecían impávidos frente a la masacre que ocurría a poca distancia.
Un hombre a caballo, con una espada llameante en sus manos, pasó junto a otros jinetes por encima de los muertos vivientes. Luego de ello, encabezó una carga desesperada en contra de las figuras blancas. Estas los recibieron con espadas que parecían de hielo. Edric vio con horror como las espadas de los hombres se trizaban al cruzarse con las de los Otros. En pocos segundos, casi todos los caballeros fueron rechazados…
Exceptuando al de la espada en llamas… y a otro que tenía una espada blanca que Edric conocía muy bien.
-¿Albor? –pensó el dorniense, mientras la visión continuaba. Pese a que tanto el portador de Albor como el de la espada en llamas lograban hacerle frente a los demonios de hielo, estaban seriamente superados en número, y no parecía que podrían resistir por mucho tiempo.
Hasta que inesperadamente, flechas de piedra negra empezaron a caer sobre las figuras de hielo, las que al ser impactadas por ellas lanzaron aullidos inhumanos, antes de disolverse como la nieve frente al fuego.
Edric giró para observar la retaguardia del ejército de los vivos, donde estaban los arqueros. Advirtió que no eran hombres. Su tamaño los ponía al nivel de niños, pero sus facciones delicadas y bellas, extraño color de piel y las vestimentas que ocupaban dejaban en claro que no eran humanos.
El hombre con la espada en llamas terminó enfrentándose con el último de los demonios en un combate singular. Intercambiaron golpes hasta que finalmente, la espada en llamas rompió la espada de hielo del demonio. El héroe no dudo en atravesar con su arma el corazón del Otro. La figura de hielo lanzó un aullido antes de morir y se derritió, formando un charco de líquido en medio de la nieve.
Luego de caer la última figura blanca, todos los espectros que quedaban se desplomaron, inertes. Los sobrevivientes del ejército humano comenzaron a abrazarse y a corear el nombre de su salvador.
-¡Azor Ahai!, ¡Azor Ahai! –gritaban los humanos, levantando sus armas hacia el cielo.
Después de la batalla, y la propia tormenta de nieve, tanto los hombres como las extrañas figuras caminaron hacia un bosque de arcianos, arrodillándose frente a uno especialmente grande. Allí rezaron juntos, hasta que el viento nuevamente empezó a mover las hojas rojas del árbol.
A fuego y acero se quemaron los arcianos, y se asesinó a quienes los veneraban. Quienes sobrevivieron fueron obligados a venerar dioses extranjeros, extraños a Poniente.
La visión cambió, y el corazón de Edric dio un vuelco al ver Campoestrella.
Una doncella de cabello plateado, no mayor que Sansa, estaba arrodillada frente al árbol corazón del Bosque de Dioses. Llorando. El dorniense no reconocía el bosque, los recuerdos que tenía de su infancia le indicaban que el árbol corazón era un roble, uno bastante grande y atemorizante, pero bajo ningún motivo un arciano como el que veía ahora.
Mientras pensaba en ello, otra figura femenina entró a la visión. Una mujer de edad mediana, con el cabello negro y los ojos púrpuras. Claramente era la madre de la doncella llorando. Se acercó a ella y empezó a reconfortarla. La joven lloró un par de instantes más, antes de levantarse junto a su madre y partir del lugar.
La imagen cambió y ahora la doncella estaba en el septo de Campoestrella, en una ceremonia que no podía ser otra que su matrimonio. El hombre que sería su esposo no era bajo ningún motivo un Dayne, poseyendo cabello dorado y ojos celestes. Era clara la división étnica entre los asistentes al matrimonio, primeros hombres por un lado y ándalos por el otro. Aun así, casi todos los hombres presentes eran del grupo del esposo. El matrimonio terminó con un beso forzado entre los novios, que salieron caminando del septo.
Y ahora la visión volvía al Bosque de Dioses, donde para horror de Edric el arciano había sido rodeado por cuerdas y una docena de leñadores. El septón estaba leyendo en voz alta un trozo de La Estrella de Siete Puntas a un pequeño público, entre los que se contaban los recién casados. La doncella apenas podía contener las lágrimas.
El septón finalizó de hablar, cerró el libro y miró al nuevo esposo de la joven Dayne. El ándalo dio una señal de asentimiento a los leñadores y estos comenzaron a trabajar. Las hachas de acero se hundían en la madera blanca del arciano, cada vez más profundamente, haciendo correr la savia roja del árbol. Poco a poco fue despedazado, hasta que los hombres soltaron las hachas y comenzaron de tirar las cuerdas, y no cesaron hasta que el anciano árbol corazón cayó.
La doncella Dayne lanzó un grito, y la visión se desvaneció.
El tiempo pasó. Héroes, reyes y hombres comunes nacieron, vivieron y murieron. Los dioses fueron olvidados en el Sur, pero en el Norte resistieron, porque ahí los hombres aún sufren por los vestigios del pasado. Un pasado que puede volver.
La visión mostró un paisaje dominado por la nieve, en el cual elevaba una gigantesca montaña blanca, que más que una montaña parecía un glaciar gigantesco. Edric fue asaltado por un tipo de miedo que no había sentido jamás en su vida, ni siquiera cuando supo que padre iba a morir, o cuando tenía pesadillas sobre Estrellaoscura.
El dorniense sabía que dentro de esa montaña estaba la muerte. Encerrada, pero intentando salir. Y en lo más profundo de su ser, comprendió que estaba a punto de lograrlo.
Y su horror se confirmó cuando una parte de la montaña-glaciar se vino abajo, dejando a la vista un túnel hacia su interior.
De ese túnel surgió una figura. Sus movimientos poseían una gracia sobrehumana, al igual que todo su cuerpo. Su piel era blanca como la nieve, pero su ropa y la corona que llevaba en su cabeza eran de una piedra negra que parecía absorber la luz a su alrededor. Sus ojos eran de un azul que irradiaba odio.
La figura miró hacia su alrededor y levantó sus brazos. Una tormenta de nieve comenzó, ocultando el glaciar y al Rey de la Noche.
Lo que viste fue algo que ocurrió hace casi ciento cincuenta años. La magia que antaño era tan fuerte llevaba siglos muy debilitada, y la muerte de los dragones, magia hecha carne, acabó con la poca que quedaba. Sin magia reteniéndolo, el Gran Otro quedó nuevamente libre.
Ya no había más visiones. Edric había vuelto a la oscuridad inicial con la que había iniciado el viaje onírico, y el hombre albino vestido de negro estaba otra vez delante de él. La figura continuó hablando.
Durante el tiempo que ha pasado desde que quedó libre, él ha estado reconstruyendo su ejército de muertos, y esperando el momento preciso para atacar. La magia ha desaparecido casi totalmente en el Sur, pero en el Norte todavía existen vestigios de ella, el más grande de todos ellos es El Muro.
Mientras se mantenga en pie, los Otros no podrán pasar y habrá esperanza. Pero se acerca el momento en el que El Muro caerá. La humanidad reunirá todas sus fuerzas para resistir a los muertos, pero no será suficiente. Solo recurriendo a los Antiguos Dioses se podrá derrotar nuevamente al Rey de la Noche.
-¿Y qué tengo que ver yo en esto? –preguntó Edric a la figura, luego que esta finalizara de hablar –Solo soy un escudero, ¿Por qué me dices lo dices a mí?
-Porque tú tienes un papel importante que cumplir para evitar el fin. He visto el pasado y el futuro, Dayne. Para los arcianos el tiempo pasa de una forma que nosotros no podemos comprender. A mí también me llamaron los Antiguos Dioses cuando era un simple hombre. Ahora me toca llamar a alguien más, alguien que tiene que desempeñar un papel en todo esto… hubo otro antes que ti, pero me equivoque con él. –admitió el albino, diciendo lo último con algo parecido a la inseguridad.
Pero cuando volvió a hablar, esa duda había desaparecido. – Pero no me equivocaré contigo. Ahora en Invernalia están las dos personas que cumplen las profecías más antiguas de nuestros, dos personas que salvarán al mundo de los Otros. Pero mi poder solo alcanza para comunicarme con uno de ellos, y si lo hago, perderé casi todo mi poder para influenciar en el resto de Poniente. Por eso recurro a ti.
-¿Qué tengo hacer? ¿Quiénes son esas personas?
-Faltan todavía algunos años para que el Muro sea atacado en fuerza por los Otros, pero los acontecimientos que llevan a su caída ya comenzaron. –respondió la figura. –No te pediré muchas cosas, pero cuando lo haga debes cumplirlas, o todos a quienes quieres estarán condenados a morir en el frío y la oscuridad.
-¿Acaso estás amenazándome? No te tengo miedo. –Edric se hubiera erguido si pudiera, pero no podía moverse.
-No es a mí a quien debes tener miedo, dorniense. Es al Gran Otro al que debes temer. –El escudero se estremeció al recordar la figura del glaciar, y la figura pareció notarlo. Satisfecho, continuó hablando. –Descuida, no eres tú quien debe enfrentarse a él. Pero tú debes ayudarme a lograr que las profecías se cumplan. ¿Estás dispuesto a ello?
-¿Tengo otra opción?
-No si quieres salvar a los que quieres. Escúchame atentamente. Mañana habrá una cacería en Invernalia. Debes convencer a Brandon Stark y a Jaime Lannister que asistan a ella. Pase lo que pase, ambos no pueden quedarse en Invernalia. Basta con que uno vaya a la cacería, pero bajo ningún motivo se ambos pueden quedar en el castillo.
-¿Bran y Ser Jaime? ¿Por qué ellos?
-Eso no es importante ahora. Cuando sea necesario, te diré por qué.
-Entonces, ¿solo debo hacer eso?
-Por ahora. Más adelante deberás hacer más cosas. Te llamaré como lo hice esta noche, sentirás una necesidad irresistible de acercarte a un arciano, y al tocarlo, te encontrarás conmigo y te explicaré lo que deberás hacer.
-Está bien, digamos que lo hago, ¿cómo debo llamarte?
-Ya nadie me llama así, pero cuando era un hombre me llamaba Brynden, Brynden Ríos.
Edric abrió profundamente sus ojos, pero antes poder decir algo Cuervo de Sangre habló.
-Sí, esa misma persona soy, o quizás fui. El tiempo pasa de forma extraña para mí. No es momento de que te explique cómo llegué acá. Cumple con lo que te dije Dayne, por el bien de todos. No le hables a nadie de mí, te creerán loco. Ocúpate de tu vida y has todo normalmente, pero recuerda que en cualquier momento puedo requerir nuevamente de ti.
-Lo haré.
-Los cuervos son mis amigos, Dayne. Ellos te avisarán cuando algo importante ocurra. Si uno se comporta extraño cerca de ti, debes saber que algo pasará. Eso es todo, no me falles.
Cuervo de Sangre desapareció, y Edric se encontró nuevamente en el Bosque de Dioses. El cuervo que se había posado en el arciano antes de que empezara la visión lo miró por un instante, antes de alzar el vuelo graznando. El viento dejó de soplar y comenzó a hacer frío.
El dorniense se quedó unos instantes mirando al árbol corazón antes de volver al castillo. No pudo dormir en el resto de la noche.
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Dos días después, la comitiva del rey y sus acompañantes partió al sur junto a los norteños. Bran y Arya cabalgaban a los costados de Edric, justo por detrás de Lord Stark.
-Sigo sin creer que el Rey haya podido matar tan fácilmente a ese ciervo, era gigantesco. –dijo Bran, recordando al animal que había tenido la mala suerte de encontrarse con Robert Baratheon. –Tenía una cornamenta gigantesca, podría incluso haber matado un caballo con ella.
-Quizás la flecha que le lanzaste lo debilitó demasiado como para seguir peleando. -respondió Edric, sonriendo. -Qué bueno que hayas ido con nosotros a cazar.
-La verdad es que quería quedarme en Invernalia, hace mucho tiempo que no tenía oportunidad de escalar los muros. –admitió el norteño. -Pero bueno, creo que tomé una buena decisión. Gracias por convencer a mi padre de que me invitara, Edric.
-No hay de que Bran. –respondió el dorniense, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda al recordar a Cuervo de Sangre.
El Camino Real avanzaba como una serpiente por la llanura norteña. Pronto llegarían a El Cuello, y comenzarían las ciénagas. Luego de ello estaría Foso Cailin, y más allá, las Tierras de los Ríos y el Sur.
Ed respiró profundamente, disfrutando el aire norteño. Estaba triste por tener que dejar aquel lugar que consideraba su hogar, pero se animaba pensando que en el futuro podría volver… y que cuando lo hiciera, quizás lo haría con una espada blanca en su espalda.
