Desembarco del Rey - Una semana después de la batalla del Aguasnegras.
JAIME
-Ser Jaime, es un honor poder finalmente conoceros. -dijo Margaery Tyrell, sonriéndole ampliamente.
-El honor es mío, mi señora. Mi espada está a vuestro servicio y al de vuestra familia. -respondió Jaime, esforzándose para esgrimir una sonrisa igual de generosa que la de la muchacha.
La hija de Lord Tyrell era tan bella como la más exquisita rosa del Dominio, eso era algo que ni Jaime –quién a lo largo de su vida había visto a bellezas como Ashara Dayne, a la joven Catelyn Tully e incluso a la fiera Lyanna Stark- podía negar. De figura esbelta y grácil, ojos y pelo color avellana y una cara que hacía que la mayoría de los escuderos se quedaran con la boca abierta observándola, la Margaery era una más que digna consorte para un Rey incluso sin contar su inteligencia… y astucia.
Porque Jaime no era tonto ni inexperto y sabía que debajo de la imagen de vulnerabilidad que la Tyrell irradiaba y que hacía que los hombres pelearan entre ellos para tratar de protegerla, se escondía una mujer tan astuta y calculadora como la arpía de su señora abuela, que gracias a los dioses todavía no llegaba a la ciudad para irritarlos con su presencia.
Recordaba la primera vez que había visto a la Reina de Espinas, en una ocasión que había visitado la Roca cuando él era un niño menor que Tommen incluso. Al pequeño Lannister le había marcado profundamente su visita, ya que mientras la gran mayoría de las damas nobles le sonreían tontamente y trataban al joven Jaime Lannister con toda la indulgencia posible para ganar el favor de Lord Tywin, la vieja y arrugada Olenna Redwyne había arrugado la nariz y le había preguntado si sabía hacer algo más además que jugar con espadas.
-¿Cómo te va en las sumas? ¿Eres bueno en la heráldica? ¿Si fueras un Rey te gustaría ser como el Joven Dragón o Jaehaerys el Conciliador? –le había asaltado con preguntas, mientras fruncía el ceño al ver que se demoraba en responder. –Date prisa chico, no tengo todo el día.
-Leer me aburre, así que prefiero estar en el patio de armas en vez de la torre del maestre. –le había respondido con la sinceridad de quién se cree intocable, sonriéndole desafiantemente a la vieja. –Con una espada en la mano ningún escudero de la Roca me puede vencer.
-Sí, porque tienen miedo de que tu señor padre los azote si te golpean demasiado fuerte. –le había respondido bufando. – ¿Supongo entonces que te gustaría ser como el Joven Dragón?
-Por supuesto, ¿A quién no le gustaría serlo? –había preguntado, curioso frente a la pregunta de la atípica visitante.
-A mi nieto Willas, por ejemplo. Pero bueno, es cierto que casi todos los niños quieren ser caballeros. –respondió Lady Olenna, suspirando. –Creo que podrías convertirte en un gran caballero… pero no en un gran Señor del Oeste. Pero bueno, no hay nada de malo en ser un buen caballero, después de todo la rueda siempre necesita sangre nueva para seguir girando.
Pasaron varios años antes de que Jaime pudiera entender esas palabras, pero cuando lo hizo no pudo negar que era verdad. Con una espada en la mano no había hombre vivo que lo pudiera vencer, pero en el juego de tronos las plumas mataban más hombres que las espadas.
Podría apostar una mano a que Olenna Redwyne nunca había matado a nadie con un arma, pero estaba seguro que Poniente era como era y no de otra forma gracias a lo que ella había ordenado hacer y no hacer. Mace Tyrell no había acampado a todo el ejército del Dominio afuera de los muros de Bastión de Tormentas por toda la Rebelión en vez de unirse a las fuerzas de Rhaegar en el Tridente solo porque sí.
¿Qué es lo que estaba tramando la Reina de Espinas con la alianza entre sus familias? Perfectamente podría haberse unido a Robb Stark y sus aliados. Los Lannister estaban acorralados y solo habían podido vencer al ejército de Stannis gracias a una mezcla de suerte y sorpresa, si los Tyrell estaban tan desesperados por quedarse con el Trono de Hierro perfectamente podrían haberlo hecho por la fuerza. Con un costo sí, pero ninguno que su ejército de cien mil hombres no pudiera soportar.
Pero ahí estaban, en la misma cama del león. La joven Margaery estaba cumpliendo perfectamente su papel hasta entonces, encantando a la corte con su sonrisa y a los habitantes de lo que quedaba de la ciudad con su generosidad. El pueblo llano clamaba su nombre y el de su familia cien veces más que el de cualquier Lannister, aunque fueran los propios Tyrell quienes casi les habían matado de hambre al comienzo de la guerra.
La ironía no se le escapaba a Jaime, pocas veces lo hacía.
Y el hecho de que alguien que debería estar muerto estuviera pensando en la hipocresía de los vivos también resultaba irónico.
Recordaba el frío de los últimos instantes que en los que estuvo consciente, sintiendo como la vida se le iba poco a poco a través de los múltiples cortes por los que sangraba… pero sobre todo, por la inmensa herida que la espada de Stannis había hendido en su pecho en aquel salto final.
Extrañamente había alcanzado la paz antes de hundirse en el vacío, abrazándolo casi con alivio. Había entregado todo por aquellos a quienes amaba, incluso su vida... y había tenido éxito en su misión final. Había muertes peores, solo bastaba ver a Stannis para darse cuenta de ello.
Cuando cerró los ojos no tenía la menor esperanza de volver a ver a alguien, salvo quizás a aquellos que ya estaban tras el velo de la muerte, pero tampoco era tan creyente como para tener muchas esperanzas de que los vería.
Por eso fue una completa sorpresa cuando volvió a abrir los ojos y vio a su hermano con lágrimas en sus mejillas, con la misma expresión que hubiera ocupado si hubiera visto a Aegon el Conquistador a lomos de Balerion volando por los cielos de Desembarco del Rey. Mientras su hermano lloraba, a poca distancia Thoros de Myr rezaba en voz alta con el rostro desencajado.
- ¿Ja…Jaime? –había preguntado Tyrion, luchando para pronunciar su nombre.
-Ty… Tyrion. –había dicho Jaime, tosiendo por la sangre que tenía en la garganta. Trato de sonreír. - Qué noche, ¿eh?
Intentó incorporarse, pero en ese instante un cansancio mortal le atacó y se desplomó nuevamente contra el suelo. Su hermano y el sacerdote rojo lo alcanzaron a sostener para evitar que la caída fuera tan fuerte.
-Me siento horrible. –murmuró con los ojos cerrados. Las extremidades le dolían por la fatiga de la batalla, pero extrañamente no sentía la herida del pecho que había acabado con su vida. Lo que si sentía era algo ardiendo en su interior, como si hubiera bebido algo hirviendo demasiado rápido.
-Jaime… tú estabas… estabas. –balbuceó Tyrion.
"¿Muerto?"
-El Señor de la Luz te ha elegido. –murmuró un Thoros serio y casi asustado, completamente diferente al sacerdote rojo que conocían. –Tu llama se había apagado y él decidió devolvértela.
-No sé nada sobre el Señor de la Luz salvo que le gusta el fuego, pero sí sé otra cosa. –se esforzó para decir. –Necesito… necesito dormir.
Y tras decir eso había quedado inconsciente nuevamente, sumergiéndose en el reino de los sueños para poder recuperarse.
Despertó tres días después, en medio de las habitaciones de su hermano en la Torre de la Mano.
Solo que había un pequeño problema. Ya no eran las habitaciones de su hermano.
-Estuviste inconsciente por tres días. –anunció su padre, sentado en una silla a los pies de su cama. El poderoso e inflexible Lord Tywin Lannister se veía agotado, con ojeras y nuevas arrugas en su cara.
"¿Sufriste pensando en mí destino, padre?"
- ¿Que… que pasó? –murmuró Jaime, tras beber un poco de agua de una jarra que había en uno de los costados de la cama. Sentía el cuerpo horriblemente cansado, como lo había sentido en otras ocasiones en las que había entrenado más de la cuenta en el patio de armas. En otras palabras, algo totalmente esperable tras una batalla como la del Aguasnegras, salvo por un pequeño detalle…
No sentía ninguna herida, ni siquiera las que recordaba haber recibido.
-Mataste a Stannis. –respondió Lord Tywin, como si fuera lo más obvio del mundo. –Y casi te mató a ti.
"No casi padre, lo hizo."
-Eso si lo sé, ¿qué pasó con la batalla tras quedar inconsciente?
-Llegué con el ejército del Oeste y atacamos a las fuerzas de Stannis por la espalda, empujándolas contra el río y las murallas de la ciudad. La mayoría de sus soldados murieron o son prisioneros, pero su flota de estaba casi intacta y lograron rescatar a muchos soldados antes de retirarse al Mar Angosto. Stannis está muerto, pero a su familia todavía le quedan soldados.
- ¿Y la ciudad?, recuerdo que estaba ardiendo…
"Ardiendo tal como Aerys quería" pensó con un escalofrío.
-Tu hermano y yo interrogamos a los alquimistas mientras estabas inconsciente. Dijeron que tu hermana les había ordenado que almacenaran jarras con fuego valyrio en las calles que llegaban a las puertas, y que les encendieran si Stannis lograba traspasar los muros.
"Así que realmente fue ella… Cersei, ¿cómo pudiste?"
- ¿Cuántos… cuantos murieron? –preguntó, atemorizado frente a la respuesta de su padre.
- ¿En la batalla? –dijo su padre arqueando una ceja. –Un tercio de tus hombres y las capas doradas, y casi la mitad del ejército de Stannis. Calculo que poco más de diez mil hombres en total.
-No padre, no cuantos soldados. ¿Cuánta gente del pueblo llano murió en las explosiones?
"Mujeres, niños, gente que nunca ha cometido pecado alguno además de vivir en la ciudad. Aerys quiso quemarlos a todos y solo yo pude evitarlo… ¿A cuántos no pude salvar de mi hermana?"
Pero Lord Tywin, lejos de compartir la preocupación de su hijo, casi parecía decepcionado frente a su pregunta, sin duda creyéndole débil al preocuparse por las vidas de la plebe.
-Los capas doradas siguen encontrando cadáveres, pero la gran mayoría son chusma que no posee importancia. La única razón por la que recuperamos sus cuerpos es para evitar un brote de peste.
-Padre. –insistió Jaime, casi suspirando. - ¿Cuántos?
Su padre lo miró fijamente por unos segundos antes de responder, casi haciendo que Jaime sintiera un escalofrío.
-El fuego valyrio arrasó con poco más de un quinto de la ciudad, si la mitad de quienes vivían en las zonas quemadas lograron escapar, calculo que cincuenta o sesenta mil. Afortunadamente, la mayoría de los cadáveres ardieron y no tendremos que preocuparnos por ellos. –respondió indiferentemente. - Aun así, hay miles de muertos por otras causas, y son sus cuerpos los que las capas doradas están buscando para quemar.
"Afortunadamente ardieron." pensó amargamente. Su padre, siempre tan pragmático.
Una decepción tan oscura como la muerte comenzó a agobiar a Jaime, perdida toda la alegría de la victoria sobre Stannis al enterarse del horrible costo que había tenido… y sobre quién había causado tal costo.
Toda su vida había sido mirado con desprecio por ser un hombre sin honor que había roto su juramento más sagrado, desconociendo que lo había hecho para salvar la vida de medio millón de personas. ¿Pensarían lo mismo si superan la verdad? Jaime estaba casi seguro que no.
Pero si estaba seguro de otra cosa… Cersei había hecho algo tan horrible que incluso Aerys hubiera dudado antes de hacerlo.
Y mientras más pensaba en ello, más odio comenzaba a reemplazar al amor que había sentido por su hermana.
"¿Cómo pudiste?" pensó por milésima vez.
-No logramos encontrar el cadáver de Lancel entre los miles que había cerca de la Puerta del Río… pero si encontramos el de Tyrek cerca de ti y Stannis. –murmuró su padre, interrumpiendo los pensamientos de Jaime. Su voz casi reflejaba pesar, o por lo menos todo aquel que Lord Tywin era capaz de expresar. Pese a todos sus defectos su padre era alguien que se preocupaba bastante por los miembros de su familia… exceptuando a Tyrion obviamente.
-Peleó como un verdadero león. –replicó Jaime sincera, pero tristemente. –No sé si hubiera podido vencer a Stannis si no se hubiera desgastado peleando con él antes.
-Tu tío Tygett fue un gran guerrero, probablemente el mejor en varias generaciones de nuestra familia, fuerte como un Crakehall y tan rápido como tú. Tenía la esperanza de que Tyrek se convertiría en alguien como él con el paso del tiempo.
"Que pensaras tan bien del tío Tygett no impidió que le hicieras la vida imposible mientras estaba vivo" pensó Jaime, evocando sus recuerdos de niño en los que su difunto tío casi siempre estaba enojado por las cosas que su padre le obligaba a hacer.
-Tenía planes para él. –murmuró Lord Tywin, moviendo la cabeza casi imperceptiblemente. –Nuestra familia lo necesitaba.
"Nuestra familia… ¿o tus ambiciones?"
-¿Para qué lo querías? –preguntó.
-Cómo no iba a heredar tierras, pensé en comprometerlo con Lady Hayford.
- ¿Lady Hayford? –preguntó pensando en la señora del pequeño castillo que estaba a un par de días de Desembarco del Rey. - ¿No estaba muerta?
-Su hija. –respondió Lord Tywin impacientemente.
- ¿La bebé? –Jaime se hubiera reído si no hubiera estado hablando de su primo muerto… con su padre.
-Si Jaime, la bebé. Esperar a que creciera era un precio bajo comparado a pasar de no heredar nada a ser el señor de un castillo… pero bueno, eso era antes de que ocurriera lo de Ned Stark.
-¿Por qué? ¿Qué tenía que ver Ned Stark con Tyrek? –preguntó extrañado.
-Él nada, pero su hija…
"Sansa"
-Querías comprometerlo con Sansa… -murmuró impresionado.
-Sí, eran casi de la misma edad y así mataba dos pájaros de un tiro. Tyrek conseguía tierras y nosotros un pretendiente a Invernalia y el Norte. –confirmó su padre. –Quizás incluso podríamos haber convencido a algunos de los aliados de Robb Stark que se unieran a nuestro bando, para que lucharan en nombre de la chica Stark y sus hijos… pero bueno, ahora tendré que cambiar mis planes.
Su padre habló de cambiar y no de olvidar, pero Jaime no se atrevió a cuestionarlo. Tampoco tuvo mucho tiempo para pensarlo, ya que Lord Tywin rápidamente volvió a hablar y esta vez lo hizo estudiándolo con la mirada para observar su reacción.
-Aun así, Tyrek no era el único que debía cumplir su deber con nuestra familia. Tú también debes hacerlo.
Jaime tragó saliva antes de hablar. –Ya lo estoy haciendo padre, soy el Lord Comandante de la Guardia Real y dedico todo mi tiempo a proteger a mi real sobrino y el resto de su familia. Mis votos me obligan a hacerlo por el resto de mi vida, y solo la muerte me liberará de ellos.
"¿Y acaso no conociste la muerte ya?" acusó una parte de su conciencia repentinamente.
-Los votos de la Guardia Real dejaron de ser intocables después de lo que pasó con Barristan Selmy. –su padre frunció el ceño al recordar lo que su hermana había hecho con el anciano caballero. –Otra de las estupideces de Cersei. Pero bueno, incluso de esa idiotez surgió algo útil. Finalmente puedo liberarte de esa capa blanca sin que el Septón Supremo se escandalice tanto.
-¿Y qué quieres que haga sin mi capa blanca? Llevo casi veinte años con ella, he pasado más tiempo de mi vida dentro de la Guardia Real que fuera de ella.
-Es mas simple de lo que crees. Quiero que dejes de ser un simple guardia y pases a ocupar aquel papel que ha sido tuyo desde que saliste del vientre de tu madre. Llegó el momento de que actúes como mi heredero, Jaime. Llegó el momento en que te comportes como el futuro Señor de Roca Casterly y el Oeste.
-Ese puesto es de Tyrion…
-No, no lo es y jamás lo será. Aun si te llegara a pasar algo Roca Casterly pasará a las manos de Tommen o a las de los hijos de Kevan antes que a las suyas. No permitiré que nuestra familia vuelva a ser un motivo de risa para el resto del reino. No otra vez, no después de lo de mi padre. –replicó Lord Tywin en un tono tan duro que Jaime no se atrevió a contradecirlo, incluso con la indignación que le habían causado sus palabras.
"Tyrion sería un mejor señor de Roca Casterly de lo que yo jamás seré, padre. ¿Lograrás darte cuenta de ello alguna vez?"
-Aún si llegara a dejar la Guardia Real, eso no cambiaría las cosas. Estamos en guerra y mi lugar en la capital junto a Joffrey… para bien o para mal.
-No seguirás en Desembarco del Rey, te necesito en otra parte.
Ahora sí que su padre lo había sorprendido.
-¿Qué? –preguntó estupefacto.
Lord Tywin suspiró antes de responder.
-Aunque Cersei siga negándolo, está claro que Joffrey es poco menos de un monstruo. Ni siquiera Aerys era tan cruel como él a su edad… y lo peor es que la gran culpable de ello es su madre. Quizás lo del fuego valyrio nos ayudó a ganar la batalla contra Stannis, pero temo bastante que su idea termine dándole nuevas ideas a Joffrey sobre como… lidiar con los traidores.
La normalmente impasible expresión de su padre se tornó un poco incomoda por un instante, como si hubiera recordado algo particularmente desagradable.
"¿De verdad te causaban pavor las ejecuciones de Aerys, padre? ¿A ti, quién mató hasta al más pequeño de los Reyne sin el menor remordimiento?" pensó mientras su padre volvía a hablar.
-Aun cuando todavía no he decidido donde, es hora de alejar a Cersei de Joffrey… y de Tommen y Myrcella. La mitad de la ciudad está en ruinas y sus defensas ya no existen, así que enviaré a ambos al Oeste. Estarán seguros ahí, Roca Casterly nunca ha sido tomada y no será ahora cuando suceda.
-Y supongo que quieres que vaya con ellos al Oeste. –murmuró Jaime.
-Si. Tú tío Stafford murió en Aguasdulces, así que el Colmillo Dorado quedó en manos de tu primo Daven. Es un buen guerrero, pero no un gran líder. Que Desembarco haya resistido tanto tiempo a Stannis demuestra que eres más que capaz como para ese papel.
-¿Es eso un halago padre?
-Es realidad. Con casi todas las fuerzas del Oeste aquí en la capital, es solo cuestión de tiempo antes de que Robb Stark y los Señores del Tridente decidan atacarlo. El Colmillo resistirá por un tiempo, pero no es inexpugnable y cuando caiga necesitaremos a alguien que lidere la defensa de nuestras tierras.
-Podrías enviar al tío Kevan…
-Tu tío Kevan está de duelo por la muerte de Lancel, no podré contar con él por un tiempo… y aun así, tú eres más indicado para esta tarea que él.
Jaime se quedó en silencio por unos instantes, evaluando sus posibilidades. Lo que su padre decía era cierto, debían defender sus tierras si no querían que los señores del Oeste comenzaran a desertar. Además, alejarse del pedazo de mierda al que llamaban por cariño Rey Joffrey era algo más que tentador, aún más cuando si lo hacía se llevaría a Tommen y Myrcella con él.
"Ya han sufrido demasiado por culpa de Joffrey, merecen alejarse de él."
Lo mismo ocurría con Cersei… a quien si se era sincero ya no quería ver más. Estaba seguro que si lo hacía ella intentaría manipularlo nuevamente, tal como había hecho antes de la batalla con Stannis.
"Eres un monstruo hermana, uno bello y seductor… pero un monstruo."
-Aún con el tío Stafford muerto, no entiendo por qué estás tan seguro de que Robb Stark atacará el Oeste y no la capital. –murmuró Jaime, para intentar alejar a su hermana de sus pensamientos. -Tú mismo lo has dicho, la batalla con Stannis la dejó en tan mal estado que tratar de defenderla es un suicidio. Entre los norteños, los ribereños y los caballeros del Valle, Robb Stark y sus aliados tienen casi el triple de hombres que nosotros. ¿Por qué no crees que avanzarán directamente sobre Desembarco para terminar la guerra de una vez por todas?
Lord Tywin no reaccionó como Jaime esperaba, respondiendo casi indiferentemente a su pregunta.
-Han pasado otras cosas desde que quedaste inconsciente. Ser Gregor Clegane emboscó a Robb Stark cerca de Septo de Piedra. No tuvo éxito y Ser Gregor pagó su fracaso con la vida.
- ¿La Montaña ha muerto? –preguntó incrédulamente. "¿El asesino de Elia y el pequeño Aegon fue finalmente alcanzado por el destino?"
-Sí, una perdida lamentable, pero no tanto como el hecho de que haya fallado en su misión… matando a otras personas en el proceso.
- ¿A quién mató?
"Ned Dayne estaba con Robb Stark." pensó preocupado.
-A media docena de nobles norteños... y a Theon Greyjoy. –escupió Lord Tywin con rabia. –Si hubiera sobrevivido, Ser Gregor habría… lamentado haber hecho algo tan estúpido.
- ¿El heredero Greyjoy? Por los Siete, los Greyjoy han ido a la guerra por razones más estúpidas.
-Exacto, es por eso que temo que el Oeste sea atacado. Balon Greyjoy es un imbécil, pero un imbécil orgulloso. Cuando se entere que uno de mis vasallos asesinó a su hijo…
No era necesario que su padre completara su frase. "Arrasará con todo lo que pueda arrasar para vengarse", pensó Jaime preocupado.
- ¿Entonces las Islas de Hierro también están en guerra con nosotros?
-Por el momento no, pero eso puede cambiar en cualquier instante. Ordené a la guardia de Lannisport que triplicaran las patrullas, pero eso no será suficiente si la Flota del Hierro ataca la ciudad.
-No, no lo será. –respondió Jaime, recordando cómo había quedado la ciudad tras la batalla al inicio de la Rebelión Greyjoy. Casi se reía por lo desesperado de su situación. –Entonces ahora nos estamos enfrentado al Norte, el Valle, las Tierras de los Ríos y las Islas de Hierro. ¿De verdad aún crees que podemos ganar esta guerra, padre?
Las facciones de Lord Tywin se movieron casi imperceptiblemente. En otra persona hubiera sido un movimiento sin la menor importancia, pero en su señor padre era algo más.
Era casi el equivalente a una sonrisa.
-Piensa en lo que te dije. Los Greyjoy podrían atacar en cualquier momento el Oeste, ¿acaso eso no hace que sea aún más tentador atacar la capital para los norteños?
-Si. –admitió Jaime, confundido. – Si, lo es.
- ¿Entonces por qué crees que no estoy tan preocupado como debería estarlo?
"Porque siempre mantienes esa expresión impasible que no deja saber lo que estás pensando." pensó Jaime, sabiendo que no podía responder eso. Se esforzó para intentar pensar en otra posibilidad.
-Porque… porque… -murmuró, tratando de ganar tiempo mientras su padre lo observaba impacientemente.
"Los norteños nos ganan en número, la única forma de poder contrarrestar eso es consiguiendo más hombres, pero el Oeste ya está exhausto. Si queremos más hombres tenemos que contratar mercenarios… o conseguir aliados.
-Porque lograste aliarnos con alguien, probablemente Dorne o el Dominio. –respondió, intentando aparentar seguridad. Casi suspiró de alivio cuando su padre asintió.
-El abuelo de Baelish era un mercenario braavosi sin la menor importancia, pero su nieto nos ha ayudado más que cualquier noble en esta guerra. –murmuró Lord Tywin. –Los Tyrell se acercan a la capital mientras hablamos, buscando casar a la hija de Lord Mace con Joffrey.
"Pobre niña, no sabe en qué se está metiendo" pensó Jaime casi con lastima.
-Parece que a Mace Tyrell le atrae el poder casi tanto como la comida. No hay otro motivo que se me ocurra de porque se uniría a nosotros, sabiendo que tenemos todo en contra.
"Y sobre todo sabiendo que esa niña es la viuda de Renly Baratheon, una traidora si somos estrictos."
-Los Tyrell están desesperados por tener a alguien de su sangre en el Trono de Hierro, fue por eso que se unieron a Renly al principio y ahora lo hacen con nosotros. Deben hacerlo si quieren que sus vasallos les sigan siendo fieles.
-¿Por qué?
-Viejas rencillas entre ellos y las otras familias del Dominio. Cuando los Targaryen extinguieron a los Gardener en el Campo de Fuego, muchas otras familias poseían sangre del viejo Manoverde en sus venas y creían que Altojardín pasaría a su poder, por lo que hasta el día de hoy miran con recelo a los Tyrell por haber conseguido ese honor… y no dudarán un instante en atacarlos por la espalda si eso significa arrebatarles Altojardín de una vez por todas.
- ¿Por eso los Florent se unieron a Stannis? –preguntó, recordando a los muchos soldados con el blasón del zorro a los que había combatido (y matado) en la batalla.
-Sí, pero ellos no eran los únicos que querían rebelarse. Los señores Tarly, Rowan y Oakheart pueden haber permanecido fieles a Altojardín cuando tuvieron que elegir entre Lord Tyrell y Stannis, pero Lord Mace sabe que eso no significa que harán lo mismo si se les vuelve a presentar una oportunidad parecida.
"No, al final el juego de trono nunca se detiene. No mientras siga habiendo hombres que ambicionan más de lo que tienen."
-Espero que la hija de Mace Tyrell sea del agrado de Joffrey entonces. –murmuró cansando.
-No es necesario que lo sea, Joffrey tendrá que cumplir con su deber de todos modos.
-Lo sé padre, pero ese deber es mucho más fácil de cumplir cuando hay… entendimiento entre los novios.
-Me complace saber que estás pensando sobre cuando un deber es más fácil de cumplir. –dijo Lord Tywin bruscamente, como queriendo terminar con la conversación. –Espero que sepas hacerlo cuando sea tu turno.
- ¿Cuándo sea mi turno de qué?
-De cumplir tu deber con tu familia, casándote.. –replicó su padre. –No podrás permanecer soltero toda tu vida. Necesitas un hijo que herede Roca Casterly cuando el Desconocido nos lleve a nosotros.
-No he dicho que vaya a dejar la Guardia Real todavía. –respondió Jaime, intentando sonar más convencido de lo que realmente estaba, mientras Lord Tywin arqueaba una ceja.
- ¿Y no lo harás? –preguntó fríamente.
Jaime estaba tentado de decir que no, que no lo haría jamás. Casi quería hacerlo solo para ver que reacción tendría su padre, demostrarle que no siempre tenía razón y que sus hijos no eran solo piezas de sitrang que se limitaban a hacer lo que él quería.
Pero la verdad ya no quería quedarse en la Guardia Real, no si eso significaba limitar su vida a arriesgarla por alguien que no era mejor que Aerys. Además, ya había cumplido su juramento. Había entregado su vida defendiendo a Joffrey de sus enemigos. Si los dioses realmente existían ya debían estar satisfechos con lo que había hecho.
"Por supuesto que los dioses existen, es gracias a ellos que estás conversando con tu padre cuando una espada te atravesó el corazón hace tres días… El problema es saber cuál es el dios que realmente existe."
-No lo sé. –respondió finalmente. –Acabo de despertar después de haber estado inconsciente por varios días, necesito recuperarme un poco más antes de decidir algo así.
Su padre se quedó estudiándolo en silencio por unos segundos, como si estuviera decidiendo si creerle o no. Jaime estaba a punto de añadir algo más cuando Lord Tywin se levantó de la silla en la que estaba sentado.
-Te dejaré descansar… por ahora. Pero debes tener algo claro Jaime, no puedes escapar del deber a tu familia por siempre. Te equivocaste hace veinte años al aceptar esa capa blanca, no vuelvas a cometer un error parecido.
-No lo haré. –prometió, con lo que su padre asintió satisfecho. Estaba comenzando a dirigirse a la puerta cuando se detuvo para mirarlo sobre el hombro.
-Supongo que pese a estar tan cansado, no tendrás problema en recibir a tu hermano. Ahora está durmiendo, pero apenas ha dejado esta habitación los últimos días.
"Tyrion" pensó con cariño. Sin embargo, pronto lo asaltó una duda "El me vio muerto, ¿qué pensará de mí ahora?"
-No, no tendré problema en recibirlo. –murmuró pensativamente. Su padre asintió antes de salir finalmente.
-Ordenaré que te traigan algo de comer. Debes estar hambriento después de dormir tanto. –murmuró antes de desaparecer tras la puerta.
"Si, tengo hambre… pero no de comida." pensó, apretando fuertemente su mano de la espada.
Pasaron varios minutos antes de que Tyrion apareciera, los cuales Jaime aprovechó para ordenar sus pensamientos y comenzar a pensar en los siguientes pasos a tomar.
Habían pasado muchas cosas en los últimos días. Stannis estaba muerto, pero la guerra en vez de acercarse se había alejado de su final. Por una parte, era bueno para su familia, ya que ahora tenían una posibilidad real de terminar ganándola… pero aun así era algo malo para el reino. Una guerra que no debería haberse extendido más allá de unos meses ya llevaba medio año y seguía creciendo.
Ni los Tyrell ni Meñique le inspiraban la menor confianza. Es cierto que debía ver en persona a los primeros antes de confirmar sus creencias, pero sobre Baelish… era una sanguijuela. No les había conseguido la alianza con Altojardín solo por amor al oro o lealtad a Joffrey, ni siquiera por temor a Lord Tywin como Pycelle. Estaba claro que Meñique estaba jugando su propio juego… donde tanto los Lannister, los Tyrell e incluso los Stark eran solo piezas.
Varys era otra persona que tenía tanto poder como intenciones desconocidas, pero extrañamente a Jaime no le causaba tanta desconfianza como Meñique. Quizás era porque lo conocía desde el reinado de Aerys, donde había sido un espía eficiente… quizás demasiado eficiente considerando lo paranoico que estaba el Targaryen en sus últimos días. Pero bueno, Aerys estaba loco desde antes de tomar al eunuco a su servicio. Era injusto culparlo de algo que no había causado. Además, si quisiera traicionarlos hace mucho que lo hubiera hecho.
Estaba pensando en ello cuando Tyrion entró a su habitación. Tras observarlo por un instante con los ojos muy abiertos se tiró a sus brazos, como cuando era un niño pequeño y Jaime visitaba la Roca tras una temporada sirviendo como escudero fuera de ella.
-Por los dioses hermanito, suéltame antes de que me rompas algún hueso. -dijo entre risas.
-Creo que no exagero cuando digo que te han pasado cosas peores. -respondió Tyrion, medio en broma y medio en serio. Aun así, lo soltó y se paró a un lado de su cama. - ¿Cómo te sientes?
-Algo cansado, pero bien.
-¿No te duele nada?
-Nada, es casi como si la batalla nunca hubiera pasado. -respondió, preocupado por el rumbo que estaba tomando la conversación. Pero bueno, obviamente eso era lo que Tyrion quería hacer.
-Aunque todavía no puedo creerlo completamente, ambos sabemos lo que pasó Jaime. No es necesario que le demos más rodeos. -respondió su hermanito, casi impacientemente. -¿Puedes abrirte la camisa para ver tu herida?
Jaime asintió y procedió a hacerlo. La cicatriz de la herida estaba ahí, en medio de su pecho, pero parecía más la cicatriz de una herida que llevaba cerrada años, no tres días.
-La espada de Stannis era el triple de ancha que esta cicatriz.
-Y yo mismo te la arranqué del pecho, Thoros de Myr y Ser Balon Swann son testigos. -respondió Tyrion, moviendo la cabeza de un lado al otro. -Realmente pasó. No puedo creerlo.
-Recordaba a Thoros, pero no a Balon Swann. ¿Quién más me vio antes… antes de… -preguntó Jaime, mientras se cerraba la camisa nerviosamente.
- ¿Antes de resucitar? -sugirió su hermano. -No, solo ellos dos estaban cerca de mí… y tu cuerpo. Algunos guardias te vieron antes de que Ser Balon los alejara, pero pudimos convencerlos de que solo estabas inconsciente. ¿De todos modos quién les creería si dijeran que estabas muerto y resucitaste? Los tomarían por locos.
-Y tú, ¿qué es lo que crees? -preguntó Jaime, mientras un miedo súbito le atacaba - ¿Crees que soy un… crees que soy una especie de monstruo?
"En las leyendas solo los Otros podían levantar a los muertos… y los ocupaban para matar a los vivos." pensó nervioso, justo antes de recordar otra cosa. Más específicamente recordó el sueño que había tenido antes de la batalla, donde Rhaegar se había levantado convertido en un Otro. En el sueño, la espada de hielo del espectro le había atravesado el pecho en el mismo lugar donde la de Stannis lo había hecho.
"¿Es una señal?"
-Por supuesto que no. -respondió su hermano inmediatamente. -Eres muchas cosas Jaime, eres arrogante, orgulloso y valiente al punto de que casi eres estúpido… pero no eres un monstruo. Te lo dice alguien que si lo es.
"Nuestro padre y yo somos los monstruos Tyrion, no tú." Aun así, sonrío frente a las palabras de su hermano.
- ¿Entonces qué es lo que soy? -preguntó, observándose las palmas de sus manos. Las sentía cálidas y completamente vivas, como si nunca hubieran quedado inertes y frías aquella noche junto al cuerpo de Stannis. La sangre corría fuertemente por sus venas, como si nunca se hubiera desangrado por las docenas de cortes que había recibido en la batalla. ¿Cómo podía ser posible?
-Eres mi hermano, la persona a la que más quiero en el mundo. -respondió Tyrion, seguro. - Eres alguien a quién le pasó algo horrible, pero que ahora tiene una segunda oportunidad. No tengo idea quién fue el que te la dio, pero debe haber sido por algo. Cosas así no suceden porque sí.
-¿Qué demonios te pasa Tyrion? ¿Desde cuando eres tan creyente? -dijo medio en serio y medio en broma.
-Desde que vi a mi hermano resucitar. Créeme, ver algo así te hace ver las cosas de una manera diferente. -respondió Tyrion, buscando con la mirada algo en la habitación. – Veo que padre escondió el vino. Lástima, necesito un trago.
-Dijo que ordenaría que me trajeran comida, cuando lo hagan podrás pedir algo de vino. -murmuró ausentemente, pensando en otras cosas. Más específicamente, en lobos y leones. - ¿Cómo está Sansa? ¿Y Myrcella y Tommen? Mi padre no me contó muchas cosas antes de irse…
-Tommen y Myrcella están bien, estuvieron toda la batalla seguros en el Torreón de Maegor y afortunadamente los hombres de Stannis no lograron siquiera acercarse a la Fortaleza Roja antes que… bueno, antes que Cersei convirtiera a la mitad de la ciudad en un infierno verde.
Sintió un nuevo escalofrío frente a esas palabras, pero se mantuvo impasible. - ¿Y Sansa? -dijo finalmente.
Tyrion suspiró antes de responder. -Está tan bien como puede estarlo, lo que la verdad no es mucho. Aunque no ha dicho nada, está claro que tenía la esperanza de que Stannis ganaría la batalla, terminando con la guerra y su cautiverio. Pobre pajarito, no sabe que si Stannis ganaba también la iba a mantener como rehén para obligar a su hermano a doblar la rodilla.
-Pero si Stark lo hacía y le juraba fidelidad, Stannis la hubiera liberado. -replicó Jaime, moviendo la cabeza de un lado al otro. -En cambio padre y nuestro querido Joffrey jamás permitirán algo así.
-No, no lo permitirán. -murmuró Tyrion tristemente. – Por los dioses, a la pobre Sansa se le viene una larga temporada en Desembarco del Rey donde tendrá que seguir soportando a nuestro real sobrino y a nuestra bondadosa hermana.
-Padre me mencionó que había querido casarla con Tyrek. -murmuró Jaime, apretando la mano de la espada al recordar a su difunto sobrino.
- ¿Para tener a un Lannister como futuro Señor de Invernalia? -preguntó su hermano incrédulamente. - ¿Acaso su ambición no tiene límites?
-Lo dudo, pero aun así creo que hubiera sido algo bueno para ella. Tyrek era un buen chico, la hubiera protegido de Joffrey… pero bueno, otra cosa que debemos agradecer a Stannis por arruinarla.
Tyrion no continuó inmediatamente la conversación. Permaneció en silencio por unos segundos mientras pensaba muy concentrado en algo que Jaime no lograba adivinar. Abrió ampliamente sus dispares ojos un instante antes de volver a hablar.
-¿Padre te contó que es lo que va a hacer con Sansa ahora que Tyrek está muerto?
-No, no lo hizo. ¿Por qué preguntas?
-Porque si conozco a nuestro señor padre, y creo que lo hago, dudo que haya abandonado la idea de sentar a un Lannister en el trono de Invernalia.
-Yo tampoco lo creo, pero ¿qué podemos hacer? -dijo Jaime, encogiéndose de hombros. -Además pasará tiempo antes de que pueda hacerlo. Lancel y Tyrek están muertos, Joffrey va a casarse con la hija de Lord Tyrell y los gemelos de nuestro tío Kevan están en el Oeste. El único Lannister en Desembarco que tiene una edad cercana a la de Sansa es Tommen y faltan varios años antes de que pueda consumar un matrimonio.
- ¿Y quién dice que tiene que ser un Lannister con una edad cercana a la de Sansa? -replicó Tyrion - ¿De verdad crees que nuestro padre se preocuparía de un detalle como ese cuando el premio es el Norte completo?
-No, la verdad es que no. -admitió el guardia real. Ahora fue él quien abrió ampliamente los ojos antes de seguir hablando. -Pero entonces eso significa que…
-Sí, significa que hay dos hombres a los que nuestro padre puede obligar ahora mismo a casarse con Sansa. Yo… y tú.
"Pero si es poco más que una niña" pensó con lástima. La única mujer a la que Jaime había deseado en su vida era a Cersei, pensar en Sansa Stark reemplazándola era... grotesco.
-No lo haré. -murmuró.
-Yo tampoco quiero hacerlo, pero ¿cómo podríamos evitarlo? Él no es solo nuestro padre, también es Mano del Rey y Señor de Occidente.
-Me importa una mierda que sea nuestro señor. No podemos ni vamos a aceptar una orden así.
-No lo sé Jaime, quizás tu puedes hacerlo, yo en cambio… -murmuró un inseguro y casi triste Tyrion.
"Está recordando lo que pasó con su esposa" pensó Jaime con horror. La culpa lo golpeó de tal forma que le costó respirar por un instante. Si, su padre era quien lo había obligado a participar en aquella monstruosidad, pero eso no significaba que él era menos culpable. Pudo haberse negado… y el no haberlo hecho le atormentaría por el resto de sus días.
"No permitiré que te vuelvan a hacer algo así."
Y entonces se le ocurrió, una forma de evitarle una nueva pesadilla a Tyrion, alejarse de Cersei y quizás incluso adelantar el final de la guerra. Un plan ambicioso, si, y cuyo éxito dependía tanto del esfuerzo propio y de otras personas… como de suerte.
Pero bueno, los dioses le habían dado una segunda oportunidad para algo, ¿no?
-No tendrás que hacerlo Tyrion, te lo prometo. -juró Jaime, mirando fijamente a su hermano. -Ha llegado el momento.
-¿El momento de qué? -preguntó su hermano.
Odiaba parafrasear a su padre, pero hasta él debía admitir que sonaba bien.
-El momento de dejar de ser una simple espada… y convertirme en Jaime Lannister.
-*-*-*-*.
Rocadragón - cuatro días después de la Batalla del Aguasnegras.
MONFORD
- ¡El Señor de la Luz necesita este sacrificio! -gritó la reina Selyse.
- ¡El Señor de la Luz no existe! ¡Y si lo hace no le importamos! -respondió Ser Davos Seaworth, también gritando.
La muchedumbre que se había reunido alrededor de la Mesa Pintada amenazaba con desenfundar las espadas y lanzarse a las gargantas de los otros en cualquier momento.
Había dos grupos bien marcados, por una parte estaba la Reina, su familia y los pocos creyentes de R'hllor que aún quedaban en la isla; y por la otra el Caballero de la Cebolla y sus hijos, el propio Monford, su hermano Aurane, los Caron y la mayoría de los señores que habían sobrevivido a la batalla del Aguasnegras.
Los fieles no eran más de un tercio de los presentes, pero eso no hacía que se comportaran cautelosamente. Si bien Lord Florent había muerto en la batalla, sus espadas ahora le eran fieles a su hermano.
- ¡Eres un maldito hereje Seaworth! ¡Siempre lo fuiste! ¡Un contrabandista hereje y traidor! -gritó Ser Axell Florent, tío de la reina y castellano de Rocadragón.
-Quizás sea un hereje para tu falso Dios Rojo, pero no fui ni seré jamás un traidor. Moriría antes de serlo. -exclamó Seaworth, siendo apoyado por sus hijos y varios de los presentes.
-Las palabras se las lleva el viento, caballero de la cebolla. Dices que no eres un traidor, ¡¿Por qué no obedeces mis órdenes entonces?! -gritó la reina.
-Porque fui fiel al rey Stannis y ahora soy fiel a su hija, no a vos mi señora.
-¡Shireen es una niña! ¡Yo soy su regente y me debes obediencia! -gritó una furiosa Selyse, siendo apoyada por sus familiares.
-¡Pensaba hacerlo hasta que su majestad comenzó a hablar sobre quemar niños en nombre de R'hllor! Si vuestro dios rojo es tan poderoso, ¿dónde estuvo cuando Jaime Lannister mató a nuestro rey? -replicó Ser Davos, también gritando. – Si vuestro dios de verdad apoya nuestra causa, ¿Por qué Lady Melisandre desapareció tras su muerte? ¡¿Dónde está la sacerdotisa roja ahora, cuando más la necesitamos?!
Sus gritos fueron apoyados la mayoría los presentes, e incluso los más fieles a R'hllor dudaron frente a las palabras del contrabandista. Pero bueno, era casi imposible no hacerlo considerando la verdad que había en ellas.
Porque cuando los barcos que transportaban a los restos del ejército de Stannis volvieron a Rocadragón, lo hicieron para descubrir que Melisandre de Asshai había desaparecido de la isla.
"Convenció a Stannis de que era el Último Héroe y cuando se dio cuenta que se había equivocado huyó como una rata lo hace de un barco hundiéndose… patético." pensó el Señor de Marcaderiva con asco.
-¡Melisandre era solo una mensajera! ¡No la necesitamos para abrazar los regalos del Señor de la Luz! -gritó Selyse, con los ojos desorbitados reflejando locura. -¡Lo único que necesitamos es un sacrificio! ¡Sangre real a cambio del regalo de un dios!
-Por los Siete, ¡estás hablando de quemar vivo a un niño de la edad de tu hija!
- ¡Solo es un bastardo! ¿Qué es su vida en comparación a todo lo que podríamos ganar?
Y ahí estaba el conflicto. Edric Tormenta era la viva imagen de Robert Baratheon cuando tenía su edad salvo por sus orejas Florent. El bastardo real había sido criado en Bastión de Tormentas por su tío Renly, pero había sido tomado prisionero cuando la fortaleza había caído tras la muerte del falso rey Baratheon. Desde entonces que había sido recluido en un calabozo de Rocadragón, solo pudiendo salir a pasar de vez en cuando al Jardín de Aegon.
Algunos podían creer que la conducta de Stannis hacia su sobrino bastardo era para mantener la lealtad de aquellos Señores de la Tormenta que querían al chiquillo, pero en realidad era por razones mucho más oscuras. Razones relacionadas con cierta portadora de sombras de Asshai… y magia de sangre.
Stannis no había cedido a las suplicas de Melisandre sobre sacrificar al bastardo, pero su viuda era una persona completamente diferente.
"Completamente loca más bien."
- ¡No sacrificarás a nadie, no estamos en Essos! ¡Estamos en Poniente y los Siete no aceptan los sacrificios humanos! respondió Ser Davos, apretando una bolsita que colgaba de su cuello con la mano sana.
- ¿Y cómo evitarás que lo haga, caballero de la cebolla? Mi tío es el castellano de Rocadragón y la guardia solo le obedece a él. -replicó la reina, sonriendo extasiada de locura.
-Ser Davos no está solo. -dijo tranquilamente Monford, sin mover un músculo.
No ocurrió lo mismo con sus acompañantes, porque tanto Aurane como los Caron desenvainaron sus armas para confirmar sus palabras. Tal acción fue replicada por Ser Axel Florent y otros hombres de la Reina. No importaba, los seis o siete mil hombres que habían sobrevivido al Aguasnegras odiaban al Dios Rojo tanto como él… y superaban ampliamente a los fieles y a la guardia de Rocadragón.
- ¡Traidores! ¡Todos son traidores! -gritó el obeso Florent, rojo por la rabia y el esfuerzo.
- ¿Desobedecerán las ordenes de su Reina? -preguntó su sobrina.
-Usted no es la reina, y tampoco habla en su nombre. -replicó Monford.
- ¿Y quién lo hace Velaryon? ¿Tú? -pregunto Ser Axell.
"Si tengo éxito, sí."
-Es suficiente Florent, o juráis quedaros tranquilos y dejar de planear sacrificios humanos… o cualquiera que tenga un zorro en el jubón pasará esta noche en los calabozos. Es vuestra decisión.
Hubiera jurado que Ser Axell comenzó a hincharse tras sus palabras, Monford comenzó a desplazar lentamente su mano hacia la empuñadura de su espada, pero antes de que pudiera hacerlo la Reina Selyse agarró del antebrazo a su tío, acercándolo para susurrarle algo al oído.
Nadie aparte de los dos pudo escuchar lo que le dijo, pero cuando se separaron Selyse sorpresivamente aparentaba calma, como si nada hubiese pasado. Su tío en cambio mantenía una expresión de furia apenas contenida.
-Lo haremos… por ahora. -respondió la Reina, antes de comenzar a caminar afuera de la habitación seguida por su tío y sus hombres.
La tensión desapareció junto con los Florent, pero aun así Monford siguió mirando la salida mucho después de que el último zorro hubiese salido.
"¿Qué está planeando ahora?"
Dejó de pensar en ello cuando Ser Davos comenzó a hablarle.
-Gracias. -murmuró el antiguo contrabandista.
-Solo estoy impidiendo que los Florent aprovechen que nuestra Reina es una niña para satisfacer sus ambiciones, contrabandista, nada más. -replicó el Velaryon, el que sin embargo asintió frente a las palabras del caballero.
"Evito que lo hagan para poder cumplir mis propias ambiciones."
-Lo sé mi señor, pero no cualquiera hubiera actuado como vos. Muchos de los hombres de la reina Selyse la siguen con la esperanza de ganar su simpatía, buscando que ello les gane indirectamente el favor de la propia Reina Shireen.
-Haré todo en mi poder para evitar que la Reina caiga en las garras de su madre, esa mujer está loca y nos llevará a todos a los Siete Infiernos si acatamos sus decisiones.
-Coincido plenamente mi señor, pero hay muchos en Rocadragón que no lo hacen. Temo que estén planeando asesinar a aquellos que pensamos como vos o yo para despejar el camino de la Reina al poder.
"El poder sobre ocho mil hombres, cien barcos y un poco de tierra aquí y allá. No mucho… pero aun así demasiado para una fanática religiosa."
-No dejaremos que lo hagan.
- ¿Cómo? No podemos apresar a todos los hombres de Selyse y los Florent. Pese a todas sus amenazas todavía no han hecho nada.
-Es sencillo, les quitaremos aquello que les da poder en primer lugar. -respondió el Señor de Marcaderiva, seguro. - ¿Dónde está nuestra pequeña Reina Shireen?
-En la Torre del Dragón Marino, en las habitaciones de su padre. Casi no ha salido de ellas desde que se enteró de… lo que pasó en la batalla. -Ser Davos pronunció inseguro sus últimas palabras y miró al Velaryon antes de continuar. - ¿De verdad fue Jaime Lannister quién lo hizo?
-Sí, lo vi con mis propios ojos. El Matarreyes hizo honor a su título. -escupió con desprecio.
La verdad no era alguien que había apreciado particularmente a Stannis Baratheon, pero ni en el peor de los casos había esperado que muriera tan sorpresivamente… y lo que era peor, perdiendo también la batalla. Ahora Monford y su familia estaban en el bando perdedor y tenía que moverse rápidamente si no quería sufrir el mismo destino que su padre había sufrido con la caída de los Targaryen.
-Todo es culpa de esa maldita bruja, si Stannis no le hubiera hecho caso podríamos habernos aliado con el Valle y el Norte y haber destrozado a los Lannister en el campo de batalla antes de siquiera tratar de tomar la ciudad. -murmuró un furioso Ser Davos, apretando nuevamente la bolsita que le colgaba del cuello.
-Sí, pero lo peor es que pese a haber desaparecido sigue causándonos problemas. Lady Selyse y su familia son el ejemplo más claro. -replicó Monford, moviendo la cabeza de un lado al otro. -Pero bueno, menos lamentos y más acción.
Estudió un instante al contrabandista antes de seguir hablando. Ser Davos se veía agotado e incluso un poco triste por todo lo que había sucedido los últimos días, pero aun así su espíritu aún no estaba roto. Le sería útil para sus planes.
-Debemos separar a Shireen de su madre, Ser Davos. Es la única forma de asegurarnos que los Florent no causarán más problemas.
-Lady Selyse nunca lo permitirá. -respondió el contrabandista casi automáticamente.
-No… por eso debemos hacerlo por la fuerza. Lord Caron y Lord Celtigar harán caso a lo que les diga y quizás también podré conseguir a los hombres del resto de los señores del Mar Angosto. Si me apoyáis quizá podremos convencer a algunos señores de la Tormenta para que nos apoyen. Con sus hombres no habrá forma en la que Selyse pueda resistirnos.
-Es demasiado peligroso hacer algo así. Temo por la vida de Shireen si desenfundamos las espadas para pelear dentro del propio castillo.
-¡Reacciona Seaworth! ¡La vida de la Reina ya está en peligro! ¡Los Lannister la quieren muerta y su madre es una fanática religiosa que quiere quemar vivos a niños! -dijo el Velaryon, casi furioso.
Sus palabras parecieron hacer efecto, porque Ser Davos pestañeo un instante y cambió la expresión de su cara por una de determinación.
-Entonces debemos actuar lo antes posible.
-Que sea ahora mismo. Ordenaré a mi hermano que prepare a los hombres de mi guardia mientras voy a hablar con el resto de los señores que no están del lado de Selyse. Haced lo mismo con los Señores de la Tormenta. Nos encontraremos en dos horas a los pies de la Torre del Dragón Marino.
-Rezó a los Siete porque tengáis razón, mi señor. Nos vemos en dos horas. -murmuró el contrabandista antes de comenzar a caminar en dirección contraria.
"Yo también rezo por ello, Ser Davos" pensó el Velaryon, observando la bahía del Aguasnegras por una de las ventanas del castillo.
En menos de una hora Aurane y medio centenar de hombres Velaryon ya estaban armados y listos para pelear, Monford les ordenó que se mantuvieran ocultos a los ojos del resto del castillo para evitar alertar a los Florent sobre lo que iba a suceder. Mientras tanto, el Señor de Marcaderiva caminó acompañado por un par de guardias hacia los barcos donde se encontraban Rolland Tormenta y Lord Celtigar, dos hombres en los que podía confiar para lo que planeaba hacer.
El viejo Lord Celtigar puso algunos reparos, pero finalmente confirmó su apoyo cuando Monford le mencionó los planes de Selyse de quemar vivo al bastardo de Robert Baratheon. El religioso señor de Isla Zarpa consideró que eso era la gota que había colmado el vaso y que había llegado el momento de actuar para proteger a Poniente de aquel Dios Rojo, mandando a la mitad de sus hombres a unirse a los de Marcaderiva.
Monford se sorprendió cuando encontró a Rolland Tormenta ya armado y listo para pelear. El bastardo de Nocturnia era de por si un hombre belicoso, pero eso no era la única razón que justificaba estar así de preparado.
La otra razón es que Rocadragón ya apestaba a sangre.
-Los Florent se han estado moviendo. - advirtió Lord Bryce Caron cuando entró a la habitación donde su hermano bastardo y Monford estaban hablando. El Señor de Nocturnia cojeaba levemente de una pierna herida en el Aguasnegras, pero también ya estaba listo para pelear.
-Nosotros también. -replicó el Velaryon.
-Así veo, pero aun así debemos actuar lo más rápido posible si no queremos que nos tomen por sorpresa.
-Mis hombres y los de Lord Celtigar están esperando la señal para actuar. En una hora, tomaremos la Torre del Dragón Marino para rescatar a la Reina Shireen de las manos de los Florent.
- ¿Y por qué rescataremos a la Reina de su propia familia?
-Porque su familia, y especialmente su madre… están locos.
Lord Caron pensó un segundo sus palabras antes de asentir.
-Cuentas con mis hombres, Monford. Solo ruego a los Siete que estemos actuando bien.
-Pronto lo averiguaremos. -replicó el Velaryon.
La siguiente hora avanzó aún más rápidamente. No tuvo mucho éxito consiguiendo más hombres, ya que Bar Emmon era un cobarde y los Massey estaban de parte de Selyse. Los únicos que pudo conseguir fueron los hombres de la Casa Sunglass, cuyo señor había sido quemado vivo por Melisandre al principio de la guerra y ahora clamaban por venganza contra los seguidores del Dios Rojo.
Llegado el momento, partió con sus hombres y aliados hacia el punto de reunión. Desarmaron a los Florent con los que se encontraron en el camino, pero fueron pocos… demasiado pocos.
"Creía que Selyse iba a tener a todas las espadas de su familia custodiando a Shireen."
Se encontró con el Caballero de la Cebolla a los pies de la torre, acompañado de un variopinto sequito de hombres de la tormenta. Si se era sincero Seaworth había tenido más éxito del que Monford había esperado.
-Logré convencer a los Estermont, los Selmy, los Morrigen y a los Swann. No alcance a hablar con los Grandison, pero creo que también me hubieran apoyado. -murmuró Ser Davos, casi decepcionado.
-Con ellos es suficiente. -respondió Lord Velaryon, mientras observaba las escaleras que subían la torre que debían tomar. No se veía un solo Florent a la vista.
-Es extraño. -murmuró, pensativo.
- ¿Qué no hayan más guardias? Sí, pienso lo mismo. -respondió Ser Davos tras el asentimiento del Velaryon. -Pero bueno, mientras menos sangre derramada haya, mejor.
"Tendremos que derramar sangre Florent tarde o temprano, contrabandista. No seas ingenuo."
-No esperemos más. Avancemos.
El Señor de Marcaderiva comenzó a subir las escaleras, acompañado por su hermano Aurane, Ser Davos, Rolland Tormenta y una veintena de curtidos veteranos del Aguasnegras. El resto les esperaría abajo, preparados para repeler a cualquier hombre de Selyse que se acercara a la torre.
La noche había caído y la piedra negra con la que el castillo Targaryen había sido construido estaba más oscura que nunca, al punto que casi parecía que las paredes absorbían la luz de las antorchas que los hombres llevaban. No se podía escuchar ningún sonido excepto el del mar a lo lejos y el de las pisadas de los hombres subiendo los escalones.
Nadie los molestó hasta que llegaron al último piso, donde se encontraban las puertas a las habitaciones del difunto Rey Stannis. Se suponía que Shireen estaba dentro de ellas, pero lo único que Monford podía ver era una puerta… y a la media docena de guardias Florent que la custodiaban.
-La Reina Madre dijo que vendrían por su hija. -murmuró el aparente líder de los guardias, un hombre canoso pero atlético cuya mirada irradiaba la misma locura de los ojos de Selyse.
"Un fanático" pensó el Velaryon, aferrando con fuerza espada.
-Soltad las armas y no les haremos nada. Les juro por el honor de mi Casa que no pretendemos dañar a la Reina Shireen, todo lo que estamos haciendo es por su propio bien. -anunció con su voz de señor, sabiendo que era inútil convencer a un fanático.
-Me cago en el honor de vuestra familia, hereje. Preparaos para morir. -replicó el guardia, poniéndose un yelmo.
-Los triplicamos en número. No hay forma en la que puedan vencer, no seas tonto. -trató de razonar Ser Davos.
-El Señor de la Luz dirige mi espada, contrabandista. No tengo nada que temer. -respondió el mismo guardia, antes de sonreír. -En cambio vos… tenéis mucho que temer, hereje.
El Florent se lanzó hacia adelante apenas terminó de hablar, sus hombres imitándole un segundo después. El veterano fue directamente a atacar a Monford, quién logró recibir su golpe con cierta dificultad. El guardia iba a atacarlo nuevamente, pero antes de ello punta una espada se asomó por su pecho. La miró por un instante con sorpresa… antes de escupir sangre y caer al suelo, muriendo en pocos segundos.
Al caer, su asesino quedó a la vista. Ser Rolland Tormenta miró con desprecio al cadáver antes de limpiar su espada en su capa.
-Tan viejo y tan charlatán, no entiendo como nadie lo había matado antes.
El resto de los Florent murieron tan rápido como su líder, incapaces de resistir a veteranos del Aguasnegras que los triplicaban en número. Cuando el último de los guardias paró de respirar, Lord Velaryon caminó entre sus cadáveres para llegar a la puerta que daba a las habitaciones donde estaba Shireen.
-Podría haber más Florent adentro. -murmuró Aurane mientras limpiaba su espada.
-También los mataremos. -replicó Monford.
Pero las únicas personas dentro de la habitación eran la propia Reina y su bufón.
-Bajo el mar, los peces cabalgan a lomos de caballos como el de vuestro jubón. Lo sé, lo sé, je je je. -murmuró el bufón mientras observaba a Monford con una mirada que reflejaba un evidente retraso mental.
- ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué están haciendo aquí? -preguntó la Reina Shireen, con una mezcla de miedo y sorpresa.
-Mi reina… -comenzó a decir el Velaryon, paralizado un momento al ver la cara marcada por psoriagrís de la niña.
-Shireen. -dijo Ser Davos, avanzando entre los hombres para acercarse a la muchacha.
- ¡Ser Davos! -dijo Shireen con evidente alivio. -Escuché gritos afuera, ¿Qué pasó? ¿Qué hacen estos hombres aquí?
-Shireen, yo y estos hombres venimos a rescatarte. Tu Axell ha estado cosas malas y estamos aquí para evitar que las siga haciendo. -respondió el caballero, tratando de calmar a la reina.
- ¿Mi tío Axell? -dijo la muchacha con sorpresa. -No entiendo, mi madre dijo que estaba ayudándola a ganar la guerra. ¿Qué es lo que estaba haciendo?
-Cosas malas mi reina, pero eso no es lo peor. -respondió Monford, tratando de ocupar el mismo tono de voz que ocupaba cuando necesitaba que Monterys le hiciera caso. -Vuestra madre… vuestra madre fue engañada por vuestro tío para que le ayudara a hacer esas cosas malas.
En realidad, Lady Selyse era aún más fanática del dios rojo que su tío… pero no le iba a decir eso a su hija. No ahora por lo menos.
- ¿Engañada? -preguntó Shireen, confundida.
-Si Shireen, engañada. Estamos haciendo lo que podemos para que vuelva a sus sentidos, es por eso que estamos aquí. -respondió Ser Davos dulcemente.
-Eso… eso explica por qué estaba tan extraña. -murmuró la muchacha, pensativa.
-¿Por qué lo decís mi reina? ¿Qué hizo vuestra madre? -preguntó Monford, tenso frente a la posible respuesta.
-Comenzó a hablar de dioses y dragones, y sobre que necesitaba sangre para despertarlos y poder… poder vengar a padre. -respondió, bajando la vista al decir lo último.
-Vengaremos a vuestro padre, mi reina. Pero no necesitamos magia o sangre para hacerlo. Prometo que haremos que vuestro tío no seguirá tratando de convencer a vuestra madre de hacer esas cosas -dijo el Caballero de la Cebolla.
-Pero Ser Davos, no lo entiendo. -murmuró la niña.
- ¿Qué es lo que no entiendes? -preguntó el susodicho, no sin un poco de dulzura.
-Lo que decís de mi madre. Ella no está decidiendo si hace o no esa cosa… ella ya lo está haciendo. Es por eso que se llevó a los guardias y me dejó sola con Caramanchada. -respondió Shireen, casi con temor.
Sus palabras paralizaron a los presentes por unos instantes.
- ¿Qué… que dijiste Shireen? -preguntó finalmente Ser Davos, rompiendo el hechizo.
-Después de hablarme de la sangre y los dragones, me dio un beso y me dijo que fuera fuerte. Después de eso partió de la torre con casi todos nuestros guardias. -repitió la niña con aún más temor.
"No"
-Mi reina, ¿vuestra madre dijo dónde iba a ir?
-Dijo que iba a ir a las mazmorras… -respondió Shireen.
Monford no espero más, dio media vuelta y antes de que alguien pudiera decir algo comenzó a correr hacia la salida de la habitación, para luego comenzar a bajar las escaleras a toda velocidad.
"Shireen estaba sin guardias porque Selyse se los llevó a todos, para que la protegieran mientras sacrificaba al bastardo de Robert."
A los pies de la torre el resto de señores y soldados le esperaban expectantes, y más de uno se llevó la mano al cinto del que colgaban sus armas al ver lo apresurado que se veía el Velaryon.
¡Monford! -dijo Lord Caron. - ¿Qué pasó?
- ¡A las mazmorras! ¡Selyse está ahí y va a sacrificar a Edric Tormenta! -gritó el Señor de Marcaderiva, haciéndole señas a algunos de sus hombres para que le siguieran.
Tanto el señor de Nocturnia como el resto de nobles y soldados entendieron el significado de sus palabras, comenzando a seguirlo mientras corría al otro lado del castillo Targaryen.
No se demoraron más de cinco minutos en llegar a la escalera que bajaba a las mazmorras, pero cuando lo hicieron se encontraron con una veintena de guardias Florent armados hasta los dientes, dirigidos por uno de los hermanos de Selyse, el imbécil de Imry Florent.
-Suelten sus armas herejes, aunque lo intenten no pueden detener la voluntad del señor. -ordenó el Florent, con una voz casi desposeída de toda emoción.
- ¡No le importamos a vuestro dios! ¡Van a asesinar a un inocente por nada! -gritó Monford, furioso.
-El Señor de la Luz si existe, ya lo verán. -respondió el Florent, aferrando su espada. -Pero aun así no podemos permitir que detengan el sacrificio, no ahora que todo está en peligro.
- ¡Todos ustedes están locos!
- ¡Todos ustedes son unos infieles! ¡Guardias! ¡Mátenlos a todos!
Pese a que algunos se veían indecisos, los guardias Florent obedecieron a su líder y arremetieron contra los hombres de Monford y sus aliados, convirtiendo los alrededores de la escalera en una verdadera carnicería.
El Velaryon se enfrascó en una pelea personal con Imry Florent, sus espadas besándose a una velocidad que casi impedía ver hacia donde se dirigían los movimientos de cada una. Pese a ser un fanático igual que el resto de su familia, Imry no era un mal espadachín… o por lo menos era mejor con la espada que dirigiendo una armada.
- ¡Eres un sirviente del Gran Otro, Velaryon! ¡El mundo se consumirá en el frío y la oscuridad si no os detengo! ¡Debo hacerlo en el nombre del Señor!
-Mándale mis saludos cuando lo veas. -respondió Monford, aprovechando la distracción de su contrincante para atravesarle el cuello con su espada. Ser Imry abrió mucho los ojos por un instante antes de caer al suelo y comenzar a ahogarse en su propia sangre.
"Eso es por haber dirigido la flota durante la batalla como un verdadero imbécil."
El Velaryon miró a su alrededor. La mayoría de los guardias había muerto, pero algunos -los más jóvenes- habían entregado sus armas y suplicaban clemencia. No les prestó más atención y comenzó a bajar por las escaleras, seguido de cerca por sus hombres.
Y mientras más bajaban, más calor hacía.
"Dioses nuevos y antiguos, solo les pido por un poco más de tiempo. Se los ruego" rezó para sus adentros.
Pero bueno, obviamente los dioses no lo escucharon.
Cuando giró al pasillo en el que se encontraban las celdas de los prisioneros, todas estaban vacías.
"¿Y ahora qué?" pensó con un escalofrío mientras buscaba algún ser vivo entre la oscuridad de las mazmorras.
- ¡Lord Monford! -gritó una voz a sus espaldas. El Velaryon se dio vuelta y reconoció a Ser Davos, a quien había dejado junto a la reina en la Torre del Dragón Marino.
- ¡Ser Davos! ¡Las celdas están vacías! ¡Se llevaron al muchacho! -respondió Monford, también gritando.
- ¡Lo tienen afuera! ¡Los Florent están reuniéndose en el Jardín de Aegon! -replicó el contrabandista, casi desesperado.
Lord Velaryon no respondió, comenzando a subir nuevamente las escaleras a toda velocidad. Las piernas comenzaron a quejársele tras subir y bajar tantas escaleras, pero la adrenalina hizo que casi no las sintiera. Menos de un minuto más tarde ya estaba corriendo nuevamente por los pasillos del castillo Targaryen junto a sus soldados y los de sus aliados.
Nuevamente no fueron molestados en el camino, pero esta vez el motivo era claro. Selyse no iba a dispersar a sus fuerzas, sino que iba a intentar resistir con todas ellas juntas. Monford solo podía esperar llegar a tiempo para rescatar al chico…
Pero cuando llegó al Jardín de Aegon se dio cuenta que había fracasado.
Porque en el jardín había una multitud de soldados Florent rodeando en formación una hoguera encendida… y en medio de ella, todavía se podían ver los restos de un cadáver entre los leños.
"No puede ser."
Selyse estaba mirando la hoguera, pero apartó su vista al verlo entrar al jardín, Por un instante se quedó observándole imperturbablemente, pero entonces de un momento al otro… sonrío.
-Ahora el Señor de la Luz nos recompensará Velaryon, y entonces ni tú podrás negar su poder.
Monford no respondió inmediatamente, sino que esperó a que el resto de sus aliados le rodearan. Los Florent los imitaron y comenzaron a rodear a Selyse, preparados para morir defendiéndola.
Cuando estuvieron listos, todos los presentes se paralizaron por un instante, el viento soplando y el crepitar de las llamas en la hoguera siendo los únicos sonidos que se podían escuchar
Pero fue solo un instante, porque entonces las espadas comenzaron a ser desfundadas y sus portadores a avanzar para pintarlas de rojo. Los zorros pronto estaban enfrentándose a una docena de blasones diferentes, desde el caballo de mar Velaryon hasta la cebolla de Ser Davos.
Y mientras los hombres se mataban los unos a los otros, la hoguera continuaba ardiendo, sus llamas extendiendose hacia el cielo nocturno... y Monford casi podía escuchar la risa maniática que la acompañaba.
NA: El siguiente capitulo también incluirá a Jaime y Monford (creo que se nota que sus historias en este capitulo quedaron inconclusas), y quizás a Ned o Robb, Estoy indeciso en ese ultimo.
