N.A. 1: Hay más sangre en este capítulo que en los anteriores. Nada fuera de lo común, pero la advertencia está hecha.
N.A. 2: Reescribí el prólogo, no hay muchos cambios pero estoy mucho más satisfecho con el de ahora que con el que había.
N.A. 3: Gracias por seguir la historia, como pueden notar las actualizaciones son más seguidas ahora. En este capítulo se presentará a otro personaje importante que será determinante para el progreso de la historia. Disfrútenlo y recuerden que las críticas son siempre bienvenidas.
Primeros días del 302 A.L. – Desembarco del Rey.
El Rey agonizaba.
La Reina y los Lannister lo llamaban un accidente de caza, el Lord Comandante de la Guardia Real su mayor fracaso. Eddard lo llamaba un asesinato, fríamente planeado.
Robert había estado cazando en el Bosque Real junto a la mayoría de la Corte y su Guardia Real, como lo había hecho cientos de veces antes sin nunca sufrir más que magulladuras y cortes por una presa particularmente feroz que se había acercado mucho al luchar por su vida.
Pero esta vez fue diferente, mientras el Rey se enfrentaba a un furioso jabalí una flecha había atravesado su espalda.
Las versiones de lo sucedido que llegaban a Desembarco de Rey eran confusas y contradictorias. Algunos sostenían que un segundo jabalí había intentado atacar a Robert cuando este estaba concentrado con el primero, por lo que alguien había dado la orden de disparar contra él antes de que lo atacara, lo que habría terminado con una de las flechas desviándose y golpeando al Rey. Ser Preston Greenfield y Ser Meryn Trant de la Guardia Real eran los principales testigos de aquella versión de los hechos.
Sin embargo, otros negaban cualquier existencia de otro jabalí, y que lo que había ocurrido era que simplemente de un momento a otro alguien había gritado que se disparara contra el animal que estaba a la vista de todos, con el mismo resultado para la espalda de Robert. Ser Barristan, Robar Royce y Renly Baratheon liderando a aquellos que sostenían dicha situación.
Lo único de lo que estaban todos seguros era de que el Rey estaba herido de muerte. Aunque la partida de caza lo había traído de vuelta a la ciudad lo antes posible tras el accidente, ya era demasiado tarde. El Gran Maestre Pycelle había hecho todo lo posible, pero según informó al Consejo Privado la flecha había atravesado uno de los pulmones de Robert y había poco que hacer para salvarlo. El Rey estaba condenado a ahogarse en su propia sangre.
En uno de sus últimos momentos de lucidez, Robert había llamado a Ned, Renly y el resto del Consejo Privado para dictar su testamento. Lord Stark sería el Regente de Joffrey hasta que alcanzara la mayoría de edad, Cersei había salido hecha una furia de la habitación tras el anuncio. Después de los últimos arreglos el Rey echó a todos salvo Pycelle y el norteño. Al primero le ordenó que le dejara suficiente leche de la amapola y luego también lo expulsó, quedando a solas con Ned.
-Prométeme que cuidaras a mis chicos, Ned. –le había dicho Robert, mientras tosía sangre. –Aléjalos de su madre, por favor. Dejo el Reino en tus manos, cuídalo lo mejor que puedas. Ambos sabemos que cuando seas Regente los Lannister no te dejaran tranquilo, así que si necesitas nombrar a Stannis como Mano del Rey para mantener la paz que así sea, pero no dejes que los leones invadan aún más Desembarco y a mis hijos.
-Te lo prometo Robert, tienes mi palabra. –dijo Lord Stark mientras recordaba otra promesa que había hecho a otra persona agonizante. Por un instante estuvo tentado de decirle la verdad de sus hijos a su amigo, pero rápidamente se arrepintió. Ya era demasiado tarde y lo único que lograría sería causarle más dolor antes de su muerte a Robert.
-Gracias hermano, porque tú eres el hermano que escogí. –dijo el Rey, cada vez más débil. Estoy seguro que Myrcella será tan buena esposa de tu Robb como lo fue Catelyn para ti. Ahora que ya está todo dicho, dame el frasco con la leche de la amapola y déjame morir. Lyanna me espera del otro lado y ya no puedo esperar más para poder verla.
Dicho eso, el Rey había tomado el contenido del frasco y se había quedado dormido, respirando de manera más débil con cada instante que pasaba.
Eddard se encontraba de pie frente a la cama de su amigo, acompañado solamente por Varys, quién había entrado a la habitación sin que el norteño supiera como o cuando. En otra ocasión le hubiera incomodado la presencia del eunuco, pero frente a lo rápido que se desarrollaban los sucesos consideraba necesario hablar lo antes posible con el maestro de espías.
Y además, Varys era uno de los pocos que podía asegurarse de que nadie escucharía la conversación que ambos mantenían.
-Os lo advertí, Lord Stark. Nuestra Reina se encargaría de una u otra forma de que nuestro querido Rey Robert desapareciera si es que alguien amenazaba con descubrir la verdad. –dijo el eunuco con una voz suave como la seda, tan poco pertinente a las circunstancias como el propio olor dulzón que siempre lo acompañaba.
-Joffrey es un monstruo, pero Tommen y Myrcella son niños inocentes de los pecados de sus padres. Solo eso impidió que acudiera a Robert para contarle mis sospechas. –se lamentó el norteño, sacudiendo su cabeza de un lado al otro al tiempo que miraba a su amigo agonizante.
-Vuestra piedad le costó la vida a vuestro amigo, y quién sabe a cuantos más en la guerra que se avecina. –respondió Varys, en un tono duro totalmente atípico a su persona. –Porque debéis estar seguro Lord Stark, logréis o no tomar control de la capital cuando el Rey muera, Lord Tywin no se quedará de brazos cruzados mientras apresáis a sus hijos y expulsáis a sus descendientes del Trono de Hierro. Mis pajaritos me contaron que las espadas ya comenzaron a ser afiladas y reunidas en Lannisport y el resto del Oeste.
-Que venga si quiere. –respondió desafiante Eddard. –Los Lannister no podrán vencer al resto de los reinos. Además de mis norteños y nuestros viejos aliados de la Rebelión, los Tyrell seguirán a Renly y Dorne odia a los leones. Solo los Greyjoy podrían ayudarlos y no lo harán mientras Theon esté en Invernalia.
-Os tengo malas noticias mi señor, esperaba comunicároslas más tarde pero ya que tocáis el tema no puede esperar. –dijo el espía, relamiéndose los labios mientras la tensión dentro de Eddard crecía. –Renly Baratheon y Loras Tyrell acaban de abandonar la ciudad, y según me cuentan mis pajaritos parece que el Baratheon no planea unirse a su hermano mayor. Parece que el ciervo menor tiene delirios de grandeza, o más bien de realeza.
-¿Qué queréis decir? ¡Dejad de hablar en acertijos por los dioses! –dijo el norteño, mientras un escalofrío recorría su espalda.
-Quiero decir que todo parece indicar que la lucha por el Trono de Hierro no será exclusiva de Stannis y los Lannister, sino que Renly luchará también por él y no precisamente del lado de su hermano o de su sobrino.–el essosi interrumpió un instante sus palabras, como para que Ned las procesará. -Y lo que es más, si se casa con cierta hermana doncella de su querido amigo Loras, tanto el Dominio como las Tierras de las Tormentas lo seguirán.
-¿Pero como puede hacer algo así? –dijo indignado Eddard, al tiempo que maldecía entre dientes. –Stannis es el hermano mayor, ¿qué derecho puede creer Renly que tiene al trono?
-El derecho por conquista. –respondió Varys, solemne un instante antes de sonreír burlonamente a Eddard. –Por favor Lord Stark, no me miréis con esa cara, ambos sabemos que tengo razón. ¿Qué derecho tenía Robert al Trono de Hierro? Sí, sé que su abuela había sido una Targaryen y todo ello, pero los dos sabemos que Robert se sentó en el trono porque se lo arrebató a sus dueños por la fuerza. Nadie en el Sur le tiene tanta estima a Stannis como a Renly y el Dominio solo puede llamar a las armas a cien mil hombres. Si los señores de las Tierras de las Tormentas también apoyan a Renly sobre Stannis, y creedme que lo harán, habrá tres bandos bastante parejos. El Valle, el Norte y las Tierras de los Ríos por un lado, el Dominio y las Tierras de las Tormentas por otro, el Oeste y las Tierras de la Corona y todos los mercenarios que el oro pueda comprar por los Lannister. Una guerra civil que destruirá a los Siete Reinos si es que nadie la evita. –finalizó Varys, casi satisfecho con la situación.
Eddard se quedó en silencio, el eunuco tenía razón en sus palabras.
Y lo que era peor, sin las espadas de Renly el norteño ya no estaba tan seguro de que podría tomar control de Desembarco tras la muerte de Robert. Las capas rojas de los Lannister eran el grupo armado más numeroso dentro de la ciudad tras las propias capas doradas, mientras que él contaba con menos de sesenta espadas norteñas. Lord Royce había vuelto al Valle semanas atrás así que tampoco podría contar con su ayuda, y aunque enviará un cuervo a Rocadragón el primer barco con refuerzos no podría llegar antes de que Joffrey ascendiera al Trono.
El norteño miró por la ventana de la habitación, faltaban un par de horas para que amaneciera y la mayoría de la ciudad dormía.
-¿A quiénes le son fieles las capas doradas? –preguntó el Señor de Invernalia.
Varys casi sonrío nuevamente antes de responder.
-Los soldados rasos siguen a sus oficiales ciegamente, y si bien hay algunos capitanes honorables que son realmente leales a la Corona, la gran mayoría le serán fieles a quién les pague más oro. –dijo el eunuco, al tiempo que arqueaba las cejas como si hubiera recordado algo desagradable- Janos Slynt en particular es especialmente corrupto y lo que es peor es muy cercano a Meñique.
-Meñique es amigo de mi esposa y más de una vez me ha ofrecido ayuda, ¿por qué no buscarlo ahora? –dijo el norteño, con un toque de esperanza en su voz.
-Creedme cuando os digo que solo un idiota confiaría en Meñique, Lord Stark. –respondió el eunuco, observando casi ofendido al norteño. –Sé que os lo dice alguien que tampoco es Baelor el Santo renacido, pero a diferencia de Meñique yo no os guardo rencor por haberos casado con Catelyn Tully ni tampoco le conté a toda la Corte como había tomado su virginidad y la de su hermana. Yo quiero que el Reino este en paz, Meñique quiere que se desate el caos con la esperanza de que él será el último que quede en pie.
-¿Y qué otra opción tengo? –respondió Eddard casi furioso, y no solo por el comentario del eunuco sobre su esposa. –Robert me nombró Regente de Joffrey pero ambos sabemos que el chico no es su hijo y quién debe sentarse en el Trono de Hierro es su hermano. Pero Stannis está en Rocadragón y yo tengo menos de sesenta espadas para defenderme de los Lannister que tienen fácilmente quinientas repartidas por toda la ciudad. Sin Renly, Bronze Yohn o alguien más estoy solo. Al único al que puedo acudir es a Meñique teniendo la esperanza de que por esta vez sea corrupto a mi favor y traiga las capas doradas a mi causa.
-Hacedlo si queréis Lord Stark, pero ya tenéis mi advertencia sobre Meñique. –dijo Varys, con una expresión casi derrotada. Dicho eso el eunuco dio media vuelta y comenzó a caminar hacia una de las chimeneas apagadas de la habitación. –Si ese es el camino que vais a tomar, no tenemos nada más que hablar. Os deseo el mayor de los éxitos mañana.
El eunuco se puso una capucha antes de agacharse y comenzar a desaparecer entre la oscuridad de la chimenea. Sin embargo justo antes de ocultarse por completo el eunuco se dio vuelta.
-De todos modos Lord Stark, si fuera vos despertaría a vuestros hijos y los mandaría lejos ahora mismo. Desembarco del Rey es un lugar peligroso para los jóvenes cuando se juega al Juego de Tronos. –el eunuco esgrimió una expresión de tristeza antes de desaparecer entre las sombras. –La Princesa Elia lo descubrió por las malas.
Eddard se quedó solo nuevamente, meditando que decisión tomar mientras Robert mascullaba inconsciente, cada vez más débil.
La situación era desesperada, el norteño no quería tener que depender de un hombre como Meñique, pero no veía que otra opción tomar. Cersei no era el tipo de mujer que lo tomar tranquilamente el control de la capital sin hacer nada para evitarlo, si fuera por ella haría explotar la ciudad antes de entregarla
Quizás Varys tenía razón y la piedad que tuvo por Tommen y Myrcella le costaría caro.
Suspiró y tomó una decisión.
-*-*-*-*.
-Creo que veo la Puerta del Río- dijo Edric, retirando la capucha que cubría su cabeza para poder observar mejor hacia el final de la Calle del Lodazal.
La noche ya terminaba y el alba en el horizonte era inminente. Aún así la mayoría de la ciudad todavía dormía, ignorante a la partida de norteños y el dorniense que avanzaban sigilosamente a pie hacia los muelles. Edric, Bran y sus hermanas eran acompañados por seis hombres de la guardia de Lord Stark liderados por Harwin.
El Señor de Invernalia los había despertado a la hora del lobo. Tras reunirlos a todos en la Torre de la Mano les había explicado la situación.
-El Rey morirá esta noche y la ciudad dejará de ser un lugar seguro para nosotros. –había dicho Lord Stark, mientras arropaba a Arya en una capa gris para el frío que además podría ocultar su cara de ser necesario. –Robert me nombró Regente de Joffrey, pero la Reina no se quedará de brazos cruzados. Por ello es que deben partir de la ciudad ahora mismo, Edric conoce el plan y vuestros huargos ya están en el barco. Tomaré el control de la ciudad con ayuda de las capas doradas y probablemente correrá sangre. Si es que todos sale bien nos veremos nuevamente en Invernalia, más temprano que tarde.
Arya, Bran y Sansa comenzaron a hablar inmediatamente, pero su padre los silenció atrapándolos a todos en un abrazo.
-Cuando cae la nieve y sopla el viento blanco, el lobo solitario muere pero la manada sobrevive. –dijo Eddard, con lágrimas en sus ojos. –Nunca lo olviden mis pequeños lobeznos. Yo estaré bien, pero ustedes junto a Robb deben cuidar a Rickon y a su madre. Prométanmelo.
Tras el asentimiento entre sollozos de sus hijos. Eddard los mandó a reunir la menor cantidad de posesiones personales de sus habitaciones que decidieran llevar, la velocidad era vital en la huida. Edric había decidido llevar una daga que le había obsequiado Ser Jaime un par de meses atrás y las últimas cartas de Allyria que había recibido desde Campoestrella, además de una capa lavanda con el escudo de su casa bordado. No pudo ver que llevaban los demás, salvo Arya que llevaba colgada en la cintura aquella delgada espada braavosi que le había regalado Jon Nieve antes de partir de Invernalia.
Tras reunirse nuevamente esta vez en la entrada de la Torre de la Mano los jóvenes se encontraron con Lord Stark y los guardias que les otorgado como escolta, que se sumarían a los que ya estaban en la nave lysena de los muelles. Eddard le dedicó unas últimas palabras de despedida y besó la frente de sus hijas, al decir adiós a Edric le entregó una bolsa con oro y algunas cartas.
-Encárgate de que Robb y Catelyn las reciban, Edric. –dijo el norteño, tras un abrazo final a su escudero. –La nave lysena tiene como destino Puerto Gaviota, pude convencerlos de que llevaran en la bodega a los huargos, pero no que viajara a Puerto Blanco. Cuando lleguéis ahí no confíen en Lord Grafton ni traten de contratar solos un barco que los lleve al Norte, intenten comprar caballos para poder viajar a Piedra de las Runas. Bronze Yohn o quién esté gobernando en su nombre los ayudará, otra carta que escribí es para él. –dicho eso el Señor de Invernalia puso una capucha en la cabeza de Edric, que tapaba su pelo y solo dejaba su cara al descubierto. El muchacho escondió el oro y las cartas junto a las propias entre sus ropajes -Adiós Edric, fuiste el mejor escudero que podría haber deseado. Estoy seguro de que Allem estaría orgulloso de ti. Serás el sucesor de tu tío Arthur antes de lo que imaginas.
Esas fueron las últimas palabras de Lord Stark a Edric Dayne. El dorniense aún pensaba en ellas cuando giró para observar por última vez al señor norteño, quién los observaba desde lo alto de las murallas de la Fortaleza Roja mientras sus hijos y su escolta bajaban rápidamente de la Colina Alta de Aegon por la Calle de los Dioses.
El camino más corto era haber salido por la parte sur del castillo y haber seguido el Paseo del Río, que se extendía a la sombra de las murallas sureñas de la ciudad de forma paralela al Aguasnegras. Pero por ello mismo Lord Stark le ordenó que lo evitaran. Pese a todos los resguardos que tomaron para salir de la Fortaleza Roja era imposible que los Lannister no se hubieran enterado y por ello prefería evitar cualquier riesgo.
Harwin los había dirigido a través de la calle principal que viajaba desde la Colina Alta de Aegon a la Puerta de los Dioses en el otro extremo de la ciudad, para doblar a medio camino en el Garfio, que los llevó directamente a la Calle del Lodazal. Siguiendo en línea recta dicha avenida llegarían a la Puerta del Río y más allá de ella encontrarían los muelles.
Todo se mantenía tranquilo en la ciudad hasta poco después de que Edric divisó la puerta. El horizonte ya estaba claro frente a la inminente alba cuando las campanas comenzaron a sonar. Primero solo una de manera débil, pero pocos segundos después ya estaba acompañada por una docena más. Con cada instante que pasaba se unían más campanas, tanto desde el castillo y los centinelas de las murallas como desde el Gran Septo de Baelor y todos los septos pequeños que había en la ciudad. El sonido metálico los paralizó, todos sabían que significaba.
El Rey había muerto.
El hechizo se rompió cuando Harwin señaló desesperado hacia la Puerta del Río.
-La guardia de la ciudad está cerrando la puerta. –gritó el norteño, hijo del caballerizo mayor de Invernalia y uno de los mejores jinetes del Norte. Era una lástima que no estaba sobre un caballo para poder demostrarlo.
Harwin tenía razón, la puerta no estaba a más de ochenta varas y por ello podían ver con claridad como los capas doradas estaban moviendo los engranajes para cerrarla. Usualmente todas las puertas de la ciudad se cerraban de noche, pero la Puerta del Río era la excepción para permitir que los tripulantes de los barcos fondeados en los muelles pudieran asistir a los burdeles y tabernas de Desembarco, que funcionaban sobre todo de noche.
Los norteños partieron disparados hacia la puerta, más de uno sacando las espadas de sus cintos al ver que la ciudad despertaba con el sonido de las campanas y la gente se comenzaba a asomar desde las puertas de sus casas.
Fue a diez metros del fin del camino cuando todo se fue al demonio.
La puerta aún no estaba cerrada, pero cuatro guardias de la ciudad armados con largas lanzas con punta de hierro se pusieron delante de la puerta, cerrando el paso a los norteños mientras una docena más armados con dagas acudía desde las murallas cercanas para rodearles por los costados y cortarles la retirada. Tras detenerse en seco los seis guardias norteños junto a Edric y Bran esgrimieron sus espadas, protegiendo a Arya y Sansa en el centro.
Harwin tras un segundo de indecisión gritó al aparente líder de los capas doradas, uno de los lanceros que tenía un yelmo con una pluma y cuya lanza era en realidad era una alabarda.
-Abrid paso en nombre de la Mano del Rey. –dijo el norteño, sin romper el contacto visual con los guardias mientras mantenía una espada larga en sus manos. –Estos sus hijos y estamos dirigiéndonos a los muelles bajo órdenes suyas.
El capitán, un hombre gordo con una cara que expresaba codicia escupió antes de responder. –El Rey está muerto, norteño. ¿Acaso no escuchaste las campanas? –sonrío antes de continuar, mostrando que tenía varios dientes de oro. –Nosotros no seguimos ordenes de Lord Stark y justamente hace menos de una hora la Reina nos dijo que teníamos que detener a cualquiera que intentara salir por la Puerta del Río.
-Con el Rey muerto Lord Stark es el nuevo Regente y además Mano del Rey. Dejadnos pasar o responderéis frente a él. –amenazó Harwin.
-Ja, veamos cuánto dura como Regente antes de que los Lannister se encarguen de él. –respondió el guardia, no atemorizado en lo más mínimo. –De todos modos estoy seguro que la Reina pagará con creces porque llevemos devuelta a la Fortaleza Roja a los hijos de la propia Mano, aún más si se los entregamos a ella y no a su padre.
-Tendréis que pasar por sobre nuestros cadáveres para ello. –respondió Harwin, con los nudillos blancos de lo fuerte que sostenía su arma.
-Eso tiene arreglo. Ulf, Hugh, que sus hombres que maten a todos excepto a las hijas de Lord Stark y los dos escuderos. Un venado de plata al que me traiga la lengua de ese norteño. –ordenó el oficial, señalando con su mano a Harwin. Tras ello estalló el caos.
Los tres lanceros atacaron a su vez al hijo del caballerizo, quién solo pudo evitar dos de sus golpes antes de que una lanza se le clavara debajo del hombro. Aun herido gravemente Harwin logró avanzar y matar al guardia que lo había herido antes de que otra lanza lo alcanzara esta vez en la cara, asesinándolo.
En ese instante pasaron varias cosas. Sansa gritó mientras Bran, Arya y Edric lanzaban maldiciones. El resto de los capas doradas comenzó a atacar a los otros guardias norteños, que hacían lo que podían defendiéndose de un enemigo que les superaba tres a uno en número. Ambos escuderos se unieron a la pelea y aprovechando que los guardias evitaban golpearlos mortalmente, avanzaron evitando las armas de los lanceros restantes.
El primer hombre al que Edric mató fue un guardia poco mayor que él, alto y con granos que destacaban en su cara. Tras haber bailado evitando la lanza con la que buscaba golpearlo, el escudero le abrió la garganta con un golpe de la daga que le había regalado Ser Jaime.
El capa dorada no había caído al suelo cuando el dorniense ya se estaba enfrentando con el capitán, que bloqueaba con la madera de su alabarda los golpes del acero de Edric. Tras un intercambio de golpes finalmente Edric aprovechó su mayor agilidad y velocidad, logrando clavar su daga en el pecho del oficial antes de que pudiera bloquearla. El gordo capa dorada soltó la alabarda y murmuró una maldición mientras caía al suelo, con la daga todavía clavada. Edric tuvo que detenerse un momento para liberarla del cuerpo.
A su lado Bran logró con dificultad matar al último lancero, quedando libre el camino a los muelles. Pero lo que ocurría detrás de ellos hacia que no fuera una opción. Cuando los escuderos llegaron para cruzar sus espadas con las de sus enemigos, cuatro guardias norteños ya habían muerto, llevándose consigo seis capas doradas. Pero aun así seguían siendo tres contra seis.
En ese instante uno de los sargentos que quedaba, un hombre de barba negra que además era grande y fornido como un uro, aprovechó que los norteños estaban ocupados peleando y tomó en sus brazos a Sansa que no dejaba de gritar. Luego de echarse al hombro a la muchacha salió corriendo en dirección a la ciudad. Edric solo pudo observar impotente por el rabillo del ojo como la figura de la pelirroja se iba haciendo más pequeña en medio de la niebla matinal.
Un doloroso corte en el brazo obligó a que el dorniense se enfocara nuevamente en la pelea. El capa dorada al que se enfrentaba peleaba bien para ser un guardia y hasta el momento no dejado expuesta su defensa en ningún momento. Edric tenía que recurrir a todas las lecciones de Ser Rodrik y Jaime Lannister para mantenerse vivo.
Tras un golpe que casi lo deja sin oreja izquierda fue que el dorniense vio su oportunidad. El guardia levantó mucho el brazo de la espada y antes de que pudiera bajarlo Edric clavó su daga en el costado de su enemigo, hundiéndola hasta que alcanzó su corazón asegurándose que moriría.
El escudero saltó hacia atrás aprovechando la fuerza del movimiento para sacar el arma del torso de su adversario. Tras ello miró a su alrededor y desesperado se dio cuenta de que todo estaba perdido.
El último guardia norteño había muerto, quedando Bran en solitario defendiendo a Arya de tres enemigos. Todos atacaron a la vez y lograron reducir al escudero, golpeándolo con las empuñadoras de sus armas en la cabeza hasta que quedó inconsciente. Edric corrió para ayudar a su amigo, pero antes de alcanzarlo los capas doradas estaban listos para recibirlo.
Dos le cortaron el paso mientras el tercero tomaba en sus brazos a Arya de la misma forma que el sargento lo había hecho con Sansa. La muchacha lo maldecía, arañaba y mordía, pero aun así el guardia comenzó a llevarla hacia la Fortaleza Roja, desapareciendo de la vista del escudero tras doblar por un callejón
El dorniense lanzó un gritó de rabia mientras peleaba con los últimos guardias. La furia le sirvió por un momento, logrando resistir los embates de sus enemigos y empuñando su arma con tal pasión que durante un instante logró hacerlos retroceder.
Pero luego de la euforia inicial la rabia lo desconcentró, unos segundos después recibió mal un golpe y la daga escapó de sus manos.
Edric quedó a merced de sus enemigos, vencido y arrodillado a un lado de Bran.
Uno de los guardias iba a golpearlo con el pomo de su daga para dejarlo inconsciente como al otro escudero, pero en ese instante comenzó a sonar los ruidos de un caballo que galopaba acercándose.
Ser Jaime Lannister estaba vestido con la armadura de la Guardia Real y la nívea capa blanca colgando de sus hombros. En su cara una expresión indescifrable mientras inspeccionaba con la primera luz del sol a los cuerpos muertos delante de la puerta. Al verlo los capas doradas que quedaban se relajaron y bajaron sus armas.
El caballero se acercó a ellos, mirando a Edric todo el tiempo con la misma expresión indescifrable.
-Las hijas de Lord Stark ya fueron capturadas, Ser Jaime. Tal como ordenó la Reina. –dijo un capa dorada. –Ya matamos a sus guardias y desarmamos al escudero norteño, solo nos faltaba el dorniense.
-Habéis cumplido un gran trabajo, estoy seguro que mi querida hermana estará satisfecha. –respondió el capa blanca, sin mirar a los guardias. –Estoy seguro que recibiréis vuestra recompensa, un Lannister siempre paga sus deudas. Es más, creo que la recibiréis ahora mismo.
Cuando estuvo a su lado, desenfundó su espada y en un abrir y cerrar de ojos decapitó a ambos guardias. Los cuerpos golpearon el suelo mientras bajaba de su caballo.
-Cersei puede llegar a ser tan cruel como Aerys con quienes se cruzan en su camino. –murmuró Ser Jaime, al tiempo que ayudaba a Edric a levantarse. –Por mí que juegue al Juego de Tronos con cualquier señor del reino, pero eso no es excusa para tomar como rehenes a niños.
El dorniense no respondió. Sin tomar en cuenta los gritos del guardia real tomó su daga y empezó a correr desesperado hacia donde se había dirigido el capa dorada que se había llevado a Arya. Dobló por un recoveco por el que había huido el guardia cuando la vio.
El capa dorada yacía a pocos metros, inmóvil boca abajo en medio de un charco de sangre. Arya estaba de pie cubierta de esa misma sangre, paralizada mientras observaba el cuerpo del guardia. En sus pálidas manos cubiertas de rojo estaba la espada braavosi que había traído desde Invernalia.
Edric recorrió rápidamente los metros que los separaban y se dio cuenta de que la norteña estaba en estado de shock. Luego de llamar la atención de la chica para que bajara la espada, la abrazó para tranquilizarla.
Arya estaba temblando y casi sollozaba mientras hablaba.
-No quería hacerlo. –murmuraba, mientras seguía observaba el cuerpo. –Jon me dijo que debía golpear con la punta afilada, pero nunca creí que sería tan fácil. Aguja atravesó su espalda como si fuera agua.
Edric no dijo nada, mientras la muchacha se calmaba. Después de unos instantes la alejó de su pecho y le habló.
-Tenemos que irnos. Bran está inconsciente y necesito ayuda para poder llevarlo al barco. –dijo el dorniense, mientras observaba los alrededores por si había algún capa dorada acercándose. –No tenemos mucho tiempo antes de que vengan más capas doradas. Vamos antes de que sea tarde, no podemos permitir que la muerte de Harwin y el resto sean en vano.
La muchacha un poco más repuesta asintió y lo siguió mientras volvían a la puerta. Jaime Lannister los esperaba con Bran en sus brazos. Antes de que Arya preguntará cualquier cosa Edric ya se había acercado a él para recibir al otro escudero.
-El chico estará bien, he visto golpes en la cabeza peores que han terminado en nada grave. –dijo el Matarreyes al tiempo que ayudaba a repartir bien el peso de Bran entre los dos jóvenes. – Tienen que irse ahora. No puedo acompañarlos así que tendrán que llegar a los muelles solos. –el caballero blanco montó su caballo y mostró una última sonrisa al dorniense. –Te dije que te debía un favor por el torneo. Espantaré a cualquier capa dorada que se acerque.
Tras decir eso, su sonrisa se desvaneció y su cara adoptó una expresión seria. Le dedicó unas últimas palabras antes de que partir a lomos de su caballo. –Lo que hice hoy no significa que actuaré igual en el futuro. Mi lealtad siempre será primero a mi familia. Así que te deseo suerte en las guerras futuras Dayne. Adiós.
-Adiós, Ser Jaime. –respondió Edric, observando solo un instante como se alejaba el caballero. Luego comenzó a caminar junto a Arya rodeando los cuerpos de los guardias muertos para poder salir de la ciudad.
La nave lysena era una de las primeras del muelle, las franjas que poseía su casco y los norteños que montaban guardia delante de ella la hacían fácil de identificar. Los jóvenes habían avanzado unos pocos metros cuando un guardia los diviso y lanzó el grito de alarma. Poco después varios hombres corrieron desde el barco a ayudarlos y entre todos llevaron a Bran a bordo.
El último guardia subió e inmediatamente después la nave partió. Los remos chocaban con el agua del río y los marineros izaban las velas alejándose de la ciudad y de los soldados que comenzaban a llegar a la Puerta del Río, donde tantos habían muerto.
Mientras un marinero trataba las heridas del dorniense, este observaba como Desembarco del Rey se hacía cada vez más pequeña en el horizonte. Edric se maldecía por no haber podido evitar la captura de Sansa. La frustración, rabia y desilusión por haber fallado lo acompañaría el resto del viaje y la guerra. Lo único que lo reconfortaba es que por lo menos había podido escapar exitosamente con Bran y Arya.
Habían logrado huir del nido de víboras que era la capital de los Siete Reinos, pero dejando atrás al hombre más honorable que el dorniense había conocido en su vida, como era Lord Stark… y a un caballero verdadero como Jaime Lannister.
-*-*-*-*.
Un par de días después –Al norte de Marcaderiva en la Bahía del Aguasnegras.
La Orgullo de Marcaderiva era una nave exquisita, desde el mástil hasta los remos. Con trescientos hombres y tres cubiertas talladas en madera plateada, un espolón reforzado y suficientes escorpiones y catapultas como para derribar a un dragón, poco tenía que envidiarle en poderío a las naves más grandes de la Flota Real o la Redwyne o en velocidad a la Victoria de Hierro de Victarion Greyjoy. La nave era el mayor motivo de felicidad de su comandante después de su pequeño hijo y heredero.
Lord Monford Velaryon era un hombre en la medianía de su vida, alto y de hombros anchos y con los ojos violáceos y el pelo plateado de la antigua Valyria. Tantos años capitaneando barcos habían quemado su originalmente pálida piel y guardaba una cicatriz debajo del hombro de una flecha que había recibido en la Batalla del Tridente, donde había servido como escudero de Ser Jonothor Darry, guardia real del Rey Aerys que había fallecido en la misma batalla.
El Amo de Marcaderiva provenía de una estirpe cercana a la de los reyes dragón sin par en Poniente, al punto de que tres príncipes de la Casa Real habían tomado como esposas a doncellas Velaryon y cuatro Señores de las Mareas habían hecho lo mismo con princesas Targaryen. Por ello es que siempre pelearon del lado de sus primos en las guerras civiles que habían azotado Poniente, incluyendo a la propia Rebelión de Robert.
La amistad de ambas familias se remontaba más allá de su propia llegada a Poniente desde las Tierras del Eterno Verano. Aun cuando el Imperio Valyrio se extendía por todo Essos y la magia era tan común como la luz del sol, los Targaryen y los Velaryon luchaban juntos en el juego de tronos del antiguo imperio, unos a lomos de sus dragones y los otros a bordo de sus naves de guerra.
Es por ello que en el fondo de su alma Lord Monford se sentía avergonzando de estar obedeciendo las órdenes de Stannis Baratheon como un simple banderizo más del Usurpador.
El buen clima que había en la Bahía del Aguasnegras mientras su nave surcaba las aguas entre Marcaderiva y Rocadragón parecía reírse de él mientras releía la carta que se le había enviado. En la escueta misiva, el Baratheon solicitaba su presencia y la de sus soldados en la isla volcánica solo los dioses sabían para qué.
Mientras caminaba en la cubierta de su barco dando órdenes y confirmando que todo estuviera bien, Monford pensaba no por primera vez en que hubiera pasado si la Rebelión hubiera fallado.
Su padre Lucerys había sido Consejero de Barcos del viejo Rey Aerys, pero aunque lo había amado como solo un hijo podía amar a su progenitor el actual Señor de Marcaderiva tenía que admitir que el comportamiento de su padre en los tiempos del Rey Loco había dejado mucho que desear. Lucerys había actuado condecentemente frente a las acciones del Targaryen, siendo uno de los pocos que lo siguió apoyando incluso después de la ejecución de Lord Stark y su heredero y del propio estallido de la Guerra del Usurpador. La sed de poder y el sueño de ver a la Casa Velaryon una vez más entre las más poderosas del continente habían hecho que su padre aplaudiera las decisiones de Aerys, aun cuando todos sabían que no tenían justificación alguna y eran propias de un loco.
Lord Monford suspiró. Las decisiones de Lucerys no habían logrado que su familia volviera a tener el poder que poseía en los tiempos de la Serpiente Marina y el Príncipe Pícaro, sino que la había dejado más débil que nunca. Cuando los Targaryen cayeron, los Velaryon les siguieron prontamente. Robert Baratheon se había encargado de ello.
Su pequeño hijo Monterys siempre le pedía que le contara historias de su famoso antepasado Corlys. Una de las pocas formas de lograr que durmiera luego de la muerte de su madre había sido narrándole al niño las aventuras del explorador Velaryon en las lejanas tierras más allá de los mares. Una vez le había preguntado qué había pasado con todos los tesoros que había traído desde Yi Ti y Asshai de la Sombra.
-Con una parte construyó un castillo gigantesco. Tan imponente y bello como la Fortaleza Roja o Altojardín. Un castillo que reflejaba lo poderosa que era nuestra Casa. –le había respondido esa noche mientras acariciaba su cabello para hacerlo dormir. –Y el resto lo guardó debajo de esa misma fortaleza.
-Pero si Marcaderiva no es tan grande papá, hasta el castillo de los Celtigar es más grande… y seco. –había protestado el niño, hiriendo sin saber el orgullo de su padre.
-No es Marcaderiva, Monterys. –le había respondido al niño.- ¿Recuerdas las ruinas que visitamos en tu último día del nombre? Esas ruinas doscientos años atrás eran un castillo llamado Marea Alta. –el Velaryon sonrío- La Serpiente Marina creía al igual que ti que Marcaderiva era muy pequeño y húmedo. Por eso construyó Marea Alta con los tesoros que trajo de Oriente.
El niño quedó profundamente impresionado con la revelación de su padre. – ¡Pero esas ruinas eran gigantescas! ¿Cómo un castillo tan grande terminó así? –le había preguntado, mirándolo fijamente con sus ojos azules.
-Hubo una guerra entre hermanos Targaryen, y nuestra familia pagó el precio por inmiscuirse en la disputa entre los dragones. –respondió escuetamente, antes de comenzar a arropar al niño- Pero eso es una historia para otro día.
-Pero papá…
-Nada de peros Monterys, te he enseñado mejor que eso. –le había respondido bruscamente Monford. Sin embargo rápidamente su expresión se suavizó. –Pero te puedo prometer una cosa si es que te comprometes a quedarte dormido de una vez por todas.
-¿Qué? –había preguntado emocionado el niño.
-Algún día reconstruiremos Marea Alta.
Luego de eso se había despedido de su hijo y había salido de su habitación, dejando a Monterys feliz, sin duda soñando con el castillo en cuestión.
La verdad era un poco más cruel. Hasta el día de hoy Lord Monford seguía recordando como su padre le había hecho la misma promesa cuando era un poco mayor que su propio hijo… solo para terminar ahogándose junto a la mayoría de la Flota Real en la tormenta gigantesca que azotó Rocadragón los últimos días de la Rebelión.
Esos recuerdos llenaban la cabeza de Lord Monford cuando uno de los vigías de su nave lanzó un grito.
-Hay una nave al oriente, mi señor. Parece que nos estuviera evitando.
-¿Qué? –Lord Velaryon había interrumpido sus cavilaciones para erguirse en toda su altura mirando al vigía, todos los hombres del barco interrumpiendo sus labores para observar el intercambio -¿Qué te hace pensarlo?
-Habían arriado sus velas para que no los viéramos, mi señor. –respondió el marinero, bajando la vista con temor a su señor feudal. -Acaban de volver a erguirlas, quizás pensando que ya no podríamos alcanzarlos. De hecho también están ocupando los remos para escapar más rápido.
-Ah, contrabandistas. –murmuró para sí mismo el rubio. Luego sonrío complacido. –Demostrémosles que el Orgullo de Marcaderiva es más rápida de lo que creen. –luego miró al comandante de la nave, un hombre pálido que respondía al nombre de Addam, quién esperaba sus órdenes. - Capitán, inicie la persecución.
-Como mande mi señor. –respondió el capitán. Luego se giró hacia sus hombres. –Ya oyeron a Lord Velaryon, que todos los remeros bajen a cumplir su labor y que el resto de las manos disponibles se encargue de las velas. Si alcanzamos a ese barco en menos de veinte minutos habrá doble ración de vino cuando lleguemos a Rocadragón.
Los hombres festejaron y acudieron rápidamente a sus posiciones. Los tambores que sincronizaban los remos comenzaron a sonar mientras más y más velas mar con el caballo de mar como escudo se izaban en la nave insignia. La Orgullo de Marcaderiva empezó a acortar la distancia con el barco fugitivo de manera casi inmediata.
Cuando estaban a menos de doscientas varas logró ver que el barco tenía franjas en su casco que lo marcaban como originaria de Lys, lo que aumentó aún más la curiosidad del Lord.
"¿Que puede contrabandear una nave lysena tan lejos de su hogar? Lo único que podrían vender tan caro como para que valga la pena el viaje serían esos venenos tan famosos de Lys… o esclavos de lujo, nada más justificaría el riesgo."
Cuando estaban a doscientas varas les ordenó a los arqueros y a los operarios de las catapultas y escorpiones que se preparasen. Lo mismo a un pelotón de espadachines para abordarla. No iba a escatimar en precauciones, una presa es más peligrosa cuando está acorralada.
Cuando estuvieron a tiro de piedra de la nave le ordenaron mediante gritos que se detuviera, si no lo hacían lamentarían las consecuencias. Los tripulantes izaron una bandera con los colores de los Siete, aceptando lo inevitable. Unos minutos después, con la nave mayor posicionaba a un lado de la otra con suficientes arqueros apuntando a los lysenos por si intentaban cualquier traición, Lord Velaryon y su pelotón de espadachines abordaron el barco.
Cuando estuvo en ella, exigió en alto valyrio saber quién era el capitán del barco. Uno de los marineros vestido con los ropajes más lujosos y una barba tan rubia como su pelo se acercó e hizo una reverencia delante de él.
-Os saludo, mi señor. –dijo el lyseno en el mismo idioma.
-Ahórrate tus cortesías contrabandista, y dime que es lo que tan preciado que llevas en el barco como para intentar huir. –respondió fríamente Lord Velaryon. –Si te das prisa no hundiré tu barco y a tus hombres les daré la opción de volver a casa.
-Pido disculpas mi señor, pero estábamos cumpliendo órdenes.
-¿Órdenes de quién? –dijo Monford, exasperado. –Estáis en aguas de la Casa Velaryon y me da lo mismo lo que os haya ordenado algún magister con más oro que el que puede gastar. Estáis en Poniente y si rompéis la ley respondéis ante mí y mi espada.
-No seguíamos órdenes de ningún magíster, mi señor. –respondió asustado el capitán, levantando las manos acusando inocencia –Nos lo ordenó la Mano de vuestro Rey Robert, el tal Lord Stark.
-¿Lord Stark? –preguntó incrédulo Velaryon, intentando encontrarle un sentido lógico a las palabras del lyseno. Tras unos instantes se dio cuenta de que varios de los tripulantes de la nave no tenían aspecto lyseno, sino que norteño. – ¿Qué tiene que ver la Mano del Rey con una nave essosi como la vuestra?
-Nos envió desde Desembarco a Puerto Gaviota, quería que lleváramos a su familia al Norte, pero no pagó suficiente. –admitió el lyseno. –Cuando os vimos su hija exigió que intentáramos pasar desapercibidos y eso fue lo que hicimos. Queríamos evitar cualquier tipo de problemas, pero el plan no funcionó y os pedimos disculpas.
-Quién rompe la ley no queda a salvo solo por pedir disculpas, lyseno. –dijo Monford, profundamente interesado en la historia que había escuchado de sus labios. –Pero creo que hoy estoy compasivo. Lo estaré más si es que me presentas a tus distinguidos invitados.
-Por supuesto, mi señor. –respondió el capitán, olvidando cualquier orden que hubiera recibido de no revelar a nadie la identidad de sus pasajeros para salvar su propio pellejo.
Rápidamente lo dirigió hacia un trío de jóvenes bastante peculiar que aguardaban cerca del mástil del barco. Dos escuderos, uno rubio que parecía ya estar terminando su camino hacia caballero y otro moreno que iba en la medianía; y una doncella que debía haber florecido hace poco, porque aún poseía más facciones de niña que de mujer.
Ninguno de los tres parecía conocer alto valyrio y todo indicaba que eran ignorantes frente al intercambio de palabras entre Lord Velaryon y el capitán lyseno, pero la muchacha fue la primera en deducir lo que había pasado y miró con una mirada de rabia asesina al essosi.
-Maldito seas, mi padre confió en ti y le revelas nuestra identidad al primer Lord con el que nos encontramos. –le gritó la chica al marinero, teniendo que ser sujetada por los dos escuderos para que no lo golpeara.
-Basta –ordenó Lord Velaryon, interponiéndose entre el lyseno y la norteña. –No es culpa de él que las aguas de Marcaderiva se interpongan entre Desembarco y el Norte. Creía que podía esperar mejores modales de una hija del Señor de Invernalia.
-Se nota que no conocéis a los norteños. –murmuró solemne el escudero rubio, lo que causó que la muchacha le lanzará un golpe de puño en el costado antes de responder a Monford.
-No lo maldigo por navegar por navegar cerca de su isla, mi señor. Lo maldigo por ser un cobarde que nos traicionó frente a la primera amenaza. –dijo la chica, aún enojada.
-No todos los hombres poseen el mismo temple. –repuso el Señor de Marcaderiva, estudiando con la mirada a la norteña. Había conocido a pocos habitantes del reino septentrional en su vida, ya que la mayoría eran reservados y pocos interesados en el comercio excluyendo a los Manderly.
Pero cuando era escudero de Lord Celtigar había estado presente en el Torneo de Harrenhal, y todos quienes habían acudido recordaban en menor o mayor medida a quién Rhaegar Targaryen le entregó la corona de rosas invernales. Por ello una mirada a sus facciones quitaba cualquier duda sobre si la persona que tenía delante de él era pariente de Lyanna Stark.
–No asustéis tanto al pobre lyseno, mi señora. –añadió para tranquilizarla un poco. –Creedme, Lord Monford Velaryon es un buen súbdito del Trono de Hierro y jamás le haría daño a alguien de la familia de la Mano de nuestro buen Rey Robert.
-¿Entonces no lo sabéis? –pregunto incrédulo el escudero rubio, que pensándolo bien también le recordaba a alguien que el Velaryon había conocido cuando era más joven.
-¿Saber qué? –preguntó exasperado Monford, antes de recuperar la compostura. –Perdonadme, pero no parecéis norteño y no sé quién sois.
-Edric Dayne, Señor de Campoestrella y escudero de Lord Stark. –respondió el muchacho, observándolo fijamente. –Preguntaba si no sabéis lo que pasó en Desembarco los últimos días.
-Hace semanas que no he recibido ningún cuervo desde la capital –respondió intrigado el Velaryon. -¿Qué sucedió?
Monford notó las miradas cruzadas que se dirigieron Dayne y la norteña, antes de que el primero respondiera. –El Rey ha muerto.
-Larga vida al Rey Joffrey. –respondió el Señor de Marcaderiva tras un instante de estupefacción. Notó que ni el dorniense ni los norteños compartieron su exclamación. –He escuchado que el príncipe es más cercano a su madre Lannister que a su padre. ¿Es por eso que estáis huyendo?
Los jóvenes se mostraron incómodos. Fue el escudero moreno que no había hablado hasta ese momento quién respondió. –No estamos huyendo, mi padre simplemente quería que volviéramos al Norte. –dijo tímidamente.
-Dudo que lo haya querido porque sí. –dijo Monford, analizando sus posibilidades. Que el Rey hubiera muerto era algo de una importancia trascendental y se empezó a preguntar si quizás era por eso que Lord Stannis lo había llamado a Rocadragón.
¿Quizás el Baratheon mayor quería quitarle el Trono de Hierro a su sobrino? Lord Velaryon estaría encantado de que los Baratheon y los Lannister fueran a la guerra y se destrozaran mutuamente como los usurpadores que eran, pero era imposible de que en una guerra así fuera un mero observador.
Stannis Baratheon sabía que el Señor de Marcaderiva aún después de todos estos años seguía unido por honor y sangre a los Targaryen, así que pese a ser su abanderado más poderoso no gozaba de la confianza del amargo Señor de Rocadragón. En caso de una guerra el honor de ser el almirante de la flota difícilmente recaería en Monford, para vergüenza de todos sus antepasados. ¿Qué pensarían la Serpiente Marina o Puño de Roble de ver a un Florent o un Celtigar ocupando un puesto que por tradición le pertenecía a un Velaryon?
Eso era la situación hasta ese momento, pero ¿qué pensaría Stannis si el Señor de Marcaderiva se presentaba frente a él acompañado de dos rehenes de alta cuna? El Norte y los Tully estarían obligados a obedecer al Señor de Rocadragón, quizás el Valle también. Un regalo así significaría una alta recompensa para Monford, lo que hacía aún más tentador el pensamiento.
Pero una mirada más a los jóvenes que tenía delante suyo le hizo abandonar tal idea. El Stark menor no era mucho mayor que su propio hijo Monterys y Lord Velaryon tenía la suficiente edad y experiencia como para saber qué pese a la actitud desafiante que mantenía la chica norteña, en el fondo estaba asustada. Odiaría desde lo más profundo de su alma tomar como rehenes a inocentes como ellos.
Por ello es que decidió lo contrario.
Le dio órdenes a sus hombres de que bajaran sus armas, y con los ánimos un poco más calmados comenzó a hablarle a los jóvenes.
-Según me contaba el capitán, parece que tenéis como destino Puerto Gaviota. –dijo Lord Monford, ordenando al essosi que se alejara a otro lado del barco cuando la norteña nuevamente intentó golpearlo. – ¿Decidme, no les interesaría llegar directamente a Puerto Blanco?
Los tres jóvenes se miraron entre ellos confusos, claramente no esperaban que les preguntara algo así. Tras unos instantes de estupefacción comenzaron a discutir analizando sus posibilidades. Lord Velaryon alcanzaba a escuchar alguno de sus murmullos.
-Lord Manderly es uno de los hombres más fieles de padre, aún recuerdo como se reía de los trucos que le enseñé a Verano la última vez que fue a Invernalia.
-Aunque llegáramos a Puerto Blanco, padre no está con nosotros y Lord Manderly es tan gordo como ambicioso, ¿Qué tal si nos vende como el lyseno?
-No creo que lo haga, los Manderly le deben todo a los Stark. Además tu padre me dijo que no confiara en Lord Grafton, si podemos evitar Puerto Gaviota lo haría.
-¿Tú también Ned? ¿Acaso soy la única con algo de inteligencia acá? ¡Nos estamos entregando a la buena voluntad de alguien que abordó el barco en el que viajábamos!
-A mí tampoco me agrada la idea Arya, ¿pero qué más podemos hacer? Ya abordaron el barco y aún si llegáramos a El Valle tendríamos que recorrer medio continente con solo diez guardias antes de volver a Invernalia.
-Ya, está bien. Pero ¿de verdad crees que alguien nos ofrecería algo así sin pedir nada a cambio?
-No, tampoco lo creo.
Los jóvenes siguieron discutiendo unos minutos antes de finalizar. Edric Dayne fue el primero en girar para hablar con Lord Velaryon, un Stark en cada lado.
-Suponiendo que aceptáramos vuestra oferta, mi señor. ¿Qué es lo que pediríais a cambio? –preguntó seriamente el escudero. Monford se dio cuenta de que poseía los mismos ojos que su famoso tío que había servido en la Guardia Real.
-A vosotros nada, así que estén tranquilos. Pero cuando lleguéis a Invernalia me gustaría que le hicierais llegar un mensaje al Guardián del Norte –respondió.
-¿Qué? –preguntó la chica, tan desafiante como al principio.
Lord Velaryon se irguió en toda su altura y sus facciones adoptaron una forma seria antes de responder. –Se acerca una guerra, mi señora. Y actualmente no sé si realmente vale la pena luchar por quién deberé hacerlo. No me malinterpretéis, no soy un cobarde. Pero tengo un hijo incluso menor que ustedes que deseo ver crecer y no veré a los soldados de mi familia arder por una causa que no comparto.
-Lo único que os pido a cambio de este favor es que en el futuro lo recuerden. Recuerden lo que la Casa Velaryon hizo por vos. Marcaderiva es fuerte pero no tanto como el Norte, así que si es que las mareas se tornan en nuestra contra me sentiría mucho más seguro sabiendo que contamos con amigos en el Norte.
-Si cumplís con vuestra palabra por supuesto que podéis contar con nosotros, mi señor. –respondió el dorniense, secundado rápidamente por el escudero Stark y un poco más reticentemente por la chica norteña. –Estoy seguro que la Casa Stark siempre os estaría en deuda. El Norte recuerda.
-En ese caso, os deseo un buen viaje hasta el Norte. –dijo Lord Velaryon, permitiéndose una sonrisa. Le ofreció su mano a Dayne, quién se la estrechó sellando el trato. –Yo hablaré con el capitán. Estoy seguro que aceptará llevarlos al Norte a cambio de un poco más de oro y ciertas tarifas preferenciales en las aguas de Marcaderiva. Así son los essosi, lo único que desean es más oro.
Los escuderos asintieron, pero la doncella lobo se quedó observándolo, imperturbable.
-¿Y qué es lo que usted desea? –preguntó finalmente la muchacha norteña.
Monford la miró fijamente a sus ojos grises antes de responder. La muchacha no flaqueó ni apartó la mirada en ningún momento y por ello ganó su respeto.
- Deseo que mi hijo pueda llegar a la adultez, gobernando la Bahía del Aguasnegras sano y salvo. Deseo que mi Casa vuelva a su antigua gloria y ser recordado en el futuro como la Serpiente Marina lo es en nuestros días. –entonces sonrío nuevamente, pero esta vez de una manera más enigmática. –Y deseo que mis primos retornen al lugar donde forjaron su legado con fuego y sangre.
Dicho eso se retiró para hablar con el capitán, dejando confundidos a los Stark con sus palabras. El essosi obviamente aceptó sus condiciones y tras volver él y sus soldados al Orgullo de Marcaderiva, la galera lysena no tardó en volver a navegar hacia el norte.
Mientras la observaba alejarse desde la cubierta de su nave insignia, Lord Monford Velaryon no dudo por un instante de que había tomado la decisión correcta.
-*-*-*-*.
Unos días antes –Desembarco del Rey
Cuando la lanza de Janos Slynt atravesó el pecho de Jory Cassel y Meñique puso en su cuello una cuchilla de acero valyrio y huesodragón, Lord Stark se dio cuenta de que había tomado la decisión equivocada al confiar en Petyr Baelish.
A su alrededor los capas doradas asesinaban sin piedad al resto de su guardia que lo había acompañado al Salón del Trono en el fútil intento de apresar a Joffrey. Al principio todo parecía en orden, el Rey bastardo estaba acompañado solamente por la Guardia Real -excluyendo a Jaime Lannister- y unas pocas capas rojas, por lo que Ned había visto la preocupación en la cara de Cersei cuando entró acompañado de las espadas de sus guardias y las lanzas de la Guardia de la Ciudad. Había más norteños que guardias Lannister y las capas doradas doblaban en cantidad al resto de los hombres presentes, así que todo debería haber salido bien.
No fue así.
Pero más que la traición de Meñique lo que más le dolió fueron los gritos de sus hombres al morir mientras el bastardo se reía maniáticamente desde el Trono de Hierro. Ned vio la cara de vergüenza de Ser Barristan, quién no había desenvainado su espada y miraba con asco a la matanza delante de él. Antes de poder apreciar cualquier otra cosa, un fuerte golpe en la nuca lo dejo inconsciente.
Cuando despertó la oscuridad la impedía ver. Al principio temió haber quedado ciego, pero rápidamente se dio cuenta de que estaba debajo de la Fortaleza Roja en una de las Celdas Negras. Destinadas a los criminales más viles del reino, tales mazmorras eran poco ocupadas. Ned no solo no podía ver, sino que tampoco podía escuchar sonido alguno desde su celda.
Hombres más débiles se hubieran vuelto locos a los pocos días, pero esos hombres no eran un Stark de Invernalia. Una vez al día un carcelero le entregaba pan duro y un poco de agua para que no muriera de inanición en su prisión, pero nunca le dirigió la palabra. Ni siquiera cuando el norteño se humilló y rogó al guardia por noticias del exterior.
Ahogado en oscuridad, Ned hizo lo único que aún podía hacer. Soñar.
Y así el norteño soñó con tiempos mejores, cuando su familia era más numerosa y aún no conocía la crueldad de los dioses. Recordó la primera vez que cazó con Lord Arryn y Robert, y la primera vez que pudo ver a Lyanna y Benjen tras volver a Invernalia desde el Valle. Soñó que volvía a bailar con una doncella de hipnotizantes ojos violetas en el gran salón de Harrenhal y recordó cuando tomó por primera vez en sus brazos a Robb.
Pero esos sueños agradables se esfumaron a medida que pasaba el tiempo sin tener noticias de su familia, siendo reemplazados por recuerdos dolorosos. Recordó la cara del primer hombre que mató, un arquero de Lord Grafton en las murallas de Puerto Gaviota. Soñó con el Saqueo de Desembarco y el momento en que Robert sonrío cuando los Lannister le presentaron los cuerpos de los hijos de Rhaegar envueltos en capas rojas. Recordó a los tres caballeros blancos protegiendo una torre en medio de las montañas y a su hermana en una cama de sangre.
"Prométemelo Ned"
Había cumplido su promesa de proteger a Jon, en eso estaba en paz consigo mismo. Lo que lamentaba era que nunca podría ser él quién le revelara a su sobrino su identidad verdadera.
Al cuarto día el carcelero vino más temprano de lo normal. Eddard no demoró en darse cuenta de que en realidad era el eunuco haciéndose pasar por un carcelero.
-Varys, mi familia… -murmuró con dificultad el norteño. Las palabras se le enredaban en la lengua tras no haber hablado con nadie en días.
-Lamento deciros que su huida no fue totalmente exitosa. –respondió casi con pena el espía, mientras se sacaba la capucha que cubría su afeitada cabeza.
-¿Qué quieres decir? ¿Dónde están mis hijos? –preguntó desesperado el norteño. Toda la fuerza de voluntad que lo había mantenido cuerdo en medio de la oscuridad estaba impulsada por la esperanza de que sus hijos habían a salvo. Si es que les había pasado algo el norteño se quebraría.
-Vuestra hija mayor está encerrada en la Torre de la Mano. Según me han contado mis pajaritos la han tratado decentemente, pero aun así está asustada. No es que alguien en su posición pueda estar de otra forma. –respondió el eunuco, casi con compasión en su voz. Al ver que el norteño estaba al borde de las lágrimas se apresuró a continuar. –Vuestros hijos menores lograron huir junto a vuestro escudero, pero me temo que los guardias que mandasteis con ellos murieron defendiéndolos. Al parecer Cersei había preparado una emboscada con las capas doradas de la Puerta del Río. Aun así lograron subir al barco lyseno y huir de la ciudad.
Lord Stark agradeció a los dioses por ello. Que hubieran logrado retener a Sansa era suficiente, no podría haber soportado que todos sus hijos estuvieran en poder de los Lannister.
-¿Que es lo que quiere Cersei? –preguntó.
-Quiere que reconozcáis a Joffrey como el legítimo Rey de los Siete Reinos y que ordenéis a vuestro hijo que se quede en el Norte. La Reina aún tiene esperanzas de que la guerra por el Trono de Hierro se limitará a Stannis y sus ejércitos, y cuenta con vos para que eso suceda.
-Jamás lo haré. Ambos sabemos que Joffrey es una abominación nacida de incesto. No es hijo de Robert y no puede sentarse en el trono. El heredero legítimo es Stannis. –respondió duramente Lord Stark, recobrando por un instante el orgullo que lo caracterizaba.
-Lord Stark, debéis ser comprensible. Nuestra querida Reina sabe que no puede cortaros la cabeza sin entrar en guerra con la mitad del reino, así que si le seguís su juego os dejara partir al Norte para tomar juramento en la Guardia de la Noche. Si valoráis vuestra vida y la de vuestros abanderados deberíais hacerlo. –dijo Varys, con los brazos cruzados.
-Me confundís con un hombre que no soy si creéis que valoro más mi vida que mi honor. Hace muchísimos años que estoy preparado para morir. Si debo hacerlo que así sea, mi familia me vengará y matará a esa abominación que se sienta en el Trono de Hierro. –respondió el norteño, con la espalda recostada en la pared del calabozo. Una rata chilló en un rincón, pero ninguno de los hombres le prestó atención.
El eunuco lo miró un momento antes de responder.
-Entonces no lo hagáis por vos, hacedlo por vuestra hija. ¿De verdad queréis que su inocente cuello conozca el acero de Ser Ilyn Payne? Ambos sabemos que Cersei no dudará en ordenar su ejecución si es que no cooperáis.
El norteño no respondió, el eunuco tenía razón.
Eddard Stark estaba dispuesto a sacrificar su vida de ser necesario, pero la de sus hijos era algo diferente. Los amaba demasiado como para siquiera considerarlo. Para algunos un reino valía más que las vidas de la familia, para él no.
Es por ello que un par de días después estaba en las escalinatas del Gran Septo de Baelor, enfrentando a una multitud que esperaba atenta su confesión. A su alrededor estaban los miembros de la corte real y un centenar de guardias Lannister, dispuestos a actuar ante cualquier orden de Cersei. Ned solo se demoró unos instantes en divisar a Sansa, pero se le encogió el corazón al verla escoltada por Ilyn Payne y Sandor Clegane.
Al principio le costó formular las palabras, pero una mirada a la cara de desesperación de su hija terminó con cualquier indecisión.
-Yo soy Eddard Stark, Señor de Invernalia y Mano del Rey de nuestro difunto Rey Robert. Estoy aquí para confesar frente a los ojos de los Siete que intenté usurpar el Trono de Hierro a su legítimo dueño, Joffrey de la Casa Baratheon. No puedo más que pedir perdón a mi rey y a los dioses frente a mi error y rogar por misericordia.
La multitud estalló en abucheos y gritos. Una piedra impactó su cara y le sacó sangre. Sansa gritó, no por última vez en aquella jornada.
-Los Siete son severos con los pecadores. –dijo tras calmar a la multitud el Septón Supremo, un hombrecillo que solo destacaba por la corona de cristales de siete colores que llevaba puesta. –Pero también nos enseñaron que debemos ser piadosos con aquellos que se arrepienten de sus faltas. Rey Joffrey, ¿Cuál será el castigo de este pecador?
Ned se permitió levantar la vista para mirar a Sansa. Por un instante apreció su parecido con su madre en todo su esplendor y se emocionó un poco al ver el destello de esperanza en los ojos azules de la muchacha.
En ese instante Joffrey habló.
-Es cierto que los Siete dicen que tenemos que ser piadosos con los arrepentidos y que está más que claro que Lord Stark está arrepentido de sus acciones. –proclamó casi gritando el niño rey, pausando para que el público saboreara cada una de sus palabras. El falso Baratheon incluso se permitió una sonrisa. –Así que seré misericordioso.
La sonrisa de Joffrey se agrandó y a Eddard se le erizó el pelo al ver que era la misma sonrisa cruel que Robert había esgrimido al ver los cuerpos de Rhaenys y Aegon.
-Lord Stark no será condenado a la muerte agónica que se merece como el traidor que es, me conformaré con que la Justicia del Rey le quite la cabeza. Ser Ilyn, traédmela.
El caos estalló nuevamente en el Gran Septo de Baelor. La multitud gritaba escandalizada mientras todo el Consejo Real y el Septón Supremo rodeaban al Rey intentado hacerlo entrar en razón. Sansa lo miró y gritó con desesperación su nombre antes de que el Perro de Joffrey la obligara a apartar la vista.
Pero Ned estaba ajeno a todo ello. Tras las palabras de Joffrey perdió la conexión con la realidad y dejó que los guardias lo llevaran al tocón sin oponer resistencia.
Estaba pensando en su familia mientras miraba el suelo con su cuello expuesto al verdugo. Pensaba en Catelyn y como adoraba compartir su lecho, sus risas, su amor. En Robb y como le enorgullecía verlo convertirse en un hombre mejor que él. En Bran que sería el mejor caballero de la historia de la Casa Stark. En Arya, su pequeña loba que enterneció su corazón desde la primera vez que respiró. En el salvaje Rickon, tan parecido a su tío Brandon aún a tan tierna edad. En Benjen y Jon, quienes sacrificaron los privilegios de su cuna entregando sus vidas al deber de proteger el Muro.
En su padre Rickard y su madre que apenas conoció. En todos los amigos que había perdido en todas las guerras que había peleado. En todos los enemigos que habían muerto por su mano, aun cuando no quería matarlos.
Y finalmente en Lyanna. Casi podía verla en esos instantes finales, sonriéndole con una corona de rosas invernales en su cabeza.
-Cumplí mi promesa Lyanna- murmuró de manera casi imperceptible.
-Lo sé Ned. –le respondió la muchacha, extendiendo sus brazos invitándolo a que lo acompañara. –Ahora ven, es hora de que descanses.
Cuando Hielo bajó, el beso del acero valyrio fue tan rápido que no se podía decir que Ned lo había sentido.
