-Abrid el portón- grité cuando me encontré a escasos metros de Invernalia, este se abrió enseguida y entré al patio interior de la muralla.
-¡¿Qué habéis hecho?!- exclamó un norteño mientras era ayudado a bajar al Rey del caballo, entonces baje yo.
-Si esto hubiera sido obra mía, no le hubiera traído hasta aquí- le contesté y sus ojos depararon en mis ropas ensangrentadas-. Calló de su caballo, creo que la herida se la hizo al otro lado del muro se ha abierto.
-Le dije que no cabalgara- dijo el maestre acercándose con gran rapidez-. ¡Los reyes nunca escuchan! ¡Llevadlo a sus aposentos sin más demora!
Seguí de cerca a los hombres que llevaban a Jon a sus aposentos y me quedé al margen mientras quitaban las ropas que le cubrían de cintura para arriba. Pude ver como su pecho, lleno de cicatrices, también estaba cubierto de sangre.
Me di cuenta de que lo que Ser Davos había dicho era cierto, él había recibido un puñal en el corazón pero… ¿cómo es que estaba vivo?
-¡Fuera! ¡Fuera todos!- exclamó el maestre y mientras que los norteños salían de la habitación yo me acerqué a la cama donde estaba el Rey, siendo atendido.
-Dejadme ayudar, por favor- le pedí y el hombre me miró con ojos cálidos y asintió.
-Retirad la sangre- me dijo y yo corrí a por aquel cuenco con agua y un trapo que una mujer había dejado a los pies de la cama. Volví junto al lobo y comencé a limpiar la sangre. Sentí el agua mezclada con sangre resbalar hasta mis codos por el interior de las mangas de mi ahora ensangrentado vestido.
-Ya está- le dije.
-¿Qué…?- preguntó Jon abriendo los ojos.
-Tranquilo, estáis en Invernalia- le dije-, todo estará bien. Os caísteis del caballo y se os abrió una herida, o se os abrió una herida y os caísteis del caballo… aun no tengo muy claro el orden.
-Majestad- le dijo el maestre-, os dije que no cabalgarais.
-No era un largo camino.
-Ahora esto os dolerá, he de desinfectar y coser la herida. Reina Dragón, sujetadle todo lo que podáis. Morded esto- Jon cogió el cinto de cuero y lo puso entre sus dientes.
Yo asentí, me subí de rodillas en la cama y puse mis manos sobre sus hombros, manchándolos de sangre, Jon clavó sus ojos en los míos.
Acerqué mis labios a su oído y susurré.
-Todo estará bien.
Luego cambié mis manos por mis codos sobre sus hombros y cogí su cara con mis manos.
El maestre cogió un líquido y vertió unas gotas en la herida. Mi fuerza apenas podía contener sus espasmos de dolor, pero cuando la aguja, gruesa y curva, atravesó la dañada piel del lobo a los espasmos le acompañaros los gritos ahogados por la cinta de cuero.
-¡Acabad de una vez!- le grité al maestre.
-Voy todo lo rápido que puedo- me contestó calmado y concentrado en su labor.
-¡Pues traed la leche de la amapola!
-De todas formas, ya he acabado- dijo el maestre dejando la aguja sobre una bandeja plateada-, pero iré ahora a por ella de igual manera, así el Rey podrá descansar.
El maestre salió en silencio de la sala y cerró la puerta tras de sí. Jon aún tenía cara de dolor, pero ya había quitado el cuero de su boca y no convulsionaba sobre las sabanas.
-Gracias- me susurró-. Os he cubierto de sangre.
-Lo habéis hecho, pero eso no importa ahora mismo. Sé que no sois mi vasallo, pero quiero daros una única orden que espero que cumpláis.
-¿Y cuál es?
-Ni se os ocurra volverme a decir que me preocupo en demasía- le dije y el soltó una risita que no pude evitar imitar.
-Haré lo que pueda.
-Decidme algo, ya se os había abierto la herida en aquella cueva ¿verdad?- le pregunté.
-No tanto, solo uno o dos puntos.
-La próxima vez haced caso a vuestro maestre.
-Vos lo dijisteis, era urgente- me dijo.
-Pero no inmediato. Sois Rey, y sé que no os criaron para esto, pero habéis de entender una cosa. Sois el Rey del norte, es a vos a quien siguen, sois vos quien los guiará contra el Rey de la Noche, no podéis arriesgar vuestra vida en un absurdo viaje a ver a una criatura putrefacta. Debéis estar vivo para guiarles, para guiarnos a todos contra ese ser. Esto no era más importante que vuestra vida.
-Si no fuera absurdo, diría que os preocupa mi vida más allá de lo meramente estratégico.
-No digáis tonterías- le contesté, mi voz no sonó muy convincente.
-Me gusta que os preocupéis por mí.
-Estáis delirando- le contesté con una sonrisa.
-Puede, yo…- pero fue interrumpido por la puerta abriéndose y dejando pasar al maestre con una botellita en sus manos.
-Siento interrumpiros, bebed esto- le entregó la botellita.
-¿Os veré mañana?- me preguntó.
-Sabéis que sí, bebed y descansad de una vez- él se llevó el frasquito a sus labios y lo tomó de un trago. Vi sus ojos cerrarse-. ¿Se recuperará?- le pregunté al maestre.
-Sí, aunque dudo que despierte en un par de días.
-Debisteis haber llamado a alguno de sus hombres para sujetarlo.
-Mi Rey os quería a vos- me contestó poniendo una mano en mi hombro-. Deberíais ir, quitaos la sangre, poneos ropas limpias y cenar algo. El largo día de hoy ya ha acabado y deberíais descansar.
-No sé dónde voy a hospedarme.
-Lady Missandei os espera fuera para acompañaros a vuestros aposentos.
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A la mañana siguiente me encontré a una chica joven en la puerta de mi habitación. Tenía el pelo corto y llevaba una delgada espada atada a su cinturón.
-Sois Daenerys de la tormenta, de la casa Targaryen- me dijo y yo asentí.
-Y vos debéis de ser Arya Stark, de Invernalia- le contesté y ella asintió-. He oído de vos por vuestro hermano.
-Escuché historias sobre vos al otro lado del mar Angosto- me contestó-, la rompedora de cadenas, la madre de dragones. Mi hermano es el Rey en el Norte y no hay nada que pueda cambiar eso.
-Estoy de acuerdo- le contesté y ella me miró con los ojos abiertos-. Es un buen hombre, y será un buen rey- le aclaré-. Sé lo que es mío por derecho, pero ahora mismo necesito a alguien como vuestro hermano, un rey contra el que no tengo intención alguna de luchar y que pueda decirme como un igual su opinión sobre mis decisiones. No querré el norte mientras tenga eso, mientras Jon Nieve viva.
-¿Y cuando él muera?
-Espero que esa decisión no recaiga sobre mi persona, eso significaría una temprana muerte- le contesté y ella asintió.
-Gracias, por traerle.
No le contesté y entramos juntas al salón de Invernalia donde me tenían guardado un sitio en la mesa de la familia. Missandei y Gusano Gris desayunaban en una mesa cercana.
Una chica pelirroja y alta se levantó de su asiento y me miró seria.
-Espero que hayáis pasado buena noche, aquí son más frías que en el sur.
-Y más frías que se volverán- dijo Ser Davos-, el invierno ha llegado.
-Soy Sansa Stark, sentaos a mi lado, hemos de discutir asuntos de gobierno- lo hice y me sirvieron comida en un plato.
-Disculpadme, Lady Stark, pero los asuntos de gobierno he de discutirlos con vuestro hermano- le dije en voz baja para que quedara entre nosotras.
-Mi hermano, como bien sabréis, se encuentra incapacitado en estos momentos para ejercer su cargo- me contestó altiva.
-Y bien ¿Qué asuntos de gobierno deseáis tratar?- le pregunté llevando el tenedor a mi boca.
-Nuestra guerra con el enemigo del sur- para mí no era ningún secreto el desprecio de Lady Sansa hacia los Lannister, o la mayoría de ellos, así que tampoco me sorprendió el tema a tratar.
-Está en un paréntesis- le contesté-, ahora el verdadero enemigo está al norte.
-No sabéis como es Cersei Lannister, en cuanto os reunáis con ella estaréis muertos.
-Eso ya lo tengo resuelto- le contesté-, nada será como ella cree.
-¿Pretendéis engañarla? Ella es la reina del engaño.
-Conseguí a mis inmaculados con un engaño, un enorme ejército. Yo también sé engañar, confiad en mí.
-Pero…
-No- la interrumpí-, vuestro hermano puso su confianza en vos para que tomarais decisiones en sus ausencias, dejará de hacerlo si dejáis de actuar como él lo haría y comenzáis a actuar como lo haríais vos. Se combatirá el enemigo que tenemos al norte, sé que es lo que vuestro hermano quiere, y también es lo que yo creo más urgente.
-¿Y lo que vos queréis? Vinisteis a Poniente a recuperar el trono de hierro.
-Lo que yo quiera ahora mismo no tiene relevancia. Se trata de lo que Poniente necesita, me llegó la historia del Septo, y pensé que lo que Poniente necesitaba era deshacerse de Cersei, pero ahora sé que lo que en verdad necesita es deshacerse del Rey de la Noche. Una vez él no esté hablaremos de la guerra al sur.
-Si el Rey de la Noche no os mata.
-Si el Rey de la Noche no me mata. Aun así, estaría Jon, él por petición vuestra lo haría, y si no estuviese vos misma seríais la Reina en el Norte, porque Jon Nieve no tiene descendencia, según tengo entendido. Vos misma iniciarías esa guerra que tanto deseáis- le dije-. Si el Rey de la Noche no os mata.
-Si el Rey de la Noche no me mata.
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-¿Queréis que yo mandar carta a Rocadragón?- me preguntó Missandei en mis aposentos mientras me ponía aún más ropa de abrigo encima.
-Esperemos a que Jon despierte, no puedo traer a un numeroso ejercito a las puertas de Invernalia sin el debido consentimiento del rey que gobierna en estas tierras.
-Él os dirá que sí- me contestó.
-Lo hará, pero aun así necesito escucharlo de sus labios, y tenerlo firmado. No por él, confío en su palabra, pero los norteños aun no me tienen en muy alta estima.
-¿Iréis hoy a verle?
-Se lo prometí, tenía planeado ir a ver a Drogon, a ver si le encuentro, y luego pasarme por sus aposentos. Aunque según el maestre no despertará hoy.
-Por si acaso- me dijo Missandei con una sonrisa traviesa.
Le devolví la misma sonrisa antes de posar mis ojos en las llamas de la chimenea.
-Ahora no es el momento- le dije.
-Nunca será el momento. Si fuera vos yo intentaría feliz estar.
-Es demasiado pequeño para mí- le dije.
-No entiendo el problema en su estatura- me contestó confundida y yo no pude evitar reírme.
-No me refería a su estatura. No digo que sea literalmente pequeño. No es un rey extremadamente rico, tiene hombres, eso sí, pero ya los ha puesto a mi disposición cuando acabemos con el Rey de la Noche. Tengo que preservarme para una alianza que me vaya a dar algo que no tenga ya.
-Tiene a muchas casas que le apoyan, y que os apoyarán a vos. Y no porque su rey os apoye, sino porque seríais su reina. Él os ama, es obvio, y a vos os gusta más allá de lo físico, no intentéis negarlo.
-He de ir a ver a Drogón, disculpadme.
Dije dirigiéndome hacia la puerta y mientras observaba a mi hijo surcar los cielos no pude evitar pensar en las palabras de mi amiga "Él os ama, y a vos os gusta".
