Ya quisiera que los personajes sean míos, pero le pertenecen a Meyer. Sólo la trama, las situaciones y los embrollos son míos.


¿QUIÉN LLAMÓ A LA CIGÜEÑA?


CAPÍTULO 21

TE NECESITAMOS

El cielo se tornó de un color violeta hermoso, sonreí levemente a través de mis cansados ojitos. Estaba agotada. Por suerte el día anterior había logrado dormir un poco, sé que tengo mucho que lavar en el fregadero, no he barrido ni sacudido nada. Espero que Charlie lo haga cuando se despierte. Aún tenía a Liz en mis brazos, ya la había acostado cuatro veces y todas se despertó chillando.

Miré el reloj de mi mesa de noche, eran a las 5:15 de la mañana. Ojalá mi bebé se duerma unas ocho horas seguidas, pensé volviendo a sonreír. En cuando mi cabeza tocó la almohada no volví a saber más hasta que alguien sacudió mi hombro.

—Bella— escuché aquella voz aterciopelada de mis sueños. Edward Cullen, aquel hombre hermoso, guapo, alto y de ojos verdes que me trae loca. Sonreí al escuchar su voz. Luego me acordé que estoy en casa con mi bebé recién nacida y me levanté de golpe. – Tranquila Bella, todo está bien.

Apenas abrí los ojos me encontré con dos esmeraldas mirándome. Por todos los cielos ¿Por qué cada día que pasaba Edward se ponía más bueno? Y yo despeinada, con legañas en los ojos y rastros de baba en la boca.

—Bella, ya le cambié el pañal a Liz ¿Puedes alimentarla? Está a punto de romper a llorar— acarició mi hombro mientras mi alma regresaba a mi cuerpo. Miré la hora, siete y treinta. ¡Apenas dos horas de sueño! Con razón mi cuerpo no quiere reaccionar. Me obligué a sentarme y acomodé un poco mi enmarañado cabello que aún seguía sujeto en una cola de caballo que me había hecho anoche.

— ¿Cómo entraste?— pregunté bostezando mientras me abría la bata. Liz arañaba mi pecho desesperada. Carambas, igual de impaciente que su padre. Le sonreí.

—Charlie me dio llaves ayer.

— ¿Qué?— le dije conteniendo un grito. Mi hija acababa de tomar mi pezón con demasiada fuerza. — ¿Por qué?— maldije por dentro, me dolía mucho. Mi otro pecho estaba empezando a pasar leche y Edward estaba demasiado cerca. Quería que se fuera más lejos para que no me viera así.

—Para poder entrar a ayudarte.

—Ajá. Ayudarme. ¿O sea que puedes entrar aquí cuando quieras sin anunciarte?—pregunté sólo para comprobar que no parecía tener un ápice de remordimiento.

—Pienso anunciarme cada vez que venga. De hecho lo hice esta mañana, te llamé varias veces pero tienes el celular apagado. Le llamé a Charlie, él me dijo que escuchó llorar a Liz de madrugada.

—Sí. Dormí a las cinco y media más o menos— dije cambiando de posición a mi hija y se alimente de mi otro pecho. Volví a hacer un gesto de dolor.

— ¿Tienes alguna molestia?— preguntó mirándome.

—No, sólo que no me agrada despertarme y estés en todos lados— dije masticando mi enojo.

—Preguntaba si tenías una molestia física. Verás, cuando eres primeriza tus pezones…— no lo dejé terminar.

— ¡Ya! Sólo quiero volver a dormirme. Si vas a estar aquí cuando quieras, entonces… ¿Intenta pasar desapercibido sí?

—No es cuando quiera, sólo cuando tenga tiempo. Ahora mismo debo volver al hospital. Tengo turno hasta las seis de la tarde. ¿Puedo venir esta noche?

—Puedes. Pero no te quedarás aquí, limítate a las visitas en horarios adecuados Edward. No quiero que entres y salgas por la noche ¿De acuerdo?

—Sé que vas a necesitar mi ayuda. Bella, necesitas dormir.

—Estoy bien— me defendí, ocultando mi pecho y colocando a Liz en mi hombro para quitarle los gases.

—Nos vemos entonces— se despidió. Intenté dormir a mi hija pero no quiso. Bajé el moisés que le había regalado Jacob y la llevé a la cocina conmigo. Había más platos sin lavar. Antes, cuando vivíamos sólo Charlie y yo no me molestaba lavar sus servicios, de hecho, creo que hice mucho para mal acostumbrar a mi padre. Ahora es un hombre inútil que no puede lavar ni la taza de su café. Y yo ya no soy la hija con tiempo libre que podía hacerme cargo de todo.

Lavé los platos, cubiertos y puse agua a hervir. Tenía muchísima hambre. Una buena taza de leche y pastelillos podrían bastar.

La despensa estaba vacía. No había carnes, pastas, ni conservas. Creo que alguien no hizo el abastecimiento y estuvo sobreviviendo con las reservas. ¿Pero cómo voy con Liz al súper?

Miré mi reloj, apenas eran las nueve. Y mi estómago rugía. Sólo había un huevo y unas rebanadas de pan. Ni rastros de leche.

Ni modo, el primer día de Liz en el súper, suspiré.

Antes de salir le di de comer para que no me pida en la calle, pero cuando estaba sacándole los gases me vomitó en mi blusa. Corrí a cambiármela y de paso me di cuenta que tengo toneladas de ropa para lavar. Tampoco había detergente para adelantar el lavado. Otra cosa más para comprar.

Me costó casi quince minutos asegurar el asiento de bebé. Con razón a Edward se le hizo tan interesante ayer, sólo que él no estaba apurado.

Miré a mi hija, no parecía tener sueño. Me miré en el espejo retrovisor y casi doy un salto del susto. ¡Se me había olvidado peinarme! Me había cambiado de ropa en cinco minutos, pero no me acordé del cabello. Busqué en la guantera mi cepillo. Lo pasé frenéticamente sobre mi melena y volví a ponerme la goma de pelo.

Todo bien. ¡Tú puedes Bella! Allá vamos.

Encendí el auto y miré mis pies pisar el acelerador. Frené en seco logrando que mi hija hiciera un sonido gracioso. Traía puestas las pantuflas. Miré a Liz y quise llorar. Si sacaba a Liz de su asiento para llevarla conmigo mientras me cambiaba los zapatos demoraría mucho en volver a ponerla. Sin embargo un viaje desde aquí hasta mi habitación no serían más de sesenta segundos, si no tropiezo.

—Pórtate bien chiquitita, mami va por sus zapatos ¿Nada de llorar si?— le di un besito en la frente.

Abrí la puerta y salí cómo si fuera a correr una prueba olímpica pero a los tres pasos sentí un dolor agudo en mi vientre bajo. Ahogué una palabrota. ¡Cesárea hija de fruta! Caminé más despacio hasta llegar a la puerta, entré rápido y me cambié las tontas pantuflas por unas zapatillas bajas. Volví a salir sólo para ver un auto estacionarse delante de mi puerta. Bajé rápido para recibir a la visita y de paso no se dé cuenta que dejé a Liz sola en mi auto.

—Isabella— era Esme quien bajó de un mercedes oscuro.

Le sonreí y fui directo a sacar a Liz de su asiento.

—Hola Esme—saludé.

— ¿No pensabas llevar a Liz en el asiento delantero de ese auto verdad?— preguntó. Me sonó a reproche.

—No, en realidad sólo quería… ¿Qué haces aquí?— pregunté.

—Necesito hablar contigo— sonrió al ver a Liz despierta. — ¿Puedo?— pidió extendiendo los brazos. Se la di sin chistar para poder cerrar las puertas de mi camioneta.

Entramos en la casa mientras mi mente y mi estómago no paraban de protestar.

— ¿Qué se te ofrece?— pregunté cuando llegamos a la sala.

Suspiró mirando a su nieta. –Tiene los ojos de Edward— murmuró antes de besar la frete de mi hija.

—Sí, son muy parecidos— dije invitándola a sentarme pero sin pedirle que me devuelva a Liz.

—Bella, yo tengo muchas cosas que decirte. Lamento que el destino nos vuelva reunir en esta situación…

—Yo no. Si me arrepintiera de algo sería como pensar que mi hija fue un error y no es el caso— dije usando las mismas palabras que su hijo me había dicho días atrás.

—Lamentablemente yo sí me arrepiento de algunas y por eso estoy aquí. No vengo a reclamarte nada, al contrario. Siento que en gran parte fui la culpable de la separación de ustedes. Yo sé que debí hablar con Edward, explicarle que te pedí que lo alejaras para que acepte la beca. Nunca supe si fingiste engañarlo o sí fue real— suspiró.

—Eso fue un malentendido— agaché la cabeza. –Intenté alejar a Edward por todos los medios quizás por eso cuando él me vio con Jacob pensó lo peor. Fue una lástima que no quisiera escucharme.

—Se lo dije anoche— la miré sorprendida. –Sí, todo este tiempo nunca le hablé del pedido que te hicimos Carlisle y yo. En parte porque él no quería hablar de ti. Desde que se fue de Forks se encerró en su obsesión por sus estudios y eso lo mantenía en pie. Pasó el tiempo y pensamos que lo había superado. Hasta este otoño que nos sorprendió a todos con la noticia que iba a volver a Forks.

—Te aseguro que no tuve nada que ver en eso.

—Edward nos explicó. Aunque, yo sí creo que tienes que ver. Quizás no estás en sus recuerdos pero si en sus subconsciente. Fue tu recuerdo lo que lo trajo de vuelta, hace tiempo que él está inestable, lo veo. Edward no es de los que hacen las cosas por impulso, se ha convertido en un hombre muy responsable.

—Esme, con todo respeto y no me lo tomes a mal ¿A qué has venido? Es que tengo que ir de compras, lavar la ropa, alimentar a mi hija.

—Entiendo, sé que tienes mucho que hacer y a eso venía. Quiero ayudarte, ya que no aceptas que Edward te eche una mano.

—No es que no acepte pero… No lo quiero aquí a todas horas, que visite a su hija en un horario regular si eso lo hace feliz. Pronto se irá y de seguro quiere estar con ella…

—Edward no se va a ir.

—Cuando se case, espero que se vaya muy lejos— miré al piso conteniendo un suspiro pues la sola imagen de Edward en un altar con Tanya hacia que mi estómago proteste. Y ya estaba muerto de hambre. –Y ustedes también— la miré intentado no mostrarme dura. En realidad no es por ellos sino porque me recuerdan a Edward.

—Entonces ¿Aceptas mi ayuda?— sonrió sin tomar en cuenta mis palabras anteriores.

—Sí, necesito provisiones, ir al súper, lavar la ropa, limpiar la casa y Liz no me dejó dormir, quiere que la tengan en brazos…

—Entonces yo la cuido, encárgate de lo tuyo y si nos aceptas podemos…

— ¿Podemos?

—Rosalie, Alice y yo. Puedo estar aquí unas horas en las mañanas y Rose en las tardes. No molestaremos, no tienes que prepararnos nada de comer, sólo venderemos y estaremos en la habitación de Liz, cuidándola, cambiando sus pañales, nos haremos cargo de su ropa.

—La ropa la lavo yo, por lo demás, está bien porque no sé cómo hacerlo sola— sonreí. —Estaba saliendo al súper con las pantuflas hace un rato— sonreí.

—Está bien, si quieres puedes ir, me quedo con Liz— sonrió mirándola.

—Deja que le dé el pecho para que no llore— dije antes de tomar a mi hija y alimentarla. –Y por favor Esme, si quieres que esté a gusto, no toques mis demás quehaceres. Sólo encárgate de Liz— le advertí.

Así, pude al fin salir de casa antes de las once, tenía sueño, estaba cansada y quería un baño. No me venía mal un poco de ayuda extra aunque algo me decía que tendría que pagar con un disgusto por aceptar.

Hice mis compras en tiempo record, esta pequeña separación me causó un accidente en mi mejor blusa. Me daba vergüenza estar mojando mi ropa por la leche que segregaba. Fui a la zona de farmacia a adquirir algo que me ayude.

—Estos protectores le vendrán bien— aconsejó la dependienta, una señora mayor que ya pintaba canas. —Quizás también necesite pezoneras de silicona…— intentó venderme más cosas.

—No gracias— dije tan amable como pude y salí de allí. No tengo problemas con mi leche, quizás sólo me duele cuando Liz jala muy fuerte.

Regresé a casa empapada. Aún mis protectores estaban empaquetados pensé que con los pañuelitos iba a ser suficiente.

Al entrar me di con la sorpresa que Carlisle estaba allí. ¿Ahora cómo iba a cambiarme con ellos dos en la habitación? Además tengo muchas cosas que hacer. Lo saludé rápidamente antes de ir a encargarme de mis deberes.

Por dentro refunfuñaba, me di un baño rápido en mi habitación y me cambié la ropa, bajé a lavar servicios, adelantar el lavado cuando escuché que Liz lloraba.

—Bella, tiene hambre— dijo Esme preocupada.

—Aún no han pasado dos horas— miré el reloj. Ya casi era la una de la tarde.

—Creo que debe comer cuando tenga hambre— sugirió el abuelo. Les sonreí sin ganas y me senté a darle su alimento a mi hija. Era muy incómodo hacerlo con ellos cerca. Quizás no era buena idea tener tanta gente en casa.

Cuando se fueron por fin pude sentarme a comer algo, aún tenía mucho que lavar pero ya estaba agotada. Liz se estaba quedando dormida así que aproveché para echarme a su lado en nuestra cama. Pero apenas mi cabeza hizo contacto con la almohada el timbre sonó. Si era otro Cullen lo echaría sin remordimiento, o simplemente no abriría la puerta.

Salí a ver, era Leah. Le sonreí antes de hacerla pasar.

—Hey Bella, pasaba por aquí ¿Me dejas ayudarte?— preguntó.

—Leah estoy bien— dije intentando sonreír.

—Sí, esas ojeras me dicen que estás muy bien. Anda, échate una siesta y deja a tía Leah a cargo— me sonrió. No dije más y regresé a la cama.

Nuevamente fui despertada apenas una hora después de intentar dormir.

— ¿Y ahora qué?— dije buscando quien me despertaba.

—Lo siento Bella pero Liz no para de llorar— dijo Leah un poco incómoda.

—Ya voy, ya voy— me obligué a levantarme para salir de mi habitación hacia la sala. Rosalie y Alice estaban paseando a Liz.

—Creo que tiene hambre— dijo la pequeña que la tenía en brazos.

—Yo creo que se aburrió de tanta ropa nueva que tuvo que probarse—contestó Leah.

— ¡Ay por favor! Sólo tiene una semana Alice— refunfuñé medio dormida. La tomé de sus brazos y me metí con mi hija a la habitación. Cerré la puerta y la acomodé a mi lado para darle el pecho. Pero el sueño me venció cuando ella dejó de succionar y se quedó dormida.

Me desperté asustada, la habitación estaba en penumbra. Mi hija no estaba a mi lado yo tenía el brazo extendido hacia ella, con la bata sin abrochar lo cual dejaba ver mi enorme pecho lleno de leche. Parezco una vaquita, pensé antes de levantarme y llamarla.

— ¿Papá?— grité mientras me abrochaba la bata y buscaba mis pantuflas. Salí de la habitación al no escuchar respuesta, caminé hacia la sala y los encontré en el sofá. Charlie miraba un partido de baseball mientras Edward a su lado sostenía a Liz, que estaba despierta y parecía muy cómoda en manos de su padre. Me les quedé mirando unos minutos antes de avisarles que había despertado. Fui a saludar a papá y me senté al lado de Edward.

— ¿Está bien?— pregunté.

—Sí, estaba despierta cuando llegué. Me anuncié pero tu celular sigue apagado. Esperé afuera hasta que llegó Charlie— sonrió mirando a su hija.

—Alice y Rose vinieron…

Edward soltó una carcajada suave, no supe si por sus hermanas o por Liz que estornudó de forma demasiado escandalosa para los tres kilos de peso que tenía.

—Lo sé, me llamaron. Creo que estabas alterada— sonrió evitando mirarme directamente a los ojos.

—No estaba alterada, sólo quería dormir un poco— dije tomando uno de los pies de mi hija que pataleaba sin cesar.

—Si me dejaras…

—No necesito más ayuda tengo suficiente ahora que Esme, Rosalie y Alice estarán por aquí. Puedo dormir por las tardes si Liz no me deja en las noches.

— ¿Qué es lo que te molesta? ¿Mi presencia? Puedo llevarme a Liz a mi casa y…

— ¿Qué?— dije conteniendo mi ira. ¿Llevarse a MI hija a su casa dónde vive con su novia?

—Necesitas dormir por las noches.

— ¡Y lo haré! Sólo me estoy acostumbrando— dije furiosa. Charlie me miró.

— ¿Quieres que encargue pizza?— preguntó. –Tengo hambre— dijo volviendo su mirada al televisor.

—Voy a preparar algo— mascullé antes de irme a cocinar.

Eché a Edward antes de las nueve, no tenía ganas de soportar luego los comentarios porque se pasaba demasiado tiempo en mi casa. Ni de soportar luego a su prometida. Le pedí a Esme al día siguiente que limite sus horas de visita. Alice y Rose no volvieron a presentarse juntas. Se turnaban y permanecían dos horas exactas en casa.

Quisiera decir que esto me ayudó pero siempre estaba pendientes de ellas, de lo que le decían a mi hija, de que no estén probándole ropa. Me estaba volviendo paranoica, vigilaba todo, atenta a al mínimo movimiento y tratando de cumplir con mis deberes. Liz no dormía por las noches, llevaba casi una semana durmiendo al amanecer. Mi carácter tranquilo se vio afectado al punto de echar un par de veces de casa a Jake porque se burló de mi apariencia.

Sé que me estaba sobrepasando, pero así como tenía molestias con la gente, también había desarrollado un malestar en uno de mis pechos. Creo que se tapó y por vergüenza no le dije a Esme ni al doctor Benjamín cuando fui mi siguiente cita personal. La leche no salía y ya no me atrevía a darle el pecho a Liz porque sólo con que me tocara el pezón saltaba de dolor.

Esa tarde Edward llegó a las seis como de costumbre. Mientras preparaba la cena nuestra hija pidió de comer, le di el pecho derecho esperando que Edward no se diera cuenta que no alternaba.

Cuando se acabó, regresé a la cocina pero ella no quedó satisfecha. Edward se me acercó

—Aún tiene hambre— me sonrió.

—Eso veo. Voy a darle más— dije caminado a mi habitación. Intenté darle el pecho adolorido pero cuando su boquita se prendió de mi pezón grité. Me mordí la lengua esperando que Edward no lo oyera y soportar el dolor pero fui cobarde y tuve que hacer que Liz me suelte.

La dejé en la cama, no soporté más. Estaba cansada, de mal humor, me dolía la cabeza, el pecho me punzaba, el pezón me mataba de dolor y me sentía tan vulnerable. Empecé a llorar desesperada llamando en silencio a mi mamá. ¡Cuánto la necesitaba ahora! No puedo hacerlo sola, intento, hago lo mejor que puedo y no me sale. Soy un desastre de madre, mal organizada, como a des horas, no he vuelto a ponerme la faja y siento que sigo más inflada que cuando di a luz. Estoy hecha un caos.

— ¿Qué pasa?— Edward me tomó una mano, estaba con una rodilla en el suelo para estar a mi nivel. — ¿Qué tienes Bella?— preguntó levantó mi barbilla.

—Me duele mucho— confesé mientras mis lágrimas caían.

— ¿Dónde? Muéstrame— dijo acariciando mi mejilla.

— ¡Se me tapó un pecho y no sé qué hacer!— rompí a llorar fuerte.

— ¡Bella! Debiste decírmelo—me hizo a un lado el brazo esperando que le muestre pero yo seguía reticente. Ya suficiente con estar en ese estado deprimente ¿Además debía mostrarle mi pecho hinchado?

—Nooo— me quejé.

—Esas cosas parecen pequeñas pero no deben pasarse por alto, te pedí que me dijeras si sentías alguna molestia, intenté decirte…

— ¡Ya lo sé! ¡Sé que quieres ayudar pero yo no estoy preparada para eso! ¡Quiero hacerlo sola!— gemí.

—No tienes porqué. Por favor Bella, déjame ayudarte— volvió a insistir. –Puedes desarrollar mastitis y no sólo no podrías amamantar sino que habría que intervenirte quirúrgicamente— eso sí me asustó y haciendo a un lado el poco pudor que me quedaba me abrí la blusa.

—Está caliente— dijo acariciando mi pecho con dos dedos. –Y ya tiene una coloración rojiza. ¿Desde cuando tienes problemas?

—El pezón me duele desde que vine a casa más o menos, se me tapaba eventualmente, con la succión se volvía a abrir pero desde ayer que lo siento duro y no sale la leche— sollocé. –Ya miré el internet, hice lo del peine, le di masajes, intento que Liz me ayude pero duele mucho.

Tuve que mirar hacia otro lado cuando sus dedos acariciaron mi pezón y lo aplastó. Acallé un gemido de dolor.

—Lo tienes muy lastimado, se agrietó. Es que eres primeriza. Debí tener más cuidado— se reclamó a sí mismo. –La única solución antes de pasar a lo quirúrgico es que Liz succione y lo destape ¿Quieres intentarlo? Te ayudaré, vamos. ¿Confías en mí?— dijo sonriéndome.

Suspiré.

— ¿Ya qué?— dije haciendo tripas corazón.

Él tomó a nuestra hija y la colocó en un ángulo que yo no podría, por debajo de mi brazo, lo miré incrédula.

—La obstrucción es en el cuadrante superior izquierdo, yo la sostendré, tu toma el pezón con tus dedos libre y… abrázame con la otra mano, hunde las uñas en mi espalda si es necesario— me miró serio. Yo dejé escapar una sonrisa por lo raro de la posición y aunque me dolía mucho este momento me parecía tan íntimo.

Hice lo que me dijo, respiré profundo cuando los labios de mi hija se cerraron. Soporté un jaloneo que logró sacarme gotas de sudor por el esfuerzo de contener el dolor pero finalmente sentí que algo caliente salía de mi pecho. Abrí los ojos cuando Liz empezó a succionar, Edward estaba atento en mí y en nuestra hija, tan concentrado, que me causó mucha ternura. Por un momento quise que fuera nuestro, tener el poder de hacer que se quede toda la noche, todos los días, que comparta con nosotras nuestros momentos íntimos.

— ¿Ya?— preguntó sonriendo.

—Sí— dije suspirando. –Ya se abrió.

—Bella. ¿Puedes desenterrar tus uñas de mi piel?— preguntó con una mueca de dolor.

Recién tomé conciencia que mi agarre había sido demasiado fuerte, lo solté de inmediato asustada.

— ¡Perdón!— dije avergonzada.

—Bueno, al menos compartí tu dolor— me sonrió acomodando a Liz de tal modo que yo podía sostenerla.

Nos quedamos así un rato más, luego me volvió a revisar y me recomendó que no use ninguna crema ni nada que pueda dañar a Liz. Que sólo me limpie los pezones con agua y una gasa y masajee con mi propia leche para evitar que se resquebrajaran.

— ¿Entonces no crees que la leche retenida le haga daño?— pregunté.

—A lo mucho le soltará el estómago. Pero no debes dejar que vuelva a pasar ¿Sí? Podría ser peligroso para ti Bella, dime si algo te duele en el mismo momento no esperes a que sea más grave— advirtió. Le sonreí y le prometí avisarle cualquier molestia.

Cuando se marchó me sentí un poco vacía. Con él cerca sentía que mi mundo estaba completo, estaba segura, sin ningún temor, no sólo porque sea médico sino porque su presencia me llenaba.

Dentro de mí, esa parte egoísta que a veces me gana, me decía que nosotras lo necesitábamos más. Que era nuestro. Sin embargo mi conciencia no me permitía hacer nada para atraerlo. No voy a usar a mi hija o mi maternidad para algo así. Si él nos ama, si nos prefiere sobre todas las cosas, quizás… quizás.


Hola, aquí vengo nuevamente, sí he tardado espero que no me hayan olvidado. Nuestra Bella está en una etapa difícil, necesita toda la ayuda y comprensión posible, lamentablemente ella a veces es terca, ojalá deje que Edward se acerque más y él mismo se de cuenta cuanta falta hace.

Gracias por leer y espero comentarios si pasaron por una situación semejante como la mastitis o cosas así con sus pequeños.

PATITO