PERO, EL NIÑO NO ES TU HIJO.

Los personajes de Inuyasha no me pertenecen; la historia narrada acontinuación, sí.

Drisfuten de este mundillo, donde demonios y humanos viven, quizás en paz, pero, anhelando guerra.


Capítulo 04

La mujer.

Desde que su padre lo envió a Haku para cumplir con su absurda misión, había soportado un largo y tedioso viaje en compañía de soldados que compartían la misma actitud autoritaria que Sesshoumaru, quien no dejaba de dar órdenes constantemente. Harto de cabalgar sin cesar y agotado del ambiente de taberna que su hermano había elegido como hospedaje, decidió escabullirse hacia cualquier otro lugar.

Las opciones eran escasas, pero finalmente optó por aceptar la recomendación de su mejor amigo, al cual lo había arrastrado a esta aventura. "El bosque sagrado" fue el nombre que resonó en sus oídos. Al escucharlo, Inuyasha pensó que Miroku ya estaba harto de su presencia y deseaba su muerte. ¿Por qué él, un demonio, pisaría tierra bendita?

No fue hasta que se adentró en aquel laberinto verde que descubrió la verdad. Apenas sus pies tocaron la tierra del bosque, una paz reconfortante lo envolvió, haciendo que olvidara su misión, sus problemas, todo. Sin embargo, la calma era tan abrumadora que comenzó a incomodarlo. ¿Acaso se estaba purificando? ¿Había sido engañado por las intenciones de Miroku? ¿Y si en realidad su amigo deseaba el fin de su existencia?

Pensar en el mago hizo que su mente recordara el amuleto que le había entregado justo antes de partir a ese lugar: un collar mágico que supuestamente lo protegería de cualquier peligro espiritual. Casi por instinto, se llevó la mano al pecho y acarició con sus dedos las oscuras cuencas del rosario. Sintió un poder leve emanando de ellas, y al ver cómo los minutos transcurrían sin que nada le hiciera daño, se relajó, confiando en que estaría a salvo después de todo.

—Es útil cuando quiere.

Se había dicho al pensar en su amigo mujeriego. Comprendió que incluso en las situaciones más peligrosas, Miroku siempre tenía un as bajo la manga. Ese pensamiento lo reconfortó y le dio la confianza necesaria para adentrarse aún más en el bosque sagrado.

Encontró un lugar idóneo para descansar, cerca de las orillas de un río. La serenidad del entorno superaba con creces la ajetreada habitación de la taberna, y aunque habría deseado acampar allí mismo, sabía que no era una opción viable. Su deber era asistir a Sesshoumaru en la preparación de los tratados y permisos necesarios para la estancia en el reino de Haku. Debía cumplir con su trabajo si quería que las negociaciones con el conde Renkotsu fueran exitosas.

Por tanto, solo le quedaba conformarse con unas pocas horas de descanso en aquel lugar.

Al segundo día, Inuyasha regresó al bosque, sabiendo que se convertiría en su rutina diaria hasta que partiera del pueblo. Para su sorpresa, cuando estaba a punto de dejarse llevar por el sueño, su instinto lo despertó al escuchar pisadas al otro lado del río. De inmediato, sus fosas nasales se llenaron de un olor nuevo que cambiaba por cada paso que "eso" daba.

Vainilla...

Otro paso.

Nardos.

Observó cómo la figura de una mujer se acercaba lentamente al río. Cuando una suave brisa susurró entre los árboles y agitó los oscuros cabellos de la muchacha, Inuyasha captó otro aroma.

Peonias.

Aquella mujer era la personificación de la primavera. Y qué conveniente, pues esa misma estación reinaba en aquel preciso momento. A pesar de la distancia que los separaba, Inuyasha se sintió acorralado, como si el viento meciera las ramas de los árboles con suavidad en una danza alegre que le daba la bienvenida a la humana, mientras él se quedaba como un extraño no invitado a esa festividad.

Se incorporó con lentitud. Creyó que la mujer se bañaría y no quería ser un mirón. Escuchó un suave canturreo e inconscientemente volvió su rostro hacia ella. Ya estando de pie pudo observarla mejor.

Mierda.

Había cometido un error. Aquella mujer no era la diosa de la primavera ni mucho menos, sino una bruja que portaba el mismo rostro que Kikyou.

O al menos eso parecía desde la distancia.

Un torrente de emociones encontradas lo invadió en ese instante. El impulso de cruzar el río y enfrentarla se apoderó de él, pero antes de que sus pies se movieran, un sentimiento de sospecha le advertía que algo no encajaba.

Kikyou estaba con Naraku en el Norte. Lo había confirmado hace un mes, cuando fue a la mazmorra de aquella asquerosa araña y la misma lo había recibido en compañía de su nueva Miko. ¿Por qué estaría ahora en Haku? No tenía sentido. Tocó el rosario que llevaba en su pecho. Quizás el bosque lo estaba atormentando con ilusiones, pero... Kikyou no tenía ese aroma, ella no era primavera.

La confusión se entrelazaba con la preocupación en el corazón de Inuyasha. ¿Quién era esa humana que llevaba el semblante de su antiguo amor?

La incertidumbre lo había dejado tan desconcertado que no se percató de los movimientos de la mujer. Fue el suave sonido de la tela al caer al suelo lo que lo sacudió de su aturdimiento y lo sumergió en una escena cautivadora. Su aliento se detuvo en su garganta mientras sus ojos se fijaban en la mujer, quien se había despojado del vestido verde escarlata y ahora se encontraba envuelta en su ropa interior.

Bien, idiota, es hora de marcharse.

Pero sus pies parecían tener voluntad propia, negándose a moverse y aferrándose al suelo como si estuvieran enraizados.

Se sentía como un pervertido al no poder apartar la mirada. ¿Por qué no podía simplemente girarse y regresar a la taberna como cualquier hombre sensato? Él no era como Miroku, no disfrutaba mirando a escondidas a las chicas. No estaba acostumbrado a esta sensación de ser arrastrado por la tentación.

Se sentía atrapado en un tormento que él mismo se había infligido, y para el colmo de sus males, la muchacha se demoraba en deshacerse de aquel molesto pedazo de tela que cubría su pecho.

No recordaba haber tenido problemas para rasgar aquellas prendas en el pasado; aunque eso trajera consigo las miradas molestas de sus acompañantes.

«Tal vez necesita un poco de ayuda, ¿no lo crees?», creyó escuchar la voz cantarina de Miroku.

No, no te lo quites.

Imploró en pensamientos.

No podía moverse y estaba seguro de que el bosque estaba detrás de toda esa brujería, porque no había otra forma de llamar a ese encanto. Nada sagrado lo obligaría a convertirse en un sucio mirón.

La mujer dio la vuelta, y él agradeció que lo hiciera, pero cuando se quitó el corpiño y dejó su espalda desnuda a la vista, quiso morir. Quería desenfundar su espada e irse al infierno en ese momento. ¿Cómo podía el bosque saber que aquella tortura era incluso peor que ser purificado?

—Te dije que no te quitaras esa basura —dijo en un susurro que se camufló con el sonido del viento.

De pronto, como si sus palabras hubiesen llegado hasta ella, la mujer se sobresaltó y se giró hacia su dirección. Afortunadamente, tapaba su pecho con el corpiño que acababa de quitarse.

Inuyasha tragó saliva al creerse descubierto.

Sus ganas de morirse aumentaron en demasía. ¿Lo había escuchado? No, era imposible. A esa distanciara era más fuerte el ruido de la corriente del agua que su voz. Sin embargo, ella parecía asustada. ¿Por qué? Las únicas personas que estaban en ese maldito lugar eran ellos dos, lo sabía porque no presentía a nadie más cerca. Pero para estar tranquilo, movió sus orejas, buscando cualquier indicio que le dijera que estaba errado.

Escuchó el suave correteo de algunos conejos cercanos, el saltar de una ardilla de árbol en árbol, y el cotorreo de los pájaros que parecían comentar el nuevo suceso en el bosque: un demonio espiando a una humana.

Nada. Estaban solos.

¿Había sido asustada por los conejos?

Qué adorable.

Se pasó una mano por el pelo, desordenándolo en el proceso. Se estaba volviendo loco y la razón estaba al otro lado del río.

Agachándose, ella caminó en cuclillas hacia sus ropas. Las tomó y se cubrió torpemente con un camisón, era como si supiera que cerca, muy cerca, había alguien asechándola. Inuyasha admiró aquel instinto porque, aunque sólo era una humana, por lo menos podía caminar, algo que a él se le impidió hasta que la muchacha se retiró del lugar.

Fue entonces cuando al fin pudo recuperar la movilidad de sus piernas.

—Mataré a Miroku cuando vuelva a esa taberna...

Pero no lo hizo. En lugar de actuar impulsivamente y dejarse llevar por la furia, Inuyasha decidió que necesitaba respuestas, y eso solo sería posible si el mago estaba vivo.

Aquella noche, consumido por una furia interna, irrumpió en la habitación de Miroku. No llamó ni golpeó la puerta, optó por patearla para dejar claro cuáles eran sus intenciones. La luz del pasillo inundó la habitación, y una mujer soltó un grito de horror mientras se cubría con las sábanas, mirándolo como si fuera un demonio... Bueno, en realidad, como un demonio que finalmente había liberado su ira.

Miroku apenas se inmutó, lo que lo enardeció aún más. Su supuesto amigo estaba disfrutando de la situación, mientras él había experimentado una de las peores humillaciones de su vida.

Sin vacilar, Inuyasha miró a la mujer y le hizo un gesto con la cabeza, indicándole que se fuera.

—Largo —ordenó.

Ella no tardó en recoger sus pertenencias y salir apresuradamente de la habitación. Miroku exhaló profundamente, se sentó en la cama y buscó sus pantalones entre el desorden de telas que había en el suelo.

—Supongo que te tocará a ti pagar la noche en mi lugar.

—Eres un imbécil —soltó sin reparos.

El mago, ya vestido, le lanzó una mirada llena de odio. No era la primera vez que el medio demonio arruinaba sus planes; las interrupciones siempre se debían a quejas absurdas y nimiedades.

—¿Qué te sucede ahora? ¿Sesshoumaru te ha prohibido tomarte un descanso? —dijo con sarcasmo.

Inuyasha se acercó a él y lo agarró de los hombros.

—¿Quién te mandó a asesinarme? Responde.

—¿Que yo qué?

—No te hagas el idiota, casi muero en ese bosque.

Miroku se mostró inicialmente ofendido ante la acusación, pero luego pareció confundido por las últimas palabras de su amigo.

—Lo que estás diciendo no tiene sentido. Sólo sigo órdenes de Toga y Sesshoumaru. Aunque no lo creas, de momento ninguno desea matarte.

—Entonces, debo de haber perdido la cabeza —dijo en tono irónico—. Hace menos de una hora, no podía moverme. Sentí como si me hubieran hechizado. Cualquiera podría haberme atacado y yo no habría podido defenderme.

El mago lo interrumpió, acusándolo con una mirada escéptica.

—Te di un rosario —dijo, casi seguro de que Inuyasha no lo había utilizado—. Debería haberte protegido.

Frustrado, Inuyasha se alejó de él, liberándolo de su agarre. Miroku se tocó el hombro adolorido y siguió con la mirada cada paso del demonio.

—Tu artefacto no me ha servido de nada —respondió, agarrando el cuello de su camisa y tirando de él hacia un lado para mostrar que, de hecho, llevaba puesto el objeto.

—Bien, admito que es extraño —murmuró.

Inuyasha vio como el mago pasó una mano por su pelo azabache, acto que mostraba su desconcierto ante el problema.

Miroku se sentó en la cama, pensando en alguna explicación razonable, pero las respuestas parecían escaparse de su alcance. Aunque no era presuntuoso, podía afirmar que sus hechizos rara vez fallaban, o mejor dicho, nunca lo hacían. No por nada era el mago real de los Taisho. Supuso que la sensación de "falla" que Inuyasha experimentó no era más que una protección.

—El bosque no busca matarte. No es un verdugo divino que aniquila a todo demonio que pise su suelo. Debe haber algo más detrás de esto. Presiento que fue el mismo rosario que, para protegerte, te inmovilizó.

—¿Protegerme de qué? ¿De una serpiente?, porque eso era lo único maligno cerca.

—También estabas allí, Inuyasha...

El demonio se detuvo y miró hacia el techo con desesperación.

—Entonces, "el rosario me protegía de mí mismo", ¿me estás jodiendo?

Miroku le respondió con el mismo ímpetu.

—¿Qué quieres que te diga? No estuve ahí contigo, no sé si hiciste algo indebido, o si tus perfectos instintos caninos fallaron y dejaron pasar alguna presencia que pudiera hacerte daño —Su pecho subía y bajaba con exaltación.

Inuyasha, por su parte, se había calmado. Lo que Miroku había dicho era cierto. Sí había alguien más: la mujer.

Una humana.

Sería el hazmerreír si le confesaba que un ser tan débil lo había aturdido de esa manera, y para colmo, se parecía a Kikyou. Con seguridad, Miroku relacionaría su "parálisis" con la sacerdotisa, diría que aún no la había superado y que cualquier cosa que se asemejara a ella lo petrificaba. No iba a escuchar tonterías como esas, lo que había ocurrido iba más allá de un rencor amoroso.

—No. No había nadie más —mintió.

—Si es como dices, solo quedas tú. Como dije, quizás el rosario evitó que hicieras alguna tontería.

—¿Como qué? ¿Mear sobre un árbol sagrado?

Miroku rodó los ojos.

—Mira tú, te has respondido sin ayuda.

Inuyasha caminó hacia la entrada y se apoyó en el marco de la puerta.

—Todavía no lo entiendo —dijo, con la mirada fija en el suelo.

—Comprendo. No justifica tu falta de modales, como el entrar a una habitación ajena sin tocar —le recordó con resentimiento.

—Ya, eso te importa poco. Estás cabreado porqué te dejé sin entretenimiento nocturno.

—Eso también —admitió, dejó salir un suspiro para luego seguir con el problema inicial—. Sobre lo del bosque... Estoy seguro de que, si alguien quisiera matarte, ya lo habría hecho. Nadie perdería la oportunidad de acabar con el hijo consentido de Toga.

—¿Consentido?, vete al diablo.

Odiaba admitirlo, Miroku otra vez había dado en la diana. Ya estaría muerto si aquello que lo paralizó en el bosque hubiera querido hacerlo. Toda la conversación no hizo más que acrecentar su curiosidad. Quería regresar, y no era por el "hechizo", tampoco se debía al gusto que había adquirido por su nuevo lugar favorito para descansar...

Soy un idiota.

No podía pensar en volver al bosque sagrado sin que su mente, en lugar de árboles, dibujara la imagen borrosa de esa mujer.

No esperaba que después de una semana todavía siguiera visitando ese lugar. Iba sin falta, a la misma hora, y por suerte, no había vuelto a experimentar parálisis. Con el paso de los días, Inuyasha descartó a la mujer de sus sospechas iniciales, la cual también iba todos los días a descansar, o a darse un baño. El rosario no pudo "protegerlo" de algo tan insignificante como ella.

En silencio, se acomodaba bajo la sombra de un árbol, desde donde podía observarla discretamente, sin que ningún hechizo lo afligiera ni castigara por su mirada furtiva.

Al cuarto día, ya había decidido que la joven le caía bien.

A veces escuchaba su canto, y en otras ocasiones oía las quejas que soltaba en su soledad. Era una criatura que no paraba de hablar, incluso mientras se bañaba en la orilla del río.

Pero lo más extraño de todo, más allá de sus conversaciones con nadie en particular, era que nunca se despojaba de su ropa; él bien recordaba vívidamente cómo en su primer encuentro, la joven había intentado deshacerse de sus prendas, y ahora parecía haber abandonado por completo esa idea.

Y es conveniente que así sea.

Por su propio bien.

Por el bien de ambos.


Continuará...

.

.

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Cuánto tiempo.

Aquí de regreso después de enfermarme horriblemente. Pero, adivinen, estuve enferma y no paré de escribir, así que les tengo más capítulos que se estarán publicando a largo de esta semana~

El capítulo de hoy fue bastante cortito (para lo que suelo escribir), pero suficiente para ver cómo ya había conocido Inu a Kag. En el próximo cápitulo (que planeo subirlo dentro d días como máximo) también será desde su punto de vista. Esos dos son tan "awww" cuando están juntos, los amo.

También estoy planeando hacer dibujos o paneles de las próximas escenas, uhmm... Veámos qué sale de eso.

Muchas gracias a todas las personitas que han dejado su comentario ;;n;; de verdad, los aprecio demasiado.

**Datitos**

Haku - Reino en donde viven los humanos.

Tierras altas del Sengoku - Reino de los demonios, está dividido en:

Norte - Naraku/Onigumo (La araña).

Sur - Koga (El lobo).

Este - Bankotsu (El dragón).

Oeste - Sesshoumaru/Toga (El perro).

**Fin de datitos**