He de admitirlo, ni por asomo me esperaba esto. Que apareciera en mi vida un flamante y orgulloso lobo blanco. Un rey de un mundo de hielo. Un rey de hielo. Nunca pensé que me gustaría ser capaz de derretir el hielo con la única intención de encontrar al hombre.
Observé desde la playa de Rocadragón como el Rey en el Norte partía hacia el muro, al otro lado del muro, en busca de lo sobrenatural. En busca de pruebas de lo sobrenatural, de una guerra a las puertas del caos, de una guerra contra la misma muerte.
Jamás pensé que no querría dejar ir al lobo.
Las guerras venideras, la guerra contra la tiranía, la guerra contra la muerte. Una guerra, inminente, otra guerra, increíble. O eso me gustaría pensar, me gustaría no creerle. No lo hice ¿Qué esperaba ese Rey? Venir ante mí, ante la digna heredera de los Siete Reinos, hablándome de muertos con espadas en mano y negándose a rendirme pleitesía ¿Cómo esperaba ese lobo que le creyera así sin más?
Tyrion, mi mano, una persona en la que se supone que confío con mi propia vida, si no fuese así no llevaría esa insignia en su pecho, me aseguró que Jon Nieve no era un mentiroso. Así que decidí dejarle explotar una mina de vidriaron de la que ni siquiera tenía conocimiento, un pequeño paso hacia una alianza.
Ahora le veía partir junto a Ser Jorah Mormont, un gran soldado, un gran amigo. Un hombre que me había entregado su lealtad, su vida y su corazón, aunque jamás podría ser correspondido de la misma manera.
Lo que estaba claro es que no quería dejar ir a ninguno de los dos, pero ambos marchaban en una misión suicida.
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Había pasado una semana cuando llegó un cuervo de Invernalia informando de que el Rey en el Norte estaba de vuelta de su trono e informando de que la misión había sido exitosa y que en breve partiría hacia Rocadragón con la nueva adquisición.
Pero a mí eso no me parecía buena idea, habíamos arriesgado mucho… él había arriesgado mucho como para ahora perder esa preciada prueba por no estar lo suficientemente preparados.
Hice volver el cuervo von un nuevo mensaje, yo misma partiría con algunos inmaculados y Drogon hacia Invernalia y sus tropas y las mías, juntas, como una sola, emprenderíamos camino hacia el punto de encuentro con la reina león.
No esperé más para coger un barco y dirigirme hacia Invernalia a lomos de mi dragón.
Fue un viaje lo suficientemente largo como para que comenzase a ponerme nerviosa por cómo me recibirían en el Norte. Sabía de sobra que no me aceptarían en sus tierras con los brazos abiertos, aunque me necesitaran, pero esperaba que su Rey si me recibiera en buenos términos.
Cuando mi dragón aterrizó a las afueras de la muralla de Invernalia las caras de los que los vieron pasaban del asombro al pánico. Pero solo me importaba la sonrisa con la que me recibía un hombre en especias, no cualquier hombre, un Rey.
Como había hecho a mi vuelta a Rocadragón se deshizo de su guante y se acercó despacio al dragón, el cual recibió gustoso su caricia en forma de saludo. Eso era algo que aún me tenía sorprendida. Si no fuera un Nieve, de los Stark, juraría que corría sangre Targaryen por sus venas.
Bajé de Drogon y me acerqué al Rey.
-No os toméis a mal que no hinque mi rodilla ante su majestad- le dije con una sonrisa. Pude ver como muchos norteños ponían mala cara, como si de mis labios acabara de salir una gran ofensa. Pero la sonrisa del Lobo Blanco se ensanchó.
-No esperaba menos. Si lo hicierais no seríais vos.
Quise correr a abrazarle, pero me contuve. No era el lugar, no era el momento, no era correcto y no estaba segura de que él me recibiera con los brazos abiertos. En lugar de eso solo hice una pregunta.
-¿Dónde está esa prueba?- le pregunté.
-Va directa al grano- dijo uno de los norteños con cierto tono de burla.
-Mi reina… - comenzó a decir Missandei, pero levanté una de mis manos indicando que hablaría yo.
-Si no recuerdo mal, consideráis este asunto de suma importancia y que debe de anteponerse a cualquier otra cosa. He dejado mi puesto estratégico y he negociado con una reina que rivaliza con el sobrenombre puesto a mi padre para comprobar que lo que decís es cierto. Cuanto antes vea a ese ser, antes podremos comenzar con los preparativos para reunirnos con Cersei Lannister. ¿O no lo creéis así de urgente?
El norteño dio un paso atrás y no contestó.
-Pasad y coged un caballo, majestad, está lejos para ir andando.
-Ya tengo transporte.
-No creo que sea adecuado que llevéis a vuestro hijo- dijo señalando a Drogon.
-Nadie ha hablado de Drogon, he venido con un par de caballos- le dije con una sonrisa. Él asintió y se subió al caballo blanco que estaba a su lado mientras uno de mis inmaculados me traía otro caballo marrón.
El soldado fue a subirse a otro caballo pero le frené.
-No creo que eso haga falta- le dije sin quitar mis ojos del Rey en el Norte. Él levantó la mano y los dos hombres que iban a acompañarle pararon su avance.
-Supongo que no- me dijo.
Emprendimos el viaje en ese mismo instante, solos.
-Me alegra veros vivo, Jon Nieve. Pero os llevasteis a uno de mis hombres con vos ¿puedo saber que ha sido de él?
-Es uno de los hombres que se quedaron custodiando al muerto, la última vez que le vi estaba vivo. ¿Puedo saber cómo os conocisteis? Parecéis unidos.
-Le conocí el día en el que me casé con mi difunto esposo. Le conocí cuando yo aún no era nadie. Lleva a mi lado gran parte del camino, hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero es un amigo.
-No esperé que vinierais al norte, estaba a minutos de salir hacia Rocadragón cuando llegó vuestro cuervo.
-Si vamos a mover a esa cosa por Poniente, es mejor que lleve toda la protección que podamos aportar. No es que no fie de las habilidades de los norteños, pero…
-Os gusta controlar la situación- terminó la frase por mí.
-No era eso lo que yo iba a decir, pero… sí, supongo que es uno de mis motivos- le dije con una sonrisa que él me devolvió-. No, os habéis arriesgado mucho para traer a ese ser al lado sur del muro como para que algo se salga de las manos y todo se valla a pique. Cuanto más precavidos mejor.
-A ver si va a ser cierto eso de que os habéis acostumbrado a mí- me dijo recordándome las palabras que yo misma le había dicho antes de que saliera de Rocadragón.
-Es difícil no acostumbrarse a vos- le contesté-. Sois un… agradable dolor de cabeza.
-No sé si alegrarme de ser algo tan extraño.
-Deberíais. De verdad, me alegro de veros con vida- le dije seria, pero no obtuve respuesta.
Diez minutos después (y en silencio) llegamos a una cueva.
-Está ahí dentro- me dijo mientras me ayudaba a bajar del caballo.
Jon cogió una antorcha y la encendió antes de posar su mano libre en mi espalda y guiarme al interior de la cueva. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo.
El interior de la nevada cueva se iluminó con el fuego de la antorcha, aunque el fondo de esta ya estaba iluminado. Una vez llegué al fondo pude ver a un ser en proceso de descomposición y no pude evitar sentir asco.
-Mi reina- dijo Ser Jorah hincando su rodilla ente mí.
-¿Hay muchos?- le pregunté indicándole con mi mano que se levantara.
-Si majestad, muchísimos.
-Jon- me giré hacia él-. ¿Cuánto tiempo tenemos?
-Poco, menos del que me gustaría.
-¿Tenéis alguna estrategia?
-Hay que acabar con el Rey de la Noche, esa es la prioridad.
-Y para eso queríais el vidriagon, para acabar con el Rey de la Noche- dije pensando en voz alta-. Lucharé por vos, lucharé por el Norte.
-¿Aunque no os rinda pleitesía?- me preguntó.
-Creo que ya no quiero que me rindáis pleitesía- le contesté y él me miró sorprendido.
-¿No, por qué?- me preguntó.
-Creo que me viene bien alguien capaz de decirme que me estoy pasando sin que yo tenga una gran facilidad en ignorarle- le contesté-, en ocasiones temo convertirme en mi padre, su sangre corre por mis venas.
-He oído historias sobre el Rey Loco, y puedo aseguraros que nos sois como él.
-Aun así- le contesté-, pero gracias.
-Deberíamos volver, pronto se hará de noche y aquí en el norte las noches son frías, y más ahora que el invierno ha llegado- me dijo Jon señalándome con su mano la salida de la cueva.
-No me vendría mal algo de comida caliente. Si os tengo que ser sincera, montar dragones acaba con las energías de cualquiera- le sonreí.
-Si salimos ahora llegaremos a tiempo para la cena.
-Me alegra oír eso- le dije mientras me ayudaba a subir a mi caballo.
-Ah- le escuché quejarse.
-¿Estáis bien?
-No os preocupéis por mí en demasía, majestad. En el otro lado del muro recibí varios golpes.
-Lo siento- me disculpé-, quizás debí haber esperado hasta mañana, a que estuvierais más descansado. Las heridas que os causaron aun no estarían sanadas, pero de seguro que tendríais más energía.
-De nuevo, os preocupáis por mí en demasía- me contestó, pese a eso pude ver como apretaba su costado con una de sus manos sobre su vieja capa a la hora de subirse a su propio caballo.
Los siguientes minutos fueron en un agradable silencio. Habíamos recorrido poco camino, pero yo me empeñé en ir a poca velocidad para que el montar a caballo no empeorara sus heridas. De nuevo, me acusó de preocuparme en demasía.
Pero algo ocurrió de repente, un golpe seco. Paré mi caballo y tuve el tiempo justo para parar el de Jon antes de bajar del animal de un salto. Jon Nieve se encontraba tirado en el frío suelo de ese camino norteño, inconsciente.
Me arrodillé a su lado y le puse boca arriba, cuando me vi las manos estaban cubiertas de un líquido rojo. Busqué su procedencia y vi que la sangre brotaba a través de sus gruesos ropajes por el mismo costado que se había sujetado al subir a su caballo, el mismo costado sobre el que había caído del caballo.
-Jon- le llamé mientras colocaba su cabeza sobre mi regazo y hacía presión donde suponía que estaba la herida-. Jon despierta.
Si mi orientación no me fallaba estábamos justo a medio camino entre Invernalia y aquella cueva. Escuché ruidos en el bosque y me asusté, por mucho que fuera el Rey en el Norte, era un Rey inconsciente y presa fácil para saqueadores, ambos lo éramos.
-Jon ¡despierta!- ahora los ruidos se habían convertido en voces. Pasé su brazo por mis hombros y me levanté ¡Cómo podía pesar tanto! Cuando estuvo en Rocadragón pude ver que era un hombre fuerte, de buen ver. El musculo suma kilos. Y sus ropas por si solas debían de sumarle por lo menos cinco más.
Como pude le subí a mi caballo y luego me subí yo sujetándole con uno de mis brazos para que cuando empezase a cabalgar a la mayor velocidad posible hacia Invernalia no se cállese de nuevo del caballo.
Solo esperaba ser capaz de llegar al norte sin perderme por el camino.
