Le observé sentada en el lateral de la cama en la que estaba tumbado. Miré la cicatriz de su pecho, no podía haber sobrevivido a eso, pero aquí estaba ¿Cómo lo había hecho?
Yo, mejor que muchos, sabía el precio a pagar por jugar con la vida y la muerte.
Mis pensamientos se evaporaron cuando sus ojos, ya abiertos, se posaron en mí.
-Habéis cumplido vuestra palabra, aquí estáis.
-No exactamente- le dije con una sonrisa-, lleváis dos días sin abrir los ojos.
-¿Alguna novedad?
-No- volvía a fijar mis ojos en la cicatriz de su pecho y él lo notó.
-No fue nada- mintió.
-Si lo fue, solo he visto heridas así en cadáveres y vos no sois un cadáver.
-Yo… no sé cómo…
-No- le interrumpí-, no quiero saberlo. Tampoco creo que fuese algo que vos pidierais, una vez muerto no se puede pedir nada. Solo os pido que tengáis cuidado, volver de la muerte tiene un precio.
-¿Cómo podéis saberlo?- me preguntó sorprendido.
-Yo jugué con la muerte- le contesté-, amé tanto, tantísimo, que recurrí a la magia para salvar a mi marido. Y pagué el precio- dije colocando una mano en mi vientre.
-¿Qué precio?
-Uno muy alto, y como os habréis dado cuenta, él no está aquí. A quien sea que os trajera de vuelta, le salió mejor que a aquella… mujer. De todas formas, dudo que ella quisiera traerlo de vuelta en realidad.
-Lo siento.
-El precio se paga antes o después. Yo lo hice, perdí a mi hijo y obtuve a un esposo que apenas podía cerrar sus ojos por sí solo.
-¿Qué fue de él?
-Acabé con su sufrimiento- le confesé-, jamás olvidaré esos días, desde que le provocaron aquella herida hasta que mis dragones nacieron.
-¿Le seguís amando?
-Puede que jamás deje de hacerlo, pero es solo un recuerdo que dejé atrás hace tiempo. Mi marido y mi hijo fueron las dos primeras personas a las que maté, y esa es una carga que llevaré siempre conmigo.
-No los matasteis vos.
-Confié en la persona equivocada y por eso están muertos. Me da igual quien fuese el verdugo, fui yo. ¿Cuál es vuestra historia, Jon Nieve?
-Dejé pasar a los salvajes a través de muro, para salvarles del Rey de la Noche y que nos ayudaran a derrotarlo, pero mis hermanos de la guardia lo tomaron como una traición. Por eso morí. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en una mesa de madera, la mujer roja me trajo de vuelta porque Ser Davos se lo pidió. Ella me dijo que el Señor de Luz me había traído de vuelta porque yo era valioso para sus planes.
-He oído hablar del Señor de Luz, es un dios muy popular al otro lado del mar.
-¿Y creéis en él?
-Yo no creo en ningún dios, pero he de admitir que sí que creo en la magia. Yo no ardo, mis dragones existen y estoy hablando con alguien que ha vuelto a la vida y junto a quien voy a luchar contra cadáveres, como para no creer en la magia.
-Tenéis buenos motivos.
-¿Y vos? ¿Vos en que creéis?
-Mientras crecía creí en los antiguos dioses, luego morí, y un dios del que poco había oído hablar me trajo de vuelta. Quizás crea en la magia como hacéis vos, la verdad es que no estoy seguro. Solo estoy seguro de una cosa.
-¿De qué?
-De que creo en vos.
Sonreí tímidamente y miré las sabanas.
-Mucha gente cree en mí. Espero no defraudaros- le dije.
-No lo haréis.
-Un Rey no debería de creer fervientemente en otro, debería creer en sí mismo.
o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o
Un par de días más tarde, al entrar en los aposentos de Rey en el Norte para hacerle mi visita diaria, le vi sentado al borde de la cama.
-¿Qué hacéis?- le pregunté acercándome a él-. El maestre os dijo que debíais reposar.
-He reposado, llevo cuatro días en esta cama y no aguanto más. Además, he estado hablando con Arya, hay alguien que me quiere quitar del medio y si me matan ahora que no puedo defenderme podrían decir que me mató la herida. Sé que vos lo sabíais, Arya me ha dicho que tenéis a inmaculados vigilando mi puerta.
-Se suponía que nadie debía de darse cuenta de eso.
-Si os soy sincero creo que solo lo sabemos esos inmaculados, Arya, vos y yo.
-Una chica lista, entonces.
-¿Sabéis quién es? Arya no ha querido decírmelo.
-Aun no lo sé, estoy en ello- le dije ayudándole a levantarse. Se acercó lentamente hacia donde estaba su camiseta y se la colocó con dificultad, acabé ayudándole a terminar de bajar el lado en el que se encontraba la herida.
-No recuerdo que la herida hubiera sido tan grabe la primera vez que me la curaron.
-No lo fue, vuestro maestre me dijo que seguramente la caída del caballo la agravaría. No parecía muy contento.
Le ayudé a ponerse su gruesa capa y nos quedemos mirándonos durante unos segundos.
-¿Dónde creéis que debo ir?- me preguntó.
-Si queréis demostrar que estas bien, que estáis vivo, debéis ir donde mayor número de personas os vean.
-¿Venís conmigo?
-Sí, pero esperad un momento, necesitaréis algo en donde apoyaros hasta que estéis más recuperado.
Salí y le pedí una especie de bastón a uno de los guardias, no estuve muy segura de donde lo sacó pero lo trajo bastante rápido.
-Gracias- me dijo cuándo se lo entregué.
Salimos de sus aposentos y nos dirigimos al patio de Invernalia.
-¿Queréis sentaros?- le pregunté y recibí una sonrisa como respuesta.
-Quiero estirar las piernas u olvidaré como se anda. Además, tenemos que hablar de nuestro viaje a Desembarco del Rey.
-Hablando de eso, me gustaría preguntaros si podría traer a mis tropas y demás a Invernalia para salir desde aquí.
-Creí que ya estarían de camino- me confesó.
-No, aun no me tienen mucha confianza en el norte y… si tengo algo firmado por su rey, no me acusarán de intentar invadiros, o tendré algo con lo que defenderme cuando lo hagan.
-Acabarán viéndoos como yo lo hago- me dijo-. Mandad vuestro cuervo, esta noche tendréis ese permiso firmado.
-Lo haré- le contesté con una sonrisa triste.
La gente nos miraba y cuchicheaban entre ellos, no me cabía duda de que no tendríamos que esperar mucho antes de que toda Invernalia, y después, todo el norte, supiera que su Rey estaba en pie y se estaba recuperando. "Y tampoco de que pasea a vuestro lado" me dijo mi vocecita interna.
Sentí unos ojos sobre nosotros, unos ojos diferentes. La mirada procedía del primer piso del castillo. Meñique nos miraba desde los pasillos con ojos calculadores y cuando nuestras miradas se cruzaron él hizo una pequeña reverencia con la cabeza.
No se lo habíamos dicho a Jon, ni se lo diríamos por ahora, pero tanto Arya como yo estábamos seguras de que era él el que atentaba contra la vida de su Rey. Él quería el Trono de Hierro, y lo conseguiría como fuera.
Más de una vez había intentado concertar una cita conmigo, yo no tenía gran interés en hablar con él. Sabía lo que quería ¿qué mejor forma de llegar al Trono de Hierro que casándose con la reina? Debería ahorrar saliva y tiempo, eso es algo que nunca pasaría.
-¿Deseáis sentaros ahora?- le pregunté cuando ya llevábamos un rato caminando.
-Cualquier cosa menos volver a quedar confinado a esa cama- me dijo y le acompañé a una sala con cómodos sillones donde nos sentamos los dos frente a una mesa. Las criadas no tardaron en traernos algo de comida y bebida, el sol ya estaba en su punto álgido después de todo.
-Y decidme ¿Cómo fue crecer en este lugar?- le pregunté con una sonrisa.
-Supongo que no puedo quejarme, viví mejor que muchos. Jamás me faltó un techo, ni comida, ni ropas. Podía tener cuanto quisiera. Ned, mi padre, era un buen hombre, y mi hermano Robb también lo era.
-Siento lo que les pasó, he escuchado la horrible historia de la Boda Roja.
-Fue horrible, tenéis razón, pero ya es el pasado. La Boda Roja fue vengada y ya no se puede hacer más. ¿Y para vos? ¿Cómo ha sido volver a Poniente?
-Como visitar un sitio nuevo. Sé que nací en Rocadragón, pero no recordaba nada de ese lugar. Cuando llegué había estandartes de los Baratheon por todas partes, no sé qué esperaba. Claro que los Baratheon iban a acabar ocupando Rocadragón, ya nos habían quitado todo lo demás, ¿qué les frenaba a quitarnos eso también? Sé que mi padre necesitaba que le detuvieran, y escuché las historias de lo que mi hermano le hizo a vuestra tía, aunque me cueste creerlas. Si el Targaryen del que esas historias hablaban hubiera sido Viserys no lo hubiera dudado ni un segundo. La sangre de nuestro padre de verdad corría por sus venas. ¿Pero Rhaegar? Todas las historias sobre él hablaban de un hombre bueno, honorable, todas las historias menos esa. Tampoco le conocí, así que… supongo que tampoco puedo hablar.
-Siento lo que esa guerra trajo a vuestra familia, pagasteis todos por los actos de unos pocos, y no es algo que merecierais, no todos vosotros al menos.
-Los Baratheon ya no están, y yo sigo aquí. Sé que la casa Targaryen morirá conmigo, pero he visto el final de la suya. Ya poco más se puede hacer- le dije.
-La casa Targaryen no tiene por qué morir con vos, aun podéis ser madre.
-Yo no puedo tener hijos, Jon. Esa es otra cosa que me quitó aquella bruja.
-¿Quién os dijo eso?
-Ella misma.
-¿Y no habéis pensado que esa mujer quizás no fuera una fuente fiable de información?
-Ella y el tiempo. Si pudiera ser madre, ya lo hubiera sido hace tiempo- le contesté poniendo una mano sobre mi vientre.
-Aún puede ocurrir.
Aparté mi vista de él y la fije en la mesa. Eso mismo me había dicho yo a mí misma durante años. "Aún puede ocurrir". Nunca ocurrió.
o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o
Los días pasaron mientras esperábamos la llegada del resto de mis ejércitos. Jon se había ido recuperando poco a poco.
El frío también había ido aumentando y los rumores con él. Rumores sobre dos reyes. Rumores sobre un dragón y un lobo. Rumores que no eran ciertos.
Algunos decían que tanta cordialidad era imposible, y que en cualquier momento iniciaríamos una guerra entre nosotros. Otros decían que el fuego y el hielo se consumían uno al otro. Y otros decían que nos habíamos casado a escondidas.
Ojalá las cosas fueran tan fáciles, aunque había de admitir que esas mariposas que hacía tanto tiempo que había perdido, habían vuelto a mi estómago cada vez que el Rey en el Norte estaba cerca. Y, según se habían ocupado en señalarme, tanto Tyrion como Missandei, él pasaba más tiempo del que manda la cortesía a mi lado. Tyrion se había ocupado también de señalar que era eso lo que había causado los rumores. Poco me importaba.
De todas formas, fue el propio Tyrion el que sacó el tema del matrimonio. Ambos estábamos presentes, tanto Jon como yo, y su forma de zanjar las hostilidades de los norteños hacia mi persona fue proponer que nos casásemos.
-No es tan mala idea, majestad- me dijo Tyrion cuando estuvimos a solas-. Está claro que entre vosotros hay algo, y necesitamos el apoyo de los norteños.
-No puedo condenar al norte al mismo caos al que voy a condenar a los otros seis reinos a mi muerte. No puedo darle un heredero.
-No lo haríais, en el caso de la falta de descendencia la heredera del norte seria Lady Sansa, como bien sabéis. Como también sabéis que vuestra unión será lo mejor para el reino, y para vos- dijo dejando su copa de vino sobre la mesa.
Respiré hondo y asentí.
-Si el norte acepta, seré su reina.
