NA: Lamento si este capitulo parece demasiado "apresurado" en su narración, pero tuve que hacerlo lo más dinámico posible para evitar tener que escribir 20k palabras para relatar lo que acá hice en 12k. Eso.


JAIME

La armería de Tobho Mott era la mejor de todo Desembarco del Rey, eso lo sabía todo el mundo. Pero eso no explicaba que era tan importante como para que Lord Tywin fuera en persona a la tienda del maestro armero… y sobre todo, ordenándole a Jaime que le acompañara.

-Lo sabrás cuando estemos ahí. -fue la sencilla respuesta que le dio el Señor del Oeste cuando su hijo expresó su inquietud, dando el asunto por terminado.

Jaime también se olvidó de ello por un tiempo, porque la armería del qohoriense estaba en lo alto de la Colina de Visenya… y para llegar a ella había que atravesar algunas de las zonas de la ciudad que habían ardido por el fuego valyrio.

El fuego valyrio no se detenía ni siquiera con agua, así que solo se apagaba cuando agotaba todo material que pudiera arder. Es por eso que no había escombros donde la verde sustancia había explotado, donde antes había casas y edificios solo quedaban cenizas.

Y muchas de las personas que habían vivido en esos lugares ahora también eran cenizas, polvo y cenizas.

"Solo un loco o un monstruo puede creer que esto era necesario" pensó Jaime, mirando con lástima a la gente que buscaba entre las cenizas algo que rescatar, objetos… o personas.

Sintió tanta furia como asco. Había matado a Aerys para evitar algo como así, manchando su honor por el resto de su vida. No le había importado tanto, sabiendo que lo había hecho por una buena causa. ¿Cómo podía redimirse ahora, sabiendo que había sido en vano?

Por lo menos no era toda la ciudad lo que había ardido, como habría sucedido si no hubiera detenido a Aerys y sus piromantes… o si Yohn Royce no hubiera descubierto las jarras de fuego valyrio repartidas por toda la ciudad cuando Ned Stark todavía era Mano del Rey. Habían tenido mucha suerte, pero hubiera sido aún mejor si el fuego valyrio no hubiera sido ocupado ni siquiera parcialmente como había sucedido en la batalla.

Lo peor es que quién había tomado tal decisión era nada más y nada menos que su querida hermana. Tyrion una vez la había llamado "Maegor con tetas", como Rhaenyra Targaryen lo había sido en su tiempo. Jaime ya no estaba tan seguro de que tal descripción estuviera muy alejada de la realidad.

La furia hacia su hermana continuaba presente en Jaime aun cuando comenzó a alejarse de las zonas más dañadas por el fuego, sus monturas subiendo la Colina de Visenya a través de la Calle del Acero y sus acaudalados residentes.

Finalmente llegaron a la tienda de Tobho Mott, la mayor de todas como correspondía a alguien de su reputación. Un par de guardias Lannister entraron antes que Lord Tywin, y solo cuando confirmaron que todo estaba en orden dieron la señal para que su señor padre entrara a la tienda.

Gran cantidad de ornamentadas armas y armaduras colgaban de las paredes del vestíbulo de la tienda, pero Lord Tywin no les prestó la menor atención y caminó apresuradamente hacia una de las habitaciones interiores, seguido de cerca por Jaime.

El maestre Mott les esperaba en ella tras una mesa en la que reposaba unos objetos cubiertos por una manta. El hombre estaba más limpio y ordenado de lo que se podía esperar de un herrero, pero con unas ojeras que indicaban que había estado trabajando hasta altas horas de la noche, y quizás no solo en ese día.

-Mi señor Mano… -comenzó a decir el qohoriense.

- ¿Están listas? -preguntó su padre, yendo directo al grano.

-Sí, mi señor… pero hay un pequeño detalle. - respondió Mott con temor.

"Eso no le va a gustar a mi padre" predijo Jaime. Obviamente acertó.

- ¿Qué? -preguntó Lord Tywin levantando una ceja, una silenciosa amenaza tras sus palabras.

-El color mi señor, no resultó como esperaba. -respondió el herrero, probablemente rezando por sus adentros para que el Lannister no le castigara por su incompetencia.

Por un segundo todos quedaron en silencio, ya que Lord Tywin no reaccionó frente a las palabras de Mott, evidentemente esperando que se explayara más. Cuando el qohoriense se dio cuenta de ello se apresuró a descubrir la manta, revelando dos espadas de una magnificencia tal que incluso Jaime perdió el aliento.

Su mano le empezó a hormiguear apenas vio las armas, así que tomó la mayor de ellas sin esperar a que su padre o el herrero dijeran algo. Era más liviana de lo que esperaba y tras acercarla a sus ojos pudo confirmar sus sospechas. El metal estaba pintado de un rojo mezclado con negro, pero las ondulaciones que mostraban los miles de veces que había sido replegado no dejaban duda sobre cual material era.

Acero valyrio, las armas del Feudo Franco forjadas con sangre y magia. Una espada forjada con él era más fuerte y liviana que cualquier otra hecha aún con el mejor acero forjado, pero el secreto de su fabricación se había perdido con la Maldición y las espadas que habían sobrevivido valían su peso en diamantes… y eso si alguien estaba dispuesto a vender la suya.

-Intenté volverlas carmesí como ordenasteis, pero por más que traté el metal no quiso aceptar el color. Pronuncié medio centenar de hechizos y recurrí a todo lo que me enseñaron en Qohor, pero no cambio en nada. Os ruego que me disculpéis mi señor Mano. -dijo Mott casi miserablemente.

-El color es un detalle que puedo pasar por alto. -respondió Lord Tywin, indiferente al herrero mientras miraba expectante a Jaime. - ¿Y bien? ¿Qué opinas de tu nueva espada?

-Impresionante, conozco a varios hombres que darían a una de sus hijas por una espada así. -respondió Jaime, haciendo girar grácilmente la espada en sus manos. Se detuvo para mirar curioso a su padre. - ¿Cómo las conseguiste? Ya no se pueden forjar más espadas de acero valyrio y hasta ahora no habías encontrado a nadie que quisiera vendernos la suya.

Los Lannister habían tenido una espada de acero valyrio, pero se había perdido hace siglos gracias a un rey con más valentía que sensatez. Existían algunas Casas menores y empobrecidas que aún poseían armas de acero valyrio, pero ninguna había cedido a las ofertas de su padre o sus antecesores. Todavía había gente para la cual el orgullo valía más que el oro.

Lord Tywin no cambió su expresión en lo más mínimo al responder.

-Había un espadón de acero valyrio en la capital que pertenecía a un traidor confeso. Sus cosas fueron requisadas por la Corona, así que tal arma terminó en mi poder como Mano del Rey. -respondió casi aburrido. -Como qohoriense, el maestro Mott sabe reforjar acero valyrio, así que le pregunté si era lo suficientemente capaz como para convertir esa arma en dos más pequeñas. Como puedes ver, logró hacerlo.

-Fue una tarea complicada Ser Jaime, quizás la más difícil que me ha tocado en mi vida. Pero pude lograrlo y os prometo que estas espadas son tan buenas como cualquier otra de acero valyrio, si es que no más. -añadió Tobho Mott, un poco más relajado al ver que Lord Tywin estaba satisfecho por su trabajo.

-Eso espero maestre Mott, pero pese a que el metal ya está listo, aún quiero que le pongáis rubíes en las empuñaduras y unas fundas de cerezo y cuero rojo a juego con ellas. Deben estar en la Fortaleza Roja antes del final de esta semana. ¿Entendido?

-Si mi señor Mano, estarán ahí sin falta.

-Le ordenaré a mi mayordomo que os pague la mitad ahora, el resto os aguarda ese día más una bonificación por lo bien que quedaron. Hasta entonces.

Su padre salió del edificio tan rápido como había entrado, sus guardias siguiéndole como una sombra. Jaime se quedó un instante con la espada en la mano, ya que si se era sincero no quería soltarla. Finalmente suspiró y la dejo sobre la mesa, antes de hacerle un ademán al herrero y salir detrás de su padre.

- ¿Para quién es la más pequeña? -le preguntó cuándo lo alcanzó en la salida.

-Para Joffrey, será su regalo de bodas. -respondió Lord Tywin, con su típica expresión indiferente mientras subía a su caballo.

-Demasiada espada para él si me lo preguntas. -murmuró Jaime tras subir a su propia montura. Su sobrino era un cobarde, lo había demostrado al huir en la Batalla del Aguasnegras.

"No, lo había demostrado desde antes. Sansa Stark puede dar fe de ello."

- ¿Y a quién quieres que se la dé? ¿A Tyrion o Tommen? -preguntó su padre con un bufido. -No niego que Joffrey deja bastante que desear, pero aun así es el Rey y necesita un arma que se corresponda con su posición. Aunque sea solo para que se vea bien en los banquetes.

-Y parece que tendremos un banquete bastante grande en los próximos días. -masculló Jaime, irónicamente. -Quizás demasiado considerando que seguimos en guerra y la mitad de la ciudad está destruida.

-No podemos dejar que nuestros amigos del Dominio piensen que somos tacaños, o peor, que la Corona está con problemas de oro. Demasiadas cosas dependen del matrimonio de Joffrey con esa muchacha. -replicó Lord Tywin, con apenas un toque de irritación. – Además, los Tyrell ya están bastante recelosos por lo que tu hermana hizo con el fuego valyrio… y por lo que pasó con Meñique.

La repentina desaparición del Consejero de la Moneda era de lo que todos hablaban en la corte los últimos días. Tras haber sido recibido triunfalmente en la Fortaleza Roja por Joffrey y su padre en persona gracias a la alianza que había logrado con Altojardín, Meñique se había retirado a una de sus mansiones en la ciudad… solo para no volver a aparecer.

Varys había admitido a su padre que tenía algunos pajaritos siguiendo a Baelish, pero le había asegurado que le habían perdido la pista tras haber dejado dicha mansión para visitar los burdeles de los que era dueño. Desde entonces que no se sabía nada del Consejero de la Moneda, era casi como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra.

-Meñique creció en Aguasdulces, no me sorprendería que hubiera decidido que no valía la pena seguir del bando de aquellos que arrasaron con las tierras de su familia adoptiva. -murmuró Jaime, ausente.

- ¿Y por qué lo hizo ahora, tras ayudarnos a forjar una alianza que nos permite luchar contra los mismos Tully? -replicó su padre, poco convencido con sus palabras.

-Quizás no había tenido la oportunidad de hacerlo antes, vigilado por Varys y con tu ejército bloqueando el camino entre la ciudad y las Tierras de los Ríos. Si hay algo que Meñique posee es pragmatismo. De verdad que no me sorprendería si ahora mismo está cabalgando por el Camino Real hacia Aguasdulces.

-Es posible… pero bueno, lo de Baelish ya no importará cuando Joffrey se case con la muchacha Tyrell. Es por eso que debemos tratar de mantener felices a nuestros invitados, aunque signifique gastar más oro del que corresponde.

Cabalgaron en silencio por un tiempo, volviendo desde la relativamente indemne Colina de Visenya hacia las calles entre ella y la Colina de Aegon que habían ardido con el fuego valyrio. Volver a ver la destrucción que la sustancia había causado hizo que Jaime olvidara cualquier dicha que había sentido al ver las espadas de acero valyrio, dejándole un sabor amargo en la garganta.

"Si Cersei hubiera estado en el lugar de Aerys al final de la Rebelión, ¿Qué es lo que me hubiera ordenado?"

"¿Qué es hubiera hecho yo si me hubiera ordenado lo mismo que él?

Su padre notó su inconformidad, pero no dijo nada. De hecho, casi parecía decepcionado de que su hijo se preocupara tanto de cosas que le habían sucedido al pueblo llano. Pero bueno, para él era sencillo. Había sido incluso menor que Jaime cuando ordenó matar a todos los Reyne y Tarbeck sin la menor compasión.

Pero la aparente decepción de su padre le daba a Jaime una oportunidad de hacer algo que llevaba esperando hace bastante.

Sorprenderlo.

-Lo haré. -murmuró solemnemente.

- ¿Qué? -preguntó su padre, un casi imperceptible toque de ansiedad en su voz.

Jaime inspiró profundamente antes de responder.

-Lo haré padre, dejaré la Guardia Real para volver al Oeste… como tu heredero.

Lord Tywin detuvo su caballo, el resto de su comitiva y el propio Jaime imitándole. El Señor de Occidente estudió la cara de su hijo por varios segundos que se le hicieron interminables al Lannister más joven. Al parecer no encontró nada erróneo, porque casi sonaba relajado cuando volvió a hablar.

-Tomaste la decisión correcta Jaime, estoy… satisfecho por ello. -murmuró, esforzándose por pronunciar las palabras.

-Pero si voy a hacerlo necesito ciertas garantías.

El semblante de Lord Tywin se endureció y apretó los flancos de su caballo para que reanudara el camino, pero tras pocos metros hizo una señal con la cabeza para que Jaime continuara.

-Quiero llevarme a ciertos hombres de mi confianza al Oeste.

- ¿Quiénes? -preguntó su padre, levantando una ceja.

-Tommen y Myrcella necesitarán un guardia real como escudo y quiero que Ser Balon Swann sea quien cumpla ese papel. Cuando deje a la Guardia Real él será el mejor de las capas blancas que quede.

- ¿Y el mejor guardia real no debería estar con el Rey?

-El Rey tendrá al resto de la Guardia Real cuidándole. -replicó Jaime, inflexible. Necesitaba a Balon Swann, tanto por su habilidad con las armas… como porque era una de las personas que lo había visto volver de la muerte. Tragó saliva antes de continuar- Del mismo modo, mi último acto como Lord Comandante de la Guardia Real será designar a mi sucesor.

- ¿Quién?

-Ser Arys Oakheart, aunque sea el más joven de nosotros es el único decente de los que quedarán en la ciudad. -respondió inflexible. Su padre evaluó sus palabras por un segundo antes de asentir.

-Me parece aceptable.

-Ser Balon no es el único que quiero que vaya al Oeste conmigo. -añadió rápidamente.

Lord Tywin se irritó un poco. -Entonces habla más rápido.

-Quiero a Addam Marbrand y a Lyle Crakehall. Necesito comandantes y guerreros como ellos si quiero defender al Oeste de Robb Stark y los hombres de hierro.

-Addam Marbrand es el capitán de mis exploradores, lo necesito acá.

-Tendrás a una docena de señores del Dominio que se pelearan el honor de liderar a tus exploradores, es muy probable que encontrarás alguno bueno entre ellos. -dijo Jaime, seguro. -Addam es uno de mis mejores amigos, ahora necesito que se convierta en mi mano derecha.

-Me sorprende que estés tan preocupado sobre estrategia, no es algo propio de ti. -replicó su padre fríamente. Le miró con dureza por unos instantes en los que Jaime casi se sintió nervioso… hasta que su expresión casi se relajó un poco. -Pero la verdad es que eso es algo bueno. ¿Ellos son los últimos?

Tragó saliva antes de responder. Los hombres que había nombrado hasta entonces eran elecciones con bastante lógica, que su padre no tenía motivo para rechazar salvo quizás a Addam. Los que iba a nombrar ahora podían levantar más sospechas de las necesarias.

-Hay dos más. -comenzó, juntando las palabras y rezando por que su padre no se diera cuenta de que había algo extraño. -Thoros de Myr… y Sandor Clegane.

- ¿Clegane y el sacerdote rojo? -preguntó su padre, más curioso que enojado. - ¿Por qué ellos?

-Luché con ellos en el Aguasnegras y me salvaron la vida en más de una ocasión. Quiero rodearme de hombres de mi confianza y ellos son parte de los pocos que la poseen. -respondió, encogiéndose de hombros. Elevó una muda súplica para que su padre estuviera satisfecho con su explicación.

Obviamente, no lo estaba.

-No tengo problema en que lleves al essosi, pero Clegane es el escudo juramentado de Joffrey. Su deber es junto a él.

-Su hermano ha muerto. No sé si lo recuerda, pero ahora es el nuevo señor de sus tierras. Le estoy haciendo un favor al llevarlo al Oeste para que las…

-Basta Jaime. -le interrumpió su padre. -No trates de jugar a las mentiras conmigo. No te resultará.

-No te estoy min…

-Cállate, sabes tan bien como yo que lo estás haciendo. -replicó Lord Tywin severamente. Jaime sintió su corazón palpitar de nerviosismo en los segundos que su padre permaneció callado, deliberando sobre que palabras dirigirle a su hijo.

-Por esta vez haré como que nada ha pasado… pero no se debe volver a repetir. ¿Lo entiendes? -dijo Lord Tywin, reprendiéndole tal como cuando todavía era un niño pequeño. Jaime se tragó su orgullo y asintió con la cabeza, su padre le miró por un instante antes de quedar satisfecho.

"Es por un bien mayor." pensó Jaime, intentando darse ánimos. La Fortaleza Roja había aparecido en el horizonte, no se demorarían mucho más en llegar a sus puertas.

-Ahora respóndeme sinceramente. ¿De verdad necesitas a Clegane? -preguntó Lord Tywin, interrumpiendo sus pensamientos.

Jaime asintió lentamente. -De verdad lo necesito, a él y a los demás.

-Entonces llévatelo. -respondió sencillamente su padre, sorprendiendo a Jaime.

-¿Cómo?

-Lo que escuchaste, llévatelo. -repitió Lord Tywin, girándose para observar fijamente a Jaime con sus ojos verdes con ribetes dorados. -Pero con una condición: No debes decirle que es una orden mía, tú mismo debes convencerlo.

"¿A qué estás jugando padre?" pensó confundido, pero aun así asintió.

-Lo haré.

-Supongo que estás preguntándote porque que te digo algo así. No te molestes en negarlo, se te nota en la cara. -continuó su padre, dejando de mirarlo para fijar su vista en el frente, donde las puertas de la Fortaleza Roja ya estaban a menos de cien varas.

-Sí, si me lo estoy preguntando.

-Quizás ya no lo sea, pero cuando tenía tu edad era un buen guerrero. -comenzó Lord Tywin, con un tono de voz neutro. -Incluso me había destacado en los Peldaños de Piedra, al punto que fui yo quién le dio las espuelas a Aerys al final de la guerra.

Jaime conocía esa parte de la vida de su padre, pese a que no hablaba mucho de ella. Aunque resultaba increíble viendo como habían terminado, la verdad era que el Rey Loco y su padre habían sido mejores amigos en su juventud, cuando Aerys todavía prometía ser uno de los mejores reyes de la historia de Poniente y su padre todavía no había comenzado a construir su legado sobre las ruinas de Castamere y Colina Tarbeck.

-Aun así, había guerreros mucho más poderosos que yo… y dos de ellos eran mis futuros vasallos. Uno era Roger Reyne, el mejor caballero del Oeste en mi juventud; y el otro era Sumner Crakehall, un bruto incluso más grande que Lyle… De alguna forma tenía que asegurarme de su lealtad y sabía que la mera fuerza no bastaba.

-Pero a Roger Reyne lo mataste, a él y a toda su familia. -replicó Jaime, incapaz de contener sus palabras. Su padre no había ganado la lealtad de los Reyne, los había masacrado.

-Sí, pero eso fue gracias a la estupidez de haberse rebelado contra nuestra Casa. Si no lo hubiera hecho, él y su familia seguirían con vida.

"No estoy tan seguro". -pensó Jaime, pero aun así asintió.

- ¿A qué quieres llegar padre? -preguntó con el tono de voz más respetuoso que pudo lograr.

- A que Clegane cumplirá contigo la misma función que Sumner Crakehall cumplió conmigo en mi juventud. Debes ganarte su lealtad sin ocupar la fuerza. -replicó Lord Tywin. -Yo lo logré con éxito, al punto que confiaba tanto en él como para enviarle a mi primogénito para que fuera su escudero.

No era necesario que se lo recordara, ya que los años con los Crakehall habían sido algunos de los mejores de su vida y los recordaba a menudo. Días felices antes de Cersei, la Guardia Real y Robert.

-Necesitas aprender a lidiar con vasallos así si quieres convertirte en un buen señor. Así que puedes llevarte a Clegane, pero solo si logras ganarte su lealtad. -continuó su padre. - ¿Crees que serás capaz?

"Sí, pero no por lo que piensas."

-Lo soy. -respondió cuando ya estaban en la sombra de las murallas de la Fortaleza Roja,

-Eso espero Jaime, no me… ¿Qué está pasando? -dijo de improviso el Lannister más viejo, mirando hacia el castillo.

Jaime comenzó a mirar en esa dirección y vio lo que había llamado la atención de su padre. Capas rojas y doradas corrían frenéticamente por las murallas y el patio, algunos incluso hacia las propias puertas por las que estaban por entrar.

-No lo sé. -respondió.

Iba a adelantarse para buscar a alguien que le explicara que estaba sucediendo, pero en ese instante Ser Jacelyn Bywater apareció en las puertas junto a Tyrion, ambos hombres enfrascados en una discusión tan acalorada que no se dieron cuenta de la presencia de Lord Tywin hasta el último instante.

- ¡Lord Tywin! Mil disculpas por no haberos vis… -comenzó el Lord Comandante de las Capas Doradas.

- ¿Qué está pasando? ¿Por qué hay tanto alboroto dentro del castillo? -le interrumpió su padre, en un tono que hubiera intimidado a hombres de poco temple.

Ser Jacelyn tartamudeó al intentar responder. -Otra... otra…

"Mierda, es grave."

- Otra persona desapareció padre… y a diferencia de Meñique, esta vez fue dentro de la misma Fortaleza Roja. -respondió finalmente Tyrion, viendo que el capa dorada era incapaz de decirlo.

Lord Tywin se quedó en blanco por un instante.

-¿Quién? -preguntó finalmente.

Tyrion tragó saliva antes de responder.

-Sansa Stark.

-*-*-*-*.

MONFORD

- ¿Son los últimos? -preguntó Monford, lo más serio posible.

Ser Davos asintió, indicando con su espada al grupo de veinte soldados arrodillados delante de ellos, rodeados por lanceros Velaryon. Todos los prisioneros llevaban el blasón de los Florent o el venado llameante que Stannis había ocupado antes de su muerte… lo que los marcaba como traidores a la Reina Shireen.

"Es casi cómico. Si Selyse hubiera ganado, nosotros seríamos los traidores y ellos los leales."

Monford suspiró antes de dirigirse a los prisioneros.

-Habéis luchado por un dios y una reina falsa… y habéis perdido. Por las leyes de los hombres y de los dioses vuestras vidas ya no os pertenecen.

Ninguno de los soldados contestó a sus palabras. Algunos miraban al suelo, pero la mayoría lo miraban con rabia y desafío. Al parecer el fanatismo por el Dios Rojo los había llevado a dejar de temer incluso a la muerte.

"Un intento más, el último" pensó dándose ánimos. Se aclaró la garganta

-Pero la Reina Shireen es una reina misericordiosa, y si prometéis abandonar al Dios Rojo y juramentar vuestras espadas a su servicio, les perdonará la vida. Negaros y lo único que conocerán será la horca. Hablad ahora o callad para siempre.

Le gustaba hablar en nombre de la pequeña Reina, eso no podía negarlo. No había pedido ser Mano de la Reina, pero en vista de las circunstancias Ser Davos le había convencido de que era la mejor opción y no había visto motivo alguno para negarse.

Pero el poder traía consigo cosas buenas y malas. Condenar a personas que solo habían seguido ordenes eran parte de las segundas.

Muchos de los Florent que habían sobrevivido a la matanza en el Jardín de Aegon eran hombres de la Reina, fanáticos de R'hllor. Es por eso que la mayoría de los prisioneros habían terminado eligiendo la horca antes que jurar lealtad a Shireen.

Pero algunos si lo hacían, y eran esos a los que Ser Davos le había convencido que trataran de salvar. Aunque fueran pocos.

- ¡Lo haré! -gritó uno de los soldados que había estado mirando el suelo. Al verle el rostro Monford pudo notar que era uno de los más jóvenes. - ¡Juraré lealtad a la Reina Shireen!

-¡Traidor y hereje! -gritó uno de sus compañeros, tirándose encima de él para golpearlo antes que alguno de los lanceros pudiera reaccionar. Ambos hombres rodaron por el suelo por unos segundos hasta que una lanza logró atravesar la cabeza del segundo, matándole instantáneamente.

Monford se abrió paso entre los prisioneros y tomó el soldado más joven de los hombros, ayudándole a levantarse para alejarse del cadáver y el resto de sus compañeros. Se detuvo a un lado de Ser Davos, quien quedó a cargo de él mientras el Velaryon se giraba para encarar a los demás prisioneros.

-¿Alguien más? -preguntó tranquilamente.

Dos soldados más levantaron las manos, mientras sus compañeros permanecían en silencio. Tras alejarlos junto a aquél que había hablado primero, Monford volvió para ver a aquellos que habían elegido la horca por sobre la rendición.

Pese a que lo estaban mirando con odio, no pudo evitar sentir algo de lástima. Hizo una señal con la cabeza y los lanceros obligaron a los prisioneros a comenzar a caminar hacia el sitio donde estaban colgando a los fanáticos más obstinados.

"Como ellos"

El Velaryon los observó hasta que desaparecieron de su vista, momento que Ser Davos eligió para hablarle.

-Salvamos a docenas de hombres… -comenzó.

-Y mandamos a matar a cientos. -replicó Monford, negando con la cabeza. -Sigo sin poder entenderlo.

- ¿Qué? -preguntó el caballero.

-Su lealtad. -masculló con rabia. –¡No son Inmaculados o soldados profesionales, son simples campesinos y granjeros con armas! ¡Es estúpido! ¿Qué es lo que los impulsa a ser tan fieles al punto que prefieren la muerte antes que la rendición?

- Mi señor, vos no podéis entenderlo porque nacisteis en una cuna noble y desde pequeño os enseñaron cosas distintas a las que un plebeyo como ellos aprende. -comenzó Ser Davos, antes de mirarlo fijamente - ¿Qué es lo más importante para los señores? ¿Qué es lo más importante para vos?

"Mi apellido"

-Mi familia. -respondió.

El caballero asintió. -Sí, la familia. Pero no solo eso, ¿cierto? El poder y la influencia también son cosas bastante importantes en sus vidas, ¿o me equivoco?

-No, no os equivocáis. -admitió.

"Si también le hablabas así a Stannis, me sorprende que no te haya cortado la lengua además de los dedos."

-La vida del pueblo llano es diferente. Poco les importa el juego de tronos de los señores. Lo único que les importa son dos cosas: la familia y los dioses.

Monford dedujo el rumbo al que el contrabandista quería llevar la conversación, pero aun así asintió para que continuara.

-No os miento cuando digo que si un campesino hambriento tiene que elegir entre la lealtad a su señor y la lealtad a sus dioses, va a elegir lo segundo. Los dioses son quienes les otorgan todo aquello que les da alegría. Un nuevo hijo. La lluvia que salva la cosecha. Una caza abundante que les permite no morir de hambre en el invierno… los señores en cambio hacen algo muy distinto.

-Les quitan cosas. -murmuró.

Ser Davos asintió. -Los señores les prohíben cazar o pescar en sus tierras. Los señores les obligan a entregarles una parte de lo sus cosechas. Los señores les fuerzan a abandonar a sus familias, tomar un arma y marchar en nombre de alguien al que en la mayoría de los casos ni siquiera han visto…

El Caballero de la Cebolla suspiró. -Para más mal que cualquier otra cosa, Melisandre y Selyse lograron convencerlos de abandonar a los Siete y unirse a la fe del Dios Rojo. Ahora los estábamos haciendo elegir entre una nueva reina y el dios que habían elegido. Es por eso que no es una sorpresa que tantos hayan elegido la muerte.

El Velaryon meditó las palabras del contrabandista por unos instantes en silencio antes de volver a hablar.

-Al menos les dimos la oportunidad.

-Sí, y eso es algo que no cualquiera hubiera hecho. Quienes salvaron sus vidas al haber jurado lealtad a Shireen nunca lo olvidarán.

-Eso espero. -respondió Monford, seriamente. -Pero bueno, ahora que terminamos con ellos es la hora de cierta persona de noble cuna.

Ser Davos dudó por un instante,

- ¿Será necesario traer a la reina?

-No, no lo será. -dijo el Velaryon, para evidente alivio del contrabandista.

-Todavía es solo una niña. Sé que una reina debe dispensar justicia, pero en un caso como el de ella…

-Sería una crueldad y algo que incluso podría volverla loca.

"Aunque más de un rey Targaryen hizo cosas peores."

-Veo que coincidimos. -murmuró Ser Davos. -Pues bien, no perdamos más tiempo.

Monford asintió y comenzó a caminar, seguido de cerca por el contrabandista y algunos guardias.

Aquellos soldados que habían elegido la muerte estaban colgando de unas plataformas que habían construido en las afueras de la fortaleza, pero la prisionera en cuestión iba a colgar de una tarima en medio del propio Jardín de Aegon que habían construido especialmente para ella.

Después de todo, no todos los días se ejecutaba a una reina.

Lady Selyse ya estaba de pie en la tarima cuando ambos hombres llegaron, momento que el verdugo eligió para comenzar a poner alrededor de su cuello aquella cuerda que terminaría con su vida.

"Terminaste con la vida de una persona inocente aquí. Es justo que tú pierdas la tuya en el mismo lugar." pensó mientras miraba la mujer con rabia.

La lucha había sido sangrienta, pero finalmente los Florent habían sido vencidos. Quizás no lo hubieran sido si los hombres que habían peleado junto a Monford y Ser Davos no lo hubieran hecho impulsados por aquella pira en la que ardían los restos de Edric Tormenta, mientras Selyse entonaba una mezcla entre rezo, canto y súplica hacia el Dios Rojo.

Pero su dios no respondió y pronto los zorros fueron derrotados por sus enemigos. El propio Ser Axell fue uno de los últimos en morir, partido en dos por un golpe de Rolland Tormenta que lo abrió del hombro a la cintura. Pese a ello, Selyse no detuvo sus cantos en ningún momento, ni siquiera cuando un par de soldados la aferraron para alejarla de la pira a la que tan desesperadamente intentaba aferrarse. La mujer ya había perdido todo rastro de cordura, era algo evidente para todos.

Y lo que también era evidente para todos, es que nada sobrenatural había sucedido tras el sacrificio del bastardo.

Eso había sido el día anterior. Desde entonces Monford y Ser Davos habían estado ocupados decidiendo el destino de los soldados Florent supervivientes y asegurando el control sobre el resto de Rocadragón. Pero eso ya estaba listo y ahora debían ocuparse de Selyse, lo quisieran o no.

Aunque si el Velaryon era sincero, ver a la loca colgada era algo que lo llenaría de satisfacción.

Una multitud se había aglomerado alrededor del lugar donde Selyse sería ajusticiada. Soldados, sirvientes y señores peleándose por un puesto desde donde observar mejor la inminente ejecución. Todos quedaron en silencio cuando Monford y Ser Davos se abrieron paso hacia la tarima.

Selyse notó el silencio y levantó la cabeza para observar a los recién llegados, sus ojos reflejando una mezcla entre furia y locura.

- ¿Dónde está mi hija Velaryon? ¿Dónde está Shireen? -escupió con rabia.

-A salvo. -respondió, intentando no entablar conversación.

-¿Hasta cuándo? ¿Hasta qué decidas que no vale la pena seguir peleando por ella y la vendas a sus enemigos? -insistió la viuda de Stannis, con aún más rabia.

Monford no respondió, fijando su atención en el verdugo que esperaba sus órdenes.

-¿Está todo listo?

-Si mi señor. Solo tenéis que dar la orden. -respondió el hombre.

Monford asintió y dio media vuelta, para poder observar las caras de la multitud. Señores, sirvientes y soldados le miraban en silencio, esperando sus palabras. Se aclaró la garganta y comenzó a hablar.

-Estamos aquí para ajusticiar a la asesina de Edric Tormenta, Lady Selyse de la Casa Florent. -comenzó, estudiando cuidadosamente a los presentes. Ninguno se sobresaltó por sus palabras, sin duda tan ansiosos de ver morir a la mujer como él mismo.

-Lady Selyse ha reconocido haber dado la orden para quemar vivo al pobre chico, diciendo que lo hizo para cumplir con un sacrificio que R'hllor necesitaba. Es por eso que en nombre de la Reina Shireen fue acusada de asesinato y traición… y su condena es la muerte por ahorcamiento. -terminó, dando media vuelta nuevamente para mirar a la Florent. -Lady Selyse, ¿tenéis unas últimas palabras antes de que el verdugo cumpla con su trabajo?

Todo el jardín quedó en silencio mientras Selyse miraba frenéticamente en todas direcciones, como si estuviera buscando a alguien. Monford tenía una idea de quién podía ser.

- ¡Todos son unos tontos! -comenzó finalmente a gritar la Florent. - ¡El Señor de la Luz es el único dios y le están dando la espalda! ¡Todos van a morir en la Larga Noche…

Sus gritos continuaron por unos segundos más antes de que Monford diera la señal. El verdugo asintió y tiró de una palanca, abriendo una trampa en la tarima por la que Selyse cayó al vacío… con el cuello amarrado a una cuerda. El chasquido de su cuello rompiéndose resonó por todo el jardín, pero era un sonido bueno. Significaba que Selyse ya estaba muerta.

"Ha terminado"

"No, recién ha empezado."

El jardín se desocupó mucho más rápido de lo que esperaba. Al parecer los hombres estaban más cansados de lo que creía. Por los dioses, él mismo lo estaba. Llevaba unas horas como Mano de la Reina y ya quería abandonar el cargo.

Pero bueno, había cosas que hacer.

-Ser Davos.

- ¿Si, mi señor? -respondió el caballero.

-Caminad conmigo, tenemos muchas cosas de las que hablar. -dijo el Velaryon, comenzando a moverse en dirección de la Torre del Dragón Marino. El caballero de la cebolla obedeció y comenzó a caminar a su lado.

- ¿Qué es lo que creéis que deberíamos hacer, Ser Davos? -preguntó Monford, yendo directo al grano.

- ¿Sobre la guerra, mi señor?

-Sí, sobre la guerra.

El contrabandista se quedó en silencio por unos instantes, sin duda pensando en cuál era la respuesta más adecuada. Finalmente respondió… con otra pregunta.

-Sin los Florent, ¿cuántos hombres tenemos?

-Nueve mil. -respondió inmediatamente el Velaryon, puesto que llevaba pensando en eso mismo por varias horas.

-Nueve mil… -repitió Ser Davos, saboreando las palabras. - ¿Y los Lannister cuantos tienen?

-Por sí mismos, alrededor de treinta mil. Sumando los suyos a los de los Tyrell… fácilmente más de cien mil. -respondió.

-Nueve mil contra cien mil… bueno mi señor, no soy un gran estratega. Pero creo que es obvio que esta es una guerra que ya no podemos ganar.

-Algunos dirían que esas palabras son traición…

-Sí, quizás lo sean, pero también son verdad. No podemos ganarle al Dominio y al Oeste con solo nueve mil hombres, el único que pudo hacerlo fue Aegon Targaryen y él tenía dragones.

-Y nosotros no los tenemos… aún. -murmuró Monford, antes de volver a hablar. -Pues bien, Ser Davos ¿entonces creéis que deberíamos rendirnos?

El contrabandista dudó por un instante antes negar con la cabeza. -Si nuestros enemigos no fueran los Lannister, diría que sí… pero justamente son ellos contra quienes estamos peleando. Rendirse frente a Tywin Lannister solo terminará con un resultado. La muerte de Shireen.

Lord Velaryon asintió, era exactamente lo que estaba pensando. Quizás Lord Tywin le perdonaría la vida a él y al resto de los señores rebeldes si entregaban rehenes y tierras a la Corona, pero el Señor del Oeste no iba a permitir en ningún caso que la hija de Stannis Baratheon siguiera con vida. Su mera existencia era una amenaza al reclamo de sus nietos sobre el Trono de Hierro.

Y aunque en un caso extremo estaba dispuesto a que Shireen muriera si eso significaba salvar su pellejo, no lo estaba a entregar a Monterys a los Lannister para que fuera un rehén. Moriría antes de aceptar algo así… y por eso pelearía por Shireen hasta el amargo final.

-Entonces no podemos rendirnos, y no podemos ganarle a los Lannister por las armas. -resumió el Velaryon. -Creo que solo nos queda otra opción.

-¿Cuál? -preguntó el caballero, curioso. Monford sonrío antes de responder.

-El enemigo de mi enemigo es mi amigo. -dijo simplemente, esperando que el significado de sus palabras fuera comprendido por el contrabandista. Ser Davos abrió ampliamente sus ojos cuando lo hizo.

-Los Stark. -murmuró.

Monford asintió.

-Entre El Norte, el Valle y las Tierras de los Ríos tienen suficientes hombres como para enfrentarse a los Lannister, incluso con el Dominio respaldándolos… pero aun así tienen una debilidad que Joffrey no tiene.

- ¿Qué no tienen barcos?

-Sí, y eso va a ser un grave problema cuando los Redwyne lleven su flota a Puerto Gaviota, Poza de la Doncella o Puerto Blanco.

"Si es que no la traen hacia acá, claro está" pensó para sus adentros.

-O si los Greyjoy deciden partir de Pyke. -murmuró Ser Davos.

-Claro, pero en ese caso tampoco podremos ayudarlos en mucho. Estamos en la costa equivocada, salvo que Balon Greyjoy sea tan tonto como para llevar a la Flota del Hierro al Mar Estrecho. -respondió Monford, aunque si lo pensaba bien no era una posibilidad tan disparatada conociendo lo imbécil que era el Señor de las Islas de Hierro.

-Entonces roguemos a los dioses para que no lo hagan. -dijo el caballero de la cebolla. Caminaron en silencio unos metros antes que volviera a hablar. -Y bien mi señor, ¿Cómo convenceremos a los Stark de que aliarse con nosotros es una buena idea?

-Diciéndoles que tienen escasez de barcos y que nosotros tenemos una flota bastante grande con la que podríamos ayudarlos. -contestó, medio en broma y medio en serio.

-No quiero faltaros el respeto mi señor, pero sabéis tan bien como yo que no es algo tan sencillo como eso. -replicó Ser Davos, tan perspicaz como siempre. - Nosotros no peleamos para vengar a Lord Eddard como lo hacen los norteños y sus aliados, nosotros estamos peleando para derrocar a los Lannister y sentar a Shireen en el Trono de Hierro. ¿Cómo podemos convencer a Robb Stark y Yohn Royce de que Shireen es una reina por la cual vale la pena pelear?

-Es simple… no podemos. -respondió, frente a la estupefacción del Seaworth.

-Por los Siete ¿entonces qué es lo que haremos?

-La única salida que nos queda. Proponer realizar un Gran Concilio después de que la guerra esté ganada.

Era su última esperanza. Los Stark y los Caballeros del Valle jamás aceptarían pelear por la hija de aquel que había quemado sus tan queridos bosques de dioses y septos, pese a que lo diferente que era Shireen de su padre. Pero si podían aceptar una alianza en contra de los Lannister… y si Monford movía sus cartas correctamente, quizás mucho más que eso.

"Los dragones volverán más temprano que tarde, y cuando lo hagan todo quién se les oponga arderá."

Pero eso eran planes para un futuro más lejano. Había cosas más urgentes de las que ocuparse.

-Podría funcionar. -admitió Ser Davos, aún nervioso. - ¿Pero no será mejor afianzar esa alianza con algo más? No quiero arriesgarme a que los Stark nos apuñalen por la espalda a la primera oportunidad.

"Nunca lo harían, tonto. Los Stark aman su precioso honor por sobre todas las cosas" pensó, pero no pudo negar que el contrabandista tenía algo de razón en sus palabras.

- ¿Compromisos? -preguntó, a lo que Ser Davos asintió. -Sí, quizás sea lo mejor.

- Debe haber alguna señora viuda que haya perdido a su esposo en el Aguasnegras y algún heredero norteño que siga soltero, o cosas así. Si unimos a los vasallos de Shireen y a los de Robb Stark con matrimonios será mucho más difícil que nos traicionen… o que nosotros los traicionemos a ellos.

El Velaryon miró fijamente al contrabandista tras sus palabras. "¿Qué tanto sabes sobre mis planes, caballero de la cebolla?" Ser Davos no dijo nada, pero su expresión daba a entender que no era tan ingenuo como uno podía creer.

Pero tampoco era alguien que podía prever todo.

-Sí, los matrimonios ayudan a evitar cosas así… ¿pero por que conformarse con simples vasallos? -murmuró Monford, aparentando inocencia.

-¿A qué te refieres?" -preguntó el caballero, olvidando por un segundo las cortesías.

-A que nuestra Reina está soltera, Ser Davos. ¿Qué mejor forma de forjar una alianza con los Stark que ofreciéndoles la mano de Shireen?

O el contrabandista era un maestro del engaño, o realmente había sido tomado por sorpresa.

-Pero Shireen es demasiado joven…

-Tiene trece, es una doncella que está a punto de florecer. Y estamos hablando de un compromiso, no de un matrimonio. -replicó el Señor de Marcaderiva.

"Por ahora."

-Robb Stark y Edmure Tully ya están comprometidos…

-Y Robb Stark tiene dos hermanos menores que siguen solteros. Aún si ocurre el peor de los casos y Shireen es rechazada como Reina en el Gran Concilio, seguirá teniendo Bastión de Tormentas. Hace una generación se suponía que una doncella Stark iba a convertirse en la Señora de Bastión de Tormentas, ¿Quién sabe? Quizás ahora ocurra lo contrario…

Pero Ser Davos no quería atender a razones.

- ¿Por qué debe ser Shireen? ¡Por los Siete, acaba de perder a sus dos padres!

-¡Porque estamos en guerra y la estamos perdiendo! ¿Qué otra opción tenemos?

Ambos hombres siguieron discutiendo mientras caminaban por el resto del camino, sus diferencias de cuna olvidadas por unos minutos. Finalmente se detuvieron afuera de las habitaciones de Stannis, ahora de Shireen.

-No lo consentiré, no podemos obligarla a algo así. -dijo Ser Davos, con los brazos cruzados.

-No es necesario que lo consientas, contrabandista. Yo soy su Mano y Regente, no vos. -replicó fríamente.

Seaworth parecía derrotado, pero tenía una última carta que jugar.

- ¿Obligaríais a vuestro hijo a hacer algo así? ¿A casarse con un desconocido solo para asegurar una alianza?

"No, salvo que fuera con un Targaryen." pensó.

Monford suspiró. -La verdad no lo sé… pero tampoco es algo que pienso averiguar. -Dio media vuelta y puso una mano sobre la puerta, listo para abrirla… y se detuvo justo antes de empujarla.

- ¿Y si ella quiere hacerlo? -preguntó, sin mirar al contrabandista. Las palabras quedaron flotando en el aire mientras Ser Davos pensaba en que responder.

-Si ella quiere hacerlo… supongo que no tendría razón para seguir negando mi apoyo. -admitió, tras pensarlo unos segundos.

-Entonces averigüémoslo. -replicó Monford, abriendo la puerta y elevando una plegaria.

Quizás los dioses no eran tan malos después de todo, porque cuando Shireen Baratheon tuvo que tomar una decisión como una niña o como una reina, lo hizo como la segunda.

-*-*-*-*.

JAIME

—¡Con este beso te entrego en prenda mi amor! —exclamó Joffrey con voz retumbante. Margaery Tyrell repitió las mismas palabras antes de ser besada por el joven Rey.

"Al fin" pensó Jaime, aliviado.

Ya llevaba casi una hora de pie en el Gran Septo de Baelor atendiendo la boda de Joffrey y la joven hija de Lord Tyrell, ceremonia que era la culminación de la alianza que salvaría a su familia en esta guerra que tanto le estaba costando a su Casa y al reino.

El resto de los invitados parecían tan aburridos como él mismo. Exceptuando a Cersei, que se veía furiosa; a su padre, que casi parecía ansioso… y a Tyrion, que apenas podía mantenerse en pie de lo descompensado que estaba.

-Ayer llegó un barco de Volantis con un cargamento de vino essosi. Soy fuerte, pero tampoco tanto como para negarme a probar un par de copas de una cepa que nunca había bebido antes. -le había explicado a él y a su padre antes de partir desde la Fortaleza Roja.

-Querido hermano, creo que no probaste solo un par de copas. -le había respondido Jaime con una media sonrisa.

-Bueno, quizás fueron un par de jarras. La verdad ya no lo recuerdo. -admitió el indispuesto Tyrion.

Jaime le iba a responder con otro comentario irónico, pero su padre lo interrumpió antes que pudiera hacerlo.

-Pudiste haberte emborrachado el día anterior a cualquier otro día, ¿Por qué tuviste que elegir el anterior a la boda de Joffrey? -le reprendió, indignado. -Vas a ir a la ceremonia en el Septo de Baelor, pero no te quiero ver en el banquete más tarde. ¿Entendido?

- ¿Por qué debo perderme el banquete de mi querido sobrino? -protestó Tyrion.

-Porque no te quiero avergonzando a nuestra familia frente a los Tyrell. -replicó su padre duramente. -Ya bebiste suficiente vino… por esta semana. Quizás tener la cabeza sobria por un tiempo te ayude a recordar que los Lannister no podemos ser motivo de risa para el resto del reino.

Su hermano había protestado un poco más, pero terminó dándose por vencido y prometió a su padre que obedecería sus órdenes. De todos modos, a Jaime no se le escapó el guiño que Tyrion le hizo antes de comenzar a cabalgar hacia el Septo.

Claro que ese guiño era por otras razones más oscuras.

Habían pasado un par de horas desde entonces y cabalgaban de vuelta a la Fortaleza Roja. El pueblo llano les aplaudía y lanzaban flores a su paso, pero estaba claro que lo hacían para honrar a la nueva Reina y a su familia, quienes los habían salvado de la inanición. Jaime no tenía la menor duda que si solo fueran Lannister quienes cabalgaban en la comitiva, les estarían lloviendo rocas en vez de pétalos.

"Y con razón" pensó, mirando de reojo al carrusel que llevaba a su hermana.

Afortunadamente el cortejo siguió una ruta que les evitó pasar por las zonas más afectadas por fuego valyrio, así que no se encontraron con muchos habitantes de la capital que quisieran vengarse de su familia por lo ocurrido en la batalla. Fue así como pronto llegaron al castillo sin mayores sobresaltos.

-Aquí nos separamos, hermano. Cuidad a nuestro real sobrino por mí, yo voy a estar durmiendo en mis habitaciones. -murmuró Tyrion cuando estuvieron a las puertas del Salón del Trono, donde habían puesto mesas y asientos para que los invitados disfrutaran de un banquete. Su hermano no esperó respuesta y se apresuró a alejarse del lugar.

En medio del desorden existente mientras los recién casados y sus familias ocupaban sus lugares para el banquete, tal acción fue tomada por indiferencia por casi todos. Pero bueno, no por todos.

- ¿Ser Jaime? ¿Puedo preguntar adónde va vuestro hermano? -le dijo la anciana Olenna Tyrell, flanqueada por sus dos inmensos guardias.

"No dioses, cualquier persona menos esta vieja." pensó Jaime casi con pánico. Aun así, esgrimió su mejor sonrisa antes de responder.

-Mi querido hermano va a sus habitaciones, está un poco enfermo y ya nos había avisado que no participaría del banquete. -respondió.

- ¿Y no sería prudente que fuera con un guardia? Al parecer los pasillos de la Fortaleza Roja se han vuelto peligrosos estos últimos días… -replicó la Reina de Espinas, arqueando una ceja.

"La chica Stark. Así que eso era" pensó Jaime.

La desaparición de Sansa Stark había generado una verdadera histeria en la Fortaleza Roja, ya que ni el más paranoico de sus ocupantes creía que algo así podría ocurrir. Cersei había pedido a gritos las cabezas de todos los guardias y su padre incluso había llegado a amenazar a Varys, diciéndole que sería ejecutado si es que no conseguía explicar lo que había pasado.

No sabía si el eunuco había actuado motivado por el miedo o por la sorpresa frente a lo sucedido, pero increíblemente sus pajaritos habían logrado averiguar lo que había pasado. Al parecer Sansa había desaparecido tras acudir al Bosque de Dioses del castillo, donde según Varys llevaba un tiempo reuniéndose con un caballero menor, un tal Ser Dontos Hollard del Valle Oscuro.

-Ese es uno de los hombres de Meñique, mis señores. No es que quiera emitir un juicio antes de averiguar más detalles, pero creo que deberíamos comenzar a pensar en la posibilidad que la desaparición de Meñique fue algo deliberado por su parte… y quizás lo de Lady Sansa también. - les había dicho el eunuco en la reunión del Consejo Real posterior a la desaparición.

-Si es así coincidiría con lo que te dije sobre Baelish, padre. Nuestro querido aliado nos abandonó para ayudar a los Tully y se llevó a la hija de Lady Catelyn como prueba de su nueva lealtad. -había dicho Jaime, apoyando las palabras de Varys.

-Si eso es lo que ocurrió, solo estoy seguro de otra cosa. -había respondido su padre, sus ojos refulgiendo de furia. -Baelish se arrepentirá de lo que hizo.

Sí, claro que lo haría.

-Estoy seguro que mi hermano sabe cuidar de sí mismo, Lady Olenna. No os preocupéis. -le respondió a la vieja, su cara doliéndole por sostener tanto tiempo aquella sonrisa forzada. Bueno, por eso… y por el arañazo a medio sanar que aún tenía en una de las mejillas. Justamente Lady Olenna pareció notar en ese instante aquella herida.

-Por los dioses chico, ¿qué te pasó en la cara? -preguntó, estirando su arrugada mano para tocarle la herida. Lo hizo sin pedirle permiso, obviamente.

-Fue un arañazo… de un gato. -respondió rápidamente el Lannister, ocupando toda su fuerza de voluntad para no alejar la mano de la arpía de su cara.

- ¿Un gato eh? -preguntó la matriarca Tyrell, divertida. - ¿O una gata? Una gata grande me atrevería a decir.

-Supongo que pudo haber sido una gata, salió corriendo antes que pudiera reaccionar y mirarle entre las piernas. -replicó Jaime, un poco más abruptamente de lo que pretendía. -En fin, ¿deseáis algo más Lady Olenna? Estoy hambriento y no tengo mucho tiempo para comer antes de tener que retirarme. Debo dormir, mañana será un largo día.

-Se me había olvidado que partís mañana al Oeste, me disculpo por eso. -respondió la anciana, en un tono que Jaime no pudo definir si era irónico o no. Lo miró con una expresión indescifrable antes de continuar. - ¿Llevareis a muchos hombres con vos?

"¿Y a ti que te importa?" pensó con desagrado.

-Me llevaré a los suficientes. -respondió secamente.

-Preguntaba eso por lo que hicieron los hijos de hierro. Tenía entendido que tu padre quería enviarte con un ejército al Oeste para protegerlo de ellos, pero no tiene mucho sentido que lo haga ahora que los Greyjoy decidieron hacer otra cosa. -replicó la Reina de Espadas, arqueando las cejas.

"No, no lo tiene… y por eso me costó bastante convencerlo de que no cambiara sus planes." pensó mientras recordaba lo que había pasado ese día.

La carta que les llevó la noticia del ataque de los hijos del hierro al Norte no llegó desde sus espías en los campamentos de los ejércitos Stark, lo hizo mediante un cuervo que había volado desde la propia Pyke y estaba firmada por Balon Greyjoy, quién tal como doce años atrás se había proclamado Rey de las Islas de Hierro.

-¿Cómo pudo hacer algo así? -había preguntado un atónito Jaime a su padre. -Fue uno de nuestros hombres quién mató a su hijo, no uno de los Stark.

-Lo hizo porque Balon Greyjoy siempre ha sido un imbécil, aunque hasta para mi es una grata sorpresa que lo sea a este nivel. -había respondido su padre, más relajado de lo que le había visto desde el inicio de la guerra. -Además es tonto, nos pide que reconozcamos su reino y que nos aliemos con él, pero no nos ofrece nada a cambio.

- ¿Cómo que no nos ofrece nada? Pero si está atacando a los norteños…

-Exacto, ya los está atacando. Lo que quiere decir que no perderemos nada si nos negamos a sus demandas.

Jaime había mirado a su padre estupefacto, creyéndolas una broma… pero rápidamente recordó que su padre nunca bromeaba. Lord Tywin estaba hablando en serio.

-¿Acaso nunca pierdes, padre? -preguntó irónicamente.

-Aliarse con los Greyjoy es un error, los Targaryen aprendieron de ello en la Danza de los Dragones. -respondió su padre, recordándole como Rhaenyra Targaryen había desencadenado a los hombres de hierro para que atacaran a sus enemigos… solo para que siguieran asolando la costa de Poniente mucho después de que la propia guerra terminara.

- ¿Entonces qué haremos?

-Nada, responderemos con silencio. -repuso Lord Tywin. -Con la Flota del Hierro en el Norte no pueden hacer mucho contra nosotros, así que creo que no te enviaré al Oeste con tantos hombres como en el plan origi…

-Eso ni pensarlo, aun sin los Greyjoy igualmente necesitaré de ellos.

- ¿Por qué lo piensas?

-Porque los Stark y sus aliados todavía pueden invadir el Oeste. -había replicado.

Su padre seguía sin estar de acuerdo, pero tras varios minutos de discusión había terminado cediendo a sus demandas. Probablemente no lo hubiera logrado si Lord Tywin no hubiera estado de tan buen humor gracias a la noticia de la invasión Greyjoy… y a que ese mismo día Jaime había abandonado oficialmente la Guardia Real y había sido proclamado como su heredero.

Y ese hecho también había causado otra cosa: el arañazo en su cara.

-¿Cómo puedes haber hecho esto? ¿Te volviste loco? ¡Me estás abandonando! -le había gritado Cersei.

- ¿Tú hablas de locura? ¿Tú, la que hizo arder a miles de personas? - respondió un furioso Jaime. Normalmente se controlaría, pero si se era sincero llevaba esperando ese momento desde que había despertado tras la batalla.

- ¡Lo hice para salvarnos!

- ¡¿A qué coste Cersei?! ¿A cuántos inocentes mataste? ¿Cincuenta, sesenta mil?

-Aunque hubieran sido un millón lo hubiera ordenado igual. ¡Somos Lannisters y ellos son simple plebe! ¡La sangre de uno de nosotros vale más que la de mil de ellos!

"Soy de la sangre del dragón, y cuando el fuego valyrio arda renaceré como uno entre los huesos y cenizas de las ovejas de esta ciudad." las palabras que el Rey Loco gritaba en sus últimas horas acudieron a la mente de Jaime, lo que solo reafirmó su resolución.

-Entonces te tengo noticias, querida hermana. No solo Joffrey se parece a Aerys… tú también lo haces. -le había dicho, sin pestañear.

"Lo dije, finalmente lo dije."

Su hermana había gritado y se había abalanzado sobre él para golpearlo, pero Jaime era más fuerte y había logrado mantenerla alejada de su cuerpo. Lo único que Cersei había logrado hacer era lanzarle un manotazo, arañándole la cara con las uñas y dejándole la dolorosa herida que hasta ahora no le había sanado.

Pero el dolor de esa herida era poco comparado con el alivio que había sentido al finalmente liberarse, porque cualquier vestigio de amor que aún le tenía a su hermana había muerto definitivamente con ese enfrentamiento. Cersei estaba muerta para él y estaba seguro que ella pensaba lo mismo… y eso era un bálsamo para su alma.

Jaime no solo había revivido, había renacido.

-Aunque una invasión Greyjoy ahora sea casi imposible, una de los Stark o los Tully no lo es. Es por eso que igual necesitaré a los hombres que planeaba llevar al Oeste desde el principio. -le dijo a vieja tras volver al presente.

-Entiendo… -respondió Lady Olenna. -Pues bien Ser Jaime, no os molestaré más. Que tengáis un buen viaje al Oeste, vos y vuestros… sobrinos.

"Si estoy lejos de Cersei, mi padre y tú, por supuesto que lo tendremos" pensó mientras veía a la anciana sentarse.

Suspiró antes de tomar asiento entre el propio Lord Tywin y su tío Kevan. El hermano menor de su padre se veía un poco mejor, pero todavía estaba lejos de aquel hombre infatigable que normalmente era. La muerte de su primogénito lo había devastado completamente.

"Estaría aún más apenado si supiera que Lancel tenía leche en las venas."

Pero aun así tuvo que entablar conversación con su tío, ya que su padre estaba muy ocupado hablando con Lord Tyrell, quien estaba sentado a su otro lado.

- ¡Jaime! Justamente quería conversar contigo. -le dijo su tío, intentando mostrar una sonrisa pese a las profundas ojeras que tenía.

-Tío Kevan, ¿en qué puedo servirte? -respondió, replicando con una sonrisa propia pese al dolor de la mejilla.

-Estaba pensando en tu viaje al Oeste. Tomarás a Tommen como escudero cuando estés allá, ¿cierto?

-Si. -confirmó Jaime.

-Bueno, sé que es algo difícil considerándolo eso, pero agradecería bastante que pudieras tomar a uno de los gemelos como otro escudero. Aunque la verdad me conformaría con que simplemente les consiguieras un caballero al que servir, no han tenido uno desde la muerte de Stafford. -dijo su tío, mirándolo fijamente.

-Veré que puedo hacer tío, la verdad es que aunque tomaré oficialmente a Tommen como escudero, no sé sí realmente tendré el tiempo para enseñarle a ser un caballero. Solo podré saberlo cuando esté allá.

-Entiendo. -respondió Ser Kevan, suspirando. -Pero bueno, ¿lo intentarás al menos?

-Por supuesto tío, lo prometo.

Su tío sonrío y brindo en su honor, antes de girarse para hablar con un señor del Dominio que Jaime no conocía. Su padre seguía conversando con Lord Tyrell, así que Jaime aprovechó el momentáneo aislamiento en el que había caído para atacar su plato y observar al resto de los asistentes al banquete.

Joffrey y Margaery estaban en la cabecera, y justo mientras Jaime los observaba su sobrino actuó galantemente y llevó un trozo de comida de su plato a la boca de su esposa, la cual lo aceptó grácilmente mientras le hacía ojitos. A Jaime casi le daban nauseas.

Cersei estaba al lado de Margaery, pero Jaime no se molestó en mirarla. Que Aerys con tetas siguiera autodestruyendo su vida porque él no iba a mover un dedo para salvarla. Tommen y Myrcella estaban un poco más allá, charlando alegremente entre ellos. Aun pese al odio que sentía por su hermana, Jaime no pudo evitar sentir un poco de nostalgia al ver a sus sobrinos menores tan parecidos a como él y ella habían sido a su edad, cuando todavía eran dulces e inocentes.

"No te mientas, Cersei siempre fue un monstruo" le susurró su conciencia, obligándole a recordar aquella ocasión en que los Martell habían querido conocer a un Tyrion recién nacido y su hermana había torturado a su hermanito, acusándolo de haber matado a su madre.

El resto de los comensales eran Tyrells o sus vasallos. Jaime logró distinguir a Ser Loras Tyrell, recién proclamado como uno de los nuevos miembros de la Guardia real, y a su hermano mayor Garlan, más robusto y barbudo que el Caballero de las Flores y probablemente también un mejor guerrero. Eran las únicas personas interesantes que pudo identificar.

Aburrido, volvió a concentrarse en su plato, pero pudo notar por el rabillo del ojo como alguien se acercaba jadeando a la mesa del festín. Se giró y se dio cuenta que era el Gran Maestre Pycelle, lo que llamó profundamente su atención.

El maestre recorrió la distancia que lo separaba de Lord Tywin en una velocidad increíble para su edad, aunque bueno, estaba claro que Pycelle aparentaba más debilidad de la que realmente poseía. Su padre lo interrogó con la mirada cuando llegó a su lado y tras unos instantes pareció lograr notar algo extraño, porque sin mediar palabra alguna se levantó y caminó con el maestre hacia una de las puertas.

Jaime se quedó sentado observándolos, uno de los pocos, ya que la gran mayoría de los asistentes al festín no habían notado lo sucedido y seguían enfocados en la comida. Una de las excepciones obvias era Lady Olenna, que al igual que Jaime intentaba descifrar lo que estaba ocurriendo, observando la reacción de las facciones de su padre frente a las palabras de Pycelle.

La cara de Lord Tywin pasó sucesivamente de tensión a relajo… y luego a un asomo de sonrisa. Jaime sintió un puño de hielo en el estómago al ver lo último y sin esperar más se levantó y comenzó a caminar hacia su padre.

-¿Qué pasó? -preguntó cuándo llegó a su lado.

Su padre lo miró antes de responder, sus ojos verdes con ribetes dorados refulgiendo de satisfacción.

Cuando le explicó lo que había pasado, Jaime no pudo hacer otra cosa que quedar paralizado.

Volvió al festín, pero su mente estaba en otra parte. Su padre anunció la noticia que Pycelle le había traído y su real sobrino tuvo la gran idea de proponer un brindis por ello, pese a que algunos Tyrell no lograban esconder la incomodidad frente al suceso acontecido.

Jaime permaneció en silencio por el resto del festín, solo respondiendo cuando le hablaban e intentando llamar la atención lo menos posible. Lo único que deseaba es poder abandonar la mesa lo antes posible y vio su oportunidad cuando la comida se interrumpió para que los invitados pudieran ver a un grupo de danzarines essosi.

Se había recién levantado del asiento cuando la mano de su padre lo aferró del brazo.

¿A dónde vas? - preguntó.

-A dormir, mañana es un largo día y yo ya no puedo soportar seguir viendo a Joffrey por esta noche. -respondió, intentando convencer a su padre de que sus palabras eran sinceras.

- ¿Tan temprano? ¿En serio? -lo interrogó, arqueando una ceja. - ¿De verdad solo te retiras para ir a dormir?

Sintió un escalofrío al pensar en la posibilidad de que su padre supiera sus intenciones, pero rápidamente descartó esa posibilidad. Había tomado todas las precauciones así que era imposible que lo supiera. De todos modos tuvo que seguirle el juego.

-No… tengo que hacer otra cosa antes de eso. -admitió, fingiendo vergüenza.

- ¿Qué?

-Convencer a Clegane. -respondió sinceramente. -No lo he hecho y esta es la última oportunidad que tengo.

Su padre evaluó sus palabras por unos dolorosos segundos antes de finalmente asentir. Aun así, aprovechó de reprenderlo.

-Cuando debes hacer algo, debes hacerlo lo antes posible. Que te sirva de lección. -le dijo a modo de despedida.

Jaime asintió y salió rápidamente del lugar, caminando lo más rápido posible hacia un lugar distinto al que le había dicho a su padre al que iría, donde lo aguardaba una persona distinta a la que su padre creía que buscaría.

Al llegar a ese oscuro rincón del castillo, tocó la puerta seis veces en la frecuencia que habían acordado. Pronto la puerta abrió, siendo recibido por la persona que esperaba.

Tyrion.

- ¿Es hora? - preguntó su hermano menor. Jaime no respondió, simplemente asintiendo. Sin embargo, eso fue suficiente para Tyrion.

-Iré a buscar a Varys, nos vemos en veinte minutos.

Listos Tyrion y Varys, Jaime reanudó su camino hacia las habitaciones de Sandor Clegane. El bruto dormía en el Torreón de Maegor, el lugar más protegido de la capital… pero afortunadamente dicha torre igual les serviría para sus planes.

Cuando estuvo afuera de la habitación de Sandor, tomó aire y tocó la puerta. Inmediatamente escucho ruidos al otro lado, pero aun así Clegane se demoró unos segundos en abrir la puerta. Cuando lo hizo miró con desconfianza al recién llegado, que se transformó en desprecio al ver que era Jaime.

-Matarreyes. -saludó el bruto. -¿Qué es lo que quieres?

-Conozco algunos señores que le sacarían la lengua a un vasallo que les hablara tan insolentemente. -murmuró Jaime, impasible.

-Sí, lo haría…, pero ambos sabemos que tú no. -replicó Clegane, riendo amargamente. -Pero bueno, ¿qué es lo que queréis Ser Jaime? ¿Ahí si es suficientemente cortes?

-¿Qué vas a hacer ahora Clegane' -preguntó, haciendo caso omiso a las burlas de la bestia.

- ¿Ahora cuándo? -replicó el susodicho.

-Ahora que Joffrey está casado y protegido por la Guardia Real.

Sandor dudó antes de responder. -Seguir protegiéndolo supongo. Aunque el pequeño Joff ya esté casado sigue siendo un niño en el fondo. Uno al que muchas personas quieren matar.

"No me imagino por qué."

- ¿Y no te aburrirás aquí? ¿Tan lejos de la guerra y de personas a las que matar? -preguntó Jaime. -Ahora que los Tyrell están con nosotros Desembarco será un lugar seguro, demasiado seguro para un guerrero que no quiere engordar.

-¿Y qué quieres que haga? ¿Qué vaya al Oeste contigo a matar Starks? -replicó Clegane, antes de reír nuevamente. -No lo haré.

-Necesito un escudo para Tommen y Myr…

-Consigue a otro, ya te dije que yo no lo haré. -lo interrumpió el bruto, impaciente. -¿Algo más?

Jaime se quedó mirando fijamente a los ojos de Clegane. Tyrion le había contado como había desobedecido sus órdenes en la Batalla del Aguasnegras, por lo que estaba más que tentando a rebanarle el cuello para que pagara por todas sus insolencias… y crímenes, porque Clegane también era un asesino. Quizás no al nivel de su hermano, pero eso en la práctica no significaba mucho.

"Todos somos asesinos, no seas hipócrita." le acusó su conciencia.

Rompió el contacto visual para pensar en que decir, pero justo en ese instante comenzó a escuchar pasos en el pasillo por el que él mismo había llegado. Se dio media vuelta y ahí estaban, Tyrion y Varys. Clegane también los vio.

- ¿La araña? ¿Qué está haciendo aquí? -preguntó.

Jaime suspiró antes de responder. - Ya lo verás.

Costó convencerlo, pero finalmente fue vencido por la curiosidad y aceptó. Al final ni siquiera tuvieron que salir de su propia habitación, porque Varys se metió en la chimenea y les hizo señas para que lo siguieran . Pronto estaban caminando por los túneles que recorrían toda la Fortaleza Roja.

Pero ellos no estaban moviéndose hacia un sector del castillo, ellos lo hacían hacia abajo, cada vez más abajo.

Donde los gritos de un hombre comenzaron a escucharse.

-¿A qué mierda están jugando ustedes? -preguntó Clegane, que parecía arrepentido de no haber llevado una espada consigo.

-Paciencia. -respondió Jaime, justo antes de detenerse afuera de una puerta reforzada que estaba cerrada. Varys sacó unas llaves y comenzó a abrirla, momento en el que se escuchó otro grito, quedando manifiesto que el autor de ellos estaba dentro de esa habitación.

Y su identidad también quedó rápidamente descubierta, porque encadenado contra la pared estaba nada más y nadie menos que Meñique.

Baelish se veía destruido, si bien no había sido torturado ya llevaba días encadenado bajo tierra y Varys solo le había dado los alimentos suficientes para que no muriera de inanición o de sed. Aun así, sus ojos se iluminaron al ver a Sandor.

- ¡Clegane! ¡Ayúdame! ¡Estos dementes están conspirando en contra de Joff…

-¿Por qué lo han mantenido vivo y no lo han matado? -dijo Sandor, indiferente a las súplicas de Meñique.

-No quería matarlo antes de partir de la ciudad. -replicó Jaime, encogiéndose de hombros. Desenvainó la espada que su padre le había regalado antes de seguir. -Pero bueno, eso ha cambiado.

Meñique gritó cuando Jaime comenzó a acercársele.

-¡Lo he dado todo por tu familia! ¿Por qué me estás haciendo esto?

-Porque no me gusta dejar cabos sueltos Meñique, y tú eres el más grande que existe. -le dijo Jaime, casi sonriendo antes de continuar. -Además… necesitaba un chivo expiatorio.

Su espada descendió antes que Baelish pudiera decir algo más.

"De cierto modo acabo de vengar a Ned Stark… con el acero de Ned Stark. Que irónico."

Tyrion le alcanzó un paño con el que limpió la sangre del arma de acero valyrio, mientras sus tres acompañantes miraban con distintos grados de satisfacción como Meñique se ahogaba en su propia sangre.

Cuando finalmente murió, no pudo evitar suspirar de alivio.

Sin embargo, si Clegane estaba impresionado lo estaba escondiendo bien.

-Así que ustedes fueron los que hicieron desaparecer a Meñique. ¿Puedo preguntar como lo hicieron?

"La verdadera pregunta es por qué lo hicimos"

Tyrion se encogió de hombros antes de responder. -Varys conoce la ciudad mejor que nadie, y sus pajaritos la conocen aún mejor.

-¿Y por qué están siendo ayudados por la Araña? ¿Acaso no es leal al Rey?

-Soy leal al reino Clegane, no al Rey. -respondió Varys, con una expresión de determinación bastante atípica en su persona. -Y el reino será destruido si dejamos que esta guerra siga escalando, cosa que Meñique ayudó bastante a que sucediera.

-¿Y de verdad crees que la guerra terminará mientras Joffrey siga en el Trono? Joffrey quiere matar a la mitad del reino y esa mitad quiere matarlo a él. Son bastante ingenuos si creen que la guerra terminará por la mera muerte de Baelish…

-No es lo único que hicimos. -lo interrumpió Jaime, irritado. Salió de la habitación antes que Clegane pudiera decir algo más. -Ven y velo con tus propios ojos.

Esta vez tuvieron que caminar bastante más, ya que se dirigían a un lugar que quedaba fuera de la Fortaleza Roja. Varys se le acercó mientras recorrían el largo túnel, totalmente oscuro salvo por la antorcha que el eunuco portaba.

-Llegaron noticias del Norte…

-Sí, mi padre me las contó en el banquete. Es… una lástima.

- ¿Se las contarás a su hermana?

Jaime lo pensó antes de responder.

-Debo hacerlo, aunque sea doloroso para ella.

Varys asintió, quedando en silencio por unos segundos antes de volver a hablar.

-También hay noticias del Este.

Jaime se tensó al escucharlo. -¿Y qué dicen esas noticias?

-Que el día está cada vez más cerca. -respondió Varys, antes de sonreír y alejarse un poco del Lannister.

"Sí, claro que está más cerca. Solo debe esperar a que los dragones crezcan un poco más… y entonces volveremos a tener a un Targaryen en el Trono de Hierro."

Tras eso no se demoraron mucho más en llegar a su destino: un burdel en la Calle de la Seda. Claro que lo hicieron entrando por el sótano desde un pasadizo secreto.

-Una Mano del Rey con una afición a las putas fue quién lo mandó a construir. Al parecer, a su señoría le gustaba mantener tal afición en secreto. -le explicó Varys a Clegane, que solo asintió mientras miraba en todas direcciones.

"Está ansioso, probablemente ya adivinó a quién venimos a ver."

Jaime decidió terminar con su ansiedad, así que avanzó rápidamente por pasillos del afortunadamente vacío burdel hasta el último piso, que servía de residencia para las dueñas del lugar. Tocó la puerta seis veces, en la misma frecuencia que lo había hecho con su hermano en la Fortaleza Roja.

Pronto una joven belleza de las Islas del Verano abrió la puerta, saludando con una reverencia a los recién llegados.

-Estábamos esperándolos.

-¿Está lista para recibirnos? -preguntó, a lo que la morena asintió. -Entonces no esperamos más.

Caminaron hacia una habitación interior… y la vieron.

Sansa Stark, con una expresión de ansiedad en su bella cara que no había logrado esconder completamente.

-Ser Jaime, Lord Tyrion, Lord Varys. -les saludó la norteña, siempre tan cortés. Pareció sorprendida al ver con quién habían llegado.

-¿Ser Sandor? -preguntó extrañada.

-Ya te dije que no soy un caballero, pajarito. -respondió con un tono de voz sorprendentemente suave. Suspiró antes de seguir. -Es bueno ver que estás bien, estaba… preocupado.

-Clegane mañana partirá al Oeste con nosotros, Sansa. -le dijo aprovechando la momentánea sensibilidad del bruto. -¿No es cierto, Sandor?

Clegane lo miró con una expresión indescifrable antes de asentir -Si, así es.

-Oh, eso es algo… bueno. -murmuró Sansa, que al parecer no había notado el pequeño lapsus entre ambos hombres, o si lo hizo no le había importado. La norteña miró a Jaime antes de seguir. - ¿Entonces será mañana?

-Sí, mañana. -confirmó el Lannister. -Intenta descansar esta noche y repasar las instrucciones que Varys te dio. Hay que tomar todas las precauciones posibles para evitar que alguien te vea o te reconozca.

-Lo sé, de hecho justo ahora Alayaya iba a teñirme el pelo. -replicó la norteña, indicando un frasco que la joven morena sostenía.

-Será lo mejor. -murmuró Jaime, rezando porque todavía no hubiesen notado su ausencia en la Fortaleza Roja. Pero su corazón se congeló cuando escuchó las siguientes palabras que salieron de la boca de la norteña.

-Es curioso, con el pelo negro casi me voy a parecer a Arya. Nunca hubiera pensando que eso iba a ser algo bueno…

Sansa notó la mirada que él y Varys intercambiaron, por lo que dejó de hablar mientras observaba a ambos.

- ¿Qué pasa? ¿dije algo malo?

Jaime miró un instante más a Varys antes de suspirar.

-Han pasado cosas en el Norte desde que desapareciste.

La cara de la Stark se volvió blanca como la leche al escuchar sus palabras. -¿Qué.. qué pasó?

-Los Greyjoy atacaron el Norte hace unos días. Tomaron Foso Cailin y algunos castillos costeros… y estaban asediando a Invernalia. -respondió Jaime, viendo como la norteña se tapaba la boca con las manos. Lo más difícil era pensar que todavía no le había contado lo peor.

-¿Es… estaban? -preguntó Sansa, juntando las palabras.

Jaime asintió, suspiró y pronunció las palabras que causarían que la norteña se desmayara.

-Hoy llegó un cuervo con nuevas noticias. Lo lamento Sansa, Invernalia fue tomada… y quemada.