Disclaimer:

Los personajes le pertenecen al magnífico Rick Riordan.

Yo solo los utilizo para entretenerme.

El libro también es suyo.

Solo las intervenciones a son mías.

Nota: Necesito que me digáis si os gusta, si no queréis que lo continúe, si os parece muy repetitivo...

Yo voy a hacer todos los libros y no voy a abandonar el fic.

Pero no sé si lo estoy haciendo bien.

Estoy un poco asustada.

Disfrutad del capi.

Capítulo 1. -Comenzó a leer Apolo.

Pulverizo accidentalmente a mi profesora de introducción al álgebra.

-Me gusta como empieza. Este chico seguro será divertido. -Comentó Hermes. Puede que sea hijo mío.

Mira, yo no quería ser mestizo.

-Es raro que alguien quiera serlo. -Dijo Hestia.

Si estás leyendo esto porque crees que podrías estar en la misma situación, mi consejo es éste: cierra el libro inmediatamente. Créete la mentira que tu padre o tu madre te contaran sobre tu nacimiento, e intenta llevar una vida normal.

Ser mestizo es peligroso. Asusta. La mayor parte del tiempo sólo sirve para que te maten de manera horrible y dolorosa.

-Es el rey del optimismo. -Dijo Hermes.

-¿vas a interrumpir mucho?

-Venga Atenea. ¿Qué tiene de divertido leer sin interrupciones?

-Que terminaremos más rápido. -Contestó Hera malhumorada. Ni siquiera sé que hago leyendo unos libros de un semidiós estúpido que no es hijo mío.

Los demás dioses la fulminaron con la mirada pero no dijeron nada.

Si eres un niño normal, que está leyendo esto porque cree que es ficción, fantástico. Sigue leyendo. Te envidio por ser capaz de creer que nada de esto sucedió.

-Ser parte de nuestra familia es guay. -Se auntointerrumpió Apolo.

Hermes asintió dándole la razón.

Pero si te reconoces en estas páginas —si sientes que algo se remueve en tu interior—, deja de leer al instante. Podrías ser uno de nosotros. Y en cuanto lo sepas, sólo es cuestión de tiempo que también ellos lo presientan, y entonces irán por ti.

No digas que no estás avisado.

-Me gusta ese consejo. -Comentó Deméter. ¿Comerá cereales?

-Y dale con los cereales. -Se quejó hades.

El dios del inframundo estaba pensando en su querida maría y sus hijos nico y Bianca a los que había escondido en el casino loto.

Me llamo Percy Jackson.

-Yo soy Apolo.

-Y yo soy Hermes.

-Encantado de conocerte. -Dijeron al unísono.

Artemisa fulminó a su gemelo con la mirada y éste continuó leyendo.

Tengo doce años. Hasta hace unos meses estudiaba interno en la academia Yancy, un colegio privado para niños con problemas, en el norte del estado de Nueva York.

¿Soy un niño con problemas?

-Seguro que sí. -Comentó Hermes.

Apolo rió.

Sí.

Podríamos llamarlo así.

Hermes y Apolo chocaron los cinco.

Podría empezar en cualquier punto de mi corta y triste vida para dar prueba de ello, pero las cosas comenzaron a ir realmente mal en mayo del año pasado, cuando los alumnos de sexto curso fuimos de excursión a Manhattan: veintiocho críos tarados y dos profesores en un autobús escolar amarillo, en dirección al Museo Metropolitano de Arte a ver cosas griegas y romanas.

-Una real tortura. -opinó Poseidón.

Hermes y Apolo asintieron de acuerdo con él.

Ya lo sé: suena a tortura.

-A ver si va a ser hijo tuyo tío P. -Comentó Apolo.

-Tonterías. -Dijo Zeus con desdén.

Poseidón sonrió pero no dijo nada.

La mayoría de las excursiones de Yancy lo eran. Pero el señor Brunner, nuestro profesor de latín, dirigía la excursión, así que tenía esperanzas. El señor Brunner era un tipo de mediana edad que iba en silla de ruedas motorizada. Le clareaba el cabello, lucía una barba desaliñada y una chaqueta de tweed raída que siempre olía a café. Con ese aspecto, imposible adivinar que era guay, pero contaba historias y chistes y nos dejaba jugar en clase. También tenía una colección alucinante de armaduras y armas romanas, así que era el único profesor con el que no me dormía en clase.

Atenea gruñó y fulminó al libro con la mirada.

-¿Cómo puede dormirse en clase?

-Yo le entiendo. -Le dijo Ares a Atenea. Lo mejor es ir a la guerra.

Esperaba que el viaje saliera bien. Esperaba, por una vez, no meterme en problemas.

-Seguro que se mete en algún lío. -Opinó hermes.

-Estoy contigo hermano. -Comentó Apolo.

Anda que no estaba equivocado.

-¡Siiiii! -Gritaron ambos dioses.

Y chocaron los cinco de nuevo.

Hera bufó exasperada.

Verás, en las excursiones me pasan cosas malas. Como cuando en quinto fui al campo de batalla de Saratoga, donde tuve aquel accidente con el cañón de la guerra de la Independencia americana. Yo no estaba apuntando al autobús del colegio.

-Claaaro. -Dijo Apolo con sorna.

-Por supuesto que no. -Secundó Hermes.

poseidón reía de las tonterías que hacían sus sobrinos.

Pero por supuesto me expulsaron igualmente.

-¡Así se hace chico! -Bramó Ares.

hermes, Poseidón y Apolo reían a carcajadas.

Y antes de aquello, en cuarto curso, durante la visita a las instalaciones de la piscina para tiburones en Marine World, le di a la palanca equivocada en la pasarela y nuestra clase acabó dándose un chapuzón inesperado.

-Apuesto que es hijo del tío P. -Dijo Apolo.

-Más le vale que no lo sea. -Siseó Zeus.

Poseidón estaba preocupado. no quería ni pensar lo que pasaría si había roto el juramento. No quería tener que hacer como su hermano Hades y esconder a su hijo para que Zeus no lo encontrara.

Él sabía lo que Hades había hecho pero no le diría nada a zeus. Sólo eran unos niños. Y él habría hecho lo mismo.

Y la anterior… Bueno, te haces una idea, ¿verdad?.

-¡Sigue por favor! -Gritaron Hermes y Apolo.

-Eso ha sonado realmente mal. -Comentó Afrodita riendo.

los dioses se sonrojaron violentamente y miraron cada uno para el lado contrario.

En aquella excursión estaba decidido a portarme bien.

-Muy mal, hay que crear desorden. -Opinó Hermes.

-A este paso, no vamos a acabar nunca. -Se quejó Atenea.

Durante todo el viaje a la ciudad soporté a Nancy Bobofit, la pelirroja pecosa y cleptómana que le lanzaba a mi mejor amigo, Grover, trocitos de sándwich de mantequilla de cacahuete y ketchup al cogote.

-Qué niña tan desagradable. -Dijo Hestia.

Grover era un blanco fácil. Era canijo y lloraba cuando se sentía frustrado. Debía de haber repetido varios cursos, porque era el único en sexto con acné y una pelusilla incipiente en la barbilla. Además, estaba lisiado. Tenía un justificante que lo eximía de la clase de Educación Física durante el resto de su vida, ya que padecía una enfermedad muscular en las piernas. Caminaba raro, como si cada paso le doliera; pero que eso no te engañe: tendrías que verlo correr el día que tocaba enchilada en la cafetería.

-Seguro que es un sátiro. -Dijo Poseidón.

-Estoy de acuerdo. -Dijo Deméter.

En cualquier caso, Nancy Bobofit estaba tirándole trocitos de sandwich que se le quedaban pegados en el pelo castaño y rizado, y sabía que yo no podía hacer nada porque ya estaba en periodo de prueba. El director me había amenazado con expulsión temporal si algo malo, vergonzoso o siquiera medianamente entretenido sucedía en aquella salida.

-Amargado. -Se quejó Hermes.

—Voy a matarla —murmuré.

-¡Adelante chico! ¡Acaba con ella.

-Si fuera hijo tuyo, seguro que ya lo hubiera hecho. -Opinó Hades.

Ares asintió de acuerdo con su tío.

Grover intentó calmarme.

—No pasa nada. Me gusta la mantequilla de cacahuete.

—Esquivó otro pedazo del almuerzo de Nancy.

—Hasta aquí hemos llegado.

—Empecé a ponerme en pie, pero Grover volvió a hundirme en mi asiento.

-¡Deja que haya pelea! -Se quejó Ares.

-¿Te quieres callar? -Dijo Atenea cabreada.

-No. -Contestó el dios simplemente.

—Ya estás en periodo de prueba —me recordó—. Sabes a quién van a culpar si pasa algo.

Echando la vista atrás, ojalá hubiera tumbado a Nancy Bobofit de un tortazo en aquel preciso instante.

-¿Veis? Lo que yo decía.

-¡Ares cierra la boca!

-Atenea echa un buen polvo de una puta vez. -Dijo el dios con voz burlona.

La expulsión temporal no habría sido nada en comparación con el lío en que estaba a punto de meterme.

-Eso no suena muy bien. -Dijo Hestia preocupada.

El señor Brunner conducía la visita al museo.

Él iba delante, en su silla de ruedas, guiándonos por las enormes y resonantes galerías, a través de estatuas de mármol y vitrinas de cristal llenas de cerámica roja y negra súper vieja.

Atenea bufó exasperada, y murmuraba algo sobre niños ineptos que no sabían apreciar el arte.

Apolo reía por lo bajo.

Me parecía flipante que todo aquello hubiese sobrevivido más de dos mil o tres mil años.

Nos reunió alrededor de una columna de piedra de casi cuatro metros de altura con una gran esfinge encima, y empezó a contarnos que había sido un monumento mortuorio, una estela, de una chica de nuestra edad. Nos habló de los relieves de sus costados. Yo intentaba prestar atención, porque parecía realmente interesante.

Hermes y Poseidón se extremecieron.

-¿Interesante una clase? -Preguntó Poseidón horrorizado. A lo mejor es hijo de la cara buho.

-Lo dudo mucho. -Comentó Atenea.

Pero los demás hablaban sin parar, y cuando les decía que se callaran, la otra profesora acompañante, la señora Dodds, me miraba mal.

La señora Dodds era una profesora de matemáticas procedente de Georgia que siempre llevaba cazadora de cuero, aunque era menuda y rondaba los cincuenta años. Tenía un aspecto tan fiero que parecía dispuesta a plantarte la Harley en la taquilla.

-Es un poco sospechosa esa descripción. -Comentó Deméter mirando suspicaz a Hades.

El dios del inframundo no dijo nada pero tenía una vaga idea de quién podría ser.

Había llegado a Yancy a mitad de curso, cuando nuestra anterior profesora de matemáticas sufrió un ataque de nervios.

Desde el primer día, la señora Dodds adoró a Nancy Bobofit y a mí me clasificó como un engendro del demonio. Me señalaba con un dedo retorcido y me decía «y ahora, cariño», súper dulce, y yo sabía que a continuación me castigaría a quedarme después de clase.

-Monstruo. -Dijo Hefesto.

Los demás asintieron de acuerdo con él.

Una vez, tras haberme obligado a borrar respuestas de viejos libros de ejercicios de matemáticas hasta medianoche, le dije a Grover que no creía que la señora Dodds fuera humana. Se quedó mirándome, muy serio, y me respondió: «Tienes toda la razón.»

-¿Qué tipo de monstruo será? -Se preguntó Hestia.

El señor Brunner seguía hablando del arte funerario griego.

Al final, Nancy Bobofit se burló de una figura desnuda cincelada en la estela y yo le espeté:

—¿Te quieres callar?

—Me salió más alto de lo que pretendía.

-Esa es buena. -Opinó Apolo.

Algunos dioses se estaban riendo.

El grupo entero soltó risitas y el profesor interrumpió su disertación.

—Señor Jackson —dijo—, ¿tiene algún comentario que hacer?

-¿Que la clase es un coñazo? -Cuestionó Hermes.

-Están hablando del arte de nuestra época. -Comentó Atenea.

-¿y qué? Sigue siendo un coñazo.

Atenea le lanzó dagas con la mirada pero no respondió.

Me puse como un tomate y contesté:

—No, señor.

El señor Brunner señaló una de las imágenes de la estela.

—A lo mejor puede decirnos qué representa esa imagen.

Miré el relieve y sentí alivio porque de hecho lo reconocía.

—Ése es Cronos devorando a sus hijos, ¿no?

Los dioses se extremecieron.

—Sí —repuso él—. E hizo tal cosa por…

—Bueno…

—Escarbé en mi cerebro—. Cronos era el rey dios y…

-¿Dios? ¿Cómo que rey dios? -Bramó Zeus.

-¿Qué falta de respeto es esa? -Secundó Hera.

Apolo continuó leyendo.

—¿Dios?

—Titán —me corregí—. Y… y no confiaba en sus hijos, que eran dioses. Así que Cronos… esto… se los comió, ¿no? Pero su mujer escondió al pequeño Zeus y le dio a cambio una piedra.

-A saber qué aspecto debió de tener nuestro hermanito para que padre lo confundiera con una piedra. -Dijo Poseidón con sorna.

-Por lo menos yo no pasé mi infancia en un estómago. -Comentó Zeus con desdén.

-Estás un poco tenso. ¿No te parece hermano? -Le preguntó Poseidón al dios de los cielos.

Zeus solo resopló.

Y después, cuando Zeus creció, engañó a su padre para que vomitara a sus hermanos y hermanas…

-Ha resumido toda vuestra infancia en menos de dos minutos. -Comentó Atenea cabreada.

-Menos mal. -Opinó Apolo.

El dios del sol tuvo que esquibar varias lechuzas que querían picotearle los ojos.

—¡Puaj! —dijo una chica a mis espaldas.

—… así que hubo una gran lucha entre dioses y titanes —proseguí—, y los dioses ganaron.

Algunas risitas.

-Este chico me gusta. -Comentó Apolo.

-Eso ha sonado muy mal. -Dijo Afrodita.

-Tienes una mente muy sucia. -Comentó Apolo.

-pero no has negado nada.

-Dita querida. Si el chaval crece, no es hijo mío y es atractivo... No me negaría a...

-¡Sigue leyendo! -Cortó artemisa.

Afrodita rió y Apolo continuó leyendo.

Detrás de mí, Nancy Bobofit cuchicheó con una amiga:

—Menudo rollo. ¿Para qué va a servirnos en la vida real? Ni que en nuestras solicitudes de empleo fuera a poner: «Por favor, explique por qué Cronos se comió a sus hijos.»

-Eso se puede arreglar fácilmente. -Dijo Hermes con una sonrisa maliciosa.

—¿Y para qué, señor Jackson —insistió Brunner, parafraseando la excelente pregunta de la señorita Bobofit—, hay que saber esto en la vida real?

-Bobofit. Porque es boba. -Dijo Apolo.

-Eres un inmaduro.

-Venga hermanita. Yo sé que me quieres.

-¡No me llames hermanita!

Una flecha plateada pasó rozando el pelo del dios de la medicina.

-Qué agresiva. -Refunfuñó el dios.

—Te han pillado —murmuró Grover.

—Cierra el pico —siseó Nancy, con la cara aún más roja que su pelo.

-¡pringada! -Gritó Ares.

Por lo menos habían pillado también a Nancy. El señor Brunner era el único que la sorprendía diciendo maldades. Tenía radares por orejas.

-Guay. -Comentó Hefesto. Tal vez...

Pensé en su pregunta y me encogí de hombros.

—No lo sé, señor.

Atenea bufó.

—Ya veo.

—Brunner pareció decepcionado—. Bueno, señor Jackson, ha salido medio airoso. Es cierto que Zeus le dio a Cronos una mezcla de mostaza y vino que le hizo expulsar a sus otros cinco hijos, que al ser dioses inmortales habían estado viviendo y creciendo sin ser digeridos en el estómago del titán. Los dioses derrotaron a su padre, lo cortaron en pedazos con su propia hoz y desperdigaron los restos por el Tártaro, la parte más oscura del inframundo.

Los dioses se estremecieron de nuevo.

No querían ni pensar en el tártaro. ni siquiera Hades.

Bien, ya es la hora del almuerzo. Señora Dodds, ¿podría conducirnos a la salida?

La clase empezó a salir, las chicas conteniéndose el estómago, y los chicos a empujones y actuando como merluzos.

-Hombres. -Resopló Artemisa. Todos son iguales.

Grover y yo nos disponíamos a seguirlos cuando el profesor exclamó:

—¡Señor Jackson!

Lo sabía.

Le dije a Grover que se fuera y me volví hacia Brunner.

—¿Señor?

—Tenía una mirada que no te dejaba escapar: ojos castaño intenso que podrían tener mil años y haberlo visto todo.

-¿Alguien cree que ese hombre sea Quirón? -Preguntó Apolo.

-Tonterías. -Comentó Zeus.

-No lo creo. -Dijo Hermes.

-Yo creo que sí es Qirón. -Opinó el dios del sol.

-¿Apostamos? -Cuestionó Hermes.

-¿Veinte dragmas?

-Hecho.

Ambos dioses se dieron la mano cerrando el trato.

Apolo siguió leyendo.

—Debes aprender la respuesta a mi pregunta —me dijo.

—¿La de los titanes?

—La de la vida real. Y también cómo se aplican a ella tus estudios.

—Ah.

—Lo que vas a aprender de mí es de importancia vital. Espero que lo trates como se merece. Sólo voy a aceptar de ti lo mejor, Percy Jackson.

-Yo también creo que es Quirón. -Comentó Dioniso.

-¿Estás prestando atención? -Preguntó Afrodita.

-¿Para qué voy a querer saber algo sobre ese perry Jonason. Estoy leyendo.

-Primero, es Percy Jackson. Y segundo, tienes la revista del rebés. -Comentó Poseidón.

Dioniso gruñó y le tiró la revista que no le dio. Después hizo aparecer otra.

Quería enfadarme, pues aquel tipo sabía cómo presionarme de verdad. Verás, quiero decir que sí, que molaban los días de competición, esos en que se disfrazaba con una armadura romana y gritaba

«¡Adelante!», y nos desafiaba, espada contra tiza, a que corriéramos a la pizarra y nombráramos a todas las personas griegas y romanas que vivieron alguna vez, a sus madres y a los dioses que adoraban.

-Ahora entiendo por qué es guay ese profesor. -Dijo poseidón.

-Paparruchas. -Dijo Atenea.

-Jajajaja me has recordado al señor Scrooge. -Comentó Apolo.

-¿Ah pero tú lees a Dickens? -Preguntó Atenea.

-Dickens fue hijo mío por si no te acuerdas. -Respondió Apolo.

Atenea volvió a bufar.

-Tu animal sagrado debería ser el gato. -Comentó Ares. ¿Quieres saber por qué?

-No.

-Pues porque no paras de bufar. Y eso es lo que hacen los gatos. -Continuó el dios ignorando a la diosa.

-Choca hermano.

hermes y Ares chocaron los cinco.

Pero Brunner esperaba que yo lo hiciera tan bien como los demás, a pesar de que soy disléxico y poseo un trastorno por déficit de atención y jamás he pasado de un aprobado… No; no esperaba que fuera tan bueno como los demás: esperaba que fuera mejor. Y yo simplemente no podía aprenderme todos aquellos nombres y hechos, y mucho menos deletrearlos correctamente.

-Eso no es escusa. -Dijo Atenea.

los demás la ignoraron.

Murmuré algo acerca de esforzarme más mientras él dedicaba una triste mirada a la estela, como si hubiera estado en el funeral de la chica.

-Si es Quirón, tal vez haya estado. -Comentó poseidón.

-No es Quirón. -Dijo Zeus muy seguro.

Me dijo que saliera y tomase mi almuerzo.

La clase se reunió en la escalinata de la fachada, desde donde se podía contemplar el tráfico de la Quinta Avenida. Se avecinaba una enorme tormenta, con las nubes más negras que había visto nunca sobre la ciudad. Supuse que sería efecto del calentamiento global o algo así, porque el tiempo en Nueva York había sido más bien rarito desde Navidad. Habíamos sufrido brutales tormentas de nieve, inundaciones e incendios provocados por rayos. No me habría sorprendido que fuese un huracán.

-¿Qué habrá pasado? -Se preguntó Zeus.

Hera bufó.

-Mira. Otro gatito. -Comentó Apolo.

Hera le lanzó una mirada gélida.

Nadie más pareció reparar en ello. Algunos chicos apedreaban palomas con trocitos de galletas. Nancy Bobofit intentaba robar algo del monedero de una mujer y, evidentemente, la señora Dodds hacía la vista gorda.

-Espero que no sea hija mía. -Dijo Hermes estremeciéndose de espanto.

Grover y yo estábamos sentados en el borde de una fuente, alejados de los demás. Pensábamos que así no todo el mundo sabría que pertenecíamos a aquella escuela: la escuela de los pringados y los raritos que no encajaban en ningún otro sitio.

-¡Pringados! -Gritó Ares.

-¿Por qué gritas? -Cuestionó Apolo.

-Porque me apetecía.

El dios del sol asintió sonriendo.

-Hombres. -Suspiró Artemisa.

—¿Castigado?—me preguntó Grover.

—Qué va. Brunner no me castiga. Pero me gustaría que aflojara de vez en cuando. Quiero decir… no soy ningún genio.

-Por eso estoy segura de que ese no es hijo mío. -Comentó Atenea.

-Menos mal... -Musitó Dioniso.

Grover guardó silencio. Entonces, cuando pensé que iba a soltarme algún reconfortante comentario filosófico, me preguntó:

—¿Puedo comerme tu manzana?

Hermes, Apolo, hades y Poseidón rieron.

Tampoco tenía demasiado apetito, así que se la di.

Observé la corriente de taxis que bajaban por la Quinta Avenida y pensé en el apartamento de mi madre, a sólo unas calles de allí.

No la veía desde Navidad. Me entraron ganas de subir a un taxi que me llevara a casa. Me abrazaría y se alegraría de verme, pero también se sentiría decepcionada y me miraría de aquella manera. Me devolvería directamente a Yancy, me recordaría que tenía que esforzarme más, aunque aquélla era mi sexta escuela en seis años y probablemente fueran a expulsarme otra vez. Era incapaz de volver a soportar esa mirada.

Las diosas menos Hera sonrieron encantadas.

El señor Brunner aparcó su vehículo al final de la rampa para paralíticos. Masticaba apio mientras leía una novela en rústica. En la parte trasera de la silla tenía encajada una sombrilla roja, lo que la hacía parecer una mesita de terraza motorizada.

Me disponía a abrir mi sándwich cuando Nancy Bobofit apareció con sus desagradables amigas —

supongo que se habría cansado de desplumar a los turistas—, y tiró la mitad de su almuerzo a medio comer sobre el regazo de Grover.

Afrodita gruñó descontenta.

—Vaya, mira quién está aquí.

—Me sonrió con los dientes torcidos. Tenía pecas naranja, como si alguien le hubiera pintado las mejillas con espray.

La diosa del amor puso cara de asco.

-Toda una belleza. -Suspiró Apolo dramáticamente.

-Creo que me he enamorado. -Secundó Hermes.

-Yo también. -habló Afrodita siguiéndoles el juego.

Al fin y al cabo, a la diosa le daba igual estar tanto con hombres como con mugeres.

El género no importa. Solía decir.

Intenté mantener la calma. El consejero de la escuela me había dicho un millón de veces: «Cuenta hasta diez, controla tu mal genio.» Pero yo estaba tan cabreado que me quedé en blanco. Y a continuación oí un revuelo y estrépito de agua. No recuerdo haberla tocado, pero lo siguiente que vi fue a Nancy sentada de culo en medio de la fuente, gritando:

—¡Percy me ha empujado! ¡Ha sido él!

-¡poseidón! -Bramó Zeus. ¡Has roto el juramento! ¿Cómo te has atrevido?

-Todavía no sabemos si... -Intentó defenderse.

-¡Claro que es hijo tuyo! ¿Quién iba a controlar el agua si no? ¿Un hijo mío? Seguro que no.

-A lo mejor tú también has roto el juramento. -Comentó el dios del mar.

-No hay pruebas de eso. El niño debe morir.

Poseidón se levantó de su trono y encaró a su hermano.

Le puso el tridente en el cuello y dijo con voz calmada:

-Si te atreves a tocarle un solo pelo a mi hijo... Sabrás de lo que soy capaz.

Los demás dioses estaban asustados de Poseidón. Cuando hablaba en ese tono, y eran pocas las veces en las que lo hacía, ya podías correr. Porque la furia del mar caería sobre ti.

Zeus retrocedió. No era tan idiota como para enfrentarse directamente con su hermano. no sabría si ganaría. Y él, no se metería en una pelea si no estaba seguro de que sería el ganador.

El dios de los cielos se sentó en su trono y Poseidón hizo lo mismo.

Apolo al ver que se habían calmado, prosiguió con la lectura.

La señora Dodds se materializó a nuestro lado.

Algunos chicos cuchicheaban:

—¿Has visto…?

—… el agua…

—…la ha arrastrado…

No sabía de qué hablaban, pero sí sabía que había vuelto a meterme en problemas.

-Como no. -Comentó Hermes para intentar aligerar el ambiente.

En cuanto la profesora se aseguró de que la pobrecita Nancy estaba bien y le hubo prometido una camiseta nueva en la tienda del museo, se centró en mí. Había un resplandor triunfal en sus ojos, como si por fin yo hubiese hecho algo que ella llevaba esperando todo el semestre.

Hades estaba seguro de que esa profesora era Alecto.

—Y ahora, cariño…

—Lo sé —musité—. Un mes borrando libros de ejercicios.

-Regla número tres: Nunca intentes adivinar un castigo. -Dijo Hermes.

-Son reglas estúpidas. -Habló Atenea.

-Tenemos un concepto muy diferente de lo que es estúpido. -Comentó Hermes.

—Pero no acerté.

—Ven conmigo —ordenó la mujer.

—¡Espere! —intervino Grover—. He sido yo. Yo la he empujado.

Me quedé mirándolo, perplejo. No podía creer que intentara encubrirme. A Grover la señora Dodds le daba un miedo de muerte. Ella lo miró con tanto desdén que a Grover le tembló la barbilla.

-Cobarde. -Murmuró Ares.

—Me parece que no, señor Underwood —replicó.

-¿Ese es un apellido de uno de los sátiros del campamento mestizo. -Dijo Hestia.

-Tal vez sea uno de sus descendientes. -Opinó Perséfone.

—Pero…

—Usted-se-queda-aquí.

Grover me miró con desesperación.

—No te preocupes —le dije—. Gracias por intentarlo.

—Bien, cariño —ladró la profesora—. ¡En marcha!

Nancy Bobofit dejó escapar una risita.

Yo le lancé mi mirada de luego-te-asesino.

-¡Eso es chico! -Bramó Ares.

-Hermano me estás dejando el oído hecho polvo. -Se quejó Hefesto.

Y me volví dispuesto a enfrentarme a aquella bruja, pero ya no estaba allí. Se hallaba en la entrada del museo, en lo alto de la escalinata, dándome prisas con gestos de impaciencia.

¿Cómo había llegado allí tan rápido?

-Porque es un monstruo. -Contestó Atenea.

-¿Te das cuenta de que le estás hablando a un libro? -Preguntó Poseidón.

-¡Cierra la boca cabeza de pez! -Gritó la diosa avergonzada.

Poseidón rió.

-Y luego tú eres la lista. -Murmuró para sí.

Suelo tener momentos como ése, cuando mi cerebro parece quedarse dormido, y lo siguiente que ocurre es que me he perdido algo, como si una pieza de puzzle se hubiera caído del universo y me dejara mirando el vacío detrás. El consejero del colegio me dijo que era una consecuencia del THDA,

Trastorno Hiperactivo del Déficit de Atención: mi cerebro malinterpretando las cosas.

Yo no estaba tan seguro.

-Es cosa de la niebla.

-Hey Dioniso. Creo que Atenea se ha vuelto loca. Habla con los libros. Estaría bien si pudieras revisarla.

-¡Cierra la boca cara caballo! -Espetó Atenea.

-Mejor ser cara caballo que ser cara buho.

Me dirigí hacia la señora Dodds.

A mitad de camino me volví para mirar a Grover. Estaba pálido, dejándose los ojos entre el señor Brunner y yo, como si quisiera que éste reparara en lo que estaba sucediendo, pero Brunner seguía absorto en su novela.

-Si es Quirón, está siendo un irresponsable. -opinó Hestia.

Miré de nuevo hacia arriba. La muy bruja había vuelto a desaparecer. Ya estaba dentro del edificio, al final del vestíbulo. «Vale —pensé—. Me obligará a comprarle a Nancy una camiseta nueva en la tienda de regalos.»

-Regla número tres otra vez.

Pero al parecer no era ése el plan.

Nos adentramos en el museo. Cuando por fin la alcancé, estábamos de nuevo en la sección grecorromana. Salvo nosotros, la galería estaba desierta.

Ella permanecía de brazos cruzados frente a un enorme friso de mármol de los dioses griegos. Hacía un ruido muy raro con la garganta, como si gruñera. Pero incluso sin ese ruido yo habría estado nervioso.

Ya es bastante malo quedarse a solas con un profesor, no digamos con la señora Dodds. Había algo en la manera en que miraba el friso, como si quisiera pulverizarlo…

Poseidón miraba preocupado el libro.

—Has estado dándonos problemas, cariño —dijo.

Opté por la opción segura y respondí:

—Sí, señora.

Se estiró los puños de la cazadora de cuero.

—¿Creías realmente que te saldrías con la tuya?

—Su mirada iba más allá del enfado. Era perversa.

«Es una profesora —pensé nervioso—, así que no puede hacerme daño.»

-Si es un monstruo no le importará hacerte daño. -Susurró Poseidón.

—Me… me esforzaré más, señora —dije.

Un trueno sacudió el edificio.

—No somos idiotas, Percy Jackson —prosiguió ella—. Descubrirte sólo era cuestión de tiempo. Confiesa, y sufrirás menos dolor.

-Seguro que no tiene ni idea de lo que está hablando. -Dijo Hefesto.

¿De qué hablaba? Quizá los profesores habían encontrado el alijo ilegal de caramelos que vendía en mi dormitorio. O quizá se habían dado cuenta de que había sacado la redacción sobre Tom Sawyer de internet sin leerme siquiera el libro y ahora iban a quitarme la nota. O peor aún, me harían leer el libro.

poseidón, Apolo y Hermes miraron el libro horrorizados.

—¿Y bien? —insistió.

—Señora, yo no…

—Se te ha acabado el tiempo —siseó entre dientes.

Entonces ocurrió la cosa más rara del mundo: los ojos empezaron a brillarle como carbones en una barbacoa, se le alargaron los dedos y se transformaron en garras, su cazadora se derritió hasta convertirse en enormes alas coriáceas… Me quedé estupefacto. Aquella mujer no era humana. Era una criatura horripilante con alas de murciélago, zarpas y la boca llena de colmillos amarillentos, y quería hacerme trizas…

-¡hades! -bramó Poseidón levantándose de su trono. ¿Mandaste a una furia contra mi hijo?

hades miró espantado a su hermano.

-Todavía no he hecho nada.

-¡Pues más te vale no hacerlo en el futuro o si no...!

El dios de los muertos se estremeció.

Los otros dioses miraban el libro con la boca abierta.

Y de pronto las cosas se tornaron aún más extrañas: el señor Brunner, que un minuto antes estaba fuera del museo, apareció en la galería y me lanzó un bolígrafo.

—¡Agárralo, Percy! —gritó.

-¡Qué va a hacer con un bolígrafo? -Preguntó Poseidón histérico. ¿Escribirle una carta?

La señora Dodds se abalanzó sobre mí.

Con un gemido, la esquivé y sentí sus garras rasgar el aire junto a mi oreja. Atrapé el bolígrafo al vuelo y en ese momento se convirtió en una espada.

-Menos mal. -Suspiró Poseidón. Espero que sepa usarla.

-¡Siiiiiii peleaaaa! -Gritó Ares poniéndose de pie.

Era la espada de bronce del señor Brunner, la que usaba el día de las competiciones.

La señora Dodds se volvió hacia mí con una mirada asesina.

Mis rodillas parecían de gelatina y las manos me temblaban tanto que casi se me cae la espada.

—¡Muere, cariño! —rugió, y voló directamente hacia mí.

Me invadió el pánico e instintivamente blandí la espada. La hoja de metal le dio en el hombro y atravesó su cuerpo como si estuviera relleno de aire. ¡Chsss! La señora Dodds explotó en una nube de polvo amarillo y se volatilizó en el acto, sin dejar nada aparte de un intenso olor a azufre, un alarido moribundo y un frío malvado alrededor, como si sus ojos encendidos siguieran observándome.

Todos miraron al libro con sorpresa.

-¡Ese es mi hijo! -Exclamó Poseidón. ¡Ha matado a una furia!

-¡Alucinante! -Gritó Apolo.

-¡Bien hecho chico! -Bramó Ares.

Estaba solo. Y en mi mano sólo tenía un bolígrafo.

El señor Brunner había desaparecido. No había nadie excepto yo. Aún me temblaban las manos. Mi almuerzo debía de estar contaminado con hongos alucinógenos o algo así.

¿Me lo había imaginado todo?

Regresé fuera.

Había empezado a lloviznar.

Grover seguía sentado junto a la fuente, con un mapa del museo extendido sobre su cabeza. Nancy Bobofit también estaba allí, aún empapada por su bañito en la fuente, cuchicheando con sus compinches. Cuando me vio, me dijo:

—Espero que la señora Kerr te haya dado unos buenos azotes en el culo.

-¿Quién? -preguntó Atenea.

Apolo rió.

—¿Quién? —pregunté.

-Hey Atenea. Piensas igual que el hijo del tío P. -Se jactó hermes.

la diosa se tapó la cara con las manos.

—Nuestra profesora, lumbrera.

Parpadeé. No teníamos ninguna profesora que se llamara así. Le dije de qué estaba hablando, pero ella se limitó a poner los ojos en blanco y darse la vuelta. Le pregunté a Grover por la señora Dodds.

—¿Quién? —preguntó, y como vaciló un instante y no me miró a los ojos, pensé que pretendía tomarme el pelo.

-Hay que enseñarle a mentir. -Comentó hermes con el ceño fruncido.

—No es gracioso, tío —le dije—. Esto es grave.

Resonaron truenos sobre nuestras cabezas.

El señor Brunner seguía sentado bajo su sombrilla roja, leyendo su libro, como si no se hubiera movido. Me acerqué a él. Levantó la mirada, algo distraído.

—Ah, mi bolígrafo. Le agradecería, señor Jackson, que en el futuro trajera su propio utensilio de escritura.

Se lo tendí. Ni siquiera había reparado en que seguía sosteniéndolo.

—Señor —dije—, ¿dónde está la señora Dodds?

El me miró con aire inexpresivo.

—¿Quién?

—La otra acompañante. La señora Dodds, la profesora de introducción al álgebra.

Frunció el entrecejo y se inclinó hacia delante, con gesto de ligera preocupación.

—Percy, no hay ninguna señora Dodds en esta excursión. Que yo sepa, jamás ha habido ninguna señora Dodds en la academia Yancy. ¿Te encuentras bien?

-Quirón sí que sabe mentir. -Dijo Apolo.

-Nadie ha dicho que sea Quirón. -Comentó Zeus.

-Claro que lo es. -Contestó el dios del sol.

-Sigue leyendo. -Dijo Hera molesta.

-Ya ha acabado el capítulo.

-¿Quién quiere leer el siguiente?

-Yo leeré. -Dijo Hermes.

-¿Pero tú sabes leer? -preguntó Atenea fingiendo estupefacción.

-¿Y tú sabes bromear? -Devolvió Hermes con una sonrisa.

Apolo le dio el libro a su hermano.

Cuando el dios se disponía a leer, una luz roja iluminó la sala cegando momentáneamente a los dioses.