Disclaimer: los personajes le pertenecen a Rick Riordan.

Yo solo los utilizo para entretenerme.

Cuando la luz se desvaneció, podían verse a varias personas con camisetas naranjas que miraban asombrados el lugar.

-¿Qué hacemos aquí? -Preguntó un chico.

Apolo chasqueó los dedos y vieron lo que había pasado.

-¡Presentaos! -Bramó Zeus.

-Lee Fletcher hijo de Apolo y consejero de la cabaña siete.

Era un chico alto, musculoso, rubio y de ojos azules. Llevaba un arco y un carcaj a la espalda.

-Michael Yew hijo de Apolo.

Él era bajito, metro cuarenta aproximadamente, pelo negro y ojos marrones. También llevaba un arco y un carcaj a la espalda.

El dios del sol sonrió ampliamente a sus hijos.

-Bianca di Angelo. No sé quien es mi padre divino. Soy cazadora de Artemisa.

la diosa sonrió.

Hades miraba a la chica sin parpadear.

-¿B Bianca? -Preguntó el dios de los muertos. -¿Y tu hermano?

-¿Quién es usted?

-Soy Hades. Tu padre.

La chica le miró asombrada.

-Nico está en el campamento mestizo.

Hades respiró aliviado.

-¡hades! ¿Cómo te has atrevido? -Bramó Zeus.

Levantó su rayo maestro pero un tridente en su cuello y las sombras que le rodeaban hizo que lo bajara.

Hades miró perplejo a Poseidón.

-Es solo una niña. -Dijo el dios del mar. -Y si la tocas, no solo vas a enfrentarte a la furia de Hades. También a la mía.

Zeus se sentó en su trono.

Hades y Poseidón hicieron lo mismo.

-Además, las moiras han prohibido que dañáramos a nadie. -Aclaró Hestia.

El rey de los cielos asintió en derrota.

-Me llamo Charles Beckendorf soy hijo de Hefesto y consejero de la cabaña nueve.

Era un chico alto, musculoso, pelo negro y ojos castaños. En sus manos tenía una serie de tuercas y tornillos.

El dios herrero le sonrió al chico.

-Soy Castor hijo de Dioniso y co consejero de la cabaña doce.

Era un chico alto, con algo de músculo, pelo rubio y ojos casi púrpuras.

El dios del vino sonrió.

-Soy Silena Beauregard hija de Afrodita y consejera de la cabaña diez.

La chica era alta, delgada, pelo negro y ojos azules.

La diosa del amor dio un gritito de emoción.

-Ethan Nakamura hijo de Némesis.

Era un chico alto, delgado, pelo negro y un parche en el ojo.

-Sentaos chicos.

Los semidioses ovedecieron a la diosa del hogar y se sentaron a los pies de los tronos de sus padres divinos tras inclinarse ante los dioses.

Hestia invitó a Ethan a sentarse junto a ella.

El joven aceptó con una sonrisa.

-Empieza a leer hermes. -Dijo Zeus.

El dios buscó el capítulo y comenzó a leer.

Capítulo 2

Tres ancianas tejen los calcetines de la muerte

Los que comprendieron lo que quería decir el título se extremecieron.

-Creo que antes de que termine el libro me va a dar un ataque. -Comentó Poseidón algo pálido.

Estaba acostumbrado a tener experiencias raras de vez en cuando, pero solían terminar pronto. Aquella alucinación veinticuatro horas al día, siete días a la semana, era más de lo que podía soportar.

Poseidón gruñó recordando a la furia.

Los semidioses se extremecieron.

Durante el resto del curso, el colegio entero pareció dispuesto a jugármela. Los estudiantes se comportaban como si estuvieran convencidos de que la señora Kerr —una rubia alegre que no había visto en mi vida hasta que subió al autobús al final de aquella excursión— era nuestra profesora de introducción al álgebra desde Navidad.

-Mortales. -Refunfuñó Hera por lo bajo.

De vez en cuando yo sacaba a colación a la señora Dodds, buscando pillarlos en falso, pero se quedaban mirándome como si fuera un psicópata. Hasta el punto de que casi acabé creyéndolos: la

señora Dodds nunca había existido.

Lee soltó una risita.

-Seguro que Grover es el que hace que no se lo ccrea.

Cierto. -Secundó su hermano. -Grover no sabe mentir.

Casi.

Grover no podía engañarme. Cuando le mencionaba el nombre Dodds, vacilaba una fracción de segundo antes de asegurar que no existía. Pero yo sabía que mentía.

-Tendré que decirles a mis hijos que le enseñen a mentir.

Deméter frunció el ceño disgustada.

-Ya lo han intentado y no ha funcionado. -Comentó Castor.

Algo estaba pasando. Algo había ocurrido en el museo.

No tenía demasiado tiempo para pensar en ello durante el día, pero por la noche las terribles visiones de la señora Dodds con garras y alas coriáceas me despertaban entre sudores fríos.

Silena puso mala cara.

Algunos semidioses tenían náuseas de solo pensarlo.

El clima seguía enloquecido, cosa que no mejoraba mi ánimo. Una noche, una tormenta reventó las ventanas de mi habitación. Unos días más tarde, el mayor tornado que se recuerda en el valle del Hudson pasó a sólo ochenta kilómetros de la academia Yancy. Uno de los sucesos de actualidad que estudiamos en la clase de sociales fue el inusual número de aviones caídos en el Atlántico aquel año.

-¡Zeus! -Bramó Hestia.

-¿Qué?

-¿Cómo que qué?

-Todavía no ha pasado. -Intentó excusarse.

Hestia siguió fulminándolo con la mirada unos segundos más.

-Y tú Poseidón tampoco te libras.

-Sí hermanita Hestia.

Los semidioses miraban impresionados el intercambio.

Hestia a pesar de aparentar nueve años, daba verdadero miedo.

Empecé a sentirme malhumorado e irritable la mayor parte del tiempo.

Los semidioses gimieron.

Lee se frotó el brazo inconscientemente.

-¿Qué pasa? -Preguntó Perséfone.

-Percy irritado es muy malo. A penas tiene paciencia. -Comentó Castor.

-A mí me cortó en el brazo por decir que el arco es mejor que la espada. -Refunfuñó Lee.

Mis notas bajaron de insuficiente a muy deficiente.

Atenea gruñó exasperada.

-Hijo del cara pez tenía que ser.

Me peleé más con Nancy Bobofit y sus amigas, y en casi todas las clases acababa castigado en el pasillo.

-¡Así se hace! -Gritó Hermes.

Apolo y sus hijos rieron.

Al final, cuando el profesor de inglés, el señor Nicoll, me preguntó por millonésima vez cómo podía ser tan perezoso que ni siquiera estudiaba para los exámenes de deletrear, salté. Le llamé viejo ebrio. No estaba seguro de qué significaba, pero sonaba bien.

Las carcajadas no se hicieron esperar.

-Este percy me cae muy bien. -Logró decir el dios de los viajeros entre risas.

Poseidón sonrió con suficiencia.

-Un hebrio es una persona que bebe mucho. Comentó Atenea por si acaso.

-Como aquí nuestro hermanito Dioniso. -Dijo Apolo.

El dios del vino y su hijo gruñeron.

A la semana siguiente el director envió una carta a mi madre, dándole así rango oficial: el próximo año no sería invitado a volver a matricularme en la academia Yancy.

poseidón resopló con disgusto.

«Mejor —me dije—. Mejor.»

Quería estar con mi madre en nuestro pequeño apartamento del Upper East Side, aunque tuviera que ir al colegio público y soportar a mi detestable padrastro y sus estúpidas partidas de póquer.

Muchos apretaron los dientes disgustados.

No obstante, había cosas de Yancy que echaría de menos. La vista de los bosques desde la ventana de mi dormitorio, el río Hudson en la distancia, el aroma a pinos.

Deméter, Artemisa y Poseidón suspiraron encantados.

Echaría de menos a Grover, que había sido un buen amigo, aunque fuera un poco raro; me preocupaba cómo sobreviviría el año siguiente sin mí.

-Se nota que es muy buena persona. -Comentó Hestia.

Los semidioses asintieron.

-Es muy amable. -Dijo Silena.

También echaría de menos la clase de latín: las locas competiciones del señor Brunner y su fe en que yo podía hacerlo bien.

Se acercaba la semana de exámenes, y sólo estudié para su asignatura.

-Incultos... -Refunfuñó la diosa de la sabiduría.

No había olvidado lo que Brunner me había dicho sobre que aquella asignatura era para mí una cuestión de vida o muerte. No sabía muy bien por qué, pero el caso es que empecé a creerlo.

La tarde antes de mi examen final, me sentí tan frustrado que lancé mi Guía Cambridge de mitología griega al otro lado del dormitorio.

Atenea fulminó al libro con la mirada.

-¿Cómo se atreve?

Hermes y Apolo rieron bajito.

Las palabras habían empezado a desmadrarse en la página, a dar vueltas en mi cabeza y realizar giros chirriantes como si montaran en monopatín.

Los semidioses fruncieron el ceño.

-La dislexia es espantosa. -Gruñó Michael.

-Y marea. -Secundó Ethan.

No había manera de recordar la diferencia entre Quirón y Caronte, entre Polidectes y Polideuces. ¿Y conjugar los verbos latinos? Imposible.

-Una tortura. Y eso que yo no tengo que estudiar. -Dijo Apolo con un escalofrío.

Sus hijos asintieron de acuerdo con él.

Me paseé por la habitación a zancadas, como si tuviera hormigas dentro de la camisa.

Hermes sonrió sádicamente.

Algunos dioses se extremecieron.

-A Connor y Travis les gustará eso. -Comentó Ethan.

-¿Esos quienes son? -Preguntó Perséfone.

-Dos hijos de Hermes seguramente.

-Tiene razón señora Atenea. -Dijo Charles.

El dios de los ladrones sonrió de oreja a oreja.

Recordé la seria expresión de Brunner, su mirada de mil años. «Sólo voy a aceptar de ti lo mejor, Percy Jackson.»

Respiré hondo y recogí el libro de mitología.

Nunca le había pedido ayuda a un profesor. Tal vez si hablaba con Brunner, podría darme unas pistas.

-Se ha pasado al lado oscuro. -Gimió Lee en el hombro de su hermano.

-lo hemos perdido. -Secundó Apolo.

-Si ni siquiera le conoces. -Dijo Atenea cabreada.

El dios del sol la ignoró.

Por lo menos tendría ocasión de disculparme por el muy deficiente que iba a sacar en su examen. No quería abandonar la academia Yancy y que él pensara que no lo había intentado.

Hestia sonrió.

Bajé hasta los despachos de los profesores. La mayoría se encontraban vacíos y a oscuras, pero la puerta del señor Brunner estaba entreabierta y la luz se derramaba por el pasillo.

Estaba a tres pasos de la puerta cuando oí voces dentro. Brunner formuló una pregunta y la inconfundible voz de Grover respondió:

—… preocupado por Percy, señor.

Me quedé inmóvil.

No acostumbro escuchar detrás de las puertas, pero a ver quién es capaz de no hacerlo cuando oyes a tu mejor amigo hablar de ti con un adulto.

-Eso está muy mal. -Comentó Hermes con el ceño fruncido.

Los demás dioses le miraron como si le hubiese salido cola.

-Debería espiar siempre a la gente.

Apolo sonrió.

Me acerqué más, centímetro a centímetro.

—… solo este verano —decía Grover—. Quiero decir, ¡hay una Benévola en la escuela! Ahora que lo sabemos seguro, y ellos lo saben también…

—Si lo presionamos tan sólo empeoraremos las cosas —respondió Brunner—. Necesitamos que el chico madure más.

-Pues van listos. -Comentó Charles.

Los demás semidioses rieron.

-Inmaduro como el padre. -Murmuró Atenea.

Poseidón decidió ignorarla.

-—Pero puede que no tenga tiempo. La fecha límite del solsticio de verano…

—Tendremos que resolverlo sin Percy. Déjalo que disfrute de su ignorancia mientras pueda.

—Señor, él la vio…

—Fue producto de su imaginación —insistió Brunner—. La niebla sobre los estudiantes y el personal será suficiente para convencerlo.

-No caerá esa breba. -Opinó Castor.

-Con la suerte de Percy... -Secundó Silena.

Poseidón tragó saliva.

-¿Qué queréis decir con eso? -Preguntó.

-Seguro que se lee en los libros. -Dijo Michael.

—Señor, yo… no puedo volver a fracasar en mis obligaciones. —Grover parecía emocionado—. Usted sabe lo que significaría.

—No has fallado, Grover —repuso Brunner con amabilidad—. Yo tendría que haberme dado cuenta de qué era. Ahora preocupémonos sólo por mantener a Percy con vida hasta el próximo otoño…

El libro de mitología se me cayó de las manos y resonó contra el suelo.

-Regla... -Comenzó Hermes.

-Número seis. No te descubras. -Dijeron los semidioses a coro.

Ante la mirada interrogante del dios de los ladrones, Castor respondió.

-Travis y Connor.

Hermes sonrió orgulloso.

Tenía ganas de conocer a esos chicos.

El profesor se interrumpió de golpe y se quedó callado. Con el corazón desbocado, recogí el libro y retrocedí por el pasillo.

Una sombra cruzó el cristal iluminado de la puerta del despacho, la sombra de algo mucho más alto que Brunner en su silla de ruedas, con algo en la mano que se parecía sospechosamente a un arco.

-Es Quirón. Me debes veinte dragmas. -Dijo Apolo.

-Aún no es seguro.

-Sí claro.

El dios de los viajeros suspiró y le dio las monedas a un sonriente Apolo.

Abrí la puerta contigua y me escabullí dentro.

-A ver niños. ¿Qué norma es esta?

-La número cuatro. Nunca dejar evidencia. -Dijeron los chicos del campamento a coro.

Hermes sonrió.

Al cabo de unos segundos oí un suave clop, clop, clop, como de cascos amortiguados, seguidos de un sonido de animal olisqueando, justo delante de la puerta. Una silueta grande y oscura se detuvo un momento delante del cristal, y prosiguió.

Una gota de sudor me resbaló por el cuello.

En algún punto del pasillo el señor Brunner empezó a hablar de nuevo.

—Nada —murmuró—. Mis nervios no son los que eran desde el solsticio de invierno.

-¿Qué pasa en el solsticio de invierno? -preguntó Atenea.

-Se sabrá en el libro supongo. -Comentó Poseidón sonriendo.

Le encantaba hacer enfadar a Atenea.

La diosa le miró mal.

—Los míos tampoco… —repuso Grover—. Pero habría jurado…

—Vuelve al dormitorio —le dijo Brunner—. Mañana tienes un largo día de exámenes.

-¡No se lo recuerdes! -Exclamó Michael.

—No me lo recuerde.

Las luces se apagaron en el despacho.

Esperé en la oscuridad lo que pareció una eternidad. Al final, salí de nuevo al pasillo y volví al dormitorio. Grover estaba tumbado en la cama, estudiando sus apuntes de latín como si hubiera pasado allí toda la noche.

-Debe ser horrible ser un sátiro e ir a la escuela a aprender lo mismo varios años. -Comentó Charles.

Michael y Lee se extremecieron.

-No quiero ni pensarlo. -Comentó Bianca.

Atenea resopló.

—Eh —me dijo con cara de sueño—. ¿Estás listo para el examen?

No respondí.

—Tienes un aspecto horrible.

Silena frunció el ceño.

-Bonitas palabras. -Dijo la hija de Afrodita.

—Puso ceño—. ¿Va todo bien?

—Sólo estoy… cansado.

Me volví para ocultar mi expresión y me acosté en mi cama.

No comprendía qué había escuchado allí abajo. Quería creer que me lo había imaginado todo, pero una cosa estaba clara: Grover y el señor Brunner estaban hablando de mí a mis espaldas. Pensaban que corría algún tipo de peligro.

-Y tanto... -Murmuró Ethan.

La tarde siguiente, cuando abandonaba el examen de tres horas de latín, colapsado con todos los nombres griegos y latinos que había escrito incorrectamente.

-¿Tres horas? -Preguntó Michael.

Lee estaba al borde del colapso.

-Ni siquiera Malcolm es tan desconsiderado.

-¿Quién es Malcolm? -Preguntó Afrodita.

-Un hijo de Atenea. -Respondió Ethan.

El señor Brunner me llamó. Por un momento temí que hubiese descubierto que los había oído hablar la noche anterior, pero no era eso.

—Percy —me dijo—, no te desanimes por abandonar Yancy. Es… lo mejor.

-Malas palabras. -Dijo Charles.

Su tono era amable, pero sus palabras me resultaban embarazosas. Aunque hablaba en voz baja, los que terminaban el examen podían oírlo. Nancy Bobofit me sonrió y me lanzó besitos sarcásticos.

Afrodita gruñó enfadada.

-¿Cuándo va a haber una buena pelea? -Preguntó astiado Ares.

—Vale, señor —murmuré.

—Lo que quiero decir es que…

—Meció su silla adelante y atrás, como inseguro respecto a lo que quería decir—. Verás, éste no es el lugar adecuado para ti. Era sólo cuestión de tiempo.

-No tiene mucho tacto que digamos. -Se quejó Deméter.

Me escocían las mejillas.

Allí estaba mi profesor favorito, delante de la clase, diciéndome que no podía con aquello. Después de repetirme durante todo el año que creía en mí, ahora me salía con que estaba destinado a la patada.

-Eso no le ha hecho mucha gracia. -Dijo Silena.

—Vale —le dije temblando.

—No, no me refiero a eso. Oh, lo confundes todo. Lo que quiero decir es que… no eres normal, Percy.

-Golpe bajo. -Se quejó Castor.

-A Percy no le va a gustar eso. -Secundó Michael.

No pasa nada por…

—Gracias —le espeté—. Muchas gracias, señor, por recordármelo.

—Percy…

Pero ya me había ido.

-A Quirón habrá que enseñarle a tener más tacto. -Comentó Hestia.

El último día del trimestre hice la maleta.

Los otros chicos bromeaban, hablaban de sus planes de vacaciones. Uno de ellos iba a hacer excursionismo en Suiza. Otro, de crucero por el Caribe durante un mes.

-Qué suerte tienen. -Suspiró Charles.

-A mí también me encantaría viajar. -Secundó Silena.

-Si no fuera por los monstruos... -Dijo Michael.

Algunos dioses suspiraron culpables y apenados.

Eran delincuentes juveniles, como yo, pero delincuentes juveniles ricos. Sus papás eran ejecutivos, o embajadores, o famosos. Yo era un don nadie, surgido de una familia de don nadies.

-Si es por el padre... no va desencaminado. -Comentó Atenea.

-Estás pesadita ¿eh? -Dijo Poseidón harto.

la diosa se ruborizó.

Me preguntaron qué pensaba hacer yo aquel verano, y les respondí que volvía a la ciudad. Me abstuve de mencionar que durante las vacaciones necesitaría conseguir algún trabajo paseando perros o vendiendo suscripciones de revistas, y pasar el tiempo libre preocupándome por si encontraría escuela en otoño.

—Ah —dijo uno—. Eso mola.

Regresaron a sus conversaciones como si yo nunca hubiese existido.

Hestia frunció el ceño enfadada.

-Vaya niños tan desconsiderados. -Refunfuñó.

La única persona de la que temía despedirme era Grover, pero luego no tuve que preocuparme: había reservado un billete a Manhattan en el mismo autobús Greyhound que yo, así que allí íbamos, otra vez camino de la ciudad.

Grover no paró de escudriñar el pasillo todo el trayecto, observando al resto de los pasajeros. Reparé entonces en que siempre se comportaba de manera nerviosa e inquieta cuando abandonábamos Yancy, como si temiese que ocurriera algo malo. Antes suponía que le preocupaba que se metieran con él, pero en aquel autobús no iba nadie que pudiera meterse con él.

-Puede haber monstruos. -Comentó hefesto.

-Pero eso aún él no lo sabe. -Dijo Deméter.

Al final no pude aguantarme y le dije:

—¿Buscas Benévolas?

-¡Joder! -Gritó Lee sobresaltado.

Grover casi pega un brinco.

—¿Qué… qué quieres decir?

Le conté que los había escuchado hablar la noche antes del examen.

-¿Y esta qué regla es?

-número dos. Nunca confieses. -Dijeron los chicos.

Hermes estaba muy contento con ellos.

Le tembló un párpado.

—¿Qué oíste? —preguntó.

—Oh… no mucho. ¿Qué es la fecha límite del solsticio de verano?

—Mira, Percy…

—Se estremeció—. Sólo estaba preocupado por ti. Ya sabes, por eso de que alucinas con profesoras de matemáticas diabólicas…

-Queee vaaa... Son imaginaciones suyas. -Dijo Charles de manera sarcástica.

—Grover…

—Le dije al señor Brunner que a lo mejor tenías demasiado estrés o algo así, porque no existe ninguna señora Dodds, y…

-Grover no se ganaría la vida como mentiroso. -Comentó Lee.

hermes sonrió.

—Grover, como mentiroso no te ganarías la vida.

-Tío me preocupas. Piensas como percy. -Dijo Michael.

Al consejero de la cabaña siete le dio un escalofrío.

Se le pusieron las orejas coloradas. Sacó una tarjeta mugrienta del bolsillo de su camisa.

—Mira, toma esto, ¿de acuerdo? Por si me necesitas este verano.

La tarjeta tenía una tipografía mortal para mis ojos disléxicos, pero al final conseguí entender algo parecido a:

Grover Underwood

Guardián

Colina Mestiza

Long Island, Nueva York

(800) 009-0009

-Eso no le va a hacer ninguna gracia. -Dijo Bianca.

Silena asintió de acuerdo con ella.

-¿Quién pone ese tipo de letra en las tarjetas? -Preguntó Perséfone.

-El director del campamento. -Dijo Afrodita.

-¿Y ese es...? -Inquirió Poseidón dirigiéndose a los semidioses.

-El señor D. -Dijo Ethan.

-¿Quién es ese señor D? -Interrogó Hermes.

-El libro lo dirá. -Comentó Lee con una sonrisa traviesa.

—¿Qué es colina mes…?

-¡No lo digas! -Chilló Michael.

-¿Sabes que le has gritado a un libro? -Preguntó Castor.

El hijo de Apolo se sonrojó.

—¡No lo digas en voz alta! —musitó—. Es mi… dirección estival.

Menuda decepción. Grover tenía residencia de verano. Nunca me había parado a pensar que su familia podía ser tan rica como las demás de Yancy.

—Vale —contesté alicaído—. Ya sabes, suena como… a invitación a visitar tu mansión.

-Lo dije. -Murmuró la hija de Hades.

Asintió.

—O por si me necesitas.

—¿Por qué iba a necesitarte?

La diosa del hogar frunció los labios.

—Lo pregunté con más rudeza de la que pretendía.

Grover tragó saliva.

—Mira, Percy, la verdad es que yo… bien, digamos que tengo que protegerte.

Lo miré fijamente, atónito. Había pasado todo el año peleándome, manteniendo a los abusones alejados de él. Había perdido el sueño preocupándome por qué sería de él cuando yo no estuviera. Y allí estaba el muy caradura, comportándose como si fuese mi protector.

-Técnicamente lo es. -Dijo Bianca. También fue a mi escuela. Aunque el señor Espino...

La chica siguió divagando un rato más.

—Grover —le dije—, ¿de qué crees que tienes que protegerme exactamente?

Se produjo un súbito y chirriante frenazo y empezó a salir un humo negro y acre del salpicadero.

-Ups. -Dijo Charles. -Eso no tiene muy buena pinta.

El conductor maldijo a gritos y a duras penas logró detener el Greyhound en el arcén. Bajó presuroso y se puso a aporrear y toquetear el motor, pero al cabo de unos minutos anunció que teníamos que bajar.

Nos hallábamos en mitad de una carretera normal y corriente: un lugar en el que nadie se fijaría de no sufrir una avería. En nuestro lado de la carretera sólo había arces y los desechos arrojados por los coches.

Deméter y Artemisa fruncieron el ceño con disgusto.

En el otro lado, cruzando los cuatro carriles de asfalto resplandeciente por el calor de la tarde, había un puesto de frutas de los de antes.

La mercancía tenía una pinta fenomenal: cajas de cerezas rojas como la sangre, y manzanas, nueces y albaricoques, jarras de sidra y una bañera con patas de garra llena de hielo.

Muchos se relamieron hambrientos.

Con un chasquido de dedos, Deméter hizo aparecer un cuenco de fruta delante de cada semidiós.

-Gracias señora Deméter. -Dijeron ellos.

La diosa sonrió.

No había clientes, sólo tres ancianas sentadas en mecedoras a la sombra de un arce, tejiendo el par de calcetines más grande que he visto nunca. Me refiero a que tenían el tamaño de jerséis, pero eran claramente calcetines.

-Esto no es bueno. No es nada bueno. -Murmuraba Poseidón sujetándose la cabeza.

Los semidioses sintieron un sudor frío por la espalda.

La de la derecha tejía uno; la de la izquierda, otro. La del medio sostenía una enorme cesta de lana azul eléctrico.

Las tres eran ancianas, de rostro pálido y arrugado como fruta seca, pelo argentado recogido con cintas blancas y brazos huesudos que sobresalían de raídas túnicas de algodón.

Lo más raro fue que parecían estar mirándome fijamente.

-Ese hijo mío va a matarme de un disgusto. -Se quejó Poseidón.

-Y no llevamos ni dos capítulos. -Murmuró Hades.

El dios de los muertos no quería pensar lo que sentiría si ese chico fuera uno de sus hijos.

Si por él fuera, encerraría a todos sus bástagos en el inframundo donde él pudiera vigilarlos y protegerlos. Aunque esto no lo admitiría ante nadie.

Me volví hacia Grover para comentárselo y vi que había palidecido. Tenía un tic en la nariz.

—¿Grover? —le dije—. Oye…

—Dime que no te están mirando. No te están mirando, ¿verdad?

—Pues sí. Raro, ¿eh? ¿Crees que me irán bien los calcetines?

-¿C cómo puede bromear en un m momento así? -Interrogó muy pálido el dios de los mares.

-hasta Hermes está serio y Apolo se muerde las uñas. -Comentó Hefesto.

—No tiene gracia, Percy. Ninguna gracia.

La anciana del medio sacó unas tijeras enormes, de plata y oro y los filos largos, como una podadora.

Grover contuvo el aliento.

—Subamos al autobús —me dijo—. Vamos.

—¿Qué? —repliqué—. Ahí dentro hace mil grados.

—¡Vamos!

-¡Hazle caso! -Gritó desesperado Poseidón.

Nadie se atrevió a aclararle que estaba hablando con un libro.

—Abrió la puerta y subió, pero yo me quedé atrás.

Al otro lado de la carretera, las ancianas seguían mirándome. La del medio cortó el hilo, y juro que oí el chasquido de las tijeras pese a los cuatro carriles de tráfico. Sus dos amigas hicieron una bola con los calcetines azul eléctrico, y me dejaron con la duda de para quién serían: si para un Bigfoot o para Godzilla.

-Tu hijo está definitivamente loco. -Comentó Hades.

-No está loco. lo que pasa, es que los demás están demasiado cuerdos. -Dijo Lee.

Al ver que todos le miraban incrédulos dijo:

-Una vez en la enfermería, cuando entre mi hermano Will y yo le curábamos una serie de heridas, le dije que estaba loco por enfrentarse él solo a tres perros del infierno y él me dijo la frase que he dicho antes.

-Hermes sigue leyendo antes de que me dé un ataque. -Pidió el dios del mar.

El otro dios ovedeció.

En la trasera del autobús, el conductor arrancó un trozo de metal humeante del compartimiento del motor. Luego le dio al arranque. El vehículo se estremeció y, por fin, el motor resucitó con un rugido.

Los pasajeros vitorearon.

—¡Maldita sea! —exclamó el conductor, y golpeó el autobús con su gorra—. ¡Todo el mundo arriba!

En cuanto nos pusimos en marcha empecé a sentirme febril, como si hubiera contraído la gripe.

Poseidón gimió.

Grover no tenía mejor aspecto: temblaba y le castañeteaban los dientes.

—Grover.

—¿Sí?

—¿Qué es lo que no me has contado?

Se secó la frente con la manga de la camisa.

—Percy, ¿qué has visto en el puesto de frutas?

—¿Te refieres a las ancianas? ¿Qué les pasa? No son como la señora Dodds, ¿verdad?

-Son algo mucho peor. -Aclaró Hades con un escalofrío.

Su expresión era difícil de interpretar, pero me dio la sensación de que las mujeres del puesto de frutas eran algo mucho, mucho peor que la señora Dodds.

—Dime sólo lo que viste —insistió.

—La de en medio sacó unas tijeras y cortó el hilo.

Cerró los ojos e hizo un gesto con los dedos que habría podido ser una señal de la cruz, pero no lo era.

Era otra cosa, algo como… más antiguo.

—¿La has visto cortar el hilo?

—Sí. ¿Por qué?

—Pero incluso cuando lo estaba diciendo, sabía que pasaba algo.

Poseidón estaba abrazado a su tridente como si la vida se le fuese en ello.

Los cuencos de fruta que Deméter les había dado a los semidioses estaban olvidados.

—Ojalá esto no estuviese ocurriendo —murmuró Grover, y empezó a mordisquearse el pulgar—. No quiero que sea como la última vez.

—¿Qué última vez?

—Siempre en sexto. Nunca pasan de sexto.

-Grover va a conseguir asustar a percy aún más. -Comentó Silena que estaba abrazada al brazo de Charles.

—Grover —repuse, empezando a asustarme de verdad—, ¿de qué diablos estás hablando?

—Déjame que te acompañe hasta tu casa. Promételo.

Me pareció una petición extraña, pero lo prometí.

—¿Es como una superstición o algo así? —pregunté.

No obtuve respuesta.

—Grover, el hilo que la anciana cortó… ¿significa que alguien va a morir?

-Sí. -Dijo Bianca en un susurro.

Su mirada estaba cargada de aflicción, como si ya estuviera eligiendo las flores para mi ataúd.

-Continúa leyendo. -Dijo Zeus al ver que su hijo se callaba.

-Ya ha terminado el capítulo.

-Trae aquí. -Dijo artemisa. -Yo leeré el siguiente.

Hermes le pasó el libro a su hermana.

Cuando la diosa iba a comenzar, una luz amarilla inundó la sala.