.
Azur
7.
Todo fue muy distinto y mejor después de aquel día. Recuerdo que cuando se lo conté a las chicas se quedaron muy asombradas, aunque Sora menos porque decía que me lo notó aquella tarde que me marché llorando. Yo estaba tan feliz que me dolían las mejillas al final del día de tanto sonreír.
La relación con Jou fue despacio pero con buen ritmo. Quedábamos solos a veces y otras con los demás, también en citas dobles con Hikari y Takeru o Mimi y Koushiro. ¡Ah! Al final resultó que aquel día que me llevé el disgusto Mimi le había pedido consejo a Jou sobre qué hacer con Kou, porque él lo conocía bien. Le dijo que se lanzase porque nuestro amigo pelirrojo nunca creería que ella le correspondía y empezaron a salir un par de días antes que nosotros.
La que faltaba por aquel entonces era Sora, que se empeñaba en decir que Tai y ella eran amigos incluso las veces que iban solos a cenar o al cine. Dejamos de insistir, ya se besarían algún día y se darían cuenta de lo que pasaba.
Recuerdo con cariño nuestra primera cita oficial. Cogimos un par de trenes y me llevó al Jardín Botánico Jindaiji. Todo era precioso.
―Cuando vimos la exposición de los olores aprendimos que por el olfato es por lo que más se recuerdan las cosas ―me Jou dijo sonriendo―. Además de que vi lo mucho que te gustó el aroma de las flores. Así que pensé que así nunca olvidarías este día.
Le abracé con fuerza y él se sonrojó. Le costó un tiempo acostumbrarse a mi efusividad pero la verdad es que siempre fue tan cariñoso como yo. Eso me gustaba. Me sentía como una princesa, en especial aquel día rodeada de flores.
Vimos muchísimas plantas de todos los tamaños y colores, caminamos por hierba tan verde que parecía estar pintada y olfateamos más perfumes diferentes de los que había olido en toda mi vida. También visitamos el Templo Jindaiji, el segundo más viejo de Tokio, y sus pequeñas charcas. En un puesto ambulante me compró una bonita vasija decorada con flores por fuera, aunque yo insistí en que no hacía falta. Volvimos al jardín botánico y recogimos pétalos y hojas caídas para guardarlas en su interior.
―Así cuando lo veas o toques las flores secas pensarás en mí ―me susurró antes de besarme.
Era el primer beso que me daba él. De nuevo me sentí en paz, como si hubiera encontrado mi lugar en el mundo. Puse la vasija en mi habitación y cada noche era lo último que miraba antes de apagar la luz. Era como tener una parte de él conmigo.
De vez en cuando Jou solía sorprenderme. Me llevaba a sitios maravillosos como aquel, pasábamos el día entero fuera y siempre me dejaba en la puerta de mi casa. Las despedidas cada vez eran más largas. Cada vez me costaba más esperar para volverlo a ver.
Nuestros amigos nos vacilaban al principio por lo poco que nos acercábamos estando delante de ellos. Cuando acabó esa etapa se reían cuando nos regalábamos algún gesto cariñoso y nosotros los ignorábamos. Recuerdo la cara de Taichi y Daisuke cuando se enteraron de que estábamos juntos, al parecer lo veían como algo surrealista. Fue memorable, incluso hay una foto porque Hikari es previsora.
Otro momento que no olvidaré nunca fue un par de meses más tarde. Me llevó a Hakone, donde comimos unos huevos de gallina que son negros porque los hacen en unas aguas sulfurosas, se cree que alargan la vida. Cogimos el teleférico y vimos bosques enormes, la altura le daba algo de vértigo a Jou y me hicieron reír sus reacciones cuando se movía demasiado la cabina. Atravesamos el lago Ashi en un barco decorado como un galeón pirata y yo me sentí como en un cuento mientras mi novio (qué bien sonaba llamarle así) me abrazaba por la espalda.
El sol ya se ocultaba y su pelo tenía un curioso tono con esa luz anaranjada. Le besé y cuando nos separamos me miró con cariño.
―Te quiero ―susurré casi sin darme cuenta.
Era la primera vez que se lo decía, pensé que igual me había precipitado. Pero él no se sorprendió, apoyó su frente en la mía y sonrió.
―Yo también te quiero.
El siguiente beso que nos dimos no lo olvidaré. Cómo el brillo del sol en sus gafas me deslumbró cuando nos separamos, su olor que tanto había aprendido a conocer, el tacto suave de su mano en mi mejilla. Son cosas demasiado especiales como para permitirme olvidarlas.
8.
Así transcurrieron muchos meses. Mi vida era muy distinta y mejor de lo que podría haber esperado. Nuestras excursiones cada vez nos llevaban más lejos, a lugares especiales como cataratas o paseos en barca, que nos turnamos para remar porque Jou se cansaba mucho. Los cerezos en flor eran impresionantes.
Creo que con él me sentí cerca de la naturaleza y de mí misma. No sabría explicarlo, pero de alguna manera todo lo que visitábamos me acercaba a conocerme más y entender la belleza de las pequeñas cosas.
Cuando se lo dije se rio. Dijo que era yo la que despertaba esa sensación en él, que yo hacía que dejara de pensar tanto y disfrutara más. Me gustó saber que yo le aportaba algo tan bueno a su vida.
También me ayudó en los estudios y estuvimos épocas viéndonos poco porque tenía que preparar los exámenes. Cuando ya llevábamos cerca de un año juntos y el curso se acababa, todo empezó a cambiar. Pero no para mejor.
Desde que supo sus buenas calificaciones, noté a Jou mucho más distante. A veces le hablaba y tardaba en contestarme, como si su mente estuviera lejos. Ya no me prestaba la atención de antes, ya no parecía que le emocionara verme, notaba que se me escapaba sin que pudiera hacer nada.
Me enteré por Hikari, a quien se lo había dicho su hermano, que a mi novio lo habían aceptado en la universidad de Kioto. Quise enfadarme por que me hubiera ocultado aquello, pero me di cuenta de la razón. No íbamos a poder vernos mucho, estaba a unas cuatro horas de viaje si no me equivocaba y las relaciones a distancia son complicadas. Además, iba a conocer mucha gente nueva. Seguro que había alguna chica estudiando medicina que se enamoraba de él y lo conquistaba. Sería más mayor y madura que yo, no podría competir contra eso.
Estuve días y días dándole vueltas a aquello. Mis amigas decían que me montaba películas, pero yo no podía evitar sentirme así. Al final me dije que lo mejor era hablar con Jou.
Quedamos a solas por primera vez en bastante tiempo. Había un aire raro entre nosotros cuando nos dimos un beso, como si ambos supiésemos que el otro tenía mucho que decir pero no se atrevía.
Caminé inconscientemente hasta el lugar donde se me declaró y me senté en la misma valla. El agua de la fuente salpicaba y unas palomas bebían del suelo. Las observé en silencio mientras intentaba pensar en qué decir. Pero mi mente estaba en blanco.
―¿Qué tal está tu padre? ―me preguntó cogiéndome la mano―. ¿Ya se ha curado del resfriado?
―Sí, no fue nada ―intenté sonreír pero no lo conseguí del todo.
Él pareció notarlo. En todo el tiempo que llevábamos juntos habíamos aprendido a conocernos el uno al otro. Estaba claro que algo andaba mal. Muy mal. Y yo no quería estar allí cuando todo se viniera abajo.
―Miya, verás...
―Espera ―lo interrumpí con nerviosismo, no quería que se despidiera, era demasiado duro―. Las cosas han cambiado, lo sé. Lo mejor es que dejemos de salir juntos. Desde el principio sabíamos que teníamos muchas diferencias, empezando por la edad. Cada uno vive una etapa distinta de su vida y es mejor que la vivamos por nuestra cuenta.
No supe qué me impulsó a decir aquello. Yo no quería dejar de verle. Pero tampoco quería obligarle a que tuviera que dejarme él.
Jou me miró a los ojos durante un largo minuto que se me hizo eterno. Después solo dijo una palabra.
―Vale.
Recuerdo el tono con el que habló a la perfección, también el olor a comida que había en el ambiente por un restaurante cercano y los gritos de unos niños que jugaban cerca. Pero, después de esa palabra, pareció que el mundo se sumía en un profundo silencio.
Me levanté y caminamos como robots hasta mi casa. Me volví hacia él antes de entrar en mi edificio, intentando ser fuerte.
―Que te vaya bien en Kioto ―le deseé.
Él solo asintió con la cabeza. Ni siquiera pareció sorprendido por que supiera aquello. Se dio la vuelta sin esperar a que me metiese en el portal y no pudo ver la primera lágrima.
Se me escaparon muchas más.
9.
No solo lloré ese día, también el siguiente y el siguiente del siguiente. También el mes que entró, y el que fue tras ese. Eché de menos sus ojos oscuros tras las gafas, los sitios con los que me sorprendía y las comidas que solía hacerle. Supongo que cuando vives acostumbrado a algo y desaparece de pronto, cuesta habituarse.
Mis amigas intentaron animarme, incluso Takeru y Daisuke hablaron conmigo para tratar de hacerme ver que las relaciones se rompían todos los días y que tal vez en el futuro pudiéramos volver a estar juntos. Fue más sencillo todo porque Jou se marchó, no le vi después de que lo dejáramos. Guardé en una gran caja todo lo que me recordaba a él y la metí en el fondo de mi armario. Pero cada vez que la veía un dolor agudo me atravesaba el pecho.
Mi familia también notó mi cambio. Preguntaron por mi novio, les dije que ya no tenía. No volvieron a sacar el tema, aunque estuvieron un tiempo tratándome con mucho cuidado.
Seis meses después de aquella tarde todavía seguía resentida. Suelen decir que para olvidar a una persona debe pasar el doble del tiempo que estuvisteis juntos, así que tardaría casi dos años. Me parecía un verdadero suplicio.
Todo me recordaba a él. Por ejemplo, cuando fui con mi madre a elegir el color de las nuevas cortinas del salón y ella se empeñó en el azur. Me extrañé por la palabra y me señaló a cuál se refería. Y era dolorosamente parecido al color del pelo de Jou.
Azul oscuro. Azur.
Esa palabra me estuvo dando vueltas por la cabeza durante una semana entera y empecé a ver a mi exnovio en cada cosa de esa tonalidad. Una verdadera tortura.
―¿Sabéis lo peor de todo? ¿Lo que no soporto? ―pregunté de forma retórica.
Mimi levantó los ojos de la revista, enarcando una ceja. Me di cuenta de que Sora, que estaba pintando las uñas a Hikari, intercambiaba una mirada con la pequeña aunque no supe la razón.
―Que a Jou le dio igual. Le dije que lo dejásemos y solo dijo "vale".
Hubo un resoplido y un par de gestos de advertencia. Entonces me di cuenta de que me escondían algo.
―¿Qué pasa?
―Mirad, yo ya me he callado suficiente tiempo ―dijo Mimi con frustración―. Sé que prometí no decirle nada pero Koushiro me perdonará. Nunca aguanta mucho rato enfadado conmigo, y tengo una nueva falda bien corta con la que se le olvidará pronto todo.
Sora rodó los ojos. Hikari suspiró pero asintió con la cabeza.
―En realidad, creo que tiene derecho a saberlo ―susurró la pequeña.
Miré a Mimi atentamente, a la espera de que hablara. Al parecer su novio le había contado algo que me habían ocultado e intenté no enfadarme, intenté entenderlo. Al fin y al cabo cuando yo salía con Jou le contaba todo y él a mí, los secretos de pareja se quedan entre dos.
―Cuando le dejaste, esa misma noche, Jou se presentó en casa de Kou ―explicó mi amiga jugueteando con un mechón de su pelo con nerviosismo―. Lloró y lloró. ―Sentí que se me humedecían los ojos al escuchar aquello, imaginar que sufría era demasiado para mí―. Le dijo que, aunque fuera tonto, ya se veía contigo siempre y que no imaginaba su vida sin ti. Que era culpa suya y había estado distante porque estaba decidiendo quedarse a estudiar en Tokio en vez de en Kioto para no alejarse de ti. Pero se decepcionó al ver que tan rápido decidías que no le querías en tu vida.
En ese momento el llanto ya había empezado. Kari me abrazó con fuerza pero apenas fui consciente de ello.
―¿Por qué no me lo habíais dicho?
―Lo supimos unos meses después, cuando a Koushiro se le escapó ―me explicó Sora―. Pensamos que solo serviría para que lo pasaras peor y que no querrías que Jou hubiera dejado pasar esa oportunidad tan buena para él.
―Sí, es cierto ―dije intentando controlar mi voz―. No cambia nada esto. Pero era más fácil pensar que él ya no sentía lo mismo y no ha sufrido.
Volvieron a intercambiar una mirada. Mimi me apretó la mano sin atreverse a hablar de nuevo.
―La verdad... ―La voz de Hikari perdía volumen, me puso nerviosa―. Vimos a Jou hace unos tres meses. Estaba igual que tú, sufriendo, y no nos atrevimos a decirle nada. Solo que tú estabas bien.
Lloré más fuerte. ¿Por qué había pasado todo aquello? ¿Por qué no le dejé hablar aquel día y decidí cortar con él sin preguntar? Había pasado meses creyendo que no le importó y al parecer fue todo lo contrario. Había perdido lo que más quería por ser una impulsiva.
Mis amigas intentaron consolarme, diciéndome que así me había librado de la dura situación de tener que ser la causa de que perdiera una oportunidad para su futuro o de tener que obligarle a que se marchase. Que las relaciones a distancia son difíciles. Que aún era joven para encontrar otras personas.
No pensaba nada ese día. No podía. Solo me imaginaba a Jou llorando y se me rompía el corazón.
10.
Me desperté esa noche entre sudores. En mis sueños se repetían los momentos bonitos y los tristes, unidos a él sin dejar de sufrir. Jou Kido, el chico que menos habría imaginado que podría compartir mi vida y el que acabó transformándola en algo mejor.
Ser impulsiva había hecho que consiguiera estar con él, creer que estaba colado por mí, desilusionarme pensando que me había precipitado y montar un melodrama que hizo que acabara declarándoseme. Esa misma faceta había hecho que lo perdiera. Encima, lo que más me dolía, era que no había hecho nada para recuperarle.
Otra de las frases que solía decir mi hermana Chizuru vino a mi cabeza: "Nunca es tarde cuando se trata de algo del corazón".
Tal vez una tontería, pero ya una de las suyas me había llevado a conseguir lo que quería, antes incluso de saberlo. Era hora de que volviera a ser la Miyako espontánea de la que se enamoró Jou. No perdía nada.
Y así, cuando no eran más de las seis de la mañana, me levanté corriendo. Me di una ducha rápida, me vestí sin fijarme en qué me ponía y cogí todo el dinero que encontré. Cuando salí de mi habitación mi madre me miraba fijamente.
―Hoy no vas a ir a clase, ¿verdad?
Negué con la cabeza, con cierto miedo a una regañina. Ella sonrió, se perdió en la habitación de Mantarou y lo despertó.
―Lleva a tu hermana a la estación, tiene que coger un tren a Kioto.
Di un rápido abrazo a mi madre, no sabía quién le había contado todo pero me alegré de que me comprendiera, y empujé a mi hermano hacia la salida. Subimos al coche, él todavía en pijama. Bostezó sonoramente todo el camino y cuando me iba a bajar del vehículo me cogió la mano.
―Si pasa algo, si necesitas que vaya a buscarte, llámame ―me dijo con gesto preocupado―. Puedo saltarme las clases.
Sonreí y le di un beso en la mejilla después de asentir con la cabeza. Corrí dentro de la estación y cogí el primer tren que iba para Kioto. Sabía que el viaje se me iba a hacer eterno. Y, mientras el traqueteo me hipnotizaba, yo miré por la ventana imaginando a Jou en el horizonte, emocionada al pensar que lo iba a ver después de tanto tiempo.
Cuando, varias horas más tarde, conseguí llegar a la Universidad, miré a mi alrededor con nerviosismo. No sabía hacia dónde ir.
Pregunté y me indicaron dónde estaba la Facultad de Medicina. Me pareció gigantesca. Me senté en las escaleras de la entrada para asegurarme de que mi exnovio (cómo me dolía pensar en él así) no pasaba por allí sin que lo viera. No quería llamarle por teléfono porque tal vez él no querría saber nada de mí.
Otra opción me daba más miedo todavía. ¿Y si ya estaba con alguien más? Me temblaban las piernas al mirar a mi alrededor. No quería verle aparecer cogido a otra chica, sería demasiado doloroso.
Mi teléfono empezó a sonar. Miré extrañada la pantalla del móvil, Sora debería estar en clase.
―¿Sí?
―¡Miyako! ―me llamó, con tono preocupado―. Hemos ido a tu aula para ver cómo estabas. ¿Te has quedado en casa?
Escuché parlotear a Mimi y a Hikari pidiéndole silencio. Seguramente se habían reunido en el baño en algún cambio de clase.
―Verás... Estoy en Kioto.
―¡¿Qué?! ―Me alejé el teléfono de la oreja por el volumen de su grito.
―¡¿Pero qué haces ahí?! ―Esa vez fue Mimi la que me dejó sorda.
―Voy a ver a Jou y decirle todo, he sido una tonta.
―Mucha suerte ―me deseó Hikari―. Si necesitas algo llámanos.
Cuando colgué me sentí extrañamente sola. No quería estar allí, tenía miedo. Pero ya no había vuelta atrás y lo sabía.
Durante dos horas estuve levantándome, volviendo a sentarme, abrazándome a mí misma y mordiéndome los labios. Pensé tantas cosas que ya no sabía lo que era verdad y lo que no. Tuve tantas ganas de llorar que creí que me deshidrataría aunque no derramara ni una sola lágrima. Y mis uñas recién pintadas perdieron todo el color porque lo raspé.
Cuando ya empezaba a pensar que igual no me lo encontraría, vi a Jou saliendo del edificio. Tenía el pelo un poco más largo, las gafas ligeramente torcidas y un montón de libros y papeles en los brazos. Charlaba con dos chicos y suspiré aliviada por no encontrarme nada que no quisiera.
De pronto levantó la cabeza y me miró, como si hubiera sentido que alguien le observaba. Y mi corazón parecía que iba a explotar mientras veía que se quedaba clavado en el suelo sin quitar sus oscuros ojos de los míos.
Dio unos pasos vacilantes hasta pararse delante de mí, sus dos amigos se quedaron mirándonos pero me dio igual tener público.
―¿Miya? Quiero decir, Miyako... ¿Qué haces aquí?
―Siento si te molesto, necesito hablar contigo ―dije, notando que temblaba de pies a cabeza.
Volvimos a quedarnos callados, sin poder dejar de apartar la mirada del otro. Pero me tocaba hablar y lo sabía.
―Yo... ―Suspiré para intentar calmar el temblor de mi voz―. ¿Sabes que tienes el pelo de color azur? Sí, azur, no azul. Es que es un tono algo más oscuro, como el tuyo. ―Mientras desvariaba él frunció ligeramente el ceño, intenté centrarme y apreté con fuerza los puños―. Yo pensé que querías dejarlo y solo quise facilitarte las cosas. Como no me dijiste nada me quedó claro que hubiera sido una carga ahora que estás en Kioto. Pero, aunque ha pasado el tiempo, sigo echándote de menos. Te sigo queriendo. Necesitaba que lo supieras.
Jou abrió ligeramente la boca, supongo que por la impresión. No pude seguir mirándole y bajé la cabeza mientras cerraba con fuerza los ojos. Escuché un fuerte estruendo cuando soltó de golpe lo que llevaba. Unos brazos me rodearon de pronto y abrí los ojos sorprendida al sentir esos labios tan conocidos acariciando los míos.
Se separó de mí y me cogió la cara con las manos, con lágrimas contenidas.
―Iba a quedarme en Tokio por ti y me sentí perdido ―me dijo sonriendo―. Pienso en ti todos los días. Te quiero.
Le besé yo. Escuché unos silbidos de sus amigos, pero eso no hizo que nos separásemos antes. Cuando conseguí la fuerza de voluntad suficiente para soltarle y nos miramos a los ojos de nuevo, supe que todo iba a estar bien. Daba igual todo mientras él siguiera regalándome esa sonrisa.
Al principio fue duro, tuvimos que acostumbrarnos a vernos un par de fines de semana al mes. Uno iba yo allí, otro volvía él a Tokio. Había épocas en las que él tenía que estudiar y simplemente podíamos dormir abrazados y hablar un rato en sus descansos, pero para mí era más que suficiente. Después de haber pasado medio año sin él, saber que estaba en algún lugar alguien a quien le importaba de esa manera servía para que estuviera siempre feliz.
Ya han pasado más de tres años desde ese día en el que fui a buscarle. Pero sigo emocionándome como siempre. Seguimos escapándonos cuando podemos a antiguos templos o grandes jardines. Y creando bonitos recuerdos.
Por fin voy a entrar a la Universidad y, después de mucho estudiar, he conseguido que me admitan en Kioto. Vamos a vivir juntos y estoy deseando que empiece.
Sé que no todo será bonito, sé que a veces discutiremos o nos cansaremos de la rutina, pero también sé que merece la pena intentarlo con tal de estar a su lado. Sé que le quiero, sé que él a mí también y sé que mi color favorito será siempre el azur.
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¡Feliz no cumpleaños, Ahiru! Siento la tardanza del final, he estado liada y de viaje. Espero que te haya gustado este "regalo", lo he hecho con todo el cariño del mundo, y espero que sirva para recordarte siempre que la vida puede sorprenderte en el momento que menos esperas :)
