¿QUIÉN LLAMÓ A LA CIGÜEÑA?


CAPÍTULO 18

LA VERDAD

Renata se quedó a mi lado el tiempo que estuve entre dormida y despierta. Sentía mucha paz, como si no pudiera sentir emociones fuertes. Me relajé y esperé que el tiempo pasara. Ni siquiera podía llorar, estaba en el limbo flotando como un ave. En algún momento de la noche me quedé dormida, no sé cuántas horas descansé pero al despertarme los ojos me picaban, necesitaba llorar. Ya había amanecido.

—Buenos días Bella. Después de la revisión, voy a llevarte a neonatología, el doctor Cullen me autorizó a hacerlo— me ayudó a incorporarme.

—¿Cómo está mi hija?— nuevamente las lágrimas llegaron.

—Estable— fue todo lo que pude saber de ella. ¿Estable? ¡Con un demonio, no podía ser más específica! Debo tranquilizarme o me volveré loca. Solo tengo que esperar y podré verla.

Vinieron a hacerme el aseo, ya no quería usar pañales ni las revisiones. Necesitaba estar todo el tiempo posible junto a mi bebita.

Esta vez no vino Tanya, el doctor Benjamín revisó mi herida, mis signos vitales, mi pañal y me preguntó si sentía molestias. Apenas respondí.

Dejaron entrar a papá luego de eso. Se veía bastante abatido.

—El doctor Cullen habló con nosotros— lo miré fijamente.

—¿Qué les dijo?

—Que Elizabeth sufrió una convulsión y estaba en neonatología. Necesitan más sangre y están pidiéndola a Seattle. La nuestra no sirve, Jake se ofreció de donante pero no es el tipo.

—Es mi sangre la que le hace daño— suspiré. —¿La viste papá?

—No nos dejaron verla, sólo tenemos que esperar.

Apenas papá se marchó me levanté para que Renata me lleve a neonatología. No la encontré así que decidí ir sola. Si Edward había dado permiso no creo que tuviera problemas.

Caminé despacio, sentía que apenas tenía fuerzas. Me dolía más que nunca la herida de la cesárea pero no quería decir nada. Pregunté a dos enfermeras para poder llegar, era en el piso inferior.

Llamé a la puerta, me había imaginado que sería como en los hospitales de las películas, que habría una sala con vidrios enormes por donde se podían ver a los bebés. Pero no era así, quizás porque Forks es un pueblo pequeño.

—¡Aquí estás!— llegó Renata corriendo.

—Es que no viniste— me quejé.

—No puedes entrar aquí sola. Vamos, entremos.

El área de Neonatología era muy pequeña, apenas dos salitas contiguas. En la primera había cuatro incubadoras.

Tuve que lavarme las manos, colocarme un gorro en la cabeza y un mandil.

Ahogué un gemido cuando busqué en la incubadora número tres. Mi pequeñita estaba entubada. De su minúscula manito derecha salía una vía hacia un depósito de suero. Y por su boquita entraba otro tubo. Quise llorar de impotencia.

—¿Qué hacen aquí?— nos preguntó la enfermera rubia que Edward me había señalado como Sasha, no había notado su presencia. –Las madres no pueden entrar sin que se les llame— volvió a decir con su mirada amenazante.

—El doctor Cullen me pidió que trajera a la señora Swan a ver a su hija— se defendió Renata, aunque lo dijo de forma suave.

—Cinco minutos es todo lo que tienen. El doctor Cullen no está y yo estoy a cargo, no quiero gérmenes.

Se marchó molesta. El tiempo pasó demasiado rápido, apenas pude llorar al lado de la incubadora. No sabía que más hacer. Debíamos esperar la evolución de Liz, eso es todo lo que me dijeron.

Regresé a mi habitación a llorar. Sin mi bebé entre mis brazos y sabiendo que corría peligro no pude volver a dormir. Gianna vino a consolarme y lloramos juntas un buen rato.. Nadie como ella podía entender mi dolor. No poder hacer nada por la personita que amaba más que a mí misma, mi pequeña y frágil hijita, me partía el alma. Es el dolor más grande que haya sentido y no se lo deseo a nadie.

—Es duro pero tienes que ser fuerte Bella. Yo llevo cinco semanas aquí, mi hijito está ahora mucho mejor pero los primeros días quería morirme— suspiró.

Un par de horas después, bajé de mi cama con dificultad, me seguía dolía un poco la herida pero era lo de menos. Reinaba la tranquilidad en el hospital. En lugar de dirigirme hacia el puesto de enfermeras, caminé en dirección contraria, ayer había intentado memorizar dónde se encontraba neonatología, era un piso más abajo. No era difícil de llegar, el hospital era pequeño.

Cuando estuve delante de su puerta me recargué sobre ella. Había un rectángulo pequeñito, apenas se podía mirar por allí. Intenté ver a mi pequeña pero estaba demasiado a la derecha y no se notaba su incubadora. No me atrevía a tocar, si estaba esa enfermera Sasha seguro me reprendería.

—¿Quién es usted?— me sorprendió una voz. Me giré a verla. No era Sasha, era la otra enfermera, creo que se llamaba Kate, escuché su nombre por allí.

—Lo siento. Soy Isabella Swan, mi hijita está en la incubadora 3— dije limpiando mis lágrimas.

—Regrese a su habitación por favor. No le hace bien deambular por el hospital— me miró con lástima.

—Lo sé. Sólo quería estar cerca de ella…— no pude terminar e hablar porque de pronto la puerta se abrió. Por un par de segundos pude ver a mi Liz.

—¿Qué hacen aquí?— era Sasha, me asusté porque parecía molesta.

—La señora Swan estaba intentando ver a su hija— dijo Kate bajando la vista.

—No se puede— me miró Sasha con unos ojos que taladraban.

—Si lo sé… yo sólo quería…

—Usted tiene que esperar, no gana nada con estar aquí. Márchese de inmediato— ordenó.

—Es sólo un momento— rogué intentando volver a ver a mi hijita. Ella cerró la puerta tras de sí y me miró como si quisiera matarme.

—Regrese a su habitación o tendré que reportarla al hospital— amenazó.

—Por favor— rogué a punto de llorar.

—Haré el reporte, no puede venir a importunar al personal a la hora que le de la gana— volvió a entrar y cerró sin volver a mirarme.

—La acompaño a su habitación— se ofreció Kate.

—Gracias pero conozco el camino— suspiré. En realidad apenas recordaba cómo volver, estuve deambulando hasta que di con mi piso. Llegué a mi cama y me eché a llorar.

No quise comer mucho durante el almuerzo, no podía pasar bocado. Cuando eran más de las dos de la tarde me levanté otra vez y a pesar de la advertencia de Sasha, volví a hacer el recorrido hasta neonatología. Esta vez no llegué a la puerta. Me senté en una silla que estaba en el pasillo. Necesitaba estar lo más cerca posible de mi hijita, no importa que no la pudiera ver. Esperaba encontrarme con Edward para rogarle que me dejara verla otra vez. Él no había venido a verme, sólo Renata me traía sus recados.

Creo que me quedé dormida porque me despertó Renata, seguramente debía de estar buscándome.

—¿Bella? Debes descansar en tu habitación, no te hace nada bien estar aquí. Tienes que hacer lo posible porque tu herida sane lo más rápido posible. Vamos, tienes que tomar algunas pastillas— me tomó de una mano. Antes de subir por el ascensor nos encontramos con Sasha.

—Si la vuelvo a ver cerca de neonatología voy a quitarla de la lista de visitas cuando mejore la niña— amenazó la rubia pero no se dirigió a mí sino a Renata.

—No puedes culparla por querer ver a su hija— me defendió.

—Es tu responsabilidad. Ya hice el informe— me estremecí por la manera en que lo dijo. Renata no dijo nada, sólo me apuró a entrar en el elevador.

—Esa mujer es la más amargada que conozco— suspiró.

—¿No me va a dejar ver a Liz?— pregunté asustada.

—Vamos a tener que pasar por encima de ella. Nunca quise acusarla de nada porque la conozco demasiado tiempo. Sé porque actúa así. Desde que su hijo murió sólo se dedica a trabajar pero se ha olvidado del dolor de los demás.

—¿Ella perdió un hijo?— pregunté.

—Hace como cinco años. Ella estaba de guardia en el hospital y su niño de tres meses murió en la cuna de su casa. Muerte súbita. Pero ella no se lo perdona. Desde entonces prácticamente vive en el hospital. Es muy buena en su trabajo pero no puede hacer amistad con nadie y le cuesta entablar relaciones con las madres de los niños hospitalizados.

—Parece furiosa con todo el mundo— digo sin querer.

—Lo está. Cada vez es peor. El doctor Cullen va a tener que saberlo. Por favor Bella no la provoques, no le des motivos para que te reporte.

Me acosté nuevamente después de tomar algunas pastillas. No podía apartar mis pensamientos de mi bebita. No me podían pedir que no la busque.

Desperté y nuevamente, todavía no oscurecía. Me levanté de la cama. La herida ya no dolía tanto. Me puse una bata gruesa encima, sentí un poco de calentura y tuve miedo de contraer algún resfriado y que no me dejaran ver a mi bebé por eso.

Caminé hasta el elevador. Me recargué a llorar dentro. Sé que no me dejarían entrar hasta que consiguiera permiso expreso de Edward. Pero nadie podría alejarme de mi bebé. Aunque no la pueda ver, quiero estar cerca, lo más cerca posible. Quisiera que ella sienta mi calor, que pueda saber lo mucho que la extraño, la falta que me hace. Me siento tan vacía sin ella.

Escuché voces al salir y me aparté del camino, di pasos para doblar la esquina y que la enfermera mala no me viera. Demasiadas veces me había pedido que me vaya.

— ¿Crees que la prematura sobreviva?— preguntó otra enfermera, Kate.

—No lo sé. La sangre no llega, el doctor Cullen la pidió desde hace dos días pero no responden. Es muy difícil de conseguir— respondió Sasha.

—Sí, el doctor es muy bueno, ya le ha dado una unidad de su propia sangre pero no es suficiente, necesitamos al menos dos unidades más. Es una lástima.

Caminaron hacia neonatología y cerraron la puerta al entrar.

¿Mi hija necesitaba más sangre? ¿Por qué Edward no me lo había dicho?

Regresé pero esta vez fui hacia oficina. Esperaba encontrarlo allí.

Llamé a la puerta rezando por encontrarlo. Afortunadamente la segunda vez que toqué, Edward abrió.

—Bella— dijo sorprendido. —Señora Swan— se corrigió. –Debería estar en su habitación, descansando— trató de endurecer su mirada pero no lo logró. Quizás porque verme así le daba lástima.

No me había peinado, tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y caminaba arqueada. La cesárea no me permitía erguirme normalmente.

—Quiero hablar contigo por favor— pedí. Rogaría si fuera necesario.

—Adelante, ven— dijo haciéndose a un lado para dejarme entrar.

Caminé unos pasos, hasta el centro de su pequeño despacho.

—Siéntate Bella— volvió a tutearme. Volvió a tratarme con ternura. Quizás con lástima.

—Gracias— obedecí aceptando la silla que me ofrecía. Él se sentó en el borde de su escritorio, muy cerca de mí.

— ¿Qué se te ofrece?— preguntó.

No pude contener mi llanto. Quería rogarle, suplicarle que hiciera todo lo que pudiera por Liz. Que pagara lo que sea, que llamara a quien sea con tal de salvarla.

—Bella, no te voy a mentir. El estado de tu hija es muy grave. Iba a pedirles en este momento a tus familiares que vengan para explicarles la situación real. A Todos juntos— me ofreció un pañuelito para secar mis lágrimas.

—No es necesario— hipé.

—El padre de la niña tiene que saber…— no lo dejé terminar.

–Sé que Liz tiene un problema de incompatibilidad de sangre. Que su sangre con la mía han hecho que corto circuito— volvía hipar.

Edward sonrió. Fue algo leve, su mejilla se movió a un lado. Pero sus ojos seguían tristes.

—Efectivamente tu sangre no es compatible con la suya. Y esto ha generado que tenga un cuadro de anemia muy grave. Necesita sangre pero lamentablemente su tipo es muy raro. No hay unidades disponibles en el hospital. Afortunadamente mi tipo de sangre es el mismo y ya he donado una unidad para mantenerla estable. Pero necesitamos más. Antes que llegaras, estaba conversando con un doctor de Vancouver para… para introducir un par de unidades de sangre al país… de contrabando— lo miré sorprendida. –Ni en Port Ángeles ni en Seattle hay unidades disponibles, ni siquiera pagando una fortuna. Eso se pide con tiempo pero…

— ¡Gracias!— tomé su mano y la besé.

—Bella, no hagas eso— acarició mis cabeza y quitó su mano de entre las mías.

—Es que tú no entiendes Edward…— yo seguía llorando.

—Pero… tengo que decirte la verdad. Si esa sangre de contrabando llegara a descubrirse no sólo perderé mi puesto aquí, sino también mi licencia internacional. Estoy coordinando que alguien tome mi lugar si eso llega a pasar para que se haga cargo del hospital en mi ausencia.

— ¿Y Liz? ¿Qué pasará con mi hija si esa sangre no llega?— me desesperé.

—Hago todo lo que puedo Bella— se levantó y caminó sin mirarme. Eso no era bueno. Nada bueno.

— ¿Liz puede morir?— pregunté.

—No digas eso, haremos todo lo humanamente posible— tomó uno de los adornos de su escritorio y lo aplastó con su mano.

Podía sentir la impotencia en él. Podía intuir su miedo. Él no estaba seguro de salvar a mi bebé. Existía la posibilidad que ella no sobreviva.

— ¡Edward!— grité. –Tú no sabes ¡No entiendes! No puedes dejar que ella muera, no puedes…— chillé a voz en cuello. Mis lágrimas caían, estaba algo mareada.

—Te llevaré a tu habitación, necesitas descansar— me tomó de los brazos, pero lo rechacé.

—Es que… es que ¡No sabes la verdad!— seguí chillando.

— ¿Qué verdad Bella? Por favor, vamos. Te aseguro que haré lo que sea para que Liz se recupere— trató de abrazarme para calmar mi dolor.

— ¡Es tu hija Edward!— le grité. Ya no podía resistirlo, esto me estaba quemando.

Él debía saberlo ahora. "Todo lo humanamente posible" no era suficiente. Un padre va más allá de lo humanamente posible, un padre hace lo que sea por su hijo. Y él debía saberlo. Para que pueda atenderla y cuidarla como lo que es. Su padre. No un médico, no un neonatólogo. Si no como su propia sangre.

— ¿Qué?— preguntó sorprendido. — ¿Qué cosa dices?— su mirada volvió a endurecerse.

—Hace... hace 9 meses me iban a hacer una histerectomía pero yo quise tener un bebé antes. La inseminación era costosa y no tenía novio. Yo… yo te busqué en Vancouver.

— ¡Estás inventando!— gritó.

— ¡No! Tú estabas borracho… En esa fiesta del hospital ¡Estabas borracho!

— ¿Estuviste allí? ¿Eras tú?— preguntó ofuscado.

— ¿Qué no te acuerdas?— le reproché.

—Creí… pensé que fue un sueño. Muy real pero sólo un sueño.

— ¿Y por qué viniste a Forks?— pregunté.

— ¡Eso que importa!— gritó.

—Esa noche Edward… Producto de esa noche me embaracé— volví a llorar. Ya estaba hecho si no me creía me lo tenía merecido por ocultarle tanto tiempo la verdad.

— ¿Liz es mi hija?— volteó a mirarme. — ¡Contesta Bella!— gritó.

—Si— dije apenas. –Es tuya.

— ¿Y porque rayos no me lo dijiste antes? ¿Pensabas ocultármelo siempre? ¿Pensabas quedarte con mi hija sin decirme nada?— me reprochó.

—Quise decírtelo, estuve a punto… pero pero

—Pero ¿qué? ¿No crees que merezco saber la verdad?

— ¡Es mi hija!— me defendí.

— ¿Crees que porque la llevaste en tu vientre puedes quererla más que yo? Las madres siempre piensan que pueden amar más. Que los hijos les pertenecen. Es egoísta Bella. ¡Yo tenía derecho a saber!

—Estuve a punto de decírtelo ayer. Pero entonces llegó tu novia y no quise malograrte la vida— dije ofendida. Yo no soy ninguna egoísta. Amo a mi hija más que a mí misma, no soy ninguna egoísta.

— ¿Qué tiene que ver Tanya? ¿Cómo me ibas a malograr la vida? ¿Crees que un hijo le malogre la vida a alguien?— reclamó.

—Claro que no. Pero tú te vas a casar ¿Qué pensará tu novia?

— ¿Y eso que importa? ¡Un hijo vale más que mil novias! Bella. No debiste ocultarme algo así. No debiste.

—Lo siento Edward. Yo… yo sólo tenía miedo.

— ¿Miedo? ¿Acaso crees que te la voy a quitar?

— ¡Sí! Te vas a casar y yo sólo soy una madre soltera. Puedes reclamarla si quieres. Puedes querer llevártela lejos de mí. Si te decía tendrías derechos sobre ella y Liz es sólo mía. ¿Entiendes? ¡Es mía! Tu ni siquiera sabias de su existencia, yo he luchado todos estos meses para que naciera, la amo desde antes de salir embarazada, la amo más que a mi vida. No podía ponerla en riesgo. Es mi hija Edward, es mi todo— me eché a llorar nuevamente. No podía soportar el dolor de saber que podía perderla. No creo que podría sobrevivir a algo así. No podría con la pena si mi Liz moría.

—Jamás te la quitaría. Jamás. Te llevaré a tu habitación. No estás bien, debes descansar— me tomó en brazos para que no pudiera reclamarle más, pero ya no tenía fuerzas para eso. Cerré mis ojos porque no soportaba la realidad. No podía hacer nada por mi hijita.

Edward me llevó a mi habitación, por el camino lo escuché dar indicaciones a una de las enfermeras para que me aplique algo.

Llegamos y me depositó en la cama. Me acomodó el cabello fuera de mi rostro y él mismo me puso la vía.

—Estarás bien. Dormirás un poco, necesitas recuperar fuerzas.

— ¿La salvarás?— pregunté derramando otra lágrima.

—No te preocupes por ella— dijo muy seguro. Eso me reconfortaba el alma. Ahora sabía que podía dormir. Dejaba a mi hija en manos de su padre. La única persona que podría cuidarla como yo.

— ¿Me lo prometes? ¿Ella estará bien?— pregunté mientras él tomaba de manos de la enfermera una jeringa con un líquido y la inyectaba en la vía.

—Duerme Bella. Duerme. Te prometo que Liz estará bien— me sonrió.

Cerré los ojos segundos después, al sentir la tibia sensación de bienestar que me ocasionó aquel medicamento. Me dejé llevar por la necesidad de descanso. Quería regresar pronto para ver su carita. Volver a tenerla entre mis brazos y cantarle dulces canciones de cuna.

.

Desperté asustada y sudorosa. Tenía la sensación de haber dormido siglos. Pero seguía aquí, en el hospital. Traté de inclinarme y tuve un retorcijón. Me dolía el estómago. Mejor dicho, me gruñía.

Ahora recordaba que apenas había probado bocado desde que se llevaron a mi bebita. ¡Mi Liz!

Me levanté presurosa. Afortunadamente me habían retirado el suero. Me calcé las pantuflas y me puse el abrigo por encima de la bata. En las habitaciones el aire era tibio pero en los pasillos helaba. Nuevamente estaba amaneciendo. ¿Tanto habría dormido?

Caminé otra vez, como ya tantas, hasta la zona de neonatología. A preguntar por el estado de mi hija. No había nadie fuera y me animé llamar a esa puerta.

Afortunadamente me atendió Kate y no Sasha.

— ¡Señora Swan! Pase, tiene que verla— me sonrió. Eso me alentó y con gran emoción di los pasos que me separaban de mi hijita.

Ya no estaba conectada a la sonda. Todavía tenía la vía en su pequeña manito. Se veía tan pequeñita, tan frágil. Y yo moría por abrazarla, arrullarla y cantarle. Acunarla en mi pecho y decirle que siempre estaríamos juntas.

— ¿Está bien?— le pregunté a Kate.

—Totalmente fuera de peligro. Cambiamos toda su sangre, la anemia retrocedió y ha respondido bien, no hubo incompatibilidad ni nada.

— ¿Cuándo me la puedo llevar?— era lo que más quería. Tenerla conmigo.

—Todavía no. Asumo que en unos días, dos o tres. Ya te dirán. ¿Le gustaría darle el pecho?— preguntó.

— ¿Puedo?— me entusiasmé. Hacía dos días que no la amamantaba. Mis pechos estaban llenos.

—Claro. Ya se la saco, siéntese, le traeré un cojín para que estés cómoda.

Obedecí, mientras ella me alcanzaba el cojín y una pequeña cobija. Acomodé mi silla justamente al lado de la incubadora.

Con mucho cuidado tomó a Liz y la sacó de aquella caja de cristal. Yo la recibí gustosa entre mis brazos, teniendo cuidado de no doblar su vía. La acomodé y empecé a hablarle.

—Hola mi amor. ¿Cómo estás princesa?— empezó a removerse. Estiró la única manita que tenía libre y bostezó. En su boquita pequeña se formó una perfecta O y mis ojos se llenaron de lágrimas.

¡Ya estaba bien! ¡Mi preciosa princesa ya estaba bien!

—Aproveche que se despierta. Debe tener hambre— sonrió la enfermera.

No dudé y procedí a intentar que tomara de mi pecho. Saber que puedo alimentarla, darle parte de mí para que crezca, me hacía sentir bien.

Parecía hambrienta, succionó con tal voracidad que solté una carcajada. La primera vez que reía en días.

Estaba segura que todo esto era gracias a Edward. Él había hecho hasta lo imposible por salvar a nuestra hija. Debía ir a darle las gracias.

— ¡Kate te necesito en cuidados intensivos!— entró gritando Sasha. No me miró y yo no tenía ganas de verla tampoco.

— ¿Sigue mal?— preguntó.

—Van a ponerle el respirador, apúrate que la doctora Denali está gritando como loca— eso me alarmó.

—Voy en seguida la señora debe terminar de amamantar su hija. Fueron indicaciones del doctor Cullen. Me las dejó escritas aquí— le alcanzó una carpeta.

—No demores por favor— le urgió.

No me animaba a preguntarle nada a Kate. ¿Dónde estaría Edward? ¿Por qué le dejó instrucciones escritas? ¿Sería que lo atraparon con la sangre de contrabando? Una sensación en mi pecho me molestaba así que tome valor.

—Disculpe. ¿El doctor Cullen está en el hospital?— pregunté.

Me miró sorprendida. Dudó un momento antes de responder.

—Sí. Está en cuidados intensivos — dijo seriamente. Mi corazón se aceleró.

— ¿Qué le pasa?— pregunté asustada.

—Lo hospitalizaron por una descompensación grave pero desarrolló neumonía.

— ¿Descompensación? ¿Neumonía?— esos términos eran tan extraños. Los había oído nombrar antes pero no los asociaba con nada conocido.

—El doctor Cullen está muy débil. Ayer por la tarde me pidió que le ayude a sacarse dos unidades de sangre. Y solo el día anterior ya había donado otra. Una unidad de sangre contiene aproximadamente medio litro. Tres unidades de sangre son un litro y medio. Una persona solo puede donar dos unidades como máximo. Pero no tres. Se excedió y por eso se desmayó. Lo ingresaron por eso, se descompensó.

— ¿Y la neumonía?— pregunté.

—No lo sé. Es como si hubiera pasado la noche afuera, a la intemperie— dijo moviendo varias cosas.

—Él le dio su sangre a mi hija— dije tristemente recordando cómo le rogué que salvara a Liz.

—Yo estaba de guardia ayer, lo atendí y no tenía nada. No sé en qué turno pasó. La doctora Denali estaba allí, cuidándolo. En fin. No se sienta culpable, el doctor Cullen es una persona muy comprometida con su trabajo. Era el neonatólogo a cargo de su hija, él hizo todo lo que pudo. Aún a costa de su propia vida— suspiró mientras seguía ordenando algunos objetos.

— ¿La sangre que pidió aún no llega?— pregunté.

—No. Y ahora la necesitamos tanto. ¿Ya tomó suficiente?— dijo mirando a mi bebé que había dejado mi pecho. Y me miraba fijamente.

—Sí gracias— dije con pena. No quería separarme de ella.

—Démela, la pondré en la incubadora boca abajo para que bote el eructo— se la cedí.

No me fui de allí hasta ver que mi pequeña empezaba a cerrar los ojos después de botar sus gases.

Caminé de regreso muy triste. Edward estaba grave y yo no podía hacer nada para ayudarlo. Él salvó a nuestra hija, dio su sangre para que ella se salvara. Hizo lo que le pedí, aún a costa de su vida.

Fui hasta su despacho, la puerta estaba entreabierta. ¿Habría alguien allí?

Entré, estaba vacío. Cerré la puerta tras de mí. ¿Qué había hecho? Yo empujé a Edward al borde de la muerte. Yo soy culpable de esto.

Me senté en el mismo lugar donde el día anterior le conté la verdad, donde me dijo "¿Crees que por llevarla en tu vientre puedes quererla más que yo?" "Un hijo vale más que mil novias"

Edward tiene que estar bien, tiene que salvarse. Liz y yo lo necesitamos. No lo alejaré de su hija si se recupera. "Por favor, que Edward se salve" rogué.

—¿Eres Bella? ¿Bella Swan?— no me había dado cuenta que en uno de los rincones oscuros había alguien. Me levanté rápidamente. Aquella voz cantarina…

—¿Alice?— pregunté cuando pude ver su respingada nariz asomar de entre las sombras.

—¡Oh Bella! ¡Bella!— me echó los brazos al cuello y casi caímos juntas.

¿Qué hacía Alice aquí? No lo sabía pero estaba tan feliz de volver a verla después de tanto tiempo. ¡Alice! Mi mejor amiga de la escuela, mi confidente. Tantas veces la necesité en mis momentos más tristes y en las encrucijadas en als que me ponía la vida. Lamentablemente después del incidente con su hermano se había marchado con de Forks. No podía creer que Alice estuviera de vuelta.


Sé que la noticia de la llegada de Alice es un rayo de esperanza entre tanto sufrimiento, pobre Bella. Primero su hija y luego el padre. Pero él lo logró, salvó a Liz.

Gracias por su comentarios amigas, me hacen muy feliz.

Actualizo la semana que viene. Gracias por leer

PATITO