N.A: Mi capitulo favorito de escribir hasta ahora. Gracias quienes siguen la historia, espero que la sigan disfrutando. De todas formas necesito un favor: si alguien quiere ser un beta reader, que se pronuncie por PM o review, así puedo actualizar más rápidamente y todos ganamos. Además, comentarios y reviews son siempre bienvenidos. Eso :D
Quinta luna del 302 A.L – Cercanías de Darry, las Tierras de los Ríos.
-Hay algo que siempre debes recordar: no todos los caballeros son honorables. Lo mismo ocurre con los señores. –dijo Lord Eddard Stark, observando atentamente a aquel joven que había llegado a considerar casi como un hijo.
-Lo haré, Lord Stark. –había respondido Edric, un poco nervioso. Era la primera vez que iba a cazar junto al Señor del Norte al Bosque de los Lobos, solo acompañados por Robb.
Lord Eddard aprovechaba esas largas jornadas de cacería para hablarle a su hijo y al dorniense sobre los deberes que conllevaba ser un señor. Robb heredaría Invernalia y Edric tomaría posesión de Campoestrella cuando fuera mayor de edad, así que ambos debían aprender sobre las responsabilidades del cargo. Y no había nadie mejor para enseñarles de ello que el propio Señor de Invernalia.
Las palabras del difunto Lord Eddard acudieron a la mente de Edric, frente al escenario que había frente a sus ojos.
La aldea había sido quemada y sus habitantes pasados por la espada. Había horror en todas direcciones. Los pocos sobrevivientes habían acudido al encuentro del ejército de Robb, contando historias de los autores de la masacre, soldados con el león Lannister dirigidos por un gigante de acero.
Edric se estremeció al ver el cadáver de una chica, que no debía haber sido mayor que Arya al momento de morir. Los Lannister habían colgado su cuerpo en un árbol en las afueras de la aldea, junto a los de otros habitantes de la aldea. Un cartel con la palabra "TRAIDORES" estaba al pie del árbol, siendo la única pista que indicaba el motivo de la masacre.
Para cuando el ejército de Robb llegó a las Tierras de los Ríos, Lord Tywin ya había comenzado su invasión. Aprovechando que los imbéciles de Stannis y Renly estaban peleándose entre ellos en Bastión de Tormentas, los Lannister habían invadido las tierras de los Tully con el ejército que tenían en la capital.
Poza de la Doncella y Harrenhal habían caído, junto con todos los castillos y pueblos que había entre ellos y Desembarco del Rey. La mayoría de las fuerzas de los Tully estaban concentradas frente al Colmillo Dorado, esperando por el ejército Lannister acuartelado ahí, así que no pudieron hacer mucho para evitarlo. La anciana Lady Whent había logrado escapar indemne a Aguasdulces, pero los Mooton no habían tenido tanta suerte.
Los Lannister habían escalado los muros del puerto en medio de la noche, tomando por sorpresa a los guardias. Tras asesinar a los soldados que custodiaban la entrada, los invasores habían abierto la puerta, permitiendo que una masa carmesí ingresara a saquear Poza de la Doncella. Los sobrevivientes que habían escapado de la carnicería también hablaban de un gigante de acero, que podía tomar un espadón con una sola mano y llevaba puesta una armadura más pesada de la que un hombre debería poder ocupar.
Tal como al final de la Rebelión de Robert, la misión de Gregor Clegane había sido liderar el asesinato de los nobles del castillo. Los jóvenes hijos de Lord William habían intentado detenerlo, luchando los dos al mismo tiempo en contra de la Montaña. No duraron más de unos minutos antes de ser asesinados. Después de ello, y de que el resto de la guardia del castillo fuera derrotada, Ser Gregor se había enfrentado al propio Lord Mooton.
El Señor de Poza de la Doncella había sido considerado por muchos de sus pares como un cobarde, un hombre que después de perder la Batalla del Tridente no había vuelto a salir de su castillo. Pero nadie podía negar que había luchado con valentía al final de su vida. Viendo al campeón de Lord Tywin manchado con la sangre de sus hijos, Lord William había luchado como una bestia, buscando dañar lo más posible a La Montaña sin preocuparse de sobrevivir al encuentro.
Al final había terminado reducido a poco más que una masa sangrienta, pero había detenido a Ser Gregor el tiempo suficiente, permitiendo que su esposa y su hija lograran escapar a uno de los barcos de la bahía. La joven Eleanor Mooton era la última heredera de una estirpe que se remontaba a la Edad de los Héroes.
Su barco había remontado El Tridente hasta Salinas, donde había desembarcado para encontrarse con el ejército de los Stark. Fue ahí donde Lady Mooton les había narrado entre lágrimas lo ocurrido. Robb por un momento había quedado tan impresionado que no había sabido que decir, por lo que fue afortunado que Lady Catelyn estuviera ahí para consolar a la Lady y a su joven hija doncella. Luego de ello, su madre y las mujeres Mooton habían partido en el mismo barco a Aguasdulces.
Las fuerzas de Robb estaban acampadas en Darry y sus alrededores. Tras conquistar Harrenhal, el siguiente objetivo obvio de Lord Tywin era el propio castillo de Darry, así que el ejército norteño estaba protegiéndolo. Mientras tanto, Ser Edmure había dividido a su ejército, enviando una parte al oeste del castillo de Harren el Negro, buscando detener las conquistas del Señor del Roca Casterly.
Con dos ejércitos amenazando sus flancos, Lord Tywin había tenido que protegerse tras las murallas de Harrenhal. Aún contaba con un ejército más grande que el de Robb, así que por mucho lo quisiera, el Señor de Invernalia no podía marchar y enfrentarse al Lannister por ahora. Ambos bandos se habían detenido y observaban atentamente los movimientos del otro.
Pero que los ejércitos estuvieran paralizados no había sido de mucho consuelo para los pueblos que había en los alrededores de Harrenhal. Muchísima gente vivía en esa tierra que ahora era de nadie, y pocos habían alcanzado a huir antes de que Lord Tywin soltara a su perro sobre ellos.
La aldea en la que estaban ahora era una de esas víctimas. Lord Lannister quería que Robb y Edmure lo fueran a enfrentar, y para ello los provocaba con el asesinato de inocentes como los de ese pueblo ribereño.
Edric miró a Robb, que estaba a pocos metros también observando los cuerpos colgados. La cara del norteño no reflejaba emociones, pero el dorniense estaba seguro que apenas podía contener su furia.
Otra persona no pudo mantenerse callada frente a la carnicería.
-¡Maldito seas Clegane! ¡Maldito seas Tywin Lannister! ¡Juro a los dioses antiguos y a los nuevos que me bañaré en su sangre por lo que han hecho! –maldijo Ser Brynden Tully, el Pez Negro. El legendario caballero ya tenía el pelo blanco, pero seguía siendo tan fuerte y fiero como en su juventud.
El hermano de Lord Tully servía como Caballero de la Puerta en las Montañas de la Luna, pero tras enterarse que el ejército de Robb había llegado a Darry, casi había matado a su caballo para llegar lo antes posible a él.
El caballero arribó a Darry esa misma mañana junto a un par de docenas de caballeros de las Puertas de la Luna. Su experiencia era una gran adición al ejército de Robb, pero lo más importante que traía consigo eran noticias del Valle, siguiente objetivo en la guerra.
-Lysa se encerró en el Nido de Águilas y ordenó a la guarnición que llene de flechas a cualquiera que trate de subir. Intentó convencer a los soldados de la Puerta de la Luna que se unieran a ella, pero el castellano es un primo de Bronze Yohn, así que no le hicieron caso. Mientras tanto, Lord Royce y otros señores reunieron un ejército para asediar Puerto Gaviota, pero sin una flota que detenga el abastecimiento del mar no servirá de mucho. Falta poco para que Yohn decida tomar la ciudad por asalto, y temo que será algo muy sangriento. Perderá muchísimos hombres que deberían estar luchando contra los Lannister. Hay que hacer algo para evitarlo.
-Eso es lo que pretendo hacer, tío.- le había respondido Robb, con una expresión tan sombría como la que Lord Eddard ocupaba cuando tenía que hablar con Lord Bolton o Lady Dustin. –Pero tampoco puedo llevar todo mi ejército al Valle. Tengo que dejar a la mayoría acá para evitar que los Lannister invadan aún más de las tierras de mi abuelo.
-Tampoco te he pedido lo contrario, sobrino. Lo único que te pido es que actuemos rápido. No conoces el Valle tan bien como yo. Yohn Royce es una buena persona, pero hay muchas casas que miran con envidia su papel como Lord Protector. Los Corbray, los Lynderly, y los Belmore no acudieron al llamado de Bronze Yohn y están esperando a que lo de Puerto Gaviota se resuelva antes de actuar. Si es que nos demoramos demasiado, podrían decidir que Lysa o incluso los Lannister pueden ser una mejor opción para sus intereses.
-Llegaremos antes de que eso pase, estoy seguro. –dijo Robb.
Poco tiempo después, uno de los exploradores que patrullaba las tierras al sur de Darry había llegado al castillo, informando que un grupo de jinetes Lannister había sido visto retirándose hacia Harrenhal. Fue así como Robb, Edric y el resto habían llegado a la aldea en la que estaban ahora.
-Daryn, Pequeño Jon. Reúnan algunos hombres para descolgar los cuerpos y enterrarlos. Es lo mínimo que podemos hacer por ellos. –ordenó Robb a los herederos Hornwood y Umber, con tristeza en su voz.
El Señor de Invernalia había formado una guardia personal al llegar al sur, compuesta por herederos y jóvenes de sus casas vasallas. Además de Daryn Hornwood y Pequeño Jon, también estaban Harrion Karstark, Wendel Manderly, Dacey Mormont, e incluso un par de ribereños como Patrek Mallister y Perwyn Frey. A ellos se sumaban Theon, Bran, Domeric y el propio Edric.
-No podemos esperar más por los refuerzos del Valle. Cada día que Tywin Lannister permanece en Harrenhal es otro día en el que asesinará inocentes como los de esta aldea. Partimos mañana mismo a Puerto Gaviota –dijo Robb, dirigiéndose a todos presentes. Miró a cada uno directamente, por si había alguno que estaba en desacuerdo con sus órdenes. Al parecer ninguno lo estaba.
Cabalgaron de vuelta a Darry. Tras llegar al castillo, el Señor de Invernalia llamó a sus principales vasallos a un consejo de guerra. Acudieron todos los señores norteños, además de Lord Jason Mallister, el anfitrión Lord Raymun Darry, y Ser Stevron Frey.
Al bajar del Cuello los norteños habían pasado por Los Gemelos, asentamiento de la Casa Frey. La familia era vasalla de la Casa Tully, pero uno de los hijos de Lord Walder estaba casado con una Lannister, por lo que se habían mantenido neutrales en la guerra hasta ese momento. Algunos podían tildar a esa postura de cauta, pero para los norteños era cobardía.
Y todo había empeorado cuando los Frey se negaron a entrar a la guerra… a menos que les dieran algo a cambio. Lord Karstark y el Gran Jon incluso habían desenvainado sus espadas frente a los emisarios de Los Gemelos, quienes habían respondido similarmente. Afortunadamente la cordura –liderada por Lady Catelyn- se logró imponer.
La madre de Robb había logrado convencer a los Frey de unirse al ejército de su familia, a cambio de que Ser Edmure se casara con una Frey. La noticia no alegraría mucho a su tío, pensó Robb, pero era una elección que había ganado cuatro mil espadas a su causa.
Eso no quería decir que el norteño confiara plenamente en Lord Walder. Originalmente, el anciano señor había querido que fuera él o una de sus hermanas quien se casara con un Frey. Todavía recordaba su cara de decepción cuando supo que todos ya estaban comprometidos, y agradeció a los dioses que no preguntara por Bran o Rickon.
Así fue como los Frey se habían unido a su ejército. Eran liderados por el heredero de Lord Walder, Ser Stevron. El ya anciano caballero era un tipo decente en opinión de Robb, no muy parecido a su padre. Lo mismo podía decir otros miembros de su casa, como Ser Perwyn o el escudero Olyvar. Pero si era sincero, la mayoría de los Frey eran unos imbéciles. Especialmente tipos como Walder el Negro, Ser Hosteen o Edwyn Frey.
Es por eso que había ordenado a las fuerzas de los Gemelos que se dividieran en dos grupos. Los Frey más decentes como Ser Perwyn o Ser Stevron se habían quedado en Darry, mientras que aquellos que le daban mala espina a Robb habían partido a unirse al ejército de su tío Edmure, en las afueras de Aguasdulces.
Ahora tendrían dividirse nuevamente.
-Mis señores. –comenzó Robb, dirigiéndose a la audiencia de nobles que lo observaba. –No podemos seguir en de brazos cruzados. Cada día que los leones se mantienen tras los muros de Harrenhal es otro día en el que se alimentan de las tierras de mi señor abuelo. Me encantaría presentar batalla a Lord Tywin ahora mismo, vencerlo y luego marchar sobre Desembarco del Rey… pero no es posible. Lord Tywin tiene más de treinta y cinco mil hombres tras los muros de Harren el Negro, y aún con los refuerzos de mi tío, no somos suficientes como para tomar Harrenhal con semejante cantidad de hombres resguardándola.
Los señores comenzaron a discutir entre ellos. Edric observó cómo Lord Umber gesticulaba enojadamente a Rickard Karstark, que también parecía insatisfecho con la situación. Lord Bolton estudiaba a Robb con sus ojos incoloros, una expresión indescifrable en su cara. Todos se callaron cuando Robb volvió a hablar.
"Necesitamos a los caballeros del Valle para tener posibilidades de vencer a un Lord Tywin que está luchando a la defensiva, pero nuestros aliados están enfrentado una rebelión propia en Puerto Gaviota. Hasta que tal insurrección sea derrotada, Yohn Royce y sus hombres no podrán ayudarnos. Es por eso que mañana partiré con parte de nuestro ejército por el Camino Alto, y no volveré… hasta que lo haga con los caballeros del Valle a mis espaldas."
Todos los nobles intentaron hablar al mismo tiempo, algunos en contra de la decisión de Robb y otros apoyándolo. Había quienes pedían el honor del mando del ejército que quedaría atrás, y aquellos que rogaban al Señor de Invernalia que los eligiera para que lo acompañaran en su cruzada. El alboroto siguió hasta que el Pez Negro ordenó a los guardias que golpearan con el suelo con sus lanzas. El sonido seco poco a poco acalló las voces, hasta que desaparecieron.
-Lord Bolton. –dijo Robb, dirigiéndose al Señor de Fuerte Terror. Lord Roose se levantó de su lugar y lo observó inexpresivamente, esperando sus palabras. –Pronto nuestras casas estarán unidas por matrimonio, así que confiaré en vos el mando del ejército que se quedará custodiando Darry. Lord Karstark será el segundo al mando.
-Como ordene mi señor. –respondió Lord Bolton con una reverencia, tras lo cual volvió a sentarse.
Edric observó inquieto como el Señor de Fuerte Terror parecía indiferente a las órdenes de Robb. Otros nobles se hubieran sentido agradecidos frente a tal honor, pero no él. No por primera vez se preguntó como Domeric podía ser hijo de alguien tan perturbador.
-Lord Umber y Ser Wendel, ustedes y sus hombres serán quienes me acompañaran al Valle. Necesitaré de la infantería de Último Hogar y a los caballeros de Puerto Blanco cuando nos enfrentemos a Lord Grafton.
-¡Si! ¡Al fin derramaré algo de sangre sureña! –gritó Gran Jon, feliz. Su exclamación fue apoyada por varios norteños más. Ser Wendel fue más recatado, el gordo caballero se limitó a asentir con una reverencia a Robb.
Luego de ello no hubo muchas más palabras. Además de los Umber y los Manderly, Robb sería acompañado por los miembros de su guardia personal y el propio Pez Negro. El anciano caballero se había ofrecido a actuar de guía en los peligrosos senderos de las Montañas de la Luna, y el Señor de Invernalia no era un tonto como para rechazarlo.
Además, Ser Brynden había tomado cariño a Bran, algo extraño en alguien tan severo como él. En sus propias palabras, "le recordaba a Edmure cuando todavía era un niño y no un idiota". Robb había permitido que su hermano sirviera como escudero a su tío abuelo, lo que había alegrado enormemente al muchacho.
Edric se alegró por su amigo, pero a la vez se lamentó porque ya no podría verlo tanto. Y no solo porque ahora el Stark pasaría mucho tiempo limpiando la armadura o cuidando al caballo de su tío… si no porque tal como su sobrina, el Pez Negro no veía con buenos ojos al dorniense.
-Tu tío era un buen caballero, pero eso no limpia el hecho de que él y tu familia lucharon por los dragones. –le había dicho mientras cabalgaban de vuelta a Darry. –Me da lo mismo que los hijos de Catelyn te tengan cariño. A mis ojos, no eres nada más que el escudero de una Casa que debería agradecer que no fue exiliada tras la Rebelión.
Las palabras del Brynden Tully le recordaron otro problema. Edric seguía siendo un escudero y su entrenamiento como escudero estaba inconcluso, y desde la muerte de Lord Eddard no había nadie que se hubiera ofrecido a concluirlo. Cuando poco después de partir de Invernalia se lo mencionó a Robb, el norteño le había dicho que no se preocupara.
-Te diría que ser caballero no es algo tan importante, que yo mismo no lo soy y aun así todo El Norte me sigue… pero sé que necesitas convertirte en caballero para poder reclamar a Albor. Si de verdad te preocupa demasiado, puedo pedirle a alguno de los caballeros de Puerto Blanco que te tome como escudero. Pero creo que lo mejor sería que esperes a que lleguemos al sur. Hay muchísimos más caballeros ahí que en el Norte. Quién sabe, quizás hasta Yohn Royce podría tomarte como su escudero…
El dorniense había decidido que el Señor de Invernalia tenía razón y no había insistido de momento con el tema. Pero ahora que el Pez Negro se lo había recordado, nuevamente se estaba preocupando por ello.
Cuatro mil hombres partieron junto al día siguiente junto a Robb, la mitad de ellos a caballo. Además de los caballeros de Puerto Blanco y los lanceros de los Umber, había varios exploradores de los Ryswell y arqueros Hornwood, que se encargarían de proteger los flancos y la retaguardia de la columna de los ataques de los clanes de las montañas.
Se demoraron ocho días de Darry a las Puertas de la Luna. Salvo el ataque nocturno de un clan que el Pez Negro identificó como los Hombres Quemados, no hubo mayores contratiempos en el recorrido. Tras ese primer intento fallido, los clanes de las montañas se dieron cuenta que no valía la pena atacar a un ejército tan grande y bien armado.
Nestor Royce los recibió en las Puertas de la Luna. El castillo estaba construido en la base de la montaña llamada Lanza del Gigante, de una forma que bloqueaba totalmente el paso al Valle de Arryn. Innumerables ejércitos habían sido destruidos delante de sus murallas a lo largo de la historia.
El Nido de Águilas estaba miles de metros más arriba, apenas visible por sobre las nubes más bajas del cielo. Se decía que era imposible que un ejército pudiera subir la montaña, y menos que lograra tomar el castillo. Durante la Conquista, los ejércitos del Valle habían fortificado las Puertas de la Luna, con la esperanza de detener a los ejércitos de Aegon Targaryen que intentaran invadir sus tierras.
Pero a los Arryn no les había servido de mucho cuando Visenya Targaryen descendió con su dragón en medio del propio Nido de Águilas. La Casa Arryn había aceptado su derrota, y para evitar una matanza, el halcón se había inclinado frente al dragón.
Pero ahora había otra Lady Arryn que insistía con su propia rebelión.
-Intenté razonar con ella, pero sus arqueros nos lanzaron flechas la última vez que tratamos de subir al Nido. –explicó Nestor Royce, un hombre calvo con una barba cana y barriga prominente. El primo de Yohn Royce servía como Mayordomo del Valle, cargo que había desempeñado desde la Rebelión de Robert. –No puedo permitir que la viuda de Lord Jon se muera de hambre, así que sigo enviando provisiones a la montaña cada pocos días. Pero además de eso, no he podido hacer nada más.
-Has hecho bien, Lord Royce. –le dijo Robb, hablándole seriamente al hombre del Valle. –Ya llegará el momento en que tengamos que resolver el problema de mi tía, pero ahora hay una cuestión más urgente que requiere de nuestra atención.
-Es cierto. –respondió Lord Nestor, aliviado frente al hecho de que el norteño estuviera satisfecho de sus actos. –Hoy mismo llegó una carta de mi primo Yohn. Preguntaba si vuestros hombres ya habían llegado a las Puertas. Le respondí afirmativamente, así que supongo que ahora los esperará a ustedes antes de invadir Puerto Gaviota.
-Esperemos que no sea necesario. –respondió el norteño.
Pasaron esa noche en las Puertas de la Luna, antes de continuar su camino a la mañana siguiente. Se demorarían cinco días en llegar a Roble de Hierro, asentamiento de la Casa Waynwood, y luego pasarían otras tres jornadas antes de llegar a las murallas de Puerto Gaviota. Recibieron una buena noticia poco después de reanudar el viaje, cuando el gordo Lord Belmore arribó junto a sus hombres para unírseles en su cruzada.
-No quería actuar antes de asegurarme que los Stark bajarían de Invernalia a ayudarnos. –había admitido avergonzado a Robb y el Pez Negro. –Fui padre hace poco, y no quería arriesgarme a morir antes de ver crecer a mi hijo. Actué como un cobarde y me equivoqué, ahora solo puedo pedir disculpas y enmendar mi error en el campo de batalla.
Robb lo había perdonado, y los soldados de la Casa Belmore se habían unido al ejército, que ya contaba con más de seis mil hombres.
Durante el viaje, Edric pudo apreciar toda la belleza del Valle de Arryn. Lagos de aguas cristalinas, bosques milenarios que prometían una buena caza, y praderas verdes como el verano, con ganado y cultivos hasta donde se podía extender la vista, eran parte de la tierra que había visto crecer a unos jóvenes Ned Stark y Robert Baratheon.
El dorniense se prometió que algún día volvería a visitar ese lugar, cuando no estuviera marchando con un ejército y hubiera paz, teniendo tiempo de relajarse un poco.
En Roble de Hierro fueron recibidos por la anciana Lady Waynwood, acompañada por su nieto mayor, Ser Roland. Tras ofrecerles pan y sal les dio más noticias de Lord Royce.
-Yohn es un hombre testarudo, pero los esperará antes de hacer cualquier cosa. –les dijo Lady Anya, una mujer que pese a su edad aún poseía un inconfundible aura de nobleza. –Mis tres hijos acudieron a su llamado junto a nuestros soldados. Lo mismo hicieron Lord Redfort, Lord Hunter y el Caballero de Nuevestrellas, pero tanto los Corbray como los Lynderly no han respondido los cuervos. Dudo que Lord Corbray piense en unirse a Grafton en su rebelión, pero no estoy tan segura con Jon Lynderly. Está casado con una hermana de Lord Grafton, y siempre ha tenido un amor excesivo por el oro. Si fuera vosotros estaría atentos a la retaguardia.
-Gracias por vuestro consejo, mi señora. –había respondido Robb, arrodillándose para besar la mano de la anciana. Lady Waynwood había sonreído dulcemente frente al gesto del norteño, y le había obsequiado un escudo antes de que partieran del castillo.
-Es de maderahierro, uno de los pocos que hay al sur del Cuello -le había explicado. ––Quizás no lo sabíais, pero los Stark y los Waynwood somos parientes lejanos. Mi propia madre era media Stark, prima de vuestro abuelo Rickard. Uno de las reliquias que han pasado de generación en generación es este escudo. Me sentiría orgullosa si es que lo ocuparais en las batallas que se aproximan.
-Lo haré mi señora, me siento honrado por vuestro regalo. –le dijo el Señor de Invernalia, tomando gentilmente el escudo, liviano y duro al mismo tiempo como solo la maderahierro podía serlo. Poco después de ello habían partido de Roble de Hierro, completando el tramo final de su viaje.
Al tercer día lograron ver las murallas de la ciudad. Puerto Gaviota era mucho más pequeña que Desembarco del Rey, pero aun así debía poseer por lo menos cien mil habitantes, lo que la convertía en una de las pocas ciudades de Poniente. Sus muros grises se extendían rodeando como un anillo a la urbe, pero solo por el lado terrestre. No se extendían a la bahía como si lo hacían las murallas de Antigua o Desembarco.
Al acercarse más, pudieron notar que las puertas principales estaban cerradas y que en todas las murallas había arqueros patrullando. El motivo de ello era el ejército que estaba acampado, a no más de trescientas varas de los muros. Cientos de tiendas estaban levantadas, mientras miles de hombres y caballos merodeaban como hormigas entre ellas. Edric observó que estaban construyendo máquinas de asedio. Un ariete ya estaba listo y varios trabuquetes lo estarían pronto.
Al acercarse al campamento, Robb y su guardia personal picaron espuelas. Los blasones de las Casas Templeton, Redfort, Waynwood y Hunter se veían en muchos estandartes y pabellones, pero todos estaban bajo el escudo azul del halcón Arryn. Sin embargo, el pabellón más grande no era azul sino rojizo, y tenía el blasón de los Royce en él.
Robb y sus acompañantes desmontaron a unos metros del pabellón, justo antes que el mismísimo Yohn Royce saliera de él. El Señor de Piedra de las Runas estaba acompañado por un caballero rubio que debía tener la edad de Robb, y una doncella un poco menor que el norteño.
-Mi señor. –saludó Robb, con una reverencia que fue imitada por los miembros de su guardia.
-Lord Stark, sed bienvenido. –respondió Bronze Yohn, devolviendo el gesto. Tras ello procedió a presentar a sus acompañantes –Creo que no conocéis a mis dos acompañantes. El caballero de acá es Ser Harry Hardying, pupilo de Lady Waynwood y heredero de Lord Arryn; y la señorita de aquí es mi hija Ysilla, el sol que ilumina mi vida.
Lord Royce le indicó a su hija que se adelantara. Era una joven alta y espigada, con pelo castaño que le llegaba a mitad de la espada y unos grandes ojos verdes. A ojos de Edric era bonita, pero no una belleza legendaria. La muchacha sonrío dulcemente antes de hablar a Robb, mostrando una dentadura blanca y sana.
-Mi señor de Stark, me han contado muchas historias de vos estos días.
-Espero que solo historias buenas, mi señora. –le respondió Robb, arrodillándose para besar la mano de Lady Royce. Luego de ello se levantó y se quedó sonriéndole como si fuera la única persona existente en el universo, teniendo que ser interrumpido por Bronze Yohn para que hablara con Ser Harry. Robb podía ser un galán cuando quería serlo, el dorniense no podía negarlo.
-Bienhallado, Ser Harry. Espero que podamos combatir juntos en las batallas que se aproximan. –dijo el norteño, extendió su mano para estrecharla con el otro joven.
-Bienhallado, Lord Stark. Tengo la misma esperanza. Perdimos suficiente tiempo esperando a vuestro ejército, ya es hora de que los caballeros del Valle podamos hacer algo. –respondió Ser Harry tomando la mano de Robb, con algo de arrogancia en su voz. Desde ese momento que Edric decidió que le caía mal.
-Entonces intentaré evitar haceros perder más tiempo. –respondió Robb, con una voz extremadamente fría. Ambos jóvenes se quedaron mirando por unos instantes antes de que Yohn Royce interviniera.
-Muy bien Lord Stark, reconozco a vuestro hermano, al escudero dorniense y al heredero Greyjoy entre vuestros acompañantes, pero me temo que no conozco a nadie más. –dijo Lord Royce, estudiando al resto de la guardia de Robb.
-Son herederos y jóvenes de las casas norteñas que decidieron unirse a mi guardia personal. Ya habrá tiempo de presentar a cada uno, pero si me excusáis, creo que ahora debemos enfocarnos en el problema que me trajo acá en primer lugar. –respondió Robb, no sin un toque de respeto en su voz.
-Tenéis razón. –admitió Bronze Royce, indicando al interior de su pabellón. –Pues bien, adelante. Lord Robert está en Piedra de las Runas, su salud no le permitió unírsenos al asedio. En cambio Lord Redfort y Symond Templeton ya están en camino para unírsenos en el consejo de guerra. Tenemos que decidir cómo atacar la ciudad lo antes posible. No podemos arriesgarnos a que Lord Grafton traiga mercenarios desde las Ciudades Libres, o peor, que los Lannister le envíen refuerzos.
-Estoy de acuerdo, pero creo que traigo buenas noticias. –respondió Robb, con una expresión enigmática. –Tengo un plan que puede ayudarnos a tomar Puerto Gaviota.
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Desembarco del Rey, capital de los Siete Reinos.
Antes de la guerra, Jaime Lannister disfrutaba vivir en la capital de los Siete Reinos.
Por una parte significaba estar lejos de la permanente mirada reprobatoria de su padre, pero más importante aún, significaba estar junto a Cersei. Y bueno, los gemelos Lannister siempre encontraban alguna parte de la cuidad en la que podían dar rienda suelta a su pasión. Joffrey, Myrcella y Tommen eran prueba de que no eran escasas las ocasiones en las que podían reunirse.
Pero eso había cambiado ahora.
Al principio las cosas habían estado bien. Jaime había logrado ocultar su papel en el escape de Edric Dayne y los hijos de Ned Stark, así que toda la corte creía que los norteños habían logrado huir gracias al sacrificio de su guardia. Es por eso que cuando Cersei le ordenó que se presentara en sus habitaciones, lo había hecho para celebrar la muerte de Robert poniéndole los cuernos póstumamente… y el Matarreyes no se había negado.
Pero la relación entre ambos comenzó a irse al retrete tras la expulsión de Ser Barristan de la Guardia Real.
-¿¡Cómo demonios podías creer que exiliar a Barristan el Bravo es una buena idea!? –había preguntado un furioso Jaime, irrumpiendo en las habitaciones de Cersei.
Joffrey había hecho el anuncio cuando él estaba al otro lado de la ciudad, examinando las murallas occidentales. El ejército de su padre ya estaba en camino a Desembarco del Rey, y Jaime quería que la ciudad estuviera bien preparada cuando Lord Tywin inspeccionara sus defensas.
-Estaba viejo, y ese hombre le había sido leal a los Targaryen antes que a Robert. Tú no viste la cara que puso cuando arrestamos a Ned Stark, estoy segura que pretendía traicionarnos a la primera oportunidad. –le había respondido Cersei. Tras la sorpresa inicial, había comenzado a acercase a él seductoramente para intentar calmarlo. –Además, ahora tú serás el Lord Comandante de la Guardia Real. Eres el mejor caballero del reino, es algo que te mereces.
-¿Ser Barristan cometiendo traición? –Jaime se habría reído si no hubiera estado tan enojado. El tono de su voz hizo que Cersei se detuviera, enojada frente a su reacción. A él no le importó. –Querida hermana, si hay algo que Ser Barristan ama es su honor. El mismo honor que le impidió mover un dedo frente a las locuras de Aerys, pese a que estoy seguro que estaba tan asqueado como yo de verlas. Jamás hubiera traicionado un juramento, hubiera caído sobre su espada antes de hacerlo.
-Cree lo que quieras, pero cuando Janos Slynt mandó a sus hombres a apresarlo los mató y huyó. Estoy seguro que ahora mismo debe estar buscando algún barco que lo lleve a Rocadragón para unirse a Stannis. –le respondió Cersei, con las mejillas rojas de rabia por la actitud de su gemelo. –Creía que te alegrarías. Más de alguna vez te miró con desprecio por lo que le hiciste a Aerys.
-Porque yo fui quién rompió su juramento, hermana. No él. –respondió el guardia real, aún exasperado. -No sabes las consecuencias de lo que acabas de hacer. Ser Barristan es el caballero vivo más querido por el pueblo llano. Si se une a Stannis, tanto nobles como plebe correrán a unírsele…y nosotros estaremos muy ocupados salvando a esta ciudad de mierda de la inanición como para hacer algo.
Su hermana no se había tomado bien sus palabras. Habían discutido durante horas hasta que finalmente le pegó una bofetada. Luego de eso, la Reina le había ordenado que saliera de la ciudad y acudiera al encuentro del ejército de Lord Tywin que venía por el Camino Dorado, y que no volviera a Desembarco del Rey sin ellos.
Eso evitó que Jaime Lannister estuviera presente durante la ejecución de Eddard Stark. El caballero no pudo evitar preguntarse si podría haber evitado lo que había ocurrido en el Septo de Baelor. Pero bueno, no se podía cambiar el pasado. Ahora lo único que estaba claro era que habría una guerra en la que los Lannister estarían solos, y que necesitaban un milagro para poder ganarla.
La única buena noticia de aquellos días fue que Tyrion llegó del Oeste junto al ejército de Lord Tywin. Su padre quería que su hermano sirviera como Mano del Rey cuando él fuera a guerrear a las Tierras de los Ríos, y Jaime no podía negar que era una buena opción para tal puesto. Tyrion era uno de los pocos que era inmune a tanto los encantos como a las amenazas de Cersei.
La presencia de su hermano fue un alivio en medio del caos que hubo en la ciudad tras la ejecución de Ned Stark. Prácticamente toda su familia había considerado una estupidez lo que Joffrey había hecho, pero Cersei insistía en defender a su hijo. Prueba de ello era lo que había dicho en la primera reunión del Consejo Privado tras la llegada de Lord Tywin a la ciudad, reunión a la cual Joffrey no se había dignado a asistir.
-Ned Stark era un traidor confeso. ¿De qué nos hubiera servido enviarlo a la Guardia de la Noche? Ya había roto su juramento de fidelidad al rey, nada le hubiera impedido romper el juramento a la Guardia. Joffrey hizo bien en matarlo, si no lo hubiera hecho ahora lo tendríamos comandando un ejército de norteños.
-Sí, Joffrey es un todo genio hermana. –le había respondido Tyrion, irónicamente. –Gracias a él ahora los norteños no irán a la guerra porque creen que Stannis es un buen rey, lo harán porque quieren matarnos a todos en venganza por lo de Ned Stark.
-El hijo de Ned Stark es un crío tan verde como la hierba del verano. Nuestro padre no tendrá problemas en derrotarlo en el campo de batalla.
-Quizás -admitió Tyrion.- Pero hay un pequeño problema, no estamos en guerra solo con El Norte hermana, lo estamos con todo Poniente excluyendo a los Greyjoy y Dorne. La inexperiencia que Robb Stark puede tener es compensada por creces por hombres como el Pez Negro, Yohn Royce, Randyll Tarly o el propio Stannis.
-Siempre has sido un pájaro de mal agüero, hermano. Quizás deber…
Lord Tywin había interrumpido la discusión de sus hijos golpeando la mesa.
-¡Basta! –El Señor del Roca Casterly no solía levantar la voz, por lo que tanto Cersei como Tyrion quedaron pasmados frente a tal hecho. –Ya tenemos suficientes enemigos como para que empiecen a pelear entre ustedes. Tyrion, te traje a la capital para que evites que Joffrey haga más estupideces, pero solo cuando yo no este. Cersei, lo que tu hijo hizo fue una idiotez que no se puede excusar. No todas las guerras se pueden ganar por las armas.
"Si Ned Stark siguiera vivo, podríamos haber evitado que los norteños entraran a la guerra, recordándole que tenemos a su hija cautiva en la Fortaleza Roja. Ahora ya no hay esperanzas de ello, y eso es exclusivamente gracias a Joffrey. Lo mismo ocurre con lo que hizo con Ser Barristan Selmy. Empiezo a creer que más temprano que tarde deberé darle una lección a tu hijo sobre lo que significa tener poder."
Cersei había quedado roja de furia, pero no había respondido. Jaime tampoco había articulado palabra. Su padre no solía amenazar con dar una lección, simplemente las daba. Y cuando lo hacía, la persona en cuestión sufría. Lo que le había hecho a Tyrion todavía le quitaba el sueño por las noches.
Desembarco del Rey había seguido en ese estado de conflicto durante semanas. Los Tyrell cerraron el Camino de las Rosas y los pescadores no se atrevían a alejarse de la ciudad para evitar ser capturados por Stannis, así que la ciudad comenzó a pasar hambre.
Los más de treinta mil soldados que los Lannister habían llevado a la capital no mejoraban mucho la situación. Es por eso que Lord Tywin quería moverse lo antes posible para atacar las tierras de los Tully, quitando bocas que alimentar de la ciudad y apropiándose de los graneros de las Tierras de los Ríos al mismo tiempo.
El problema es que si el ejército Lannister partía la ciudad quedaría indefensa, y si bien Renly y Robb Stark estaban muy lejos de ella todavía, no ocurría lo mismo con Stannis. El Baratheon podía partir de Rocadragón con su ejército al atardecer y llegar a la mañana siguiente a las murallas de la capital.
Por eso fue un regalo de los dioses cuando Varys les llevó la noticia que Stannis había partido de su isla… pero dirigiéndose a Bastión de Tormentas. Los hermanos de Robert preferían pelear entre ellos antes que hacer causa común en contra de los Lannister. Jaime casi comenzaba a creer que Robert era el hermano inteligente.
Lord Tywin no perdió el tiempo, y sin más ceremonias partió junto a su ejército al día siguiente. Su padre le ordenó que se quedara en la ciudad ayudando a su hermano, cosa que Jaime agradecía. No estaba particularmente ansioso por matar granjeros que el único pecado que habían cometido era haber nacido en tierras de los Tully.
Tras ello, los días habían pasado rápidamente en Desembarco del Rey. Con ayuda de Tyrion había logrado alejar a Sansa Stark de Joffrey, evitándole más tormentos de los necesarios. La joven era casi una fantasma tras la muerte de su padre. No sonreía, apenas hablaba, y según lo que le había contado Tyrion apenas comía. Solo la noticia de que sus hermanos habían llegado a salvo al Norte había devuelto la luz a sus ojos.
De ello ya había pasado un mes. En ese tiempo el ejército de su padre había tomado Harrenhal y Poza de la Doncella, los norteños habían llegado a Darry, y Lord Grafton estaba bajo asedio por parte del resto de los señores del Valle. De los hermanos Baratheon no había noticias.
Ahora Ser Jaime se dirigía a una nueva reunión del Consejo Privado. Se encontró con su hermano mientras caminaba por los pasillos de la Fortaleza Roja, y ambos decidieron continuar juntos el resto del recorrido. Tyrion parecía algo agitado, y Jaime se lo hizo saber.
-Querido hermano, hoy estás más nervioso que de costumbre. ¿Acaso tía Genna viene a la capital y temes que te persiga para pellizcarte las mejillas? –le bromeó Jaime. No era el mejor chiste de su vida, pero en el momento no se le ocurrió otro.
-Para nada hermano. Nuestra tía sigue en Roca Casterly y no creo que se moverá de ahí mientras continúe la guerra. –le respondió Tyrion, sin sonreír. –Es otra cosa lo que causa que esté tan tenso. Verás, tuve una interesante charla con Ser Jacelyn Bywater hace una hora, donde me contó algo que ocurrió antes de la muerte de nuestro querido rey Robert, y que todos parece que olvidaron desde entonces.
Una de las primeras decisiones que Tyrion había tomado tras asumir como Mano del Rey fue la de mandar a Janos Slynt al Muro. Jaime todavía no podía decidir si el capa dorada había estado comprado por Meñique o por su hermana, pero de lo que estaba seguro era de que no lo extrañaba en lo más mínimo.
Su reemplazante era Ser Jacelyn, un oficial manco que era veterano de la Rebelión Greyjoy. Un soldado, severo e inflexible, el tipo de hombre que se necesitaba en estos tiempos.
-¿De veras? –preguntó el guardia real, mientras pensaba que podía ser lo que había llamado tanto la atención de su hermano. -¿Y qué fue lo que Mano de Hierro te contó como para preocuparte tanto?
Las palabras que salieron de la boca de Tyrion helaron la sangre de Jaime.
-Me contó del meado de piromante que encontraron en Pozo Dragón. Estaba pensando en que quizás podríamos ocuparlo y no solo destruirlo. Un libro que leí contaba que los reyes Targaryen lo ocupaban en el invierno para derretir la nieve. Si es que podía derretir nieve no veo porque…
-Tyrion, para. –Jaime se detuvo y giró para queda cara a cara con su hermano. Su expresión debe haber reflejado lo que sentía, porque Tyrion se quedó callado en medio de la frase. –No ocuparemos el fuego valyrio para la guerra, ¿me escuchaste?
-Pero Jaime, si lo ocupamos bien podríamos destruir cualquier barco que trate de cruzar el Aguasnegras. Sería tonto desperdiciar una ventaja así.
-Hermano, te he querido toda tu vida, desde el momento en que abriste tus ojos y maldijiste al mundo por primera vez. Es por ese amor que te tengo que ruego que me hagas caso en esto. El fuego valyrio es algo demasiado peligroso como para ocuparlo. –Jaime sintió como un sudor frío recorría su cuerpo, al tiempo que recordaba como los gritos de Rickard Stark se habían mezclado con la risa del Rey Loco.
"¡Quémenlos!, ¡quémenlos a todos!"
-Tú no viste las cosas que hizo Aerys con él, Tyrion. Ni siquiera el peor de nuestros enemigos se merece morir así. Agradezco a los dioses que Cersei y Joffrey se olvidaron de su existencia y tú sabes cuál es mi opinión sobre los dioses. Por favor, no se los recuerdes. Te lo ruego.
Ser Jaime Lannister, el Lord Comandante de la Guardia Real y probablemente el mejor espadachín de su generación, no era un hombre que se sintiera cómodo suplicando. Probablemente era la primera vez que lo hacía. Pero la desesperación que reflejaban sus palabras era real. Y si era necesario rebajarse a ello para evitar volver a ver ese fuego verde maldito, lo haría mil veces.
Pero no fue necesario, ya que Tyrion quedó tan impactado por la actitud de su hermano, que no dudo en lo más mínimo al acoger su súplica.
-Tranquilízate Jaime, está bien. Me olvidaré del tema. –le respondió, agarrando el brazo del guardia real para que se calmara. La cara de su hermano menor era de profunda preocupación, estaba claro que había entendido lo importante que era para el capa blanca el tema que habían recién hablado.
-Gracias Tyrion, no sabes cuánto. –Jaime respiró profundamente y se tranquilizó. Ambos hermanos permanecieron inmóviles unos momentos, cada uno evaluando que hacer después de la conversación que había ocurrido. Su hermano seguía demasiado impresionado por su reacción como para decir algo, y el propio guardia real estaba intentando olvidarse de esos gritos que lo seguían atormentando tantos años después.
Finalmente fue Tyrion el que terminó con la incómoda situación, juntando las palabras.
-Creo que lo mejor es que sigamos. Nuestra querida hermana nos espera y ambos sabemos que la paciencia no es su mayor virtud. –murmuró la Mano del Rey.
-Tienes razón –respondió Jaime, también con un murmullo. Ambos hombres siguieron su camino, pero tras dar un paso el guardia real habló nuevamente.
-Tyrion, de verdad… gracias. –le dijo, sinceramente.
-Descuida Jaime, para eso estamos los hermanos. –respondió Tyrion con una sonrisa.
"Ahora tengo dos deudas contigo, mi hermanito."
Fueron los últimos en llegar a la sala del consejo, y la Reina se los hizo saber.
-Llegan tarde, mis hermanos. ¿Qué les pasó? –las palabras y el rostro de Cersei eran dulces, pero su sonrisa era cruel. -¿Acaso el valiente Lord Comandante de la Guardia Real no sabía en cual burdel de la ciudad buscar a mi pobre hermano menor?
-Para nada hermana. Simplemente la Fortaleza Roja tiene demasiadas escaleras para mis piernas tan cortas, y nuestro hermano es demasiado cortés como para dejarme atrás -respondió Tyrion, sin ganas de discutir. Ambos hombres tomaron asiento.
El Consejo Privado estaba bastante reducido en estos tiempos. Tanto el Consejero de Leyes como el de Barcos estaban en abierta rebelión al Trono y su padre todavía no nombraba sucesores, sin duda reservando los puestos para futuros aliados. Es por eso que además de los tres Lannister, solo estaban presentes el Gran Maestre Pycelle y Meñique.
Sin embargo, había un miembro que debería estar ahí y no lo estaba.
-¿Dónde está Varys? –preguntó Tyrion, como si le hubiera leído los pensamientos a Jaime.
-La Araña dijo que tenía que resolver un asunto antes de venir, así que nos pidió que iniciáramos sin él. –respondió Meñique, aburrido.
-Tampoco es que lo necesitemos. –añadió el viejo Gran Maestre, haciendo una pausa para toser antes de seguir hablando. –Los espías tienen sus usos, pero para ganar las guerras lo que realmente se necesita es soldados y sabiduría, y con respecto a lo segundo creo que con la mía sobra.
"Si sabiduría significa lamer las botas de mi padre, por supuesto que contigo basta y sobra". El pensamiento hizo sonreír a Jaime, pero no dijo nada.
-Entonces dejémonos de tanta charla y vayamos al grano. –dijo Cersei, tomando el control de la situación. Miró a Pycelle antes de seguir. – ¿Qué noticias hay de nuestro padre?
El maestre se aclaró la garganta antes de responder. –La última carta de Lord Tywin dice que sigue en Harrenhal con su ejército. Un ejército Tully y otro de los Stark están bloqueando los caminos hacia el resto de las Tierras de los Ríos, así que prefiere mantener sus conquistas actuales y esperarlos tras los muros de la fortaleza, con la esperanza que los continuos ataques de Ser Gregor obligue a nuestros enemigos a actuar precipitadamente.
-¿Y está funcionando? Entiendo que los Tully no hagan mucho, si se alejan del Colmillo Dorado el ejército de nuestro tío Stafford podría arrasar con todas sus tierras hasta Aguasdulces, pero me parece extraño que los norteños se queden en Darry sin hacer nada. –preguntó Tyrion. Su hermano tenía una mente brillante al momento de hablar de estrategia, pese a que nunca había estado presencialmente en una batalla.
-Un cuervo que llegó esta mañana de Puerto Gaviota trajo noticias con respecto a ello. Lord Grafton señala que hay estandartes Stark entre los del ejército que está acampado en las afueras de la ciudad. Todo indica que Robb Stark se unió a Lord Royce en el asedio del puerto. En la misma carta Lord Grafton nos ruega por enésima vez que le enviemos refuerzos.
-Que siga rogando todo lo que quiera, no lo haremos. –respondió Cersei, bruscamente. –Tiene oro y barcos, si quiere más soldados que reclute mercenarios en las Ciudades Libres.
-Mi hermana tiene razón. –añadió Tyrion, para sorpresa de Jaime. –Lord Grafton inició su rebelión sin preguntarnos, y si bien nos ha servido manteniendo paralizados a los ejércitos del Valle, no estamos en condiciones de ayudarlo. No tenemos suficientes hombres, aunque nos duela admitirlo.
-No todos los señores del Valle apoyan a Yohn Royce. –dijo Petyr Baelish, con una sonrisa enigmática. –Sé de buena fuente que los Corbray lo apuñalaran por la espalda a la primera oportunidad que tengan. Quizás podríamos insinuarle a Lord Grafton que busque aliados por esa dirección.
"Meñique, todos sabemos que con buena fuente te refieres a que tienes a Lyn Corbray en tu bolsillo. No somos tan imbéciles como crees, exceptuando a Pycelle." pensó Jaime, pero las palabras que salieron de su boca fueron otras.
-Dudo que pueda enviar mensajes a los otros castillos del Valle mientras la ciudad esta asediada. No, Grafton no encontrará aliados allí. –respondió el guardia real, cruzando los brazos mientras pensaba. –Pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados mientras Yohn Royce lo estrangula. Propongo que contratemos mercenarios y los mandemos a Puerto Gaviota.
-Es difícil que logremos enviar a alguien a Essos con Rocadragón y su flota en medio del camino. –dijo Tyrion, moviendo la cabeza. –Debe ser Lord Grafton quién envíe a un emisario a Pentos o Myr. Pero aunque lo haga, dudo que logre llevarlos a la ciudad antes que el ejército de Bronze Yohn la ataque.
-Entonces es un aliado perdido, y no vale la pena que sigamos hablando de él. –dijo Cersei, nuevamente intentando tomar el control del rumbo de la discusión. – ¿Qué noticias hay del resto del reino? ¿Alguna novedad con respecto a Renly y Stannis?
-Nada mi reina. Lo último que supimos fue que Stannis había iniciado un asedio a Bastión de Tormentas, y que Renly partió desde Altojardín junto a su caballería para atacarlo. Desde entonces que no hay noticias desde el sur. –respondió el Gran Maestre.
-Estoy comenzando a sospechar que Varys no asistió a esta reunión porque temía que le hiciéramos pagar por su incompetencia. –dijo Cersei, con una furia apenas contenida. Por su expresión, parecía que estaba dispuesta a castrar al eunuco de nuevo si es que se le presentaba la oportunidad.
-Quizás Varys nos ha fallado en ese tema específico, pero no podemos despedir a nuestro querido eunuco. Para bien o para mal, sigue teniendo la mejor red de espías de todo el reino. –respondió Tyrion, apretando y cerrando una de sus manos. –En fin, creo que es necesario que pasemos a otro punto que tenemos pendiente. Nos faltan aliados, y adivinen quién sigue soltero y sin compromiso.
-¿Tú? –preguntó Cersei.
-Bueno, sí. Pero dudo que mi mano en matrimonio sea una oferta muy atractiva, -admitió su hermano, un poco sorprendido por la respuesta. Sin embargo rápidamente se recuperó. –Pero a quién me refería con mis palabras era a nuestro querido soberano, Joffrey el primero de su nombre.
-Estoy de acuerdo con mi señor Mano en esto. –dijo Pycelle, complacientemente. –Es hora de que el príncipe Joffrey busque una esposa de noble cuna. Tanto Arianne Martell como la hija de Lord Greyjoy están solteras, y ambas pueden traer a las espadas de sus familias y vasallos.
-¿Los Martell? ¿Es que la edad te ha hecho volverte loco? –dijo una escandalizada Cersei. –Todo Dorne odia a nuestra familia por lo que pasó con Elia y sus hijos. No me sorprendería que envenenaran a Joffrey en su noche de bodas en venganza.
-Y los Greyjoy no son mucho mejores. –añadió Jaime, recordando con desprecio a los habitantes de las Islas de Hierro. –Me da lo mismo que traigan sus barcos a nuestro bando, esa escoria no merece un matrimonio con alguien de la familia real. Aunque sea Joffrey de quién estamos hablando.
-Bueno, no veo muchas más opciones. –se apresuró a decir Tyrion, antes que Cersei reaccionara por las palabras de Jaime. –Todos los demás reinos ya nos declararon la guerra. Salvo que quieras casar a Joffrey con alguna noble essosi como lo hacían algunos Targaryen, no veo con quién podríamos comprometerlo.
-Hay una persona. –dijo Cersei, una sonrisa cruel formándose en su cara. –Es hija de traidores, pero si la casamos con Joffrey podemos causar confusión en el bando de nuestros enemigos… una confusión que incluso podría tentar a algunos de nuestros enemigos a cambiar de bando. Y lo mejor de todo esto es que ahora mismo está a nuestra merced en la Fortaleza Roja, indefensa.
-No, jamás. –respondió Tyrion. –Matamos a su padre frente a sus ojos después de que tu hijo le prometió clemencia. Esa chica te puede parecer un cordero, Cersei, pero no la subestimes. Temería por Joffrey si es que llegas a forzarla a casarse con él.
-¿Entonces qué es lo que propones? ¡Tú eres el que quiere comprometer a Joffrey en primer lugar!
-Pese a lo que tú y Jaime dicen, creo que la idea de aliarnos con los Martell no es tan mala como parece. –respondió Tyrion, con los brazos cruzados. –Es más, primero pensé en proponer un matrimonio entre Myrcella y uno de los hijos del príncipe Doran, pero para evitar alguna represalia por lo que sucedió durante el saqueo de Desembarco es que prefiero que sea Arianne Martell la que venga acá.
-No funcionará Tyrion, Doran Martell es demasiado cauto como para arriesgarse a algo así –dijo Jaime, sacudiendo la cabeza. –Hay que intentar buscar otra….
En ese momento la puerta de la sala se abrió bruscamente, interrumpiendo al capa blanca en medio de su frase. Varys entró por ella, jadeando como si hubiera corrido una larga distancia.
-"El eunuco apresurado, esto debe ser importante.". pensó Jaime, un poco ansioso por las palabras que saldrían de la boca del espía.
-Mis señores. –dijo Varys, con la respiración entrecortada. Toda la sala en silencio esperando que continuara. –Hay noticias desde Bastión de Tormentas…
-*-*-*-*.
Puerto Gaviota, el Valle.
Solo había cuatro guardias vigilando la puerta a esas horas de la noche. Tres murieron en la primera oleada de flechas y el último fue asesinado personalmente por una saeta de Theon. Ninguno había alcanzado a gritar, así que nadie se acercó a tiempo para descubrir a los hombres que trepaban mediante ganchos el muro.
Robb y el Pez Negro fueron los primeros en subir, seguidos de cerca por Edric, Theon y el segundo hijo de Yohn Royce, Ser Robar. Tras ellos subieron más soldados, listos para abrir la puerta y permitir que su ejército lograra entrar a Puerto Gaviota.
El plan de Robb había sido sencillo pero efectivo. Mientras el ejército de los señores del Valle simulaba un asalto a Puerto Gaviota desde el oeste, el Señor de Invernalia había llevado a sus hombres al otro lado de la ciudad, cubriendo su movimiento con la oscuridad de la noche. Había tenido la precaución de proveer estandartes de las casas norteñas al ejército de Bronze Yohn, de manera que los defensores de Puerto Gaviota creían que los norteños también estaban atacando junto a los Royce.
Por ello es que Lord Grafton había mandado a casi todas sus fuerzas a esa sección de las murallas, descuidando las que rodeaban el resto de la ciudad. El sector menos protegido de todos era el que se encontraba mirando al este, donde solo quedaban los cuatro pobres diablos que recién habían muerto. Aun así, con cada segundo que pasaba era más posible que los descubrieran, así que los norteños se apresuraron a bajar de las murallas para abrir las puertas, permitiendo que el grueso del ejército norteño pudiera entrar.
Justo a tiempo, apenas habían terminado de hacerlo cuando se empezaron a escuchar gritos de alerta entre los centinelas de las murallas más lejanas. Pero para fortuna de los norteños ya era demasiado tarde, un torrente de soldados sedientos de sangre ya estaba entrando a la ciudad y era imposible que los detuvieran.
-Rápido, hay que llegar al castillo lo antes posible. –dijo Robb, al tiempo que montaba un caballo. Edric subió a otro con dificultad, ya que el noble animal se asustó cuando Viento Gris entró a la ciudad buscando a su amo. El huargo caminó indiferente a humanos y animales hasta que detuvo al lado de Robb, quién le hizo una caricia en la cabeza. El lobo era tan grande que el norteño no tuvo que bajar del corcel para hacerlo.
Una calle principal llegaba directamente desde la puerta de los muros hasta el castillo de los Grafton, ubicado en medio de la ciudad. Lord Stark y su guardia personal, entre los que se encontraban Edric, Theon, Ser Brynden y Bran, se apresuraron a cabalgar hacia la fortaleza, cien jinetes desplazándose como un puño de hierro entre las casas y edificios de la ciudad.
Algunos soldados se interpusieron en el camino intentando detenerlos, pero fueron fácilmente sobrepasados por los norteños. Edric vio como Viento Gris se lanzaba contra la garganta de un lancero mientras Robb decapitaba a otro, todo en cuestión de segundos. Algunas flechas empezaron a volar sobre ellos, pero casi ninguna acertó y las que lo hicieron no impactaron mortalmente. Theon demostró toda su habilidad como el arco, matando a dos guardias con él mientras cabalgaba.
El dorniense también mató a un guardia, rasgándole con su espada del esternón al vientre cuando intentó clavarle una lanza a su caballo. Edric no tuvo tiempo de mirar atrás para ver si había muerto, ya que se estaban aproximando velozmente al castillo de Lord Grafton. Un grupo de jinetes enemigos emergió de él, claramente intentando detener la carga de los norteños. Los caballeros de Puerto Gaviota gritaban con sus armas en alto mientras se acercaban a la carga de los norteños, pero sus gritos se transformaron en unos de horror cuando sus monturas comenzaron a lanzarlos por los aires.
La causa de ello pronto quedó a la vista. Viento Gris se había adelantado al resto de los norteños y se dirigía a toda velocidad a los caballeros enemigos. Los caballos, asustados frente al inmenso depredador que se acercaba a ellos, trataron de huir del huargo, chocando y tropezándose entre ellos. Roto el ímpetu de la carga de los caballeros del Valle, fueron atravesados por los norteños como un cuchillo caliente lo haría por mantequilla.
Los pocos que lograron controlar a sus monturas se enfrascaron en peleas individuales con miembros de la guardia de Robb, pero no eran más media docena y fueron fácilmente superados. Edric vio como el Pez Negro se enfrentaba con el aparente líder de ellos, cruzando sus armas varias veces antes que Ser Brynden lograra clavar su espada por un agujero en la armadura de su adversario. El caballero enemigo no emitió sonido antes de caer al suelo, donde tras un estruendo metálico comenzó a formarse un charco de sangre.
Robb no perdió el tiempo. Ni siquiera espero a que la escaramuza acabara antes de seguir con su camino, siendo seguido por los miembros de su guardia que no habían sido demorados por los caballeros. Pronto llegaron a las puertas del castillo, que unos guardias desesperadamente intentaban cerrar. No fueron lo suficientemente rápidos. Robb y sus hombres irrumpieron al interior del castillo antes de ello, matándolos en el proceso.
Estando en el patio de la fortaleza, los norteños desmontaron. Inmediatamente se pusieron a cubierto, ya que los guardias que aún custodiaban los muros comenzaron a lanzarles flechas. No todos lograron hacerlo a tiempo, Edric vio como un caballero de Puerto Blanco murió tras ser impactado en un ojo por una flecha, mientras el Gran Jon recibía dos en uno de sus brazos. Sin embargo, el Señor de Último Hogar se limitó a lanzar un grito desafiante antes de arrancarse las flechas y cubrirse tras un escudo, aún dispuesto a seguir peleando.
Protegidos por los escudos, un grupo pequeño de hombres liderados por Robb se apresuró a salir del patio para irrumpir en el auténtico interior del castillo, dejando atrás a la mayoría de los norteños para mantener las puertas abiertas y eliminar a los guardias restantes. En total no eran más de una docena de hombres además de Viento Gris.
-Hay que buscar las habitaciones personales de Lord Grafton. –dijo Robb, con una espada ensangrentada en una mano y el escudo que le había regalado Lady Waynwood en otra. – ¿Ser Robar, sabes dónde están?
-Sí, vine varias veces en el pasado a este castillo acompañado por mi padre. –respondió el segundo hijo de Yohn Royce, protegido por una armadura de bronce parecida a la de su progenitor, pero sin runas. El caballero indicó un amplio pasillo iluminado por antorchas que se extendía a la derecha. –Es por ahí. Cuando lleguemos al final hay que girar a la izquierda y subir por unas escaleras, sus habitaciones están al final de ellas.
-Muy bien, adelante. –respondió el Señor de Invernalia.
Los hombres avanzaron por el pasillo cautelosamente. Cuando llegaron al final y doblaron a la izquierda, vieron a seis guardias que custodiaban la escalera que debían subir.
-Tirad vuestras armas y les perdonaremos la vida. –les dijo Robb, mientras Viento Gris gruñía a los hombres con el lomo erizado. -Lo juro por mi honor de Stark.
-¡Traidor! –fue toda la respuesta que dio el más viejo de ellos, antes de saltar intentando clavar su daga en el norteño. Robb lo esquivó fácilmente y antes de que pudiera hacer algo, Viento Gris saltó sobre el guardia y le destrozó la garganta. Una visión de pesadilla como esa fue todo lo necesario para que el resto de los guardias tirara sus armas.
-¿Dónde está tu señor? ¿Hay más guardias arriba?–preguntó bruscamente Ser Brynden a uno de ellos, mientras lo reducía en el suelo.
-E-en sus habitaciones, Ser. –respondió el guardia, un asustado adolescente pelirrojo que tenía que tener la edad de Robb. –Se encerró en ellas cuando vio como entraban a la ciudad. Nosotros somos los últimos guardias entre ustedes y él, lo juro por mi madre.
-¿Está con sus hijos? –preguntó Robb.
-¿Sus hijos? –preguntó confundido el guardia. –No mi señor, no está con ellos. Nadie los ha visto a ellos o a Lady Grafton en días.
El Señor de Invernalia frunció el ceño, pero no dijo nada al respecto. Comenzó a subir las escaleras acompañado por su huargo y solo tres compañeros: Theon, el Pez Negro y el propio Edric. El resto de sus hombres se quedó custodiando a los guardias, liderados por Ser Robar y el herido Gran Jon.
-Ten cuidado Robb. –dijo Ser Brynden, su armadura negra cubierta con sangre. –Un animal es más peligroso cuando está acorralado, incluso cuando el animal es un cobarde como Grafton.
-Lo sé tío, pero es algo que debemos hacer. –respondió Robb, aferrando con más fuerza su escudo. Viento Gris movió su cola, ansioso.
Los cuatro hombres y el lobo subiendo el resto de las escaleras en silencio. Una puerta de madera negra que estaba entreabierta los esperaba al final. Se quedaron observándola por un instante, como si no supieran que debían hacer. Finalmente fue el propio Señor de Invernalia quién actuó, empujando levemente la puerta, que se abrió lentamente.
Tras abrirse, la puerta reveló una amplia habitación iluminada por muchos candelabros. Al entrar los hombres se dieron cuenta que estaba ricamente adornada, con muebles de arciano y ébano, alfombras y aparatos de vidrio myrienses, tapices qarthienses y cuadros pentoshis. Lord Grafton los esperaba al final de la habitación.
De espaldas.
-Miis estimados enemigos, sed bienvenidos. –murmuró el gordo señor, sin mirarlos. Parecía sostener algo en sus brazos, pero por la posición en la que estaba no se podía ver que era. Tanto Robb como el Pez Negro aferraron con más fuerza sus escudos, mientras Theon le apuntó con su arco y Edric levantó su espada. Viento Gris gruñó, pero el Señor de Invernalia lo obligó a callarse.
-Lord Grafton. –dijo Robb, con una voz clara y firme. –Estoy aquí para pedir que rindáis oficialmente la ciudad. Vuestra rebelión contra Lord Royce ha fracasado, pero mi aliado es una persona honorable. Os permitirá tomar el negro y mantendrá a vuestro heredero el señorío sobre Puerto Gaviota si es que se une a nuestra alianza.
-Una oferta generosa. –admitió el Señor de Puerto Gaviota, aún sin mostrar la menor intención de darse vuelta para enfrentarse a Robb y sus acompañantes. –Solo un tonto la rechazaría, sobre todo comparándola con lo que Gregor Clegane le ofreció a Lord Mooton en una situación parecida. Pero hay un pequeño problema, mi padre también se rindió una vez contra Jon Arryn, y aunque seguimos siendo señores de Puerto Gaviota, nos castigaron de otras formas.
-¿Y qué esperabas que hicieran? ¿Ser recompensado por haberte rebelado? –pregunto bruscamente Ser Brynden, sosteniendo amenazadoramente su espada. –Así son las guerras, mi señor. Nuestras elecciones sellan nuestro destino.
-Lo tengo claro, Ser Brynden. Más de lo que creéis. –respondió secamente Lord Grafton. Paró un instante para suspirar antes de seguir hablando, y cuando lo hizo, el tono de su voz heló la sangre de Edric.
"Este hombre no está asustado, está decidido."
-Por eso es que un hombre debe arriesgarse si es que quiere ganar. Quizás yo ya estoy perdido, pero mi familia ya debe estar llegando a Desembarco del Rey…
En ese momento se dio vuelta, una ornamentada ballesta en sus manos.
-…y estoy seguro que los Lannister los recompensarán generosamente cuando sepan que maté a Lord Stark.
Antes de que cualquiera pudiera reaccionar, Grafton apuntó con la extraña ballesta a Robb. Al mismo tiempo Theon lanzó su propia flecha, que fue a clavarse en el pecho del Señor de Puerto Gaviota. Lord Grafton gritó y cerró los ojos por el dolor, pero aun así disparó.
Sonó un chasquido y la saeta voló en dirección al pecho de Robb, pero antes de alcanzarlo se clavó profundamente en su escudo de maderahierro, que el norteño había alcanzado a levantar. El tiempo pareció detenerse nuevamente, hasta que Robb logró reaccionar.
-Maldito cobar… -comenzó a decir, bajando el escudo.
-¡ROBB, CUIDADO! –gritó desesperado Ser Brynden.
En ese momento ocurrieron varias cosas. Viento Gris y el Pez Negro se lanzaron desesperados hacia el Señor de Puerto Gaviota, mientras Edric trataba de cubrir a Robb con su propio cuerpo. Se escuchó nuevamente el chasquido de la ballesta justo antes de que el huargo derribara a Lord Grafton.
Una saeta se clavó por sobre ambos jóvenes, impactando con tal fuerza que quedó clavada en la pared de piedra.
-Por los dioses, había olvidado que los myrienses fabrican ballestas así. –dijo Robb, aún impresionado por lo cerca que había estado de la muerte. -Gracias Edric.
El norteño se giró para mirar al dorniense, pero cuando lo hizo palideció. Edric lo miró confundido por un instante, hasta que comenzó a sentir el dolor en el pecho.
Miró hacia abajo. Tenía clavada una flecha entre el hombro y el pulmón. Trató de gritar, pero cuando lo hizo sintió sangre en su boca.
Viento Gris terminó con la vida de Lord Grafton, pero ya nadie le estaba prestando atención. Todos estaban rodeando al escudero, que sintió como el mundo comenzaba a dar vueltas justo antes que las rodillas le fallaran.
Escuchaba como Robb y el Pez Negro le hablaban, pero no entendía lo que le intentaban decir. En lo único que podía pensar era en el medallón que le había regalado Arya, cuya cadena estaba tan tensa que casi lo estrangulaba.
Escuchó a un cuervo graznando mientras la oscuridad lo envolvía. Lo último que pensó antes de perder la conciencia fue en los ojos grises de la norteña, tan tristes y fuertes al mismo tiempo.
