Disclaimer: los personajes y el libro son del genialoso Rick Riordan.

Las intervenciones son mías.

Al desvanecerse la luz, podía verse a un centauro algo aturdido.

-¿Qué hago aquí mis dioses?

-Bienvenido Quirón. -Dijo Zeus.

Apolo chasqueó los dedos y un rato después, Quirón comprendió.

-Me alegro de veros a todos. De la época de la que yo vengo, ninguno de vosotros estáis con vida por desgracia.

Miró a Luke pero no dijo nada.

Se acomodó cerca del trono de Zeus dispuesto a escuchar la lectura.

Al ver que nadie hablaba, Castor comenzó a leer.

Capítulo 5. Juego al pinacle con un caballo.

-No soy un caballo. Soy un centauro.

-Me encantan los títulos de los capítulos. -Rió Hermes.

Tuve sueños rarísimos, llenos de animales de granja. La mayoría de ellos quería matarme; el resto quería comida.

Apolo se atragantó con la risa.

Poseidón se dio cuenta de que seguía sosteniendo a Lee. Le soltó y el hijo de Apolo se sentó al lado de su hermano. Blake enseguida se subió a su regazo.

Quirón sonrió al ver al perro.

Poseidón volvió a sentirse decepcionado. Le gustaría que el chico se quedase a su lado.

-(¿Qué me estás haciendo pequeño semidiós?) -Se preguntó confuso.

Suspiró y siguió prestando atención.

Debí de despertarme varias veces, pero lo que oía y veía no tenía ningún sentido, así que volvía a quedarme grogui. Me recuerdo descansando en una cama suave, alguien dándome cucharadas de algo que sabía a palomitas de maíz con mantequilla pero que era pudin.

-Ambrosía. -Declaró Michael.

El chico de cabello rizado y rubio sonreía cuando me enjugaba los restos de la barbilla.

-Son adorables. -Dijo Afrodita.

Thalia asintió de acuerdo con ella.

-Aquí hay una historia deamor. Estoy segura.

Afrodita revotaba en su trono.

—¿Qué va a pasar en el solsticio de verano? —me preguntó al verme con los ojos abiertos.

—¿Qué? —mascullé.

-Percy no tiene ni idea. -Comentó Silena.

Miró alrededor, como si temiera que alguien le oyera.

—¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que han robado? ¡Sólo tenemos unas semanas!

—Lo siento —murmuré—, no sé…

-¿No se supone que los médicos son los hijos de Apolo? -Interrogó Hefesto.

Malcolm nos sacó de allí. -Dijo Lee.

-¿Y no os resistísteis?

-Nos ofreció un trato que no pudimos rechazar lady Deméter.

Thalia sonrió.

Alguien llamó a la puerta, y el chico me llenó la boca rápidamente de pudin.

-Era yo para comprobar su estado. -Dijo Lee. -Malcolm casi me arranca la cabeza.

La siguiente vez que desperté, el chico se había ido.

Un tipo rubio y fornido, con aspecto de surfero, estaba de pie en una esquina de la habitación, vigilándome. Tenía ojos azules —por lo menos una docena de ellos— en las mejillas, en la frente y en el dorso de las manos.

Argos. -Dijo Hera sonriendo.

Cuando por fin recobré la conciencia plenamente, no había nada raro alrededor, salvo que era más bonito de lo normal. Estaba sentado en una tumbona en un espacioso porche, contemplando un prado de verdes colinas. La brisa olía a fresas. Tenía una manta encima de las piernas y una almohada detrás de la cabeza.

Los semidioses sonrieron ante la descripción.

Todo aquello estaba muy bien, pero sentía la boca como si un escorpión hubiera anidado en ella. Tenía la lengua seca y estropajosa y me dolían los dientes.

-Puag. -Dijo Silena.

En la mesa a mi lado había una bebida en un vaso alto. Parecía zumo de manzana helado, con una pajita verde y una sombrillita de papel pinchada en una guinda. Tenía la mano tan débil que el vaso casi se me cae cuando por fin conseguí rodearlo con los dedos.

Algunos se relamieron porque sabían lo que era.

—Cuidado —dijo una voz familiar.

Grover estaba recostado contra la barandilla del porche, con aspecto de no haber dormido en una semana. Debajo del brazo llevaba una caja de zapatos. Vestía vaqueros, zapatillas altas Converse y una camiseta naranja con la leyenda «CAMPAMENTO mestizo». El Grover de siempre, no el chico cabra.

-La verdad que no había dormido en ese tiempo. -Comentó Charles.

-Parecía un sátiro zombi. -Secundó Ethan.

Así que quizá había tenido una pesadilla. Igual mi madre estaba sana y salva. Tal vez seguíamos de vacaciones y habíamos parado en esa gran casa por algún motivo. Y…

Thalia y Poseidón pusieron cara de dolor.

—Me has salvado la vida —dijo Grover—. Y yo… bueno, lo mínimo que podía hacer era… volver a la colina y recoger esto. Pensé que querrías conservarlo.

Dejó la caja de zapatos en mi regazo con gran reverencia.

Contenía un cuerno de toro blanquinegro, astillado por la base, donde se había partido. La punta estaba manchada de sangre reseca. No había sido una pesadilla.

-Pobre Percy. -Se lamentó Hestia.

—El Minotauro… —dije, recordando.

—No pronuncies su nombre, Percy…

-Es el innombrable. -Dijo Luke.

-Yo sigo sin saber quién es Voldivar. -Se quejó Hermes.

-En el descanso se lo explicamos. -Comentó Michael.

-No puede ser que no sepáis quien es Harry Potter. Me dan escalofríos de solo pensarlo. -Secundó Charles.

—Así es como lo llaman en los mitos griegos, ¿verdad? El Minotauro. Mitad hombre, mitad toro.

Grover se removió incómodo.

—Has estado inconsciente dos días. ¿Qué recuerdas?

—Dime qué sabes de mi madre. ¿De verdad ella ha…?

Bajó la cabeza.

Yo volví a contemplar el prado. Había arboledas, un arroyo serpenteante y hectáreas de campos de fresas que se extendían bajo el cielo azul. El valle estaba rodeado de colinas ondulantes, la más alta de las cuales, justo enfrente de nosotros, era la que tenía el enorme pino en la cumbre. Incluso aquello era bonito a la luz del día.

-Es maravilloso el campamento. -Dijo Quirón.

Pero mi madre se había ido y el mundo entero tendría que ser negro y frío. Nada debería resultarme bonito.

-Nunca he oído a Percy ser pesimista. -Se sorprendió Silena.

-Su madre ha muerto. ¿Qué quieres, que salte de alegría? -Preguntó Thalia.

La hija de Afrodita miró hacia otro lado.

—Lo siento —sollozó Grover—. Soy un fracaso. Soy… soy el peor sátiro del mundo.

Gimió y pateó tan fuerte el suelo que se le salió el pie, bueno, la zapatilla Converse: el interior estaba relleno de polispán, salvo el hueco para la pezuña.

—¡Oh, Estige! —rezongó.

Un trueno retumbó en el cielo despejado.

Mientras pugnaba por meter su pezuña en el pie falso pensé: «Bueno, esto lo aclara todo.» Grover era un sátiro. Si le afeitaba el pelo rizado, seguramente encontraría cuernecitos en su cabeza.

-Los Stol lo intentaron una vez. -Dijo Charles.

-También acabaron probando las pezuñas de Grover. -Aportó Ethan.

hermes sonreía.

Pero estaba demasiado triste para que me importara la existencia de sátiros, o incluso de minotauros. Todo aquello sólo significaba que mi madre había sido realmente reducida a la nada, que se había disuelto en aquel resplandor dorado.

-Es tan triste. -Sollozó Bianca acordándose de su madre.

Estaba solo. Me había quedado completamente huérfano. Tendría que vivir con… ¿Gabe el Apestoso?

-¡No! ¡Eso nunca! -Vociferó Poseidón.

No, eso nunca. Antes viviría en las calles, o fingiría tener diecisiete años para alistarme en el ejército.

-No lo conseguiría. No aparentaba diecisiete de ninguna manera. -Rió Quirón.

Haría algo, cualquier cosa.

Grover seguía sollozando. El pobre chico —o pobre cabra, sátiro, lo que fuera— parecía estar esperando un castigo.

-Me encanta como piensa Percy. -Dijo Apolo.

-No le conozco y ya me cae bien. -Secundó Hermes.

—No ha sido culpa tuya —le dije.

—Sí, sí que lo ha sido. Se suponía que yo tenía que protegerte.

—¿Te pidió mi madre que me protegieras?

—No, pero es mi trabajo. Soy un guardián. Al menos… lo era.

—Pero ¿por qué…?

-Voy a patearle ese trasero de cabra que tiene. -Refunfuñó Thalia.

—De repente me sentí mareado, la vista se me nubló.

—No te esfuerces más de la cuenta. Toma.

Me ayudó a sostener el vaso y me puso la pajita en la boca.

Su sabor me sorprendió, porque esperaba zumo de manzana. No lo era. Sabía a galletas con trocitos de chocolate, galletas líquidas. Y no cualquier galleta, sino las que mi madre preparaba en casa, con sabor a mantequilla y calientes, con los trocitos de chocolate derritiéndose.

-Esas galletas están deliciosas. -Comentó Thalia.

Hestia chasqueó los dedos y delante de cada uno, aparecieron unas galletas iguales a las que había descritas en el libro.

-Muchas gracias lady Hestia. -Dijeron los semidioses.

Ella sonrió.

Al bebérmelo, sentí un calor intenso y una recarga de energía en todo el cuerpo. No desapareció la pena, pero me sentí como si mi madre acabara de acariciarme la mejilla y darme una galleta como hacía cuando era pequeño, como si acabara de decirme que todo iba a salir bien.

-Qué dulce. -Comentó Silena extasiada.

-A mí el néctar me sabe a helado de bainilla. -Comentó Thalia.

-A mí me recuerda al algodón de azúcar. -Aportó Charles.

-El sabor es igual a el postre de chocolate y nueces que preparaba mi abuela Tina. -Suspiró Silena.

-Yo siento como si estuviera bebiendo fresas con leche condensada. -Dijo Luke.

-A mí me sabe a chocolate. -Aportó Lee.

-Yo no lo he probado nunca. -Habló Bianca.

-El néctar me sabe a tarta de queso. -Se relamió Michael.

-A mí me recuerda al sabor de las uvas. -Expresó Castor.

-A mí me parece como si comiera nata montada. -Comentó Ethan.

Un rato después, Castor siguió leyendo.

Antes de darme cuenta había vaciado el vaso. Lo miré fijamente, convencido de que había tomado una bebida caliente, pero los cubitos de hielo ni siquiera se habían derretido.

—¿Estaba bueno? —preguntó Grover.

Asentí.

—¿A qué sabía?

—Sonó tan compungido que me sentí culpable.

—Perdona —le contesté—. Debí dejar que lo probaras.

—¡No! No quería decir eso. Sólo… sólo era curiosidad.

—Galletas de chocolate. Las de mamá. Hechas en casa.

Suspiró.

-percy es muy buen chico. -Comentó Quirón.

—¿Y cómo te sientes?

—Podría arrojar a Nancy Bobofit a cien metros de distancia.

—Eso está muy bien —dijo—. Pero no debes arriesgarte a beber más.

—¿Qué quieres decir?

Me retiró el vaso con cuidado, como si fuera dinamita, y lo dejó de nuevo en la mesa.

—Vamos. Quirón y el señor D están esperándote.

-¿Quién es el señor D? -preguntó Apolo.

Algunos soltaron risitas.

La galería del porche rodeaba toda aquella casa, llamada Casa Grande.

Al recorrer una distancia tan larga, las piernas me flaquearon. Grover se ofreció a transportar la caja con el cuerno del Minotauro, pero yo me empeñé en llevarla. Aquel recuerdo me había salido caro. No iba a desprenderme de él tan fácilmente.

-Lo llevaba a todas partes. -Confirmó Lee.

Cuando giramos en la esquina de la casa, inspiré hondo.

Debíamos de estar en la orilla norte de Long Island, porque a ese lado de la casa el valle se fundía con el agua, que destellaba a lo largo de la costa. Lo que vi me sorprendió sobremanera. El paisaje estaba moteado de edificios que parecían arquitectura griega antigua —un pabellón al aire libre, un anfiteatro, un ruedo de arena—, pero con aspecto de recién construidos, con las columnas de mármol blanco relucientes al sol.

-Ese es nuestro hogar. -Suspiró Michael sonriendo.

En una pista de arena cercana había una docena de chicos y sátiros jugando al voleibol.

Los hijos de Apolo sonrieron.

Más allá, unas canoas se deslizaban por un lago cercano. Había niños vestidos con camisetas naranja como la de Grover, persiguiéndose unos a otros alrededor de un grupo de cabañas entre los árboles. Algunos disparaban con arco a unas dianas. Otros montaban a caballo por un sendero boscoso y, a menos que estuviera alucinando, algunas monturas tenían alas.

-No alucinas Percy. -Intervino Thalia. -Estás hablando con un libro.

La semidiosa le sacó el dedo a Michael.

Al final del porche había dos hombres sentados a una mesa jugando a las cartas. El chico rubio que me había alimentado con el pudin sabor a palomitas estaba recostado en la balaustrada, detrás de ellos.

Thalia y Luke sonrieron.

El hombre que estaba de cara a mí era pequeño pero gordo. De nariz enrojecida y ojos acuosos, su pelo rizado era negro azabache. Me recordó a uno de esos cuadros de ángeles bebé… ¿cómo se llaman? ¿Parvulines? No, querubines. Eso es. Parecía un querubín llegado a la mediana edad en un camping de caravanas. Vestía una camisa hawaiana con estampado atigrado, y habría encajado perfectamente en una de las partidas de póquer de Gabe, salvo que me daba la sensación de que aquel tipo habría desplumado incluso a mi padrastro.

los semidioses no pudieron aguantar más y se echaron a reír ante la descripción.

-Percy es la ostia. -Dijo Luke.

-Estoy de acuerdo. -Aportó Ethan.

—Ese es el señor D —me susurró Grover—, el director del campamento. Sé cortés.

-¿Percy cortés? ¿Y qué más? -Preguntó Thalia riéndose aún.

El chico es Malcolm Chase; sólo es campista, pero lleva más tiempo aquí que ningún otro. Y ya conoces a Quirón.

—Me señaló al jugador que estaba de espaldas a mí.

Reparé en que iba en silla de ruedas y luego reconocí la chaqueta de tweed, el pelo castaño y ralo, la barba espesa…

—¡Señor Brunner! —exclamé.

El profesor de latín se volvió y me sonrió. Sus ojos tenían el brillo travieso que le aparecía a veces en clase, cuando hacía una prueba sorpresa y todas las respuestas coincidían con la opción B.

-Ojalá tuviera un examen así. -Intervino Luke.

—Ah, Percy, qué bien —dijo—. Ya somos cuatro para el pinacle.

Me ofreció una silla a la derecha del señor D, que me miró con los ojos inyectados en sangre y soltó un resoplido.

—Bueno, supongo que tendré que decirlo: bienvenido al Campamento Mestizo. Ya está. Ahora no esperes que me alegre de verte.

-Cuánta amabilidad. -Ironizó Poseidón.

-Siempre es así. -Dijo Ethan.

—Vaya, gracias.

—Me aparté un poco de él, porque si algo había aprendido de vivir con Gabe era a distinguir cuándo un adulto había empinado el codo. Si el señor D no era amigo de la botella, yo era un sátiro.

Atenea miró a Dioniso.

—¿Malcolm? —llamó el señor Brunner al chico rubio, y nos presentó—. Malcolm cuidó de ti mientras estabas enfermo, Percy.

Quirón sonrió al libro.

Malcolm, querido, ¿por qué no vas a ver si está lista la litera de Percy? De momento lo pondremos en la cabaña once.

—Claro, Quirón —contestó él.

Luke y Ethan sonrieron al recordar la cabaña.

Aparentaba mi edad, medio palmo más alto, y desde luego su aspecto era mucho más atlético. Tan moreno y con el pelo rizado y rubio, era casi exactamente lo que yo consideraba el típico chico californiano.

-Eso es porque es de San Francisco. -Dijo Thalia.

Pero sus ojos deslucían un poco la imagen: eran de un gris tormenta; bonitos, pero también intimidatorios, como si estuviera analizando la mejor manera de tumbarte en una pelea.

-Eso es justo lo que hace. -Expresó Luke.

Echó un vistazo a mi cuerno de minotauro y me miró a los ojos. Supuse que iba a decir algo como: «¡Vaya, has matado un minotauro!», o «¡Uau, eres un fenómeno!». Pero sólo dijo:

-No te lo creas. -Comentó Thalia.

—Cuando duermes babeas.

Los semidioses rieron.

Y salió corriendo hacia el campo, con el pelo suelto ondeando a su espalda.

-¡AAAAAUUUUU! -¡Incluso se fija cómo su pelo ondea a su espalda! -Chilló Afrodita.

los semidioses se taparon los oídos.

Blake escondió la cabeza entre sus patitas.

—Bueno —comenté para cambiar de tema—, ¿trabaja aquí, señor Brunner?

—No soy el señor Brunner —dijo el ex señor Brunner—. Mucho me temo que no era más que un seudónimo. Puedes llamarme Quirón.

—Vale.

—Perplejo, miré al director—. ¿Y el señor D…? ¿La D significa algo?

Los semidioses rieron de nuevo.

Castor frunció el ceño y siguió leyendo.

El señor D dejó de barajar los naipes y me miró como si yo acabara de decir una grosería.

—Jovencito, los nombres son poderosos. No se va por ahí usándolos sin motivo.

—Ah, ya. Perdón.

—Debo decir, Percy —intervino Quirón-Brunner—

-¡Que es Qirón! -Dijo Silena.

-Le estás contestando a un libro.

-¡Ya lo sé Ethan!

-Qué genio. -Murmuró el hijo de Némesis.

—Que me alegro de verte sano y salvo. Hacía mucho tiempo que no hacía una visita a domicilio a un campista potencial. Detestaba la idea de haber perdido el tiempo.

—¿Visita a domicilio?

—Mi año en la academia Yancy, para instruirte. Obviamente tenemos sátiros en la mayoría de las escuelas, para estar alerta, pero Grover me avisó en cuanto te conoció. Presentía que en ti había algo especial, así que decidí subir al norte. Convencí al otro profesor de latín de que… bueno, de que pidiera una baja.

-¿Qué hiciste con él? -Preguntó Charles.

-Nada. -Murmuró el centauro.

Intenté recordar el principio del curso. Parecía haber pasado tanto… pero sí, tenía un recuerdo vago de otro profesor de latín durante mi primera semana en Yancy. Había desaparecido sin explicación alguna y en su lugar llegó el señor Brunner.

-Se fue a Australia a ver Koalas. -Habló Quirón ante la mirada interrogante de sus campistas.

-Eso no tiene mucho sentido. -Aportó Castor.

-Ya lo sé. Pero la idea no fue mía.

El Centauro miró significativamente a Dioniso.

—¿Fue a Yancy sólo para enseñarme a mí? —pregunté.

Quirón asintió.

—Francamente, al principio no estaba muy seguro de ti. Nos pusimos en contacto con tu madre, le hicimos saber que estábamos vigilándote por si te mostrabas preparado para el Campamento Mestizo. Pero todavía te quedaba mucho por aprender. No obstante, has llegado aquí vivo, y ésa es siempre la primera prueba a superar.

Luke miró a Thalia con tristeza.

—Grover —dijo el señor D con impaciencia—, ¿vas a jugar o no?

—¡Sí, señor!

—Grover tembló al sentarse a la mesa, aunque no sé qué veía de tan temible en un hombrecillo regordete con una camisa de tela atigrada.

Algunos semidioses se atragantaron de la impresión.

varios trozos de galleta volaron por la sala.

Un chasquido de dedos por parte de Hestia y el salón de los tronos volvió a quedar limpio.

Ares estaba aburrido mirando al techo.

le quedaba una galleta en el plato. Se dispuso a cogerla pero allí no había nada.

Miró a su alrededor y vio a Blake masticando un trozo de galleta.

Tragó y se relamió el hocico mientras miraba al dios.

-Esa era mi última galleta.

-Era. Tú mismo lo has dicho. -Expresó Artemisa.

El golden meneó la cola delante de un cabreado Ares.

-Blake ven aquí chico.

Lee había visto la furia en los ojos del dios y se apresuró a llamar a su perro.

El golden se acercó corriendo a él lamiéndole la cara y tirándole de espaldas al suelo.

Un rato después, cuando Lee y Blake ya estaban tranquilos, Castor continuó leyendo.

—Supongo que sabes jugar al pinacle.

—El señor D me observó con recelo.

—Me temo que no —respondí.

—Me temo que no, señor —puntualizó él.

—Señor —repetí. Cada vez me gustaba menos el director del campamento.

-A casi nadie le gusta. -Murmuró luke.

—Bueno —me dijo—, junto con la lucha de gladiadores y el Comecocos, es uno de los mejores pasatiempos inventados por los humanos. Todos los jóvenes civilizados deberían saber jugarlo.

—Estoy seguro de que el chico aprenderá —intervino Quirón.

—Por favor —dije—, ¿qué es este lugar? ¿Qué estoy haciendo aquí? Señor Brun… Quirón, ¿por qué fue a la academia Yancy sólo para enseñarme?

El señor D resopló y dijo:

—Yo hice la misma pregunta.

-Cuánta amabilidad. -Comentó Hermes.

El director del campamento repartía. Grover se estremecía cada vez que recibía una carta.

Como hacía en la clase de latín, Quirón me sonrió con aire comprensivo, como dándome a entender que no importaba mi nota media, pues yo era su estudiante estrella. Esperaba de mí la respuesta correcta.

—Percy, ¿es que tu madre no te contó nada? —preguntó.

—Dijo que…

—Recordé sus ojos tristes al mirar el mar—. Me dijo que le daba miedo enviarme aquí, aunque mi padre quería que lo hiciera. Dijo que en cuanto estuviera aquí, probablemente no podría marcharme. Quería tenerme cerca.

-Sally es un amor. -Expresó Afrodita.

-La verdad es que sí. -Estuvo de acuerdo Thalia.

—Lo típico —intervino el señor D—. Así es como los matan. Jovencito, ¿vas a apostar o no?

-Voy a lanzarle una gran ola a ese director. -Gruñó el dios del mar.

—¿Qué? —pregunté.

Me explicó, con impaciencia, cómo se apostaba en el pinacle, y eso hice.

—Me temo que hay demasiado que contar —repuso Quirón—. Diría que nuestra película de orientación habitual no será suficiente.

-¿Él no tuvo que ver la película? -Preguntó Ethan.

Quirón negó con la cabeza.

-Qué suerte tuvo. -Refunfuñó el semidiós.

—¿Película de orientación? —pregunté.

—Olvídalo —dijo Quirón—. Bueno, Percy, sabes que tu amigo Grover es un sátiro y también sabes — señaló el cuerno en la caja de zapatos— que has matado al Minotauro. Y ésa no es una gesta menor, muchacho. Lo que puede que no sepas es que grandes poderes actúan en tu vida. Los dioses, las fuerzas que tú llamas dioses griegos, están vivitos y coleando.

Miré a los demás. Esperaba que alguien exclamara: «¡Se equivoca, eso es imposible!» Pero la única exclamación provino del señor D:

-Sigue soñando. -Rió Charles.

—¡Ah, matrimonio real! ¡Mano! ¡Mano!

—Y rió mientras se apuntaba los puntos.

—Señor D —preguntó Grover tímidamente—, si no se la va a comer, ¿puedo quedarme su lata de Coca-Cola light?

—¿Eh? Ah, vale.

Grover dio un buen mordisco a la lata vacía de aluminio y la masticó lastimeramente.

-¿Y no se sorprende de que Grover se coma una lata? -Preguntó Michael.

-Yo me sorprendí cuando vi a un sátiro comerse un tenedor. -Aportó Castor.

-Yo me quedé mirando a un sátiro comerse una cuchara y Luke se rió de mí. -Dijo Ethan.

—Espere —le dije a Quirón—. ¿Me está diciendo que existe un ser llamado Dios?

—Bueno, veamos —repuso Quirón—. Dios, con D mayúscula, Dios… En fin, eso es otra cuestión. No vamos a entrar en lo metafísico.

—¿Lo metafísico? Pero si acaba de decir que…

—He dicho dioses, en plural. Me refería a seres extraordinarios que controlan las fuerzas de la naturaleza y los comportamientos humanos: los dioses inmortales del Olimpo. Es una cuestión menor.

—¿Menor?

—Sí, bastante. Los dioses de los que hablábamos en la clase de latín.

—Zeus —dije—, Hera, Apolo… ¿Se refiere a ésos?

Los nombrados sonrieron arrogantes.

Y allí estaba otra vez: un trueno lejano en un día sin nubes.

—Jovencito —intervino el señor D—, yo de ti me plantearía en serio dejar de decir esos nombres tan a la ligera.

—Pero son historias —dije—. Mitos… para explicar los rayos, las estaciones y esas cosas. Son lo que la gente pensaba antes de que llegara la ciencia.

—¡La ciencia! —se burló el señor D—. Y dime, Perseus Jackson.

-Espera, espera, espera. ¿Acaba de llamarle por su verdadero nombre? -Se sorprendió Lee.

Los semidioses no podían dar crédito.

-¿De que os sorprendéis? -Preguntó Hefesto.

-Nunca nos llama por nuestros verdaderos nombres.

-A mí me llama Miles New.

-Yo soy Luther Castle.

-Me llama Tiler Crazy.

-A mí me dice Sofía Vergara.

-Para el señor D yo soy Carlie Berlioz.

-Mi nombre sí se lo sabe.

-Faltaría más. -Dijo Michael.

-A mí me llama Leif Flint.

-Y a mí Nathan Tacanura.

-Apolo miró a Dioniso pensativo.

—Me estremecí al oír mi auténtico nombre, que jamás daba a nadie—, ¿qué pensará la gente de tu «ciencia» dentro de dos mil años? Pues la llamarán paparruchas primitivas. Así la llamarán. Oh, adoro a los mortales: no tienen ningún sentido de la perspectiva. Creen que han llegado taaaaaan lejos. ¿Es cierto o no, Quirón? Mira a este chico y dímelo.

El señor D no me caía del todo mal, pero hubo algo en la manera en que me llamó mortal, como si… él no lo fuera. Fue suficiente para hacerme cerrar la boca, para saber por qué Grover se concentraba con tanto ahínco en sus cartas, masticando su lata de refrescos y no diciendo ni pío.

-Venga sesos de alga. Ya estás más cerca de saber quién es. -Animó Thalia.

—Percy —dijo Quirón—, puedes creértelo o no, pero lo cierto es que inmortal significa precisamente eso, inmortal. ¿Puedes imaginar lo que significa no morir nunca? ¿No desvanecerte jamás? ¿Existir, como eres, para toda la eternidad?

Iba a responder que sonaba muy bien, pero el tono de Quirón me hizo vacilar.

—¿Quiere decir independientemente de que la gente crea en uno? —inquirí.

-Tendrías que ver como tus seres queridos se van. -Dijo lee.

Thalia puso una mueca de dolor.

Tarde o temprano, tendría que ver cómo sus amigos la dejaban atrás.

—Así es —asintió Quirón—. Si fueras un dios, ¿qué te parecería que te llamaran mito, una vieja historia para explicar el rayo? ¿Y si yo te dijera, Perseus Jackson, que algún día te considerarán un mito sólo creado para explicar cómo los niños superan la muerte de sus madres?

-Eso ha sido un poco brusco. -Intervino Poseidón.

Quirón agachó la cabeza avergonzado.

Me dio un vuelco el corazón. Por algún motivo, intentaba que me enfadara, pero no iba a darle la satisfacción.

—No me gustaría. Pero yo no creo en los dioses —respondí.

—Pues más te vale que empieces a creer —murmuró el señor D—. Antes de que alguno te calcine.

-Todo un amor. -Comentó Afrodita molesta.

—P… por favor, señor —intervino Grover—. Acaba de perder a su madre. Aún sigue conmocionado.

—Menuda suerte la mía —gruñó el señor D mientras jugaba una carta—. Ya es bastante malo estar confinado en este triste empleo, ¡para encima tener que trabajar con chicos que ni siquiera creen!

Hizo un ademán con la mano y apareció una copa en la mesa, como si la luz del sol hubiera convertido un poco de aire en cristal. La copa se llenó sola de vino tinto.

-Señor D. ¡Tú eres el señor D! -Exclamó Apolo mirando a Dioniso.

-¿Qué? ¡Yo no puedo estar en aquel sitio con esos horribles mocosos!

-En efecto, es usted el señor D. -Aclaró Charles.

Poseidón le lanzó una ola al dios del vino.

-¿Y eso por qué?

-Por hablar así a mi hijo.

-Por lo menos no es ni el ártico ni el antártico. -Dijo Dioniso.

-No cantes victoria aún. -Gruñó Poseidón.

Me quedé boquiabierto, pero Quirón apenas levantó la vista.

—Señor D, sus restricciones —le recordó.

-¿Restricciones? ¿Cómo que restricciones? -Se escandalizó el dios.

-No puede tomar alcohol. -Comentó Luke.

Dioniso se quedó conmocionado.

El señor D miró el vino y fingió sorpresa.

—Madre mía.

—Elevó los ojos al cielo y gritó—: ¡Es la costumbre! ¡Perdón!

Volvió a mover la mano, y la copa de vino se convirtió en una lata fresca de Coca-Cola light. Suspiró resignado, abrió la lata y volvió a centrarse en sus cartas.

Quirón me guiñó un ojo.

—El señor D ofendió a su padre hace algún tiempo, se encaprichó con una ninfa del bosque que había sido declarada de acceso prohibido.

-¡Padre! -Se quejó el dios como un niño pequeño.

-Aún no ha pasado. -Comentó Zeus divertido.

—Una ninfa del bosque —repetí, aún mirando la lata como si procediera del espacio.

—Sí —reconoció el señor D—. A Padre le encanta castigarme. La primera vez, prohibición. ¡Horrible!

¡Pasé diez años absolutamente espantosos! La segunda vez… bueno, la chica era una preciosidad, y no pude resistirme. La segunda vez me envió aquí. A la colina Mestiza. Un campamento de verano para mocosos como tú. «Será mejor influencia. Trabajarás con jóvenes en lugar de despedazarlos», me dijo. ¡Ja! Es totalmente injusto.

Los dioses fulminaron con la mirada a Dioniso.

-¿Qué? Aún no he hecho nada.

-Más te vale. -Dijo Hermes.

El señor D hablaba como si tuviera seis años, como un crío protestón.

—Y… y —balbuceé— su padre es…

-Es muy lento. -Se quejó Ares.

-Qui quiero decir que... No quería decir nada.

Se retractó ante la mirada de Poseidón. Y porque tenía una ola de aspecto helado lista para ser lanzada.

—Di immortales, Quirón —repuso él—. Pensaba que le habías enseñado a este chico lo básico. Mi padre es Zeus, por supuesto.

Repasé los nombres mitológicos griegos que empezaban por la letra D. Vino. La piel de un tigre. Todos los sátiros que parecían trabajar allí. La manera en que Grover se encogía, como si el señor D fuera su amo…

—Usted es Dioniso —dije—. El dios del vino.

-Por fin. -Dijo Thalia. -Sesos de alga tenía que ser.

-¿Por qué a ella no la amenazas? -Se quejó el dios de la guerra.

-Porque ella no es una diosa.

El señor D puso los ojos en blanco.

—¿Cómo se dice en esta época, Grover? ¿Dicen los niños «menuda lumbrera»?

—S-sí, señor D.

—Pues menuda lumbrera, Percy Jackson. ¿Quién creías que era? ¿Afrodita, quizá?

-¡Oye! ¡No te compares conmigo!

Dioniso gruñó.

—¿Usted es un dios?

—Sí, niño.

—¿Un dios? ¿Usted?

Los semidioses no podían parar de reír.

Me miró directamente a los ojos, y vi una especie de fuego morado en su mirada, una leve señal de que aquel regordete protestón estaba sólo enseñándome una minúscula parte de su auténtica naturaleza. Vi vides estrangulando a los no creyentes hasta la muerte, guerreros borrachos enloquecidos por la lujuria de la batalla, marinos que gritaban al convertirse sus manos en aletas y sus rostros prolongarse hasta volverse hocicos de delfín. Supe que si lo presionaba, el señor D me enseñaría cosas peores. Me plantaría una enfermedad en el cerebro que me enviaría para el resto de mi vida a una habitación acolchada, con camisa de fuerza.

-¡Dioniso!

-¡Tío P! ¡El Ártico no!

—¿Quieres comprobarlo, niño? —preguntó con ceño.

—No. No, señor.

El fuego se atenuó un poco y él volvió a la partida.

—Me parece que he ganado —dijo.

—Un momento, señor D —repuso Quirón. Mostró una escalera, contó los puntos y dijo—: El juego es para mí.

Pensé que el señor D iba a pulverizar a Quirón y librarlo de la silla de ruedas, pero se limitó a rebufar, como si estuviera acostumbrado a que ganara el profesor de latín. Se levantó, y Grover lo imitó.

—Estoy cansado —comentó el señor D—. Creo que voy a echarme una siestecita antes de la fiesta de esta noche. Pero primero, Grover, tendremos que hablar otra vez de tus fallos.

La cara de Grover se perló de sudor.

—S-sí, señor.

-Pobre Grover. -Suspiró Silena.

El señor D se volvió hacia mí.

—Cabaña once, Percy Jackson. Y ojo con tus modales.

-Me extraña que diga bien su nombre. -Comentó Ethan.

Se metió en la casa, seguido de un tristísimo Grover.

—¿Estará bien Grover? —le pregunté a Quirón, que asintió, aunque parecía algo preocupado.

—El bueno de Dioniso no está loco de verdad. Es sólo que detesta su trabajo. Lo han… bueno, castigado, supongo que dirías tú, y no soporta tener que esperar un siglo más para que le permitan volver al Olimpo.

-¿Un siglo? ¡Un siglo! ¿Cómo puede ser?

-Dioniso deja de quejarte. -protestó Hera.

—El monte Olimpo —dije—. ¿Me está diciendo que realmente hay un palacio allí arriba?

—Veamos, está el monte Olimpo en Grecia. Y está el hogar de los dioses, el punto de convergencia de sus poderes, que de hecho antes estaba en el monte Olimpo. Se le sigue llamando monte Olimpo por respeto a las tradiciones, pero el palacio se mueve, Percy, como los dioses.

Atenea sonrió.

—¿Quiere decir que los dioses griegos están aquí? ¿En… Estados Unidos?

—Desde luego. Los dioses se mueven con el corazón de Occidente.

—¿El qué?

—Venga, Percy, despierta. ¿Crees que la civilización occidental es un concepto abstracto? No; es una fuerza viva. Una conciencia colectiva que sigue brillando con fuerza tras miles de años. Los dioses forman parte de ella. Incluso podría decirse que son la fuente, o por lo menos que están tan ligados a ella que no pueden desvanecerse. No a menos que se acabe la civilización occidental. El fuego empezó en Grecia. Después, como bien sabes (o eso espero porque te he aprobado), el corazón del fuego se trasladó a Roma, y así lo hicieron los dioses. Sí, con distintos nombres quizá (Júpiter para Zeus, Venus para Afrodita, y así), pero eran las mismas fuerzas, los mismos dioses.

-A mí no me nombran. -Se quejó Hermes.

Los semidioses rieron.

—Y después murieron.

—¿Murieron? No. ¿Ha muerto Occidente? Los dioses sencillamente se fueron trasladando, a Alemania, Francia, España, Gran Bretaña… Dondequiera que brillara la llama con más fuerza, allí estaban los dioses. Pasaron varios siglos en Inglaterra. Sólo tienes que mirar la arquitectura. La gente no se olvida

de los dioses. En todas las naciones predominantes en los últimos tres mil años puedes verlos en cuadros, en estatuas, en los edificios más importantes. Y sí, Percy, por supuesto que están ahora en tus Estados Unidos. Mira vuestro símbolo, el águila de Zeus. Mira la estatua de Prometeo en el Rockefeller Center, las fachadas griegas de los edificios de tu gobierno en Washington. Te reto a que encuentres una ciudad estadounidense en la que los Olímpicos no estén vistosamente representados en múltiples lugares. Guste o no guste (y créeme, te aseguro que tampoco demasiada gente apreciaba a Roma), Estados Unidos es ahora el corazón de la llama, el gran poder de Occidente. Así que el Olimpo está aquí. Y por tanto también nosotros.

-Acabamos de tener una clase típica con Quirón. -Sonrió Thalia.

El centauro se sonrojó.

Era demasiado, especialmente el hecho de que yo parecía estar incluido en el «nosotros» de Quirón, como si formase parte de un club.

-¡Una secta! -Gritó luke.

Él y Ethan chocaron los cinco.

—¿Quién es usted, Quirón? ¿Quién… quién soy yo?

Quirón sonrió. Desplazó el peso de su cuerpo, como si fuera a levantarse de la silla de ruedas, pero yo sabía que eso era imposible. Estaba paralizado de cintura para abajo.

-Aún te quedan más sorpresas Percy. -Rió Michael.

—¿Quién soy? —murmuró—. Bueno, ésa es la pregunta que todos queremos que nos respondan, ¿verdad? Pero ahora deberíamos buscarte una litera en la cabaña once. Tienes nuevos amigos que conocer, mañana podremos seguir con más lecciones. Además, esta noche vamos a preparar junto a la hoguera bocadillos de galleta, chocolate y malvaviscos, y a mí me pierde el chocolate.

-lo suyo por el chocolate no es normal. -Comentó lee.

-Tienes razón. -rió el centauro.

Y entonces se levantó de la silla, pero de una manera muy rara. Le resbaló la manta de las piernas, pero éstas no se movieron, sino que la cintura le crecía por encima de los pantalones. Al principio pensé que llevaba unos calzoncillos de terciopelo blancos muy largos, pero cuando siguió elevándose, más alto que ningún hombre, reparé en que los calzoncillos de terciopelo eran en realidad la parte frontal de un animal, músculos y tendones bajo un espeso pelaje blanco. Y la silla de ruedas tampoco era una silla,

si no una especie de contenedor, una caja con ruedas, y debía de ser mágica, porque no había manera humana de que aquello hubiera cabido entero allí dentro. Sacó una pata, larga y nudosa, con una pezuña brillante, luego la otra pata delantera, y por último los cuartos traseros. La caja quedó vacía, nada más que un cascarón metálico con unas piernas falsas pegadas por delante.

-impresionante. -Dijo Bianca.

Miré la criatura que acababa de salir de aquella cosa: un enorme semental blanco. Pero donde tendría que haber estado el cuello, sólo vi a mi profesor de latín, graciosamente injertado de cintura para arriba en el tronco del caballo.

—¡Qué alivio! —exclamó el centauro—. Llevaba tanto tiempo ahí dentro que se me habían dormido las pezuñas. Bueno, venga, Percy Jackson. Vamos a conocer a los demás campistas.

Quirón movió las patas por el recuerdo.

-El capítulo ya ha terminado.

-Yo leeré el siguiente. -Intervino Thalia.

Castor le lanzó el libro que ella cogió sin dificultad.

Antes de que Thalia abriera el libro si quiera, una luz roja apareció en la sala.

-¿No tienen otra cosa que hacer? -Refunfuñó Hera.

-Deja de quejarte mujer. -Espetó Zeus cansado.