Disclaimer: los personajes y el libro son del genialoso Rick Riordan.

Las intervenciones son mías.

Nota: He intentado ponerlo en cursiva y negrita, pero no sé si estaba activado.

Así que para no armarla, como no veo las letras, he decidido dejarlo como está.

Siento las molestias que pueda causar.

Un saludo y a disfrutar del capi.

Muchas gracias por vuestros comentarios. Me hacen realmente feliz.

Cuando la luz se desvaneció, los semidioses se levantaron dispuestos a atacar al chico que estaba en frente de ellos.

El joven era alto, musculoso, pelo rubio y ojos azules.

Una cicatriz le bajaba desde la parte inferior del ojo hasta la barbilla.

Parecía como si se la hubiese hecho un cuchillo.

Llevaba una camiseta naranja del campamento mestizo y un collar con cinco cuentas en el cuello.

-¿T Thalia? -Preguntó el chico incrédulo.

La semidiosa le fulminó con la mirada.

-¿Pero tú no estabas...?

luke intentó acercarse pero ella le amenazó con un rayo.

-¿Te he hecho algo? -Cuestionó el chico confuso.

-¿De dónde vienes? -Preguntó Silena.

-Del campamento.

-¿De qué época?

-Una semana antes del solsticio de invierno.

-Entonces aún no ha hecho nada. -Dijo Charles.

-No entiendo nada.

-¡Preséntate! -Bramó Hera molesta.

-S soy luke Castellan. Hijo de Hermes y consejero de la cabaña once.

El dios le sonrió a su hijo el cual, le miró molesto.

-¿Por qué estoy aquí?

Apolo chasqueó los dedos y Luke asintió algo confuso todavía.

Se inclinó ante los dioses y se sentó cerca del trono de Hermes.

-Hola Blake. -le dijo al perro que se había acercado a él.

-¿Cómo sabes que se llama así? -Interrogó Ethan.

-Porque no solo le he transmitido lo que hemos leído. Si no que también, lo que ha pasado mientras lo hacíamos.

Lee se sonrojó cuando Luke le miró y le guiñó un ojo.

-Me alegro de Verte Thals. Aunque aún no entiendo por qué estás aquí viva.

La semidiosa respiró hondo y le sonrió.

-Yo también me alegro de verte.

-¿Eres cazadora de Artemisa?

La chica asintió.

-¿Y tú eres...?

-Bianca.

-Encantado de conocerte.

-Lo mismo digo.

-¿Y los demás campistas?

-Creo que solo hemos venido los que hemos muerto según lo que he podido entender. -Respondió Castor.

Luke asintió.

-Venga Ares. Comienza a leer. -Pidió Hestia.

El dios ovedeció.

Capítulo 4

Mi madre me enseña a torear.

-¿A torear? -Preguntó Luke.

A Thalia no le daba buena espina el capítulo.

-Ya verás. -Contestó Silena.

Atravesamos la noche a través de oscuras carreteras comarcales. El viento azotaba el Cámaro. La lluvia golpeaba el parabrisas. Yo no sabía cómo mi madre podía ver algo, pero siguió pisando el acelerador.

En la sala comenzaba a palparse la tensión.

Cada vez que estallaba un relámpago, yo miraba a Grover, sentado junto a mí en el asiento trasero, y pensaba que o me había vuelto majara o él llevaba puestos unos pantalones de alfombra de pelo largo.

-Es lento este sesos de alga. -Comentó Thalia.

Luke se preguntaba quién era ese tal Percy Jackson. Y por qué tenían que leer unos libros que trataban sobre él.

Pero no, tenía aquel olor de las excursiones al zoo de mascotas: olía a lanolina, de la lana; el olor de un animal de granja empapado.

Si Grover estuviese aquí, no le hubiese gustado esa comparación. -Comentó Silena.

—Así que tú y mi madre… ¿os conocíais? —se me ocurrió decir.

Los ojos de Grover miraban una y otra vez el retrovisor, aunque no teníamos coches detrás.

—No exactamente —contestó—. Quiero decir que no nos conocíamos en persona, pero ella sabía que te vigilaba.

—¿Que me vigilabas?

—Te seguía la pista. Me aseguraba de que estuvieras bien. Pero no fingía ser tu amigo —añadió rápidamente—. Soy tu amigo.

-Grover es un gran amigo. -Dijo Luke sonriendo un poco.

Los otros semidioses continuaban mirándolo con recelo.

El hijo de Hermes tenía una ligera idea de por qué le miraban así. Pero prefirió no pensar mucho en eso.

—Vale, pero ¿qué eres exactamente?

—Eso no importa ahora.

—¿Que no importa? Mi mejor amigo es un burro de cintura para abajo…

-Eso no le habrá gustado nada. -Dijo Lee.

-Odia cuando le comparan con un burro. -Aportó Luke.

Thalia rió mirando al hijo de Hermes.

-Yo no sabía que se cabrearía tanto. -Se justificó Luke frotándose el costado.

Thalia siguió riéndose a carcajadas.

-Aún me duele al recordar la patada que me dio con una de sus pezuñas. -Gruñó el chico.

la teniente de las cazadoras rió aún más.

Un rato después, Ares continuó leyendo.

Grover soltó un balido gutural.

—¡Cabra! —gritó.

—¿Qué?

—¡Que de cintura para abajo soy una cabra!

—Pero si acabas de decir que no importa.

Los semidioses y algunos dioses no podían parar de reír.

—¡Bee-ee-ee! ¡Hay sátiros que te patearían ante tal insulto!

-Soy testigo y receptor de ese echo. -Aclaró Luke.

-¿Y duele que te patee un sátiro cabreado? -Interrogó Ethan riéndose.

-¿Tú qué crees?

—¡Uau! Sátiros. ¿Quieres decir criaturas imaginarias como las de los mitos que nos explicaba el señor Brunner?

—¿Eran las ancianas del puesto imaginarias, Percy? ¿Lo era la señora Dodds?

Los chicos tuvieron un escalofrío al acordarse de las moiras y de la furia.

—¡Así que admites que había una señora Dodds!

—Por supuesto.

—Entonces ¿por qué…?

—Cuanto menos sepas, menos monstruos atraerás —respondió Grover, como si fuese una obviedad—.

-No tendrá esa suerte. -Comentó Thalia.

Poseidón se mordía las uñas nervioso.

Tendimos una niebla sobre los ojos de los humanos. Confiamos en que pensaras que la Benévola era una alucinación. Pero no funcionó porque empezaste a comprender quién eres.

—¿Quién…? Un momento. ¿Qué quieres decir?

-Es bastante lento el chico. -Dijo Castor.

-Está flipando aún. -le justificó Michael.

Volví a oír aquel aullido torturado en algún lugar detrás de nosotros, más cerca que antes. Fuera lo que fuese lo que nos perseguía, seguía nuestro rastro.

-¿Qué es ese aullido? -Inquirió Luke.

-Lo sabrás pronto. -Respondió Charles.

—Percy —dijo mi madre—, hay demasiado que explicar y no tenemos tiempo. Debemos llevarte a un lugar seguro.

—¿Seguro de qué? ¿Quién me persigue?

—Oh, casi nadie —soltó Grover, aún molesto por mi comentario del burro—.

-Grover puede ser muy rencoroso cuando quiere. -Dijo luke frotándose aún el costado.

—Sólo el Señor de los Muertos y algunas de sus criaturas más sanguinarias.

-¡Hades!

-Tranquilízate Poseidón. Aún no he hecho nada.

-¡Y más te vale que no lo hagas!

Ares continuó leyendo un rato más tarde.

—¡Grover!

—Perdone, señora Jackson. ¿Puede conducir más rápido, por favor?

Intenté hacerme a la idea de lo que estaba ocurriendo, pero fui incapaz. Sabía que no era un sueño. Yo no tenía imaginación. En la vida se me habría ocurrido algo tan raro.

-Cuando quiere, tiene bastante creatividad. -Dijo Charles intentado aligerar la tensión.

-Sobre todo, cuando persigue a Travis y Connor por todo el campamento. -Rió Silena.

Bianca se preguntó cómo estaría su hermano. Le echaba de menos pero quería ser una cazadora.

Mi madre giró bruscamente a la izquierda. Nos adentramos a toda velocidad en una carretera aún más estrecha, dejando atrás granjas sombrías, colinas boscosas y carteles de «Recoja sus propias fresas» sobre vallas blancas.

Los semidioses sonrieron a la mención de las fresas. Sobre todo Castor.

—¿Adonde vamos? —pregunté.

—Al campamento de verano del que te hablé.

—La voz de mi madre sonó hermética; intentaba no asustarse para no asustarme a mí—. Al sitio donde tu padre quería que fueras.

—Al sitio donde tú no querías que fuera.

—Por favor, cielo —suplicó mi madre—. Esto ya es bastante duro. Intenta entenderlo. Estás en peligro.

-Pobre Sally. -Susurró Thalia.

—¿Porque unas ancianas cortan hilo?

—No eran ancianas —intervino Grover—. Eran las Moiras. ¿Sabes qué significa el hecho de que se te aparecieran? Sólo lo hacen cuando estás a punto… cuando alguien está a punto de morir.

luke tragó saliba.

No sabía por qué, pero eso le aterraba.

—Un momento. Has dicho estás.

—No, no lo he dicho, he dicho alguien.

—Querías decir estás. ¡Te referías a mí!

—¡Quería decir estás como cuando se dice alguien, no tú!

-¿Cómo pueden ponerse a discutir en un momento así? -Cuestionó Thalia nerviosa.

-Es Percy. Nunca hace lo que se espera que haga una persona normal en una situación como esta. -Le recordó Michael.

—¡Chicos! —dijo mamá.

Giró bruscamente a la derecha y vio justo a tiempo una figura que logró esquivar; una forma oscura y fugaz que desapareció detrás de nosotros entre la tormenta.

—¿Qué era eso? —pregunté.

—Ya casi llegamos —respondió mi madre, haciendo caso omiso de mi pregunta—. Un par de kilómetros más. Por favor, por favor, por favor…

No sabía dónde nos encontrábamos, pero me descubrí inclinado hacia delante, esperando llegar allí cuanto antes.

la tensión en la sala podía cortarse con un cuchillo.

Ares leía emocionado la escena.

Esperaba que la pelea se originara pronto.

Fuera, nada salvo lluvia y oscuridad: la clase de paisaje desierto que hay en la punta de Long Island.

Pensé en la señora Dodds metamorfoseándose en aquella cosa de colmillos afilados y alas coriáceas.

Me estremecí. Realmente no era una criatura humana. Y había querido matarme.

Entonces pensé en el señor Brunner… y en su bolígrafo-espada. Antes de que pudiera preguntarle a Grover sobre aquello, se me erizó el vello de la nuca. Hubo un resplandor, una repentina explosión y el coche estalló.

michael agarraba con fuerza el brazo de su hermano. El cual, tenía una mueca de dolor en el rostro.

Sentía que se le iba a caer el brazo.

Blake se acercó a Michael y éste le abrazó con fuerza liverando a Lee.

El animal no se quejó.

Poseidón pensaba que le daría un infarto y eso que no iban ni por la cuarta parte del libro.

Recuerdo sentirme liviano, como si me aplastaran, frieran y lavaran todo al mismo tiempo.

-Eso no suena muy agradable. -Comentó Silena a punto de vomitar.

Despegué la frente de la parte trasera del asiento del conductor y exclamé:

—¡Ay!.

—¡Percy! —gritó mi madre.

Intenté sacudirme el aturdimiento. No estaba muerto y el coche no había explotado realmente. Nos habíamos metido en una zanja. Las portezuelas del lado del conductor estaban atascadas en el barro. El techo se había abierto como una cáscara de huevo y la lluvia nos empapaba. Un rayo. Era la única explicación.

Poseidón miraba a Zeus con verdaderas ganas de matarlo tres veces.

El dios de los cielos no prestó atención a su hermano.

Nos había sacado de la carretera. Junto a mí, en el asiento, Grover estaba inmóvil.

—¡Grover!

Tumbado hacia delante, un hilillo de sangre le corría por la comisura de los labios. Le sacudí la peluda cadera mientras pensaba: «¡No! ¡Aunque seas mitad cabra, eres mi mejor amigo y no quiero que te mueras!

-incluso cuando están en verdadero peligro, Percy se comporta como si nada. -Resopló Thalia.

-Es muy leal. -Dijo Lee.

Poseidón se preocupó un poco por eso.

—Comida —gimió, y supe que había esperanza.

-Por un momento me había asustado. -Dijo Luke.

—Percy —dijo mi madre—, tenemos que…

—Le falló la voz.

Miré hacia atrás. En un destello de un relámpago, a través del parabrisas trasero salpicado de barro, vi una figura que avanzaba pesadamente hacia nosotros en el recodo de la carretera. La visión me puso piel de gallina. Era la silueta oscura de un tipo enorme, como un jugador de fútbol americano. Parecía sostener una manta sobre la cabeza. Su mitad superior era voluminosa y peluda. Con los brazos levantados parecía tener cuernos.

Tragué saliva.

Poseidón cada vez iba palideciendo más y más.

Lee se acercó a él algo inseguro.

El dios le abrazó con fuerza y escondió la cara en su cuello.

lee solo pensaba en que ojalá no apretara muy fuerte y le partiera todas las costillas como si fueran ramitas.

—¿Quién es…?

—Percy —dijo mi madre, mortalmente sería—. Sal del coche.

E intentó abrir su portezuela, pero estaba atascada en el barro. Lo intenté con la mía. También estaba atascada. Miré desesperadamente el agujero del techo. Habría podido ser una salida, pero los bordes chisporroteaban y humeaban.

Poseidón gimió desesperado.

-No le conozco y ya va a matarme de un infarto.

Lee estaba algo incómodo pero decidió no quejarse.

A los semidioses les extrañaba muchísimo la reacción del dios del mar.

Se preguntaban: ¿si fueran ellos, sus padres mostrarían la misma preocupación que Poseidón?

Prefirieron pensar que así sería.

Aunque Luke dudaba que su padre se preocupara así por él.

Algunos sintieron envidia sana por Percy.

Se alegraban de que su padre se preocupara incluso sin conocerlo, pero querían que sus progenitores también mostraran esa preocupación por ellos.

—¡Sal por el otro lado! —urgió mi madre—. Percy, tienes que correr. ¿Ves aquel árbol grande?

-Salgo antes que todos vosotros. -Se jactó Thalia intentando aligerar la tensión.

-Pero sales como un pino. -Devolvió Michael.

La semidiosa le sacó la lengua.

—¿Qué?

Otro resplandor, y por el agujero humeante del techo vi lo que me indicaba: un grueso árbol de Navidad del tamaño de los de la Casa Blanca, en la cumbre de la colina más cercana.

-¡No soy ningún árbol de Navidad!

Bianca no comprendía nada de lo que hablaba Thalia.

-Un bonito árbol de navidad. -Rió Michael.

La cazadora le enseñó el dedo del medio.

—Ese es el límite de la propiedad, el campamento del que te hablé —insistió mi madre—. Sube a esa colina y verás una extensa granja valle abajo. Corre y no mires atrás. Grita para pedir ayuda. No pares hasta llegar a la puerta.

-No querrá irse sin su madre. -Dijo Apolo.

-¿Cómo lo sabes? -Cuestionó Atenea.

-Porque se nota que se preocupa por los demás antes que de él mismo.

-Tiene razón señor. -Confirmó Silena.

—Mamá, tú también vienes.

—Tenía la cara pálida y los ojos tristes como cuando miraba el océano—. ¡Venga, mamá! —grité—. Tú vienes conmigo. Ayúdame a llevar a Grover…

-Lo dije.

-Deja que Ares siga leyendo. -Refunfuñó Atenea.

—¡Comida! —gimió Grover de nuevo.

-Tenía que ser Grover. -Suspiró Luke sonriendo un poco.

El hombre con la manta en la cabeza seguía aproximándose, mientras bufaba y gruñía. Cuando estuvo lo bastante cerca, reparé en que no podía estar sosteniendo una manta sobre la cabeza, porque sus manos, unas manos enormes y carnosas, le colgaban de los costados. No había ninguna manta. Lo que significaba que aquella enorme y voluminosa masa peluda, demasiado grande para ser su cabeza… era su cabeza. Y las puntas que parecían cuernos…

-¿Es el minotauro? -Preguntó Poseidón en un susurro.

Lee asintió muy despacio.

-Percy está bien. -Intentó tranquilizarlo Lee.

-Este chico va a matarme. -Volvió a gemir el dios un poco más calmado.

—No nos quiere a nosotros —dijo mi madre—. Te quiere a ti. Además, yo no puedo cruzar el límite de la propiedad.

—Pero…

—No tenemos tiempo, Percy. Vete, por favor.

Entonces me enfadé: me enfadé con mi madre, con Grover la cabra y con aquella cosa que se nos echaba encima, lenta e inexorablemente, como un toro.

-Grover la cabra. -Dijo Thalia incrédula.

-Ten cuidado no le llames así. A ver si te va a dar una patada como a mí.

Trepé por encima de Grover y abrí la puerta bajo la lluvia.

—Nos vamos juntos. ¡Vamos, mamá!

—Te he dicho que…

—¡Mamá! No voy a dejarte. Ayúdame con Grover.

No esperé su respuesta. Salí a gatas fuera y arrastré a Grover. Me resultó demasiado liviano para sus dimensiones, pero no habría llegado muy lejos si mi madre no me hubiera ayudado.

Nos echamos los brazos de Grover por los hombros y empezamos a subir a trompicones por la colina, a través de hierba húmeda que nos llegaba hasta la cintura.

-percy tiene mucha voluntad. -Dijo Michael con la cara enterrada en el pelaje de Blake.

-Por eso es considerado el líder del campamento. -Aportó Castor.

Luke no se sorprendió del todo por la afirmación del hijo de Dioniso. Al fin y al cabo, era un hijo de los tres grandes.

Aunque aún seguía preguntándose, ¿Cómo era que Thalia estaba viva si hasta donde él sabía seguía siendo un pino?

Al mirar atrás, vi al monstruo claramente por primera vez. Medía unos dos metros, sus brazos y piernas eran algo similar a la portada de la revista Muscle Man: bíceps y tríceps y un montón más de íceps, todos ellos embutidos en una piel surcada de venas como si fueran pelotas de béisbol.

Silena y su madre se estremecieron de asco.

No llevaba ropa excepto la interior —unos calzoncillos blancos—.

Bianca arrugó la nariz.

Cosa que habría resultado graciosa de no ser porque la parte superior del cuerpo daba tanto miedo. Una pelambrera hirsuta y marrón comenzaba a la altura del ombligo y se espesaba a medida que ascendía hacia los hombros.

-Es asqueroso. -Opinó Ethan.

Zeus ya se había dado cuenta y apostaba su rayo maestro a que Poseidón también lo había hecho. Lo que no entendía, era por qué aún no había ido a clavarle su tridente como había hehcho con Hades.

-(¿Se deberá al hijo de Apolo?) -Se preguntó.

Decidió no darle más vueltas y seguir prestando atención a la lectura.

El cuello era una masa de músculo y pelo que conducía a la enorme cabezota, que tenía un hocico tan largo como mi brazo, y narinas altivas de las que colgaba un aro de metal brillante, ojos negros y crueles, y cuernos: unos enormes cuernos blanquinegros con puntas tan afiladas como no se consiguen con un sacapuntas eléctrico.

-¿El minotauro? -Preguntó luke con un hilo de voz.

Thalia asintió.

Poseidón trató de zafarse de los brazos de Lee sin éxito.

podría haberlo conseguido pero no quería hacerle daño por alguna razón que aún no comprendía.

-Ya te he dicho que Percy está bien.

-pero eso no quita que quiera matarlo.

-En teoría, aún no ha sucedido nada.

El dios furioso, liberó una de sus manos y le lanzó una gran ola del océano antártico a un desprevenido Zeus.

El dios de los cielos, se estremeció de frío.

-¡Joder!

-Eso te pasa por mandar a esa bestia en contra de mi hijo.

-¡Aún no he hecho tal cosa!

-Tómatelo como una advertencia.

Zeus iba a lanzarle un rayo a su hermano pero la mirada peligrosa de su hijo Apolo le detuvo. Miró a sus manos y vio que tenía su arco listo con una flecha y le apuntaba a la entrepierna.

Sabía que esa flecha no fallaría por mucho que se moviera.

Se preguntó brevemente: ¿Qué les había dado a los gemelos por apuntar con sus flechas a las entrepiernas ajenas?

Pero decidió no saberlo.

Preparó el rayo listo para lanzarlo sin importarle la mirada de Apolo.

No comprendía por qué le miraba así de todos modos.

Entonces cayó en la cuenta.

Uno de los hijos de Apolo estaba justo delante de su hermano.

Si lanzaba el rayo le daría a él y eso no le haría ninguna gracia al dios del sol.

Apretó los dientes y prestó atención a las palabras de Ares.

De repente lo reconocí. Aquel monstruo aparecía en una de las primeras historias que nos había contado el señor Brunner. Pero no podía ser real.

Parpadeé para quitarme la lluvia de los ojos.

—Es…

—El hijo de Pasífae —dijo mi madre—. Ojalá hubiera sabido cuánto deseaban matarte.

-La señora Jackson es muy lista. Sabe que los nombres pueden ser peligrosos. -Comentó Atenea.

—Pero es el Min…

-¡No lo digas! -Gritaron Poseidón, Thalia y Michael.

-Es el innomrable. -Dijo Luke.

-Quién vosotros sabéis. -Continuó Castor.

-Es... Voldemort. -Finalizó Ethan.

-¿Quién es Voldibar? -Preguntó Hermes.

Los semidioses pusieron caras espantadas.

-¿No sabéis quién es el señor oscuro? -Interrogó michael incrédulo.

-Venimos del futuro. -Les recordó Silena.

-Además, estamos leyendo otro libro. -Dijo Thalia.

Los chicos asintieron y dejaron continuar al dios de la guerra.

—No digas su nombre —me advirtió—. Los nombres tienen poder.

-Sally tiene razón. -Dijo Deméter.

El árbol seguía demasiado lejos: a unos treinta metros colina arriba, por lo menos.

Volví a mirar atrás.

El hombre toro se inclinó sobre el coche, mirando por las ventanillas. En realidad, más que mirar olisqueaba, como siguiendo un rastro. Me pregunté si era tonto, pues no estábamos a más de quince metros.

-No ve ni oye bien. Se guía por el olfato. -Aclaró Atenea.

—¿Comida? —repitió Grover.

-Este Grover... -Dijo Luke.

—Chist —susurré—. Mamá, ¿qué está haciendo? ¿Es que no nos ve?

—Ve y oye fatal. Se guía por el olfato. Pero pronto adivinará dónde estamos.

Atenea sonrió para sí.

Como si mamá le hubiera dado la entrada, el hombre toro aulló furioso. Agarró el Cámaro de Gabe por el techo rasgado, y el chasis crujió y se resquebrajó. Levantó el coche por encima de su cabeza y lo arrojó a la carretera, donde cayó sobre el asfalto mojado y patinó despidiendo chispas a lo largo de más de cien metros antes de detenerse. El tanque de gasolina explotó.

-Ni un rasguño. -Dijo Poseidón recordando las palabras de aquel proyecto de hombre.

«Ni un rasguño», recordé decir a Gabe.

¡Vaya!

El dios del mar sonrió un poco ante la similitud con su hijo.

Tenía ganas de conocerlo.

—Percy —dijo mi madre—, cuando te vea embestirá. Espera hasta el último segundo y te apartas de su camino saltando a un lado. No cambia muy bien de dirección una vez se lanza en embestida. ¿Entiendes?

—¿Cómo sabes todo eso?

—Llevo mucho tiempo temiendo este ataque. Debería haber tomado las medidas oportunas. Fui una egoísta al mantenerte a mi lado.

—¿Al mantenerme a tu lado? Pero qué…

-Sally es demasiado buena. -Suspiró Charles.

Otro aullido de furia y el hombre toro empezó a subir la colina con grandes pisotones.

Nos había olido.

El solitario pino estaba sólo a unos metros, pero la colina era cada vez más empinada y resbaladiza, y Grover nos pesaba más. El monstruo se nos echaba encima. Unos segundos más y lo tendríamos allí.

Poseidón abrazó con más fuerza al rubio adolescente.

Apolo miraba la escena con preocupación.

No quería que su hijo sufriera.

Decidió apartar la mirada.

Entonces sus ojos se posaron en el hijo de Hermes, y decidió mirarlo a él.

Mi madre debía de estar exhausta, pero sostenía a Grover con el hombro.

—¡Márchate, Percy! ¡Aléjate de nosotros! Recuerda lo que te he dicho.

No quería hacerlo, pero ella estaba en lo cierto: era nuestra única oportunidad. Eché a correr hacia la izquierda, me volví y vi a la criatura abalanzarse sobre mí. Los oscuros ojos le brillaban de odio.

Apestaba como carne podrida. Agachó la cabeza y embistió, apuntando los cuernos afilados como navajas directamente a mi pecho.

Michael sujetaba a Blake como si éste fuera su salvavidas.

Sabía que Percy estaba bien, pero eso no evitaba que se pusiera nervioso.

Lee comenzaba a tener dificultades para respirar debido a la fuerza con la que le sujetaba Poseidón.

El miedo me urgía a salir pitando, pero eso no funcionaría. Jamás lograría huir corriendo de aquella cosa. Así que me mantuve en el sitio y, en el último momento, salté a un lado.

Todos suspiraron algo aliviados.

El hombre toro pasó como un huracán, como un tren de mercancías. Soltó un aullido de frustración y se dio la vuelta, pero esta vez no hacia mí, sino hacia mi madre, que estaba dejando a Grover sobre la hierba.

-¡Por todos los dioses! -Gritó Thalia sin poder contenerse más.

Habíamos alcanzado la cresta de la colina. Al otro lado veía un valle, justo como había dicho mi madre, y las luces de una granja azotada por la lluvia. Pero estaba a unos trescientos metros. Jamás lo conseguiríamos.

Ares leía con una sonrisa sádica.

le encantaban las peleas.

El monstruo gruñó, piafando. Siguió mirando a mi madre, que empezaba a retirarse colina abajo, hacia la carretera, tratando de alejarlo de Grover.

—¡Corre, Percy! —gritó—. ¡Yo no puedo acompañarte! ¡Corre!

-¡Corre Percy por todos los hipocampos!

Poseidón estaba tan exaltado, que no le importaba estar gritándole a un libro.

Sólo quería que el dichoso capítulo acabara de una vez.

Pero me quedé allí, paralizado por el miedo, mientras la bestia embestía contra ella. Mi madre intentó apartarse, como me había dicho que hiciera, pero esta vez la criatura fue más lista: adelantó una horripilante mano y la agarró por el cuello antes de que pudiese huir. Aunque ella se resistió, pataleando y lanzando puñetazos al aire, la levantó del suelo.

—¡Mamá! ¡Aguanta que voy!

Ella me miró a los ojos y consiguió emitir una última palabra:

—¡Huye!

Entonces, con un rugido airado, el monstruo apretó las manos alrededor del cuello de mi madre y ella se disolvió ante mis ojos, convirtiéndose en luz, una forma resplandeciente y dorada, como una proyección holográfica. Un resplandor cegador, y de repente… había desaparecido.

-¿Qué? ¿Ha muerto? -Preguntó Afrodita horrorizada.

-¿Entonces, cómo es posible que tú la conozcas? -Cuestionó Atenea.

-Saldrá a lo largo de los libros. -Contestó Thalia.

Poseidón respiraba más calmado.

Si la semidiosa no estaba afligida, entonces es que todo había ido bien al final.

Se calmó poco a poco y entonces se dio cuenta de la fuerza con la que sujetaba al chico.

Aflojó el agarre que tenía sobre él pero no le dejó ir.

Lee respiró hondo.

por fin podía coger aire.

—¡Noooo!

La ira sustituyó al miedo. Sentí una fuerza abrasadora que me subía por las extremidades: el mismo subidón de energía que me había embargado cuando a la señora Dodds le crecieron garras. El hombre toro se volvió hacia Grover, que yacía indefenso en la hierba. Se le aproximó, olisqueando a mi mejor amigo como dispuesto a levantarlo y disolverlo también. No iba a permitirlo. Me quité el impermeable rojo.

-Así es percy. -Suspiró la teniente de Artemisa.

—¡Eh, tú! ¡Eh! —grité, mientras sacudía el impermeable, corriendo hacia el monstruo—. ¡Eh, imbécil! ¡Mostrenco!

—¡Brrrrr!

—Se volvió hacia mí sacudiendo los puños carnosos.

Tenía una idea; una idea estúpida, pero fue la única que se me ocurrió. Me puse delante del grueso pino y sacudí el impermeable rojo ante el hombre toro, listo para saltar a un lado en el último momento.

Pero no sucedió así.

El monstruo embistió demasiado rápido, con los brazos extendidos para cortar mis vías de escape.

-Que acabe ya. -Suplicó Michael con la cara enterrada aún en el pelaje de Blake.

El tiempo se ralentizó.

Mis piernas se tensaron. Como no podía saltar a un lado, salté hacia arriba y, brincando en la cabeza de la criatura como si fuera un trampolín, giré en el aire y aterricé sobre su cuello. ¿Cómo lo hice? No tuve tiempo de analizarlo. Un micro-segundo más tarde, la cabeza del monstruo se estampó contra el árbol y el impacto casi me arranca los dientes.

-Eso me dolió. -Dijo thalia frotándose el estómago.

El hombre toro se sacudió, intentando derribarme. Yo me aferré a sus cuernos para no acabar en tierra.

Los rayos y truenos aún eran abundantes. La lluvia me nublaba la vista y el olor a carne podrida me quemaba la nariz. El monstruo se revolvía girando como un toro de rodeo. Tendría que haber reculado hacia el árbol y aplastarme contra el tronco, pero al parecer aquella cosa sólo tenía una marcha: hacia delante.

-Menos mal. Algo es algo. -Suspiró Silena.

Grover seguía gimiendo en el suelo. Quise gritarle que se callara, pero de la manera en que me estaban zarandeando de un lado a otro, si hubiese abierto la boca me habría mordido la lengua.

—¡Comida! —insistía Grover.

-Vaya qué oportuno el sátiro. -Comentó Perséfone.

El hombre toro se encaró hacia él, piafó de nuevo y se preparó para embestir. Pensé en cómo había estrangulado a mi madre, cómo la había hecho desaparecer en un destello de luz, y la rabia me llenó como gasolina de alto octanaje. Le agarré un cuerno e intenté arrancárselo con todas mis fuerzas. El monstruo se tensó, soltó un gruñido de sorpresa y entonces… ¡crack! Aulló y me lanzó por los aires.

Aterricé de bruces en la hierba, golpeándome la cabeza contra una piedra. Me incorporé aturdido y con la visión borrosa, pero tenía un trozo de cuerno astillado en la mano, un arma del tamaño de un cuchillo.

Los dioses estaban muy sorprendidos aunque no lo mostraran.

El monstruo embistió una vez más.

Sin pensarlo, me hice a un lado, me puse de rodillas y, cuando pasó junto a mí como una exhalación, le clavé el asta partida en un costado, hacia arriba, justo en la peluda caja torácica.

-¡Así se hace Percy! -Chilló Thalia.

-Nadie quiso aclararle que eso ya había pasado y por tanto, estaba animando a un libro.

Preferían no ser atravesados por una de sus flechas.

El hombre toro rugió de agonía. Se sacudió, se agarró el pecho y por fin empezó a desintegrarse; no como mi madre, en un destello de luz dorada, sino como arena que se desmorona. El viento se lo llevó a puñados, del mismo modo que a la señora Dodds.

La criatura había desaparecido.

Todos aplaudieron porque al fin ese bicho hubiera desaparecido.

Ares sonreía como loco.

-¡Así se hace chico! -Gritó. -¡Eso si que es una buena pelea!

La lluvia cesó. La tormenta aún tronaba, pero ya a lo lejos. Apestaba a ganado y me temblaban las rodillas. Sentía la cabeza como si me la hubieran partido en dos. Estaba débil, asustado y temblaba de pena. Acababa de ver a mi madre desvanecerse. Quería tumbarme en el suelo y llorar, pero Grover necesitaba ayuda, así que me las apañé para tirar de él y adentrarme a trompicones en el valle, hacia las luces de la granja. Lloraba, llamaba a mi madre, pero seguí arrastrando a Grover: no pensaba dejarlo en la estacada.

-Es tan bueno... -Le susurró Michael al perro.

Éste le lamió el ojo derecho.

Lo último que recuerdo es que me derrumbé en un porche de madera, mirando un ventilador de techo que giraba sobre mi cabeza, polillas revoloteando alrededor de una luz amarilla, y los rostros severos de un hombre barbudo de expresión familiar y un chico guapo con una melena rubia ondulada de príncipe.

-Apuesto a que es Malcolm. -Dijo Thalia sonriendo.

Michael apretó los dientes pero no dijo nada.

Ambos me miraban, y el chico dijo:

—Es él. Tiene que serlo.

—Silencio, Malcolm—repuso el hombre—. El chico está consciente. Llévalo dentro.

-¿Veis? ¡Lo que yo decía!

-Nadi ha dicho lo contrario Thals. -Dijo Luke.

Ella le sacó la lengua.

-El capítulo ha acabado. ¿Quién quiere leer?

Castor levantó la mano y con un chasquido de dedos por parte del dios de la guerra, el libro acabó en las manos del semidiós.

El chico iba a continuar leyendo, pero la conocida luz esta vez verde, llenó la sala.

-Y dale con cambiar el color de las dichosas lucecitas. -Refunfuñó Hera.

Nota: ¿Quién queréis que sea el siguiente en aparecer?