Disclaimer: los personajes y el libro son de Rick Riordan.
Yo solo me entretengo con ellos y no gano dinero alguno.
Al desvanecerse la luz, podía verse a una chica alta, musculosa, pelo castaño y ojos marrones rojizos.
La joven miraba a los semidioses muy sorprendida.
Quiso atacar a Luke pero no se lo permitieron.
Apolo chasqueó los dedos y un rato más tarde, la chica parpadeó.
-¡Preséntate! -Bramó Zeus.
-Soy Clarisse la Rue. Hija de Ares, consejera de la cabaña cinco y asesina del dracon.
Su padre sonrió complacido.
-¿Si Silena?
-Hola Clarisse.
Ambas chicas se abrazaron con fuerza.
-Te he echado de menos. -Susurró la hija de Ares.
Silena la abrazó con más fuerza.
-Se soltaron y Clarisse se sentó cerca de los demás semidioses.
-Yew. ¿Me echabas de menos?
El chico bufó.
-Seguro que tú me echabas de menos a mí.
-¡Ni lo sueñes!
-¡Jamás soñaría contigo! ¡Estás loca!
-¡Basta! -Espetó Zeus. -Thalia ponte a leer.
la chica gruñó pero ovedeció.
Capítulo 6. Me convierto en señor supremo del lavabo.
Clarisse gruñó disgustada mientras los demás semidioses reían por el recuerdo.
A Hermes le entró la risa.
En cuanto me repuse del hecho de que mi profesor de latín era una especie de caballo, dimos un bonito paseo, aunque puse mucho cuidado en no caminar detrás de él. Varias veces me había tocado formar parte de la patrulla boñiga en el desfile que los almacenes Macy's organizaban el día de Acción de Gracias y, sintiéndolo mucho, no confiaba en la parte trasera de Quirón ni de ningún equino.
-Eso me ofende. -Se quejó el centauro.
Los semidioses trataban de no reirse (mucho)
Pasamos junto al campo de voleibol y algunos chicos se dieron codazos. Uno señaló el cuerno de minotauro que yo llevaba. Otro dijo: «Es él.»
Clarisse bufó.
La mayoría de los campistas eran mayores que yo. Sus amigos sátiros eran más grandes que Grover, todos trotando por allí con camisetas naranjas del campamento mestizo, sin nada que cubriera sus peludos cuartos traseros.
-Me gusta la forma de pensar de Percy. -Rió Ares.
Clarisse gruñó.
No soy tímido, pero me incomodaba la manera en que me miraban, como si esperaran que me pusiera a hacer piruetas o algo así.
-Eso estaría bien. -Rió Ethan.
Me volví para mirar la casa. Era mucho más grande de lo que me había parecido: cuatro plantas, color azul cielo con madera blanca, como un balneario a gran escala. Estaba examinando la veleta con forma de águila que había en el tejado cuando algo captó mi atención, una sombra en la ventana más alta del desván a dos aguas. Algo había movido la cortina, sólo por un instante, y tuve la certeza de que me estaban observando.
Los semidioses se estremecieron al recordar lo que había allí.
—¿Qué hay ahí arriba? —le pregunté a Quirón.
Miró hacia donde yo señalaba y la sonrisa se le borró del rostro.
—Sólo un desván.
—¿Vive alguien ahí?
-Vivir… No. -Contestó Lee con un escalofrío.
Blake estaba mirando a Clarisse.
-Chucho. Si sigues mirándome, haré brocheta de golden contigo.
El perro la miró mal y gruñó.
Michael se rió y le acarició la cabeza.
—No —respondió tajante—. Nadie.
Tuve la impresión de que decía la verdad. No obstante, algo había movido la cortina.
-¿Qué hay allí? -Preguntó Bianca.
-Ya lo verás. -Respondió Thalia.
-Pero no te va a hacer ninguna gracia. -Finalizó Charles.
—Vamos, Percy —me urgió Quirón con demasiada premura—. Hay mucho que ver.
-Mejor aléjate de allí. -Murmuró Luke.
Paseamos por campos donde los campistas recogían fresas mientras un sátiro tocaba una melodía en una flauta de junco.
Quirón me contó que el campamento producía una buena cosecha que exportaba a los restaurantes neoyorquinos y al monte Olimpo.
Deméter hizo aparecer un cuenco de fresas para todos. Incluído Blake.
El perro ladró agradecido y los demás le dieron las gracias a la diosa.
—Cubre nuestros gastos —aclaró—. Y las fresas casi no dan trabajo.
También me dijo que el señor D producía ese efecto en las plantas frutícolas: se volvían locas cuando estaba cerca. Funcionaba mejor con los viñedos, pero le habían prohibido cultivarlos, así que plantaba fresas.
-¿Quéeeeee? ¿No puedo plantar viñedos?
-Ya has oído que no. -Contestó Zeus.
Observé al sátiro tocar la flauta. La música provocaba que los animalillos y bichos abandonaran el campo de fresas en todas direcciones, como refugiados huyendo de un terremoto. Me pregunté si Grover podría hacer esa clase de magia con la música, y si seguiría en la casa, aguantando la bronca del señor D.
-Ahora si puede tocar esas canciones. Antes no sabía hacerlo muy bien. -Expresó Lee.
—Grover no tendrá problemas, ¿verdad? —le pregunté a Quirón—. Quiero decir… ha sido un buen protector. De verdad.
Quirón suspiró. Dobló su chaqueta de tweed y la apoyó sobre su lomo, como si fuera una pequeña silla de montar.
-Percy es un sol. -Comentó Silena.
-Yo soy el sol. -Se quejó Apolo.
La hija de Afrodita sonrió.
El dios de la medicina le guiñó un ojo provocando que Charles Beckendorf gruñera.
—Grover tiene grandes sueños, Percy. Quizá incluso más grandes de lo que sería razonable. Pero, para alcanzar su objetivo, antes tiene que demostrar un gran valor y no fracasar como guardián, encontrar un nuevo campista y traerlo sano y salvo a la colina Mestiza.
-¡Pero si eso ya lo ha hecho! -Bramó Luke.
—¡Pero si eso ya lo ha hecho!
-Era tan prometedor… -Se autointerrumpió Thalia.
-Piensa igual que Jackson. -Se estremeció Castor.
-¡Hullamos! -Chilló Ethan.
Quirón no podía dejar de reír.
—Estoy de acuerdo contigo —convino Quirón—, mas no me corresponde a mí tomar la decisión. Dioniso y el Consejo de los Sabios Ungulados deben juzgarlo. Me temo que podrían no ver este encargo como un logro. Después de todo, Grover te perdió en Nueva York. Y está también el desafortunado… destino de tu madre.
Poseidón hizo una mueca de dolor.
Por no mencionar que Grover estaba inconsciente cuando lo arrastraste al interior de nuestra propiedad.
-Qirón tiene razón. -Comentó Dioniso.
-¿Estás prestando atención? -Se impresionó Perséfone.
-Sigo teniendo una flecha esta vez de Apolo, apuntando a mis partes nobles.
El rubio sonrió con inocencia pero no dejó de apuntar a su medio hermano.
El consejo podría poner en duda que eso demostrara valor
por parte de Grover.
-Tonterías. -Espetó Michael.
Quería protestar. Nada de lo que había ocurrido era culpa de Grover. Y también me sentía súper, súper culpable. Si no le hubiera dado esquinazo a Grover en la terminal de autobús, no se habría metido en problemas.
-Ahí tiene razón. -Dijo Bianca.
—Le darán una segunda oportunidad, ¿no?
Quirón se estremeció.
-Esta era su segunda oportunidad. -Murmuró Luke.
—Me temo que ésta era su segunda oportunidad, Percy. El consejo tampoco es que se muriera de ganas de dársela, después de lo que pasó la primera vez, hace cinco años. El Olimpo lo sabe, le aconsejé que esperara antes de volver a intentarlo. Aún es pequeño…
-Estúpidos viejos del consejo… -Se quejó Thalia.
-¿Qué sabrán ellos? -Inquirió Luke.
—¿Cuántos años tiene?
—Bueno, veintiocho.
—¿Qué? ¿Y está en sexto?
—Los sátiros tardan el doble de tiempo en madurar que los humanos. Grover ha sido el equivalente a un estudiante de secundaria durante los últimos seis años.
-Debe ser horrible asistir seis años al mismo curso. -Se estremeció Castor.
-Ni lo menciones. -Pidió Ethan.
—Eso es horrible.
-¡Tenemos la misma opinión que Percy! -Chilló Castor.
-¡Sálvese quien pueda! -Secundó Ethan.
—Pues sí —convino Quirón—. En cualquier caso, Grover es torpe, incluso para la media de sátiros, y aún no está muy ducho en magia del bosque. Además, se le ve demasiado ansioso por perseguir su sueño. A lo mejor ahora encuentra otra ocupación…
-¡Oye! -Se quejó Thalia.
Quirón miró a otro lado avergonzado.
-Eso no es justo. -Expresó Lee.
—Eso no es justo —dije—. ¿Qué pasó la primera vez? ¿De verdad fue tan malo?
-Tú también has caído hermano. -Dijo Michael dándole golpecitos en la espalda al consejero de la cabaña siete.
-¿Qué tiene de malo pensar como Percy? -Inquirió Poseidón.
-Na nada señor. -Se ruborizó Lee.
Clarisse rió a carcajadas.
-Te tienen agarrado por los huevos Fletcher.
-¡Déjale en paz! -Exclamó Michael.
La hija de Ares volvió a reirse.
Quirón apartó la mirada con rapidez.
—Mejor seguimos, ¿no?
-No va a funcionar. -Intervino Charles.
Pero yo no estaba dispuesto a cambiar de tema tan fácilmente. Se me había ocurrido algo cuando Quirón habló del destino de mi madre, como si evitara a propósito la palabra muerte. Una idea empezó a chisporrotear en mi mente.
A Hades eso no le dio muy buena espina.
—Quirón, si los dioses y el Olimpo y todo eso es real…
—¿Sí?
—¿Significa que también es real el inframundo?
-¿No estará pensando…? -Se impresionó Poseidón.
-Te aseguro que sí. -Contestó Thalia.
-Voy a morir de un infarto.
-Si los dioses no pueden morir. -Comentó Hermes.
-Yo lo haré a este paso.
-Exageras tío P.
-No exagero Hefesto.
La expresión de Quirón se ensombreció.
—Así es.
—Se interrumpió, como para escoger sus palabras con cuidado—. Hay un lugar al que los espíritus van tras la muerte. Pero por ahora… hasta que sepamos más, te recomendaría que te olvidaras de ello.
-No va a olvidarlo. -Murmuró Ethan.
-Es muy terco. -Secundó Castor.
—¿A qué te refieres con «hasta que sepamos más»?
—Vamos, Percy. Visitaremos el bosque.
-Eso Quirón. Cambia de tema. -Suspiró el dios del mar.
-Aunque sabes perfectamente, que no va a dar resultado. -Se quejó Silena.
A medida que nos acercábamos, reparé en la enorme vastedad del bosque. Ocupaba por lo menos una cuarta parte del valle, con árboles tan altos y gruesos que parecía posible que nadie lo hubiera pisado desde los nativos americanos.
Clarisse sonrió a la mención del bosque.
Recordaba cada enfrentamiento que había tenido allí.
—Los bosques están bien surtidos, por si quieres probar, pero ve armado —me dijo Quirón.
—¿Bien surtidos de qué? ¿Armado con qué?
—Ya lo verás. El viernes por la noche hay una partida de «capturar la bandera». ¿Tienes espada y escudo?
-Echo de menos un buen capturar la bandera. -Suspiró Michael.
—¿Yo, espada y…?
—Vale, no creo que los tengas. Supongo que una cinco te irá bien. Luego pasaré por la armería.
Quería preguntar qué clase de campamento de verano tenía armería.
-El nuestro. -Dijeron Luke y Castor a coro.
-le estáis hablando a un libro. -Intervino Thalia.
Luke le sacó la lengua.
Pero había mucho más en lo que pensar, así que seguimos con la visita. Vimos el campo de tiro con arco, el lago de las canoas, los establos (que a Quirón no parecían gustarle demasiado).
El centauro gruñó cuando los semidioses soltaron risitas.
El campo de lanzamiento de jabalina, el anfiteatro del coro y el estadio donde Quirón dijo que se celebraban lides con espadas y lanzas.
-Nuestro hogar. -Suspiró Silena.
—¿Lides con espadas y lanzas? —pregunté.
—Competiciones entre cabañas y todo eso. No suele haber víctimas mortales. Ah, sí, y ahí está el comedor.
-No suele haber víctimas mortales. Por cierto: ¿Quieres un helado? -Gruñó Deméter.
-Vaya manera de cambiar de tema. -Rió Apolo.
Quirón señaló un pabellón exterior rodeado de blancas columnas griegas sobre una colina que miraba al mar. Había una docena de mesas de piedra de picnic. No tenía techo ni paredes.
—¿Qué hacéis cuando llueve? —pregunté.
-No suele llover en el campamento. A no ser que los dioses estén muy enfadados. O al señor D le apetezca. -intervino Luke.
Quirón me miró como si me hubiera vuelto tonto.
—Tenemos que comer igualmente, ¿no?
-No era eso lo que estaba preguntando. -Rió Hermes.
El centauro se ruborizó.
Al final me enseñó las «cabañas», que en realidad eran una especie de bungalows. Había doce, junto al lago y dispuestas en forma de U, dos al fondo y cinco a cada lado. Sin duda eran las construcciones más estrambóticas que había visto nunca.
Salvo porque todas tenían un número de metal encima de la puerta (impares a la izquierda, pares a la derecha), no se parecían en nada. La número 9 tenía chimeneas, como una pequeña fábrica;
Hefesto y Charles sonrieron ante la mención de su cabaña.
La 4, tomateras pintadas en las paredes y el techo de hierba auténtica;
Deméter se alegró cuando Thalia nombró la suya.
La 7 parecía hecha de oro puro, brillaba tanto a la luz del sol que era casi imposible mirarla.
Apolo, Lee y Michael chocaron los cinco cuando describieron su cabaña.
-Es de oro puro. -Dijo el dios del sol con una sonrisa blanquísima.
Todas daban a una zona comunitaria del tamaño aproximado de un campo de fútbol, moteada de estatuas griegas, fuentes, arriates de flores y un par de canastas de básquet (más de mi estilo).
Todos sonrieron.
Parecía que en este capítulo, no dejarían de hacerlo.
En el centro de la zona comunitaria había una gran hoguera rodeada de piedras. Aunque la tarde era cálida, el fuego ardía con fuerza. Una chica de unos nueve años cuidaba las llamas, atizando los carbones con una vara.
-Me vio. -Dijo Hestia muy contenta.
-Percy se fija en todo. -Expresó Silena.
Las dos enormes construcciones del final, las números 1 y 2, parecían un mausoleo para una pareja real, de mármol y con columnas delante. La número 1 era la más grande y voluminosa de las doce. Las puertas de bronce pulidas relucían como un holograma, de modo que desde distintos ángulos parecían recorridas por rayos.
-Claro que debe ser la más grande e impresionante. -Se jactó Zeus.
La 2 tenía más gracia, con columnas más delgadas y rodeadas de guirnaldas de flores. Las paredes estaban grabadas con figuras de pavos reales.
-No entiendo por qué Hera debe tener cabaña si ni siquiera nadie va a vivir allí. -Espetó Thalia.
-Cállate niña y sigue leyendo.
—¿Zeus y Hera? —aventuré.
—Correcto.
-Pero si tiene cerebro. -Se sorprendió Atenea.
-Ya basta cara lechuza.
Poseidón comenzaba a cansarse de ella.
—Parecen vacías.
—Algunas lo están. Nadie se queda para siempre en la uno o la dos.
-Nadie jamás ha ocupado la dos. Con la falta que hace el espacio. -Se quejó Luke.
Hera le miró como si fuera menos que una cucaracha.
Vale. Así que cada construcción tenía un dios distinto, como una mascota.
Los dioses fruncieron el ceño ofendidos.
Doce casas para doce Olímpicos. Pero ¿por qué algunas estaban vacías?
-Porque "algunas" son…
-Déjalo Thals. No merece la pena.
La mencionada miró a Luke y asintió.
Me detuve en la primera de la izquierda, la 3.
No era alta y fabulosa como la 1, si no alargada, baja y sólida. Las paredes eran de tosca piedra gris tachonada con pechinas y coral, como si los bloques de piedra hubieran sido extraídos directamente del fondo del océano.
Poseidón sonrió ampliamente.
A Lee le encantó esa sonrisa.
Eché un vistazo por la puerta abierta y Quirón comentó:
—¡Uy, yo no lo haría!
-Podrías haberle dejado entrar.
-Aún no sabía que era su hijo señor Poseidón.
Antes de que pudiera apartarme, percibí la salobre esencia del interior, como el viento a orillas del mar.
Las paredes brillaban como abulón. Había seis literas vacías con sábanas de seda, pero ninguna señal de que alguien hubiera dormido allí. El lugar parecía tan triste y solitario, que me alegré cuando Quirón me puso una mano en el hombro y dijo:
—Vamos, Percy.
El dios del mar suspiró.
La mayoría de las demás casas estaban llenas de campistas.
La número 5 era rojo brillante: pintada fatal, como si le hubieran cambiado el color arrojándole cubos encima. El techo estaba rodeado de alambre de espinos. Una cabeza disecada de jabalí colgaba encima de la puerta, y sus ojos parecían seguirme.
Ares y Clarisse sonrieron sádicamente.
Dentro vi un montón de chicos y chicas con cara de malos, echándose pulsos y peleándose mientras sonaba música rock a todo trapo. Quien más ruido hacía era una chica de unos catorce años. Llevaba una camiseta talla XXL del Campamento Mestizo bajo una chaqueta de camuflaje. Me miró fijamente y lanzó una carcajada malévola.
-Mira ahí estás la Rue. -Comentó Michael.
La chica rió malignamente.
Me recordó a Nancy Bobofit, aunque esta chica era más grande, tenía un aspecto más feroz, y el pelo largo y greñudo, y castaño en lugar de rojizo.
-¡No me parezco a esa pelirroja desagradable!
-Eres peor.
Clarisse sonrió a lo dicho por Luke.
Seguí andando, intentando mantenerme alejado de los cascos de Quirón.
—No hemos visto más centauros —comenté.
—No —repuso con tristeza—.
En la sala, Quirón suspiró triste.
—Los de mi raza son gentes salvajes y bárbaras, me temo. Puedes encontrarlos en la naturaleza o en grandes eventos deportivos, pero no verás ninguno aquí.
-Los ponis fiesteros. -Rió Silena.
Los que sabía de que hablaban, se echaron a reír.
-¿Los qué? -Preguntó Dioniso interesado.
-Ya lo verás. -Rió Castor.
—Dice que se llama Quirón. ¿Es realmente…?
Me sonrió desde arriba.
—¿El Quirón de las historias? ¿El maestro de Hércules y todo aquello? Sí, Percy, ése soy yo.
—Pero ¿no tendría que estar muerto?
Quirón se detuvo.
-Percy no tiene mucho tacto. -Se quejó Perséfone.
—¿Sabes?, no podría estar muerto. No depende de mí. Eones atrás los dioses me concedieron mi deseo de seguir trabajando en lo que amaba. Podría ser maestro de héroes tanto tiempo como la humanidad me necesitara. He obtenido mucho de ese deseo… y también he renunciado a mucho. Pero sigo aquí, así que sólo se me ocurre que aún se me necesita.
-Por supuesto que sí. -Dijeron Luke, Michael, Ethan, Charles y Lee.
Los demás, asintieron de acuerdo.
El centauro sonrió conmovido.
Pensé en ser maestro durante tres mil años. Desde luego, no habría estado en la lista de mis diez deseos más ansiados.
-¿Os imagináis a Percy de maestro? -Interrogó Castor.
-Instructor de espada, sí. Pero lo demás… -Rió Thalia.
-Sería un desastre. -Intervino Ethan.
-¿Quién es Apolo? -Preguntó Lee.
-El tío del sol y esas cosas. -Contestó Thalia intentando aguantar la risa.
-¿Cuántos años llevan los dioses en la tierra? -Inquirió Charles.
-Pufff. Demasiados. -Contestó Michael.
-Expícanos en qué consiste la istoria griega. -Pidió Ethan.
-Eso es muy aburrido lleno de cosas aburridas. -Comentó Charles.
Todos rieron con fuerza.
Diez minutos después, Thalia siguió leyendo.
—¿No se aburre?
—No, no. A veces me deprimo horriblemente, pero nunca me aburro.
-¿Por qué te deprimes? -Interrogó Luke.
El centauro no contestó.
—¿Por qué se deprime?
-Ten cuidado Luke. -Rió Ethan.
Quirón pareció volverse de nuevo duro de oído.
—Ah, mira —dijo—. Malcolm nos espera.
Afrodita soltó un gritito.
El chico rubio que había conocido en la Casa Grande estaba leyendo un libro delante de la última cabaña de la izquierda, la 11. Cuando llegamos junto a él, me repasó con mirada crítica, como si siguiera pensando en que babeaba cuando dormía.
-Apuesto a que sí. -Rió Luke.
Todos rieron con él.
Intenté ver qué estaba leyendo, pero no pude descifrar el título. Pensé que mi dislexia atacaba de nuevo. Entonces reparé en que el libro ni siquiera estaba en inglés. Las letras parecían griego, literalmente griego.
-Es que es griego. -Intervino Clarisse.
-hablas con un libro.
-¡Cierra el pico Yew!
-¡Ciérralo tú!
-Aquí hay tensión sexual no resuelta. -Canturreó Afrodita.
Ambos semidioses la miraron como si le hubiese salido una arruga.
-¡Ni de coña! -Chillaron.
-Yo estoy con alguien.
-¿Y quién es el desafortunado que tiene que aguantarte?
Clarisse le lanzó un cuchillo a Michael que él esquivó.
-No te importa.
-¿Es imaginario?
-¡Cállate Yew!
-¿Te gusta Clarisse?
-Soy gay Castellan. Creí que lo sabías.
El silencio se hizo en la sala.
-¿Y quién te gusta? -Preguntó Ethan.
-Tú por supuesto. -Contestó el chico con voz sensual.
El hijo de némesis se ruborizó.
-Yo no… Quiero decir que… A mí no me importa que seas gay pero… Yo…
-Estaba bromeando nakamura.
El asiático respiró aliviado.
Un rato después, Thalia continuó el capítulo.
Contenía ilustraciones de templos, estatuas y diferentes clases de columnas, como las que hay en los libros de arquitectura.
-Es que le encanta la arquitectura. -Suspiró Luke.
—Malcolm—dijo Quirón—, tengo clase de arco para profesores a mediodía. ¿Te encargas tú de Percy?
—Sí, señor.
—Cabaña once —me dijo Quirón e indicó la puerta—. Estás en tu casa.
Todos estaban alegres.
La 11 era la que más se parecía a la vieja y típica cabaña de campamento, con especial hincapié en lo de vieja. El umbral estaba muy gastado; la pintura marrón, desconchada. Encima de la puerta había uno de esos símbolos de la medicina, el comercio y otras cosas, una vara con dos culebras enroscadas.
Todos sonrieron ante la cabaña de Hermes.
Al fin y al cabo, todos los semidioses habían pasado algunas noches allí.
¿Cómo se llama?
-Cincuenta dragmas a que no lo sabe.
-¿Estás segura Atenea? -Interrogó Poseidón.
-Sí.
-No sabía que apostaras. -Comentó Apolo.
-¿Aceptas el trato o no?
-Acepto. -Contestó el dios del mar.
Se dieron la mano sellando el pacto.
Un caduceo.
-¡Siiiiiiiiii! -Dijo Poseidón.
-Quiero ver lo que pone ahí.
Thalia se lo enseñó.
la diosa gruñó y le dio el dinero a su tío.
Estaba llena de chicos y chicas, muchos más que el número de literas. Había sacos de dormir por todo el suelo. Parecía más un gimnasio donde la Cruz Roja hubiera montado un centro de evacuación.
-Soy tan majo…
-No te des tantos aires. -Espetó Hera.
-Amargada. -Musitó el dios de los viajeros.
Quirón no entró. La puerta era demasiado baja para él. Pero cuando los campistas lo vieron, todos se pusieron en pie y saludaron respetuosamente con una reverencia.
—Bueno, así pues… —dijo Quirón—. Buena suerte, Percy. Te veo a la hora de la cena. Y se marchó al galope hacia el campo de tiro.
Me quedé en el umbral, mirando a los chicos. Ya no inclinaban la cabeza. Ahora estaban pendientes de mí, calibrándome. Conocía esa parte. Había pasado por ella en bastantes colegios.
Poseidón gruñó disgustado.
Ethan se encogió un poco.
—¿Y bien? —me urgió Malcolm—. Vamos.
Ethan soltó una pequeña risita al recordar la entrada de Percy.
Poseidón le fulminó con la mirada y el hijo de Némesis se quedó serio.
Así que, naturalmente, tropecé al entrar por la puerta y quedé como un completo idiota.
Thalia dejó de leer para poder reirse a gusto.
Clarisse reía con fuerza.
un rato más tarde, la teniente de las cazadoras continuó la lectura.
Hubo algunas risitas, pero nadie dijo nada.
Malcolm anunció: —Percy Jackson, te presento a la cabaña once.
—¿Normal o por determinar? —preguntó alguien.
Yo no supe qué responder, pero Malcolm anunció:
—Por determinar.
Todo el mundo se quejó.
Poseidón volvió a gruñir.
Quirón miró algo disgustado a Ethan y Luke.
-Yo no he hecho nada.
-Todavía. -Murmuró Clarisse resentida.
Un chico algo mayor que los demás se acercó.
—Bueno, campistas. Para eso estamos aquí. Bienvenido, Percy, puedes quedarte con ese hueco en el suelo, a ese lado.
Poseidón sonrió al igual que Hestia.
El chico tendría unos diecinueve años, y vaya si molaba. Era alto y musculoso, de pelo color arena muy corto y sonrisa amable. Vestía una camiseta sin mangas naranja, pantalones cortados, sandalias y un collar de cuero con cinco cuentas de arcilla de distintos colores. Lo único que alteraba un poco su apariencia era una enorme cicatriz blanca que le recorría media cara desde el ojo derecho a la mandíbula, una vieja herida de cuchillo.
Luke se ruborizó.
-Es de una garra de dragón. -Aclaró el hijo de Hermes.
-¿Cómo? -El dios le miró preocupado.
Luke le miró mal y no respondió.
—Éste es Luke —lo presentó Malcolm, y su voz sonó algo distinta. Le miré y habría jurado que estaba levemente ruborizado.
Thalia soltó una pequeña risita.
Luke se sonrojó.
Él quería a Malcolm como a un hermano pequeño.
Al ver que le miraba su expresión volvió a endurecerse—. Es tu consejero por el momento.
—¿Por el momento? —pregunté.
—Eres un por determinar —me aclaró Luke—. Aún no saben en qué cabaña ponerte, así que de momento estás aquí. La cabaña once acoge a los recién llegados, todos visitantes, evidentemente.
Los dioses estaban avergonzados por no reconocer a sus hijos.
Hermes, nuestro patrón, es el dios de los viajeros.
Observé la pequeña sección de suelo que me habían otorgado. No tenía nada para señalarla como propia, ni equipaje, ni ropa ni saco de dormir. Sólo el cuerno del Minotauro. Pensé en dejarlo allí, pero luego recordé que Hermes también era el dios de los ladrones.
-Mejor no lo dejes. -Comentó Luke.
-Eso ya ha pasado. -Expresó Ethan.
-Para mí no.
Miré alrededor. Algunos me observaban con recelo, otros sonreían estúpidamente, y otros me miraban como si esperaran la oportunidad de echar mano a mis bolsillos.
Hermes se sintió orgulloso de sus pequeños.
—¿Cuánto tiempo voy a estar aquí? —pregunté.
—Buena pregunta —respondió Luke—. Hasta que te determinen.
—¿Cuánto tardará?
Todos rieron.
-Eso ha sido de mal gusto. -Intervino Hestia.
Los semidioses tragaron saliva.
—Vamos —me dijo Malcolm—. Te enseñaré la cancha de voleibol.
—Ya la he visto.
—Vamos.
—Me agarró de la muñeca y me arrastró fuera, mientras los chicos reían a mis espaldas.
-Siempre es así. -Rió Luke.
—Jackson, tienes que esforzarte más —dijo Malcolm cuando nos separamos unos metros.
—¿Qué?
Puso los ojos en blanco y murmuró entre dientes:
—¿Cómo pude creer que eras el elegido?
—Pero ¿qué te pasa?
—Empezaba a enfadarme—. Lo único que sé es que he matado a un tío toro…
Poseidón también se empezaba a cabrear con ese chico.
—¡No hables así! —me increpó Malcolm—. ¿Sabes cuántos chicos en este campamento desearían haber gozado de la oportunidad que tú tuviste?
—¿De que me mataran?
—¡De luchar contra el Minotauro! ¿Para qué crees que entrenamos?
-¿A costa de haber perdido a su madre? -Se enfureció el dios del mar. -¡Ese chico va a saber lo que es bueno!
Hestia también estaba molesta.
Meneé la cabeza.
—Mira, si la cosa con que me enfrenté era realmente el Minotauro, el mismo del mito…
—Pues claro que lo era.
—Pero sólo ha habido uno, ¿verdad?
—Sí.
—Y murió hace un montón de años, ¿no? Se lo cargó Teseo en el laberinto. Así que…
-Por desgracia, los monstruos no mueren del todo. -Se quejó Luke.
—Los monstruos no mueren, Percy. Pueden matarse, pero no mueren.
—Hombre, gracias. Eso lo aclara todo.
—No tienen alma, como tú o como yo. Puedes deshacerte de ellos durante un tiempo, tal vez durante toda una vida, si tienes suerte. Pero son fuerzas primarias. Quirón los llama «arquetipos». Al final siempre vuelven a reconstruirse.
Pensé en la señora Dodds.
—¿Quieres decir que si matase a uno, accidentalmente, con una espada…?
—Esa Fur… quiero decir, tu profesora de matemáticas. Bien, pues ella sigue ahí fuera. Lo único que has hecho es cabrearla muchísimo.
-Seguro que sí. -Rió Hades.
—¿Cómo sabes de la señora Dodds?
—Hablas en sueños.
—Casi la llamas algo. ¿Una Furia? Son las torturadoras de Hades, ¿no?
Percy y su horrible manía de nombrarlo todo. -Se quejó Charles.
Malcolm miró nervioso al suelo, como si temiese que se abriera y le tragara.
—No deberías llamarlas por su nombre, ni siquiera aquí. Cuando tenemos que mencionarlas las llamamos «las Benévolas».
—Oye, ¿hay algo que podamos decir sin que se ponga a tronar?
Algunos soltaron risitas.
—Sonaba llorica, incluso a mis oídos, pero en aquel momento ya no me importaba—. ¿Y por qué tengo que meterme en la cabaña once? ¿Por qué están todos tan apiñados? Está lleno de literas vacías en los otros sitios.
-Ójala fuera tan fácil… -Suspiró Ethan.
—Señalé las primeras cabañas, y Malcolm palideció.
—No se elige la cabaña, Percy. Depende de quiénes son tus padres. O… tu progenitor.
—Se me quedó mirando, esperando que lo pillara.
-No va a tener ni idea. -Rió Clarisse.
—Mi madre es Sally Jackson —respondí—. Trabaja en la tienda de caramelos de la estación Grand Central. Bueno, trabajaba.
—Siento lo de tu madre, Percy, pero no me refería a eso. Estoy hablando de tu otro progenitor. Tu padre.
—Está muerto. No lo conocí.
Malcolm suspiró. Sin duda ya había tenido antes esta conversación con otros chicos.
-Conmigo. -Comentó Michael.
—Tu padre no está muerto, Percy.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Lo conoces?
—No, claro que no.
—¿Entonces cómo puedes decir…?
—Porque te conozco a ti. Y no estarías aquí si no fueras uno de los nuestros.
—No conoces nada de mí.
-Es tan lento… -Se quejó Clarisse.
Michael la miró mal.
—¿No?
—Levantó una ceja—. Seguro que no has parado de ir de escuela en escuela. Seguro que te echaron de la mayoría.
—¿Cómo…?
—Te diagnosticaron dislexia, quizá también THDA.
Intenté tragarme la vergüenza.
—¿Y eso qué importa ahora?
—Todo junto es casi una señal clara. Las letras flotan en la página cuando las lees, ¿verdad? Eso es porque tu mente está preparada para el griego antiguo. Y el THDA (eres impulsivo, no puedes estarte quieto en clase), eso son tus reflejos para la batalla. En una lucha real te mantendrían vivo. Y en cuanto a los problemas de atención, se debe a que ves demasiado, Percy, no demasiado poco. Tus sentidos son más agudos que los de un mortal corriente. Por supuesto, los médicos quieren medicarte. La mayoría son monstruos. No quieren que los veas por lo que son.
Los semidioses se estremecieron.
-Tener dislexia es horrible. -Se quejó Silena.
—Hablas como… como si hubieras pasado por la misma experiencia.
—La mayoría de los chicos que están aquí lo han hecho. Si no fueras como nosotros no habrías sobrevivido al Minotauro, mucho menos a la ambrosía y el néctar.
—¿Ambrosía y néctar?
—La comida y la bebida que te dimos para que te recuperaras. Eso habría matado a un chico normal. Le habría convertido la sangre en fuego y los huesos en arena, y ahora estarías muerto.
Clarisse rió.
-Loca. -Susurró Michael.
-Le podríamos dar eso al padrastro de Percy. -Comentó Ares.
-Por una vez, has dicho algo con sentido. -Comentó Poseidón.
Todos rieron como desquiciados.
-La risa malvada de Clarisse es como la de Belatrix Lestrange. -Se estremeció Ethan.
-Soy mucho peor que ella.
-¿Quién es? -Preguntó Hermes.
-Un personaje de Harry Potter.
-Tengo ganas de saber quién es ese. -Se quejó Hermes.
Thalia decidió seguir leyendo.
Asúmelo. Eres un mestizo.
Un mestizo. Tenía tantas preguntas en la cabeza que no sabía por dónde empezar.
Entonces una voz hosca exclamó:
—¡Pero bueno! ¡Un novato!
Clarisse gruñó.
Me volví. La chica corpulenta de la cabaña 5 avanzaba hacia nosotros con paso lento y decidido. Tres chicas la seguían, grandes, feas y con aspecto de malas como ella, todas vestidas con chaquetas de camuflaje.
—Clarisse —suspiró Malcolm—. ¿Por qué no te largas a pulir la lanza o algo así?
—Fijo, señorito Principito —repuso la chicarrona—. Para atravesarte con ella el viernes por la noche.
Luke fulminó a la hija de Ares con la mirada.
—Erre es korakas! —replicó Malcolm, y de algún modo entendí que en griego significaba «¡Anda a dar de comer a los cuervos!», aunque me dio la impresión de que era una maldición peor de lo que parecía.
-Esa boca. -Se quejó Hestia.
Nadie quiso decirle que hablaba con un libro.
—Os vamos a pulverizar —respondió Clarisse, pero le tembló un párpado. Quizá no estaba segura de poder cumplir su amenaza. Se volvió hacia mí—. ¿Quién es este alfeñique?
-¡Claro que estaba segura!
-¡Percy no es un alfeñique!
-¿Yew te gusta Prissy?
-¡Cierra la boca! -Defendió Lee a su hermano.
Blake gruñó.
-¿Prissy? -Inquirió Luke.
-Así es cómo Clarisse llama a Percy. -Contestó Ethan.
—Percy Jackson —dijo Malcolm—. Ésta es Clarisse, hija de Ares.
Parpadeé.
—¿El dios de la guerra?
-Por supuesto. -Comentó el dios.
Clarisse replicó con desdén:
—¿Algún problema?
—No —contesté—. Eso explica el mal olor.
Ares gruñó.
-A veces me pregunto si Percy tiene instinto de supervivencia. -Comentó Lee.
-Lo tiene estropeado. -Expresó Charles.
Clarisse gruñó.
—Tenemos una ceremonia de iniciación para los novatos, Prissy.
-Percy. -Dijo Michael.
Clarisse bufó.
—Percy.
—Lo que sea. Ven, que te la enseño.
—Clarisse… —la advirtió Malcolm.
—Quítate de en medio, listillo.
-No sabía que ese mote se lo hubiera puesto Clarisse. -Comentó Thalia.
La hija de Ares sonrió con suficiencia.
Malcolm parecía muy firme, pero vaya si se quitó de en medio, y yo tampoco quería su ayuda. Era el chico nuevo. Tenía que ganarme una reputación.
-Este Percy… -Se quejó Poseidón.
Le entregué a Malcolm mi cuerno de minotauro y me preparé para pelear, pero antes de darme cuenta Clarisse me había agarrado por el cuello y me arrastraba hacia el edificio color ceniza que supe de inmediato que era el lavabo.
Yo lanzaba puñetazos y patadas. Me había peleado muchas veces antes, pero aquella Clarisse tenía manos de hierro. Me arrastró hasta el baño de las chicas. Había una fila de váteres a un lado y otra de duchas al otro. Olía como cualquier lavabo público, y yo pensé —todo lo que podía pensar mientras Clarisse me tiraba del pelo— que si aquel sitio era de los dioses, ya podrían procurarse unos servicios con más clase.
Todos rieron a carcajadas.
Algunos dioses fruncieron el ceño.
Las amigas de Clarisse reían a todo pulmón, mientras yo intentaba encontrar la fuerza con que había derrotado al Minotauro, pero no estaba por ninguna parte.
-Son mis hermanas. No mis amigas.
—Sí, hombre, seguro que es material de los Tres Grandes —dijo, empujándome hacia un váter—. Seguro que el Minotauro se murió de la risa al ver la pinta de este bobo.
Una flecha se clavó en la mano de la semidiosa que al estar desprevenida, no pudo esquivarla.
-¡Michael! -Se escandalizó Lee.
El chico no dio señales de arrepentimiento.
El consejero de la cabaña siete se acercó, y curó la herida de la hija de Ares, que le estaba lanzando dagas por los ojos a Michael.
Lee se llevó la flecha y se la devolvió a su hermano.
-La próxima vez apunta a un sitio más doloroso. -Susurró el rubio.
Michael sonrió.
-¡Esto no va a quedar así!
-Lo que tú digas Clarisse.
Ares fulminaba al hijo de Apolo con la mirada.
El dios del sol se dio cuenta, y le miró mal.
Blake les gruñó a Clarisse y a su padre.
Thalia siguió con el capítulo.
Sus amigas no paraban de reír.
Malcolm estaba en una esquina, tapándose la cara pero mirando entre los dedos.
Clarisse me puso de rodillas y empezó a empujarme la cabeza hacia la taza. Apestaba a tuberías oxidadas y a… bueno, a lo que se echa en los váteres. Luché por mantener la cabeza erguida. Viendo aquella agua asquerosa pensé: «No meteré la cabeza ahí ni de broma.»
Poseidón comenzó a sonreír.
Y entonces ocurrió algo. Sentí un tirón en la boca del estómago. Oí las tuberías rugir y estremecerse.
Clarisse me soltó el pelo. Un chorro de agua salió disparado del váter y describió un arco perfecto por encima de mi cabeza. Yo caí de espaldas al suelo sin dejar de oír los chillidos de Clarisse.
Todos reían menos Clarisse y Ares.
Me volví justo cuando el agua salió de nuevo de la taza, le dio a Clarisse directo en la cara y con tanta fuerza que la tumbó de culo. El chorro de agua la acosaba como si fuera una manguera antiincendios, empujándola hacia una cabina de ducha.
-Esto es genial. -Rió Poseidón.
Ella se resistía dando manotazos y chillando, y sus amigas empezaron a acercarse. Pero entonces los otros váteres explotaron también y seis chorros más de agua las hicieron retroceder de golpe. Las duchas también entraron en funcionamiento, y juntas, todas las salidas de agua arrinconaron a las chicas hasta sacarlas del baño, arrastrándolas como desperdicios que se retiran con una manguera.
En cuanto salieron por la puerta, sentí aflojar el tirón del estómago y el agua terminó tan pronto como había empezado.
Los semidioses reían tanto, que les dolía el estómago.
El lavabo entero estaba inundado. Malcolm tampoco se había librado. Estaba empapado de pies a cabeza, pero no había sido expulsado por la puerta. Se encontraba exactamente en el mismo lugar, mirándome conmocionado.
-¡Chúpate esa la Rue!
-¡Cierra la boca Yew!
Miré alrededor y reparé en que estaba sentado en el único sitio seco de la estancia. Había un círculo de suelo seco en torno a mí, y no tenía ni una gota de agua sobre la ropa. Nada.
Me puse en pie, con las piernas temblando.
—¿Cómo has…?—preguntó Malcolm.
—No lo sé.
-¡Ese es mi hijo! -Gritó Poseidón aún riéndose.
La hija de Ares le fulminó con la mirada pero él siguió riéndose.
Salimos fuera. Clarisse y sus amigas estaban tendidas en el barro, y un puñado de campistas se había reunido alrededor para mirarlas estupefactos. Clarisse tenía el pelo aplastado en la cara. Su chaqueta de camuflaje estaba empapada y ella olía a alcantarilla. Me dedicó una mirada de odio absoluto.
-Estúpido Jackson…
—Estás muerto, chico nuevo. Totalmente muerto.
Otra flecha se le clavó a la semidiosa en la zapatilla.
-¡Yew!
-No he sido yo.
Lee sonreía con inocencia.
Clarisse le tiró la flecha con rabia. Lee la cogió y la guardó en su carcaj.
Debería haberlo dejado estar, pero repliqué:
—¿Tienes ganas de volver a hacer gárgaras con agua del váter, Clarisse? Cierra el pico.
Los semidioses rieron de nuevo.
-Me duele la tripa. -Se quejó Luke.
Sus amigas tuvieron que contenerla. Luego la arrastraron hacia la cabaña 5, mientras los otros campistas se apartaban para no recibir una patada de sus pies voladores.
-Cuánta agresividad. -Rió Poseidón.
Ares gruñó.
Malcolm me miraba fijamente.
—¿Qué? —le pregunté—. ¿Qué estás pensando?
—Estoy pensando que te quiero en mi equipo para capturar la bandera.
-Yo también le querría. -Comentó Luke.
-ya ha acabado el capítulo. ¿Quién quiere leer?
-Yo tengo una duda. ¿Cómo podemos leer si tenemos dislexia? -Interrogó Castor.
-Porque he hecho que no os cueste leerlo. -Sonrió Apolo.
-Me sorprende que se te haya ocurrido eso. -Dijo Atenea.
-Y a mí me sorprende que no se te haya ocurrido a ti. -Replicó Hermes.
-Yo leeré el siguiente. -Dijo Poseidón.
Chasqueó los dedos y el libro apareció en su mano.
Esperó un rato, pero al ver que ninguna luz aparecía, comenzó a leer.
-Capít…
Una luz dorada bañó la sala.
-¿En serio? -preguntó el dios.
Una risita se escuchó por todo el salón.
las moiras se estaban riendo.
-¿Quién será esta vez? -Se preguntó Thalia.
Todos esperaron espectantes a que la luz se desvaneciera para saber quién había aparecido.
