¿QUIÉN LLAMÓ A LA CIGÜEÑA?


CAPÍTULO 16

ESTÁS AQUÍ

Ya no podía dormir en las noches. Por más intentos que hacía mis ojos no se cerraban antes de las cinco de la mañana. Me dedicaba a ordenar la ropita de bebe que había logrado reunir, comprada y obsequiada. Había más de una docena de camisitas y pantaloncitos de algodón. Gorritas, zapatitos y matas. Pequeños calcetines y mitones bordados. Un enterizo amarillo con un patito. Otro verde de felpa que traía dos ardillas peleando por una nuez. También había tres bolsas con veinte pañales de recién nacido cada una. Y presentía que todo eso no era suficiente. Debía adquirir pañales y algunas prendas más. Y un par de batas para mí. Esperaba no quedarme más de dos días en el hospital y volver con mí bebe a casa.

Conforme los días pasaban y quedaba menos tiempo con mi gusanito dentro, sentía miedo. Sé que todo parto duele, lo he visto en tantas películas y novelas pero eso solo contribuye a que me dé más ansiedad. ¿Cuantas horas sufriré en labor de parto? ¿Me dolerá mucho?

Y luego pensaba en mi bebe. ¿De qué color serán sus ojos? ¿Chocolates como los míos o verdes como los de su padre? Quisiera que tuviera el mismo color de cabello cobrizo que tiene Edward. Y que sea tan inteligente y perseverante como él.

Pero sobre todas las cosas rogaba porque nazca sanito. Sin ningún problema de salud o complicación producto del parto. Y eso me traía de vuelta a recordar que la primera persona que vería a mi gusanito era nada más y nada menos que la patilarga, rubia y sonrisa eterna, Tanya Denali.

Y eso me hacía temblar. Ella parecía perfecta. La doctora perfecta, la prometida perfecta pero había algo en su mirada o en sus gestos. Incluso en su silencio, que no me terminaba de convencer. Estoy segura que le dije mi nombre la primera vez que hablamos por teléfono. Cuando le llame a Edward a Vancouver.

Quizás no me recuerde de aquella noche en el hospital cuando fui a buscar a Edward. Ojala que no. Estaba tan preocupada por si misma que dudo que se fijara en mí. Y obviamente yo me veía muy diferente. Maquillada y con un sensual vestido. No, estoy segura que no podría asociarme con esta gordita de ahora. Sin embargo si debe recordar mi nombre. Edward o Alice deben haberle hablado de mí.

La ex novia de su prometido. El primer amor de Edward.

No creo que pueda considerarme una amenaza. Ella no tiene idea que mi bebe es de su prometido. Ojala que mi pequeñito se parezca a mí y no a su padre.

Pensando esto dormí durante todo el día. Me desperté pasadas las dos de la tarde. Me dolía la cabeza y al levantarme las luces que a veces miraba, eran más brillantes que nunca.

El dolor de cabeza había disminuido, de todas formas busque el número de teléfono de Renata. Estaba sola en casa y tal vez ella podría ser de gran ayuda.

Me respondió la segunda vez que le marque.

—Bella ¿Te sucede algo?— pregunto agitada.

—Hola Renata, disculpa que interrumpa tus labores pero quería preguntarte si ver luces muy brillantes está mal.

—Claro que está mal. ¿Te duele la cabeza?— preguntó.

—Sí. Un poco. Antes de acostarme esta madruga si me dolía mucho.

—¿Cómo están tus pies?

—Hinchados.

—¿Tienes como venir al hospital?

—No. Estoy sola.

—Te enviaré una ambulancia. El doctor Cullen me autorizó a hacerlo antes de irse.

Mi corazón dio un vuelco y tuve que recostarme. Mi pequeño pateador empezó a removerse centro de mí.

—¿Edward se fue?— pregunté olvidándome de mi malestar.

—La mamá de la doctora Denali falleció ayer por eso viajó al entierro. Pero ya llegó el nuevo obstetra. El doctor Benjamín Khan. Está en consulta ahora mismo. Iba a llamarte para que vinieras mañana pero creo que mejor vienes en este momento.

—¿Ambulancia? Papa va a asustarse. No creo que sea tan grave. Llamaré a un amigo para que venga por mí.

—Bueno, te espero Bella, no demores. Iré preparando tu historia.

Llame a Jake pero no me contestaba. Fui a prepararme algo porque moría de hambre cuando escuché sonar mi celular.

No era un número que reconociera

—Bella soy Jake. Estoy en Mahka con Leah. Se ha reconciliado con Emily. Mi celular murió de hambre, te hablo del de Sam. ¿Cómo estás?

—Bien. Me alegro por Leah y Emily— intenté sonreír.

—Estaré allá mañana temprano para llevarte al hospital ¿vale? Me dijiste que tenías pendiente recoger tus análisis. Esos nuevos.

—Es cierto. Está bien te espero mañana— dije para no preocuparlo.

Podía esperar un día más, no creo que sea tan peligroso. Además las lucecitas habían desaparecido. Quizás es que tenía mucha hambre o me levanté rápido de la cama.

Un auto estacionó delante de casa antes de las seis. No podía ser la patrulla de Charlie. Me levanté a mirar por mi ventana.

Era Renata, aun con su uniforme de enfermera. Baje a abrirle sintiéndome mal por no haberle llamado.

—Bella, no llegaste. Vine apenas termino mi turno— reclamó.

—No tenía quien me lleve, mi amigo ha salido del pueblo— me excusé. La invité a entrar.

—Debiste decirme para enviarte la ambulancia. ¡Ay niña mira esos pies!— tomó mi mano y me llevó al sofá. Me dio un poco de vergüenza que tocara mi pie izquierdo. Hundió uno de sus dedos.

—Desde ayer están más hinchados, antes podía ponerme mis zapatos sin problemas— sonreí. Pero ella no me devolvió la sonrisa. Buscó en su bolso y sacó un aparatito electrónico para medir la presión. Sin decirme siquiera me lo puso en mi brazo izquierdo.

—Esto no es cosa de juego Bella. El doctor Cullen me dijo que sospechaba una anomalía en ti pero creí que la doctora Denali iba a tratarte.

—En realidad ella me mandó a hacerme análisis pero en el laboratorio los extraviaron…

—¿Qué? En el hospital nadie extravía nada— me miró como si tuviera dos cabezas.

—Debió traspapelarse. Me hicieron unos nuevos hace tres días…

—¿Los tienes?— pidió.

—No los he recogido todavía…

—Tienes 15/10 te llevo para que el doctor Benjamín te revise— dijo muy seria.

—Déjame avisarle a mi papá— sonreí mientras ella tomó su celular y empezaba a marcar.

Afortunadamente mi padre lo tomó bien. Me pidió que lo llamara si había alguna novedad o si debía ir a recogerme. Le prometí hablarle apenas tenga algo concreto.

"Doctor Khan voy a llevar a la paciente de la que le hablé. Sí, tiene la presión elevada. Dejé su historia en su escritorio. Ella misma, la que el doctor Cullen nos pidió que monitoreáramos. Está bien, ya vamos"

Nuevamente escuchar hablar de Edward me puso nerviosa. ¿Él les había pedido que me monitorearan? ¿Eso que significaría?

— ¿Nos vamos Bella?— me sonrió la enfermera.

—Sí, voy por mi bolso.

—Voy a agregar un medicamento a tu vía. Es posible que sientas algunas molestias— Aquel doctor de ojos negros grandes y enormes pestañas me miraba asustado.

— ¿Cómo cuáles?— pregunté intentando controlar mi miedo.

—Tranquila. Cuando sientas demasiado malestar me avisas y lo detengo— volvió a sonreír pero sólo con sus labios. Sus ojos seguían igual de asustados.

Me relajé, respiré lentamente y cerré los ojos para soportar lo que venga. Mi presión se había elevado a 16/10 apenas el doctor Benjamín me dijo que mi pre eclampsia era grave. Aquí estaba, en bata, sobre una camilla en la consulta. Ya oscurecía, afuera todavía se podía ver trozos de nubes naranjas producto del ocaso.

Mi respiración se hizo pesada, abrí los ojos de golpe. No podía seguir inhalando aire. Una presión horrible en mi pecho me lo impedía. Quise sentarme de golpe pero mi cuerpo no respondía. Moví mi mano y apenas los dedos me obedecieron. Me quedaba sin oxígeno mientras que Benjamín miraba la pantalla hacia donde iban dos cables que salían de mi barriga. No sabía que más hacer, arrastré mi mano hacia su bata y tiré de ella. Él se volvió a mirarme.

Moví la cabeza y abrí la boca para decir ¡Basta!

Inmediatamente dejó de hacer lo que estaba haciendo y me miró.

—Tranquila. No te esfuerces, ya va a pasar. Señorita por favor, siga con el medicamento— llamó a alguien que no había visto entrar. Era Jane la malvada enfermera que no sonreía.

— ¡No!— grité cuando pude volver a respirar. Mi voz salió ahogada.

—Relájese señora— sus ojos parecían rojos. Quizás eran ideas mía porque a esa mujer no quería verla y menos en esa posición desventajosa. Yo, una paciente que estaba a su merced.

— ¡No! ¡Basta!— grité con todas mis fuerzas pero ella no se detenía. Unas lágrimas escaparon de mis ojos, sentía que me moría. Sin aire y con una fuerte presión en el pecho.

—Detente. Déjala respirar, el sulfato de magnesio no se administra de golpe— escuché llegar a Renata en mi ayuda. Jane la miró como si la fuera a fulminar y le cedió su lugar. Apenas dejaron de ponerme aquella cosa en la vía pude respirar nuevamente. La presión se fue.

—Vamos Bella, respira. Yo creo que es suficiente no te pondremos más.

—Voy a preparar la oxitocina— dijo Jane.

—El doctor Khan va a consultarlo todavía con la doctora Denali— le respondió Renata.

—Está terrado, no sabe qué hacer— por primera vez vi un amago de sonrisa en los labios de aquella adusta mujer.

Cerré mis ojos intentando olvidar donde estaba. El doctor Benjamín palideció cuando le llegaron mis análisis después de auscultarme. Desde entonces ha estado comunicándose cada cinco minutos con Tanya. Y no lo veo conforme. Mi pancita está conectada a dos chupones que van hacia una máquina, constantemente la revisa el doctor. Y sigue tan preocupado.

—Vamos a aplicar la oxitocina— entro aquel doctor moreno de grandes ojos.

—La tengo lista— escuché a Jane.

— ¿Está dormida?— preguntó el doctor.

—No lo creo— susurró Renata.

—Perdí comunicación con la doctora Denali. Va a tomar un vuelo a Port Ángeles en una hora. Estará aquí a las tres de la mañana.

— ¿Y si empeora?— preguntó Jane.

—Prepara el quirófano— le susurró él.

No abrí los ojos para que siguieran hablando pero algo sonó en aquel consultorio.

— ¡Hay sufrimiento fetal!— gritó Renata.

— ¿Aplico la oxitocina?— preguntó Jane.

—No creo que tengamos tiempo. Vamos a tener que proceder. Vayan a preparar todo, llamen al anestesiólogo y déjenme con la paciente.

Apenas oí esto miré al doctor aterrada. ¿Quirófano? ¿Anestesiólogo? ¿Oxitocina? Eso no sonaba nada bien.

—Isabella, necesito que firmes unos papeles— sonrió. — ¿Tienes algún familiar que pueda venir de inmediato?— preguntó.

—Mi papá. Por favor dígame que pasa. Estoy asustada— rogué.

—Tienes pre eclampsia severa. No quiero arriesgarme a que siga evolucionando. Tu bebé corre riesgo sino operamos ahora. Vamos a hacerte una cesárea.

— ¿Cesárea?— de sólo imaginarlo quería llorar. Por lo que he leído no es dolorosa pero imaginarme que me van a hacer un corte inmenso y voy a estar en un quirófano, me daba mucho miedo.

—Sí. No hay opción, no podemos inducir al parto, demoraría mucho y tu presión elevada podría causar daños permanentes a tu bebé.

—Está bien— tartamudeé. –Lo que sea mejor para mi bebé.

Volví a recostarme, apenas fui consiente cuando Jane llegó a prepararme para la sala de operaciones. Ella y dos enfermeros me cambiaron de la cama del consultorio a una camilla. Al pasar por recepción Jane pidió el teléfono.

— ¿Qué número le marco para que se comunique con su familiar?

Me quedé mirando la enorme lámpara del quirófano. Aún estaba apagada. Intentaba no prestar atención a lo que me hacían. Colocaron un gorro en mi cabeza para ocultar mi cabello. Jane o Renata, no sabría decir cuál de ellas, vertió alguna especie de líquido sobre mis pubis y ahogué un grito. No me dolió pero esa sensación de frio me tomó desprevenida.

Minutos después entró el doctor Benjamín seguido de otro médico que no conocía. El nuevo recién llegado traía una charola y dentro de ella pude ver una jeringa cuya aguja parecía un cuchillo. Era enorme. Tragué saliva.

—Vamos a colocarte la anestesia— me sonrió el doctor desconocido. No pude responderle el gesto a pesar que sus ojos eran cálidos, la visión de la enorme aguja me había dejado congelada.

Me sentaron y pidieron que me inclinara hacia adelante todo lo que pudiera. Limpiaron mi espalda y sentí un agudo hincón entre mis vértebras. Cerré los ojos con fuerza para evitar gritar. Dolía mucho.

Volvieron a recostarme, colocaron mis pies en algo frio, separando mis piernas. Me hacía la fuerte, intentando que mis lágrimas no escaparan. Me sentía aterrada.

Giré mi cabeza a los lados en el momento que ataron mis manos con los brazos extendidos. Los ojos fríos de Jane hicieron contacto con los míos llenando mi alma de miedo. Renata colocó un tubo en mi nariz por donde salía aire, imagino que para respirar mejor.

No habían pasado ni cinco minutos cuando la puerta se abrió violentamente. Era Tanya que entraba a medio vestir, Jane corría tras ella para atarle la bata por detrás. Pensé que ella no estaría, no creo que sea media noche todavía, ni siquiera las diez.

— ¿Cómo va la lectura del corazón del bebé?— fue lo primero que preguntó. Cerré mis ojos para oír mejor y no distraerme mirando otras cosas.

—La intensidad de los latidos decrece— le respondió el doctor Benjamín.

—Debemos empezar de inmediato— dijo Tanya firmemente.

—Esperemos a que haga efecto a anestesia— esa voz hizo que mi corazón brincara y mis miedos se disiparan en parte. Era Edward. No supe en que momento entró, no lo vi llegar pero estaba allí. Junto a mí, a nosotros.

—El ecógrafo Jane— urgió la rubia con sonrisa de anuncio de dentífrico. Imaginaba que ahora ya no estaba sonriendo. Su voz se escuchaba muy preocupada.

Sentí el frio gel sobre mi pancita, no abrí los ojos porque no podría resistir la mirada de Edward. Dejé que procedieran como quisieran, sabía que todos los esfuerzos estaban dedicados a mi gusanito y eso me tranquilizaba en cierta medida.

—No podemos esperar, es mi paciente, retiren esto y traigan el material quirúrgico— reclamó Tanya. Sentí un cosquilleo en mi pie derecho y lo moví en respuesta.

—La anestesia aun no hace efecto Tanya— reclamó Edward. ¿Sería él quien me tocó el pie?

Sentí movimiento sobre mi vientre, habían colocado una especia de tela encima. Quise mirar y abrí los ojos pero alguien había puesto algo sobre mi pecho para que no pudiera ver a los doctores. Me desesperé y moví mis piernas. Aún las podía sentir, no como normalmente las percibía pero las podía agitar todavía.

— ¡No hay tiempo, el bebé se nos muere!— chilló Tanya.

— ¡No!— gritó Edward.

—Asumo la responsabilidad— le contestó la rubia. No tuve tiempo de seguir escuchando la pelea porque un dolor agudo me traspasó. Iba a gritarles que procedieran, que no me tomaran en cuenta, que era más importante que salven a mi bebé si corría peligro pero no fue necesario.

Apreté mis dientes y volví a sentir aquel desgarro otra vez. Ya no pude evitar que mis lágrimas salieran pero me centré en no gritar. No podía ser tan cobarde de reclamar atención cuando todos debían estar concentrados en salvar mi bebé. Si grito, quizás Edward detendrá a Tanya y eso puede significar que mi pequeñín sufra más.

Toda mi vida he pasado muchos pequeños accidentes y quemaduras debido a mi torpeza natural. En una ocasión me había roto el brazo. Intentaba recordar todos los dolores que esto me causó pero ninguno se comparaba con lo que estaba sintiendo. Me dolía incluso la mandíbula del esfuerzo que hacía por acallar mis gritos.

No tardaron mucho aunque para mi fueron horas. Cuando sentí el primer chillido de mi bebé dejé de hacer fuerza y mi cuerpo se relajó. Fue un llanto fuerte, como el de un gatito asustado. Sonreí a pesar del dolor.

Renata se acercó a mí para revisar y apenas lo tuve cerca tomé una de sus mangas.

—Por favor… duele— supliqué temblando.

— ¿Sigues sintiendo? Dios mío. ¡Doctor Cullen!— llamó. Cerré los ojos porque me daba vergüenza mirarlo. Él estaba asistiendo mi operación, me había visto así como estaba.

—Bella ¿Sientes Bella? ¿Te duele?— preguntó suavemente. Abrí mis ojos para mirarlo. Tenía puesta una mascarilla solo podía verle esos hermosos ojos verdes. Ahogué mi llanto y dije que si con la cabeza.

—Renata, pásame Diprivan ¡Rápido!— exigió. –Tranquila, tranquila va a pasar. Pensé que ya no sentías. Lo siento— quiso acariciar mi rostro pero su mano estaba manchada de sangre. Cerré los ojos porque súbitamente sentí un mareo al oler aquello. Escuché que ahogó una carcajada. Se quitaba los guantes, luego inyectó el contenido de la jeringa en mi vía, abrí los ojos para verlo concentrado en su trabajo. Estaba hermoso me concentré en la pequeña arruga en medio de sus ojos y poco a poco un sopor fue haciendo pesados mis párpados. Lo último que vi fueron dos esmeraldas mirándome.

—Besa a tu bebé— escuché a Renata. Abrí mis ojos rápidamente, no sé cuánto tiempo había pasado pero una cobija blanca estaba junto a mí. –Se la van a llevar a neonatología, dale un beso— volvió a insistir la enfermera. Giré mi cabeza para ver. Apenas asomaba su cabecita, no pude enfocar bien, todo estaba borroso. Le di un beso.

— ¿Qué es?— pregunté.

—Una niña. Una preciosa bebita— me susurró.

—Elizabeth. Es mi Liz— suspiré.

Antes de volver a dormir pude ver cómo Renata le entregaba mi hija a Edward. Él la tomó con sumo cuidado mirándola con adoración. Se marchó con ella en brazos pero no tuve miedo por eso. Sabía que mi pequeña estaba en las mejores manos. En las de su padre aunque él no lo supiera.


Sé que ha sido rápido pero a veces las cosas suceden así. Lo sé por experiencia, yo también desarrollé pre eclampsia y me operaron de emergencia una mañana en que fui a uno de mis controles cuando apenas llegaba a los 8 meses. Y así de traumatizante fue, en el apuro los médicos no me tomaron en cuenta y sufrí horrores. Pobre Bella, al menos ella tiene a su Edward allí.

Gracias por leer.

PATITO