Disclaimer: Los personajes y el libro le pertenecen a Rick Riordan.
Las intervenciones son mías.
Espero que os guste el capi.
Cuando la luz se desvaneció podía verse a una chica alta, atlética, pelo negro y ojos azul eléctrico.
Llevaba en la cabeza una tiara plateada.
Los semidioses la sonrieron.
La chica miraba a los semidioses como si hubiese visto un fantasma.
-¡Preséntate! -Bramó Hera molesta.
La chica frunció el ceño en dirección a la diosa.
Le mandó una mirada de desdén y dijo:
-Me llamo Thalia Grace. Soy teniente de Artemisa.
-¿Y Zoe? -Preguntó La diosa.
Bianca se hacía la misma pregunta.
-Ella murió mi señora.
Bianca y Artemisa pusieron una mueca de dolor.
-También soy hija de Zeus. -Dijo mirando a Hera con una sonrisa.
-¡Zeus! -Chilló Hera indignada.
El rey de los cielos resopló.
-Si sabías que pasaría. -Dijo Zeus.
Thalia soltó una carcajada.
Hera se levantó dispuesta a fulminarla.
Artemisa y Zeus se interpusieron en su camino.
La diosa del matrimonio los miró con rabia y se sentó en su trono.
-¿Qué hacéis vosotros aquí? -Preguntó Thalia.
-Se supone que estáis muertos.
-Pues yo me siento bastante vivo. -Comentó Lee.
-¿Y qué hago aquí? -Preguntó finalmente Thalia.
Apolo chasqueó los dedos y la cazadora pudo saber lo que habían leído hasta el momento.
-Así que vamos a leer los libros desde el punto de vista del sesos de alga.
Thalia abrazó a los semidioses que habían perecido en la guerra y después se sentó cerca del trono de su señora.
la semidiosa miró fijamente a Ethan que se removía incómodo en su sitio.
-Artemisa comienza a leer. -Pidió poseidón.
La diosa abrió el libro y tras encontrar la página, empezó a leer.
Capítulo 3
Grover pierde inesperadamente los pantalones
-Si Percy nunca le ha visto sin pantalones, creo que será un poco chocante para él. -Comentó Castor.
El hijo de Dioniso se estaba preguntando por qué había aparecido en el Olimpo sin su hermano.
Pero con las palabras de Thalia, se hacía una idea.
Hora de confesarse: planté a Grover en cuanto llegamos a la terminal de autobuses.
-Cómo no. -Dijo Thalia.
-Eso no está nada bien. -Se quejó Hestia.
Ya sé que fue muy grosero por mi parte, pero me estaba poniendo de los nervios, me miraba como si yo estuviera muerto y no paraba de refunfuñar: «¿Por qué siempre pasa lo mismo?» y «¿Por qué siempre tiene que ser en sexto?».
Thalia gruñó disgustada.
-¿Cuántas veces le tengo que decir que no fue culpa suya?
Rechinó los dientes y siguió refunfuñando por lo bajo.
Cuando Grover se disgustaba solía entrar en acción su vejiga, así que no me sorprendió que, al bajar del autobús, me hiciera prometer que lo esperaría y fuese a la cola para el lavabo.
En lugar de esperar, recogí mi maleta, me escabullí fuera y tomé el primer taxi hacia el norte de la ciudad.
A Grover eso no le hará ninguna gracia. -Dijo Michael.
—Al East, calle Ciento cuatro con la Primera —le dije al conductor.
Hermes sonrió travieso.
-Ya no vive ahí. -Dijo Thalia.
El dios hizo un puchero.
Unas palabras sobre mi madre antes de que la conozcas.
-Es la mejor del mundo, cocina muy bien y siempre tiene una palabra cariñosa para ti. -Declaró la teniente de Artemisa.
-Debe ser maravillosa. -Comentó Hestia.
-La mejor.
-Pues no entiendo cómo pudo acabar con el barba percebe. -Dijo Atenea.
-Haz algo útil y cállate. -Dijo Poseidón molesto.
Se llama Sally Jackson y es la persona más buena del mundo, lo que demuestra mi teoría de que los mejores son los que tienen peor suerte. Sus padres murieron en un accidente aéreo cuando tenía cinco años, y la crió un tío que no se ocupaba demasiado de ella. Quería ser novelista, así que pasó todo el instituto trabajando y ahorrando dinero para ir a una universidad con buenos cursos de escritura creativa. Entonces su tío enfermó de cáncer, por lo que tuvo que dejar el instituto el último año para cuidarlo. Cuando murió, se quedó sin dinero, sin familia y sin bachillerato.
Atenea se compadeció de la mujer y se dijo a sí misma que la ayudaría para que pudiese retomar sus estudios y fuese una escritora de éxito.
Apolo también se dijo para sí, que ayudaría a Sally a ser una magnífica escritora.
El único buen momento que pasó fue cuando conoció a mi padre.
-No entiendo qué tiene eso de bueno. -Opinó Zeus.
-Mejor que tú... -Dijo Poseidón.
El rey de los cielos resopló.
Yo no conservo recuerdos de él, sólo una especie de calidez, quizá un leve rastro de su sonrisa.
-¡Espero que no hayas ido a visitarlo! -Bramó Zeus.
-Seguro que si he ido. -Musitó el dios del mar.
Thalia sonrió.
A mi madre no le gusta hablar de él porque la pone triste. No tiene fotos.
-Mejor. Podría haber sufrido un trauma de solo mirarlas. -Comentó Atenea.
Hermes y Apolo rieron por lo bajo.
-Menos mal que eres tú la madura. -Dijo Poseidón.
-Pero si el dios de los mares está muy bueno. -Le dijo Lee a su hermano.
-Tío que te ha oído. -Murmuró Castor.
-A Lee no le importa que le escuchen. -Comentó Michael riendo.
Poseidón sonrió y le guiñó un ojo al hijo de Apolo.
El semidiós se ruborizó.
-Lee estás hiperventilando. -Musitó su hermano.
-¿Has visto Michael? ¡Me ha guiñado un ojo.
lee le miró de arriba a abajo descaradamente.
Poseidón se movió en su trono para que el chico pudiera mirar mejor.
Artemisa gruñó y continuó con la lectura.
Verás, no estaban casados. Mi madre me contó que era rico e importante, y que su relación era secreta.
-Espero que Sally sea feliz. -Comentó Hestia.
-Ahora lo es. -Aclaró Thalia.
Un buen día, él embarcó hacia el Atlántico en algún viaje importante y jamás regresó. Se perdió en el mar, según mi madre. No murió. Se perdió en el mar.
-No le ha mentido. -Dijo Afrodita.
-Se nota que es inteligente. -Comentó Hestia.
-Y yo sigo preguntándome por qué se fijó en el carapulpo. -Musitó Atenea.
-¿Celosa? -Cuestionó hermes.
La diosa bufó.
Ella trabajaba en empleos irregulares, asistía a clases nocturnas para conseguir su título de bachillerato y me crió sola. Jamás se quejaba o se enfadaba, ni siquiera una vez, pese a que yo no era un crío fácil.
-Si es igual de revoltoso que el padre... -Dijo Hestia con una sonrisa.
Poseidón se la devolvió.
-Si yo soy un angelito. -Comentó.
-Ni cuando duermes. -Aclaró Hestia.
Los semidioses y algunos dioses rieron.
Al final se casó con Gabe Ugliano, que fue majo los primeros treinta segundos que lo conocí; después se mostró como el cretino de primera que era.
Thalia gruñó.
Poseidón frunció el ceño.
-Entonces, me sorprende que haya sido majo durante treinta segundos. -Comentó Ethan.
Cuando era más pequeño, le puse el mote de Gabe el Apestoso. Lo siento, pero es verdad. El tipo olía a pizza de ajo enmohecida envuelta en pantalones de gimnasio.
-¡Por los dioses Perseus! ¡No seas tan gráfico! -Se quejó Silena.
Afrodita quería bomitar.
Entre los dos le hacíamos la vida a mamá más bien difícil. La manera en que Gabe el Apestoso la
trataba, el modo en que él y yo nos llevábamos… En fin, mi llegada a casa es un buen ejemplo.
Hades se puso cómodo en su asiento.
Si era como sospechaba, tendría una nueva alma en los campos de castigo.
Entré en nuestro pequeño apartamento con la esperanza de que mi madre hubiera vuelto del trabajo. En cambio, me encontré en la sala a Gabe el Apestoso, jugando al póquer con sus amigotes. El televisor rugía con el canal de deportes ESPN. Había patatas fritas y latas de cerveza desperdigadas por toda la alfombra.
Las chicas arrugaron la nariz.
-Repulsivo. -Dijo Bianca.
Sin levantar la mirada, él dijo desde el otro lado del puro:
—Conque ya estás aquí, ¿eh, chaval?
—¿Dónde está mi madre?
—Trabajando —contestó—. ¿Tienes suelto?
-¿Cómo que le pide dinero a un niño? -Inquirió Hestia atónita.
-Anda que le pregunta que cómo está. -Se quejó Michael.
-Tal vez... Deberíamos hacerle una visita con nuestros hermanos y unas flechas. -Comentó Lee pensativo.
Michael sonrió.
Eso fue todo. Nada de «Bienvenido a casa. Me alegro de verte. ¿Qué tal te han ido estos últimos seis meses?».
-Eso ¿para qué? -Preguntó Thalia sarcástica.
-Voy a clavarle mi tridente por el... -Masculló Poseidón.
Gabe había engordado. Parecía una morsa sin colmillos vestida con ropa de segunda mano. Tenía unos tres pelos en la cabeza, que se extendían por toda la calva, como si eso lo volviera más atractivo o vete tú a saber.
-Toda una belleza. -Dijo Thalia.
-Por él dejaría de ser doncella. -Secundó Hestia.
-Me he enamorado. -Musitó Silena con tono soñador.
-Cuando crezca, quiero ser como él. -Intervino Castor.
Trabajaba en el Electronics Mega-Mart de Queens, pero estaba en casa la mayor parte del tiempo. No sé por qué no lo echaban. Lo único que hacía era gastarse el sueldo en puros que me hacían vomitar y en cerveza, por supuesto. Cerveza siempre. Cuando yo estaba en casa, esperaba de mí que le proporcionara fondos para jugar. Lo llamaba nuestro «secreto de machotes». Lo que significaba que, si se lo contaba a mi madre, me molería a palos.
Thalia se levantó como un vendaval y comenzó a lanzar flechas a diestro y siniestro, Michael hizo lo mismo.
Ethan le pidió a su madre una venganza especial para ese tipo.
El suelo del Olimpo temblaba a causa de la furia de Poseidón.
La oscuridad caía sobre el salón debido a que Hades intentaba controlar su enfado sin éxito.
Zeus estaba lívido. Parecía que nada le importaba, pero tenía ganas de meterle a ese ser su rayo maestro por agujeros inexplorados.
Hizo tronar su rayo y todos volvieron a sus asientos.
Ellos pensaron que lo había hecho para que mantuvieran la calma, pero lo había hecho para descargar su furia.
Diez minutos más tarde, Artemisa continuó leyendo.
—No tengo suelto —contesté.
Arqueó una ceja asquerosa.
Gabe olía el dinero como un sabueso, lo cual era sorprendente, dado que su propio hedor debía de anular todo lo demás.
Afrodita se estremeció de asco.
—Has venido en taxi desde la terminal de autobuses —dijo—. Probablemente has pagado con un billete de veinte y te habrán devuelto seis o siete pavos.
-Es sorprendente. -Dijo Lee.
-¿El qué? -Preguntó Thalia.
-Que sabe matemáticas. -Contestó el chico.
Apolo chocó los cinco con su hijo.
-Guapo y con sentido del humor. Me gusta. -Comentó Hermes mirando a Lee con lascibia.
Poseidón frunció el ceño.
Lee le guiñó un ojo a Hermes y observó la reacción del dios del mar.
Se dio cuenta de que intentaba no mostrar ninguna expresión pero le temblaba un músculo en la mandíbula.
-(Interesante) -Pensó el chico.
Sonrió para sí y prestó atención a la lectura.
—Quien espera vivir bajo este techo debe asumir sus cargas. ¿Tengo razón, Eddie?
-¡Cuando te meta una lanza por el culo vas a descubrir cuanta razón tengo yo! -Bramó Ares.
Muchos le interrogaron con la mirada.
-Simplemente quiero pelear con alguien. -Dijo el dios de la guerra.
Eddie, el portero del edificio, me miró con un destello de simpatía.
—Venga, Gabe —le dijo—. El chico acaba de llegar.
—¿Tengo razón o no? —repitió Gabe.
Eddie frunció el entrecejo y se refugió en su cuenco de galletas saladas. Los otros dos tipos se
pedorrearon casi al unísono.
-Qué asco de gente. Escuchan lo que le dice a Percy y no dicen nada. -Se indignó michael.
-Tiene carácter. Me gusta. -Dijo Hermes.
-¿Qué te pasa con mis hijos?
El dios de los viajeros sonrió.
Apolo frunció el ceño.
-El tío P le ha guiñado un ojo al rubio y no has dicho nada. -Se quejó.
-Son mis niños. -Les dijo a ambos dioses.
Apolo podía parecer despreocupado e irresponsable. Pero se preocupaba por sus hijos a pesar de que hacía menos de dos horas que los conocía. Y no quería que sufrieran por culpa de ningún dios.
Sabía que los utilizarían hasta que se aburrieran y después les abandonarían como si nada hubiese pasado.
Una cosa era hacerlo con los mortales aunque doliera, pero no permitiría que se lo hicieran a sus hijos.
Se recostó en su trono y siguió escuchando a su hermana.
—Estupendo —le dije. Saqué unos dólares del bolsillo y los lancé encima de la mesa—. Espero que pierdas.
-Percy es así siempre. -Comentó Michael algo ruborizado.
lee se dio cuenta de aquello y frunció el ceño confuso.
-Si. -Apoyó Thalia. Siempre es así de sarcástico.
-Ya nos hemos dado cuenta. -Dijo hera enfadada.
Thalia le sacó el dedo corazón.
Hefesto escondió una sonrisa poniéndose una mano en la boca.
—¡Ha llegado tu boletín de notas, cráneo privilegiado! —exclamó cuando me volví—. ¡Yo no iría por ahí dándome tantos aires!
-¡Cierra el pico ser mentalmente inferior! -Exclamó Afrodita.
Hermes y Apolo chocaron las manos con ella.
Cerré de un portazo mi habitación, que en realidad no era mía. Durante los meses escolares era el «estudio» de Gabe. Por supuesto, no había nada que estudiar allí dentro, aparte de viejas revistas de coches.
-Es un ser tan intelectual... -Suspiró Atenea. -Mi hombre ideal.
Los dioses la miraron impresionados.
-Yo también puedo ser sarcástica. -Dijo.
Hermes, Apolo y Afrodita aplaudieron.
Los semidioses sonrieron.
Pero le encantaba apelotonar mis cosas en el armario, dejar sus botas manchadas de barro en el alféizar y esforzarse porque el lugar apestara a su asquerosa colonia, sus puros y su cerveza rancia.
-Yo quiero una habitación así. -Pidió Bianca mirando a Hades.
El dios del inframundo sonrió.
-Es mi sueño oculto. -Comentó Silena.
-Voy a construirme esa habitación nada más llegar al campamento. -habló Charles.
Dejé la maleta en la cama. Hogar, dulce hogar.
El olor de Gabe era casi peor que las pesadillas sobre la señora Dodds o el sonido de las tijeras de la anciana frutera. Me estremecí sólo de pensarlo.
Los semidioses y Poseidón también se estremecieron al acordarse.
Recordé la cara de pánico de Grover cuando me hizo prometer que lo dejaría acompañarme a casa. Un súbito escalofrío me recorrió.
-Debería haber esperado al sátiro. -Refunfuñó el dios del mar.
Sentí como si alguien
—algo— estuviera buscándome en aquel preciso instante, quizá subiendo pesadamente por las escaleras, mientras le crecían unas garras largas y enormes.
Un escalofrío recorrió a Michael. Estaba nervioso por lo que le pudiera pasar a Percy.
Entonces oí la voz de mi madre.
Thalia suspiró aliviada.
-Menos mal que era Sally. -Dijo la cazadora.
—¿Percy?
Abrió la puerta y mis miedos se desvanecieron.
Mi madre es capaz de hacer que me sienta bien sólo con entrar en mi habitación. Sus ojos refulgen y cambian de color con la luz. Su sonrisa es tan cálida como una colcha tejida a mano. Tiene unas cuantas canas entre la larga melena castaña, pero nunca la he visto vieja. Cuando me mira, es como si sólo viera las cosas buenas que tengo, ninguna de las malas. Jamás la he oído levantar la voz o decir una palabra desagradable a nadie, ni siquiera a mí o a Gabe.
-Niño de mamá. -Dijo Ares con desdén.
-Pues podrías aprender de él. -Comentó Hera cabreada.
El dios de la guerra miró hacia otro lado.
—Oh, Percy.
—Me abrazó fuerte—. No me lo puedo creer. ¡Cuánto has crecido desde Navidad!
Su uniforme rojo, blanco y azul de la pastelería Sweet on America olía a las mejores cosas del mundo:
chocolate, regaliz y las demás cosas que vendía en la tienda de golosinas de la estación Grand Central.
Me había traído «muestras gratis», como siempre hacía cuando yo venía a casa.
Hestia sonreía encantada.
las brasas del fuego de la sala, chisporroteaban alegremente.
Nos sentamos juntos en el borde de la cama. Mientras yo atacaba las tiras de arándanos ácidos, me pasó la mano por la cabeza y quiso saber todo lo que no le había contado en mis cartas. No mencionó mi expulsión, no parecía importarle. Pero ¿yo estaba bien? ¿Su niñito se las apañaba?
Le dije que no me agobiara, que me dejara respirar y todo eso.
Thalia gruñó disgustada.
Un rayo bailaba en su mano.
Aunque en secreto me alegraba muchísimo de tenerla a mi lado.
-Más te vale perseus. -Murmuró la teniente de las cazadoras estinguiendo el rayo.
—Eh, Sally, ¿qué tal si nos preparas un buen pastel de carne? —vociferó Gabe desde la otra habitación.
-¡Cállate sucia rata!
los dioses miraron boquiabiertos a Hestia.
-Esa no es manera de hablarle a una mujer. -Dijo la diosa del hogar.
Me rechinaron los dientes.
Mi madre es la mujer más agradable del mundo. Tendría que estar casada con un millonario, no con un capullo como Gabe.
Poseidón se entristeció.
-Ahora es feliz. -Dijo Thalia.
El dios se lo agradeció con una pequeña sonrisa.
-¿Y qué ha sido de ese ser? -Interrogó Dioniso.
Thalia no contestó.
-No sabía que estabas escuchando. -Dijo Deméter.
-Artemisa me está amenazando con una de sus flechas. Así que tengo que escuchar el libro sobre Pierce Jameson.
nadie se había dado cuenta de ese detalle hasta que miraron a la diosa que tenía una flecha apuntada a la entrepierna del dios del vino.
-Es Percy Jackson. -Dijo Michael molesto.
-Lo que tú digas Miles New.
Michael frunció el ceño y fulminó al dios con la mirada.
-Por ella, intenté sonar optimista cuando le conté mis últimos días en la academia Yancy. Le dije que no estaba demasiado afectado por la expulsión (esta vez casi había durado un curso entero). Había hecho nuevos amigos. No me había ido mal en latín. Y, en serio, las peleas no habían sido tan terribles como aseguraba el director. Me gustaba la academia Yancy. De verdad.
-Nunca se le debe mentir a una madre. -Dijo Hera muy seria.
Hestia asintió de acuerdo con ella.
En fin, lo pinté tan bien que casi me convencí a mí mismo. Se me hizo un nudo en la garganta al pensar en Grover y el señor Brunner. Ni siquiera Nancy Bobofit parecía tan mala.
-Estúpida pelirroja. -Gruñeron michael y Thalia.
Hasta aquella excursión al museo…
—¿Qué? —me preguntó mi madre. Me azuzaba la conciencia con la mirada, intentando sonsacarme—.
¿Te asustó algo?
—No, mamá.
No me gustó mentir. Quería contárselo todo sobre la señora Dodds y las tres ancianas con el hilo, pero pensé que sonaría estúpido.
-Sally es muy perceptiba. -Dijo Thalia.
Apretó los labios. Sabía que me guardaba algo, pero no me presionó.
—Tengo una sorpresa para ti —dijo—. Nos vamos a la playa.
Puse unos ojos como platos.
—¿A Montauk?
—Tres noches, en la misma cabaña.
—¿Cuándo?
Sonrió y contestó:
—En cuanto me cambie.
Poseidón sonrió ante la mención de la playa.
No podía creerlo. Mi madre y yo no habíamos ido a Montauk los últimos dos veranos porque Gabe decía que no había suficiente dinero.
-¡Mi hijo tiene que ir a la playa sienpre que quiera! ¡Y ningún ser sin cerebro puede prohibírselo!
El dios del mar se estremeció solo de pensar en no poder ir a la playa.
En ese momento Gabe apareció por la puerta y masculló:
—¿Qué pasa con ese pastel, Sally? ¿Es que no me has oído?
Hestia hechaba literalmente fuego por los ojos.
-Voy a enseñarle a ese ser cómo tratar a una dama. -Gruñó Artemisa.
Quise pegarle un puñetazo, pero crucé la mirada con mi madre y comprendí que me ofrecía un trato: sé amable con Gabe un momentito. Sólo hasta que ella estuviera lista para marcharnos a Montauk.
Después nos largaríamos de allí.
-yo le hubiera pegado. -Dijo Ares frotándose un puño contra el otro.
—Ya voy, cariño —le dijo a Gabe—. Estábamos hablando del viaje.
Gabe entrecerró los ojos.
—¿El viaje? ¿Quieres decir que lo decías en serio?
-Voy a encerrarlo en un capullo de vides. -Gruñó Castor indignado.
—Lo sabía —murmuré—. No va a dejarnos ir.
-Por supuesto que lo hará. -Dijo Hermes fulminando el libro con la mirada.
—Claro que sí —repuso mi madre sin alterarse—. Tu padrastro sólo está preocupado por el dinero. Eso es todo. Además —añadió—, Gabriel no va a tener que conformarse con un pastel normalito. Se lo haré de siete capas y prepararé mi salsa especial de guacamole y crema agria. Va a estar como un rajá.
-Esa salsa está deliciosa. -Dijo Thalia soñadora.
-ojalá el pastel le siente mal. -Murmuró Michael en griego.
Gabe se ablandó un poco.
—Así que el dinero para ese viaje vuestro… va a salir de tu presupuesto para ropa, ¿no?
Afrodita miró el libro como si allí hubiera una horrible rata negra y gorda.
-Ese hombre no sabe lo que acaba de hacer al decir eso. -Dijo la diosa del amor.
—Sí, cariño —aseguró mi madre.
—Y llevarás mi coche allí y lo traerás de vuelta, a ningún sitio más.
—Tendremos mucho cuidado.
Gabe se rascó la papada.
-Repulsivo. -Se estremeció Ethan.
—A lo mejor si te esmeras con ese pastel de siete capas… Y a lo mejor si el crío se disculpa por interrumpir mi partida de póquer.
-A lo mejor si te meto una de mis flechas sónicas por el... y te maldigo hasta agotarme... -Comentó Michael entre dientes.
Thalia miraba fijamente al hijo de Apolo.
-(Así que los rumores eran verdad después de todo.) -Pensó la semidiosa.
Thalia había oído varias veces que uno de los hijos de Apolo estaba enamorado de Percy.
Y cuando Michael murió, dijeron que el que estaba enamorado del hijo de Poseidón era él.
Pero Thalia no se lo había creído del todo hasta ahora al ver las reacciones del semidiós.
«A lo mejor si te pego una patada donde más duele y te dejo una semana con voz de soprano», pensé.
-¡Hazlo! -Gritaron casi todos.
Pero los ojos de mi madre me advirtieron que no lo cabreara. ¿Por qué soportaba a aquel tipejo?
Muchos se hacían la misma pregunta.
Tuve ganas de gritar. ¿Por qué le importaba lo que él pensara?
—Lo siento —murmuré—. Siento de verdad haber interrumpido tu importantísima partida de póquer. Por favor, vuelve a ella inmediatamente.
-Me encanta ese chico. -Comentó Apolo.
Hermes asintió de acuerdo con su hermano.
Gabe entrecerró los ojos. Su minúsculo cerebro probablemente intentaba detectar el sarcasmo en mi declaración.
-No lo va a descubrir. -Opinó Charles.
—Bueno, lo que sea —resopló, y volvió a su partida.
—Gracias, Percy —me dijo mamá—. En cuanto lleguemos a Montauk, seguiremos hablando de… lo que se te ha olvidado contarme, ¿vale?
-A Sally no se le escapa nada. -Comentó Thalia.
Por un momento me pareció ver ansiedad en sus ojos —el mismo miedo que había visto en Grover durante el viaje en autobús—, como si también mi madre sintiera un frío extraño en el aire. Pero entonces recuperó su sonrisa, y supuse que me había equivocado. Me revolvió el pelo y fue a prepararle a Gabe su pastel especial.
-Yo si que le voy a hacer un pastel especial. -Gruñó Hestia.
Los semidoses descubrieron que la diosa del hogar cabreada daba muchísimo miedo. Incluso más que Zeus.
Una hora más tarde estábamos listos para marcharnos.
Gabe se tomó un descanso de su partida lo bastante largo para verme cargar las bolsas de mi madre en el coche.
-¿No le ayudó? -preguntó Deméter.
-No sé de qué te sorprendes. -Comentó Afrodita disgustada.
-Tienes razón. -Dijo la diosa de la agricultura.
No dejó de protestar y quejarse por perder a su cocinera —y lo más importante, su Cámaro del 78- durante todo el fin de semana.
-Asqueroso. -Dijo Hermes entre dientes.
Poseidón apretaba las manos en su trono con tal fuerza, que le salía icor dorado de ellas.
Nadie se había dado cuenta escepto Lee.
El chico se levantó dudoso y se acercó al dios.
Poseidón estaba pensando mil y una maneras de acabar con ese engendro cuando sintió una mano cálida en su muñeca derecha.
Abrió los ojos y se giró dispuesto a fulminar al que se hubiera atrevido a interrumpir sus pensamientos.
Apolo estaba preocupado por su hijo. Se había dado cuenta algo tarde de que se había acercado al dios del mar.
Cuando se ponía de esa manera, no podías interrumpirle. O si no... Iba a levantarse para apartar a su hijo de allí pero se sorprendió de lo que vio al igual que los demás dioses.
Lee retrocedió un paso al ver la mirada furiosa que le estaba mandando el dios pero no soltó su muñeca.
Poseidón al ver a aquel rubio allí, suavizó la mirada.
No entendía por qué no le fulminaba, le clavaba el tridente o le convertía en un pez de colores.
Su furia se había desvanecido casi por completo al ver al chico y no sabía por qué.
Nunca le había pasado. Ni con sus amantes mortales ni con Anfítrite.
Lee carraspeó incómodo debido a la mirada tan intensa que le estaba mandando el dios.
-T te sangran las manos. -Explicó algo coibido.
Poseidón levantó las manos y vio el icor chorreando por ellas.
Apolo al verlo, dio un salto y se acercó a su tío.
El dios del mar se tensó y con una mirada impidió al otro dios acercarse.
Lee cogió una de las manos llenas de icor y pasó los dedos por las heridas recién abiertas.
Cuando las heridas se cerraron, hizo lo mismo con la otra mano.
El dios le sonrió agradecido.
Apolo volvió a sentarse en su trono.
Poseidón limpió los restos de icor de sus manos y del trono.
Reparó lo que había roto y sonrió de nuevo.
-Podía haberme curado eso yo solo. -Comentó.
-Ya lo sé. -Dijo Lee.
El chico se alejó unos cuantos pasos del trono cuando Poseidón se lo impidió.
Le sujetó por la camiseta y le obligó a retroceder.
-No te vayas. -Le susurró al atónito hijo de Apolo.
Aunque ya no tuviera ganas de matar a todo el mundo, la furia le bullía dentro lista para salir.
Sujetó al chico por la cintura y lo sentó sobre su regazo.
Las caras de ambos estaban casi unidas.
Poseidón agarró al chico por la nuca y acercó sus labios a los del semidiós.
El dios del mar sintió que el resto de dioses y semidioses se desvanecía dejando solo la sensación de los labios de Lee contra los suyos.
Se separaron con los labios inchados y jadeando.
El dios del mar abrazó un rato más al chico contra sí y después le soltó.
Lee saltó del trono y se dirigió corriendo al lado de su hermano.
Se sentó con la respiración alterada y apoyó la cabeza en el hombro de Michael.
Apolo fulminó al dios del mar con la mirada.
Poseidón miró al hijo de su sobrino algo desilusionado.
Había esperado que se quedara con él.
Lee evitó su mirada.
Al ver que nadie más interrumpía, Artemisa continuó leyendo.
—No le hagas ni un rasguño al coche, cráneo privilegiado —me advirtió mientras cargaba la última bolsa—. Ni un rasguño pequeñito.
-Como si él fuera a conducir. -Comentó Atenea exasperada.
Como si yo fuera a conducir. Tenía doce años.
-Piensas igual que mi hijo. -Se jactó Poseidón.
La diosa puso cara de haber visto una araña.
Pero eso no le importaba al bueno de Gabe. Si una gaviota se cagara en la pintura, encontraría una forma de echarme la culpa.
-Su culpa no. Pero quizá... la mía sí. -Dijo el dios del mar sonriendo con malicia.
-yo les diré a las palomas que defequen en su preciado coche. -Añadió Afrodita.
Hermes sonreía como un niño en navidad.
Al verlo regresar torpemente hacia el edificio, me enfadé tanto que hice algo que no sé explicar.
Cuando Gabe llegó a la puerta, hice la señal que le había visto hacer a Grover en el autobús, una especie de gesto para alejar el mal: una mano con forma de garra hacia mi corazón y después un movimiento brusco hacia fuera, como para empujar. Entonces el portal se cerró tan fuerte que le golpeó el trasero y lo envió volando por las escaleras como un hombre-bala. Puede que sólo fuera el viento, o algún accidente raro con las bisagras, pero no me quedé para averiguarlo.
-Tío P. Tu hijo es la ostia. -Comentó Hermes.
Apolo reía a carcajadas.
Subí al Camaro y le dije a mi madre que pisara a fondo.
-Me gusta la velocidad. -Suspiró Hermes.
-¿Y eso a qué viene?
-Atenea ¿No te cansas de ser tan pesada? -Interrogó Hefesto cansado.
La diosa de la sabiduría frunció los labios y pprestó atención a la lectura.
Nuestro bungalow alquilado estaba en la orilla sur, en la punta de Long Island. Era una casita de tono pastel con cortinas descoloridas, medio hundida en las dunas.
A los semidioses les gustó imaginar esa cabaña.
Siempre había arena en las sábanas y arañas por la habitación, y la mayoría del tiempo el mar estaba demasiado frío para bañarse.
Atenea se estremeció un poco a la mención de las arañas.
poseidón sonrió cuando nombraron el mar.
Me encantaba.
Íbamos allí desde que era niño. Mi madre llevaba más tiempo yendo. Jamás me lo dijo exactamente, pero yo sabía por qué aquella playa era especial para ella. Era el lugar donde había conocido a mi padre.
A medida que nos acercábamos a Montauk, mi madre pareció rejuvenecer, años de preocupación y trabajo desaparecieron de su rostro. Sus ojos se volvieron del color del mar.
Thalia sonrió. Sally era una mujer encantadora y se merecía ser feliz.
Llegamos al atardecer, abrimos las ventanas y emprendimos nuestra rutina habitual de limpieza. Luego caminamos por la playa, les dimos palomitas de maíz azules a las gaviotas y comimos nuestras gominolas azules, caramelos masticables azules, y las demás muestras gratis que mi madre había traído del trabajo.
-¿Dulces azules? -Preguntó Poseidón.
-A Percy le encanta la comida azul. -Comentó Thalia.
-Incluso en el campamento, la bebida que pide, hace que sea azul. -Aportó Ethan.
-¿Y eso por qué? -Preguntó Apolo.
Artemisa sonrió y continuó leyendo.
Supongo que tengo que explicar lo de la comida azul.
-Sí por favor. -Pidió Hermes muy curioso.
-Le estás hablando a un libro.
-Cállate tío H. -Hermes se sonrojó avergonzado.
Verás, Gabe le dijo una vez a mi madre que no existía tal cosa. Tuvieron una pelea, que en su momento pareció una tontería, pero desde entonces mi madre se volvió loca por comer azul.
-Opino que es una tontería.
-Y yo opino que no me importa lo que opines cara buho. -Murmuró Poseidón.
-Y yo opino que no me importa que tu opines que no te importa lo que yo opine.
-Pues yo opino que me da igual que tu opines que no te importe que yo opine que a mí no me importe lo que tú opines.
-¡Y yo digo que os calléis de una puta vez! -Bramó Zeus cabreado.
-Opino que estás de mal genio. -Comentó Poseidón con una sonrisa sarcástica.
Zeus tenía verdaderas ganas de meterle a su hermano el rayo por algún sitio. Preferiblemente que le doliera.
Artemisa elevó la voz mientras seguía leyendo. Callando a todo el que hablaba.
Preparaba tartas de cumpleaños y batidos de arándanos azules. Compraba nachos de maíz azul y traía a casa caramelos azules.
Hermes y Apolo se relamieron.
Hestia chasqueó los dedos e hizo aparecer cuencos de palomitas y refrescos delante de cada uno de los que estaban en la sala.
Hermes chasqueó los dedos y la comida y la bebida se volvieron de color azul zafiro.
los semidioses sonrieron agradecidos.
Esto —junto con su decisión de mantener su nombre de soltera, Jackson, en lugar de hacerse llamar señora Ugliano— era prueba de que no estaba totalmente abducida por Gabe.
-Me dan escalofríos en pensar en Sally como "Sally Ugliano." -Se estremeció Thalia.
Los semidioses asintieron de acuerdo con ella.
-Abducida por Gabe. Como si fuera un extraterrestre. Aunque... tal y como lo describen... -Dibagaba Hermes.
Apolo le lanzó una palomita para que volviera de las tierras lejanas de su mente.
El dios de los viajeros parpadeó, carraspeó y miró a Artemisa a la espera de que continuara leyendo.
Tenía una veta rebelde, como yo.
-Percy tiene más que una veta rebelde. -Rió lee.
Thalia y Michael rieron con él.
-No acabaremos nunca. -Suspiró Hera con fastidio.
Cuando anocheció, hicimos una hoguera. Asamos salchichas y malvaviscos. Mamá me contó historias de su niñez, antes de que sus padres murieran en un accidente aéreo.
los dioses miraron a Zeus con suspicacia.
-Esas cosas pasan. Además, no ha pasado aún. -Se justificó para que dejaran de mirarle.
-Quiero un golden retriever. -Dijo Apolo de repente.
Los semidioses le miraron como si se hubiera vuelto loco.
-¿para que le pase lo mismo que al dálmata que quisiste hace un mes? -Preguntó Deméter.
-Eso fue un accidente. Solo quería que viniera conmigo a pilotar el carro del sol.
-¿O lo que le pasó a la pastora alemana que tuviste hace cinco meses? -Interrogó Hefesto.
-Eso fue cosa de Ares. Él fue quien la convirtió en rata.
-papá, Lee también quiere un golden. -Dijo Michael. -Siempre quiso uno.
El mencionado se sonrojó.
-¿Sabes lo que comen verdad? -Preguntó Hades mirando al semidiós.
-Comen pienso. -Respondió lee extrañado.
Hermes rió a carcajadas.
El hijo de Apolo creía que se estaba riendo de él.
-Es que tu padre, no sabía qué comían los perros. -Dijo el dios de los viajeros cuando pudo parar de reír.
Apolo se sonrojó.
Poseidón chasqueó los dedos y en el regazo de Lee apareció un perro amarillo de unos tres meses de edad.
Miró alrededor confundido y después, lamió al chico en la mejilla.
-Eso debía haberlo hecho yo. -Protestó Apolo.
El dios del mar movió la mano quitándole importancia.
Lee acariciaba al cachorro con la mejilla. Sonreía tanto como un niño al que le han dado un dulce.
Los demás semidioses se acercaron a acariciar al perrito.
Su pelaje era suave al tacto. Movía la cola contento.
hestia hizo aparecer comida y agua para el recién llegado.
Afrodita sonreía enternecida.
Ares miraba al animal fijamente.
Éste, giró la cabeza y devolviéndole la mirada le gruñó.
Los dioses rieron ante la cara estupefacta del dios.
Jamás, en sus miles de años de existencia, le había gruñido un animal.
Iba a fulminarlo cuando Lee lo cubrió con los brazos, Apolo le amenazó con una flecha y Poseidón le enseñaba su tridente.
El cachorro le miró esta vez desafiándolo a que le hiciera algo.-¿Cómo vas a llamarlo? -Preguntó Bianca mientras le rascaba detrás de las orejas.
Hades estaba impresionado con el perro. A parte de haber gruñido a Ares, no se apartaba de Bianca a pesar de su ascendencia.
Todos los animales, incluso el que era su animal sagrado, se apartaban de él y de sus descendientes.
Les tenían miedo.
Pero el cachorro parecía estar muy cómodo en presencia de su niña.
-Aún no lo sé. -Dijo lee indeciso.
-Llámalo cosa peluda. -Dijo Castor.
-Mejor, terror de Ares. -Aportó Apolo.
El dios de la guerra tuvo ganas de cometer diosicidio. Para ser más exactos, Apolicidio. Aunque también deseaba cometer Canicidio. Sin embargo no podría hacerlo porque ese semidiós se había convertido en el protegido de poseidón.
Y Afrodita no le perdonaría si se cargaba a ese... bicho.
-Podrías llamarle haicu. -Dijo Thalia sonriendo con inocencia.
Artemisa rió por lo bajo.
-Se podría llamar "Próximamente muerto." -Espetó Ares mirando mal al cachorro.
Una flecha dorada se clavó en el brazo del dios.
-Y agradece que no he querido clavártela en otro lugar.
Una ola de agua conjelada empapó al cabreadísimo dios.
-¿El ártico tío P? -preguntó castañeteando los dientes.
-Se me ha ido la mano.
-Lo llamaré Blake. -Dijo lee finalmente.
Los semidioses y algunos dioses sonrieron.
Poseidón chasqueó los dedos una vez más y un collar azul apareció en el cuello del perro con una chapa con su nombre.
lee le entregó el cachorro a su hermano y se acercó a Poseidón.
-Muchas gracias.
Dio un pequeño salto y besó al dios en la mejilla.
Poseidón encogió su trono a tamaño humano, provocando así que los demás dioses decidieran hacer lo mismo.
Lee sonrió y abrazó a Poseidón.
El dios del mar acercó más al hijo de Apolo contra sí, y le besó suavemente en los labios.
-DE nada. -Dijo cuando acabó el beso.
lee muy ruborizado, volvió al lado de su hermano y cogió a su nuevo compañero en brazos.
Hefesto hizo aparecer una pequeña caseta para que el perro se metiera cuando quisiera descansar.
la había fabricado en veinte minutos.
El hijo de Apolo se lo agradeció con una amplia sonrisa que el dios herrero devolvió.
Unos minutos después, Artemisa continuó leyendo.
Me habló de los libros que quería escribir algún día, cuando tuviera suficiente dinero para dejar la tienda de golosinas.
-Ahora escribe siempre que puede. Y escribe muy bien. -Dijo Thalia.
Al final, reuní valor para preguntarle lo que me rondaba por la mente desde que llegamos a Montauk:
mi padre. A ella se le empañaron los ojos. Supuse que me contaría las mismas cosas de siempre, pero yo nunca me cansaba de oírlas.
-¡Aaaaaauuuuu qué tierno! -Chilló Afrodita.
Blake gimió y se tapó las orejas con sus patitas.
-Hacía mucho que no gritaba. -Comentó ella.
—Era amable, Percy —dijo—. Alto, guapo y fuerte. Pero también gentil. Tú tienes su pelo negro, ya lo sabes, y sus ojos verdes.
-Es como el señor Poseidón pero más pequeño. -Comentó Michael.
El dios del mar sonrió imaginando cómo sería su hijo.
—Mamá pescó una gominola azul de la bolsa de las golosinas—. Ojalá él pudiera verte, Percy. ¡Qué orgulloso estaría!
Me pregunté cómo podía decir eso. ¿Qué tenía yo de fantástico? Era un crío hiperactivo y disléxico con un boletín de notas lleno de insuficientes, expulsado de la escuela por sexta vez en seis años.
-No le conozco, pero ya me siento orgulloso de él.
—¿Cuántos años tenía? —le pregunté—. Quiero decir… cuando se marchó.
Muchos dioses pusieron cara de dolor.
Ellos querían visitar más a sus niños pero no podían a causa de unas antiguas leyes.
Suspiraron y siguieron atentos el progreso de la lectura.
Observó las llamas.
—Sólo estuvo conmigo un verano, Percy. Justo aquí, en esta playa. En esta cabaña.
—Pero me conoció de bebé.
—No, cariño. Sabía que yo estaba esperando un niño, pero nunca te vio. Tuvo que marcharse antes de que tú nacieras.
Seguro que lo vi al menos una vez. -Musitó por lo bajo.
Intenté conciliar aquello con el hecho de que yo creía recordar algo de mi padre. Un resplandor cálido. Una sonrisa. Siempre di por supuesto que él me había conocido al nacer. Mi madre nunca me lo había dicho directamente, pero aun así me parecía lógico. Y ahora me enteraba de que él nunca me había visto…
El dios del mar se entristeció.
Me enfadé con mi padre. Puede que fuera una estupidez, pero le eché en cara que se marchara en aquel viaje por mar y no tuviera agallas para casarse con mamá. Nos había abandonado, y ahora estábamos atrapados con Gabe el Apestoso.
-Ahora percy sabe la verdad y te quiere. -Dijo Charles al ver la cara de dolor de Poseidón.
El dios se lo agradeció con una mínima sonrisa.
—¿Vas a enviarme fuera de nuevo? —pregunté—. ¿A otro internado?
Sacó un malvavisco de la hoguera.
—No lo sé, cariño —dijo con tono serio—. Creo… creo que tendremos que hacer algo.
—¿Porque no me quieres cerca?
-¡Percy Jackson! ¡Voy a meterte un rayo por el culo! ¿Cómo se te ocurre decir algo así? -Bramó Thalia.
Nadie quiso decirle que Percy no estaba y por tanto, le estaba gritando a un libro.
Un rato después, se sentó y siguió murmurando entre dientes disgustada.
Blake se acercó a ella y le dio con su pequeño hocico.
La semidiosa acarició la cabeza del golden hasta que se calmó casi por completo.
—Me arrepentí al instante de pronunciar esas palabras.
Los ojos de mi madre se humedecieron. Me agarró la mano y la apretó con fuerza.
-Aún así, sigo queriendo electrocutar al sesos de alga. -Gruñó.
—Oh, Percy, no. Yo… tengo que hacerlo, cariño. Por tu propio bien. Tengo que enviarte lejos.
Sus palabras me recordaron lo que el señor Brunner había dicho: que era mejor para mí abandonar Yancy.
—Porque no soy normal —respondí.
—Lo dices como si fuera algo malo, Percy. Pero ignoras lo importante que eres. Creí que la academia Yancy estaría lo bastante lejos, pensé que allí estarías por fin a salvo.
—¿A salvo de qué?
Cruzamos las miradas y me asaltó una oleada de recuerdos: todas las cosas raras y pavorosas que me habían pasado en la vida, algunas de las cuales había intentado olvidar.
Poseidón se tensó en su trono.
Blake se alejó de Thalia y acarició la pierna del dios con el morro.
Poseidón lo levantó y lo puso en su regazo.
El perro se acomodó y miró a Artemisa.
la diosa le sonrió.
Cuando estaba en tercer curso, un hombre vestido con una gabardina negra me persiguió por un patio.
Los maestros lo amenazaron con llamar a la policía y él se marchó gruñendo, pero nadie me creyó cuando les dije que bajo el sombrero de ala ancha el hombre sólo tenía un ojo, en medio de la frente.
-¿Sería un cíclope mandado por mí? -Se preguntó el padre de Percy.
Esperaba que así fuera.
Antes de eso: un recuerdo muy, muy temprano. Estaba en preescolar y una profesora me puso a hacer la siesta por error en una cuna en la que se había colado una culebra. Mi madre gritó cuando vino a recogerme y me encontró jugando con una cuerda mustia y con escamas, que de algún modo había conseguido estrangular con mis regordetas manitas.
Todos miraron a Hera.
la diosa resopló disgustada.
En todas las escuelas me había ocurrido algo que ponía los pelos de punta, algo peligroso, y eso me había obligado a trasladarme.
Sabía que debía contarle a mi madre lo de las ancianas del puesto de frutas y lo de la señora Dodds en el museo, mi extraña alucinación de haber convertido en polvo a la profesora de mates con una espada.
Poseidón le frunció el ceño a Hades.
Pero no me atreví. Tenía la extraña intuición de que aquellas historias pondrían fin a nuestra excursión a Montauk, y no quería que eso ocurriera.
-Sesos de alga. -Dijo Thalia suspirando.
—He intentado tenerte tan cerca de mí como he podido —dijo mi madre—. Me advirtieron que era un error. Pero sólo hay otra opción, Percy: el lugar al que quería enviarte tu padre. Y yo… simplemente no soporto la idea.
-ójalá todos los padres mortales fueran como Sally. -Dijo Michael.
-Los semidioses estuvieron de acuerdo con el hijo de Apolo.
Los dioses se entristecieron.
—¿Mi padre quería que fuera a una escuela especial?
—No es una escuela. Es un campamento de verano.
Poseidón sonrió levemente.
La cabeza me daba vueltas. ¿Por qué mi padre —que ni siquiera se había quedado para verme nacer— le había hablado a mi madre de un campamento de verano? Y si era tan importante, ¿por qué ella no lo había mencionado antes?
-para la mayoría de semidioses, el campamento mestizo es su hogar. -Suspiró Charles.
-Ahí es el único sitio donde te sientes normal. -Secundó Lee.
—Lo siento, Percy —dijo al ver mi mirada—. Pero no puedo hablar de ello. Yo… no pude enviarte a ese lugar. Quizá habría supuesto decirte adiós para siempre.
—¿Para siempre? Pero si sólo es un campamento de verano…
-Por suerte, no solo es un campamento de verano. Porque algunos campistas pueden quedarse todo el año. -Comentó Charles.
Se volvió hacia la hoguera, y por su expresión supe que si le hacía más preguntas se echaría a llorar.
-Pobre Sally. -Dijo Thalia.
Esa noche tuve un sueño muy real.
Había tormenta en la playa, y dos animales preciosos —un caballo blanco y un águila dorada— intentaban matarse mutuamente entre las olas de la orilla.
Poseidón y Zeus se miraron.
-¿Por qué estáis peleando ahora? -preguntó Hestia.
El águila se abalanzaba y rasgaba con sus espolones el hocico del caballo. El caballo se volvía y coceaba las alas del águila. Mientras peleaban, la tierra tembló y una voz monstruosa estalló en carcajadas desde algún lugar subterráneo, incitando a las bestias a pelear con mayor fiereza.
los dioses miraron a Hades fijamente.
-¿Por qué iba a ser yo?
-Ha dicho algo subterráneo. -Respondió Atenea.
-Ay muchas más cosas en el inframundo que yo.
La diosa de la sabiduría resopló.
Hades frunció el ceño disgustado.
Corrí hacia la orilla, sabía que tenía que evitar que se mataran, pero avanzaba a cámara lenta.
Los semidioses se estremecieron.
Ellos sí sabían quién era. Y por suerte o por desgracia, eran conscientes de que no era otro que el titán Cronos.
Por eso, Percy avanzaba lentamente.
Sabía que llegaría tarde. Vi al águila lanzarse en picado, dispuesta a sacarle los espantados ojos al caballo, y grité
«¡Nooo!».
Zeus sonrió con suficiencia y Poseidón le sacó el dedo en respuesta.
Me desperté sobresaltado.
Fuera había estallado realmente una tormenta, la clase de tormenta que derriba árboles y casas. No había ningún caballo o águila en la playa, sólo relámpagos que iluminaban todo con fogonazos de luz, y olas de siete metros batiendo contra las dunas como artillería pesada.
-¿Siempre tenéis que estar peleando? -Inquirió Hestia.
-A lo mejor es porque ha sido él el que me ha robado mi rayo. -Replicó Zeus.
-¿Y para qué quiero yo tu estúpido rayo? Además, los dioses no podemos coger los objetos de poder de otros dioses.
Zeus apretó los dientes y abrazó su rayo posesivamente.
Al siguiente trueno, mi madre también se despertó. Se incorporó con los ojos muy abiertos y dijo:
—Un huracán.
Eso era absurdo. Los huracanes nunca llegan a Long Island al principio del verano. Pero al océano parecía habérsele olvidado.
-Ups. -Dijo Poseidón algo avergonzado.
A Lee le encantó esa expresión en la cara del dios.
Michael suspiró preocupado por su hermano.
Por encima del rugido del viento, oí un aullido distante, un sonido enfurecido y torturado que me puso los pelos de punta.
Los semidioses se miraron entre ellos y un escalofrío bajó por sus espaldas.
Después un ruido mucho más cercano, como mazazos en la arena. Y una voz desesperada: alguien gritaba y aporreaba nuestra puerta.
Mi madre saltó de su cama en camisón y abrió el pestillo.
-¡No abras! -Chilló Poseidón.
-Estás gritándole a un libro. -Se quejó Atenea con las manos en las orejas.
Blake saltó de su regazo y se metió en su caseta.
El dios del mar frunció el ceño y miró con rabia a su sobrina.
Grover apareció enmarcado en el umbral contra el aguacero.
El padre de Percy suspieró aliviado.
Pero no era… no era exactamente Grover.
-¿Qué era? -Interrogó Bianca.
Thalia sonrió.
-ya lo verás. -Dijo Castor.
—He pasado toda la noche buscándote —jadeó—. ¿En qué estabas pensando cuando te largaste sin mí?
Mi madre me miró asustada, no por Grover sino por el motivo que lo había traído.
—¡Percy! —gritó para hacerse oír con la lluvia—, ¿qué pasó en la escuela? ¿Qué no me has contado?
-Te han pillado. -Se rió Silena.
Yo estaba paralizado mirando a Grover. No podía comprender qué estaba viendo.
-¿Se habrá transformado en ninfa? -Cuestionó Michael.
-No. Le han salido orejas de burro. -Contestó su hermano.
-Tal vez le hayan crecido antenas enormes y verdes.
-¡Michael! -Se quejó Silena con la cara algo pálida.
—O Zeu kai alloi theoi! —exclamó Grover—. ¡Me viene pisando los talones! ¿Aún no le has contado nada a tu madre?
-Nunca había oído a Grover maldecir. -Comentó Michael.
-Ya te encargas tú de hacerlo por los demás. -Dijo su hermano sonriendo.
Los hijos de Apolo rieron y michael le dio un puñetazo en el brazo a su hermano.
-Eso duele.
-Lo sé.
Estaba demasiado aturdido para registrar que él acababa de maldecir en griego antiguo… y que yo lo había entendido perfectamente. Estaba demasiado aturdido para preguntarme cómo había llegado allí él solo, en medio de la noche. Porque además Grover no llevaba los pantalones puestos, y donde debían estar sus piernas… donde debían estar sus piernas…
-¿Qué había? -Preguntó Hermes sonriendo.
Los semidioses reían por lo bajo.
-Debió ser algo inesperado para él. -Dijo Ethan.
-Seguro que flipó bastante. -Aportó Charles.
Mi madre me miró con seriedad y me habló con un tono que nunca había empleado antes:
—Percy. ¡Cuéntamelo ya!
Tartamudeé algo sobre las ancianas del puesto de frutas y sobre la señora Dodds, y mi madre se quedó mirándome con una palidez mortal a la luz de los relámpagos. Por fin agarró su bolso, me lanzó el impermeable y exclamó:
—¡Meteos en el coche! ¡Los dos! ¡Venga!
Todos estaban tensos.
Grover echó a correr hacia el Cámaro, pero en realidad no corría, no exactamente. Trotaba, sacudía sus peludos cuartos traseros, y de repente su historia sobre una dolencia muscular en las piernas cobró sentido. Comprendí cómo podía avanzar tan rápido y aun así cojear cuando caminaba.
-Sesos de alga. -Dijo Thalia de nuevo.
Sí, lo comprendí porque allí donde debían estar sus pies, no había pies. Había pezuñas.
-¿Pezuñas? ¿Cómo puede ser? -preguntó Castor muy impresionado.
-¿Increíble verdad? -Le siguió el juego Lee.
-El capítulo ya ha terminado. ¿Quién lee el siguiente? -Preguntó Artemisa.
-Yo leeré. -Contestó Ares.
Ante la mirada de Atenea dijo:
-presiento que va a haber una pelea.
Artemisa le pasó el libro al dios. Pero antes de que abriera la boca, una luz naranja apareció en el centro de la sala.
-¿Qué les ha dado a las moiras por hacer aparecer a los semidioses con distintos colores de luz? -Cuestionó Hera con los ojos cerrados.
-A lo mejor quieren ser creativas. -Respondió perséfone.
Los semidioses miraban atentos para saber quién sería esta vez.
Nota: ¿Os está gustando como va quedando?
Si tenéis alguna idea, no dudéis en decírmelo.
¿Queréis que Annabeth siga siendo ella o la convierto en chico?
Podría hacer que Malcolm fuese Annabetth yvicebersa.
Vosotros decidiís.
Por favor. Dejad vuestra opinión.
¿Qué parejas queréis que aparezcan?
¿Qué queréis que sea de michael?
¿Queréis que aparezcan otros personajes? ¿Otros dioses?
Gracias por leer.
