Capítulo 13: El largo camino hacia quién sabe dónde.
"¿Pero qué es lo que estás haciendo, idiota?" Se reprimió a sí mismo mientras trotaba en dirección al edificio de Helga, sin saber qué respuesta darse, ni importarle del todo. Necesitaba darse un tiempo; pensar las cosas. Necesitaba calmar su cabeza sobre Shannon, meditar.
Aún era su esposa, la madre de su hijo. Era más que obvio para él ahora que era el culpable de todo; El pésimo esposo que había sido... Y aún así corría hacia Helga... Su Helga, por Dios santo. No quería lastimarla, pero ya la había lastimado... y no sabía qué hacer, porque si se sinceraba en ese momento... Lo único que realmente quería era estar con Helga, así el sentimiento de culpa lo estuviera matando... Por ambas mujeres, y sobre todo por su hijo.
Tomó el elevador, llegó al piso de Helga, y tocó la puerta.
"¿Quién?" Inquirió su voz desde adentro, y a Arnold se le fue la voz cuando intentó responder.
-Es Ar... Arnold -Agregó con la voz un poco más segura; Definitivamente, ¿qué demonios estaba haciendo ahí?
"¿Arnold?" Su exaltada voz hizo eco en las paredes de su pequeño departamento, luego escuchó sus pasos rápidos dirigiéndose hacia la entrada.
-¿Qué demonios estás haciendo aquí? -Inquirió bruscamente al tiempo que abría la puerta de un tirón.
"Lo mismo me preguntaba, cariño."
Le respondió en su mente, y su respuesta se la dio la cara frente a él, con los mechones sueltos de su muy floja coleta atravesándole la cara, cubriendo arbitrariamente partes de sus hermosos ojos salvajes y del ceño eternamente fruncido. El sudor corriendo desde su frente blanca y amplia, por las mejillas de porcelana y el delicado cuello de cisne hasta el hombro redondo y desnudo bajo la blusa floja y amarrada a la diminuta cintura... Los pechos generosos subiendo y bajando al compás de su agitada respiración. Maldita sea; era precisamente por eso por lo que había ido... Por eso y porque la amaba como un loco, aunque le doliera aceptarlo.
-Arnold, ¿Estás ahí? ¡No tengo todo el día!
-Sí... Es que... ¿Vas a algún lado? -Inquirió de repente, al ver la pequeña maleta sobre el muy desordenado piso. Por supuesto que sabía a dónde iba, pero se le ocurrió que podía hacer que todo pareciera casual y evitarle una reprimenda al buen Karlo. Al fin que si todo salía bien, podía contarle después que él había sido el artífice de todo y darle esos créditos que sabía que tanto le agradecería.
-Sí -Respondió inmediatamente Helga a la vez que exhalaba mientras al fin dejaba ir la puerta y se hacía a un lado para dejarlo entrar -. Mi mamá se cayó y creo que se rompió algo, así que voy a verla.
-¿En serio? ¿Está bien? ¿Necesitan algo?
Helga le sonrió amistosamente mientras exhalaba.
-Gracias, Arnold. Pero parece ser que, por una vez, Olga tiene todo cubierto.
Arnold exhaló a su vez, genuinamente aliviado.
-¿Y cuándo te vas?
-Justo ahora -Respondió Helga mientras levantaba la maleta del piso y la ponía sobre la desvencijada mesa con varias botellas de cerveza vacías sobre esta.
-¿Justo ahora? -Repitió él fingiendo sorpresa. Ojalá sus dotes actorales fueran lo suficientemente convincentes.
-Sí, pero no te preocupes, mañana mismo me regreso.
-¿Y en qué te vas a ir?
Helga se encogió de hombros.
-En autobús. Qué más da. Mientras más tiempo tarde en llegar, honestamente, para mí es mejor.
-¿Y si te llevo? -Inquirió el rubio como de pasada.
Helga por fin dejó en paz la pequeña maleta con la que había estado luchando por cerrar, y volteó a verlo.
-¿Y tu trabajo, Arnold? ¿No debías estar trabajando ahora?
Ahora fue él el que se encogió de hombros.
-Debería, pero no estoy. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para estar ahí, así que me fui, y de todas maneras no pienso ir mañana así que un viaje por carretera me iría bastante bien.
Helga lo miró por un momento, suspicaz. Luego regresó a su maleta.
-Me temo que deberás buscarte otra distracción, Arnoldo. Hacia donde voy no es precisamente un spa para la mente.
-Solo pienso acompañarte en el camino, Helga. Te dejo en tu casa y me voy por ahí.
-No hay absolutamente nada que pueda interesarle a un hombre tan refinado y culto como tú en ese pueblucho, cabeza de balón.
-Encontraré algo.
"Por supuesto que ibas a insistirle, cabeza de balón." Se recriminó a sí mismo, divertido. Luego, sin dejar de sonreír, le arrebató la maletita a Helga, vació su contenido sobre la mesa y se puso a doblar el puño de ropa que Helga intentaba hacer entrar haciéndola un ovillo.
-En serio, Helga, ¿qué no te enseñaron ni siquiera a hacer esto?
-¿Te atreves a poner en duda el infalible método de crianza Pataki, Arnoldo? -Preguntó al tiempo que la veía tomar un par de pantaletas de entre el puño de ropa y meterlas hechas bola en una bolsita lateral. Al rubio se le vinieron un poco los colores.
Genial, ella estaba sonriendo también.
-¿Me dejas llevarte entonces? -Inquirió a su vez él. Helga lo miró y se desinfló.
-Es una horrible idea, Arnold. En serio.
-Eso lo decidiré yo en su momento, Helga.
Un momento de mirada de ojos entornados, y al final levantó las cejas y encogió los hombros.
-De acuerdo, Arnoldo. Pero que conste que yo te advertí que era una mala idea.
"Y por supuesto que ella te iba a decir que sí si le insistías... y tres veces, exactamente. Eres un genio, Karlo." Pensó, aún más divertido.
-Y que conste que a mí no me importó -Agregó a su vez él, ahora en voz alta -. Lo sé. Me responsabilizo de todas las consecuencias que pueda acarrearme mi viaje, hermosa dama.
Helga le torció la boca como respuesta y la vio caminar hacia el espejito de la sala mientras se soltaba la desordenada cola de caballo para luego formarla de nuevo. La miró dudar un momento frente a su reflejo y luego voltear a mirarlo.
-Espérame dos minutos -le dijo y luego fue a meterse a la única recámara de ese lugar, y casi de inmediato salió de ahí vistiendo unos jeans un tanto flojos en lugar del pequeño short que había traído en ese momento y una blusa más entallada y que dejaba nada a la imaginación -. Vámonos, pues. Soltó una vez que pasó por su lado y se dirigía a la puerta mientras tomaba la maletita que por fin se había podido cerrar.
Arnold salió tras de ella, y mientras la chica cerraba la puerta, se dirigió al ascensor. Helga caminó en su dirección también pero lo pasó de largo. Se dirigía a las escaleras.
-¿En serio, Helga? Está haciendo calor.
-Entonces espérame abajo -Respondió ella mientras trotaba escaleras abajo.
El rubio resopló y luego la siguió. Qué más daba. Solo eran dos pisos y además estaban de bajada.
Solo habían sido dos pisos, pero el sudor le corría a chorros por la cara. No solo había sido la bajada, sino la trotada para llegar al edificio de Helga, y a la cafetería... Ahora que lo pensaba, ¿En dónde había dejado el auto?
"En el museo, obviamente," le recriminó su cabeza ", de donde te saliste sin avisar. A a donde deberías estar trabajando en este momento, idiota." Arnold resopló. Al parecer la voz de su subconsciente poco a poco estaba transformándose en la de Helga.
-¿Y tu auto? -Inquirió ahora la voz real de Helga.
Arnold suspiró.
-En el museo.
-Donde deberías estar trabajando ahora mismo, ¿eh?...
Él sonrió, divertido. Al menos no la había llamado "idiota".
-Sí...
-Tomaré el autobús entonces. Adiós, Arnold.
Se había comenzado a dar la media vuelta, exasperada, cuando el aludido la tomó por el brazo.
-Tomemos un taxi al museo, luego nos subimos al auto y nos vamos.
-Algo me dice que te saliste sin avisar, Arnoldo. ¿Te van a dejar ir así, tan fácil?
-No les pediré permiso, Helga. Tomaré el auto y me iré.
Helga se soltó de su agarre y lo miró a los ojos. Ya no lucía divertida.
-Te vas a meter en problemas, Arnold. Y de aquí a que te desocupes perderé el mismo tiempo que si hubiera tomado el autobús.
-Y a ti te da igual si tomas el autobús o te vas conmigo, ¿verdad?
A él también había dejado de divertirle la situación.
-¿Ya hablaste con Shannon? -Le soltó de repente. Lista para pelear.
-Sí.
Ok. Ese par de letras parecía haber sido definitivo. La chica de repente parecía haberse quedado sin aire.
-¿En serio?
La disposición a pelear parecía haberse esfumado, y ahora lo miraba casi con miedo. El sol le daba de lleno en la cara y entonces notó que sus ojos eran mucho más claros en las orillas, al igual que las raíces del cabello. ¿Cuánto tiempo tendría sin teñírselo?
-Sí -Respondió él.
Se quedaron un momento mirándose. Arnold esperaba que ella hablara, pero no parecía encontrar qué decir.
-Y... ¿Qué pasó?
Arnold sonrió de lado mientras se llevaba una mano al cabello.
-¿Está bien si te lo cuento en el camino?
Helga asintió, aún un poco en shock, y él no pudo evitar plantarle un tímido beso en la mejilla cálida y suave.
Tomaron el taxi, se bajaron en el museo y él la tomó de la mano y la llevó hacia adentro. Helga se sumergió en un mutismo nada común en ella y lo siguió mansamente mientras miraba a todos lados; Casi parecía asombrada.
"¿Hace cuánto que no ingresas en uno de estos, querida?" Le preguntó mentalmente mientras se preguntaba a sí mismo qué clase de vida llevaría Helga; además de ingerir alcohol en cantidades industriales e invertir todo el dinero que ganaba en su familia. Cuántos viajes había hecho, qué cosas leería ahora, si era que aún leía algo. Qué clase de amistades o hobbies tenía... Con cuántos hombres había salido... y de cuántos se había enamorado...
Habían llegado frente a una gran pintura renacentista y Helga aminoró la velocidad hasta casi detenerse, mirándola con los ojos casi desorbitados. Arnold se detuvo y volvió a besarla en la mejilla.
-¿Te quieres quedar aquí? Dejé las llaves del auto en mi oficina, las recojo y nos vamos.
Helga asintió casi sin voltear a verlo, con la vista clavada en las pinceladas, y Arnold se dirigió a su oficina.
Cuando al fin llegó y abrió la puerta, su jefe estaba ahí.
Diablos.
-¿Saliste, Arnold? -Inquirió el hombre sin prestarle mucha atención. Estaba revolviendo uno de sus archiveros.
-Así es. ¿Sucede algo?
El tipo al fin lo miró.
-No encuentro el formulario F-27, y ni Fran ni Sarah estaban tampoco. Creo que todo el personal decidió salir a tomar aire el día de hoy.
Arnold frunció el ceño. No había nadie en ese lugar al que le gustara tanto "salir a tomar aire" como al tipo que ahora se quejaba, y él, que salía a "tomar aire" por primera vez desde que entrara a trabajar ahí, se sentía bastante molesto de que se lo echaran en cara, especialmente ese tipo.
"Qué razón tenía Shannon." Se dijo a sí mismo mientras fruncía levemente el ceño. "Y está así porque yo lo tengo así" las palabras de su aún esposa tenían cada vez más sentido.
-Está por ahí -Soltó al fin, reprimiendo apenas por nada el impulso ya tan aprendido de ir a hacer las cosas él.
-¿Cómo dices? -Lo miraba con las cejas levantadas, seguramente sin poder dar crédito a sus propios oídos.
-Que está por ahí donde lo está buscando, señor Linton. Entre las formas F-26 y F-29 -Explicó mientras abría su cajón y cogía las llaves del auto -. Yo tengo algo urgente qué hacer ahora mismo, y me temo que no podré venir tampoco mañana. Seguro que Fran salió a recoger a su bebé para llevárselo a su hermana; el día de hoy tenía cita con el médico y no alcanzaría a recogerlo, así que se lo llevará ella; nos lo dijo a los dos en cuanto llegó en la mañana, y Sarah debe estar en su hora de almuerzo. En veinte minutos llega y lo ayudará con todo. Yo tengo qué salir ya. Nos vemos.
Y sin esperar respuesta, salió por la puerta como un bólido dejando al aturdido jefe del museo tratando de asimilar la extraña conducta de su usualmente tan acomedido sub director.
Helga seguía donde la había dejado, analizando casi científicamente otra pintura cuando la tomó por el brazo y casi la arrastró a la salida.
-Ya tenemos lo que necesitamos, Helga. Ahora vámonos.
-Tengo qué volver otro día, en definitiva -Soltó mientras era casi arrastrada por el rubio -. Ahora comprendo por qué te gusta tanto estar aquí.
Salieron al estacionamiento, se subieron al auto y salieron de ahí a toda prisa. No fue hasta que se encontraban a tres cuadras del edificio que Arnold sintió que podía respirar de nuevo.
-¿Hace cuánto que no visitabas un museo, Helga? -Inquirió mientras la miraba entre curioso y divertido, disfrutando la gran dosis de adrenalina que le había provocado el haberse escapado de esa manera del trabajo y frente a su jefe. Su posible respuesta una vez que lo asimilara todo lo emocionaba aún más. Poco a poco, la posibilidad de que lo despidieran se comenzaba a formar en el fondo de su cabeza y, honestamente, lo único que le provocaba era emoción.
-No tengo idea -Le respondió la chica a su lado, mientras miraba el camino por la ventanilla. -La última vez que asistí a uno fue hace cinco años, en una exhibición de unas joyas antiguas dentro de una gala de beneficencia en la que el director necesitaba un montón de maniquíes de carne y hueso. Me moría por ir a ver las exhibiciones, pero dado que traía unos cincuenta mil dólares en rubíes y esmeraldas encima, no tenía permitido moverme de mi sitio.
-¿Y por qué no asististe otro día en el que no tuvieras qué fungir de aparador humano?
Helga suspiró, sin dejar de mirar por la ventana.
-Soy una modelo, Arnold. No importa lo que haga, siempre soy solo un aparador.
-Eres una persona, Helga; Una mujer brillante. Tu existencia no se limita a ser solo una modelo. Ese es solamente tu trabajo.
-Sí. Tú también eres más que tu trabajo, Arnold -Al fin volteó a mirarlo -. Me da gusto que al parecer, al fin comienzas a notarlo.
Le sonreía serenamente, y él al fin pudo hacer lo mismo.
-Ambos saldremos de esta, Helga -Le tomó la mano por encima de la palanca de cambios -. Volveremos a ser nosotros mismos, juntos. Lo prometo.
Helga seguía sonriendo, pero de repente lucía triste.
-¿Hablaste con Shannon entonces, Arnold? ¿Te dijo lo que estaba pasando?
La sonrisa del rubio dio paso a una mueca a medio camino entre la incomodidad y la molestia.
-Sucede que ella ya no me ama, y aunque no me lo dijo, creo que sigue enamorada de su exnovio -Sí; cayó en cuenta de eso justo en el momento en el que lo dijo.
-¿De Hunter? -Inquirió ella, suspicaz.
-Sí -Su ceño se frunció aún más -. Pero me da igual, porque yo tampoco la amo, y también sigo enamorado de mi ex novia.
Apenas miró la cara de Helga por una fracción de segundos antes de que se volteara de nuevo hacia la ventanilla, pero pudo notar que se había puesto como un tomate.
-¿Y... Y te dijo algo más, sobre Hunter? -Inquirió algo dubitativa, sin atreverse a mirarlo a la cara, al parecer.
-Sí; que es un imbécil y yo muy bueno, y que aún así yo salía perdiendo cuando nos comparaba.
-Ah... Ok... ¿Y sobre...? -Sacudió la cabeza -. ¿Sabes qué? Olvídalo.
-Adelante, Helga. Puedes preguntarme lo que quieras -Soltó él, intrigado. ¿Qué sería lo que iba a preguntarle?
-Nada, nada -Soltó ella aún sin mirarlo, cada vez sonaba más nerviosa -. ¿Hablaron del divorcio?
-Sí; ya es un hecho.
-¿Ya lo firmaste? -Por fin había volteado a mirarlo, y no hubiera sabido decir si lo reflejado en su cara era angustia o alivio.
-No... no lo he hecho -Respondió Arnold, avergonzado. Helga clavó la mirada en el paisaje a su lado de nuevo y no dijo nada -Pero lo haré en cuanto llegue a la casa, lo prometa.
Helga negó lentamente, aún sin mirarlo.
-No me prometas nada, Arnold. Has las cosas cuando quieras hacerlas... y si es que quieres hacerlas.
-¡Pero es que sí quiero hacerlo! -exclamó él en un tono tal vez demasiado alto, y luego agregó en un tono ya más normal -. Lo que pasa es que es un tema complicado aún, especialmente después de darme cuenta de mi negligencia en nuestra relación; Helga, he sido un esposo pésimo. ¿Puedes creerme que leí la revista en la que salías tú en el reportaje de Shannon, y no te reconocí? ¡Así fue la atención que le ponía a las cosas de Shannon, Helga! ¡Ninguna! Tenía la cabeza tan metida en mi propio trasero que no fui capaz de ponerle atención al mayor logro de mi esposa! ¿Qué era un simple reportaje en una simple revista comparado con lo que yo estaba haciendo? ¡Yo estaba a cargo del legado de las culturas antiguas del mundo mientras que ella se enfocaba en vanidades y cosas superfluas!... -Hizo una pausa bastante larga mientras trataba de recuperar su propia respiración. Helga había volteado a mirarlo de nuevo, pero él no sabía qué expresión tenía; estaba demasiado concentrado en respirar y mantener el auto en el camino al mismo tiempo -. Soy un imbécil de tamaño colosal, Helga. Creo que deberías irlo sabiendo -. Soltó al fin, al tiempo que sentía sus pulmones desinflándose de nuevo. Llevó al auto a la orilla del camino mientras se paraba en el estacionamiento de un pequeño restaurante -. ¿Tienes hambre? Comamos antes de agarrar carretera, y sirve que entramos al baño.
Helga solo asintió y salió tras él del auto. Se sentaron en una mesita con vista a la carretera y pidieron de comer. La casi rubia de nuevo Helga estaba mucho más callada que de costumbre, y él habría dado cualquier cosa por saber lo que había dentro de esa hermosa cabeza, pero se limitó llevarse a la boca el filete que acababa de pedir. Helga, frente a él, se comía casi mecánicamente el pescado a la mantequilla que acababan de servirle.
-Necesito una cerveza -fue lo único que soltó mientras estuvieron en el restaurante, pero no la pidió. Tal vez ni siquiera vendían ahí; quién sabe.
Arnold pensó que él también necesitaba un trago, pero no era muy buena idea dado que iba a conducir... y al juzgar por la basura en el departamento de Helga, no era muy buena idea para ella hacer eso, bajo ninguna circunstancia ya.
Salieron del restaurante con los estómagos llenos y las vejigas vacías y retomaron la marcha.
La comida los había puesto de buen humor, así que durante el resto del camino escucharon música y cantaron a todo pulmón, se rieron mientras se contaban chistes que iban desde los más simples e infantiles hasta los más picantes, y luego hablaron un poco de cómo habían sido sus vidas en ese tiempo sin verse.
Helga le platicó los lugares que había visitado siendo modelo, y lo bien que se ganaba cuando te contrataba una buena marca. Helga había sido el rostro de tres en lo que llevaba de carrera, y hacía un año había vivido una época en Milán junto con Karlo, cuando había tenido la última buena propuesta de trabajo. Cuando le había tocado volver a América, había tendido qué despedirse de su gran amigo ya que este había encontrado por fin a su verdadero amor y estaba decidido a echar raíces ahí, en el viejo continente. Ella había aceptado su decisión y se habían despedido, prometiéndose que volverían a verse... Y sí habían vuelto a verse, tres meses después, cuando éste había vuelto a su tierra natal con el corazón destrozado por un par de infidelidades, y una propuesta en las manos que le hacía seguir adelante "pese a la flecha de traición que lo atravesaba de pecho a espalda". Era la invitación a un evento exclusivo en el que los más destacados diseñadores convocaban a los nuevos diseñadores a mostrar sus trabajos a los grandes conglomerados y tener la oportunidad de ganar la participación con uno de ellos, para llevar sus diseños a los mejores almacenes y hacerse un nombre en la industria.
Ganarte el derecho a tener tu propia marca, pues, y ser vendida a lo grande desde el principio. Por supuesto, participar era carísimo, además de que la manufactura de tus diseños, por supuesto, iba también de tu bolsa.
Karlo no era precisamente un diseñador nuevo; de hecho, era bastante reconocido en la industria; si bien tampoco se podría decir que jugaba en las "ligas mayores". Por lo que no estaba muy claro si él podría entrar o no, pero daba igual porque Karlo no tenía pensado ser él quien concursara, sino Helga.
Hacía mucho tiempo que trabajaban juntos, y si bien Helga pertenecía a una agencia que le conseguía contratos con marcas bastante bien posicionadas, él nunca había dejado de fungir como su representante y siempre habían vivido cerca el uno del otro, y allá donde fuera ella la seguía él, porque le encantaba andar de arriba para abajo y porque Helga siempre le ayudaba en la creación de la ropa y luego a modelarla. Eran socios, además de que él la representaba, y todos sus diseños siempre eran demostrados por ella, pues siempre era su modelo principal.
Pues bien; Karlo quería que al fin desarrollara todo ese potencial creativo que tenía Helga y que había ido descubriendo poco a poco cuando había comenzado a trabajar para él, además de como modelo, como asistente de costura. Él le aseguraba que estaba lista para sacar su propia colección y competir en ese concurso. A Helga le había aterrado la idea en un principio, pero había terminado de convencerla cuando le había preguntado si pensaba seguir siendo un maniquí por el resto de su vida.
Había vendido su auto y todo lo que tenía de valor. Karlo había hecho lo mismo y se habían mudado a una cuidad más barata donde pudieran trabajar tranquilamente, lejos de distracciones. Y gran decisión habían tomado al mudarse justo donde estaba viviendo Arnold.
-Karlo no me lo recrimina todos los días porque fue él quien escogió el lugar -soltó ella entre risitas -. A mí no me gustaba porque estaba muy cerca de mi familia, y él dijo que era mejor que así fuera. Dijo que estaban lo suficientemente cerca en caso de emergencia (y mira qué razón tenía), y lo suficientemente lejos para visitas inesperadas.
Arnold dejó escapar un suspiro muy largo.
-Pues Karlo es un genio, Helga. Mira el milagro que vino a concederme sin proponérselo... Te juro que llegué a pensar que te había perdido para siempre...
Helga pareció que iba a decir algo por un momento, pero la final no dijo nada. Subió la música de la radio y no se dijo más el resto del camino, que ya era más bien poco.
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Creo que a este paso voy a terminar de escribir esta historia en una década, si bien me va. ¿Y saben qué es lo peor? Que hace creo que casi un año que había escrito este capítulo, pero no me gustaba y quería arreglarlo, y luego me olvidé de él. De pura casualidad me acordé hace poco mientras actualizaba una de mis historias más recientes, (incluso llegué a pensar que lo había borrado, porque batallé para encontrarlo), lo leí y me pareció un buen capítulo de transición, así que lo terminé. Voy a ver si puedo escribir el que sigue de una vez. Creo que le quedan unos cinco o seis capítulos más a esta historia, pero no estoy segura. Como sea, tengo qué terminar esto ya. Me estoy pasando de... Bueno; de eso.
Muchas gracias por su review del capítulo anterior a vimor25, créeme que tus hermosas palabras me hicieron recordar la existencia de esta cosa. ¡Te mando un abrazo gigantesco!
¡Nos leemos!
...Pronto, espero...
