N.A: Este es el último capítulo de transición antes de que todo estalle. Aún con todos los cambios en este AU la guerra es inevitable, que aunque llegue de manera parecida, no será idéntica… y todo el desarrollo de la guerra será diferente. Se aceptan críticas y consejos, pero lo mas importante: gracias por seguir la historia.

301 A.L. –Desembarco del Rey, capital de los Siete Reinos.

-Mi señor mano, lamento interrumpiros a esta hora. Hay un hombre de la Guardia de la Noche que desea veros. –dijo Jory Cassel en la puerta del despacho de Lord Stark. El capitán de su guardia estaba acompañado de un par de guardias que vestidos con capas grises y espadas cortas escoltaban al cuervo.

-Gracias Jory, lo recibiré. –dijo Ned, sentado tras un escritorio, vestido todavía y bastante despierto. Los deberes como Mano del Rey le habían hecho quedarse trabajar hasta tarde leyendo mensajes y escribiendo cartas para nobles del reino.

El capitán hizo una reverencia y se retiró junto a sus hombres. El guardia de la noche avanzó y tras un ademán de Ned tomó asiento.

-Lord Stark, agradezco que me recibáis a esta hora. –comenzó el cuervo, completamente vestido de negro. Su barba desenmarañada y su postura encorvada le daban un aspecto siniestro–Mi nombre es Yoren y soy un cuervo errante. Preferí hablar con vos ahora en vez de tener que esperar a esperar mi turno como un tonto en la audiencia del rey, si es que me permitís el exabrupto.

-No os preocupéis Yoren, un miembro de la Guardia de la Noche en servicio siempre será bien recibido por un Stark de Invernalia. –respondió el Señor del Norte, ofreciéndole una copa de vino que sacó de un jarro. El guardia de la noche la aceptó gustoso. –Sospecho que es lo que queréis, pero de todos modos necesito que me lo confirmes, ¿qué es lo que necesitáis?

-Lo mismo que ha necesitado la Guardia los últimos siglos: hombres, armas, provisiones y caballos. –respondió el cuervo, saboreando el vino. –Pero no es ello lo que quería conversar con vos.

-En ese caso, soy todo oídos –respondió el norteño, curioso.

-El Lord Comandante me mandó hacia el sur en compañía de un personaje muy curioso. El hermano menor de la reina que había ido a visitar El Muro. –dijo Yoren, mientras tomaba más vino. –Durante el camino pasamos por Invernalia. –esto último captó aún más la atención de Ned.

-Ya veo. –dijo Eddard mirando fijamente al guardia de la noche. –Espero que mi hijo haya cumplido correctamente con sus obligaciones de anfitrión.

-Así fue, Lord Stark. –respondió el cuervo. –No tengo nada que reclamar de la hospitalidad mostrada por vuestro hijo. Cumplió como anfitrión de una manera excelente, tanto conmigo y mis compañeros como con el pequeño Lannister.

El semblante de Ned se relajó bastante luego de ello. Yoren continuó.

-Vuestro hijo me pidió que os mandara sus saludos, y vuestra esposa os mandó esta carta. –dijo el guardia de la noche mientras sacaba una arrugada misiva desde un bolsillo adentro de su capa. –Me hizo jurar que solo os la entregaría a vos.

Extendió la carta hacia Ned quién la tomó y la guardó.

-Os agradezco por ello.

Yoren hizo un ademán y apuró la copa de vino.

-Bueno, cumplí con lo que me pidieron, ahora a los negocios. A nombre de la Guardia de la Noche, os pido ayuda como Mano del Rey en conseguir hombres y provisiones para el Muro.

-Contad con ello. Daré instrucciones al capitán de mi guardia para que se mantenga en contacto con vos y consigáis lo necesario. Convenceré al rey de vaciar los calabozos y de que ocupe su influencia para que algún hijo menor decida vestir el negro. –respondió el Guardián del Norte.

-La Guardia agradece vuestra ayuda, Lord Stark. –dijo Yoren, levantándose de la silla. –Por hoy debo retirarme, hasta un cuervo necesita descansar tras un viaje.

-Hablaremos luego, Yoren. –dijo Eddard mientras lo acompañaba a la puerta. La abrió y afuera se encontró con Jory Cassel. –Jory, por favor conseguid un buen alojamiento para Yoren y sus compañeros, ha sido un largo viaje desde el Muro.

-Como ordene mi señor. –respondió el norteño. Dio una instrucción a otro guardia y ambos acompañaron a Yoren fuera de la Torre de la Mano. Ned los vio partir y luego cerró la puerta, para luego volver a su escritorio a abrir la carta de Catelyn.

El sello del huargo estaba intacto. Ned lo rompió con un abrecartas y comenzó a leer. Era una carta no muy larga, en la que Cat le expresaba como los extrañaba a él y a sus hijos, y le hablaba de lo bien que se estaba desempeñando Robb como Señor de Invernalia en su ausencia. Sin embargo la parte final de la carta fue lo que le llamó la atención.

"(…) Rickon me pregunta mucho por ti, es muy pequeño así que te extraña, como todos lo hacemos. No hay ninguna novedad, el Norte ha estado extrañamente tranquilo los últimos meses. Por último antes de despedirme, el maestre Luwin me recordó sobre el mensaje que recibimos desde lo alto de las montañas, y tiene la esperanza que pronto encuentres respuestas sobre el asunto del viejo halcón."

Ned terminó de leer la carta y la puso sobre una vela encendida, soltándola solo cuando estaba totalmente encendida. Las palabras de Cat eran peligrosas y podían atraer la atención de personajes indeseados. Estaba claro porque no las había enviado por cuervo y porque hablaba tan vagabamente, de una forma que solo ella, él y el maestre Luwin podrían entender.

Eddard se tapó la cara con las manos de cansancio y suspiró un momento. La búsqueda de evidencia en el asesinato de Jon Arryn no había dado resultados hasta ahora, lo máximo que había logrado recopilar interrogando a los miembros del Consejo Privado, a Lord Royce y a aquel desgraciado escudero que había terminado siendo asesinado por Gregor Clegane en el Torneo de la Mano, se limitaba a que su padre adoptivo había estado preguntando sobre los bastardos conocidos del Rey, y había estado leyendo un libro muy tedioso sobre antiguos linajes. El significado de todo ello eludía a Eddard.

Mañana visitaría una herrería en la Calle del Acero, donde había acudido Lord Arryn con el hermano del Rey, Stannis, poco antes de su muerte. Quizás ahí encontraría respuestas.

-*-*-*-*.

La armería de Tobho Mott se encontraba al final de la Calle del Acero, en lo alto de la Colina de Visenya. Recién amanecía en Desembarco del Rey cuando Lord Stark y sus compañeros entraron a la tienda. Solo Edric y unos pocos guardias acompañaban a la Mano del Rey, vestidos sin el lobo huargo en los jubones y con capuchas que ocultaban su identidad. Según lo que Eddard había logrado averiguar, tanto Lord Arryn como Lord Stannis habían acudido al maestro armero justamente antes de la muerte del primero y de la huida del segundo, así que intentaría tomar todas las precauciones posibles para no compartir el destino de su predecesor.

Las puertas de la herrería eran de ébano negro y arciano blanco enfrentados. Adentro se escuchaba el resonar de un yunque en plena faena junto con el sonido de alguien dando órdenes mediante gritos. Espadas y dagas adornadas con joyas colgaban de las paredes junto a escudos, yelmos y armaduras de todos los tamaños y colores. En el mostrador lo recibió una sirvienta delgada y pecosa de mediana edad, quién les iba a preguntar por su identidad cuando Lord Stark se sacó su capucha, siendo imitado por sus compañeros. La mujer inmediatamente lo reconoció.

-Necesito que le digas al maestro Mott que la Mano del Rey requiere de su presencia. –ordenó Lord Stark. La muchacha asintió y rápidamente desapareció detrás de una persiana, escuchándose sus pasos alejándose del mostrador. Poco después el mismísimo armero apareció en el mostrador. Ancho de hombros como todo armero y con una barba que haría envidiar al mismísimo Rey, el essosi era un hombre en la mitad de su vida, con experiencia pero vitalidad al mismo tiempo.

-Lord Stark. -saludó con una reverencia el herrero. –Me honra que acudáis a mi tienda. ¿Queréis un poco de vino?

-No, pero agradezco vuestra hospitalidad. –respondió el norteño.

-Supongo entonces que deseáis ver mis obras, -dijo el herrero, al tiempo que alcanzaba un baúl desde un rincón y mostraba su contenido a la Mano del Rey. –Soy el mejor herrero de la capital y probablemente de todo Poniente. Soy el único que aún sabe trabajar acero valyrio, cortesía de mis maestros en Qohor, y además puedo pintar el metal sin ocupar pinturas. Podría haceros un yelmo con forma de huargo que asustaría hasta al mismísimo Lord Tywin, o pintar vuestra armadura de un negro que haría palidecer a las capas de la Guardia de la Noche. Todo eso podría hacer, pero os advierto que mis precios no son bajos. –finalizó el parlanchín armero, mientras mostraba las exquisitas dagas, guanteletes y yelmos que habían dentro del baúl.

-No vengo a ver vuestras mercancías, maestre herrero. Vengo a haceros unas preguntas. –dijo Lord Stark mirando fríamente a Mott, con una voz seria como el invierno.

El ambiente inmediatamente se enfrío. El herrero quedó paralizado un instante antes de proceder rápidamente a cerrar el baúl y hacer una seña a Eddard para que lo siguiera. Lord Stark lo siguió y a su vez hizo un ademán a Edric para que fuera con él.

Tobho Mott los dirigió hacia una habitación sin puerta adyacente a la propia forja, donde se lograba ver a un aprendiz un poco mayor que Edric pero mucho más fornido trabajando en ella. Lord Stark lo miró curioso un momento antes de entrar a la habitación. Adentro había dos bancas alrededor de una mesa en las que el anfitrión y la Mano se procedieron a sentar, mientras Edric quedaba de pie al borde la habitación. Después de servirse una copa de vino el herrero comenzó a hablar.

-Soy un buen súbdito, Lord Stark. –dijo mientras miraba curiosamente al norteño, jugueteando con la copa de vino en sus dedos- Así que pese a lo extraño de vuestra petición, escucharé vuestras palabras.

-Os agradezco por ello, -dijo Eddard, con ambos manos por sobre la mesa. –Iré directo al grano, necesito saber qué fue lo que hizo Lord Arryn, mi predecesor como Mano del Rey, cuando vino a veros hace algunos meses. ¿Vino a pediros una armadura nueva o algo parecido?

-Lord Arryn. –dijo Mott, meditando un momento. –Ah sí, recuerdo que vino junto a Lord Stannis a la tienda. Es curioso, no vino a comprar nada, al igual que vos vino a hacerme unas preguntas.

Lord Stark se tensó. -¿Y qué os preguntó?

-Sobre el muchacho –respondió el herrero, apuntando con un dedo detrás de Edric. Al darse vuelta tanto el norteño como el escudero se dieron cuenta de que estaba hablando del aprendiz que habían visto antes de entrar a la habitación.

-¿Vuestro aprendiz? –preguntó incrédulo Lord Stark.

-Sí, ese mismo. –respondió despreocupadamente Tobho Mott. –De hecho no han sido los únicos. La última vez que Lord Renly vino junto a Ser Loras para pedirme que le arreglara su bonita armadura de hojas verdes también me preguntó por él.

-¿Y qué os preguntaron?

-Nada fuera de lo común. –respondió Mott. – Como estaba el chico, si era un buen aprendiz, si cumplía con sus obligaciones correctamente, si sabía manejar el martillo de guerra. –los ojos del herrero parpadearon frente a la última frase.

-Ya veo. –dijo Lord Stark, pensativo mientras miraba fijamente al muchacho. Luego de unos instantes sacó una bolsita con monedas desde un bolsillo y la dejo sobre la mesa. –Maestro Mott, agradezco vuestro tiempo. ¿Habría algún problema si es que habló un instante con el muchacho?

-Para nada, Lord Stark. –respondió el herrero, que hizo desaparecer rápidamente la bolsa entre sus ropajes. –Hablad todo lo que queráis con el muchacho, pero os advierto que no es un muchacho particularmente brillante, así que no creo que tenga conocimiento de algo que sea de importancia para vos.

-Ya veremos, maestro Mott. –respondió el norteño, mientras se paraba y caminaba hacia la forja para hablar con el muchacho. Edric se disponía a seguirlo cuando el herrero lo aferró del brazo haciéndolo detener.

-Discúlpame muchacho, pero no puedo evitar hablarle al primer Dayne que ha visitado Desembarco desde que yo llegue a Poniente. –dijo el herrero, escaneando rápidamente la cara de Edric.

-Maestre Mott… -empezó Edric, incómodo frente a la atención que recibía del essosi. – ¿En qué puedo serviros?

-Dime muchacho, ¿hay algún objeto que te haya llamado particularmente la atención de los que has visto en mi tienda? –preguntó el herrero, con una sonrisa que resultaba algo incómoda para el escudero –Nadie puede negar la belleza de mis obras, y créeme cuando te digo que son incluso más duras y afiladas de lo que parecen. Hay algunas técnicas en Qohor que ningún herrero sin ciertas… habilidades puede imitar.

-Bueno, la verdad es que… -empezó a responder el dorniense, aún incómodo pero sin poder desmentir la afirmación del herrero. Con todo el cariño que le tenía a Mikken, sus obras eran simples hierros con formas en comparación a las del essosi. El dorniense había mirado de reojo varias dagas y escudos, pero nada le llamó la atención tanto como una cota de malla blanca como la nieve que colgaba de un estante. Mientras la miraba, el muchacho pensó que si la usara casi parecería un miembro de la Guardia Real. –Había una cota de malla cerca del mostrador, era blanca como un arciano, nunca había visto un color así en el metal.

-Ah. –musitó Tobho Mott, evidentemente satisfecho por las palabras del escudero. –Tienes buen ojo muchacho. Esa malla la traje desde Qohor, es más liviana y dura que una común y estuve varias noches traspasándole cuidadosamente el color para que fuera única. Pensaba en obsequiársela al Príncipe Joffrey, pero según me han dicho no es alguien que se destaque en el uso de las armas, así que dudo que hiciera uso de ella y mis obras no están para que se queden juntando polvo en una pared.

-Así es, Joffrey no es alguien al que le guste, eh, combatir. –dijo sombrío el dorniense, recordando esa mañana en el patio de armas de Invernalia donde tuvo que enfrentarse al Perro tras haber desafiado al principito.

-Bueno, en ese caso, lleváosla. –dijo el herrero, frente a la incredulidad de Edric. –Hasta ahora nadie ha querido pagar por ella y ya me aburrí de que este ahí colgada. Pero bueno, tampoco crees que lo hago por puro altruismo. –el herrero volvió a sonreír de una manera no tan amigable, mostrando esta vez que le faltaban un par de dientes. –Digamos que si en el futuro vuelves a Desembarco y ya tienes esa bonita espada de tu familia, a cierto herrero no le incomodaría que le dejaras examinarla.

Edric meditó un momento las palabras del herrero. La oferta era tentadora, pero dudaba que hacer un uso así de Albor – y eso si es que alguna vez lograba portarla- sería algo honorable. Estaba a punto de rechazar la oferta del herrero, pero este no espero la respuesta del muchacho y salió de la habitación, caminando de vuelta hacia la entrada de la tienda. Edric salió detrás de él pero se acercó a Lord Eddard, que estaba conversando con el aprendiz del qohoriense. Alto, ancho de hombros, de ojos azules y pelo oscuro como la noche, lo primero que pensó el dorniense era en lo mucho que se parecía a Renly Baratheon. Justo en ese momento Lord Stark estaba preguntándole algo.

-Cuando la anterior Mano del Rey vino a verte, ¿qué preguntas te hizo, Gendry?

-Nada muy importante, mi señor. –respondió el muchacho. –Me preguntó si me trataban bien en la forja, si me gustaba lo que hacía y cosas por el estilo. Ah, y me preguntaron por mi madre, tanto la antigua Mano como Lord Baratheon cuando vino.

-¿Por tu madre? –preguntó Lord Stark, aunque su cara no se veía tan sorprendida como su tono de voz aparentaba.

-Sí, me preguntaban si la recordaba y cosas así. –respondió Gendry. –Les dije que murió cuando era muy pequeño, así que lo único que recuerdo de ella es que atendía en una taberna cerca de la Puerta de los Dioses y que tenía el pelo rubio como la miel. Creo que ambos quedaron satisfechos después de que les mencione lo último.

-Ya veo. –finalizó Lord Stark, mirando casi con compasión al aprendiz de herrero. –Bueno Gendry, gracias por tu tiempo. Veo que tienes talento acá, pero si es que alguna vez te aburres de trabajar en la forja, estoy reclutando más hombres para mi guardia.

-Gracias Lord Stark, pero soy feliz donde estoy. –respondió tímidamente el moreno.

-De todos modos tenerlo en consideración. –respondió el Señor de Invernalia al tiempo que empezaba a caminar hacia la salida de la tienda. Edric se despidió con un ademán y siguió al norteño, dejando al aprendiz de herrero solo quién empezó nuevamente a trabajar en la forja.

Edric llegó justo a tiempo al mostrador para ver escuchar al herrero responder a una pregunta de Lord Eddard.

-Maestre Mott, ¿quién os pagó para que tomarais a Gendry como aprendiz? –dijo el norteño, serio. –Según me contó, es huérfano y no tiene familiares que hubieran pagado por ello.

-Nadie me pagó, Lord Stark. –respondió el herrero, aunque sus ojos indicaron otra cosa.

-¿De verdad? –preguntó el norteño arqueando las cejas, a lo que siguió un silencio incómodo solo interrumpido por las disculpas del herrero.

-Os pido perdón mi señor, pero quién pagó por la educación del chico también pagó por discreción. –dijo el herrero reflejando un poco de temor en su voz. Mentirle a la Mano del Rey no era un crimen pequeño.

-¿Y quién os pagó? –preguntó nuevamente Eddard.

-Nunca supe quién fue, Lord Stark. Y esta vez os juro que digo la verdad. –respondió Mott. –La única vez que lo ví estaba encapuchado y se comunicaba más que nada mediante niños mensajeros. Me dijo que el muchacho no tenía familia ni futuro y que si lo tomaba a mi cargo me pagaría el doble de la tarifa normal por tomar un aprendiz y diez veces más por mantenerme en silencio. No hice más preguntas.

-Ya veo. –dijo Ned, mirando fija y fríamente al herrero. La identidad del aprendiz y sobre todo la de su padre ya era bastante obvia a sus ojos. - ¿Y de verdad nunca os preguntasteis por la identidad del chico? ¿Ni siquiera cuando Lord Arryn y Lord Baratheon vinieron a verlo?

-Tengo mis sospechas hasta el día de hoy, mi señor. Pero solo soy un herrero, ¿quién soy yo para cuestionar los asuntos de los señores del reino? –respondió el herrero mirando el suelo, evitando el contacto visual con los ojos grises de Eddard. El norteño y el herrero se mantuvieron en esas posturas por un instante, hasta que el primero se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida.

-No os haré más preguntas, herrero. –masculló la Mano del Rey. –Pero si vuestro aprendiz que si alguna vez quiere empuñar una espada en vez de un yunque, llevadlo a la Fortaleza Roja para que hable conmigo. Adiós.

Lord Stark y sus acompañantes salieron de la tienda. El último en salir fue Edric, a quién el herrero dirigió alcanzó a decir unas palabras.

-Y bien, joven Dayne. –dijo Mott con la malla blanca entre sus manos, en su cara una sonrisa calculadora. -¿Aceptáis mi regalo?

El escudero lo miró un instante antes de negar con la cabeza, frente a la estupefacción del herrero.

-Aunque me gustaría, no puedo aceptarlo. –respondió el dorniense, mirando fríamente al essosi de una forma que resultaba casi cómica por lo parecido a la de Lord Eddard. –No sería digno de mi parte aceptar un regalo solo por ser quién podría llegar a poseer a Albor. Si es que alguna vez llego a ser una Espada del Amanecer, será un deber y no algo por lo que deba recibir privilegios. Así que adiós, maestre Mott, quizás nos encontremos en otra ocasión.

Edric salió de la herrería sin esperar respuesta.

-*-*-*-*.

"Padre de pelo negro y madre de pelo dorado, hijo de pelo negro, Padre de pelo dorado y madre de pelo negro, hija de pelo negro" Un escalofrío recorría la espalda de Eddard cada vez que pensaba en la posibilidad que cada vez se hacía más real. Mya Piedra, Edric Tormenta, Gendry y todos los bastardos conocidos de Robert tenían pelo negro. Joffrey, Tommen y Myrcella…

Caminaba acompañado solo por Edric por uno de los pasillos de la Fortaleza Roja, un par de días después de la visita a Tobho Mott, cuando se encontró con la persona que menos deseaba ver en ese momento.

Jaime Lannister le sonrío al verlo, despreocupado como siempre. Llevaba puesta una coraza metálica blanca de la Guardia Real y en sus manos un yelmo a juego con ella, una espada corta colgando de su cintura. Fuera de ello parecía no estar desempañando en ese momento su función de guardaespaldas de Robert.

-Lord Stark. –saludó el caballero, con un toque de burla en su voz. –Veo que el sol del sur todavía no hace que vuestras gélidas facciones adquieran algo de calidez.

-Ser Jaime. –respondió el norteño, mordiéndose la lengua para evitar formular la palabra Matarreyes. Miró con sus ojos grises a los esmeralda del Lannister. "Tan parecidos a los de Cersei y sus hijos." Alejó ese pensamiento de su mente y apartó la mirada. –Veo que aún no sois alguien que hable con la cortesía que corresponde.

-Ah, Lord Stark. Nos conocemos hace más de quince años, ¿para qué tanta formalidad? –respondió el Lannister, notando la incomodidad del norteño y jugando con ella.

-No sois mi amigo ni alguien de mi sangre, Ser Jaime. –respondió duramente el norteño, tensando los puños. –En el Norte recordamos, y yo todavía recuerdo donde os encontré cuando entré al Salón del Trono tras la caída de Desembarco.

Ser Jaime no respondió y la sonrisa se esfumó de su cara. Ambos hombres se miraron fijamente, cada uno desafiando a que el otro rompiera el contacto visual. La situación solo terminó cuando Edric, incómodo, carraspeó.

-¿A qué veníais, Ser Jaime? –dijo finalmente Eddard, como quién desea terminar una conversación con alguien insoportable. - ¿Traéis algún mensaje?

-No soy un mensajero. –respondió fríamente el caballero blanco. Levantó su mano de la espada y apuntó con un dedo a Edric. –Venía por él. Si es que vuestra señoría permita que venga a entrenar conmigo, obviamente.

Eddard por un momento se sintió tentado de rechazar, pero inmediatamente se arrepintió. No podía coartarle la posibilidad a Edric de entrenar con una de las mejores espadas del reino. El único otro al nivel de Jaime en la capital era Ser Barristan, quién estaba muy ocupado con sus deberes de Lord Comandante y de entrenar a Bran como para tomar también al dorniense.

Además y pese a que le costara, debía admitir que desde que el dorniense había empezado a entrenar con el guardia real su habilidad con la espada había aumentado explosivamente, a un ritmo muchísimo mejor que el que ya tenía en Invernalia. Solo si seguía así podría algún día llegar ser del nivel de Ser Arthur.

-No tengo motivo alguno para prohibirlo. –respondió el Señor de Invernalia, tras lo que suspiró. –Edric, ve con…

-LORD STARK. –gritó una voz desde el final del pasillo en el que se encontraban. La Mano del Rey, el caballero blanco y el escudero se dieron vuelta para mirar en dirección del sonido.

Yohn Royce avanzaba apresuradamente hacia ellos, seguido de cerca por uno de sus hijos y detrás de él un sirviente que caminaba con una especie de frasco verde que sostenía con más cuidado que a un recién nacido. Solo cuando este último se acercó lo suficiente fue que el norteño pudo ver la cara de terror que tenía.

-Yohn. –dijo el norteño cuando el Señor del Valle se acercó lo suficiente. -¿Qué sucede, por que tanto alboroto?

-Estoy buscándote desde hace casi una hora. –respondió Royce, mientras miraba de reojo a Ser Jaime y Edric. – ¿Recuerdas que me habías dado autorización para que algunos de mis hombres exploraran el Pozo Dragón en búsqueda de Lamentación? Pues encontramos otra cosa.

El sirviente se acercó con cuidado y se arrodilló mostrando el frasco al norteño. Solo cuando comenzó a mirarlo con detención se dio cuenta de que era trasparente y el color verde fosforescente era del líquido que llevaba dentro. Fuera de ello no tenía la menor idea de que era como para causar tanta inquietud en un hombre como Yohn Royce.

¿Qué es? –preguntó curiosamente Edric, expresando los pensamientos del norteño.

-Por los dioses. –musitó Ser Jaime, abriendo mucho los ojos al mirar el frasco. Edric nunca lo había visto con una expresión así. –Eso es meado de piromante.

-O como le dicen ellos, fuego valyrio. –añadió con una voz un poco temerosa el hijo de Lord Royce, que ahora Eddard reconoció como Ser Andar.

El norteño no necesitó seguir divagando sobre porque los hombres del Valle estaban tan asustados, porque casi de inmediato sus pensamientos viajaron hacia uno de los rincones más escondidos de su mente. Su hermano siendo estrangulado intentando alcanzar una espada para liberar a su padre, que se quemaba vivo en su armadura por el fuego verde sobre el que estaba colgado, mientras un Rey reía desquiciadamente. Mientras miraba el líquido verde dentro del frasco, casi podía escuchar a Aerys reír.

Y por la cara de Ser Jaime, parecía que no era el único.

-¿Decís que lo encontrasteis en el Pozo Dragón? –preguntó casi asustado Ser Jaime, totalmente irreconocible frente a la situación.

-Sí, y no solo esto. –respondió Lord Royce, mientras señalaba al frasco. –Cuando mis hombres abrieron una bóveda encontraron docenas de estos amontonados por todo el lugar. Se quedaron discutiendo sobre qué demonios eran cuando uno de los caballeros de mi guardia que los dirigían lo vio. Es un veterano de la Rebelión y antes de la guerra había vivido en Desembarco y había visto a Aerys ocupando el fuego en más de una ocasión. Corrió a avisarme tras dar la orden de que todos salieran del Pozo Dragón.

Eddard estaba paralizado, pero aun así logró encontrar la fuerza para articular las palabras.

-Hicisteis bien Yohn, tú y el caballero de tu guardia. –dijo el norteño. –Si la mitad de los rumores sobre las propiedades de esta cosa son ciertas, con un solo frasco podría arder la mitad de la Fortaleza Roja.

-Y esos rumores no son exagerados. –dijo Ser Jaime, un poco más recuperado pero al mismo tiempo con una expresión concentrada. –Aerys solo necesitaba unas gotas para las ejecuciones, nunca lo vi ocupar un frasco entero ni tampoco quiero saber de lo que sería capaz.

-Debes convocar a los malditos alquimistas para que nos ayuden a deshacernos de estas cosas. –dijo bruscamente Bronze Yohn. –Son ellos los que lo crearon, tienen que saber cómo deshacerse de ellos. Pozo Dragón podría arder por meses si solo uno de ellos explota.

-Y si no es solo en Pozo Dragón donde hay escondidos de esos frascos. –susurró con un toque de miedo Edric, expresando los temores de todos.

-Que los dioses nos amparen en ese caso. –dijo Ser Andar. Edric notó como mientras el hombre del Valle decía esas palabras, Ser Jaime abría nuevamente mucho los ojos, como si hubiera llegado a una revelación terrible. Lord Stark también se dio cuenta de ello.

-Lord Stark. –dijo urgentemente el caballero. –Creo que sé algo sobre ello.

Ser Jaime tragó saliva mientras el resto de los hombres esperaban que continuara. –Poco antes de que la guerra llegara a su fin, Aerys le pidió a los alquimistas que aumentaran la producción de fuego valyrio y empezaran a almacenarlo. Una de las últimas órdenes que dio -junto a que yo personalmente matara a mi traidor padre que estaba saqueando la ciudad- era que prendieran fuego a los depósitos para darle una sorpresa a Robert. Maté a los piromantes que recibieron las órdenes y nunca las llevaron a cargo, pero el depósito que encontró Lord Royce puede ser uno de aquellos que están escondidos desde la Rebelión. Por los Siete, nunca pensé que podrían ser tantos.

-¿Me estás diciendo que pueden haber frascos de fuego valyrio como ese en toda la ciudad? –dijo el Señor de Invernalia, demasiado preocupado por lo que significaba tal posibilidad como para caer en cuenta de lo que habían significado las acciones de Ser Jaime al matar a los piromantes antes de que hicieran explotar la ciudad. Edric en cambió se dio cuenta de ello, y aunque guardó silencio, desde ese momento miró al Guardia Real con otros ojos.

-Sí, es una posibilidad. –admitió el Lannister. –Probablemente ni siquiera Varys tenía acceso a todos los secretos de Aerys. Sé que ordenó a los alquimistas crear más fuego valyrio, pero los maté antes de saber hasta qué punto cumplieron esa orden.

Los hombres quedaron en silencio, sumergidos en sus pensamientos mientras miraban preocupados el frasco en las manos del sirviente. Imágenes de la ciudad engullida por un apocalipsis verde desfilaron por la mente de más de uno.

Finalmente fue Lord Stark el que rompió el silencio.

-Yohn, necesito que órdenes a tus hombres que establezcan un perímetro en el Pozo Dragón. –dijo Eddard. –Debemos evitar que nadie entre al edificio hasta que se saquen todos los frascos, y esos mismos frascos deben estar custodiados hasta que sepamos cómo demonios deshacernos de ellos. No puedo involucrar a la Guardia de la Ciudad en una misión así, no sé hasta qué punto se puede confiar en la pulcritud de sus hombres y si estos no intentarían vender un poco de meado de piromante por unas monedas.

-Lo haré Eddard. –respondió el Señor del Valle. –Podéis contar conmigo.

-Ser Jaime, necesito que estéis conmigo para contarle a Robert sobre lo que descubrió Yohn. –continuó Ned. Odiaba tener que necesitar al Matarreyes, pero en la situación actual no había otra opción– No os puedo ordenar nada, pero es de suma importancia que recordéis lo más posible sobre donde pudo Aerys ordenar que se escondiera el fuego valyrio.

-Como deseéis, Lord Stark. –respondió el rubio caballero, por primera vez desde que lo conocía con una expresión seria en su cara. –Digamos que considero el meado de los piromantes casi como una tarea de hace quince años que está inconclusa… y nunca me ha gustado dejar una tarea inconclusa, así que haré lo necesario para terminarla. –añadió el Lannister, mientras miraba el frasco con el líquido verde.

El norteño asintió con un ademán antes de dirigirse a su escudero.

-Edric. –dijo Eddard.- Ve y busca a Bran en la Torre de la Mano y pídele que te ayude a encontrar a Jory. Decidle que es de suma importancia que vaya al Salón del Trono ahora. Lo estaremos esperando ahí.

-Lo haré mi señor. –respondió sencillamente el dorniense.

-Muy bien. –finalizó el Señor de Invernalia. –Yo iré a buscar a Robert. Necesito que Ser Jaime vaya a buscar a Ser Barristan antes de hablar con Robert. Nos encontraremos en el Salón del Trono en quince minutos. Yohn, si es posible manda a Ser Andar a dar las ordenes a tu guardia y tú trata de contactar al resto del Consejo Privado, excepto a Meñique, no confío en él. Pero creo que necesitaremos a Renly en esto, y especialmente a Varys.

-Estaba pensando en lo mismo. –respondió el Señor del Valle, para nada ofendido frente al comando de la Mano del Rey. Hizo un gesto con la cabeza y su hijo partió luego de hacer una reverencia para despedirse de los presentes. Casi inmediatamente después partió Edric y solo quedaron los tres nobles junto al sirviente con el frasco.

-No perdamos el tiempo. –dijo Lord Stark, y todos estuvieron de acuerdo. Bronze Yohn y el Matarreyes partieron hacia sus objetivos mientras el norteño era acompañado de cerca por el sirviente con el frasco, en dirección del Torreón de Maegor donde esperaba encontrar al Rey.

Un par de horas más tarde, el Rey ordenó que el jefe del Gremio de los Alquimistas se presentara en el Salón del Trono, y luego de muchísimos gritos e insultos por parte de Robert y de Ser Jaime, estos se comprometieron a ayudar a destruir el líquido verde. Durante las siguientes semanas se dieron cuenta de que lo de Pozo Dragón era solo el inicio. Bóvedas en el fondo de la propia Fortaleza Roja y del Gran Septo de Baelor fueron señaladas por los pajaritos de Varys como más locaciones donde había depósitos de fuego valyrio. Tras la insistencia de Ser Jaime y del propio eunuco, también se empezó a buscar en las cloacas y las alcantarillas de la ciudad, y en más de una ocasión se encontró más frascos con el líquido.

La situación era inquietante y con el paso del tiempo no mejoraba. Aún meses después del descubrimiento de Lord Royce se seguía encontrando nuevos depósitos debajo de casi toda la ciudad. Los muelles, las calles, el Lecho de Pulgas, la Calle del Acero y de la Seda, ningún lugar se salvaba.

Ni siquiera cuando el propio reinado del Rey Robert terminó dichos descubrimientos cesaron.

-*-*-*-*.

Cerca de un mes después

Poco antes del anochecer fue cuando Edric vio al cuervo.

Había sido una ardua jornada de entrenamiento con Ser Jaime y ahora el dorniense caminaba hacia su habitación en la Torre de la Mano por los pasillos de la Fortaleza Roja, pensando en tomar un baño, cuando el ave entró por una ventana abierta y se quedó aferrada al marco. Era un cuervo negro como el carbón y más grande que los que normalmente recorrían Poniente llevando cartas de los señores. El ave quedó mirando al muchacho fijamente mientras graznaba. Inmediatamente Edric se dio cuenta de lo que significaba, el cuervo de tres ojos quería mostrarle algo. Al llegar a su habitación, Edric se cambió de ropa y rápidamente se dirigió al Bosque de Dioses del castillo.

Construido junto con la fortaleza después de la Conquista de Aegon, el bosque de dioses de la Fortaleza Roja no contaba con un gran arciano como árbol corazón como los castillos más antiguos del reino, sino que con un roble. Pero el dorniense había recién entrado al perímetro del bosque cuando se encontró nuevamente con el cuervo, apoyado en una rama como esperándolo. El ave le graznó nuevamente y emprendió el vuelo antes de parar en un árbol cercano, como incitando al muchacho a que lo siguiera.

Edric siguió al cuervo, que nuevamente emprendió el vuelo cuando el dorniense se acercó lo suficiente, y así sucesivamente hasta que se encontró en medio del bosque. Ahí el cuervo aterrizó en el suelo y se acercó a unos arbustos, mientras continuaba graznando y observando al muchacho.

El dorniense se acercó y corrió con sus manos los arbustos, en medio de ellos crecía un pequeño retoño con madera blanca y hojas rojas. Edric lo contempló un momento y tal como en Invernalia tanto tiempo atrás sintió nuevamente que su cuerpo era poseído por una presencia ajena. Como si fuera un sueño, vio cómo su mano de la espada tomaba el pequeño cuchillo que siempre llevaba al cinto y de manera rápida pinchaba uno de sus dedos de su otra mano, hasta sacar sangre. Las gotas rojas cayeron cálidas en las hojas del pequeño arciano, que las recibió como un árbol recibe la primera lluvia de otoño.

Su mano ensangrentada tocó al retoño, y entonces todo se fue a negro.

Esta vez Edric no se encontró en presencia de Cuervo de Sangre, sino que presenció directamente una visión.

Lo primero que el dorniense reconoció fueron las Montañas Rojas, las mismas de su amado Dorne. Edric estaba en una quebrada que hacía de paso entre las montañas, donde se podía ver a tiro de piedra una torre vigía. Casi no corría viento y el sol bañaba todo de un dorado espectacular. Estaba preguntándose qué es lo que tenía que observar cuando vio a los jinetes levantando una nube de polvo mientras cabalgaban a toda velocidad hacia la torre. El dorniense se acercó aún más a la torre y cuando ya estaba en sus pies vio cómo su puerta se abría, y su corazón dio un vuelco al ver quienes salían.

Tres hombres con capas blancas, vestidos con armaduras plateadas que refulgían al sol y armados con mandobles avanzaron casi resignados al encuentro de los jinetes. Uno era un hombre ya anciano robusto como un toro y otro tenía un murciélago tan negro como su pelo grabado en su yelmo. El tercero, de pelo plateado como el suyo y una sonrisa triste, tenía un broche violeta con una estrella fugaz y una espada como sello sujetándole la capa blanca a los hombros. Una gran espada blanca envainada en su espalda, una espada que conocía bien.

Cuando los jinetes descabalgaron, Edric durante un momento miró confundido a quién los lideraba, porque su parecido con Jon Nieve era increíble. Los hombres se miraron unos instantes antes de que el claramente norteño comenzará a hablar.

-Os busqué en el Tridente -les dijo.

-No estábamos allí -replicó el toro blanco.

-De haber estado el Usurpador lloraría lágrimas de sangre -dijo el murciélago.

-Cuando cayó Desembarco del Rey, Ser Jaime mató a vuestro rey con una espada dorada. ¿Dónde estabais entonces?

-Muy lejos -dijo el anciano caballero blanco-. De lo contrario Aerys seguiría ocupando el Trono de Hierro, y nuestro falso hermano ardería en los siete infiernos.

-Bajé a Bastión de Tormentas para levantar el asedio -les dijo el norteño -. Lord Tyrell y Lord Redwyne rindieron sus pendones, y todos sus caballeros se arrodillaron para jurarnos lealtad. Estaba seguro de que os encontraría entre ellos.

-No nos arrodillamos tan fácilmente -señaló quién ahora Edric reconocía (pues no podía ser nadie más) como su tío y la última Espada del Amanecer, Ser Arthur Dayne.

-Ser Willem Darry ha huido a Rocadragón con vuestra reina y con el príncipe Viserys. Pensé que habríais embarcado con ellos. –dijo quién no podía ser más que el propio Lord Stark.

-Ser Willem es un hombre bueno y honesto -dijo el murciélago.

-Pero no pertenece a la Guardia Real -señaló el toro blanco-. La Guardia Real no huye.

-Ni entonces ni ahora –exclamó su tío, se puso el yelmo blanco y encaró a los norteños.

-Hicimos un juramento -explicó el caballero anciano.

Los norteños rodearon a Lord Stark, con espadas de frío acero en las manos. Eran siete contra tres.

-Y ahora es cuando todo comienza -dijo Ser Arthur Dayne. Desenvainó a Albor y la sujetó con ambas manos. La hoja del color de la leche, la luz hacía que pareciera tener vida.

-No -dijo Lord Stark con voz entristecida, aferrando Hielo con ambas manos, el mandoble de oscuro acero valyrio frente a la espada blanca.-. Ahora es cuando todo termina.

La batalla fue corta y brutal, en apenas unos segundos tres norteños y el anciano toro blanco ya habían caído. El murciélago cayó poco después, pero no sin llevarse consigo a otro norteño más. Solo su tío quedó, peleando contra tres enemigos con Albor, la espada hecha de estrellas se desplazaba con una gracia sobrenatural mientras se encontraba con el acero de las otras espadas, chispas saltando con cada golpe.

Con un lagarto grabado en el jubón, el más pequeño de los norteños intentó embestir al guardia real, pero fue esquivado por Ser Arthur y no tuvo tiempo de reaccionar antes de que este lo lanzara lejos con una patada en la espalda. El otro norteño restante, con dos hachas cruzadas en un campo amarillo como escudo, aprovechó de atacar al dorniense con golpe de su mandoble que lo hubiera partido en dos, pero al último instante éste logró bloquearlo con Albor, no sin que parte del filo de la espada se desplazara por su cara dejando una profunda marca en el yelmo. Apenas las espadas se separaron Lord Stark se unió al ataque, lanzando una estocada con Hielo a Ser Arthur al mismo tiempo que el otro norteño. Albor bloqueaba la mayoría de los golpes, pero algunos hicieron contacto con la armadura y otros entre las uniones, causando que su tío comenzara a sangrar.

Tras un corte particularmente doloroso en un brazo de Ser Arthur, este se cansó de solo bloquear y se lanzó al ataque. Albor en un instante se desplazó con una velocidad imparable, en un giro paralelo al suelo que Lord Stark consiguió esquivar saltando hacia atrás, pero no así su compañero. La cabeza del otro norteño se separó limpiamente de su cuerpo y aterrizó a un par de metros de distancia, haciendo contacto con el suelo incluso de que el cuerpo del muerto se desplomara completamente.

Ajeno a ello, el sonido de la batalla continuaba. Ser Arthur no había perdido el tiempo y aprovechando la distracción de Eddard por la muerte de su último compañero, lanzaba estocada tras estocada al norteño quién se defendía débilmente mientras comenzaba a sangrar a través de cada vez más cortes. Ambos hombres estaban cubiertos en sangre propia y de sus enemigos sin que ninguno de los dos se diera por vencido. Hielo se enfrentaba a Albor, emitiendo un sonido único como el que no se escuchaba en Poniente desde que Fuegoscuro se había enfrentado a Dama Desesperada en Hierbarroja, tantos años atrás.

Lord Stark estaba acorralado, pero una fiera pelea con mayor intensidad cuando se encuentra en esa situación. Aunque Albor era la espada que había entrado en contacto más veces con la piel de su adversario, Hielo también lograba causar heridas al último guardia real. Aun así no podía evitar que fuera el mejor espadachín quién ganara el duelo, y aquello fue lo que ocurrió.

Ser Arthur aprovechó que la pérdida de equilibrio del norteño tras una estocada mal ejecutada y logró desarmar a Lord Stark, quién soltó Hielo y quedó de rodillas frente al capa blanca.

Mil emociones se vieron reflejadas en la cara de Eddard mientras se encontraba a merced de Dayne. El dorniense lo miró concentrado, casi con lástima.

-Si hubiera otra opción la tomaría, Lord Stark. –dijo Ser Arthur, con Albor posicionada para efectuar un golpe final desde arriba hacia abajo. –Pero no puedo romper el juramento que le hice a Rhaegar. Debo proteger al príncipe, aunque sea de su propia familia.

En ese momento pasaron varias cosas. La expresión de la cara de Ned pasó de resignación a una de completa sorpresa mientras Albor comenzó a bajar para terminar con la vida del norteño. Pero Dayne nunca logró finalizar ese golpe.

La punta de un cuchillo se asomó por la garganta del dorniense, quién soltó su espada e inútilmente intentó detener la hemorragia. Detrás de él estaba el dueño del cuchillo. El norteño más pequeño, que había sido olvidado por todos tras aquella patada que lo lanzó lejos.

Ser Arthur fue ahora el que estaba de rodillas mientras se ahogaba en su propia sangre. El líquido rojo manchando aún más las ya sucias armadura y capa blanca de la Guardia Real. Ned se puso de pie y aferró la espada del dorniense, la sangre roja sobre el metal albino. El guardia real trató de hablar.

-L-l-lord Stark, por favor. –intentaba murmurar la Espada del Amanecer entre borbotones de sangre que salían de su boca. –Albor, devolvedla a mi familia, llevadla a Campoestrella. Os lo ruego.

Ned mantuvo una expresión impasible por un instante, y luego, lentamente, asintió. Tomó a Albor y la levantó. Ser Arthur bajó la mirada, de una manera sobrenaturalmente tranquila frente a las circunstancias.

La espada blanca bajó y todo terminó.

El norteño sangraba por múltiples heridas, pero la adrenalina de la pelea y de la última frase de Ser Arthur hacía que no las sintiera. Junto al norteño pequeño subieron rápidamente por las escaleras de la torre mientras los gritos de una mujer resonaban dentro de los muros de piedra.

En la habitación del último piso se encontraba la mujer, o más bien muchacha, autora de los gritos. Acostada en un lecho cubierto de sangre y pétalos de rosas, pálida como la muerte, respirando agitadamente y sudando como un caballero en medio de una batalla en Dorne, estaba claro que no duraría mucho más en este mundo.

Eso no fue impedimento para que Lord Stark recorriera corriendo el último trecho hacia ella, y mientras la abrazaba, Edric se dio cuenta de que la muchacha tenía un parecido inquietante con Arya. Solo entonces escuchó los lloriqueos en un cesto a un costado del lecho. El norteño pequeño, que se había quedado junto a la puerta de la habitación también los escuchó, pero Ned no, concentrado como estaba en su hermana.

-Lyanna –murmuraba sollozando Eddard mientras tomaba la mano de su hermana. –Lyanna soy yo, Ned. Estoy aquí con Howland para rescatarte.

-N-ned. –respondió débilmente la muchacha, mientras sus febriles ojos grises escaneaban la cara de su hermano. La muchacha sonrío dulcemente al reconocerlo. –Ned, te ves mayor. Te pareces a padre. –Entonces la sonrisa en su cara se esfumó y pasó a una expresión dolor. –Padre, Brandon. Todo fue mi culpa Ned. Yo fui la culpable de todo.

-No Lya, fue culpa de Aerys, no tuya. –respondió el norteño, sin poder contener las lágrimas. –No te culpes Lya, hayas lo que hayas hecho nada puede justificar lo que hicieron el Rey Loco y Rhaegar.

-Rhaegar no, Ned. –respondió Lyanna, juntando fuerzas para poder pronunciar las palabras. –Él no era su padre, él hubiera sido el mejor rey que han tenido los reinos.

-Pero Lya, él te raptó.

-No Ned, yo fui con él por mi propia voluntad. –respondió la muchacha, y Edric pudo ver resurgir por un instante el espíritu indomable y testarudo que también poseía Arya. –Nos enamoramos en Harrenhal. Nunca pude ni podría querer a Robert, Ned, en el fondo lo sabes. –la muchacha entonces emitió un gemido de dolor. –Él me ofreció libertad, aquello que siempre quise. Nunca pensé que todo terminaría así.

Ned no dijo nada mientras miraba con tristeza a su hermana. Su hermana respiró rápidamente y aferró con más fuerza la mano del norteño.

-No me queda mucho tiempo en este mundo, Ned. No digas nada, estoy tan segura de ello como de que el sol sale en el este y se pone en el oeste. Tienes que prometérmelo Ned, por favor. –su expresión pasó de dolor a una de desesperación. –Ashara vino a visitarnos y nos contó lo que le hicieron los Lannister a los pequeños hijos de Rhaegar. No puedes permitir que le hagan lo mismo a mi hijo, por favor.

Fue entonces cuando el norteño se dio cuenta de los gemidos que provenían del cesto al costado del lecho. Durante un momento soltó la mano de su hermana y levanto la sábana lo cubría para descubrir a un bebe de pocos días de nacido, pálido y con el pelo oscuro como un Stark más. El bebé abrió sus parpados, revelando unos ojos grises como los de su madre, y miró fijamente a su tío.

-Es hermoso Lya.

-Dámelo un instante, una vez más antes del final. –Su hermano se lo alcanzó y la norteña lo acunó con sus últimas fuerzas entre sus brazos. –Es hijo mío y de Rhaegar, es fruto del amor que nunca él tuvo con Elia y el que yo nunca podría haber tenido con Robert. Hielo y fuego unidos. –la muchacha sonrío débilmente mientras lloraba. –Cuídalo como si fuera tu propio hijo, Ned. Si es que Robert alguna vez sabe de él lo matará, sabes que es cierto. Promételo Ned, prométemelo. –Lyanna abrió mucho sus ojos y aferró fuertemente con una mano la de su hermano.

-Te lo prometo, Lya.

Lo último que vio Edric antes de que la visión se desvaneciera fue a Lord Stark llorando junto a su hermana, quién lentamente cerró sus ojos como si fuera a dormir, con una expresión tranquila en su cara.

La oscuridad absoluta rodeó nuevamente al dorniense, hasta que la cara con un solo ojo rojo como la sangre apareció frente a él.

-¿Que acabo de ver? –dijo el dorniense, respirando agitadamente frente a lo intenso de la visión. -¿Por qué me muestras eso? ¡Contéstame!

-No tenía previsto tener que hacerlo, pero las circunstancias me obligaron. –respondió el Cuervo de Tres Ojos, mientras en medio de la oscuridad se materializaba un cuerpo cubierto de una túnica negra como las plumas de cuervo para complementar la cara. – Ya nada es seguro que suceda, y necesitaba que por lo menos alguien supiera la verdad si es que todo se desencadena demasiado rápido y los testigos vivos del nacimiento del Príncipe mueren antes de transmitir lo que saben.

-¿El Príncipe? –dijo Ed, procesando un instante las palabras del verdevidente. Entonces lo captó. –Ese bebé, el hijo de la hermana de Lord Stark y de Rhaegar Targaryen.

-Exacto. –respondió Cuervo de Sangre. – ¿Crees que tu tío y los otros sobrevivientes de la Guardia Real de Aerys estarían resguardando a una simple amante de Rhaegar, estando Viserys y la Reina embarazada en Rocadragón? Ellos estaban en esa torre porque estaban resguardando al Rey de los Siete Reinos.

-Y ese bebé es Jon. –dijo estupefacto el dorniense. .-El Rey de los Siete Reinos estuvo todo este tiempo escondido en Invernalia, haciéndose pasar por un bastardo de Lord Stark. –el muchacho entonces frunció el ceño. –La verdad es que tiene bastante sentido, he estado mucho tiempo con Lord Stark, más que con mi propia familia, y nunca me pareció el tipo de hombre que engendraría bastardos, ni siquiera en una guerra.

-Son pocos los hombres como Eddard Stark. –dijo solemne Cuervo de Sangre. –Es honorable al punto de que algunos lo llamaríamos ingenuo. Y eso lo ha hecho ganar el amor de sus vasallos, pero estando en Desembarco del Rey lo llevará prontamente a una tumba.

-¿Que estás insinuando? –dijo Edric, helado frente a las palabras del cuervo.

-Quiero decir de que pronto sucederán cosas que, salvo que tú intervengas, terminarán con la muerte y la ruina de toda la Casa Stark. Y cuando caigan los lobos, el Norte quedará destrozado, y cuando el invierno llegue junto a los muertos, no habrá nadie para detenerlos.

-No, eso no puede pasar. –dijo desesperado el escudero, mientras era asaltado por visiones del castillo norteño y sus habitantes, a los que había llegado a considerar como a su familia. Robb, valeroso y solemne como su padre; Bran, aventurero y risueño; Lady Catelyn, fría y digna; Sansa, bella e inocente; Arya, valiente e intrépida. Todos ellos fueron reemplazados por imágenes de muertos caminantes, liderados por criaturas de hielo y armaduras de escarcha. Edric cayó de rodillas. – ¿Que tengo que hacer?

-Debes ir donde Lord Stark antes de que sea tarde. Tienes que confrontarlo sobre lo que has aprendido hoy. Solo así lograras cambiar el futuro–respondió el Cuervo, mientras se empezaba a desvanecer como alguien que se aleja por la niebla. –Ve antes de que sea demasiado tarde, porque el Invierno se Acerca.

La visión se desvaneció y Edric despertó en medio del Bosque de Dioses de la Fortaleza Roja.

-*-*-*-*.

Eddard estaba en sus aposentos de la Torre de la Mano a esas altas horas de la noche, escribiendo una carta a Rocadragón donde imploraba a Lord Stannis que volviera a la capital. Si alguien interceptaba la misiva probablemente pensaría que se trataba de un asunto meramente oficial, en el que la Mano del Rey le pedía al Consejero de Barcos que volviera a tomar su puesto en el Consejo Privado, pero Ned esperaba que el hermano del Rey entendiera el mensaje entre líneas de la carta. Porque si las sospechas del norteño eran ciertas, el Baratheon y sus espadas serían de ayuda indispensable al momento de revelar la verdad sobre los hijos de Robert y Cersei.

Una fogata ya agonizando se encontraba en la chimenea, tapices traídos de Invernalia que mostraban a Invernalia, el Norte, y a su antepasado Cregan Stark -único otro Stark que había sido Mano del Rey- colgaban de las paredes, además de Hielo sobre una repisa de madera. Ned terminó de escribir la carta y justo al disponerse a sellarla sintió un par de golpes en la puerta.

-Lord Stark –murmuró la voz de uno de sus guardias tras los golpes. –Vuestro escudero está aquí, dice que quiere veros.

-¿Edric? –murmuró Ned para sí mismo, extrañado. –Dejadlo pasar.

El guardia obedeció y abrió la puerta, tras lo cual entró el joven dorniense. Inmediatamente su aspecto le llamó la atención, si bien su ropa no estaba sudada se veían manchas de tierra en su túnica, como si hubiera estado acostado en tierra húmeda, y las facciones del joven Dayne, tan parecidas a la de su difunto tío guardia real, se veían alarmadas como si hubieran presenciado algo terrible.

-¿Edric, que te pasó? –dijo Lord Stark, mientras se levantaba apresuradamente para acercarse a mirar con más atención a su escudero y pupilo. -¿Te sientes bien?

El joven parpadeó rápidamente, como alguien que estuviera recién despertando, y luego miró fijamente al Señor de Invernalia con sus ojos azul oscuro, casi púrpuras. Solo tras un par de segundos habló.

-Lord Stark, debo preguntaros algo, y necesito que me respondáis con la verdad. –dijo sin apartar la mirada el joven, con una voz baja pero totalmente segura.

Eddard inmediatamente se tensó, mientras su cara adoptaba las facciones de Señor de Invernalia y dejaba atrás las de padre preocupado. El ambiente dentro de los aposentos de la Mano del Rey se enfrío de un instante a otro.

-Creo que siendo yo el Lord y tú mi pupilo no estás en posición de exigirme tal cosa, Edric. –dijo gravemente Ned, con un aire serio. –Pero tampoco veo el por qué te respondería con mentiras.

-Porque a veces las mentiras son por un bien mayor –repuso el escudero, tranquilo mientras continuaba hablado. Tras parar un segundo, como si estuviera meditando como decir algo sin faltarle el respeto al hombre que lo había acogido en su hogar durante años, el dorniense decidió continuar –Lord Stark, ¿Por qué mi tío estaba guardando a Lady Lyanna cuando se enfrentó con vos?

El Señor de Invernalia sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras lo asaltaban recuerdos que había escondido en lo más profundo de su ser. Tres caballeros blancos frente a una torre en las montañas, pétalos azules en una cama de sangre, el grito desesperado de su hermana antes de la batalla.

Eddard parpadeó y respiró antes de responder, Edric se mantenía impasible frente a él.

-Ser Arthur… -juntó las palabras, inseguro. –Estaba guardando a mi hermana porque así se lo había ordenado Rhaegar, obedeciendo como un buen guardia real.

-Pero Rhaegar era solo el príncipe, el Rey era Aerys. –dijo el muchacho, aún tranquilo pese a la inquietud creciente de Eddard. – Y después del Tridente ya no había motivo para que siguiera en esa torre. El heredero era ahora el pequeño Aegon, y tanto el honor como la amistad que mi tío ten ía con la princesa Elia lo hubieran obligado a volver a Desembarco. –el muchacho rompió el contacto visual con el Señor de Invernalia y adoptó una sonrisa triste. Eddard quedó petrificado, era la misma sonrisa que Arthur había adoptado afuera de la Torre –Incluso después de que Ser Jaime asesinara a Aerys y la ciudad cayera a los leones, mi tío y los demás capas blancas deberían haber partido a proteger al nuevo Rey, Viserys el Tercero de su Nombre. –ahora el pequeño dorniense miró nuevamente a Lord Stark, quién comenzó a escuchar las palabras que había temido durante diecisiete años. –Salvo que ya….

-ES SUFICIENTE EDRIC. –gritó Lord Stark mientras miraba asustado hacia la puerta de su despacho. ¿Habrían escuchado los guardias las palabras del dorniense y ahora estarían sacando sus propias conclusiones? ¿Habría algún pajarito de Varys detrás de una muralla escuchando la conversación del muchacho y el Señor de Invernalia? El corazón le palpitaba apresuradamente al considerar las consecuencias que las palabras de Edric podían tener si eran escuchadas por las personas equivocadas. El dorniense se mantuvo impasible, y si bien no siguió hablando, la decisión que se expresaba en sus ojos dejaba en claro que el Guardián del Norte no podría evitar confirmar las sospechas del muchacho. El problema era donde hacerlo en un lugar donde las murallas tenían oídos.

Entonces fue cuando se le ocurrió una solución. La Mano del Rey tomó una capa con capucha e hizo una seña al escudero para que lo siguiera y salió de su despacho. Al abrir la puerta miró hacia ambos lados, el guardia que había anunciado la llegada de Edric unos instantes antes se encontraba en el extremo del corredor en el que estaba el despacho de la Mano, impasible como un buen centinela parecía no haber escuchado nada. El Señor de Invernalia le hizo un ademán al pasar junto a él a lo que su vasallo respondió con una reverencia.

Los pasos del lord norteño y su escudero dorniense resonaban fuertemente en el suelo de piedra y cerámica de los pasillos de la Fortaleza Roja, desierta a esas horas de la noche salvo por unos pocos guardias con capas rojas, doradas, grises y blancas según la sección del castillo y de quienes protegían. Cuando ambos pasaron cerca de la librería y del Torreón de Maegor fue que el dorniense finalmente se dio cuenta de hacia donde se dirigían, el cual era el mismo lugar del que había venido en primer lugar.

Solo cuando ambos estuvieron a varios metros dentro del linde del Bosque de Dioses fue que Eddard Stark se dio vuelta súbitamente y aferró los hombros de Edric, al mismo tiempo que con una voz amenazadora pero controlada que hubiera hecho temblar al Gran Jon, comenzaba a interrogar a su escudero.

-Ahora soy yo el que necesita que respondas con la verdad Edric. –dijo el Señor de Invernalia, la furia del invierno reflejada en sus ojos grises. - ¿Alguien más sabe lo que descubriste? ¿Alguien te lo contó?

-No, Lord Stark. –mintió el escudero, manteniendo su mirada fija en los ojos del norteño. –Llegue a tal conclusión por mí mismo. –Solo entonces rompió el contacto visual y movió sus pies, incómodo. - ¿Entonces, tengo razón? Jon es…

-Sí, Edric. Jon no es mi hijo. –admitió finalmente Eddard, mientras este sentía que un peso inmenso era liberado de sus hombros. –No tenía otra opción que mentir. Al finalizar la guerra los Targaryen eran buscados para ser asesinados por los Lannister y otros que buscaban el favor de Robert, y a mi querido amigo no le hubiera importado lo más mínimo que uno de ellos fuera el hijo de Lyanna. –la cara de Eddard se endureció. –Lo que le pasó a los hijos de la Princesa Elia era prueba de ello.

-Pero Lord Stark, Jon no lo sabe. –dijo Edric.

-No sabes la cantidad de veces que quise decirle la verdad, pero no podía. –ahora la cara del Señor de Invernalia se entristeció. –Mientras menos personas supieran la verdad menos posibilidades habían de que un pajarito de Varys se enterara y la noticia llegara a oídos de Robert. Jon probablemente sigue vivo gracias a esa mentira, y así puedo cumplir con la promesa que le hice a Lyanna.

-Mi tío…- comenzó a hablar el escudero.

-Tú tío defendió a mi hermana hasta su último aliento, y por eso lo honro como a un verdadero caballero. –respondió resuelto Eddard. –Al principio lo culpé, lo consideré un siervo más del Rey Loco, pero con el tiempo me di cuenta de que hizo lo mejor que creyó que podía hacer para proteger a Lyanna. ¿Por qué debería haber esperado que yo protegiera a Jon, cuando era el mejor amigo de aquél que había sonreído frente a la carnicería de los otros hijos de Rhaegar? El mismo Robert era primo del Príncipe, en tiempos de guerra la sangre compartida a veces no significa nada. –concluyó Lord Stark, sombrío.

Ambos quedaron nuevamente en silencio, el Señor del Norte contemplando las estrellas y el escudero procesando todo lo que se había dicho. El aullido de un lobo se escuchó a lo lejos al mismo tiempo que una estrella fugaz cruzó el firmamento.

Finalmente el norteño rompió el silencio.

-Ahora sabes mi mayor secreto, Edric –dijo solemne pero tranquilo Lord Stark, manteniendo nuevamente contacto visual con el dorniense. –Y por ello debes pagar un precio.

-Estoy a vuestras órdenes, Lord Eddard. –respondió el escudero. –Por el honor de mi casa, siempre lo estaré.

-Creo que yo mismo estoy por descubrir un gran secreto, un secreto que significaría de manera casi segura guerra contra los Lannister. –dijo el norteño, evaluando sus palabras para decidir que decir y que no. –Es probable que ese secreto le haya costado la vida a Lord Arryn y huir de la capital a Lord Stannis, y que yo mismo esté en riesgo ahora.

-Si la situación llega al extremo que temo, tendré que luchar no por mi título, sino por mi vida. Y estoy dispuesto a poner en riesgo mi vida por el bien del reino, pero no a poner en riesgo a mi familia. –continuó Lord Stark. –Y es por ello que me arrepiento de haber traído conmigo a la capital a mis hijos y a ti. No puedo mandarlos de vuelta al Norte sin levantar sospechas que llevarían a los Lannister a actuar antes de que pueda desenmascararlos, pero tengo un plan por si llega a suceder lo peor.

-Decídmelo, Lord Stark. Sois casi como un padre para mí, haré lo que me pidáis. –dijo Edric, tenso.

-Y yo te considero un hijo más Edric, estoy seguro que Allem estaría orgulloso si te viera ahora. –respondió afectuosamente Eddard, dejando su cara de Lord por un momento y reemplazándola por su cara de padre. –Es por ello que te encomiendo la protección de Sansa, Bran y Arya si es que lo peor llega a suceder. Llévalos a Invernalia y mantenlos a salvo. Si un lobo se queda sin su manada es muy probable que muera cuando el invierno llegue.

-Hay un barco lyseno anclado en los muelles. Ha estado ahí por casi dos semanas y seguirá en ese lugar hasta que yo les diga. –continuó Eddard, extendiendo y flexionando los dedos de su mano de la espada repetidamente. –La tripulación está contratada para llevar a mi familia a Puerto Gaviota si es necesario. Les he pagado suficiente oro como para que no piensen en traicionarnos. Eso y que hay una docena de hombres de mi guardia haciéndose pasar por marineros dentro de la nave.

-No puedo desprenderme de Jory, y salvo él no confío en nadie más ni la mitad de lo que confío en ti. –finalizó Lord Stark, poniendo sus manos sobre los hombros de Edric, al tiempo que lo miraba fijamente. –Protege a mis hijos Edric. Has que Sansa se encuentre con Domeric, que Bran vuelva a los brazos de Catelyn, y sobre todo cuida a Arya. –la expresión de Eddard se incomodó un poco. – Antes de que pasara todo esto tenía planes para ti y ella, pero es absurdo preocuparse por ellos mientras nuestras vidas todavía estén en peligro… Protégela Edric, protégela tal como Arthur protegió a Lyanna hasta el final. Una misión digna de la Espada del Amanecer.

"Prométemelo Edric"