NA1: 15k? Vaya... y pensar que quería hacer este capítulo y el de Arya en uno solo. Creo que debo empezar a calcular mejor :S

NA2: El capítulo tiene algunos cambios de POV, pero el protagonista es Jaime. Los cambios son para ampliar la perspectiva del "acontecimiento".

NA3: Escribir una batalla lo bastante claro como para no marear al lector es algo horrible. Hice mi mejor esfuerzo, pido disculpas si no fue suficiente.

NA4: Es necesario recordar algo: Es un AU (d'oh) por lo que hay cosas que pasaron de manera similar al canon...y otras que no. En la última categoría entran la partida de Myrcella a Dorne (y cierto hecho que sucedió inmediatamente después) y cuando Eddard mandó a un determinado grupo de hombres a detener a La Montaña, antes de la muerte de Robert. Eso significa que hay personajes que están en lugares diferentes a donde les correspondería en canon. Es algo obvio, pero no hace mal recordarlo... sobre todo por algo que pasó hace un par de capítulos... y sobre todo en...

Mejor lean :D

Como siempre, gracias a quienes se detienen a dejar algo de cariño.


Octava luna del 302 A.L. – Desembarco del Rey, capital de los Siete Reinos.

JAIME

La ciudad apestaba a miedo.

Jaime no solo lo podía oler, también lo podía ver en las caras de los habitantes de la capital. Todos tenían miedo, desde el mendigo más pobre del Lecho de Pulgas hasta Cersei en el Torreón de Maegor.

Por los siete infiernos, hasta sus compañeros de la Guardia Real estaban asustados. No es que fueran precisamente los hombres más valientes que habían vestido la capa blanca de la hermandad, pero realmente era extraño ver a Ser Arys o a Ser Preston mudos y con una expresión que algunos podían calificar de temor mientras afilaban sus armas en los rincones de la Torre de la Espada Blanca.

Tyrion y Cersei no estaban mucho mejor.

Su hermano, normalmente un asiduo asistente a los burdeles y tabernas de la capital, había estado casi sin tocar una sola gota de alcohol esos últimos días, muy preocupado de estar leyendo antiguos libros sobre guerras y asedios sobre los cuales ya no quedaba ningún testigo vivo como para relatarlos en primera persona.

Su hermana era el caso contrario. Cersei nunca había sido una mujer que se negara a una copa de vino, pero lo de los tiempos recientes superaba cualquier precedente. Jaime temía por las reservas de alcohol de la Fortaleza Roja si es que Stannis no atacaba pronto.

Pero bueno, era casi imposible que eso no sucediera.

Desde que la noticia que Renly Baratheon había muerto había llegado a Desembarco del Rey cada día llegaban más pescadores desde la Bahía del Aguasnegras que decían que habían visto a la armada de Stannis acercándose a la ciudad. Habían mandado exploradores para vigilar los movimientos del ejército Baratheon por el Bosque Real, pero hace casi una semana que el último jinete había desaparecido, probablemente capturado o asesinado por aquellos a los que debía espiar.

Todo indicaba que el ataque de Stannis a la capital era inminente y es por ello que la ciudad estaba sumergida bajo una niebla de ansiedad. No era algo tan extraño, casi cualquier hombre normal estaría asustado frente a la batalla que se presagiaba como una de las mayores de la historia de Poniente.

Pero Jaime Lannister no era como el resto de los hombres.

-¡Golpea con más fuerza! ¿Eres un caballero o un niño de pecho? –le gritó entre golpes de espada embotada a su primo Lancel, el hijo de su tío Kevan. El adolescente trató inútilmente de atacar a su primo mayor, pero Jaime bloqueó todos sus golpes fácilmente. Luego volvió a la ofensiva. -¡Levanta más el escudo Lancel! ¡Un enemigo te podría rebanar el cuello si lo mantienes tan bajo!

El patio de armas de la Fortaleza Roja resonaba con los ruidos de los hombres entrenando. Lancel Lannister había sido nombrado caballero hace poco, pero la triste verdad es que su habilidad con las armas no era nada de extraordinaria. Su nombramiento era más que nada un honor que la reina le había garantizado por haber servido como escudero antes de la sorpresiva muerte de Robert.

"O más bien antes de que Cersei arreglará dicha muerte" pensó Jaime, recordando el confuso incidente en el que el gordo rey Baratheon había resultado herido de muerte. Meryn Trant y Preston Greenfield habían tenido algo que ver en ello, estaba seguro. Y no se sorprendería si es que el rubio adolescente que tenía enfrente de él también había tenido un papel en la conspiración.

Después de dejar a su primo en el suelo por quinta vez seguida, decidió que ya era suficiente. "Es una lástima, mi tío Kevan era un gran espadachín cuando era más joven.". Le hizo un gesto para que se alejara y le ordenó al siguiente en la fila que se pusiera en posición.

-Espero que lo que me mostraste el otro día no haya sido solo suerte de principiante. –murmuró al ver quién era su nuevo contrincante.

-Para nada primo, me atrevería a decir que todavía no he mostrado todo lo que puedo hacer. –le respondió su primo Tyrek, hijo de su difunto tío Tygett y el otro escudero de Robert. A diferencia de los Stark, los Lannister tenían muchísimos primos por ahí y por allá y casi todos tenían los ojos verdes y el pelo rubio de la familia. Tyrek no era la excepción.

-Eso lo decidiré yo. –respondió Jaime, antes bajar la visera del yelmo para iniciar el entrenamiento.

Ambos hombres se lanzaron hacia adelante para empezar la pelea. Tyrek atacó primero, pero Jaime contuvo su golpe sin mayores dificultades. El guardia real intentó lanzar un ataque propio, pero tampoco tuvo mucho éxito en ello.

"Bueno, eso demuestra que es mejor que Lancel." pensó.

Los hombres reanudaron su combate, tratando de conectar sus respectivas espadas con el cuerpo del otro. Tyrek logró resistir los ataques del Lord Comandante de la Guardia Real por un par de minutos, pero finalmente no pudo evitar a tiempo uno de los ataques de Jaime que le hizo soltar su espada.

Jaime puso su arma sobre el cuello de su primo, quién levantó las manos.

-Muerto. –dijo el guardia real, jadeando casi imperceptiblemente por el esfuerzo del entrenamiento.

-Me rindo. –respondió el Lannister menor.

-Eso está claro. –replicó Jaime, golpeando débilmente el costado de Tyrek con el arma. –Otra vez.

"Es mejor que Lancel, pero bueno, hasta los nietos de tía Genna lo son y ellos son medios Frey." pensó mientras luchaba contra su primo. Ambos hombres se desplazaron por el patio, obligados a ceder terreno mientras recibían y lanzaban golpes con las armas embotadas. Algunos de los otros presentes en el patio detuvieron sus propios duelos para observarlos, ya que no eran muchas las ocasiones en las que una pelea requería de tanto esfuerzo por parte de Jaime.

Sin embargo, pronto todos fueron testigos de que el resultado seguía siendo el mismo, ya que Jaime aprovechó un momento en el que Tyrek descuidó su equilibrio para lanzarle una patada. Su primo cayó de espaldas y aterrizó a los pies de Thoros de Myr.

"De acuerdo, es bueno. Quizás sea tan bueno como tío Tygett…"

"Pero no es tan bueno como Ned Dayne, y por supuesto que tampoco está a mi nivel."

-Eso no fue muy caballeroso. –reclamó su primo desde el suelo, una expresión de enojo reflejada en sus facciones.

-En una batalla de verdad no hay espacio para la caballerosidad, los hombres de Stannis estarán encantados en demostrártelo. –replicó Jaime, pero de todos modos le extendió su mano para ayudarlo a levantarse. El Lannister menor dudó por un instante, pero finalmente aceptó la ayuda de su primo.

"Es orgulloso." pensó.

"Tú también, ¿que Lannister no lo es?" replicó otra parte de su conciencia.

-¿Otra vez? –preguntó Tyrek, quitándose el polvo de la ropa.

Jaime no respondió inmediatamente, pensando en su padre y el ejército del Oeste, del cual no tenían noticias hace días.

"El orgulloso Lord Tywin Lannister, incapaz de honrar a sus hijos con la noticia sobre sí acudirá a salvarlos o no de Stannis Baratheon." Lo último que habían escuchado del Señor del Oeste es que había decidido abandonar Harrenhal, pero desde entonces lo único que habían podido escuchar de su ejército era silencio. Desembarco del Rey tendría que ser defendido con los hombres que ya había en la ciudad.

Finalmente Jaime negó con la cabeza.

-Es suficiente por hoy para mí. Si quieres seguir entrenando pídeselo a Aron Santagar o a Thoros. –le respondió, señalando con su arma al sacerdote rojo. La única razón por la que el myriense seguía en la Corte era por ser uno de los vestigios del reinado de Robert, pero Jaime no podía negar que sabía cómo defenderse con la espada. Había sido uno de los primeros en atravesar los muros de Pyke después de todo.

Se marchó sin esperar respuesta, caminando rápidamente hacia la habitación donde había dejado una muda de ropa antes de empezar a entrenar. Se mojó la cara con el agua que sacó de una vasija y se aseó un poco antes de ponerse ropa limpia. Al salir a los pasillos de la Fortaleza Roja se encontró con una cara amigable.

-Jaime, te estaba buscando. –le dijo Tyrion, entusiasmado por haber encontrado a su hermano mayor.

-Mi querido hermano, ¿qué sucede? ¿Necesitas que ahuyente a los tritones de debajo de tu cama como cuando éramos pequeños? –preguntó Jaime, no sin un toque de cariño. Quería muchísimo a su hermano menor, probablemente más que a nadie.

"Excepto Cersei." pensó con una punzada de dolor en su corazón. La furia que había sentido con su hermana tras lo sucedido con Ser Barristan se había ido desvaneciendo con el tiempo, sobre todo al ver lo angustiada que se veía los últimos días.

-Hace mucho que descubrí que los verdaderos monstruos somos los hombres y no los tritones. –respondió Tyrion, amargamente. Miró a su hermano casi atemorizado –Llegó otro pescador desde la bahía. Asegura que vio a la flota de Stannis al oeste del Gaznate. Es el tercero que lo dice hoy, creo que ya es definitivo.

-Stannis llegará a Desembarco a más tardar esta noche. –completó Jaime, mirando por una de las ventanas del castillo a la Bahía del Aguasnegras, intentando ver alguno de los barcos enemigos bajo el sol de la mañana.

-Debemos considerar enviar a Myrcella y a Tommen fuera de la capital. –dijo su hermano, también observando la bahía. –Si es que la ciudad llega a caer podrían salvarse y huir…

-Huirán hasta que los caballeros que los estén escoltando decidan que la recompensa de Stannis por sus cabezas vale más que nuestra gratitud. –replicó Jaime, negando con la cabeza. –Si Desembarco cae estamos perdidos. No servirá de nada intentar huir a Roca Casterly.

Tyrion se mantuvo en silencio, incapaz de negar lo dicho por su hermano. Finalmente suspiró y comenzó a caminar a la Torre de la Mano, Jaime siguiéndole como una sombra. Los guardias Lannister y los capas doradas les saludaban cuando pasaban junto a ellos, al igual que los pocos nobles que continuaban en el castillo. Jaime no respondió ningún saludo, absorto en pensamientos sobre la batalla que se acercaba.

"Stannis concentrará a todas sus fuerzas en la Puerta del Río, es la más débil y él lo sabe. Pero también puede lanzar un ataque desde el norte de la ciudad, tiene el tiempo, los hombres y los barcos para trasladarlos. Eso nos obligaría a dividir aún más a nuestras fuerzas."

-Varys dijo que uno de sus pajaritos vio al ejército de nuestro padre al oeste de la Cascada del Volantinero, donde se juntan el Camino Dorado y el Aguasnegras. –murmuró Tyrion mientras subían las escaleras de la Torre de la Mano. Sus cortas piernas le obligaban a subir de un escalón a la vez mientras Jaime lo hacía de a tres, pero su hermano no se quejó.

-¿Estará pensando venir a proteger la ciudad? –dijo Jaime, permitiéndose un atisbo de esperanza.

-No lo sé. –respondió su hermano, con una mueca. –Pero aunque partiera ahora mismo sería casi imposible que llegara antes que Stannis.

-¿Y alguna noticia de Meñique? –preguntó, recordando que el Consejero de la Moneda había partido a tratar con los Tyrell después de la muerte de Renly.

-Ninguna. –murmuró Tyrion, con la misma expresión de fatalidad. -Y si te soy sincero, veo más posibilidades de que nuestro "amigo" pedirá asilo en Altojardín en vez de tratar de convencer a la Flor Gorda de unirse a nosotros.

-Estamos solos entonces. –murmuró el guardia real, reafirmando aquello que ya creía.

-Si. –confirmó su hermano, con un suspiro.

Al terminar de subir las escaleras llegaron a una puerta, la cual Tyrion golpeó con una mano un par de veces. Tras unos segundos se escucharon pisadas al otro lado de la puerta, la cual fue abierta por la autora de tales pasos.

-Lord Tyrion. –saludó Sansa Stark, con una pequeña reverencia. Sus bonitos ojos azules aún reflejaban la inmensa tristeza que mantenían desde la muerte de su padre, pero Jaime podría haber jurado que se iluminaron un poco al verlo.

"Cree que soy un héroe como Symeon Ojos de Estrella o el Caballero Dragón." pensó con algo de compasión... e incomodidad.

-Ser… Ser Jaime. –murmuró finalmente la norteña, sonrojándose un poco.

-Lady Sansa. –respondió Jaime, con cortesía. Si se era sincero le apenaba bastante la situación de la joven Stark. Lamentaba no haber llegado antes esa madrugada donde había ayudado a escapar a los otros niños Stark y al escudero Dayne. De haberlo hecho le habría evitado todos los sufrimientos a los que Joffrey la había sometido.

-Sansa querida, ¿cómo va todo en nuestra pequeña torre? –preguntó Tyrion, despreocupadamente. Sin esperar respuesta comenzó a caminar hacia el salón al que daba la puerta que acaban de atravesar, acomodándose en un sillón. Tras ello comenzó a buscar a alguien con la mirada. -¿Dónde está tu amiga norteña, a todo esto?

-Jeyne no se siente bien, mi señor. –respondió la Stark, apartando finalmente la vista del guardia real. –Ha estado en sus habitaciones toda la mañana.

-¿Está enferma? –preguntó Tyrion por mera cortesía, porque estaba claro que ese no era el motivo.

"Su padre y todas las personas que conocía -salvo Sansa -fueron asesinados y ahora está presa en una ciudad junto a los asesinos de tales personas"

-No hasta donde sé, mi señor. Pero no se encuentra en condiciones de recibir a invitados. –replicó Sansa, con una expresión neutra.

-Entiendo. –respondió su hermano, suspirando. –Ve con ella Sansa, no requeriremos de tu presencia.

Jaime vio decepción reflejada en el rostro de la Stark por un instante, pero rápidamente recuperó la habitual expresión cortés que solía usar en presencia de los Lannister.

-Adiós Lord Tyrion, adiós Ser Jaime. –murmuró con una pequeña reverencia antes de desaparecer por los pasillos de la Torre. Jaime escuchó los pasos de la Stark alejándose, luego el sonido de una puerta abriéndose, y finalmente el de la misma puerta cerrándose. Solo tras ello Tyrion volvió a hablar.

-Me resulta increíble que aún después de todos estos años sigues sin darte cuenta del efecto que generas en las mujeres. –murmuró su hermanito, sacando un par de copas y un recipiente con vino desde una de las mesas cercanas al sillón. Se llenó su copa y luego hizo lo mismo con la de Jaime. –Si fuera tú ocuparía mi tiempo seduciendo a todas las doncellas entre Antigua e Invernalia.

-Sansa es muy joven todavía, debe pensar que soy uno de los caballeros de las canciones que escuchaba cuando era pequeña. –replicó Jaime, aceptando la copa que le sirvió su hermano.

"Si supiera todas las cosas que he hecho se daría cuenta que me parezco más al Caballero Sonriente que a Arthur Dayne." pensó amargamente.

-El caballero dorado que la salvó de las garras del segundo rey loco. Jaime Lannister, el orgullo del Oeste, el Joven León. Vaya, si hasta podrías tener el nombre de un caballero de canción. –bromeó su hermano, levantando su copa. –Brindo por ti Jaime, el mejor hermano que alguien como yo podría tener.

"¿Te gustaría saber la verdad Tyrion? ¿Te gustaría saberla aunque te atormentara el resto de tus días?"

Jaime no respondió a las palabras de su hermano, pero aun así brindo. El vino era dulce como el beso de una doncella, pero aun así no le encontró el gusto que tanto atraía a sus hermanos. No llevaba ni un segundo con la copa vacía cuando su hermano se la rellenó. Jaime arqueó una ceja.

-¿Te parece prudente emborracharte en las horas previas a un asedio?- le preguntó.

-No, pero si voy a morir prefiero haber gastado mis últimas horas en algo agradable. –respondió su hermano, rellenando su copa. –Y hay pocas cosas que me alegren tanto como beber contigo. –dejó la copa en una mesa y levantó las manos. –Prometo no vomitarte encima esta vez.

Jaime esgrimió una sonrisa triste, aun pensando en aquella campesina a la que Tyrion había amado tantos años atrás. Por un momento sintió furia contra su padre, pero casi inmediatamente fue reemplazada por vergüenza y arrepentimiento.

"Pudiste haberte negado, eres tan culpable de lo que pasó como él."

-¿Sabes algo? Padre estuvo a punto de comprometerme con su tía cuando todavía era un escudero. –murmuró, para dejar de pensar en la esposa de Tyrion.

-Me temo que estoy perdido, ¿de la tía de quién estamos hablando? –replicó Tyrion, arqueando una ceja.

-De Sansa. Lord Tully y nuestro padre estaban a punto de acordar un matrimonio entre Lysa y yo justo antes de que me uniera a la Guardia Real. –respondió Jaime, sonriendo al recordar aquella ocasión en la que había visitado Aguasdulces. El viejo Lord Hoster le había sentado al lado de Lysa en todas las comidas, pero el joven Lannister no le prestó nada de atención a la pobre doncella Tully, toda su atención enfocada en las historias de guerra del Pez Negro.

-¿Lysa Arryn? –preguntó un incrédulo Tyrion. –Por los dioses Jaime, tomaste la decisión correcta. Hasta yo me hubiera unido a la Guardia de la Noche antes que casarme con ella.

Ambos Lannister rieron estrepitosamente.

-La verdad es que no estaba nada de mal en esos días. –admitió el capa blanca. -Pero bueno, su hermana mayor era la flor de Aguasdulces. Por eso mismo fue que Lord Hoster la comprometió con Brandon Stark apenas pudo hacerlo.

-Lo lamento hermano, pero puedo imaginarme a nuestro padre sonriendo antes que a una Lysa Arryn atractiva. –dijo Tyrion, vaciando su tercera copa.

"Las dos cosas sucedieron, pese a lo imposible que suenan".

Los hermanos siguieron bebiendo y riendo por casi una hora más. Después de eso Tyrion anunció que iría a buscar a una dama en la Calle de la Seda que quisiera compartir su tiempo con él antes de la batalla. Jaime le recomendó que durmiera un par de horas, era casi seguro que esa noche no podrían hacerlo.

Se despidieron a los pies de la Torre de la Mano. El guardia real comenzó a caminar hacia la Torre de la Espada Blanca, con la intención de echar una cabeceada por el mismo motivo por el cual se lo había recomendado a su hermano. El vino le había nublado un poco la cabeza y tenía que concentrarse para caminar en línea recta. Estaba a medio camino cuando la vio.

-Jaime- le llamó, con una voz suave y desesperada al mismo tiempo. El Lannister podría haber jurado que había reconocido su respiración antes de encontrarla con los ojos.

Estaba vestida completamente de rojo, como solía hacer cuando quería irradiar fortaleza frente a aquellos que la observaban. Pero su cara solo expresaba inseguridad y desesperación, y el corazón de Jaime dio un vuelco al verla en ese estado.

-Cersei –respondió el guardia real, justo antes de correr para envolver a su hermana en sus brazos.

Todo resabio de la furia que había sentido hacia ella había desaparecido. Lo único que podía pensar en ese instante era cuanto había extrañado esa calidez que irradiaba su cuerpo cuando estaba contra el suyo, como había extrañado ese olor que para él era mejor que cualquier perfume.

-Tengo miedo Jaime. –comenzó a murmurar, el miedo en su voz hacía que cada palabra fuera como una estaca en su corazón. –Tengo miedo de Stannis. Que pasará si logra atravesar las murallas, que hará si nuestro padre no…

-Shhh. –le calló Jaime. Su hermana buscó sus labios, pero el guardia real corrió su rostro, preocupado de que alguien los pudiera ver. Estaban en un pasillo de la Fortaleza Roja donde no se veía a nadie además de ellos, pero eso podía cambiar en cualquier instante.

-Te necesito Jaime, no sabes cuánto. –le suplicó Cersei, poniendo esa cara de desesperación que había ocupado tantos años atrás, en aquella posada donde le había convencido de unirse a la Guardia Real de Aerys.

-Lo sé. –le respondió, "Y yo ya ti" pensó.

El alcohol le impidió recordar los detalles de lo que sucedió después, pero se acordaba que su hermana le había tomado de la mano y lo había dirigido al Torreón de Maegor. Tuvieron la suerte de que casi nadie recorría el interior de la Fortaleza Roja a esa hora, por lo que antes de que tomara plena conciencia de lo que estaba pasando Jaime ya estaba entre las sábanas de la cama de la Reina.

Tras una hora en la que ahuyentó el miedo de su hermana dando rienda suelta a su pasión, Jaime sucumbió al sueño.

De inmediato se dio cuenta de que algo no estaba bien. Sus sueños normalmente correspondían a escenarios confusos en los que se mezclaban sus deseos, sus seres queridos y a aquellos lugares a los que llamaba hogar. Casi nunca estaba plenamente consciente en dichas ocasiones, olvidándolas completamente poco después de despertar. Ya ni siquiera recordaba cuando había sido la última vez que había tenido una pesadilla.

Esta vez era algo diferente.

Estaba de pie en la arena de un foso, como aquellos que se ocupaban en los espectáculos de osos. Este era uno subterráneo, en el que no había luz alguna exceptuando la que irradiaba de cuatro grandes antorchas en las esquinas del lugar. En las graderías se veía una multitud de personas charlando entre ellas, casi indiferentes al guardia real que estaba debajo de ellos. Jaime se dio cuenta que estaba vestido con una armadura que nunca había ocupado antes. Tanto las protecciones como la propia capa eran negras a la manera de la Guardia de la Noche, casi como la antítesis maligna de la vestimenta de la Guardia Real.

"Como si la Guardia Real estuviera realmente compuesta solo de caballeros de canción" pensó, recordando a los hombres que habían ocupado la capa blanca pese a tener un honor tan manchado como el de un villano cualquiera.

Criston Cole, el Hacedor de Reyes, quién con sus acciones había desatado una guerra que casi había destruido Poniente. Terrence Toyne, que había tomado a una de las amantes del rey como propia, llevando a su familia a la ruina y causando la muerte del Caballero Dragón. Jonothor Darry, Barristan Selmy y Gerold Hightower, sus propios hermanos, quienes habían hecho la vista gorda mientras Aerys violaba a su esposa y quemaba vivos a inocentes.

Y él mismo, el Matarreyes. Aquél que para salvar a medio millón de personas había roto su juramento más sagrado, siendo odiado y despreciado por ello hasta el día de hoy.

-¿Qué quieren de mí? –exigió saber Jaime, cerrando los puños mientras observaba desafiante al público de las graderías. Entonces con un escalofrío se dio cuenta de un detalle que había pasado por alto hasta entonces.

Todas las personas del público eran rubias y con los ojos verdes.

Las conversaciones cesaron inmediatamente tras sus palabras, los Lannister mirando reprobatoriamente al Joven León mientras una mudez sobrenatural se apoderaba del lugar. Todos los sonidos desaparecieron… excepto uno. Un ruido constante, de algo que se acercaba poco a poco.

"Pasos" pensó Jaime, mirando ansiosamente hacia la puerta enrejada que había en una de las paredes del foso.

-Queremos que hagas lo único que sabes hacer. –anunció una voz severa que Jaime conocía bien, porque le había temido desde que tenía uso de razón.

-Queremos que pelees. –terminó Lord Tywin Lannister, con esa expresión de decepción que solo ocupaba con Jaime presente en su rostro. Cersei y Tyrion estaban a los lados de su padre, pero ninguno de los dos se dignó a mirar a su hermano. Ello entristeció a Jaime, pero también aumentó su resolución.

"No hay hombre vivo que pueda vencerme".

Desenvainó su espada mientras la puerta enrejada comenzaba a levantarse, los pasos acercándose cada vez más.

Y entonces su corazón dio un vuelco, porque fue el Príncipe de Rocadragón quién se reveló como el autor de los pasos.

Rhaegar Targaryen avanzó vestido con la misma armadura draconiana que había ocupado en su muerte, tristeza reflejada en su rostro de belleza inhumana. Jaime quedó paralizado, incapaz de articular palabra alguna. Fue golpeado por una ola de tristeza, remordimiento y vergüenza.

"¿Por qué entre todos mis fantasmas eres tú quién viene a atormentarme?"

-Porque fue a ti a quién encomendé la protección de mis hijos. –respondió Rhaegar con una voz de hierro, como si hubiera leído los pensamientos del Lannister. -¿Dónde estabas cuando los hombres de tu padre los asesinaron?

"Sentando en el Trono de Hierro, observando como la sangre de Aerys se esparcía por el suelo." pensó Jaime amargamente, recordando el mayor de sus fracasos.

-Nunca pensé qué… qué... –trató de explicar, pero no pudo.

-Por tu culpa mis niños sufrieron una muerte horrible, una muerte que ni el peor de los criminales se merece. –replicó el Targaryen, mientras se ponía el yelmo de dragón tricéfalo negro como la noche. Rhaegar lo miró una última vez y el corazón de Jaime se rompió cuando vio reflejada en sus ojos violetas la misma decepción con la que Lord Tywin lo miraba.

-Todos forjamos nuestro destino Jaime… y tus elecciones ya sellaron el tuyo. –adoptó una expresión extraña. –Ten cuidado, la noche es oscura y alberga cosas aterradoras.

Algo extraño sucedió tras esas palabras. El fuego de las antorchas cambió de un color naranja a uno azul, bañando el foso con una luz fría, tan fría que el guardia real casi podía ver el vapor de su respiración.

Pero eso no fue lo que alarmó a Jaime, porque la nueva luz había cambiado la apariencia de Rhaegar. La armadura negra del Targaryen se había transformado en una traslúcida como el hielo, sus ojos violetas ahora ardían con un azul furioso y su cara había adoptado el color de la nieve.

La cosa que no era Rhaegar Targaryen desenvainó un arma que no se parecía a ninguna que Jaime había visto en su vida, un pedazo de cristal con forma de espada tan delgado que casi no se veía de canto. El guardia real aferró su propia arma con más fuerza para intentar calmarse, rogando que la espada de acero lograra resistir a aquella arma sobrenatural.

El monstruo atacó, intentando decapitar al guardia con un golpe que Jaime apenas logró bloquear. Se escuchó un ruido horrible cuando ambas armas conectaron, un sonido parecido al grito de agonía de un animal. Jaime observó con horror como su espada se había escarchado en el lugar donde había golpeado a la de su enemigo.

Tras ello se separaron y volvieron a intercambiar golpes, una y otra vez. El Lannister sabía que su arma podía romperse en cualquier momento, por lo que trataba de terminar el duelo lo antes posible. Pero su enemigo era demasiado rápido, demasiado fuerte. Cada vez que Jaime creía que lo había arrinconado este lograba esquivar su golpe final.

El frío normalmente le era cómodo, pero la temperatura ahora era tan baja que estaba afectando sus reflejos. El primer corte que recibió fue en el brazo, una herida que comenzó a sangrar copiosamente mientras la extremidad se le dormía. Recibió otros cortes de la espada sobrenatural, que atravesaba su armadura como si esta estuviera hecha de papel. Pronto Jaime sangraba de una docena de heridas, y cada vez le costaba más levantar su propia espada para bloquear los ataques de su enemigo.

Y entonces sucedió, su espada no resistió más el frío y estalló en mil pedazos.

Varios de los trozos disparados cortaron la cara de Jaime, tras lo cual la sangre comenzó a afectar su campo de visión. Aun así pudo observar dos cosas, los restos de hoja metálica que aún estaba conectados a la empuñadura de su espada, y el golpe descendente con el que el monstruo de hielo pretendía acabar con su vida.

Otros hombres hubieran aceptado la muerte. Jaime Lannister no era como esos hombres.

Con unos reflejos sobrehumanos se lanzó a un lado esquivando el ataque de su enemigo, y sin darle tiempo de reaccionar se levantó y le clavó los restos de su espada por el visor del yelmo, atravesando su cara y terminando con su vida. Con un estruendo el falso Targaryen cayó de espaldas, justo antes de que Jaime se desplomará de rodillas delante de su cadáver.

"Gané padre, ¿no estás orgulloso?" pensó Jaime, pero tenía claro que hacía demasiado frío y estaba perdiendo demasiada sangre como para sobrevivir. Aun así miró a las graderías buscando a Lord Tywin, intentando hacer un último acto de desafío.

Pero ya no había Lannisters en dicho público, bajo la luz azul todos habían sido reemplazados por demonios de hielo... Y todos le miraban con la misma expresión de decepción de su padre. Jaime se hubiera reído si no hubiera estado tan asustado.

El mismo sonido que había precedido a Rhaegar comenzó a resonar en ese momento, pero esta vez era más repetitivo. No era una sola persona la que se acercaba al foso, eran cinco o seis. El sonido incluso sonaba más metálico, como si fueran campanas y no pies los que pisaban el suelo.

Pronto seis figuras blancas entraron a la arena, seis personas a las que Jaime había llamado hermanos. Ser Jonothor Darry, Oswell Whent y su yelmo de murciélago, Ser Barristan y Lewyn Nymeros Martell, incluso el viejo Toro Blanco estaba presente.

Y por último, Ser Arthur Dayne.

-Matarreyes. –anunció su maestro con desprecio, Albor aún envainada en su espalda.

"No" pensó Jaime, lágrimas formándose en sus ojos.

-¿No te bastaba matar a Aerys, Jaime? –preguntó Ser Oswell, apuntando con su espada al cadáver del príncipe. -¿También tenías que matar a Rhaegar?

"Esa cosa no era Rhaegar, y tuve que matar a Aerys para salvar a la ciudad. ¿Cómo no se pueden dar cuenta?" pensó el Lannister, incapaz de levantar la vista para mirar a sus hermanos.

-Mírenlo, ni siquiera se atreve a mirarnos. –dijo el príncipe Lewyn, con una mezcla de furia y decepción. – ¿Tampoco pudiste salvar a mi sobrina y sus hijos? ¿Estabas muy ocupado matando al rey como para hacerlo'

-Dejen en paz al rompejuramentos, su fin ya está cerca. –anunció el Toro Blanco, inclinándose sobre el cadáver del monstruo de hielo, observándolo curioso.

-Hermanos, no lo entienden. –intentó razonar Jaime, apenas pudiendo hablar de lo débil que estaba por la pérdida de sangre y el frío, el maldito frío. –Esa cosa que maté no era Rhaegar.

-Te equivocas en ambas cosas Jaime. –le respondió un decepcionado Ser Arthur, negando con la cabeza. –Si es Rhaegar… y no está muerto.

La cosa que no era Rhaegar escuchó las palabras de la Espada del Amanecer, aferrando la espada que tenía clavada en la cara y quitándosela de un solo tirón. Tras ello el monstruo se levantó, la herida que hubiera matado a cualquier vivo aún presente en su rostro.

"No, esto no puede estar pasando."

-Ni para matar es bueno. –escupió Barristan el Bravo.

-Eres una decepción Jaime. –añadió Ser Gerold.

Sus hermanos lo rodearon como sombras blancas, el monstruo de hielo liderándoles. Sus pasos resonaban metálicamente al deslizarse por el suelo de la arena.

"Cersei, Tyrion, Tommen, Myrcella… perdónenme"

.-No Jaime, jamás lo harán. –anunció Arthur Dayne, con una sonrisa maligna.

La cosa que no era Rhaegar le miró con desprecio y atravesó su corazón con su espada de hielo.

Jaime despertó gritando.

Entre las maldiciones de Cersei y el ruido de su propio grito logró darse cuenta de tres cosas. Ya era de noche, había un cuervo dentro de la habitación, observándolo curioso desde una de las ventanas… y al parecer no todo lo del sueño había sido irreal.

Porque el repetitivo sonido metálico todavía estaba presente.

Eran campanas. Stannis había llegado.

-*-*-*-*.

MONFORD

El plan era sencillo, la capital no tenía más de seis mil defensores entre los capas doradas y los hombres que Lord Tywin había dejado atrás. Stannis tenía más de treinta mil, así que era imposible que los Lannister lograran resistir un asalto directo a las murallas por más de un par de horas.

Pero ahí era donde habían empezado los problemas. Desembarco del Rey estaba al norte del Aguasnegras y el ejército de Stannis estaba al sur. Eso obligaba a que los hombres del rey Baratheon fueran trasladados por barcos para atravesar el río. Habían varios buenos marineros y almirantes que podrían haber dirigido eficientemente dicho desembarco: Davos Seaworth, Lord Celtigar, Selwyn Tarth y por supuesto, él mismo.

Pero no. Stannis le había dado el mando a Imry Florent, un imbécil de orejas horribles cuya mayor virtud era ser tío de Lady Selyse. O la reina Selyse, como le gustaba que le llamaran. De igual modo su tío era un incompetente que había ordenado a la flota desembarcar muy cerca de la ciudad, permitiéndole a las catapultas de las murallas jugar al tiro al blanco con los barcos de Stannis.

Claro que cada uno de esos barcos tenía cientos de hombres de armas a los que se llevaba al fondo del mar cuando un proyectil les impactaba. Y los que ya se habían hundido superaban la veintena, a los que aún se les debían sumar aquellos se hundirían peleando con la pequeña flota leal a Joffrey que bloqueaba los estrechos cercanos a la Fortaleza Roja.

La propia Orgullo de Marcaderiva era quién lideraba a la flotilla que lucharía contra los barcos enemigos. Stannis había tenido la sensatez no atacar con todas sus fuerzas en la misma sección de las murallas, encargándole a Lord Velaryon un ataque secundario desde el lado norte de la ciudad.

Tenía treinta galeras para escoltar a los transportes que llevarían a los caballeros y hombres de armas al otro lado de la Boca del Aguasnegras, pero antes de ello necesitaba hundir la flota Lannister que les bloqueaba el paso, cosa en la que estaban totalmente ocupados por ahora.

-¡Artilleros! –gritó, dirigiendo a los operarios de las catapultas y escorpiones de su buque. Apuntó con un brazo al más grande de los barcos enemigos, el inmenso galeón llamado Martillo del Rey Robert. -¡A mi señal!

Sus hombres tensaron las cuerdas y engranajes de las máquinas de guerra, los arqueros ya apuntando con flechas incendiarias al buque enemigo. Solo debía gritar y se desataría el infierno en el buque insignia enemigo.

Mientras el otro no hiciera lo mismo con ellos antes, claro estaba.

"Que el Guerrero nos de puntería" rezó Monford para sus adentros.

-¡FUEGO!

Las rocas y flechas volaron majestuosamente por el cielo nocturno, recorriendo velozmente la distancia que separaba a ambos buques insignia. Lord Velaryon rezó por golpear algún punto débil del galeón enemigo: el mástil, la parte blanda del casco, incluso alguna vela grande que se incendiara.

Los dioses respondieron a sus plegarias. Dos rocas impactaron el casco del Martillo del Rey Robert, generándole unos agujeros que comenzaron a hundir el barco casi instantáneamente. Varias velas se encendieron por las flechas incendiarias, las lenguas de fuego engullendo a varios marineros en el proceso.

El barco enemigo intentó responder al ataque, lanzando sus propias salvas de flechas y rocas… pero la Orgullo de Marcaderiva era una nave ágil como pocas.

-¡A toda velocidad! –ordenó al contramaestre. Los tambores del barco aceleraron su ritmo inmediatamente, obligando a los remeros a aumentar su trabajo y por ende la propia velocidad de la nave.

La maniobra funcionó casi perfectamente, evitando todas las rocas y la mayoría de las flechas enemigas. Unas pocas saetas impactaron en la cubierta y una de las velas traseras, pero sus hombres reaccionaron rápidamente corriendo a apagar las llamas.

-¿Reporte? –preguntó a un sargento, tras unos segundos de pausa.

-Dos hombres heridos, pero el fuego no se esparcirá mi señor. –le respondió el marinero.

-Que disparen a discreción. –le ordenó, antes de caminar a la parte más alta de la cubierta para ver como el buque insignia enemigo se hundía.

-¿Los embestimos señor? –le preguntó el contramaestre, de pie a su lado.

Lord Velaryon negó con la cabeza. –Su tripulación ya dio el barco por perdido. Mira, se están lanzando al río.

Sus palabras no eran una exageración. Efectivamente los hombres del Martillo del Rey Robert estaban abandonando el barco, el cual estaba yéndose a pique rápidamente. Monford los miró con lástima por un instante antes de enfocar su atención en el resto de las naves enemigas, las cuales estaban enfrentándose a su propia flotilla.

-Terminemos con esto. –le ordenó al contramaestre, apuntando con un brazo al barco enemigo más cercano. –Que las catapultas y los arqueros no descansen hasta que todas las naves de Joffrey estén en el fondo del río.

Se demoraron media hora, pero finalmente el último barco leal a los Lannister desapareció bajo el Aguasnegras. La ruta quedó despejada y rápidamente la pequeña flota comenzó a navegar entre los restos de la batalla. Joffrey había perdido las treinta naves de su flota, Monford solo ocho.

-Hay una playa que da al camino de Rosby. –explicó a su tripulación, señalando un punto en el mapa de la capital que estaba extendido sobre una mesa. –Está a menos de quinientos metros de la Puerta de Hierro, desembarcaremos ahí.

Pronto los transportes ya estaban dejando a sus hombres en tierra firme. Nadie importunó el desembarco, ya que casi todos los soldados de la ciudad estaban defendiendo el lado sur de las murallas, donde Stannis en persona dirigía el ataque principal. Los pocos defensores que estaban de este lado de la capital no se atrevieron a salir a enfrentarlos en tierra de nadie, renunciando a la ventaja que los muros le otorgaban.

Los invasores casi no tenían caballos, pero aun así Monford logró conseguir uno para sí mismo. Montó a lomos del corcel para poder supervisar desde su altura el avance de sus fuerzas hacia las murallas. Tenía casí cuatro mil hombres a su mando, caballeros y hombres de armas leales a Marcaderiva, a los Caron de Nocturnia y a la isla de Estermont. Un comandante más osado hubiera estado en la primera línea del ataque, pero Monford ya no era tan joven y tenía un hijo pequeño en el que pensar.

Además, para eso está el resto de la familia.

-Avanza un par de calles si logras tomar la puerta, pero no más allá de eso. –le ordenó a Aurane, su hermano bastardo. –Nuestro objetivo es atraer a algunos de los defensores que están luchando contra Stannis, no tomar la Fortaleza Roja.

El bastardo de Marcaderiva sonrío. – ¿Acaso no tienes sed de gloria hermano?

"Más de la que crees"

-No tenemos los hombres como para abrirnos camino por toda la Colina de Aegon hasta la Fortaleza Roja, necesitamos al resto del ejército para ello. –le explicó pacientemente. Su hermano era un hombre de sangre caliente, pero Monford le conocía lo suficiente como para saber que también tenía más astucia de lo que aparentaba.

"Y ambición también"

El Señor de Marcaderiva no dudaba que si algo le pasaba a él, la vida de Monterys estaría en peligro. No sería el primer sobrino asesinado por un tío para usurpar la señoría de un castillo. Por eso prefería mantener a Aurane más cerca que lejos, no dándole espacio para conseguir aliados para su causa.

-Rolland Tormenta dirigirá a los hombres de los Caron, pero aun así estará bajo tu mando. Ocúpalos bien hermano, buena caza.

Aurane se despidió con una pequeña reverencia. –No te fallaré.

El bastardo había cumplido con su palabra, porque pese a los centenares de bajas que las flechas y piedras que los defensores habían infringido a sus fuerzas, poco a poco la Puerta de Hierro comenzaba a ceder bajo los golpes de un ariete. Los arqueros sobre los muros se habían quedado sin flechas, por lo que poco podían hacer para evitar la caída de la puerta.

Y entonces pasó.

La puerta cedió y sus hombres entraron a Desembarco del Rey.

Si los Lannister picaban el anzuelo, la victoria estaba cerca.

-*-*-*-*.

JAIME

El caballero Fossoway peleó mejor que sus antecesores, pero tuvo el mismo final que ellos. Jaime aprovechó un momento en el que levantó demasiado su brazo para clavarle su espada debajo del hombro. El hombre quedó paralizado instantáneamente, sus fuerzas abandonándole mientras la luz escapaba de sus ojos. No es que Jaime tuviera oportunidad de apreciar tal detalle, claro está.

Porque antes de que el Fossoway cayera al suelo el guardia real ya estaba peleando con su siguiente enemigo, un hombre de armas al servicio de los Celtigar. Solo tras matarlo a él también tuvo la oportunidad de hacer una pausa para ubicarse en el campo de batalla.

Estaba fuera de los muros de la ciudad, en la tierra de nadie que había entre las murallas y el río. A su alrededor aún había peleas entre los soldados de Stannis y los hombres a los que Jaime había liderado en una embestida para tratar de alejarlos de la Puerta del Río.

Había funcionado, pero cada hombre que mataban era reemplazado por dos. En cambio las fuerzas de los Lannister disminuían. El guardia real logró divisar entre sus compañeros aún vivos a sus dos primos Lannister, a un Sandor Clegane cubierto de sangre de cabeza a los pies, y a Thoros de Myr que peleaba con su clásica espada en llamas… pero también había varias caras conocidas entre los cadáveres esparcidos por el suelo.

Aron Santagar aún tenía clavada el hacha que le había destrozado la cabeza, mientras que Mandon Moore había sangrado de tantos cortes antes de caer que su armadura y capa de la Guardia Real estaban más rojas que blancas. Además de ellos, centenares de capas doradas y guardias Lannister habían muerto para detener la primera ola de atacante… y lo único que habían logrado era ganar tiempo.

Jaime levantó la vista para observar la orilla del río. Los barcos enemigos seguían desembarco tropas, incluso bajo la lluvia de piedras que las catapultas en las murallas de la ciudad les lanzaban. La marea de soldados que bajaba de las naves era abrumadora, empequeñeciendo al número que ya había muerto.

Justo en ese instante el Lannister murmuró una maldición, pero no solo por el ejército Baratheon…

Sino porque aún a esa distancia podía distinguir la figura de Stannis con los brazos cruzados, enojado mientras dirigía la invasión desde la retaguardia. No había más de un centenar de metros entre el Rey Baratheon y Jaime, lo que le hacía cosquillear la mano de la espada.

"Un solo golpe y la batalla termina."

Pero entre ambos hombres estaba la marea de hombres, matándose los unos a los otros con todas las armas que un herrero podía forjar. No había posibilidad alguna de intentar atravesar ese caos y salir con vida. La impotencia de la situación enfurecía al Lannister.

-¡Jaime! –gritó una voz.

El susodicho se dio vuelta y vio a Tyrion emergiendo de la Puerta del Rio, escoltado por Ser Arys Oakheart. Su hermanito llevaba un hacha de acero tan grande como él mismo e incluso había logrado encontrar una armadura de escudero que le quedaba bien. Casi parecía un guerrero… uno pequeño.

-Tyrion… ¿Qué pasa? –gritó para hacerse escuchar entre el caos de la batalla. Sintió la garganta seca y se dio cuenta de que llevaba peleando más tiempo del que creía. Recordó sus deberes como Lord Comandante de la Guardia Real. –Ser Arys, ¿Dónde está el rey?

-La reina lo hizo volver a la Fortaleza Roja, mi señor. –respondió el otro guardia real, acercándose rápidamente a su posición. - Ser Preston y Ser Meryn están con él.

"Por los siete infiernos Cersei, ¿cómo pudiste hacer algo tan estúpido?" pensó furioso.

-¿Acaso mi querida hermana no se da cuenta de que los hombres se rebelarán si no ven al rey peleando junto a ellos? –explotó Jaime, mirando con furia al otro capa blanca.

-La reina dijo que era demasiado peligroso... –replicó Ser Arys débilmente.

-¿Demasiado peligroso? –preguntó Jaime, incrédulo. Apuntó con su espada a los hombres que estaban matándose a unos metros. - ¡Es una batalla por los siete infiernos! ¿Acaso Cersei cree que Joffrey estará muy seguro si es que Stannis entra a la ciudad?

-¡Basta! –gritó Tyrion, tan sorpresivamente que hizo callar a su hermano. La voz de Tyrion casi se parecía a la de su padre cuando daba órdenes–Tenemos que replegarnos Jaime, hay que retirarse detrás de los muros.

-Si lo hacemos los hombres de Stannis llegarán a la puerta… y no se demorarán mucho en derribarla. –respondió Jaime.

-Si no nos replegamos no se demorarán mucho en matarnos a todos. –le gritó Tyrion, señalando al caos que había delante de ellos. – ¡Mira Jaime! la mitad de tus hombres ya están muertos y los de Stannis no dejan de venir. ¡Es imposible ganar una batalla así!

"Es imposible ganar la batalla en sí, somos muy pocos contra demasiados." pensó amargamente, aun así le encontró sentido a las palabras de su hermano. Buscó a uno de sus primos con la mirada, encontrando a Tyrek primero. Su primo estaba paralizado, observando conmocionado el cadáver de otro escudero.

"Un Payne, probablemente uno de los sobrinos de Ser Ilyn." pensó Jaime, viendo el cuerpo muerto del adolescente. De todos modos llamó a su primo para romper el hechizo que lo mantenía inmóvil.

-¡Tyrek! –gritó. Su primo abandonó la parálisis y corrió para acercarse al guardia Real. -Ser Jaime.

-Corre a los muros y dile a Ser Jacelyn que toque la retirada. –le gritó. -¡Ahora!

Tyrek Lannister corrió para cumplir con sus órdenes. Mientras tanto Jaime se despidió de su hermano y corrió para volver a luchar en el frente, colocándose entre Sandor Clegane y Balon Swann.

-¿Disfrutando el paseo por el campo Clegane? –le bromeó al gigante, mientras bloqueaba los golpes de un caballero Connington.

La fiebre de la batalla se había apoderado de Jaime, quién sentía como el tiempo se ralentizaba y sus sentidos se agudizaban. Bailó un poco más con el hombre de los grifos antes de lanzarle un golpe que le cortó el cuello, acabando con su vida en pocos segundos.

-Prefiero los paseos con más vino. –masculló el Perro, antes de romperle la cara de un puñetazo a un lancero Florent. El soldado de Stannis gritó de dolor y se desplomó, oportunidad que Sandor aprovechó para rematarlo enterrándole su espadón en el tórax. El hombre no gritó más.

En ese momento comenzaron a escucharse los sonidos graves de un cuerno. "Uuuuuh, Uuuuuh" todos los defensores sabían lo que significaba.

-¿Hay que volver a los muros? –preguntó Balon Swann, mientras se tomaba un brazo que sangraba copiosamente.

-Vaya, con esa inteligencia podrías quitarle el puesto a Pycelle. –dijo Sandor con desprecio. No esperó a nadie antes de comenzar a trotar en dirección de la puerta.

-Todo un caballero. –murmuró Ser Balon.

-No es un caballero. –respondió Jaime, quién no esperaba una actitud diferente del Perro de Joffrey. Pronto casi todos los defensores comenzaron a retirarse hacia la puerta, quedando él y Ser Balon entre los últimos que quedaban fuera. Miró al Swann antes de correr. -¿Cómo está el brazo?

-Se recuperará, y no es el brazo de la espada. Puedo seguir peleando. –replicó el caballero.

-Que sea detrás de los muros.- finalizó el Lannister, antes de ofrecerle un hombro al otro caballero. El caballero aceptó la ayuda y entre ambos volvieron a la ciudad, siendo los últimos en entrar antes de que la Puerta del Río se cerrara.

Mandó a Ser Balon hacia los maestres para que le hicieran un torniquete en el brazo, tras lo cual buscó a Tyrion. Lo encontró hablando apresuradamente con Ser Jacelyn Bywater, quien a su vez le respondía algo con la misma urgencia. Se acercó a ellos para enterarse de que estaba sucediendo.

-¿Qué es lo que pasa? –preguntó ansiosamente.

-Hay barcos desembarcando tropas enemigas en el lado norte de la ciudad, están atacando la Puerta de Hierro. –le explicó Ser Jacelyn, aferrando su espada con la mano que aún tenía.

-¿Y nuestra flota?

-En el fondo del Aguasnegras. –respondió Tyrion, moviendo la cabeza de un lado al otro. –Tenemos que enviar algunos hombres a reforzar esa puerta.

-No podemos. –replicó Jaime, señalando al caos que había a sus espaldas. Para acentuar sus palabras en ese instante un ariete comenzó a golpear la puerta que acaban de cerrar, mientras los defensores arriba de los muros lanzaban todo lo que tenían para intentar detener la acometida.

-Lord Comandante, si no lo hacemos la Puerta de Hierro caerá.

-Y si lo hacemos, la Puerta del Río será la que caiga. –respondió Jaime, impaciente. Puso su cara más solemne para discutir con el comandante de las capas doradas. -¿Cuántos hombres están atacando desde el norte?

-Tres o cuatro mil.

-Pues Stannis está atacando la Puerta del Río con treinta mil. No podemos desprendernos de un solo hombre para defender esta puerta. ¡Eso es lo que pretende que hagamos!

-Jaime tiene razón, Ser Jacelyn. –admitió Tyrion, mirando nervioso a la puerta que cedía cada vez más con los golpes del ariete. –Recemos por que los hombres de la muralla norte puedan resistir, porque están solos.

Después se enteraría de que no habían podido hacerlo, pero aunque se lo hubieran dicho no le hubiera importado.

Porque cuando la marea de hombres de Stannis arremetiendo contra la Puerta del Río finalmente logró echarla abajo, toda otra preocupación pasó a segundo plano.

-¡Arqueros! –gritó Tyrion, levantando el brazo mientras apuntaba a los hombres que se empezaban a asomar entre los restos del portón. Esperó que avanzaran un par de metros antes de bajar el brazo. -¡Fuego!

Un centenar de arqueros y ballesteros disparó desde arriba de los techos, muros e incluso desde la propia calle, convirtiendo inmediatamente a una veintena de soldados de Stannis en puercoespines humanos. Cada hombre Baratheon que entraba por la puerta recibía una flecha como un regalo de bienvenida. Tal situación continuó así por un par de minutos, hasta que los proyectiles comenzaron a escasear y el flujo de soldados entrando por la puerta superaba a los que caían víctimas de las saetas.

Jaime se dio cuenta de que había llegado el momento de volver al combate. Reunió a medio centenar de caballeros y más de un millar de hombres de armas para que lo acompañaran. Cuando el último de sus arqueros quedó sin flechas, él y sus hombres embistieron a los hombres de Stannis que entraban a la ciudad, intentando convertir los alrededores de la puerta en un cuello de botella mortal.

El tiempo nuevamente se ralentizó para el guardia real, quién casi no sintió la media docena de cortes que recibió en el tiempo que mató a una docena de soldados de Stannis. La batalla era tan sangrienta que un muro de cuerpos comenzó a apilarse delante de la puerta, lo cual ayudaba a los defensores al disminuir la velocidad con la que los atacantes entraban a la ciudad, pero que no dejaba de ser una visión horrorosa.

Aprovechó un momento en el que quedó libre de enemigos para mirar sus alrededores, casi se le salió el corazón por la boca cuando vio a su hermano peleando a pocos metros de su distancia.

-¿Qué demonios crees que haces Tyrion? –gritó con rabia y miedo a la vez, tuvo que esquivar y matar a un lancero Florent antes de poder continuar. – ¡Vuelve a la retaguardia!

-No toda la gloria puede ser tuya, hermano. –respondió gritando Tyrion, al tiempo que clavaba su hacha en la espalda de un caballero Cafferen, atravesando la armadura como si fuera papel. El hombre de Stannis gritó de dolor y cayó de rodillas, oportunidad que su hermano aprovechó para rematarlo.

"Esta batalla no es por gloria hermano, esta batalla es por nuestras vidas."

Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo cuando una bestia gigantesco con el blasón de los Errol cargó directamente hacia Tyrion. Estaba por correr para protegerlo cuando otra figura rubia se interpuso entre ambos.

Tyrek recibió los golpes del caballero gigante casi sin ceder terreno. Cuando el bruto perdió el ímpetu de su carga, contraatacó con una velocidad y agilidad que le hicieron recordar a Jaime su propia juventud, cuando había cruzado espadas con el Caballero Sonriente y el resto de la Hermandad del Bosque Real.

De todos modos su primo no iba a ganarle solo al gigante, así que el guardia real se aproximó sigilosamente por su retaguardia y le clavó la espada por la espalda. El Errol cayó hacia adelante, revelando a un Tyrek que miraba a Jaime con una mezcla de sorpresa y furia.

-Te dije que en una batalla no hay espacio para la caballerosidad. –le dijo, antes de girarse para buscar más enemigos.

"El muchacho se ganó las espuelas… si es que logramos sobrevivir la batalla"

Los minutos pasaron, convirtiendo la matanza en un proceso mecánico. Los hombres de Stannis entraban por la puerta, los hombres de los Lannister les rechazaban. Cada acometida de terminaba con todos los atacantes muertos, pero los defensores cada vez eran menos. No importaba lo buenos que eran Jaime y sus hombres, si seguían así lo único que lograrían sería retrasar lo inevitable.

Tras matar a un Celtigar que le había hecho un corte en la cara antes de morir, Jaime pudo darse cuenta de que estaban llegado al punto de quiebre. Hasta los brutos como Clegane y los prodigios como Balon Swann y Arys Oakheart se veían cansados y heridos. La mitad de sus soldados y caballeros ya habían muerto, incluyendo al gordo Boros Blount… y a su primo Lancel, cuya defunción Jaime lamentó más por el hecho de tener que contársela a su tío que por la muerte en sí.

"Era un imbécil, con más agua que sangre en las venas."

Aun así la verdad ya era clara, no durarían mucho más antes de ser sobrepasados.

Tyrion también se había dado cuenta de ello, aprovechando una pausa en el flujo de atacantes para acercarse a Jaime y aferrarlo de un brazo.

-¡Tenemos que retroceder Jaime! –le gritó, con desesperación reflejada en sus ojos. Tyrion no medía más que un escudero pequeño, pero estaba tan cubierto de sangre como Jaime o Sandor Clegane. Su hermanito había matado más hombres esta noche que los que un soldado promedio mataría en su vida. -¡Los muros están perdidos!

-¿Dónde quieres retroceder? ¡Solo aquí podemos detener a Stannis!–preguntó Jaime, tan desesperado como su hermano. Sangraba tanto como en el sueño que había tenido antes de la batalla y le asustaba como la armadura y la espada se le hacían cada vez más pesadas.

"Vas a morir desangrado Jaime" murmuró una voz desde un rincón de su mente.

"No, solo es cansancio. No desfallezcas y sigue peleando." replicó otra parte de su conciencia.

-¡Ya no podemos detener a Stannis! ¡La ciudad está perdida!–respondió Tyrion, señalando a los hombres que les quedaban. – Hay que huir y resguardarse en la Fortaleza Roja. Nuestra última esperanza es resistir en ella el tiempo suficiente para que el ejército de nuestro padre llegue a la ciudad.

-Sabes perfectamente que nuestro padre ni siquiera podría estar viniendo. –dijo Jaime, tragando saliva.

-No tenemos otra opción, la batalla está perdida… siempre lo estuvo. –replicó su hermano amargamente. Por un instante volvió a ser el niño pequeño al que Jaime debía proteger de monstruos imaginarios, lo que hizo que el guardia real tuviera inmensas ganas de abrazarlo…

Pero no podía, había una batalla aun peleándose.

Jaime suspiró antes de asentir. –Que sea una retirada ordenada, haremos que Stannis pague caro cada metro que avance.

-Podemos tratar, pero no creo que tengamos mucho éxito. –respondió Tyrion, mirando tristemente al caos que le rodeaba. Le dio un breve abrazo antes de partir hacia la retaguardia. –Nos vemos en la Fortaleza Roja hermano.

-Nos vemos.

Tyrion corrió hacia Ser Jacelyn para darle las instrucciones, mientras Jaime reunía a los hombres que le quedaban para hacer lo mismo. Estaba tan cansado que apenas podía reconocer a la mitad de ellos. Estaban Tyrek, Sandor Clegane, Balon Swann, Thoros de Myr, Arys Oakheart y unos pocos más. Todos estaban cansados y heridos en mayor o menor medida.

-Los muros están perdidos. –les anunció, el cansancio haciendo que cada palabra costara el doble del aliento normal. –Nos retiramos a la Fortaleza Roja.

-Pero Lord Comandante, la ciudad… -comenzó Ser Arys.

-La ciudad está jodida y también lo estaremos nosotros si no volvemos al castillo. –le interrumpió Sandor, mirando con desprecio al caballero.

-Clegane tiene razón, debemos volver lo antes posible al castillo. –dijo Jaime, mirando la cara de cada uno de sus compañeros. –De todos modos le haremos pagar caro a Stannis cada metro que avance. Nos dividiremos y lideraremos grupos de hombres que obstruyan las calles que hay entre aquí y la Fortaleza Roja, retirándose lentamente hacia ella.

-¿Con quién voy yo? –preguntó su primo.

-Conmigo, eres demasiado joven para que algún soldado te acepte como líder. –respondió Jaime, sin dejar de mirar al resto de los presentes. –Quiero que cada uno de ustedes reúna a un centenar de espadas y haga lo que les dije. ¿Alguna pregunta?

-¿A alguien le queda algo de vino? –preguntó Thoros de Myr. La espada en llamas que había estado ocupando ya se le había fundido, por lo que era un arma más corriente la que tenía ahora en sus manos.

Tras un silencio de un par de segundos, El Perro gruño y le lanzó una cantimplora.

-Es lo último que me queda, essosi de mierda. –escupió. –Disfrútalo.

-Que R'hllor te bendiga. –replicó el sacerdote rojo, vaciando el contenido de la cantimplora en un par de segundos. Se limpió la boca y dio media vuelta antes de empezar a correr para cumplir con las órdenes de Jaime. -¡Por el Rey Joffrey!

"Si sobrevivimos no será gracias al pequeño Aerys."

Sus otros compañeros se apresuraron a cumplir con lo pedido.

El último de los capas doradas había bajado de los muros cuando una nueva ola de tropas Baratheon entró por los restos de la Puerta del Río. A esa altura de la batalla los hombres entraban a la ciudad con más precaución que entusiasmo, temerosos de unirse a los cadáveres que se amontonaban en el suelo.

Pero esta vez no había nadie para enfrentarlos.

Tras un instante de estupefacción, los soldados de Stannis gritaron de júbilo y comenzaron a perseguir a los defensores en retirada. Con los minutos las peleas se reanudaron, solo que ahora los hombres ya no mataban delante de la puerta, si no que en una docena de lugares diferentes dentro de la ciudad.

El grupo de Jaime se retiraba ordenadamente. Eligieron una calle poco concurrida, así que pocos hombres de Stannis les molestaron en el trayecto. Fue media hora después, cuando llegaron a una encrucijada a medio camino de la Fortaleza Roja, que Tyrek se dio cuenta de algo extraño.

-Jaime, mira. –le dijo, apuntando hacia una de las calles residenciales de la ciudad.

Hombres estaban saliendo de las casas y edificios de ese callejón, corriendo desesperados hacia la altura de las tres colinas de la ciudad. Hubiera sido algo normal frente al inminente saqueo… pero los hombres estaban vestidos de una manera que Jaime conocía bien, porque había tenido que matar a varias personas que ocupaban esas túnicas los días posteriores a la muerte de Aerys.

"No, no puede ser posible"

"Se supone que solo Tyrion y yo nos habíamos acordado de ellos y habíamos acordado no ocuparlos."

El mismísimo Tyrion apareció por una esquina en ese instante, corriendo desesperado mientras era acompañado por Ser Jacelyn Bywater. Jaime se separó de Tyrek y sus hombres y corrió hacia el par, asustado frente a la sospecha que comenzaba a crecer en su interior. Su hermano le vio y se adelantó a sus palabras.

-¡Jaime! ¡Corre! ¡No tenemos mucho tiempo! –le gritó, señalándole hacia una de las calles que subía por la Colina de Aegon.

-¿Qué mierda sucede? –preguntó, mientras miraba a Tyrek y al resto de sus hombres que se habían quedado atrás.

-¡La Reina ordenó a los piromantes que hicieran retroceder al ejército de Stannis con fuego valyrio! ¡La mitad de la ciudad va a explotar! ¡Tenemos que salir de las calles bajas si no queremos arder! –respondió Ser Jacelyn, su rostro desencajado de miedo.

"No… esto no puede estar pasando."

"¿Mi hermana está tan loca como Aerys?"

Se giró y comenzó a correr hacia Tyrek y sus hombres, ignorando los gritos de Tyrion y Ser Jacelyn. El tiempo nuevamente se ralentizó. Con cada paso que daba se acercaba hacia su primo, pero también a otra persona.

Porque en ese instante, Stannis Baratheon apareció al final de la misma calle en la que los Lannister estaban, con no más de un centenar de hombres de armas como escolta.

"Lo mato y todo esto termina"

Dudó por un instante, pero finalmente decidió hacerlo. La oportunidad era demasiado buena como para desaprovecharla. Le ordenaría a Tyrek que subiera la colina junto a Tyrion, pero se llevaría a sus hombres en un ataque suicida contra Stannis. Una última carga desesperada que sería celebrada en las canciones de toda la eternidad si es que tenía éxito.

Obviamente el destino era más cruel, porque ni siquiera había alcanzado a su primo cuando las explosiones comenzaron.

-*-*-*-*.

MONFORD

Estaban entre el Lecho de Pulgas y la Colina de Aegon cuando el cielo se iluminó verde.

Los Lannister no habían pescado el anzuelo, por lo que Monford había tenido que abandonar su plan inicial y empujar con sus hombres hacia la Fortaleza Roja tras atravesar la Puerta de Hierro, con la esperanza de encontrarse con el ejército de Stannis en algún punto de la ciudad.

Su hueste avanzaba casi sin oposición, ya que casi todos los capas doradas estaban junto al Matarreyes en la parte sur de la capital. Las cosas estaban yendo mejor de lo que esperaba… hasta ese momento.

Entre las maldiciones de sus hombres y el pánico de su caballo, Lord Velaryon pudo ver como una bola de fuego verde se elevaba desde una calle que no estaba lejos de ellos, lanzando lejos restos de casas y edificios. La bola adoptó la forma de un hongo al alcanzar su máxima altura antes de comenzar a caer.

Pero eso era solo el inicio del infierno… porque cuando la bola de fuego verde volvía a aterrizar, todo lo que tocaba estallaba en llamas.

-¡Mi señor! –gritó uno de sus hombres, la cara desencajada de miedo.

-¡Monford! –añadió Aurane, sus facciones valyrianas tan impresionadas como la del simple hombre de armas. -¿Qué demonios fue…

Su hermano bastardo tuvo que callarse, porque en ese instante otras explosiones idénticas a la primera comenzaron a suceder. Una de ellas fue demasiado cerca de su propia posición, lanzando por los aires escombros y trozos de madera ardiendo que comenzaron a caer entre sus propios hombres.

-¡Cúbranse! –gritó el Señor de Marcaderiva, apretando los flancos de su caballo para evitar justo a tiempo un escombro que le hubiera destrozado la cabeza. Siguió recorriendo la calle a lomos de su caballo por unos segundos más, hasta que la bestia se detuvo en seco para esquivar otro resto de que cayó delante de ella, lanzando a su jinete por los aires.

Monford logró aterrizar decentemente, solo golpeándose un brazo levemente en el proceso. Se protegió debajo de la entrada de un edificio mientras la lluvia de fuego cesaba. Los gritos y el humo convirtieron a la ciudad en un infierno, aún más terrible que el que ya existía con la propia batalla. El Velaryon podía ver y escuchar aún más explosiones, pero afortunadamente se estaban alejando hacia el otro lado de la ciudad.

"Hacia la Puerta del Río" pensó Monford, compadeciendo a los hombres de Stannis que debían estar entrando a la ciudad desde esa entrada. Murmuró un agradecimiento a los Siete por no estar entre ellos.

De todos modos sus soldados tampoco salieron indemnes. Los más desafortunados fueron aquellos que murieron aplastados por algún escombro, pero aquellos ardían vivos por haber sido impactados con un trozo de madera incendiado no tenían mucho que envidiarles. Cuando la lluvia de fuego cesó Monford gritó buscando a su hermano o Ser Rolland, el tercero al mando de la hueste.

Encontró al bastardo de Nocturnia primero, parapetado en una posición parecida a la suya. Se paró cuando los escombros dejaron de caer y corrió hacia Lord Velaryon.

-Lord Monford. –dijo Ser Rolland, al tiempo que señalaba el infierno verde que se había formado entre ellos y la Fortaleza Roja. –La mitad de la maldita ciudad está ardiendo. No podemos saber si el Rey seguirá el ataque bajo estas condiciones… o si siquiera sigue vivo. Con vergüenza debo admitir que lo más prudente es retirarnos.

Le iba a responder cuando su hermano bastardo apareció a su lado, indemne pese a lo sucedido.

-¿De verdad crees que hay alguna posibilidad de que Stannis abandone la batalla? –respondió Aurane, la fiebre de batalla reflejada en su cara. –Nuestro Rey se quebrará antes de doblegarse, si sobrevivió a las explosiones no tengo duda de que en estos momentos sigue avanzando a la Fortaleza Roja.

-Pero por eso mismo, ni siquiera sabemos si sigue vivo. –replicó el guerrero marqueño. –Si no lo está el resto del ejército debe haber comenzado a huir… y no duraremos mucho frente a los Lannister si es que nos dejan solos.

"Lo más probable es que la mitad del ejército ya está muerto, entre el desembarco, la batalla en la puerta y las explosiones de fuego valyrio" pensó el Señor de Marcaderiva, cuya estimación no estaba muy alejada de la verdad.

-Ser Rolland tiene razón, no tengo intención alguna de morir por un Rey que puede ya estar muerto. –anunció, para la sorpresa de Aurane.

-¿Piensas abandonar a la pri… -comenzó a decir su hermano.

-Eso no significa de que correré de vuelta a los barcos con la cola entre las piernas. –le interrumpió, mirándole severamente. Tras ello se giró hacia el otro caballero. –Ser Rolland, llevaos a la mitad de nuestros hombres y retrocedan hacia la puerta. Mantengan las calles despejadas por si tenemos que retirarnos.

-Si mi señor. –respondió el marqueño. – ¿Puedo preguntar que va a hacer usted?

Lord Velaryon buscó a su caballo antes de responder, solo tras encontrarlo y subirse a él respondió.

-Lo que cualquier buen súbdito haría, buscar a nuestro rey.

Diez minutos después pudo encontrarlo, aún vivo en medio de la ciudad en llamas.

Peleando con una figura rubia.

-*-*-*-*.

JAIME

Se despertó con sangre en la garganta y un dolor de cabeza horrible.

Al abrir los ojos pudo observar como la calle en la que estaba se había trasformado en un infierno. Dos explosiones de fuego valyrio habían estallado cerca y al parecer la onda expansiva de una de ellas le había lanzado contra el muro de un edificio, dejándole inconsciente por unos minutos. Sentía el cuerpo entumecido, pero aun así se levantó. Fue entonces cuando recordó lo que estaba haciendo antes de la explosión.

"¿Dónde está Stannis? ¿Dónde están Tyrek y Tyrion?" pensó con desesperación. Desembarco del Rey era una ciudad de medio millón de habitantes, pero en ese momento no se podía ver a ninguno de ellos.

El ruido de espadas chocando le ayudó a responder tal pregunta. Avanzó entre las llamas mientras seguía el sonido, hasta que finalmente pudo ver a la distancia su origen.

Un par de hombres solitarios estaban enfrascados en un duelo personal, rodeados por edificios en llamas y los cuerpos de un centenar de guerreros que ya habían caído, tanto por la explosión como por haberse matado los unos a los otros. Entre ellos había capas doradas, guardias Lannister y soldados Baratheon.

"Son mis hombres y la escolta de Stannis" se dio cuenta súbitamente. Miró de nuevo al par de sobrevivientes que seguían enfrentándose, un escalofrío recorriendo su espalda al confirmar finalmente sus identidades.

Porque uno era su primo Tyrek y el otro era nada más y nada menos que Stannis Baratheon.

El Rey del Mar Angostó luchaba con una espada que reflejaba exageradamente la luz de los incendios que le rodeaban, casi como si la propia arma estuviera en llamas. Stannis sangraba de un par de cortes, pero estaba ganando el duelo. Su primo había demostrado que era un buen espadachín, pero estaba herido y demasiado cansado por todo lo que había peleado antes de la explosión.

"No podrá vencer a Stannis, tengo que salvarlo"

Corrió con todas las fuerzas que le quedaban, saltando por encima de cadáveres y escombros ardientes. Todo su universo se redujo a las dos figuras a las que se acercaba, un león aún demasiado joven peleando contra un venado que llevaba décadas derramando sangre.

Ya no faltaba nada, unos metros más y los alcanzaba. Los dioses no podían ser tan crueles como para que no le permitieran alcanzar a su primo, ya no quedaba nada de distancia entre ambos…

Y entonces pasó.

La espada de Tyrek se rompió tras recibir mal un golpe.

Su primo miró los restos de su espada por un instante, como si fuera incapaz de comprender lo que había pasado. Cuando finalmente logró hacerlo, levantó la vista para mirar a su enemigo. Jaime estaba tan cerca que pudo ver el fuego de los incendios reflejado en sus ojos siendo reemplazado poco a poco por otro objeto que tenía luz propia.

Porque la espada de Stannis realmente emitía luz como si su hoja estuviera en llamas.

Jaime la pudo apreciar en todo detalle cuando el Rey Baratheon lanzó un golpe paralelo al suelo que decapitó a su primo.

"NOOOOOO"

Debe haber gritado sin darse cuenta, porque Stannis se giró para recibirlo. La espada en llamas besó a la de acero simple de Jaime, bloqueando el ataque lleno de rabia del Lannister. Jaime atacó una y otra vez, incapaz de pensar en cualquier otra cosa más que matar a Stannis. Pero el Baratheon mantuvo su disciplina, esquivando y bloqueando sus golpes casi mecánicamente.

-Matarreyes. –dijo Stannis apenas tuvo la ocasión de hacerlo.

Cruzaron un par de golpes más antes de separarse, oportunidad que el Baratheon aprovechó para dar uno de sus discursos llenos de ironía.

–Quizás el destino realmente tiene su propio sentido de justicia. Casi estoy agradecido de que me haya dado la oportunidad de ser yo quién te mate. –murmuró Stannis, sus tormentosos ojos azules llenos de rabia y amargura.

-Ahórrate tu agradecimiento de mierda porque no matarás a nadie más, ya no estás peleando con un escudero. –escupió Jaime, la poca dicha que aún le quedaba tras la interminable noche se había podrido con la muerte de Tyrek. La venganza era lo único que alimentaba su voluntad ahora.

-¿El guardia real que asesinó a su rey por la espalda me critica por matar a un escudero? –preguntó Stannis, con una mueca que para él era casi una sonrisa. –Cada vez me sorprendes más, Matarreyes. Realmente eres la hipocresía en persona.

Jaime gritó y atacó torpemente a Stannis. Su contrincante esquivó el golpe con facilidad, lanzándose a un lado al tiempo que golpeaba el brazo del guardia real con la espada de fuego. La hoja mágica atravesó el brazalete de su armadura, haciéndole un corte particularmente doloroso al Lannister.

"Por lo menos no me quemó" pensó, intentando darse ánimos. Ni siquiera la adrenalina lograba bloquear totalmente el dolor de la herida, por lo que se mordió la boca para dejar de pensar en ella.

El Rey y el Lord Comandante de la Guardia Real volvieron a cruzar sus espadas, bailando una danza mortal mientras buscaban conectar sus armas con el cuerpo de su enemigo. Jaime estaba seguro que en un duelo normal él tendría la ventaja y no se demoraría en derrotar al Baratheon, pero ahora estaba extenuado y malherido, sangrando de una docena de cortes propinados por los diversos contrincantes que había tenido a lo largo de la noche.

Stannis en cambio estaba fresco. Casi toda la batalla había comandado a sus fuerzas desde la retaguardia, por lo que -salvo las heridas del duelo con Tyrek- estaba ileso. Jaime pretendía cambiar tal situación, pero no estaba teniendo mucho éxito… y estaba empujando peligrosamente su cuerpo hacia sus límites.

"No puedo seguir así mucho tiempo más"

Cada vez era más difícil levantar la espada para atacar o para bloquear un golpe de Stannis. Cada vez que respiraba su garganta le ardía como si estuviera en llamas. La armadura de la Guardia Real le pesaba demasiado. El calor del infierno ardiente en el que se había Desembarco del Rey le hacía sudar y que la cabeza se le nublara, embotando sus sentidos y sus reflejos.

Enfocado en la pelea, el tiempo todavía transcurría más lento de lo normal… pero su cuerpo ya no reaccionaba con la misma velocidad.

Stannis se dio cuenta de ello, no dejándole a Jaime ningún espacio para descansar. Incluso aprovechó una instancia en la que cruzaron espadas y sus cabezas se acercaron para lanzarle un cabezazo, impactando su yelmo coronado contra el casco blanco de Jaime. El golpe tomó al Lannister por improviso, apenas pudiendo tirarse unos metros atrás mientras el mundo le daba vueltas. Tuvo que poner una rodilla en el suelo y apoyarse en su espada para no desplomarse.

-Pueden luchar todo lo que quieran, pero así es como todos terminarán. Arrodillados frente al verdadero Rey de los Siete Reinos. –dijo Stannis, apenas sudando por la pelea.

-¿Un rey que tiene que matar a medio reino para sentarse en su trono? –se burló Jaime, intentando entretener al Baratheon mientras pensaba en algún plan.

-Robert hizo eso y más, y aun así lo aceptaron como Rey de los Siete Reinos. –replicó el moreno, no abandonando su expresión inflexible en ningún momento. -Incluso tu padre terminó proclamándolo como tal.

-Mi padre solo aceptó a Robert como rey porque le dio aquello que Aerys le negó: un nieto sentándose en el Trono de Hierro.

-Y lo tuvo, aunque no de la forma que esperaba. –ironizó Stannis.

Arqueó una ceja frente al silencio de Jaime. -¿Ni siquiera te molestas en negarlo?

"Soy muchas cosas, pero no un mentiroso."

-No vale la pena seguir hablando, yo quiero matarte y tú quieres asesinar a todas las personas que amo. Terminemos con esto. –anunció el Lannister, volviendo a ponerse de pie para finalizar el duelo.

-Eso es algo en lo que estamos de acuerdo. –respondió Stannis, aferrando su espada mágica con más fuerza.

Jaime pudo ver por el rabillo de un ojo a un hombre a lomos de un caballo asomándose al final de la calle, siendo la primera persona viva que se acercaba lo suficiente como para ver el duelo del guardia real y el Rey Baratheon. Pero estaba muy lejos como para intervenir, así que no le dio más importancia.

Ya no le importaba morir si es que eso significaba matar a Stannis. Joffrey le importaba un bledo, pero su vida era un precio justo a cambio de la seguridad de Tyrion, Tommen y Myrcella. Ellos no debían pagar por sus pecados… y los de Cersei.

"¿Cómo pudiste hacer algo así?" pensó con furia y dolor.

Stannis cargó y Jaime le recibió.

Pensar en sus sobrinos y su hermano le permitió despertar las últimas fuerzas que le quedaban. Ambos hombres corrían, se golpeaban, esquivaban golpes y saltaban por sobre los obstáculos que la calle les presentaba.

En un momento del duelo ambos terminaron enfrentándose a la sombra de una pared de un edificio en llamas, la cual cedió cuando Jaime lanzó al Baratheon contra ella. El edificio comenzó a derrumbarse y ambos hombres tuvieron que correr para evitar ser aplastados por los restos.

El polvo levantado por el edificio caído y el humo de los incendios impedía que ambos hombres se vieran… pero la espada de Stannis tenía luz propia, casi como un faro en medio de la noche, revelando la posición de su portador.

Jaime pudo percatarse que el Rey estaba de espaldas, buscando al Lannister en la dirección contraria a la que realmente estaba… el Joven León había encontrado su oportunidad.

Corrió con un esfuerzo titánico y ocupó los restos de un muro roto como trampolín. Saltó con la espada en alto, ocupando la fuerza del salto para intentar enterrar su arma profundamente en el cuerpo de Stannis.

El Baratheon se dio vuelta en el último instante, sus tormentosos ojos azules reflejando algo que el guardia real podría haber jurado que era parecido a la sorpresa.

Jaime vio pasar toda su vida en esos instantes que voló.

La primera vez un Tyrion bebe le aferró un dedo con una de sus manos. La vez que vio a su padre sonreír cuando derrotó a todos los escuderos de Roca Casterly luchando con espadas. La expresión de Arthur Dayne cuando tocó sus hombros con Albor. Los aplausos de los asistentes del Torneo de Harrenhal cuando el Toro Blanco le entregó su capa blanca.

"La capa blanca que ya manché con la sangre de un rey… ¿Por qué no mejor con la de dos?"

Su espada entró por el hombro de Stannis y se incrustó en su cuerpo hasta la empuñadura.

El Baratheon no gritó mientras moría… o por lo menos el guardia real no pudo escucharlo. Jaime trató de gritar de júbilo y alegría, pero no pudo.

Porque cuando lo hizo la boca se le llenó de sangre.

Jaime chocó estrepitosamente contra el suelo y casi inmediatamente comenzó a perder la conciencia, su cuerpo había alcanzado su límite… y el dolor en el corazón era insoportable.

Alcanzó a levantar la cabeza un segundo antes de que se le desplomara y cerrara los ojos. Era tal como sospechaba.

La espada de fuego de Stannis estaba atravesándole el corazón, tal como la de Rhaegar en su pesadilla.

"Rhaegar… he pagado por mis errores… mi Rey."

Había servido a tres reyes y conocido a la mitad de los nobles del Reino, pero para él Rhaegar era la única persona que había sido digna de sentarse en el maldito Trono de Hierro.

"Que los dioses cuiden a mi familia."

"Tyrion… Tommen… Myrcella… perdónenme."

En medio de una ciudad en llamas, rodeado por el cadáver de un rey y el de miles de otros hombres, Jaime Lannister murió.

-*-*-*-*.

MONFORD

Monford Velaryon no era un cobarde, pero supo que había llegado el momento de huir cuando vio a Jaime Lannister clavar su espada en el cuerpo de Stannis Baratheon.

"Hasta ahí llegó Azor Ahai, ¿qué dirá la bruja de Asshai ahora?" pensó recordando a la sacerdotisa del Señor de la Luz, quién en Rocadragón había proclamado al Rey Baratheon como el campeón de su dios.

Si quería saber la respuesta a tal pregunta, tenía que huir de Desembarco del Rey…y rápido. Hizo a su caballo dar media vuelta, quedando de cara a la hueste de soldados que le habían seguido.

-¡De vuelta a los barcos! –gritó, levantando su espada en esa dirección para hacer la escena más elocuente. -¡Ahora!

Sus hombres no necesitaron más motivación que esa para comenzar la retirada. Aun así hubo uno que era más terco –o ambicioso- que el resto.

-Hermano –gritó Aurane para hacerse escuchar entre el caos que había en la ciudad. – ¡Tenemos que recuperar el cuerpo del Rey!

Monford consideró su petición por un instante, pero una mirada hacia el lugar en que yacía el cadáver de Stannis –y el del Matarreyes- le hizo rechazar cualquier posibilidad de hacerlo. Negó con la cabeza.

-Está demasiado lejos, y no hay forma de huir deprisa de la ciudad si es que tenemos que cargar con un cadáver. Vámonos Aurane, no hay más tiempo que perder sí que queremos vivir.

Su hermano bastardo consideró sus palabras, sin parecer convencido. El Señor de Marcaderiva perdió la paciencia y comenzó a huir incluso sin él. Solo cuando ya se había alejado a un par de metros Aurane abandonó su idea y se le unió en la retirada.

Rolland Tormenta había hecho un buen trabajo despejando una ruta de escape, por lo que llegaron rápidamente a la Puerta de Hierro pese a los millares de habitantes de la capital que huían hacia las colinas de la ciudad escapando de los incendios.

La noche ya daba dando paso al alba cuando lograron traspasar los muros, permitiendo observar a los barcos que los esperaban en la playa de las afueras de Desembarco del Rey.

-Estamos cerca- se murmuró para sí mismo, pensando en Monterys y Marcaderiva.

Esperó a que el último de sus soldados saliera de la ciudad antes de seguir su trayecto. Estaba a medio camino entre los muros y los barcos cuando empezó a sentir algo extraño en el suelo. Una vibración constante, que poco a poco aumentaba. Aurane también lo notó.

-¿Qué crees que es? –le preguntó, algo inquieto.

La mente del Velaryon estaba ocupada, buscando entre sus memorias la última vez que había sentido algo parecido. La cicatriz que tenía debajo de su hombro le comenzó a picar cuando finalmente lo encontró.

-Jinetes… miles de ellos. –le respondió, recordando la Batalla del Tridente.

Ser Rolland Tormenta se acercó a él en ese momento, confirmando su sospecha.

-¡Mi señor! ¡Un ejército gigantesco está acercándose a la ciudad desde el oeste! –gritó el Bastardo de Nocturnia.

-Por los dioses, ¿qué pasará con el resto del ejército de Stannis que aún está en la ciudad? –preguntó Aurane.

-Los hombres más afortunados alcanzaran a subirse a algún barco. –respondió Lord Velaryon, agradeciendo nuevamente no ser parte de ellos. –El resto… conocerá la misericordia de Tywin Lannister.

No miró atrás hasta que que estuvo a bordo del Orgullo de Marcaderiva.

-*-*-*-*.

TYRION

¡Tenemos que bajar a buscarlos! –gritó por quinta vez a Ser Jacelyn, quién lo mantenía aferrado con un brazo como si fuera un niño, impidiéndole bajar de la altura de la Colina de Aegon a la que habían huido.

-Es demasiado peligroso mi señor. –se negó nuevamente el Lord Comandante de la Guardia de la Ciudad. –Los hombres de Stannis podrían estar esperándonos entre los incendios, preparando una trampa. No puedo dejar que la Mano del Rey se arriesgue así.

El caballero manco y él estaban al final de una calle que subía empinadamente hacia la Colina de Aegon, justo por sobre aquellos incendios que el fuego valyrio había iniciado. No había nadie cerca de ellos, los últimas capas doradas que quedaban en su guardia habían desertado tras las explosiones, quitándose las capas antes de salir corriendo.

Al Lannister le gustaba pensar que lo habían hecho para intentar salvar a sus familias del fuego… tal como él pretendía.

-A la Mano del Rey le importa una mierda su seguridad. –insistió Tyrion, desesperado mientras miraba el infierno que había unos metros más abajo. –Y no me importará mientras Jaime y Tyrek estén allí abajo, atrapados entre Stannis y el fuego.

Sus súplicas llegaron a oídos sordos, Mano de Hierro era un hombre demasiado pragmático como para conmoverse.

Tyrion tuvo que conformarse con ver el fuego consumir bloques enteros de la ciudad, el ruido de los incendios mezclándose con los gritos de los ciudadanos que trataban de escapar… y con los sonidos de la batalla, que aún continuaba en el resto de la capital.

"Lograste detener a Stannis por unos minutos Cersei… ¿pero como puedes estar tan loca como para creer que el precio valía la pena?" pensó viendo el infierno en el que Desembarco del Rey se había convertido.

Unos hombres comenzaron a subir por la calle que estaban vigilando, por lo que Ser Jacelyn le soltó para desenvainar su espada, apuntando con ella a las figuras.

-¡Alto! ¿Quién va ahí? –gritó, cuando estaban a veinte metros.

Los hombres no respondieron, de hecho no le hicieron el menor caso mientras seguían subiendo, alejándose lo más posible de los incendios. Pronto se acercaron lo suficiente como para Tyrion los reconociera. Eran el Perro, Thoros de Myr y Ser Balon Swann, liderando a unos pocos capas doradas y guardias Lannister.

-¡Lord Tyrion! –saludó Ser Balon, mientras Mano de Hierro guardaba su espada. –Seguís vivo, ¡Alabados sean los dioses!

"Me cago en los dioses si me salvan a mí y no a Jaime"

-Ser Balon, ¿Dónde está el resto de sus hombres? –preguntó, recordando que Jaime le había ordenado a él y a sus dos compañeros que liderarán grupos de soldados para defender la ciudad. Los que habían delante de él no superaban la treintena.

-Hay algunos que desertaron, pero el resto…

-El resto están muertos, asesinados por los hombres de Stannis o quemados vivos en las explosiones. –bramó Clegane, una expresión de locura en su cara. Cada pocos segundos se giraba para mirar las calles de abajo, como si temiera que las llamas subieran mientras estaba de espaldas.

"Otra deuda que agradecer a mi querida hermana."

Tyrion se giró para mirar a Ser Jacelyn, su oportunidad había llegado.

-Voy a bajar. –anunció.

El capa dorada asintió, sabiendo que ya no había excusa para seguir negándoselo.

-Deberéis llevar una escolta.

-Por supuesto. –respondió, impaciente. - Me llevaré a una docena de capas doradas y a Clegane y Ser Balon. No creo que…

-A la mierda con esa orden, no voy a volver a ese infierno. –le interrumpió Sandor, con una voz gélida.

Pese al calor que había por los incendios, Tyrion sintió frío.

"De verdad tiene miedo."

Y si un bruto como El Perro tenía miedo, ¿qué podía hacer alguien como él?

-La Mano del Rey te está dando una orden. –amenazó Ser Jacelyn, llevando la mano a la empuñadura de su espada.

-No voy a bajar, no lo haría ni aunque el Rey y el Septón Supremo me lo pidieran de rodillas.

El ambiente se tensó aún más, Mano de Hierro y El Perro manteniendo un duelo de miradas mientras el resto de los hombres los observaban expectantes. Solo cuando Clegane comenzó a desplazar una mano hacia su propia espada se interrumpió el silencio.

-Por R'hllor, ya basta. Yo acompañaré al pequeño Lannister. –dijo Thoros de Myr, exasperado. Tyrion aceptó rápidamente la oferta del sacerdote rojo, agradecido de terminar con la disputa con Clegane.

Habría otra oportunidad en la que disciplinar al bruto, ahora tenía que buscar a su familia.

"Por favor, por favor, por favor." rezó para sus adentros, sin ni siquiera saber a cuál deidad estaba rogando por la protección de sus familiares.

A fin de cuentas no importaba, porque los rezos no habían servido de nada.

Primero vieron a Stannis… y al acercarse encontraron a Jaime.

"No..."

Tyrion no recordaba el momento en el que se había desplomado y había comenzado a gritar. Tampoco cuando las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos, evaporándose a medio camino de sus mejillas por el calor de los incendios.

Si recordaba cuando arrancó la espada de Stannis del pecho de su hermano y luego la lanzó lejos, casi no prestándole atención al hecho que el arma parecía brillar… solo un poco, porque su hoja era negra como la noche.

Pero la atención de Tyrion estaba ocupada en algo mucho más importante para él.

"No puedes estar muerto Jaime, ¿Que será de mí en un mundo donde no está mi hermano mayor para protegerme?"

-No puedes dejarme solo. –murmuró entre las lágrimas. La rabia y la impotencia le hicieron comenzar a golpear el pecho de su hermano, como si pudiera devolverle la vida con sus pequeños manos. Lo único que consiguió fue arruinárselas en el proceso, sus puños no pudiendo siquiera vencer al metal de la armadura.

-Vayan y formen un perímetro, no tienen que estar mirando esto. –escuchó que Ser Balon le ordenaba a los capas doradas. Los guardias se apresuraron a obedecer, solo quedando el capa blanca y el sacerdote rojo junto a ambos Lannister.

El guardia real se le acercó, poniendo una mano en su hombro mientras intentaba reconfortarlo.

-Ya no hay nada que podamos hacer mi señor, solo agradecer que Ser Jaime tuvo una muerte honorable. –murmuró el caballero blanco, mirando el cadáver de su hermano y el de Stannis sucesivamente.

"¡Se supone que eso debe reconfortar en algo el dolor de su muerte?" se preguntó el Lannister, sintiendo un agujero en el lugar donde debería tener el corazón. Había perdido a la persona que más le quería en el mundo, no había forma alguna de encontrar consuelo frente a ello.

Pensó en un millar de maldiciones con las que insultar al guardia real, con las que dejarle en claro lo inútiles que eran sus palabras… pero por primera vez en su vida, Tyrion Lannister se quedó en silencio.

Con la muerte de Stannis habían ganado la batalla, con la muerte de Jaime había perdido la poca dicha que sentía al vivir.

Cuernos comenzaron a sonar en la distancia, cuernos que reconoció como los que ocupaban los jinetes del ejército de su padre. Ser Balon también los sintió, girándose y comenzando a observar hacia la distancia. El humo no le impedía ver demasiado lejos, pero los sonidos del combate eran inconfundibles. Alguien estaba atacando al resto de los hombres de Stannis.

"¿Ahora es cuando llegas padre? ¿Cuándo ya es demasiado tarde?

-Mi señor, esos cuernos suenan como los de vuestro señor padre.

-Es obvio que es él y su ejército, lástima que arribaran un poco tarde. –replicó Thoros, arrodillándose para estar a la altura de Tyrion. –Vamos mi señor, a vuestro hermano no le gustaría veros así.

"¿Entonces por qué murió?" pensó infantilmente el pequeño Lannister.

"Para salvarte a ti y al resto de la ciudad." replicó la parte más seria de su mente.

Pero el dolor era demasiado fuerte como para que dicha parte de su conciencia prevaleciera.

-Hay que realizar los ritos de despedida. –murmuró el sacerdote, mirando al cadáver de Jaime.

-Jaime no era un creyente. –respondió Tyrion, negando con la cabeza. – No le gustaría que se los hicieran.

"Su espada era a la única diosa a la que rezaba."

-Lo lamento mi señor, pero no puedo no hacerlo. –respondió Thoros, resuelto. – No puedo permitir que un hombre tan valeroso como Ser Jaime parta al encuentro del Señor de la Luz sin la debida ceremonia.

Tyrion estaba demasiado cansado y triste como para seguir discutiendo, por lo que movió un poco la cabeza en un signo que el sacerdote interpretó como un permiso.

Miró en silencio como el sacerdote deslizó un cuchillo por su palma, tras lo cual derramó su sangre encima de un trozo de madera. Tyrion vio asombrado como la leña se encendió tras el contacto con la sangre.

"Quizás aún queda algo de magia, después de todo."

El sacerdote se arrodilló frente a la cabeza de Jaime, tras lo cual aspiró las llamas, manteniéndolas dentro de él como una persona que aguanta la respiración.

Thoros se inclinó y besó el cuerpo de su hermano, llenándolo con el fuego de su dios como una despedida antes de su viaje final.

"Adiós hermano… no sabes cuánto te extrañaré." pensó mientras lloraba.

Las lágrimas deben haberle nublado un poco la vista, porque en ese instante pudo ver que Jaime se movía.