EDRIC
Aunque había menos gente viviendo dentro de sus murallas, Antigua era una ciudad incluso más grande que Desembarco del Rey, sus atiborradas calles extendiéndose por millas a ambos lados del Aguamiel. La Torrealta, el Septo Estrellado y la Ciudadela eran visibles desde todo punto de la ciudad, sobre todo la primera, que le competía en altura incluso al Muro en el lejano Norte.
Pero la ciudad de los Hightower era tan parecida a Desembarco del Rey como un burro lo era a un purasangre dorniense. Sus calles eran pulcras y adoquinadas, con casas y mansiones de piedra blanca elevándose en sus orillas de una manera tan ordenada que no quedaba duda en que habían sido construidas lenta y cuidadosamente, en un tiempo mucho mayor a los escasos trescientos años con los que la capital contaba.
Y el olor… ni siquiera Puerto Blanco olía tan limpio. Cuando Edric y los norteños habían llegado a Desembarco del Rey por primera vez, su pestilencia les había espantado a todos. Bran incluso había dicho que deberían haberle pedido ayuda a Lord Manderly para que ayudara a limpiar la capital, ya que la ciudad norteña era mucho más limpia que ella. Un comentario de niño… pero bueno, era eso lo que él y los Stark habían sido en esos días de felicidad, mil años atrás.
Pensar en Bran entristeció al dorniense, quién se preguntó que estaría su amigo en ese instante. ¿Cabalgando junto al resto del ejército norteño en el largo camino a casa? ¿Entrenando junto a los otros escuderos? ¿Siendo visitado por el Cuervo de Tres Ojos?
Edric y los hombres de Lord Beric habían hecho muy buen tiempo hasta entonces, atravesando el Dominio en casi la mitad del tiempo que habían esperado. Les ayudó bastante el que casi todos los soldados de la región estuvieran junto a Lord Tyrell en las cercanías de Puenteamargo… o en las fortalezas costeras del Dominio, preparándose por si los hombres de hierro trataban de aprovecharse de la guerra para saquear sus tierras, como tantas veces habían hecho a lo largo de la historia.
Pero bueno, gracias a ello casi nadie había molestado al grupo de jinetes mientras cabalgaban por las verdes praderas del antiguo reino de los Gardener. Tras pasar Altojardín, Edric esperaba que se dirigieran hacia Colina Cuerno y los pasos entre las Montañas Rojas que el castillo Tarly protegía, pero Lord Beric había negado con la cabeza y habían cambiado el rumbo, dirigiéndose hacia Antigua.
-Tal como a nosotros no nos molestó nadie durante nuestro trayecto, tampoco deben haberlo hecho con Estrellaoscura y el resto de la Compañía Audaz. No me sorprendería que nos esperen en algún escondite entre las montañas para emboscarnos y matarnos a todos. Nosotros los marqueños sabemos bien lo expertos que son ustedes los dornienses en el arte de atacar por la espalda. Prefiero ir a Antigua y tomar un barco, nos demoraremos un poco más, pero será más seguro.
El Dayne no había podido evitar sentirse un poco insultado frente a sus palabras, pero tampoco podía negar la verdad que había en ellas. Estrellaoscura no era tonto y tras haber visto a los hombres de Dondarrion interrumpiendo su emboscada en Septo de Piedra y al propio Edric reconociéndole, debía haber deducido que él y Lord Beric se dirigirían a Campoestrella como su siguiente destino.
Edric suspiró, buscando en el reflejo de la cerveza la cicatriz que Estrellaoscura le había dejado en la cara como recuerdo de su pelea. Habían encontrado una galera myriense que pasaría por Campoestrella en su viaje de retorno a casa y su capitán había accedido a llevarlos. Sin embargo, no partirían hasta el día siguiente, así que Lord Beric no había tenido otra opción que ceder a las peticiones de sus hombres de ir a una de las tabernas que había en la ciudad.
Estaban en una de las más cercanas a la bahía. Edric no se había fijado en su nombre al entrar en ella, pero Anguy le dijo que su sidra era tan fuerte que si alguna vez volvían a Antigua solo tendrían que indicar ese detalle para que alguien les dijera cual era. El dorniense no tenía motivos para dudar de las palabras del arquero, el único de los hombres de Lord Beric con el que había desarrollado algo parecido a una amistad en el tiempo que llevaba con ellos.
- ¿Qué sucede mi señor? ¿La cerveza no es lo suficientemente buena para vuestro noble paladar? -comentó irónicamente el arquero, quién había dejado por un segundo de mirar a las criadas que atendían la taberna para fijar su atención en el joven caballero.
-La cerveza está bien Anguy, simplemente no tengo sed. -respondió Edric, ausente
-Ah bueno, no puedo decir que soy tan resistente a los encantos de la bebida como vuestra señoría. -dijo el tormenteño, bebiendo un poco más de sidra. Sonrió tontamente antes de continuar hablando. -Y tampoco a los del sexo bello, si me permites el comentario.
El dorniense levantó la vista, intentando averiguar a que se estaba refiriendo su amigo. Pronto se dio cuenta, ya que el par de mozas a las que Anguy había estado observando toda la noche en ese momento estaban mirándole a él. La más joven debía tener su edad y le sonrío por un instante al ver que la estaba mirando, pero rápidamente se giró para reír junto a su compañera.
Edric negó con la cabeza.
-No son para mí, Anguy. -murmuró, bebiendo un poco de cerveza. Adopto una expresión seria antes de continuar-Y tampoco creo que sea una buena idea que te acerques a ella.
-¿Y eso porque? -protestó el arquero, enojado.
-Por los novicios que están sentados más allá. -respondió simplemente, señalando con un gesto de la cabeza hacia una de las mesas que no estaban ocupadas por los hombres de Lord Beric.
En dicha mesa estaban sentados cuatro aprendices de la Ciudadela y el más grande de ellos llevaba varios minutos observando al par de amigos y a la moza, con una molestia que no se molestaba en disfrazar. Edric había notado su hostilidad hace bastante, pero hasta entonces le había descartado a él y a sus compañeros como una amenaza seria. No estaba tan seguro que seguirían así si el arquero se acercaba a la joven.
- ¿Los futuros maestres? Bah, si están en la Ciudadela es porque no tenían futuro con las armas. Dudo que siquiera sepan cómo se toma una espada.
-No necesitan ser el Caballero Dragón para clavarte un cuchillo por la espalda. Además, el moreno tiene una mirada que no me gusta en lo más mínimo.
No mentía cuando decía tal cosa. El novicio al que se refería tenía la piel tan oscura como un isleño del verano y si bien solo había cruzado su mirada con la suya en un par de ocasiones, Ned no podía dejar de pensar en que dicha mirada le recordaba a la de otra persona que conocía, pero a quién no lograba identificar. La posibilidad de que le reconocieran le inquietaba un poco, así que prefería no llamar aún más la atención del acolito. Lo último que necesitaba era que los Tyrell se enteraran que había un Dayne en Antigua, si es que los rumores de la inminente alianza entre ellos y los Lannister eran ciertos.
-La verdad es que a mí tampoco me gusta su mirada. Soy arquero y reconozco a otro cuando lo veo. Quizás sus compañeros sean inofensivos, pero se nota que él es alguien que sabe dónde colocar una flecha. -comentó el marqueño, fijando su mirada en el acolito por un instante, aunque la apartó rápidamente cuando este se la devolvió.
- ¿Por casualidad te recuerda a alguien? -preguntó el dorniense, esperanzado.
-¿Si me recuerda a alguien? No, para nada. ¿Por qué lo preguntas?
-No puedo dejar de pensar en que lo he visto antes. -murmuró Edric, frunciendo el ceño. -Pero bueno, quizás simplemente lo estoy confundiendo con alguien más.
-Debe ser eso. ¿O acaso habías estado en Antigua antes? -preguntó Anguy.
-Lo estuve. -respondió, para sorpresa de su amigo.
- ¿Qué? ¿Cuándo?
-Cuando partí a Invernalia. -respondió el dorniense, sumergiéndose en sus recuerdos.
Había ocurrido casi diez años atrás. Su padre había muerto -o más bien, había sido asesinado- y Allyria temía por su seguridad, así que había decidido enviarlo lo más lejos posible de Campoestrella. Afortunadamente unos años antes Lord Stark había ofrecido tomarle como pupilo, así que el Norte era un destino obvio para poder estar a salvo de Estrellaoscura.
Había partido del castillo de su familia en medio de la noche, escoltado por medio centenar de jinetes y la Víbora Roja. Edric debía admitir con algo de vergüenza que había sentido miedo en ese viaje por las montañas. Pero bueno, tenía cinco años, su padre había muerto y estaba huyendo de su hogar, ¿acaso era extraño sentirlo?
Pero ahora estaba por cumplir dieciséis y ya era un caballero ungido. No volvería a sentirse así.
-No tenía la menor idea. -murmuró Anguy.
-No muchos lo saben. -admitió Edric. -Mi familia trató de mantenerlo en secreto, para evitar que…
-Que vuestro primo se enterara, entiendo. -le interrumpió el arquero. Miró al dorniense casi con lastima antes de seguir. - ¿Es un verdadero monstruo, cierto?
-Como pocos. -confirmó secamente. -Es por eso que debemos llegar a Campoestrella lo antes posible, si no lo hacemos… -murmuró sin terminar la frase, ya que no era necesario.
Ambos hombres quedaron en silencio por unos minutos, pensando en que los esperaría en su destino: un castillo todavía intacto, con tanto Albor como la propia Allyria a salvo… ¿u otra cosa?
La verdad es que la tensión estaba matando a Edric.
-Voy a tomar un poco de aire. -murmuró, levantándose de improviso y mirando hacia la puerta.
- ¿Necesitas a alguien que te cuide las espaldas? -preguntó el arquero, mirando sucesivamente al Dayne y a su jarra de sidra. Estaba claro que si le daban a elegir se quedaría con la segunda, pero aun así el dorniense agradecía su gesto.
-Puedo cuidarme solo, no te preocupes. -respondió, señalando la daga que le colgaba del cinto. Se despidió con un gesto de la cabeza y comenzó a caminar sin esperar por su respuesta.
El aire frío de la noche le recibió como si fuera un viejo amigo. La salida de la taberna daba a una terraza en la ribera del Aguamiel, que a esas horas de la noche estaba desierta. Desde ella el dorniense tenía una vista privilegiada de la ciudad, del río y de las estrellas. Irónicamente, solo mirando a estas últimas era la única forma en la que casi podía olvidarse de Estrellaoscura… pero si se era sincero su primo nunca lograba desaparecer totalmente de sus pensamientos.
Lo peor es que aún cuando pensaba en otras personas ajenas a su familia, ellas también motivo de preocupación. Robb, Arya y Bran eran los primeros que acudían a su mente, pero Ser Jaime, Domeric, Sansa e incluso Jon Nieve tampoco se quedaban muy atrás. La guerra había tocado a todas las personas que le eran importantes y mientras esta continuara, vivía con el temor de recibir la noticia de que algo horrible le había ocurrido a alguna de ellas.
Y lo peor es que aun cuando la guerra llegara a su fin, habría otra que comenzaría. Y en ella las espadas y lanzas solo cumplirían un papel secundario para ganarla… porque hasta el mejor acero templado se quebraría al enfrentarse a la espada de un Otro.
Pensar en ello le dio escalofríos, pese a que llevaba bastante tiempo sin ser visitado por Lord Brynden y sus visiones. Y si él se sentía así, no quería ni pensar en cómo se sentía Bran. Que aquella bruja en Alto Corazón se hubiera asustado tanto al verlo solo había confirmado sus sospechas. Bran tenía sobre sus hombros una responsabilidad tan grande en la guerra que se aproximaba como el propio Jon Nieve, si no es que más.
Edric suspiró, la verdad es que casi deseaba que Cuervo de Sangre nunca lo hubiera visitado. El dorniense estaba destinado a ser un caballero, no el sirviente de un verdevidente. Su vida hubiera sido mucho más simple si no supiera tantas cosas que le eran secretas a la mayoría.
Pero bueno, Lord Brynden tenía razón cuando decía que no valía la pena lamentarse por lo que podría haber sido. Lo que valía la pena era luchar para forjar el mejor destino posible.
-Son hermosas, ¿no es cierto? -preguntó suavemente una voz a sus espaldas.
Edric se dio vuelta instantáneamente, desenvainando su daga en el proceso por mero instinto. Las facciones de la persona que había hablado estaban ocultas por la oscuridad, pero aun así pudo notar que estaba sola. La puerta por la que había salido de la taberna estaba cerrada, así que llevaba varios segundos ahí. No le había escuchado en lo más mínimo, así que debía ser alguien muy sigiloso, Edric debía haber estado muy distraído… o ambos.
"Podría haberme clavado un cuchillo por la espalda y no me habría dado cuenta." pensó preocupado. Quizás debería haberle pedido a Anguy que le acompañara.
- ¿Quién eres? -preguntó, sin apartar la vista del desconocido por un solo instante.
Sin embargo, la persona en vez de responder comenzó a acercarse al dorniense, quien estuvo a punto de amenazarle con su arma cuando notó que el desconocido estaba intentando salir de las sombras para que pudiera verle mejor. Le permitió avanzar hasta que la luz de las antorchas al borde del río le permitió distinguir sus facciones… y no pudo evitar sorprenderse un poco cuando reconoció al acolito moreno que le había dado mala espina a él y a Anguy.
-Tú. -murmuró, sin bajar la daga.
-Sí, yo. -respondió el aprendiz, levantando las manos para que viera que estaba desarmado. - ¿Porque tanta hostilidad mi señor? Ni siquiera creo que nos conozcamos…
-No sé cómo son las cosas en Antigua, pero en el resto de los Siete Reinos no te acercas a alguien por la espalda sin avisarle. -replicó el dorniense, bajando el arma solo un poco.
-Me disculpo por eso, pero lo hice porque no quería interrumpirte. Te veías concentrado y yo también suelo mirar las estrellas cuando estoy inquieto, así que sé lo molesto que es cuando alguien te interrumpe.
Sus palabras sonaban sinceras, así que tras unos segundos Edric asintió y bajó la daga. Aun así la mantuvo a su alcance por si el acolito intentaba algo, aunque con cada segundo que pasaba parecía menos probable.
Aprovecho la ocasión para estudiar con más detalle al desconocido. Era esbelto, de pelo y ojos aún más oscuros que su piel y facciones casi femeninas que debían de haber atraído a más de una doncella. Parecía una buena persona, pero bueno, Edric más que nadie sabía que las apariencias engañaban. Estrellaoscura era la prueba más clara de ello.
- ¿Qué es lo que quieres? -preguntó, intentando sin éxito no sonar demasiado duro.
- Lo mismo que vos, mi señor. Mirar las estrellas. -respondió el moreno, en un tono que el dorniense no pudo distinguir si era irónico o no.
-La terraza es lo suficientemente grande para los dos, ¿porque vienes justo adonde estoy yo?
El acolito sonrío antes de responder.
-Bueno, me habéis pillado mi señor. Quizás si quería hablar con vos.
Edric se tensó frente a sus palabras, acercando casi instintivamente su mano a la daga. Al notarlo, el desconocido levantó nuevamente las manos.
-Deja la daga ahí, ya te dije que estoy desarmado y que solo quiero hablar.
- ¿Hablar de qué?
-De estrellas.
- ¡Deja de hablar en acertijos!
-Pero si de verdad quiero hablar de estrellas. ¿Por qué no quieres creerme? -respondió el misterioso acolito, sonriendo nuevamente.
-¿Acaso la Ciudadela los hace perder la razón? ¡Uno no se acerca a un desconocido a hablarle de estrellas!
-¿De verdad? -replicó el acolito, arqueando una ceja. -Entonces creo que no has tenido mucho éxito con las mujeres. Es extraño, considerando que Rosey no paró de mirarte hasta que saliste de la taberna. Uno de mis amigos casi quería salir a desafiarte a duelo por eso.
-De acuerdo, de acuerdo. ¿Qué es lo que quieres decirme sobre las estrellas? -preguntó el dorniense, perdiendo la paciencia.
-En realidad es una pregunta. ¿Son muy diferentes a las del Norte? -murmuró el desconocido, casi inocentemente.
Edric levantó la daga nuevamente.
-Lo preguntaré una última vez. ¿Quién eres y que es lo que quieres?
-Mis amigos me llaman Esfinge, porque tal como hice contigo suelo hablarles en acertijos. -respondió el acolito, ahora indiferente al arma del dorniense. -La verdad es algo mucho más sencillo. Soy un amigo.
-¿Un amigo? -preguntó el Dayne, sin creerle por un instante. -¿Qué clase de amigo habla en acertijos?
-Uno que no quiere revelar su identidad, al menos por ahora. -respondió el Esfinge, serio. -Pero bueno, si te desespera tanto no tener un nombre con el cual nombrarme, puedes decirme Alleras.
-Alleras. -murmuró Edric, evaluando tal mote. -Ese es un nombre dorniense.
-Mi padre es dorniense, aunque sea difícil creerlo. Heredé la apariencia de mi madre, nacida en las Islas del Verano.
-No lo dudo. -respondió, sin bajar la espada. -Y bueno Alleras, ¿qué es lo que quieres conmigo?
-Quería ver al Señor de Campoestrella de más cerca. -replicó el acolito -No todos los días se ve a un Dayne… aunque bueno, ahora he visto a dos.
Las palabras del moreno cayeron como un baile de agua fría sobre Edric.
- ¿Qué? ¿A que otro Dayne viste?
-A tu primo.
- ¿Estrellaoscura? -preguntó tontamente. Insistió tras la respuesta afirmativa del acolito. - ¿Cuándo? ¿Dónde?
-Hace menos de una semana, en los muelles de la ciudad. -respondió Alleras, serio. -Estaba buscando pasaje a Dorne, al igual que tú y el resto de tus compañeros.
"Una semana, a estas alturas ya podría estar en Campoestrella mientras yo sigo en Antigua" pensó con pánico. El Esfinge pareció notar su incomodidad, porque al seguir hablando lo hizo con más cautela.
-Sus compañeros no eran tan decentes como los tuyos, así que les costó mucho encontrar a algún barco que accediera a llevarlos. Estoy casi seguro que fue el capitán de una coca vieja y pesada quien finalmente aceptó, aunque tendría que hablarlo con mis amigos en los muelles para confirmarlo. Lo bueno es que si tu barco parte mañana y los vientos le son favorables quizás lleguen al mismo destino sin mucho tiempo de diferencia.
El fantasma de Alto Corazón le había dicho que si partía esa misma noche lograría salvar a Allyria de Estrellaoscura. Había cumplido con esa demanda, aunque hubiese causado que Robb pensara que lo había traicionado. Ahora solo podía rezar porque tal sacrificio no hubiera sido en vano.
Porque si lo había sido, no sabía que tendría que hacer.
- ¿Estás seguro de lo que estás diciendo? ¿De qué realmente era mi primo? -preguntó, rogando por que el acólito pudiera haberse equivocado.
-Lo estoy. Cuando era más joven viví en Lanza del Sol y tuve la ocasión de ver al galante Ser Gerold en una visita a la ciudad. Es alguien de quién es difícil olvidarse.
"No sabes cuánto" pensó, recordando la sonrisa cruel del Dayne de Ermita Alta. Si no lograba llegar a Campoestrella antes que él…
-Agradezco lo que me has dicho Alleras, de verdad que lo hago… pero la verdad tampoco creo que lo has hecho por mero altruismo.
- ¿Qué? ¿Acaso ya no se puede realizar una buena acción sin levantar sospechas? -replicó Alleras, riéndose por un instante. Sin embargo, puso una cara seria al continuar. Tal como Edric esperaba que hiciera.
-La guerra te ha endurecido.
-No podemos ser niños toda la vida.
-No, no podemos. -respondió, con una expresión concentrada. Suspiró antes de seguir. -Pero eso tampoco significa que debemos convertirnos en personas amargas.
Edric le había dicho algo parecido a Robb aquella noche en Alto Corazón. Pero bueno, siempre era más fácil decirlo que hacerlo.
-¿Qué necesitas de mí, Esfinge? -preguntó, tratando de no pensar en los Stark.
-Un favor. -admitió el acólito, incómodo por primera vez en lo que llevaban de conversación.
-¿Qué clase de favor?
-Uno pequeño. -respondió Alleras. -Necesito que le entregues un mensaje a mi padre.
- ¿A tu padre? -preguntó Edric, incrédulo. ¿Qué te hace creer que lo conozco?
-Créeme, lo haces… y no te miento cuando digo que es bastante probable que lo veas apenas llegues a Dorne.
-Digamos que eso sucede ¿Cómo sabré que es él? -insistió el dorniense, pensando en que el padre del Esfinge sería un soldado o alguien parecido, a quien le sería casi imposible diferenciar del resto.
-Lo sabrás apenas pongas tus ojos sobre los suyos, te lo prometo. -afirmó el moreno, totalmente seguro. Ambos jóvenes permanecieron en silencio por unos instantes, ojos purpuras enfrentándose a los serpentinos negros. Fue Edric el que apartó la mirada primero, permitiéndose una breve sonrisa.
-De verdad te gusta hablar en acertijos, tu apodo está bien ganado. -murmuró, moviendo la cabeza de un lado al otro. -Está bien Esfinge, lo haré. ¿Qué quieres que le diga?
El viento comenzó a soplar sobrenaturalmente fuertemente en ese instante, haciendo flaquear las llamas de las antorchas que iluminaban la terraza a esas horas de la noche. Si el Dayne hubiera sido alguien más cobarde se hubiera asustado, pero permaneció inflexible esperando la respuesta del acolito.
Si hubiera sabido el significado de ellas en ese instante, quizás hubiera sentido miedo de todos modos.
-Debes decirle que en la Ciudadela… las velas de cristal están ardiendo. Él sabrá lo que significa. -murmuró finalmente el acolito, que parecía casi atemorizado por lo que había dicho. - Debes jurarme por tu honor de Dayne que se lo dirás. El tiempo perdido puede significar la diferencia entre la vida y la muerte en los días que vivimos.
Edric evaluó sus palabras por un instante, ya que el peligro que emanaba de ellas le era claro incluso a él, que no tenía la menor idea sobre que se referían. Una pregunta más que hacerle a Cuervo de Sangre, cuando se dignara a volver a aparecérsele.
-Lo juro por el honor de mi Casa. -respondió finalmente, levantando una mano ceremonialmente para demostrar que lo decía en serio. El acolito pareció quedar satisfecho, pero seguía igual de tenso cuando volvió a hablar.
-Una tormenta se acerca, una tan grande como las de los tiempos oscuros. En la Ciudadela los maestres más viejos están asustados. Intentan disimularlo, pero ninguno logra hacerlo completamente. -murmuró Alleras, sombrío.
-Hay una guerra destrozando al reino…
-Los maestres no estarían asustados de una guerra que todavía está lejos de igualar a la Danza o a la Conquista. No mi señor, ellos están asustados por otra guerra, una que no ha empezado… todavía.
El dorniense no dijo nada, no queriendo revelar cosas que él no debería saber. Aun así, el acolito le miró de forma extraña.
-Si hay algo que he aprendido en la Ciudadela, es que la historia de nuestro mundo ha sido marcada tanto por el hielo como por el fuego… y que ambos extremos son malos. No lo olvides.
Sin decir nada más, Alleras dio media vuelta y volvió a entrar al edificio, dejando a Edric nuevamente solo con sus pensamientos.
Pero ahora ya no pensaba solo en Estrellaoscura, también lo hacía sobre monstruos de leyenda y señores dragón, sobre hielo y fuego. De verdad se aproximaban días oscuros… y él todavía no tenía a Albor. El tiempo se le estaba acabando.
El tiempo se les estaba acabando a todos.
-*-*-*-*.
-Es tiempo. –dijo Lord Beric, invitándolo a salir de su cabina para subir a la cubierta de la nave myriense. Edric asintió y siguió al Señor de Refugio Negro, ansioso por lo que vería al terminar de subir las escaleras de la nave.
"Han pasado demasiados años" pensó, con el corazón apretado.
Respiró profundamente y subió el escalón final. Había amanecido hace bastante, así que el cambio desde la oscuridad a la luz del exterior le desorientó, pero rápidamente logró acostumbrarse y dirigió su mirada el noreste, donde el Torrentino se abría para dar paso a una isla, una isla con un castillo que él conocía bien.
Y cuando pudo finalmente verla, se le cortó la respiración.
Campoestrella, sus blancas torres desafiando al cielo y a la oscuridad. Su hogar, del cual había estado separado más tiempo del que quería. Cuanto había esperado ese momento.
-Había olvidado lo impresionante que es. -murmuró, extasiado.
Lord Beric asintió. -Un castillo no tiene que ser bello, tiene que ser formidable… pero Campoestrella posee ambas cualidades.
El dorniense rio.
-Tienes razón Beric… aunque si soy sincero le recordaba un poco más grande.
-Tú eras más pequeño. -replicó el marqueño, permitiéndose una risa también.
Ambos hombres quedaron en silencio mientras el barco se acercaba al pequeño puerto que había en la isla, a poco más de una milla del castillo. El día estaba despejado, pero corría un viento fresco que anulaba al inclemente sol dorniense, por lo que Edric no podía pedir un clima mejor para volver a casa. Era perfecto, todas las piezas estaban en su lugar.
Pero entonces el muelle quedó a la vista de los tripulantes del barco, y todo rastro de alegría desapareció.
Aún a esa distancia podían ver que los edificios del pequeño puerto habían sido atacados y algunos incluso quemados, con huellas de un combate reciente por todas partes. No había ningún barco amarrado al muelle, como si hubieran huido… o hubieran sido hundidos.
El embarcadero estaba desierto, excepto por unos desconocidos en sus afueras que custodiaban a unos prisioneros con ropas púrpuras, obligándolos a caminar desde el muelle hacia el castillo de Campoestrella. Prisioneros a los que por sus ropas Edric podía reconocer como soldados leales a los Dayne, soldados leales a su familia.
La verdad lo golpeó tan fuerte como aquella flecha en Puerto Gaviota: habían llegado tarde.
Lord Dondarrion también los había visto, así que sin perder el tiempo había llamado a las armas al resto de sus soldados mientras él mismo corría a buscar su espada y armadura. Edric le imitó y corrió a su camarote a buscar sus cosas, su corazón latiendo frenéticamente. Se equipó casi inconscientemente, su mente en blanco.
Cuando subió nuevamente a la cubierta había hombres corriendo en todas direcciones, gritándose los unos a los otros mientras se repartían armas y pertrechos. Lord Beric ya estaba listo, vestido impecablemente mientras le daba instrucciones a la docena de arqueros de su compañía, entre los que se encontraban Anguy. El pelirrojo le miró preocupado por un instante, pero no dijo nada. Edric casi no lo notó.
-Ned… -comenzó Beric al verle, su rostro expresando preocupación.
-¿Qué vamos a hacer? -preguntó, interrumpiéndole.
-Nada hasta que averigüemos quiénes son. Desembarcaremos y nos acercaremos lo suficiente para averiguarlo. Si son la Compañía Audaz, atacaremos, pero no antes. -explicó pacientemente el marqueño.
-¿Esperar? -replicó el dorniense, incrédulo. -¡Tienen prisioneros a guardias de Campoestrella, Beric! ¿Cómo puedes dudar que son enemigos?
-Sé que es difícil Ned, pero no es momento de tomar decisiones apresuradas. Es mejor esperar un poco de tiempo a tener que lamentarse de haber matado a la persona equivocada.
"Matar a los hombres de Estrellaoscura jamás va a ser algo equivocado"
-Has lo que quieras, no voy a esperar…
-Lo lamento Edric, pero no puedo dejar que hagas una estupidez. -le interrumpió el señor marqueño, haciendo una seña a dos de sus hombres para que rodearan al dorniense. Todo vestigio de preocupación había desaparecido de su cara y había sido reemplazado por determinación.
- ¿Qué crees que estás haciendo? -intentando infructuosamente esquivar a los hombres de Dondarrion.
-Salvándote la vida. Más tarde me lo agradecerás. -replicó el Señor de Refugio Negro, impasible. Solo cuando sus hombres habían aferrado a Edric volvió a hablar.
-Bajarás con nosotros, pero a la primera señal de que vayas a atacar a esos hombres sin que haya una provocación antes, mis hombres harán que vuelvas al barco, ¿entendido?
-No soy un niño al que puedes dar órdenes. -respondió el dorniense, furioso mientras trataba de liberarse.
-No, pero tu tía amenazó con matarme si te pasaba algo y no voy a fallar ahora que estamos tan cerca.
-¡Estrellaoscura podría estar acorralando a Allyria ahora mismo y tú quieres que esperemos!
El semblante de Lord Beric palideció por un breve instante, pero rápidamente volvió a tornarse impasible.
-Quizás, pero aunque me sea difícil obligarte a hacerlo esto es lo mejor para todos. ¿Obedecerás o no?
Edric estuvo a punto de negarse, la furia y la ansiedad haciendo que su sangre ardiera e instándole a que tomara una espada y matara a alguien lo antes posible. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para controlarse y asentir lentamente.
"No puedo quedarme arriba del barco como si fuera un niño pequeño castigado."
-Lo haré… pero si ellos nos atacan, los mataré a todos. -escupió con fría determinación.
-No esperaría menos. -masculló Lord Beric, suspirando.
Le hizo otra seña a sus hombres para que le soltaran y luego comenzó a hablar con el capitán del barco myriense, dándole las instrucciones para que se acercara al muelle sin levantar sospechas.
Pero Edric no le prestó atención, sentándose en un rincón y comenzando a afilar sus espadas mientras miraba como la costa se acercaba cada vez más. Unos minutos y ya estarían desembarcando y él volvería a pisar el suelo que lo había visto nacer.
Cuando el barco atracó, nadie los salió a recibir. El puerto estaba tan vacío como si hubiera habido una batalla que había espantado a todos. Tiempo después pudo confirmar que dicha teoría no estaba tan alejada de la realidad.
-Rápido, debemos alcanzarlos antes de que vuelvan al castillo. -les dijo Lord Dondarrion a sus hombres, instándoles a perseguir lo más rápido posible a los soldados desconocidos y a sus prisioneros.
Dorne era el único lugar de Poniente donde podías encontrar un desierto, pero Campoestrella estaba en un valle de las montañas y además en medio de un río, así que el suelo estaba cubierto con hierba en vez de arena. Aquello les ayudó bastante en su persecución. Pronto lograron divisar a aquellos a los que estaban persiguiendo… y ellos pronto también les vieron a ellos.
Estaban más cerca del castillo que del puerto cuando quién dirigía a los desconocidos levantó una mano y le ordenó a sus hombres que se detuvieran, dando media vuelta y levantando sus lanzas en dirección de Edric y los soldados marqueños. Ned pudo notar como los prisioneros comenzaban a cuchichear ansiosos entre ellos, mirando totalmente sorprendidos a Lord Dondarrion y sus hombres.
- ¡Alto! ¿Quiénes son y qué es lo que quieren? -les gritó el líder de los desconocidos cuando estuvieron a una veintena de metros. Era un hombre alto y moreno con un yelmo ligero que les impedía distinguir sus facciones.
- ¡Te pregunto lo mismo! -le gritó Edric, desenvainando su espada pese a la mirada de advertencia que Lord Beric le dirigió. El desconocido permaneció inmutable frente a sus palabras, lo que enfureció aún más al dorniense. - ¡¿Cómo se atreven a tomar como prisioneros a soldados de Campoestrella!?
- ¿Hombres de Campoestrella? -replicó el desconocido, casi divertido. -Bueno, estrictamente hablando si lo son… -murmuró antes de pinchar a uno de los prisioneros con su lanza. - …pero eso no quita que son unos imbéciles que deberían estar agradecidos de seguir con vida.
La acción y la arrogancia del moreno hicieron arder aún más la sangre de Edric, quién gritó y comenzó a correr en dirección del desconocido antes de que los hombres de Lord Dondarrion lograran impedírselo. Solo Anguy logró extender un brazo para tratar de detenerlo, pero el dorniense no tuvo problema en esquivarlo.
"Mientras antes lo mate antes podré detener a Estrellaoscura" pensó mientras recorría los metros que le separaban de sus enemigos, motivado más por la furia y la desesperación que por la razón.
Uno de los soldados enemigos comenzó a posicionarse para detenerle cuando su líder le negó con la cabeza y le hizo retroceder, poniéndose él mismo para recibir al joven Dayne. Ned vio que estaba vestido con ropajes naranja bajo las placas de su armadura de cobre, pero la distancia que los separaba se terminó antes que pudiera notar más detalles.
Edric lanzó un golpe descendente que el desconocido detuvo casi sin problemas con su lanza, haciéndola girar grácilmente entre sus manos para tratar de golpearle. El joven caballero logró esquivarla en el último instante, dando un salto hacia un lado para intentar atacar el costado del moreno, pero este nuevamente detuvo su espada con su lanza, antes de dar un paso atrás para separarse del Dayne.
-Detente chico, no quiero hacerte daño… si puedo evitarlo.
- ¡No soy un chico! ¡Soy un caballero! -gritó, furioso.
-Y he matado a caballeros del triple de tu edad. -respondió el hombre moreno, con una voz tan fría como amenazante. -Baja la espada, chico. Es una orden.
- ¿Una orden? -replicó el dorniense, casi riéndose de lo ridículo de la situación. - ¿Y qué te hace creer que debo seguir tus ordenes?
El desconocido no respondió, estudiándole por unos segundos antes de volver a moverse. Finalmente suspiró, y antes de que Edric pudiera reaccionar dejó caer su lanza, levantando las manos para quitarse el yelmo.
Edric había quedado paralizado, al principio completamente sorprendido por la acción de su enemigo… y luego por reconocer las facciones que había debajo del yelmo.
Pelo negro con unas pocas vetas de plata, rostro afilado como una lanza, cejas finas, nariz aguileña, y sus ojos…
"Son los ojos de Alleras" pensó tontamente por un instante, antes de recordar la identidad de quién era el que estaba delante suyo.
"Soy un verdadero imbécil."
-Príncipe Oberyn. -masculló mientras ponía una rodilla en el suelo, maldiciéndose por su estupidez e impaciencia. -No lo entiendo, ¿Qué estáis hacien…
-No estáis en condiciones de exigir respuestas, Lord Dayne. -replicó Oberyn Nymeros Martell, hablando muchísimo más severamente que como lo había hecho antes de revelar su identidad. -Levantar un arma en contra de tu señor feudal es algo castigable con la muerte.
-No sabía que erais vos…
-Estaba a punto de decírtelo cuando comenzaste a gritarme por haber tomado prisioneros a estos traidores. Por los Siete, esperaba que Ned Stark te había educado mejor.
El Dayne se avergonzó frente a tales palabras, dándose cuenta que el Martell tenía razón. De verdad había sido un comportamiento equivocado, uno del que Lord Eddard estaría decepcionado.
Pero aún así, las palabras del príncipe todavía no explicaban lo que estaba sucediendo. Oberyn pareció entenderlo, porque suspiró y volvió a hablar en un tono un poco menos hostil.
-Por la amistad que tenía con tu padre y sus hermanos, no haré nada pese a haberme atacado. Que no se repita… o no dudaré en matarte si debo hacerlo para defenderme, ¿Entendido?
Tras el asentimiento de Ned, el príncipe le hizo una seña para que le siguiera. Dio media vuelta y comenzó a acercarse a los prisioneros, el Dayne caminando tras él. Lord Beric y sus soldados alcanzaron al grupo de Oberyn en ese instante, pero Edric no les prestó atención, ocupado mientras estudiaba a aquellos hombres que llevaban los colores de Campoestrella y que supuestamente eran traidores.
"El Príncipe Oberyn no bromearía con algo, así. ¿Qué demonios fue lo que pasó aquí?"
-¡Tú! -dijo el Martell, pinchando con su lanza a uno de los prisioneros. Apuntó un dedo en dirección de Edric tras obtener la atención del cautivo. -Nuestro joven Señor de Campoestrella quiere saber que pasó en sus tierras los últimos días. ¿Serías tan amable de explicárselo?
-Vete a la mierda, maldita víbora. -respondió desafiantemente el guardia, antes de gritar de dolor por un nuevo pinchazo de la lanza del Martell.
-Si se lo dices, te prometo que sufrirás una muerte rápida. Si te niegas… -Oberyn sonrío malignamente. -… bueno, digamos que conozco algunos venenos que te harían desear nunca haber nacido. Los estoy reservando para unas victimas más rubias, pero no tengo problema alguno en ensayar contigo primero.
El prisionero palideció, pero aun así se mantuvo impasible por unos segundos antes de asentir. Oberyn le hizo un gesto a Edric para que se acercara un poco más, como si quisiera que el Dayne apreciara hasta el más mínimo gesto de la cara del guardia mientras hablaba.
-Soy Edric Dayne, Señor de Campoestrella y de estas tierras. ¿Qué fue lo que pasó aquí? ¿Por qué vistes el blasón de mi familia y estás acusado de ser un traidor? -preguntó, en el tono de voz más solemne que pudo lograr.
-¿Te llamas el Señor de Campoestrella? -preguntó el prisionero, riéndose pese a lo precario de su situación. -Yo no veo a mi señor, solo veo a un chico más verde que la hierba del verano que apenas ha visto Dorne en su vida.
La sangre de Edric nuevamente comenzó a hervir, pero esta vez sí logró controlarse.
-Mi padre fue el Señor de Campoestrella y yo soy su único hijo. No importa que haya estado afuera estos años, por mis venas corre tanta sangre dorniense como en las de ustedes.
-Sí, no he negado que tengáis la sangre de tu padre… pero eso no es suficiente. ¿Cómo puedes llamarte dorniense si has vivido más tiempo entre norteños que con nosotros? ¿Por qué deberíamos serle fieles a alguien al que apenas hemos visto en nuestra vida? -el guardia le miró con odio en ese instante. -No niño, tú no eres mi señor. Ni ahora ni nunca.
Edric permaneció en silencio, su mirada fija en aquella desafiante que el prisionero le dirigía. Al principio sintió ganas de estrangularlo, pero extrañamente pronto comenzó a calmarse, al punto de que medio minuto después el guardia apartó la mirada de incomodidad.
-Mi tía estuvo dirigiendo Campoestrella todos estos años. En cierta forma puedo entender que no sientas lealtad por alguien a quien nunca has visto, pero no que la hayas traicionado también a ella. -dijo fríamente.
-Es una mujer. Están hechas para batallar en la cama, no para dirigir un castillo.
El puño de Edric conectó con la cara del hombre antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo. El guantelete le hizo volar un par de dientes, pero aun así Ned consideró seriamente la posibilidad de golpearle nuevamente antes de decidir lo contrario.
-Me acusas a mí de no ser dorniense y tú desconoces una de las creencias más importantes de nuestro pueblo. Aunque trates de justificar tus acciones, no eres más que un traidor. -escupió con rabia.
El guardia se limpió la sangre de la boca antes de responder.
-Quizás para ti y los Martell soy un traidor. Para mi señor en cambio, soy un leal que morirá defendiendo su causa.
-¿Tu señor? -preguntó Edric, una súbita sospecha en su mente.
-Si niño, mi señor, el verdadero Señor de Campoestrella. Aquél por quién abrimos las puertas del castillo y quemamos el puerto para evitar que alguien escapara.
"No"
-Estrellaoscura. -murmuró inconscientemente.
-Veo que no te has olvidado de él. Aunque bueno, es algo difícil viendo el recuerdo que te dejó en la cara. -murmuró el guardia, mirándole la cicatriz de la mejilla. -Nos dijo que te hubiera matado si no hubiera sido por ese maldito señor marqueño. Lástima, quizás entonces todo hubiera sido más sencillo.
-¿Dónde está? ¿Qué fue lo que pasó? -preguntó, casi desesperándose.
-Lejos de aquí, espero. Quizás fallamos en lo más importante, pero eso no significa que hayamos fracasado completamente.
-¿Qué? ¿Qué fue lo que hicieron?
Pero el hombre solo sonrío, disfrutando con la desesperación de Edric.
-No te lo voy a decir, quiero que sufras por la incertidumbre lo más posible.
- ¿No se lo vas a decir? -preguntó el príncipe Oberyn súbitamente. Tomó su lanza y la posicionó sobre el cuello del guardia. -Bueno, fue tu decisión.
La lanza bajó antes que Edric o el propio guardia pudieran hacer algo.
-Una muerte rápida, para bien o para mal soy un hombre de palabra. -dijo el Martell, moviendo la cabeza de un lado hacia el otro,
-¿Qué fue lo que pasó? -preguntó Edric nuevamente.
-Tú tía está viva y a salvo, te diré eso por ahora para evitar que te vuelvas loco. Pero antes de hablar más debemos volver a caminar hacia el castillo. Ya hemos perdido demasiado tiempo. -Ned iba a reclamar cuando el Martell levantó las manos. -No desesperes, te diré el resto en el camino.
Fiel a su palabra, el príncipe Oberyn comenzó a relatarle lo que había sucedido mientras se acercaban a las murallas blancas de Campoestrella.
-Hace tres días arribó un barco desde Antigua, trayendo a tu primo y a medio centenar de mercenarios essosi. Tras desembarcar los malditos se escondieron entre el resto de la gente del puerto, intentando pasar desapercibidos mientras se coordinaban con los guardias del castillo que estaban dispuestos a traicionar a tu familia para ganar el favor de Estrellaoscura. Con tu tía habíamos pensado hace bastante la posibilidad de que algo así sucediera, así que teníamos a varios hombres vigilando el puerto… y me enviaron un cuervo apenas Estrellaoscura pisó esta isla.
-Pero Lanza del Sol está al otro extremo de Dorne, ¿Cómo pudisteis llegar en tan poco tiempo? -preguntó Edric.
-Es obvio, no estaba ahí. -replicó la Víbora Roja. -Veo que en el Norte siguen ignorantes frente a lo que sucede dentro de Dorne. -sonrío. -Doran debe estar satisfecho.
"Oberyn es el soldado, pero Doran es el general. Ambos son igual de peligrosos… y juntos pueden atemorizar incluso a Tywin Lannister." el comentario que Lord Beric había dicho durante el largo viaje desde el Norte acudió a la mente de Ned en ese instante.
- ¿Y puedo preguntar dónde estabais, mi príncipe?
Oberyn lo estudió con sus ojos viperinos antes de responder.
-Eso depende.
-¿De qué?
-De tu lealtad.
Las palabras cayeron como un balde de agua fría sobre Edric, pero no podía decir que no las había esperado.
-Soy leal a Dorne.
-¿De verdad? -dijo el moreno, arqueando una ceja.
-Por supuesto.
-Permíteme que lo dude, mi señor de Dayne. Aunque tengas la misma sangre de Arthur y Allem, no puedo confiar en tu palabra hasta que te conozca mejor y sepa en qué clase de hombre te convertiste. -el Martell estiró una mano para estudiar la cicatriz que Edric tenía en la mejilla, sin que este se lo impidiera. – En otras palabras, necesito averiguar si sigues siendo un dorniense… o si te convertiste en un lobo.
Ned giró su cara para alejarla de la mano del Martell.
-Lord Eddard fue casi un padre para mí y he peleado hombro a hombro junto a Robb en la guerra, pero eso no significa que he dejado de ser un Dayne.
-Eso no lo dudo, joven Dayne. Lo que dudo es que es lo que harías si mañana llegara un cuervo desde Lanza del Sol anunciando que le hemos declarado la guerra a los Stark. ¿Cumplirías con los votos de fidelidad que tu antepasado le hizo a Nymeria hace tantos siglos… o nos traicionarías por tu familia adoptiva?
Las palabras del Martell recibieron silencio como respuesta, un silencio que despejaba más dudas que las que generaba.
-Eso pensaba. -murmuró la Víbora Roja, en un tono de voz neutro. Estudió a Edric en silencio por unos segundos antes de continuar. -Llegué rápidamente porque estaba en Montenegro, castillo al que había acudido para llevarme a los soldados que los Blackmont habían reunido para el ejército que estamos amasando en el Paso del Príncipe.
- ¿Un ejército en el Paso del Príncipe? -preguntó Ned, incrédulo. -Acaso están planeando invadir el….
-Eso te lo responderé si logras ganar mi confianza y la de mi hermano en Lanza del Sol, pero ya te dije que todavía no cuentas con ella. -interrumpió el Martell. -Por ahora te basta saber con qué estaba ahí. ¿Quieres saber el resto o no?
-Por supuesto.
-Ayer antes que amaneciera Estrellaoscura atacó, aprovechando que los guardias que estaban custodiando la puerta eran de los que decidido traicionar a tu tía. Afortunadamente, uno de los guardias leales logró verlos y dio la alarma, despertando al resto de los que no eran parte del complot. Una batalla sangrienta empezó entonces, ya que tu primo tenía dos objetivos: robar a Albor… y matar a tu tía y a todo aquel que se interpusiera en su camino.
El Martell hizo una pausa para observar su reacción, pero Edric solo se limitó a asentir para que continuara.
-Yo y tu tía ya habíamos pensando en un escenario como ese, así que tenía un plan para escapar. Funcionó… pero por poco, ya que uno de los traidores alcanzó a verla, así que tuvo que tomar una espada y matarlo con sus propias manos para lograr escapar. Pudo hacerlo, pero no salió ilesa.
-¿Qué no está ilesa? -exclamó con alarma -¿Cómo está?
-Recibió un par de cortes bastante feos. Se recuperará, pero por ahora está recluida a una cama. Aun así, deberías estar orgullosa de ella, demostró que es una verdadera dorniense descendiente de Nymeria. Dudo que en el Norte haya mujeres así.
-Algunas sí. -murmuró, pensando en Arya.
-Quizás, pero lo importante es que tu primo no pudo poner sus manos sobre Allyria y ahí fue cuando comenzó a inquietarse. Mandó a quemar el puerto para evitar que escapara por el mar, pero no sirvió de nada. Nunca se le ocurrió que tu tía estaba dentro del propio castillo, escondida en un cuarto secreto que solo ella, el maestre y yo conocíamos.
Su tía era una mujer realmente astuta, pensó con orgullo.
-Cuando cayó el anochecer Estrellaoscura partió del castillo, aunque dejó a algunos soldados para que siguieran buscando a Allyria con la instrucción de matarla si lograban encontrarla. Yo llegué está madrugada con mis hombres y tras limpiar el castillo de tales ratas fuimos al puerto y encontramos al imbécil que maté hace un rato liderando a los quedaban, así que los tomamos como prisioneros… y bueno, ahí fue cuando nos encontraste.
El rubio asintió, mirando con nuevos ojos a los traidores que caminaban lentamente hacia el castillo, al que estaban a punto de entrar. Se encargaría de ejecutarlos personalmente, era su deber como señor.
"Si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras", las palabras de Lord Stark acudieron a su mente casi sin que se diera cuenta.
En ese instante atravesaron las puertas del castillo, pero el dorniense ya no estaba ansioso de volver a su hogar como lo estaba antes. Ahora lo estaba por algo mucho más urgente.
-¿Dónde está? -preguntó, mirando en todas direcciones. Los años habían pasado, pero todavía reconocía su hogar y podía moverse dentro de él sin perderse… o por lo menos eso esperaba.
-En la torre del maestre. -respondió Oberyn, apuntando en dirección de una de las torres más cercanas. Edric partió corriendo hacia ella antes que el Martell pudiera decir algo más.
Se encontró con algunos hombres en el camino, quienes lanzaron expresiones de sorpresa al verle, pero Ned no les prestó atención. Lo único que le importaba era terminar lo antes posible de subir las escaleras.
Finalmente atravesó la puerta que había en el final… y pudo verla tras todos esos años.
Estaba dormitando en una cama improvisada, vigilada por un maestre de mediana edad que podía recordar vagamente. Su cara reflejaba la paz que solo se consigue cuando se está durmiendo cómodamente. Su cabello, tan claro como el suyo, se extendía sobre las almohadillas en las que tenía apoyada su cabeza. Pudo observar algunos vendajes sobre sus brazos y asomándose entre sus ropas, pero aparte de ello parecía estar bien.
Edric suspiró de alivio, su tía estaba a salvo. Quizás la bruja de Alto Corazón había tenido razón después de todo. El maestre se sorprendió de verlo, pero rápidamente se inclinó para saludarlo.
-Mi señor, es un honor volver a veros después de todos estos años.
-Maestre, dejemos las cortesías para después. ¿Cómo se encuentra mi tía? -preguntó ansiosamente.
Pero no fue necesario que el sanador respondiera, porque en ese instante Allyria abrió los ojos y los enfocó sobre él.
- ¿A-Arthur? -preguntó confundida, parpadeando rápidamente para despejar su visión. Intentó incorporarse un poco, pero Ned corrió para evitarlo.
-No tía, no soy el tío Arthur, -respondió, tratando de sonreír pese a la emoción.
-No, por supuesto que no lo eres. -dijo Allyria, poniendo una mano sobre la cara de su sobrino. -Estás aquí Edric, no puedo creerlo.
Ambos Dayne se fundieron en un abrazo, aunque Ned tuvo cuidado de no apoyarse demasiado en los vendajes que su tía tenía para no causarle dolor. Aun así, la satisfacción que sintió al abrazar al último ser querido que compartía su sangre compensó con creces todas las noches de insomnio que había sufrido desde Alto Corazón. Había completado el circulo y estaba de vuelta en su hogar.
Las palabras sobraban en ese momento, así que ninguno de los dos habló mientras mantuvieron el abrazo.
Pero tarde o temprano, todas las cosas buenas deben terminar.
- ¿Beric te encontró y te advirtió de Estrellaoscura? -preguntó su tía, quién tras romper el abrazo había comenzado a acariciar el pelo de Ned, como si quisiera asegurarse que de verdad estaba ahí y que no estaba soñando.
-Lord Beric no solo me advirtió, me salvó la vida. -respondió Edric, antes de comenzar a contarle lo que había sucedido en la batalla contra La Montaña y la Compañía Audaz. Aunque omitió los detalles más oscuros, Allyria igualmente quedó horrorizada.
-Siempre supe que era un monstruo que estaba dispuesto a matarnos para conseguir Campoestrella, pero unirse a una compañía mercenaria de los Lannister para hacerlo… -murmuró asqueada- Por lo menos algo bueno surgirá de ello, ahora sí que todo dorniense escupirá cuando escuche su nombre. Un Dayne aliándose con los asesinos de Elia y sus hijos, que vergüenza me da que esa escoria comparta nuestro apellido.
-Me encontré con el Príncipe Oberyn en el camino. Me contó lo que pasó los últimos días. -murmuró Ned, estudiando los vendajes de su tía. -Lamento no haber llegado antes Allyria, de verdad que lo hago.
Si era sincero esperaba que su tía dijera que no importaba, que no era su culpa, así que su corazón dio un vuelco cuando la alegría abandonó sus facciones, siendo reemplazada por tristeza.
-Tú eres quien debe perdonarme Edric, porque yo fui quién te falló. Te fallé a ti, a Allem, a Arthur y a todos los miembros de nuestra familia desde el amanecer de los tiempos. -murmuró Allyria, en un tono que era digno de un funeral.
- ¿Por qué dices eso Allyria? ¡Tú no me debías nada! -replicó Edric, entre sorprendido y preocupado.
-Era la castellana de Campoestrella, Edric, por supuesto que te debía algo. Debía proteger nuestro hogar en tu nombre. Nuestro hogar… y el legado de nuestra familia.
Ned se demoró en entender sus palabras, pero cuando lo hizo pudo comprender porque Allyria estaba tan afectada.
"No puede ser" pensó, pero por supuesto que podía. Al final el Fantasma le había prometido llegar a tiempo para salvar a su tía… pero nada más.
-Él se la llevó. -murmuró, la cicatriz de la mejilla ardiéndole nuevamente.
Allyria solo pudo asentir.
-Albor está en manos de un monstruo. Que la Madre tenga piedad.
NA: Perdón por demorarme tanto y por ser un capitulo de Dorne cuando todos (incluyéndome) esperábamos uno del Norte y/o de Robb, pero es mes de finales y de verdad que apenas he encontrado tiempo para dormir y menos para escribir :(. Haré lo posible para reanudar el ritmo que tenía antes... pero dudo que lo logre mientras siga en esta situación. Lo lamento, de verdad que lo hago.
En fin, aunque este no sea un "gran" capitulo espero que sirva como un bálsamo (y como regalo de Navidad) para la espera de mejores. Gracias a lxs que comentaron y siguieron (y a quién preguntó, a Davos y Shireen les irá "bien" en esta historia, no te preocupes) y espero publicar nuevamente mas temprano que tarde... porque el proximo capitulo será en El Norte si o sí, lugar que hace bastante quería visitar.
