Tercera luna del 302 A.L – El Norte.

Lord Karstark fue el de último de los vasallos en arribar a Invernalia. El Señor de Bastión Kar venía acompañado por quinientos jinetes, más de dos mil lanceros y trescientos arqueros. A estos se les sumaban sus dos hijos mayores y su hija Alys. Edric conocía de antes a la norteña y a sus hermanos Harrion y Torrhen, ya que Lord Rickard había acudido en varias ocasiones a visitar a Lord Stark junto a sus hijos.

En su momento no se había dado cuenta, pero ahora el dorniense entendía que en tales visitas Lord Karstark intentaba sin mucho éxito concertar un compromiso entre sus hijos y los del difunto Lord Eddard. Qué irónico.

Alys era una muchacha agradable, parecida en apariencia a Arya pero con una personalidad no tan difícil. Para un desconocido que no conociera a Sansa incluso podría pasar como su hermana mayor. Un par de veces había bailado con ella en los banquetes que ofrecía Lord Stark en honor a sus vasallos y tuvo la oportunidad de hablarle. Según recordaba, le había contado que su padre aún tenía la esperanza de comprometerla con Robb para que pudiera convertirse en la siguiente Lady Stark… aunque ella misma no lo deseara.

-Robb es apuesto y cortés, pero está claro que no está interesado en mí. – le había dicho una noche en el Gran Salón de Invernalia, mientras su padre bailaba con Lady Catelyn y Harrion con Sansa. Un bardo cantaba el Oso y la Doncella y los norteños aplaudían y golpeaban las mesas al ritmo de la canción. – Me gustaría casarme con alguien que me quisiera y no solo con quién le diera más prestigio a mi padre. Pero bueno, la vida no funciona así.

En cuanto a sus hermanos, ambos se parecían y además compartían la clásica apariencia norteña, casi como si fueran una versión más robusta de Jon Nieve. Ambos estaban deseosos de derramar sangre y ganar gloria en la guerra que se había desatado en el Sur.

Con el arribo de los Karstark el ejército que Robb había reunido casi llegaba a los veinte mil, a los que aún se les debían sumar los hombres que los Manderly, los Flint y otras casas meridionales habían reunido en Foso Cailin. Un ejército impresionante que clamaba por sangre de leones en venganza por su Señor asesinado.

La noticia de la muerte de Lord Stark los había alcanzado cuando el dorniense se presentó junto a Bran y Arya en Castillo Nuevo, la fortaleza que los Manderly habían levantado en Puerto Blanco tras ser exiliados del Dominio. El gordo y anciano Lord Manderly había mirado con compasión a los hijos de su señor mientras enunciaba las fatídicas palabras escritas en la carta que le había entregado su gordo y rubio maestre.

La misiva informaba que Eddard Stark había sido acusado de traición y posteriormente ejecutado por órdenes de Joffrey, quién además había ordenado a todos los grandes señores del reino que acudieran a la capital a jurarle fidelidad. Lord Wyman había aprovechado en el mismo momento de prometer las espadas de su casa en venganza por las acciones del niño rey.

Pero eso fue de poco consuelo para Bran y Arya, quienes habían reaccionado como era esperable frente a la noticia de la muerte de su padre. Bran había llorado como un niño pequeño y Arya se había tapado la cara antes de sollozar, sin que Edric pudiera consolarlos en lo más mínimo.

El dorniense también sufrió por la noticia, pero a diferencia de los norteños el escudero se había preparado para ella desde aquella charla en el Bosque de Dioses de la Fortaleza Roja. Además fue el propio Lord Stark quién le enseñó que no valía la pena lamentarse por lo sucedido, lo que importaba era luchar por remediarlo. Es por eso que no lloró y recibió la noticia con amarga aceptación, pero al mismo tiempo se juró no descansar hasta que se hiciera justicia por el asesinato de quién fue casi un padre para él.

Pero Ned se arrepintió de no haber sido un poco más expresivo, porque Arya malentendió su actitud estoica confundiéndola con indiferencia, por lo que lo había acusado de ser un ingrato con todo lo que Lord Stark había hecho por él.

-Te recibió en nuestro hogar, te crio como a uno de sus hijos y te quiso como si hubieras sido uno de nosotros. –le dijo furiosa unos días más tarde, mientras viajaban hacia Invernalia desde Puerto Blanco en una barcaza que remontaba el Cuchillo Blanco.

La norteña no le había dirigido una sola palabra desde que se había enterado de la muerte de su padre y derechamente lo había estado evitando. Es por eso que había tomado por sorpresa al dorniense cuando lo arrinconó en una de las cabinas de la nave, pinchándole el pecho con esa espada braavosi que Jon Nieve le había regalado. Nymeria estaba detrás de ella mostrándole los dientes.

-No puedo creer que agradeces así a mi padre por todo lo que te dio. Casi me dan ganas de atravesarte con Aguja para ver si puedes sentir algo parecido al dolor que sentimos Bran y yo.- había añadido, con más desprecio que odio en su voz. – No te reconozco Edric, realmente creía que eras mejor que esto.

Edric había querido explicarle que él también sufría por la muerte de Lord Stark, pero que estaba concentrado en vengarlo para no tener que pensar en el dolor. Sin embargo Arya no quiso escucharlo y lo había pinchado con la espada para que permaneciera en silencio.

Lo miró amenazantemente unos segundos más antes de bajar la espada. Arya no le dijo nada más antes de dar media vuelta y alejarse del dorniense, seguida de cerca por su loba. Edric la llamó pero la norteña hizo como si no lo hubiera escuchado. Desde entonces que no le había vuelto a hablar.

Y por si fuera poco, todo empeoró unas semanas más tarde en Invernalia, cuando Robb lo llamó al solar personal del Señor de Norte –ahora su propio despacho tras la muerte de su padre- para hablar del futuro.

El dorniense había estado pocas veces en esa habitación. El despacho tenía una ventana que permitía entrar la luz del sol naciente, una mesa que servía de escritorio y una pequeña chimenea que se podía encender cuando el calor de las aguas termales que corrían por las paredes era insuficiente. Una alfombra myriense de un blanco espectacular cubría el suelo y un candelabro de bronce colgaba del techo. Habían cabezas de jabalíes, osos e incluso la de un gatosombra petrificadas en una de las paredes.

El resto de las paredes estaban ocupadas por tapices con escenas de la familia Stark, desde Brandon el Constructor levantando El Muro hasta Cregan el Viejo luchando en la Danza de los Dragones. Al escudero le llamó la atención que el único retrato que había colgado no era de la esposa o los hijos del difunto Lord Eddard, sino que de su hermana Lyanna.

En ese momento Robb habló.

-Te preguntarás porque mi padre nunca prometió la mano de Arya a alguno de nuestros vasallos. –dijo Robb directo al grano. El Señor de Invernalia estaba de espaldas al dorniense, pero tras pronunciar esas palabras se dio vuelta para estudiarlo detenidamente con sus ojos azules. A sus pies sobre la alfombra myriense descansaba Viento Gris, durmiendo indiferente a ambos hombres.

Edric casi no reconocía al norteño. La muerte de Lord Eddard y las responsabilidades que ahora tenía lo habían hecho envejecer años en unos pocos meses. Su expresión severa y postura erguida eran dignas del heredero de los antiguos Reyes del Invierno.

-Lord Eddard me había mencionado algo. –admitió el escudero, bajando la vista. Recordar al antiguo Señor de Invernalia aún le causaba dolor, aunque cierta norteña lo dudara. –Dijo que tenía planes para ella y yo, antes de que todo esto pasara.

-Lo mismo me había dicho a mí cuando se lo pregunté. –respondió Robb, relajando un poco su expresión al ver el dolor en la cara de Edric. –Con todo lo que sucedió en el sur, entiendo que mi padre no haya hecho algo más sobre ese tema. Pero ahora tengo a la mitad de los señores del Norte en mi castillo y todos los que tienen hijos varones están exigiéndome la mano de Arya en matrimonio, por lo que no puedo esperar más. Debo comprometerla con alguien antes de partir al sur.

El Señor de Invernalia suspiró y ordenó unas cartas que se amontonaban en su mesa antes de continuar.

-Honraré los deseos de mi padre. –dijo Robb, con una expresión de dolor propio al recordar a Lord Eddard.- Todavía no eres un adulto, pero estoy seguro que tu tía en Campoestrella respetara la decisión que tomes. En caso que la rechaces lo comprenderé, y no te mentiré, tanto mi madre como mis banderizos se alegrarán de saberlo. –en ese momento el norteño miró a los ojos al escudero, casi permitiéndose una sonrisa. –Pero si la aceptas, ten por seguro que estaría orgulloso de llamarte mi hermano, y que no podría encomendar la protección de Arya a nadie mejor que tú.

-Ambos sabemos que Arya no es precisamente el tipo de dama que necesita protección. –dijo Edric, agradecido por las palabras de Robb pero aun así incomodo por el tema del que estaban hablando. El dorniense quería a la norteña, ¿Pero amarla? Ned no sabía de amor. Cuando era más pequeño había estado encaprichado con Sansa y en un par de ocasiones había jugado a los besos con Jeyne Poole, pero nada más. Para no quedarse en silencio interrumpió sus pensamientos y siguió hablando. –Sabes que no estoy exagerando cuando digo que es mejor jinete de lo que yo jamás seré. Además tiene casi tanta habilidad con el arco como Theon y se defiende con una espada mejor que la mitad de los escuderos del Norte.

-Por ese mismo espíritu indómito es que no la quiero obligar a casarse con alguien que nunca la querrá como es. Si fuera por mí dejaría que no se comprometiera con nadie hasta que ella decidiera, y eso si es que se decide por alguien. –. respondió el Señor de Invernalia. El norteño suspiró antes de continuar. –Pero ambos sabemos que el mundo no funciona así. Es por eso que prefiero comprometerla con alguien que conozco y quiero como a un hermano, que con uno de los hijos del Gran Jon o de algún señor sureño.

-Me encantaría poder aceptar vuestra propuesta, Lord Stark. –respondió formalmente Edric, adoptando la postura de señor que Lord Eddard le había enseñado que debía utilizar cuando se trataba de temas importantes. –Pero por el mismo aprecio que tengo por vuestra hermana, no puedo aceptarla sin tener su consentimiento, que estoy seguro que no tendré. –el dorniense bajó la vista nuevamente, la hostilidad de la norteña en los últimos días le dolía más de lo que quería admitirse. No la amaba, pero la quería.

-¿Por qué crees que Arya no lo aprobaría? –preguntó extrañado el norteño.

-Arya se enojó conmigo tras enterarse de la muerte de Lord Eddard. Y al igual que tú, no voy a obligarla a ser parte de un compromiso con alguien que detesta. –respondió el dorniense, encogiéndose de hombros.

-Ned, tú conoces a Arya casi tan bien como yo. Todos estamos sufriendo por lo de nuestro padre y ella está transformando ese dolor en odio, parte del cual lo dirigió hacia ti. –dijo Robb, seguro de sus palabras. –Pero estoy seguro de que es algo temporal, ella te quiere más de lo que crees. Después de Jon siempre fuiste la persona más cercana a ella cuando éramos niños. Pronto se dará cuenta de que está equivocada al enojarse contigo y se arrepentirá. Mi hermana es terca pero no tonta.

-Me gustaría creerte Robb. –respondió el escudero, aún dudoso. –Pero por lo menos ahora no estoy seguro de ello, ni tampoco se me ocurre que hacer para hacerla cambiar de opinión. No me quiere escuchar, cuando llegamos a Invernalia intenté hablar con ella y me tiró a Nymeria encima.

-Dale tiempo al tiempo. –respondió el norteño, mirando al vacío por unos instantes como si estuviera pensando en sus propios fantasmas. Robb aprovechó la pausa para acariciar al huargo que descansaba en el suelo. El lobo se estiró pero no se despertó –Aun así, respeto tu postura. No comprometeré a mi hermana contigo hasta que ella sea quién lo consienta. Ruego a los dioses que lo haga, porque en caso contrario tendré que comprometerla con Pequeño Jon.

-No lo harías. –dijo preocupado el dorniense. El hijo mayor del Gran Jon era incluso más alto y fuerte que su padre, pero tenía ese temperamento tan característico de los Umber, capaz de matar a alguien hasta por la más mínima ofensa. No se imaginaba a Arya con alguien así.

-No quiero hacerlo, pero si tengo que hacerlo lo haré. No podrá permanecer sin cumplir con la obligación hacia su familia por siempre. –respondió Lord Robb, cambiando súbitamente el relajo que poseía por la postura severa del Señor del Norte –Mi hermana será la futura Lady Dayne o Lady Umber. Solo espero que tome la decisión correcta.

No hablaron mucho más después de ello.

-*-*-*-*.

Con el arribo de los Karstark el ejército estaba listo para partir. Y lo haría apenas pudiera, si es que querían evitar que las reservas para el invierno del castillo de los Stark se agotaran en pleno otoño. Por ello es que esta noche sería el banquete de despedida al ejército por parte de quienes se quedarían detrás.

Sentado a la cabecera de la mesa mientras comía y bebía con su familia y sus vasallos, el joven Señor de Invernalia no podía dejar de pensar en la guerra a la que pronto acudiría y en los amigos y familiares que podría perder en las batallas venideras.

En un principio Robb quería que tanto Lady Catelyn como Bran se quedarán en la fortaleza invernal, pero ambas personas se habían negado.

Su madre le había dicho que necesitaría de su experiencia y su presencia cuando tuviera que lidiar con los banderizos de su abuelo en el sur… y que hace poco había recibido una carta desde Aguasdulces escrita por su hermano Edmure, en la que le comunicaba que la salud de Lord Tully se había deteriorado. En la misma misiva prácticamente le rogaba que acudiera al sur para que lo acompañara en estos tiempos difíciles. Es por eso que Catelyn le dijo a Robb que si o si viajaría al sur, junto a su ejército o sin él.

En cuanto a Bran, el escudero se negó a permanecer fuera de la guerra. Pero no era solo sed de gloria o venganza por la muerte de su padre lo que lo motivaba a participar, lo que su hermano quería por sobre todas las cosas era rescatar a su hermana cautiva en la Fortaleza Roja. Su hermano se culpaba por la captura de ella, creyendo que podría haber hecho algo más.

Tras el cuervo que traía la noticia de la ejecución de su padre había llegado otro, que traía una carta escrita de puño y letra por Sansa en la que le pedía a su hermano mayor que jurara lealtad a Joffrey y que no llamara a las armas a sus vasallos. Pero no era necesario ser un maestro de espías para darse cuenta que las palabras de la carta no eran de ella, sino de la Reina. Por ello Robb las desestimó y quemó la misiva tras leerla.

De todas formas Bran no era el único que deseaba derramar sangre Lannister para poder rescatar a Sansa, y tampoco era el más ansioso por ello.

Domeric, su padre y el resto del ejército Bolton habían sido los primero en llegar a Invernalia tras el llamado a los banderizos. Al ser la prometida del joven heredero de Fuerte Terror, la familia que tantos problemas había causado a los Stark en el pasado se tomó el secuestro de Sansa como un ataque personal hacia ellos. Por ello es que como le dijo Lord Bolton después de entregarle el pésame por la muerte de su padre, "sus cuchillas estaban listas para hacer sangrar a los leones."

Robb casi no reconocía a Domeric, su reservado pero agradable amigo había cambiado tras haberse enterado de lo sucedido en la capital. Cuando arribó al castillo de los Stark, lo primero que había hecho era exigirle que cuando llegara el momento fuera él quién ajusticiara personalmente a Joffrey.

-Los Bolton ya no desollamos a nuestros enemigos, vuestra familia nos lo prohibió hace siglos. –le había dicho, mirándolo con esos ojos incoloros tan inquietantemente parecidos a los de su padre. – Pero juro por todos los dioses que si ese bastardo le toca un pelo a Sansa le haré desear nunca haber nacido.

El Señor de Invernalia le había prometido que se aseguraría que el niño rey fuera castigado y que no le negaría la oportunidad de participar en ello, pero su amigo no se había mostrado satisfecho. Desde entonces todos los días el Bolton le preguntaba cuanto faltaba para que finalmente pudieran viajar al sur a la guerra.

Según los últimos cuervos que habían arribado desde el Valle y Aguasdulces, las primeras escaramuzas de la guerra ya habían ocurrido. Lord Tywin había acudido a la capital desde la Roca con un ejército gigantesco, que fácilmente superaba los treinta mil hombres. Otro ejército se estaba formando en el Colmillo Dorado y además había fortificado con miles de soldados los castillos de sus tierras que colindaban con El Dominio. El Viejo León era cauteloso y astuto, dividiendo sus fuerzas de tal forma que podía atacar a los Tully y defender sus tierras de los Tyrell sin tener que abandonar la capital.

La última decisión había resultado acertada cuando Renly Baratheon se proclamó rey y se casó con Margaery Tyrell. El hermano menor del difunto rey Robert tenía detrás de él a todo el poder de las Tierras de las Tormentas y El Dominio, pero el último cuervo que había traído noticias decía que todavía no se había decidido a marchar hacia Desembarco del Rey y aún seguía reuniendo hombres a sus hombres en Altojardín.

Aun así un ejército dirigido por Lord Rowan había intentado tomar Refugio de Plata en las tierras Lannister, pero habían sido rechazados por los hombres del oeste con muchas pérdidas para los soldados Tyrell, que tuvieron que retirarse a sus propias tierras nuevamente.

Stannis Baratheon seguía juntando hombres en Rocadragón, sin mucho éxito. La traición de Renly parecía haber tomado por sorpresa al Baratheon mayor y había paralizado sus movimientos. De igual forma había enviado cuervos donde exigía la fidelidad de los habitantes de Poniente a su persona, revelando de paso la verdad sobre los progenitores de la abominación que se sentaba en el Trono de Hierro.

Robb había estado a punto de jurarle fidelidad a cambio de la cabeza de Joffrey en venganza por lo que le había hecho a su padre, pero no lo hizo cuando rumores siniestros sobre el Señor de Rocadragón comenzaron a circular en el reino. Rumores que hablaban que Stannis habría tomado a su servicio a una hechicera de Asshai, una sacerdotisa de un dios extranjero que había convencido al rey de quemar los septos y los bosques de dioses de Poniente y de iniciar una verdadera cruzada religiosa en los reinos.

Al principio había desestimado esas habladurías, pero cambió de opinión cuando llegaron cartas a Invernalia desde El Valle y Marcaderiva, donde tanto Yohn Royce como Lord Velaryon confirmaban los rumores. El último de ellos inclusive había estado presente en Rocadragón cuando se quemaron las estatuas de los Siete.

Es por eso que Robb había ignorado las órdenes de Stannis y había decidido viajar al sur para guerrear con los Lannister sin jurar fidelidad a nadie. Solo cuando hubiera recuperado a su hermana y conocido mejor a los sureños que se proclamaban reyes pensaría en hincar la rodilla frente a uno de ellos.

Tanto la familia de su madre como Bronze Yohn habían negado su fidelidad a alguno de los reyes y se habían proclamado en abierta rebelión al Trono de Hierro. El problema es que tal decisión no había sido seguida por todos en aquellos reinos, como si había sucedido en El Norte.

Lord Walder Frey no había respondido ninguno de los cuervos que su tío había enviado desde Aguasdulces y al mismo tiempo había reunido a más de cuatro mil hombres tras las murallas de Los Gemelos. El viejo Señor del Cruce era suegro de la hermana de Lord Tywin, así que Robb temía la posibilidad de tener que enfrentarse a él cuando su ejército pasara por sus tierras.

En el Valle la situación era aún más complicada. Lord Grafton había cerrado Puerto Gaviota al resto del reino mientras se declaraba a favor de Joffrey con la esperanza de que los Lannister le enviarán refuerzos. Su padre siempre le había dicho que Gerold Grafton era un hombre codicioso, que aprovecharía cualquier oportunidad que tuviera para ganar más poder. Estaba casado con una Arryn de Puerto Gaviota, rama cadete de la familia del Nido de Águilas y tan ambiciosos como los propios Grafton. Robb no tenía duda que su rebelión tenía como objetivo ganar el control sobre todo El Valle de Arryn.

Y para empeorar las cosas, Lady Lysa, viuda de Jon Arryn y tía del propio Robb, había llamado al resto de los nobles de El Valle a que desconocieran el título de Lord Protector que Robert había otorgado a Bronze Yohn y se rebelaran contra él. El Valle estaba al borde de una guerra civil, y Robb quería apresurarse en viajar al sur a ayudar a sus aliados.

-Deberías aceptar la propuesta de Lord Royce. –dijo su madre, interrumpiendo sus pensamientos. Lady Catelyn estaba sentada a su derecha vestida casi completamente de negro, aún de luto por la muerte de su esposo. Mantenía a su lado a Rickon, quién milagrosamente se estaba comportando decentemente mientras atacaba la comida que tenía delante suyo.

Robb parpadeó y observó nuevamente a los comensales de su mesa. A su otro lado y enfrentando a su madre estaba Bran, su hermano y heredero. Su antiguamente jovial hermano no sonreía y si bien respondía cuando alguien le hablaba, poseía la expresión ausente que había mantenido desde que había vuelto del sur. Ni siquiera las cicatrices en la cara que tenía convencían a su hermano de que no podría haber hecho algo más por su padre y hermana.

A un lado de Bran estaba Theon Greyjoy, apuesto y vestido con ropas elegantes. Se podía decir que el heredero de las Islas de Hierro era su mejor amigo. Él era con quién había compartido su primera borrachera, el que lo había ayudado a matar su primer jabalí y quién lo había llevado a un burdel en la ciudad invernal para perder la virginidad. Aunque si el norteño era sincero, no estaba muy orgulloso de lo último.

Al lado de Theon estaba el otro pupilo de Invernalia, Edric. El dorniense estaba vestido con ropas purpuras y tenía el blasón de los Dayne estampado en el jubón. Ned esgrimía una sonrisa cortés cuando alguno del resto de los comensales le dirigía la palabra, pero la sonrisa no alcanzaba sus ojos. El escudero parecía muy concentrado en su plato como para hacer mucho más, y Robb estaba seguro que eso se debía tanto a la culpa que también poseía Bran por los sucesos en el sur… como al hecho de que Arya estaba sentada frente a él, a un lado de Rickon.

Su hermana se había mantenido en silencio durante casi toda la comida, a veces ni siquiera respondiendo cuando él o su madre le hablaban. De vez en cuando lanzaba una mirada al dorniense que tenía al frente, que bajaba la vista en cada ocasión, sin duda deseando estar en cualquier otro lugar. Aparte de eso no hacía mucho. Solo cuando Domeric –que estaba sentado a su lado- ofrecía alcanzarle algún plato de comida la norteña respondía, pero aún en esas ocasiones con meros monosílabos.

Más allá en la mesa estaban los demás vasallos de la Casa Stark. Gran Jon Umber, Roose Bolton y Rickard Karstark ocupaban lugares destacados junto a sus herederos. Hacia la mitad de la mesa alcanzaba a ver a Galbart Glover charlando con el jovial Halys Hornwood, mientras Halman Tallhart discutía con Lady Maege Mormont. Los señores Ryswell, Cerwyn, Stout y el capitán que Lady Dustin había enviado al mando de las fuerzas de Fuerte Túmulo se apretujaban hacia el final, concentrados en la comida.

-¿No crees que es algo apresurado, madre? –dijo Robb finalmente, luego de lo cual se llevó una copa de vino a los labios. Tras beber continuó hablando. – Mi compromiso con la princesa Myrcella fue disuelto hace menos de una semana. Además mis vasallos podrían tomarse a mal que su señor elija como esposa a la hija de un noble de El Valle y no a una doncella norteña.

-Sabes perfectamente que eso no es cierto. –respondió severamente Lady Catelyn, pero bajando el tono de voz para que solo él pudiera escucharla. –Casi todos estos señores aquí presentes conocen y respetan a Yohn Royce. Combatieron hombro a hombro junto a él en la Rebelión y hay pocas cosas que los norteños respeten tanto como la fuerza. Además no sería la primera vez que un Stark toma como esposa a una Royce, o viceversa. Ambas familias provienen de los Primeros Hombres y se han unido en matrimonio en varias ocasiones a lo largo de la historia.

-Ya, está bien. Quizás si aceptarían a Ysilla como mi esposa. –dijo Robb, rindiéndose. Sin embargo el vino se le subió a la cabeza por un instante, lo que lo impulsó a rebatir a su madre. – ¿Pero qué hay de lo que yo quiero? ¡Nunca la he visto en mi vida y quieres que me case con ella! Tú tuviste suerte con padre, pero ambos sabemos que es algo que pasa pocas veces. ¿No tengo derecho a casarme con alguien que quiera, o siquiera conozca?

Su madre le lanzó una mirada llena de decepción antes de responder.

-Eres el Señor de Invernalia, Robb. Y eso te obliga a tomar decisiones que no se basan solo en tu propia felicidad. Casarte con la hija de Lord Royce fortalecería enormemente la alianza entre nuestros reinos, que será vital si es que queremos derrotar a los Lannister en el sur. ¿Acaso conoces a otra doncella que traiga tantas espadas a tu ejército como Ysilla Royce? Porque si lo haces estoy dispuesta a escucharte. –dijo fríamente su madre.

Lady Catelyn era una Tully por nacimiento, pero tantos años en Invernalia la habían hecho dura como el acero de los norteños. Ambos mantuvieron el contacto visual por unos segundos, desafiándose para ver quién se rendía primero.

Pero no duró mucho, el efecto del vino pasó y Robb apartó la mirada.

-Ambos sabemos que no la hay. –finalizó el norteño, derrotado. Intentó alcanzar nuevamente la copa de vino, pero su madre se lo impidió.

-Entonces Robb, escribe las palabras en el pergamino y envíalo a Piedra de las Runas. Estoy segura que los señores del Valle estarán más dispuestos a seguir a Lord Royce por sobre mi hermana si es que saben que todo el Norte lo apoya. –dicho eso, Lady Catelyn miró hostilmente a Edric.

Cuando Robb era más pequeño no entendía porque su madre odiaba tanto al dorniense, pero unos años atrás Theon le había contado una historia que había escuchado de unos guardias ebrios, sobre una doncella dorniense con ojos violetas en el Torneo de Harrenhal. Después de ello lo entendió.

–No quisiste hacerme caso sobre Arya y seguiste con tus planes. –continuó su madre, con una rabia apenas contenida en su voz.- Pido a los dioses nuevos y los antiguos que no me defraudes en esto también.

Robb no respondió, preguntándose qué opinaría su madre sobre su idea de intentar liberar de sus votos a Jon Nieve para poder traer a su hermano bastardo desde El Muro.

Lady Catelyn se dio vuelta y atendió a Rickon, quién parecía a punto de empezar uno de sus berrinches. El resto de la familia Stark continuó comiendo en silencio.

Theon trató de establecer conversación con él en un par de ocasiones, pero pronto se dio cuenta que el Señor de Invernalia no estaba de ánimo para hablar y desistió de sus intentos. Algunos brindis se sucedieron, en honor a su difunto padre, los nobles invitados que habían llegado a Invernalia, y a la gloria que ganarían en las batallas venideras.

Robb solo asintió con verdadero entusiasmo al primero de ellos.

Una hora más tarde el banquete había finalizado y tanto su familia como sus vasallos habían comenzado a retirarse para descansar. La espera había terminado y el ejército partiría mañana al mediodía. Mientras miraba a los hombres y mujeres salir del Salón, el Señor de Invernalia se dio cuenta con satisfacción que Arya quedó atrás tal como se lo había pedido.

El sonido de las antorchas ardiendo era el único que resonaba en el ahora vacío Gran Salón. Robb se levantó de su asiento y haciéndole señas a su hermana para que lo siguiera, caminó hacia el Trono del Invierno que estaba al final de la habitación.

Se detuvo al llegar a los escalones que se elevaban hacia la tarima donde estaba colocado el asiento. El antiguo trono de los reyes del Norte estaba elaborado con una piedra blanca como mármol y sus brazos estaban tallados en forma de huargos. De la pared sobre la que estaba apoyado colgaba un estandarte blanco con otro huargo gris en él, representando el emblema de la Casa Stark.

-Todavía recuerdo la primera vez que padre me dejó sentarme en él. –murmuró Robb a su hermana, sin dejar de observar el trono. –Me dijo que tarde o temprano llegaría el día en el que sería mío, al igual que el resto de Invernalia.

-Lo último que me dijo fue que permaneciéramos unidos. –dijo tristemente Arya, mirando al suelo mientras hablaba. –Que cuando llega el invierno los lobos solitarios mueren, pero la manada sobrevive.

-Hace unos años también nos dijo eso a Jon y a mí. –respondió Robb, esgrimiendo una sonrisa triste al recordar a su difunto padre y a su hermano en El Muro. –Supongo que lo que le pasó a sus hermanos y a nuestro abuelo en la Rebelión le hicieron desear que nunca más nuestra familia se separara.

Ambos se mantuvieron en silencio un momento, recordando a su padre. Esa sonrisa que solo mostraba cuando estaba con su familia, y que nunca volverían a ver. El aullido colmado de dolor de uno de los huargos hizo que la norteña también recordará a otra persona.

-Cuando duermo, sueño con Sansa. –dijo su hermana, insegura. –Pienso en lo que debe estar sufriendo a mano de la Reina y Joffrey. Pienso en cómo debe haberse sentido cuando ese monstruo ordenó ma… matar a padre. –añadió casi quebrándose.

Robb la abrazó para tranquilizarla. Arya era muy fuerte, quizás la más fuerte de todos los hijos de Eddard Stark, pero seguía siendo una doncella de trece años que había perdido a su padre y que tuvo que matar a un hombre para no ser capturada. Su hermana le devolvió el abrazo y lo apretó con fuerza.

-Yo también pienso en ella. Es por ello que sufro cada hora que estoy aquí en Invernalia sin poder viajar al sur para poder liberarla. Ansío derrotar a los ejércitos de Lord Tywin, tomar la Fortaleza Roja y ver la luz escapar de los ojos de Joffrey… tal como el disfrutó hacer lo mismo con padre. –respondió Robb, escupiendo con rabia el nombre del niño rey y también emocionándose al hablar de Lord Eddard.

Pero rápidamente recuperó la compostura y continuó hablando de una manera más cautelosa.

-Pero también tengo miedo Arya. Tengo miedo de perder a Bran en una batalla. Tengo miedo de que el niño rey se desquite con Sansa cuando empiece a perder la guerra. Tengo miedo de que te pase algo a ti o a Rickon mientras nosotros estamos luchando en el sur, y que volvamos al Norte solo para que nuestra familia tenga aún más miembros por los que llorar.

-Yo también tengo miedo de que te pase algo cuando vayas al sur, pero tienes que rescatar a Sansa. Ella es demasiado buena e inocente como para soportar todo lo que debe estar sufriendo. Nosotros por lo menos podemos reconfortarnos el uno al otro, ella ni siquiera tiene eso. –dijo la muchacha, apretando sus puños hasta que sus nudillos quedaron blancos. Robb no tenía duda alguna de que si Arya pudiera elegir, sería la primera en irrumpir espada en mano a la Fortaleza Roja para rescatar a Sansa y vengarse de los Lannister.

El Señor de Invernalia estaba orgulloso de tener una hermana tan fuerte. Pero por esa misma cualidad de la norteña debía elegir con cuidado sus siguientes palabras.

-Sansa no es la única persona que no merece lo que le está pasando. –dijo Robb, alejando un poco a su hermana para observar detenidamente los gestos de su cara. Tal como esperaba, la muchacha se mordió el labio antes de responder.

-Ned habló contigo.

-Solo después que yo lo llamara para hablar con él. Además, toda Invernalia ya se dio cuenta que lo estás evitando. No somos ciegos.

-Sé que quizás he sido un poco injusta con él. –admitió la norteña, flaqueando un instante. Pero rápidamente recuperó su fortaleza. - Pero tienes que entenderme, yo estaba ahí cuando se enteró de la muerte de padre. ¿Y sabes qué hizo? ¡Nada! ¡Se quedó en silencio como si le hubiera dado lo mismo!

-No todos reaccionamos de la misma forma, Arya. –respondió Robb, poniendo su cara de Señor de Invernalia para hablar. -¿De verdad me estás diciendo que no se te ocurrió que Edric puede estar sufriendo igual que nosotros, pero sin demostrarlo?

-Se me pasó por la cabeza un par de veces. Pero Robb, tú no entiendes. Ned ya no es la misma persona que de siempre. Y no fue solo Desembarco lo que lo cambió… es de antes. Desde esa ocasión que lo vi volviendo del Bosque de Dioses en la madrugada que se está comportando de forma extraña…

-Ninguno de nosotros es igual a como cuando éramos niños, Arya. –la interrumpió su hermano, exasperándose por un instante antes de recuperar la compostura. –Y si bien es cierto que Ned ha cambiado, no tengo motivo alguno como para creer que se ha transformado en alguien que se merece tu desprecio. Más bien lo contrario.

-¿Por qué lo dices? –preguntó la muchacha. Su cara ya no reflejaba rabia o tristeza, sino que sincera curiosidad. Robb sabía que estaba en terreno delicado así que pensó con extremo cuidado cada una de las palabras que salieron de su boca.

-Cuando llamé a Edric a hablar conmigo, lo hice porque quería saber si estaba dispuesto a comprometerse contigo. –admitió finalmente. Antes de que Arya alcanzara a decir cualquier cosa continuó hablando. –La idea original fue de padre, no mía. Yo solo estoy cumpliendo con sus deseos.

La mención de Lord Eddard detuvo en seco cualquier reclamo de su hermana, quién lo miró con una expresión de incredulidad.

-¿Padre quería que Edric se casará conmigo?

-Sí. Nunca lo hizo oficial porque ambos eran muy jóvenes todavía, pero ese era el motivo por el cual rechazó todas las ofertas por tu mano que llegaron a Invernalia. Incluso rechazó al Rey cuando estuvo acá, fue así como lo forzó a comprometerme con Myrcella.

-Nunca me lo dijo. –murmuró Arya, aún incrédula.

-No conozco los motivos tras todas las acciones de padre, pero puedo suponer que no quería imponerte algo así sin antes estar seguro de que no lo odiarías. –respondió Robb, sinceramente. –Lo que pasó con nuestra tía Lyanna es muestra de que un matrimonio no es algo que se le puede imponer a una Stark como si nada.

-Quizás tienes razón, padre me mencionó muchas veces cuanto me parecía a ella. –murmuró Arya. Tras unos instantes de silencio miró fijamente a su hermano, algo de inseguridad reflejada en sus claros ojos grises. -¿Edric lo sabía?

-Cuando hablé con él me dijo que en la capital padre le había mencionado que tenía planes para ambos, pero nada más.

-¿Y qué te dijo cuándo le preguntaste?

-¿Estoy notando ansiedad en tu voz, querida hermana? –bromeó el norteño.

Arya se ruborizó, un gesto tan poco propio de ella que Robb se encontró desconcertado por un instante. Sin embargo su hermana rápidamente le pegó un puñetazo, una acción que si era propia de ella.

-Respóndeme en vez de preguntar tonterías. –le dijo tras el golpe, con esa típica expresión de enojo reflejada en su cara.

-Me dijo que no podía comprometerse contigo, no iba a imponerte algo que no querías. –respondió Robb, levantando las manos para calmar a su hermana. – Y según él, era obvio que no ibas a querer. Fue bastante caballeroso la verdad.

-¿Porque creería eso?

-Bueno, por una parte lo has estado evitando, y cuando se han encontrado lo miras con una expresión que podría congelar un desierto. Y por otra, yo soy tu hermano mayor y aun así me cuesta imaginarme un escenario en el que te cases voluntariamente con alguien. –dijo el Señor de Invernalia.

-Bueno, aun si fuera así y no quisiera casarme con nadie igual tendría que hacerlo al final, ¿no? –dijo Arya, con amarga resignación en su voz. –Quizás nunca me interesé tanto en los matrimonios como Sansa, pero tampoco soy tonta. Siempre supe que tarde o temprano llegaría un día en el que me obligarían a casarme aunque no lo quisiera. Ni siquiera mi tía Lyanna se salvó de ello. ¿O me equivoco?

-No Arya, no te equivocas. –respondió Robb, adoptando nuevamente la postura solemne que lo hacía parecerse tanto a su padre. –De hecho fui a hablar con Edric por la misma razón. Desde la muerte de padre casi todos nuestros vasallos con hijos varones han demandado tu mano. El Gran Jon Umber ha sido el más insistente, pero Lord Karstark no se ha quedado muy atrás.

El norteño pensó con desagrado en el Señor de Bastión Kar. Lord Rickard era un hombre testarudo y ambicioso, al punto que llevaría a su hija doncella a la guerra con la esperanza de encontrarle un marido que lo elevara socialmente. Una estupidez según Robb, ya que sabía que Alys solo tenía ojos para el hijo de Lord Hornwood. Quizás podría hacérselo ver a su padre en el camino al sur. Tras pensar eso continuó hablando.

-Hasta ahora he logrado evitar aceptar o rechazar sus proposiciones, dándoles respuestas vagas. Pero no podré hacerlo por mucho más tiempo más sin ofender a sus familias. Vamos a una guerra, y no puedo arriesgarme a perder los soldados de sus Casas por algo así. –El norteño suspiró y miró a su hermana casi con lástima. - Es por eso que necesito que me respondas ahora sobre si te gustaría o no ser la siguiente Señora de Campoestrella. Lo lamento, pero realmente necesito una respuesta.

-Déjame ver si lo entiendo bien. ¿O te digo que sí y me prometes a Edric, o te digo que no y me obligas a casarme por la fuerza con alguno de tus vasallos? –preguntó irónicamente su hermana, con una expresión indescifrable en su cara. El Señor de Invernalia estaba sorprendido, ya que esperaba que su hermana destrozara medio castillo cuando tuvieran que hablar sobre su compromiso. Que respondiera con una ironía claramente era mejor que eso.

-Me gustaría decirte que no es eso lo que ocurriría, pero no puedo. –respondió sinceramente Robb. –Estamos en guerra Arya, y todos tenemos que cumplir con nuestro deber a la familia. Yo mismo me casaré con la hija de Lord Royce, a quién nunca he visto en mi vida. Bran tendrá que casarse con una de las nietas de Lord Manderly o la hija de algún vasallo de nuestro abuelo en el sur. Por lo menos tú y Edric se conocen desde que son niños, quizás con el tiempo incluso puedan llegar a amarse. Padre y madre lo hicieron y cuando se casaron eran desconocidos.

Arya no parecía muy convencida, pero Robb tampoco esperaba que lo estuviera. Por eso puso sus manos sobre los hombros de su hermana, mirándola fijamente a los ojos antes de volver a hablar.

-Arya, eres mi hermana, una de las personas a las que más quiero de mi vida y tu felicidad es algo importantísimo para mí… pero realmente no tengo otra opción en esto. Soy el Señor de Invernalia y estoy en abierta rebelión contra el Trono de Hierro. Las vidas de muchísimas personas dependen de cada decisión que tomo, y los hombres de los Umber y los Karstark pueden marcar la diferencia en las batallas que vendrán. No puedo perderlos. - Robb hizo una pausa, y su expresión se suavizó un poco antes de continuar. –Pero te juro que estoy diciendo la verdad cuando te digo que si hay algún lugar fuera de Invernalia donde creo que podrías feliz, no es Último Hogar o Bastión Kar. Es…

-Dorne. –finalizaron ambos al mismo tiempo. Robb se sorprendió por ello. Sin embargo Arya no dijo nada más y rompió el contacto visual con su hermano, mordiéndose el labio nuevamente mientras pensaba.

Pasaron así unos segundos. Robb con sus manos sobre los hombros de su hermana a los pies del Trono de Invierno, sobre ellos el estandarte de los Stark y de fondo el Gran Salón de Invernalia vacío. Se escuchó el aullido de otro de los huargos, pero este era diferente al anterior, con más serenidad que dolor.

Robb se preguntaba que estaría pasando por la cabeza de Arya en esos momentos. ¿Se estaría imaginando Campoestrella y sus torres blancas junto al mar? ¿A su loba corriendo por las dunas del desierto bajo la fría luna dorniense? ¿A ella misma en un bosque de dioses con una capa violeta colgando de sus hombros? El primogénito de Eddard Stark no lo sabía y solo podía especular.

Finalmente la norteña lo miró, esa determinación tan característica de ella reflejada en su cara, pero sobretodo en sus ojos grises como el acero. Por un instante el tiempo se paralizó, antes que las palabras de Arya rompieran el hechizo.

-No sé mucho de Dorne, pero Edric me contó que hay mujeres que pelean a la par de los hombres, así que tampoco puede ser tan malo. -dijo seriamente su hermana, como si fuera lo más lógico del mundo. Tras una pequeña pausa continuó, esta vez incluso permitiéndose un asomo de sonrisa. –Además, solo así podré seguir venciéndolo. Peleando en la guerra se le pueden subir los humos a la cabeza y necesitará alguien que le enseñe humildad.

Robb no pudo evitar devolver la sonrisa.

-*-*-*-*.

-Prométeme que obedecerás a tu hermana y al maestre Luwin. –dijo Robb a Rickon, con una rodilla en el suelo para poder estar a la altura de su hermano menor.

El patio de armas de Invernalia estaba casi vacío esa fría mañana. Sus señores vasallos habían partido temprano del castillo y ahora esperaban junto al resto del ejército que estaba acampado al sur del castillo. Solo la propia familia Stark quedaba dentro, despidiéndose los que partían de los que se quedarían en la fortaleza durante la guerra.

Su madre había abrazado como si fuera la última vez a Rickon y Arya, prometiéndoles entre lágrimas que volvería lo antes posible al norte. Había hecho jurar una y otra vez a sus hijos que obedecerían a Rodrik Cassel y al maestre Luwin en su ausencia, pero el pequeño Rickon era testarudo y Robb tendría que recordárselo.

-¿Por qué debería obedecer a Arya? ¡No es mamá! –respondió con un berrinche su hermanito. Si Jon era el más silencioso de la familia, al otro extremo estaba Rickon, el más salvaje de los hijos de Lord Eddard. Su huargo era aún peor, pero afortunadamente estaba encerrado en el Bosque de Dioses. Antes de que Robb pudiese responder su hermano continuó con sus quejas. -¡Y el maestre Luwin es aburrido! ¡Quiero aprender a pelear, no a leer!

El Señor de Invernalia sonrío, Jon había dicho lo mismo en una ocasión cuando ambos eran pequeños. Quizás ambos hermanos no eran tan distintos como creía. Robb puso una mano sobre el hombro de Rickon.

-A mí también me aburre leer Rickon, pero es algo que necesitamos saber hacer. Pero te prometo algo. Si ya sabes leer cuando retorne al Norte, le diré a Mikken que te haga una espada para tu próximo día del nombre y entrenaré junto a ti. ¿Te gustaría?

-¿Una espada de verdad? –dijo Rickon, impresionado.

-Más pequeña para que puedas tomarla. Pero si, una espada de acero verdadero. Te lo prometo, pero solo si tú me prometes que sabrás leer cuando vuelva a Invernalia –respondió Robb, poniendo una cara seria para que su hermano le creyera. Rickon evaluó sus palabras durante un instante, pero rápidamente asintió con una sonrisa enorme.

-¡De acuerdo! ¡Lo prometo! –dijo casi saltando de la felicidad.

-Eso es lo que quería escuchar. Ahora dame un abrazo.

Ambos hermanos se abrazaron fuertemente. Robb no sabía cuándo volvería a ver a su hermanito, ni siquiera sabía si lo volvería a hacer. Es por eso que al igual que Lady Catelyn antes que él lo abrazó como si fuera la última vez.

-Cuídate Rickon, y protege a Arya y al resto de nuestra gente en el castillo. Ahora eres el Stark en Invernalia y el invierno se acerca. –le murmuró al oído de su hermano, acariciando su pelo con una mano.

-Lo haré. Lo prometo. Peludo y yo detendremos a cualquiera que trate de hacer daño a alguien de Invernalia. –le respondió el Stark menor.

Ambos hermanos se separaron y Robb se puso de pie. Bran se acercó para despedirse de Rickon, así que el Stark mayor decidió retirarse para darles un poco de espacio. Tras dar unos pasos atrás buscó con la mirada a Arya, encontrándola a unos metros hablando con Ned.

El escudero estaba vestido con ropa oscura para cabalgar, y sobre sus hombros colgaba una pesada capa púrpura que le habían enviado desde Campoestrella años atrás. Arya tenía puesto un sencillo vestido gris. Era extraño que se vistiera como una dama noble, pero su madre la había obligado, y siendo el último día en mucho tiempo en el que todos estarían juntos, no pudo convencerla de lo contrario.

Después de la conversación que tuvieron la noche anterior, su hermana no había perdido el tiempo y había hecho las paces con el dorniense, antes incluso del desayuno. Disculpas y aclaraciones por lo que había ocurrido las últimas semanas habían hecho que ambos se despidieran en buenos términos. No por primera vez Robb observó lo bien que ambos se complementaban, pese a lo diferente de sus personalidades. Resultaba cómico que ninguno de ellos se diera cuenta. Eran tan ciegos a ello que Edric incluso se había sorprendido cuando le contó que Arya había consentido al compromiso.

El Señor de Invernalia estaba pensando en ello cuando el dorniense y la norteña finalmente dijeron adiós.

-Supongo que un caballero debería arrodillarse y besar la mano de su dama en una situación así. Pero estoy seguro que me golpearías si lo intento –escuchó que Edric le bromeaba a su hermana.

-No te equivocas. Te golpearía tan fuertemente que quedarías tan adolorido como esa vez que luchamos en el Bosque de Dioses. –le respondió Arya, casi sonriendo. Sin embargo tras decir eso sus facciones adoptaron una expresión seria –Pero eso no significa que no me vaya a despedir.

Dicho eso su hermana había sacado entre sus bolsillos una fina cadena, de la cual colgaba un medallón plateado con la cabeza de un huargo enmarcada. Arya lo sostuvo tímidamente en sus manos, como avergonzada de tener algo así en su poder.

-Desperté a Mikken en la madrugada para que lo hiciera a tiempo, me costó convencerlo pero al final accedió. Le llevé un candelabro de plata que había en mi recámara y lo fundió para extraer la plata. –explicó sin levantar la vista del suelo. Edric la miraba sorprendido, con los ojos muy abiertos –Quiero que te lo lleves. Ya que no puedo ir con ustedes, me gustaría saber que estoy de cierta forma ahí cuando se enfrenten a los Lannister.

Le ofreció el medallón y el dorniense lo aceptó. Se agachó y la norteña puso la cadena con el medallón en su cuello. Tras terminar se alejaron un poco y nuevamente quedaron frente a frente.

-Gracias Arya, de verdad. Te prometo que lo llevaré con honor. –dijo el escudero, sonriéndole a su hermana.

-Prefiero que me prometas que liberarán a Sansa, y que protegerás a Robb y Bran. –respondió Arya, seriamente y sin devolver la sonrisa. –No quiero perder a nadie más por culpa de los Lannister. Sansa, Robb, Bran, madre, tú… Quiero que todos vuelvan a Invernalia. Prométemelo Edric.

-Te lo prometo. –respondió el dorniense, con una expresión solemne en su cara.

Arya lo abrazó y Ned lo devolvió un instante después, manteniéndolo por unos segundos antes de separarse. Estuvieron un momento más mirándose las caras antes de que Edric hiciera un ademán y diera media vuelta, caminando a las puertas del castillo mientras su hermana lo observaba alejarse.

No había amor entre ellos, pensó Robb. Pero quizás podría haberlo algún día.

De lo que si estaba seguro es que daría lo que fuera por llevarse tan bien con Ysilla Royce como lo hacían Arya y el dorniense.

Tras terminar de observarlos, se acercó para despedirse de su hermana.

-¿Tienes un medallón para mí también? –bromeó con una sonrisa, que Arya si devolvió esta vez.

-No. Pero estoy seguro que encontrarás a la hija de algún señor sureño que te regale uno. –respondió su hermana. – ¿Te casarás en el sur o cuando vuelvas a Invernalia?

-No lo sé todavía. Depende de que tan mal estén las cosas cuando lleguemos allá. –respondió el norteño, serio. –Los cuervos que llegaron desde El Valle me preocupan demasiado. Los Lannister tienen el doble de hombres que nosotros y nuestros vasallos, y Renly tiene muchísimos más. Estoy seguro que los norteños peleamos mejor que cualquier sureño, pero aun así necesitamos a Yohn Royce y a los vasallos de nuestro abuelo si es que queremos ganar la guerra.

-La ganarán, estoy segura. –dijo Arya. Se mordió el labio antes de seguir. –Pero no puedes conformarte con eso, lo que quiero es que todos vuelvan a salvo.

-La gente muere en las guerras, Arya. Esa es la realidad. –respondió Robb. Le gustaría poder reconfortar a su hermana con palabras más esperanzadoras, pero no podía. Era una Stark de Invernalia y se acercaba el invierno. –Al igual que Edric, te prometo que me cuidaré lo más que pueda, pero tienes que estar preparada por si pasa lo peor.

-Si pasa lo peor, yo misma lideraré un ejército para vengarlos. –respondió su hermana, con fiereza y resolución al mismo tiempo, su sangre de lobo saliendo a la superficie por un momento. Sin embargo inmediatamente se tranquilizó y añadió un poco triste. –Pero ya tuve que despedirme de padre para no volver a verlo vivo. Daría mi vida por no tener que repetir algo parecido.

-Haré justicia por lo que hicieron con padre, Arya. Eso sí lo puedo prometer. –dijo el Señor de Invernalia, agachándose un poco para mirar a los ojos a su hermana. –Te juro por todos los dioses que lo haré.

Ambos hermanos se abrazaron y permanecieron así. Arya hundió la cara en su pecho, mientras Robb le acariciaba el pelo. El tiempo pareció detenerse y ambos desearon que nunca tuvieran que separarse.

Pero tenían que hacerlo si querían vengar a su padre y rescatar a Sansa, así que Robb rompió el abrazo.

-Cuida a Rickon, Arya. –dijo el norteño, besando la frente de su hermana. –Es un niño pequeño todavía y eres la única que se quedará con él.

-Lo haré Robb, te lo prometo. –respondió su hermana, conteniendo las lágrimas.

Ver a su hermana, tan fuerte y aún así a punto de llorar, casi le rompió el corazón al Señor de Invernalia. Por lo que mientras caminaba hacia las puertas del castillo se le ocurrió una idea, un regalo para la muchacha que podría reconfortar su corazón mientras estuviera preocupada por noticias de su familia en el sur.

-Otra cosa Arya. –le dijo, girándose para mirar a su hermana por última vez. –Si fuera tú estaría atenta a jinetes que vengan desde el norte.

-¿Por qué? ¿Los Umber mandarán más hombres? –preguntó su hermana, extrañada.

-No. Esos hombres no vendrán desde Último Hogar. –dijo enigmáticamente.

-¿Entonces quien vendrá?

-Digamos que pienso averiguar la cantidad de hombres por la que la Guardia de la Noche liberará de sus votos a uno de los suyos. –respondió Robb, sonriendo. –Me sentiría más seguro en una batalla sabiendo que hay un lobo blanco cubriendo mis espaldas. Así que atenta al Camino Real hermanita. Quizás verás nuevamente a Jon antes de lo que piensas.

Se dio vuelta sin esperar respuesta, pero sabiendo que con tales palabras dejaría a Arya con una sonrisa y no con lágrimas.

Edric y Bran estaban esperándolo afuera junto a unos caballos y Viento Gris. Los tres montaron y se dirigieron junto al huargo hacia el ejército que los esperaba acampando hacia el sur. Sus hombres detenían lo que estaban haciendo para saludarlo al pasar, algunos gritando su nombre y otros incluso arrodillándose. Robb respondió a todos los saludos que pudo hasta que llegó a la vanguardia.

Ahí estaban los señores norteños a lomo de sus propios caballos. Rickard Karstark, Roose Bolton, el Gran Jon y los demás. Estaban charlando entre ellos antes que llegara, pero se giraron y pusieron posturas solemnes para saludar al Señor de Invernalia.

-¿Y ahora que hacemos, mi señor? –preguntó finalmente Galbart Glover, tras haber intercambiado cortesías. Todos los señores se quedaron mirándolo. Tanto Gran Jon como Lord Karstark lo observaban con el ceño fruncido, mientras Roose Bolton esperaba sus palabras con una expresión indescifrable.

-Ahora, Lord Glover, partimos al sur y no volveremos hasta rescatar a mi hermana y hacer que la abominación que se sienta en Trono de Hierro pague por sus acciones. –anunció Robb, con la voz de señor que Lord Eddard le había enseñado. Dicho eso sacó su espada del cinto y la levantó apuntando al sur – ¡El Norte recuerda!

-¡El Norte recuerda! –respondieron sus vasallos, sacando sus propias espadas para también apuntar al sur. ¡El Norte recuerda!

-¡Dad las órdenes a vuestros hombres! ¡El ejército parte ahora mismo! –ordenó Lord Stark, aprovechando el momentum de la situación. Sus señores vasallos asintieron y se apresuraron a partir para cumplir sus órdenes. Poco después la voz había corrido por todo el campamento y los hombres apagaban las fogatas, recogían sus cosas y formaban columnas para marchar.

Cuando todos estuvieron listos, Robb cabalgó hacia una pequeña loma al sur desde donde todo el ejército pudiera mirarlo. Viento Gris corrió detrás de él, y además estaba acompañado por Edric y Bran, que llevaban su estandarte y un cuerno de guerra. Cuando llegó a la elevación ordenó a Ned que clavara el estandarte. Tras ello, le pidió el cuerno a Bran. Lo sopló y el sonido hizo que todos sus hombres se giraran para mirarlo.

Sabía que no podrían escuchar un discurso, así que limitó a gritar dos palabras.

-¡AL SUR! –ordenó, apuntando nuevamente con su espada.

Sus hombres levantaron sus armas, respondiendo con sus gritos al suyo. El ejército comenzó a moverse, lento pero constante. Robb cabalgó junto a su lobo, su hermano y su amigo para colocarse nuevamente a la vanguardia. Cuando estuvo ahí, se detuvo y observó el camino que los llevaría hasta Desembarco del Rey.

"Sé fuerte Sansa, vamos por ti."

N.A: Si, sé que no fue un gran capítulo, pero era necesario. Con respecto a Arya de la historia, a algunos les puede parecer diferente a la que todos conocemos, pero esto es causado porque -obviamente- es un AU. En el fondo sigue siendo la misma loba que todos queremos, pero en esta historia es mayor (tiene 13, más que Sansa al principio de la saga) y por eso cuando la escribo pienso más en ella casi como si fuera Lyanna, que basándome en la propia Arya de Festín o Danza. Su vida acá no fue tan cruel.

Como siempre, gracias por seguir la historia :D