Disclaimer: los personajes le pertenecen a Rick Riordan.
Yo solo los utilizo para entretenerme.
Nota: Gracias por los comentarios. Me hacen muy feliz.
Disfrutad del capi.
Cuando la luz se desvaneció, podía verse a un chico alto, delgado, con una gorra azul, una camiseta naranja del campamento mestizo, vaqueros y deportivas negras.
-¿Có cómo es que estáis aquí?
-Yo también me alegro de verte Grover. -Soltó Michael.
-¿Pero vosotros no estáis…?
-¿Muertos en el futuro? Quizá. -Dijo Castor.
-¿Puedes presentarte?
-Por supuesto lady Hestia. Me llamo Grover Underwood. Sátiro del campamento mestizo y Señor de lo salvaje.
-¿Cómo puede ser? -Se escandalizó Hermes.
Él murió señor. -Dijo Grover consternado.
Los dioses amantes de la naturaleza se entristecieron y agacharon la cabeza.
-¿Se puede saber qué hago aquí mis dioses?
Apolo chasqueó los dedos y un rato más tarde, supo lo que había sucedido.
El sátiro se inclinó ante los tronos y se sentó al lado de Luke.
Poseidón carraspeó y comenzó a leer.
Capítulo 7. Mi cena se desvanece en humo.
-Su primer sacrificio. -Comentó Ethan.
La historia del incidente en el lavabo se extendió de inmediato.
Clarisse gruñó disgustada.
-Ese Prissy… -Dijo entre dientes.
Dondequiera que iba, los campistas me señalaban y murmuraban algo sobre el episodio. O puede que sólo miraran a Malcolm, que seguía bastante empapado.
-Pobre. -Rió Thalia.
Me enseñó unos cuantos sitios más: el taller de metal (donde los chicos forjaban sus propias espadas).
Hefesto y su hijo sonrieron.
El taller de artes y oficios (donde los sátiros pulían una estatua de mármol gigante de un hombre cabra).
Grover frunció el ceño mientras los semidioses reían divertidos.
El rocódromo, que en realidad consistía en dos muros enfrentados que se sacudían violentamente, arrojaban piedras, despedían lava y chocaban uno contra otro si no llegabas arriba con la suficiente celeridad.
Todos sonrieron pero no más que Clarisse que parecía una lunática.
Por último, regresamos al lago de las canoas, donde un sendero conducía de vuelta a las cabañas.
Poseidón sonreía mientras leía ese párrafo.
—Tengo que entrenar —dijo Malcolm sin más—. La cena es a las siete y media. Sólo tienes que seguir desde tu cabaña hasta el comedor.
-Tengo hambre. -Susurró Luke.
Blake ladró y meneó la cola de acuerdo con él.
Hermes chasqueó los dedos y un bocadillo y un refresco aparecieron delante de cada semidiós, Quirón y Grover.
Todos se lo agradecieron y se pusieron a comer.
Blake miraba a Poseidón con mirada de cachorrito perdido.
El dios como estaba mirando el libro no se enteró.
El golden le dio con una de sus patitas y lloriqueó.
Poseidón le miró.
-¿Tú también quieres comer?
Chasqueó los dedos y un gran filete apareció en un cuenco hecho con conchas marinas.
-No debería comer eso. No es bueno para él.
-Pero Lee mira su carita.
Blake miraba al hijo de Apolo con ojos tristes.
-Pero se va a poner gordo. -Protestó el chico.
Ante la mirada del cachorro, Lee consintió que se comiera el filete.
El perrito se acercó, le lamió la cara y se llevó su cuenco al lado de Luke.
-Qué fino es para comer. -Rió el hijo de Hermes.
Blake cogía con delicadeza los trozos de carne y los masticaba varias veces antes de tragarlos.
Cuanto más le miraban, con más elegancia comía.
-Tan vanidoso como Apolo. -Rió Hefesto.
-Por eso es de mi hijo.
-Se lo he regalado yo. -Se jactó Poseidón.
Blake miró a los semidioses y ladró varias veces.
Grover comenzó a reirse.
-Dice que si seguís mirándole comer y dejáis vuestra comida de lado, cuando os hayáis querido dar cuenta, habrá desaparecido.
Todos siguieron comiendo sus bocadillos. Sabían que Blake hablaba (ladraba) en serio.
Un rato más tarde, Poseidón continuó leyendo.
—Malcolm, siento lo ocurrido en el lavabo.
—No importa.
—No ha sido culpa mía.
-Si claro. -Bufó Ethan.
-Ha sido culpa de Blake. -Comentó Silena.
El perro fulminó a la chica con la mirada y gruñó.
-Dice que eso ha sido ofensivo. -Tradujo Grover.
La hija de Afrodita se sonrojó avergonzada.
Me miró con aire escéptico, y reparé en que sí había sido culpa mía. Había provocado que el agua saliera disparada desde todos los grifos. No entendía cómo, pero los baños me habían respondido. Las tuberías y yo nos habíamos convertido en uno.
-Eso ha sonado tan profundo… -Rió Luke.
-Se ha ehcho uno con las tuberías. -Dijo Apolo enjugándose una lágrima falsa.
-Es tan poético… -Suspiró Michael.
—Tienes que hablar con el Oráculo —dijo Malcolm.
—¿Con quién?
—No con quién, sino con qué. El Oráculo. Se lo pediré a Quirón.
Luke se estremeció acordándose de su madre.
Hermes se dio cuenta, quiso acercarse pero la mirada de odio que le echó su hijo le advirtió que no sería buena idea.
Miré el fondo del lago, deseando que alguien me diera una respuesta directa por una vez.
No esperaba que nadie me devolviera la mirada desde el fondo, así que me quedé de una pieza cuando noté que había dos adolescentes sentadas con las piernas cruzadas en la base del embarcadero, a unos seis metros de profundidad. Llevaban pantalones vaqueros y camisetas verde brillante, y la melena castaña les flotaba suelta por los hombros mientras los pececillos las atravesaban en todas direcciones.
Poseidón leía encantado esa parte.
Sonrieron y me saludaron como si fuera un amigo que no veían desde hacía mucho tiempo.
-Ellas saben que es hijo mío.
-Deja de autointerrumpirte.
-Deja de quejarte pesada.
Atenea frunció el ceño disgustada.
Atónito, les devolví el saludo.
—No las animes —me avisó Malcolm—. Las náyades son terribles como novias.
-¿Lo sabe por experiencia propia? -Interrogó Apolo.
-Puede ser. -Evadió Luke.
-O puede que no. -Secundó Thalia.
—¿Náyades? —repetí, y sentí que aquello me superaba—. Hasta aquí hemos llegado. Quiero volver a casa ahora.
-Ya estás en casa. -Dijo Charles.
Malcolm puso ceño.
—¿Es que no lo pillas, Percy? Ya estás en casa.
El hijo de Hefesto sonrió ante la similitud de palabras.
-Ése es el único lugar seguro para los semidioses. -Comentó Apolo.
-(En todo caso, para los griegos) -Pensó.
—Éste es el único lugar seguro en la tierra para los chicos como nosotros.
—¿Te refieres a chicos con problemas mentales?
-¡Oye! -Se quejó Ethan.
-Bueno… Algunos sí están un poco… -Rió Quirón.
Muchos bufaron.
—Me refiero a no humanos. O por lo menos no del todo humanos. Medio humanos.
—¿Medio humanos y medio qué?
-¿En serio ha preguntado eso? -Se sorprendió Silena.
-Sesos de alga. -Suspiró Thalia.
—Creo que ya lo sabes.
No quería admitirlo, pero me temo que sí lo sabía. Sentí un leve temblor en las extremidades, una sensación que a veces tenía cuando mamá hablaba de mi padre.
-Semidioses. -Susurró Bianca aún asimilando todo.
—Dios —contesté—. Medio dios.
Malcolm asintió.
—Tu padre no está muerto, Percy. Es uno de los Olímpicos.
—Eso es… un disparate.
-Gracias por la parte que me toca. -Se quejó Poseidón.
Atenea rió por lo bajo.
un chorro de agua helada empapó a la diosa por completo.
-llevo avisándote todo el rato. Y ya me he cansado.
-¡Cómo te atreves!
Una bandada de lechuzas se acercaron al dios. Éste las esquivó.
Las aves muy enfadadas, se lanzaron a por otro objetivo.
Blake estaba tumbado mirando a Hades con curiosidad, cuando sintió cómo algo aterrizaba sobre él.
Gruñó y trató de morder a las lechuzas, pero éstas se alejaron y después se acercaron a picotearle.
El perro trató de huir pero no podía moverse.
Se encogió de miedo y comenzó a temblar descontroladamente.
Atenea estaba sonriendo satisfecha. Ese perro que había traído su tío para su nuevo juguetito…
Lee miraba muy pálido como esos pajarracos destrozaban a su perro.
Sabía que no debía inmiscuirse en las disputas entre dioses pero él era su cachorro y no podía permitir aquello.
Poseidón las empapó con olas de agua casi congelada pero no daba resultado.
Apolo sabía que faltaba poco para que el perro muriera. Ya estaba inconsciente.
Lee muy cabreado se levantó y lanzó flechas a las veinte lechuzas que cayeron al suelo.
No estaban muertas, pero Lee no permitiría que se movieran.
Atenea movió la mano y las lechuzas desaparecieron.
Lee corrió hasta donde estaba su perro. Le pasó las manos por su cuerpecito y le sanó.
Quedó agotado pero no le importó.
Blake se despertó y lamió la cara de su amo agradecido.
Unos minutos después, Poseidón siguió leyendo mientras Atenea intentaba secarse sin éxito porque el dios no se lo permitía.
Ella trató de cambiarse de ropa, pero volvía a estar empapada.
—¿Lo es? ¿Qué es lo más habitual en las antiguas historias de los dioses? Iban por ahí enamorándose de humanos y teniendo hijos con ellos, ¿recuerdas? ¿Crees que han cambiado de costumbres en los últimos milenios?
-¿para qué cambiar si es placentero? -Preguntó Zeus.
Hera le fulminó con la mirada.
-Porque algunos, tenéis esposas.
Los dioses se encogieron de hombros.
-¿A ti te da igual? -Interrogó Hera a Perséfone.
La diosa negó.
-Ellas son mortales pero yo no.
-¿Y qué opinaría Anfítrite si se enterara de que tienes un nuevo juguetito? -Interrogó Hera mirando a Lee despectivamente.
-¡Yo no soy el juguetito de nadie!
-Por supuesto que no. -Rió Atenea.
-No me interesa lo que pueda decir Anfítrite. Ella tiene sus aventuras y yo las mías.
-Dudo que ella piense igual que tú.
-No te metas donde no te llaman. -Espetó Poseidón.
-Lee miraba entristecido al suelo.
Hera tenía razón. Él era un entretenimiento para el dios. Y cuando él se cansara, Lee terminaría con el corazón roto como la mayoría de los mortales que tenían relación con los dioses.
Apolo frunció el ceño mirando a su tío.
-Él no es… -Comenzó a decir el dios del mar.
-Deja a Lee tranquilo. Ya sabemos cómo acaban estas cosas. Él se irá a su tiempo y tú terminarás olvidándole. Él mientras, se deprimirá.
-¿Desde cuándo te ha importado lo que ppueda sentir un mortal? -Cuestionó Atenea.
-Desde que ése mortal es mi hijo y no quiero que le pase nada.
-No voy a hacerle daño. -Intervino el dios del mar.
-No intencionalmente. -Dijo Luke recordando a su madre.
-Que él decida lo que quiere. -Dijo Poseidón.
-No… no lo se.
El creador de los caballos suspiró y siguió leyendo.
—Pero eso no son más que…
—Iba a decir mitos otra vez, pero recordé la advertencia de Quirón: al cabo de dos mil años yo también podría ser considerado un mito—. Pero si todos los chicos que hay aquí son medio dioses…
-Semidioses. -Dijo Thalia.
—Semidioses —apostilló Malcolm—. Ése es el término oficial. O mestizos, en lenguaje coloquial.
—Entonces ¿quién es tu padre?
-Tema tabú. -Intervino Luke.
Aferró con fuerza la barandilla. Tuve la impresión de haber tocado un tema delicado.
-Muy delicado. -Apostilló Thalia frunciendo el ceño.
—Mi padre es profesor en West Point —me dijo—. No lo veo desde que era muy pequeño. Da clases de Historia de Norteamérica.
Luke apretó los dientes acordándose del pequeño de siete años asustado en aquel callejón.
—Entonces es humano.
—Pues claro. ¿Acaso crees que sólo los dioses masculinos pueden encontrar atractivos a los humanos?
¡Qué sexista eres!
Artemisa frunció el ceño en dirección al libro.
—¿Quién es tu madre, pues?
—Cabaña seis.
Atenea sonrió intentando secarse aún.
—¿Qué es?
Malcolm se irguió.
—Atenea, diosa de la sabiduría y la batalla.
la mencionada sonrió con suficiencia.
-No sonrías mucho sobrinita porque aún no has sabido cómo poder secarte. -Rió Hades.
-No puedo gracias a los estúpidos poderes del barba berberecho.
-Hey. Esa es nueva. -Rió Poseidón.
-Pero si puede ser creativa. -Rió Hermes.
«Vale —pensé—. ¿Por qué no?» Y formulé la pregunta que más me interesaba:
—¿Y mi padre?
-Poseidón. -Dijo Ethan.
-Estás respondiéndole a un libro. -Comentó Castor.
El hijo de Némesis se ruborizó.
—Por determinar —repuso Malcolm—, como te he dicho antes. Nadie lo sabe.
—Excepto mi madre. Ella lo sabía.
—Puede que no, Percy. Los dioses no siempre revelan sus identidades.
-Sally lo sabía. -Comentó Thalia.
—Mi padre lo habría hecho. La quería.
Hera rió entre dientes.
-A todos los mortales con los que he tenido una relación, los he amado. -Dijo Poseidón.
-¿Cómo puedes amar a más de una persona? -Preguntó Silena.
-Somos dioses. -Explicó Apolo.
-Y sufro cada vez que se marchan a los dominios de mi hermano.
-¿Y por qué si sufres, no dejas de tener amores mortales? -Interrogó la hija de Afrodita.
-No me lo he planteado nunca.
-No amáis a los mortales. Los utilizáis como queréis y después les dejáis hundirse en la miseria. -Rió Hera.
-¡Cállate! -Gritó Zeus. -¡No hables de lo que desconoces!
La diosa iba a intervenir de nuevo, pero Zeus se lo impidió.
-¡Cierra la boca te he dicho! -Espetó el dios de los cielos.
Malcolm respondió con mucho tacto; no quería desilusionarme.
—Puede que tengas razón. Puede que envíe una señal. Es la única manera de saberlo seguro: tu padre tiene que enviarte una señal reclamándote como hijo. A veces ocurre.
-Tienen suerte los que son reclamados. -Suspiró Ethan.
-En el futuro hay cabañas para los hijos de dioses menores. Incluso para los hijos de Hades. -Dijo Grover.
Todos se sorprendieron por la noticia.
-¿Có… cómo puede ser eso? -Se emocionó Ethan.
-Saldrá en los libros. -Comentó Thalia con una sonrisa.
Ethan sollozó abrazándose a Luke.
-Y ahora hay una norma que obliga a los dioses a que reconozcan a sus hijos. -Siguió el sátiro.
Todos se alegraron muchísimo.
Algunos dioses no estaban muy contentos de tener esas normas, pero no dijeron nada.
—¿Quieres decir que a veces no?
Los dioses se avergonzaron por no reclamar a sus hijos.
Malcolm recorrió la barandilla con la mano.
—Los dioses están ocupados. Tienen un montón de hijos y no siempre… Bueno, a veces no les importamos, Percy. Nos ignoran.
Algunos semidioses pusieron caras de dolor.
Las divinidades tragaron saliva consternadas.
Pensé en algunos chicos que había visto en la cabaña de Hermes, adolescentes que parecían enfurruñados y deprimidos, como a la espera de una llamada que jamás llegaría.
-Los dioses nos enjendran y después se olvidan de nosotros. A ellos no les importamos, pero no son conscientes de el daño que nos hace eso. -Comentó Luke.
-Algunos tenemos madres o padres mortales que nos rechazan por lo que somos y los problemas que conlleva ser nosotros y llegamos al campamento a la espera de que sea mejor pero… Muchas veces no nos reclaman y es doloroso. -Intervino Michael.
-Si necesitan algo de nosotros o si hacemos algo heróico que haya merecido la pena, hacen saber que somos hijos suyos. Pero si no… seguimos esperando a que se acuerden de que existimos. -Finalizó Ethan.
-Como si a alguien les importaran vuestras vidas. -Bufó Hera. -Sólo servís para hacer lo que nosotros os digamos y ya está.
-¡Si no te callas, te juro por el estigio que voy a darle permiso a Cervero para que te use de juguete!
La diosa del matrimonio resopló.
-¡Eres una maldita insensible! -Chilló Hefesto.
Poseidón decidió continuar leyendo.
Había conocido chicos así en la academia Yancy, enviados a internados por padres ricos que no tenían tiempo para ellos. Pero los dioses deberían comportarse mejor, ¿no?
-Ojalá. -Murmuró Thalia.
—Así que estoy atrapado aquí, ¿verdad? —dije—. ¿Para el resto de mi vida?
-Probablemente. -Comentó Charles.
—Depende. Algunos campistas se quedan sólo durante el verano. Si eres hijo de Afrodita o Deméter, probablemente no seas una fuerza realmente poderosa.
Las diosas mencionadas fruncieron el ceño ofendidas.
Los monstruos podrían ignorarte, y en ese caso te las arreglarías con unos meses de entrenamiento estival y vivirías en el mundo mortal el resto del año. Pero para algunos de nosotros es demasiado peligroso marcharse. Somos anuales. En el mundo mortal atraemos monstruos; nos presienten, se acercan para desafiarnos. En la mayoría de los casos nos ignoran hasta que somos lo bastante mayores para crear problemas, ya sabes, a partir de los diez u once años. Pero después de esa edad, la mayoría de los semidioses vienen aquí si no quieren acabar muertos.
-Y no todos lo logran. -Musitó Luke.
Algunos consiguen sobrevivir en el mundo exterior y se convierten en famosos. Créeme, si te dijera sus nombres los reconocerías. Algunos ni siquiera saben que son semidioses. Pero, en fin, son muy pocos.
-Tienen suerte. -Comentó Ethan.
—¿Así que los monstruos no pueden entrar aquí?
Malcolm meneó la cabeza.
-SE supone que no. -Intervino Hefesto.
—No a menos que se los utilice intencionadamente para surtir los bosques o sean invocados por alguien de dentro.
-¿Por qué querría nadie invocar a un monstruo? -Se quejó Michael.
-Para luchar. -Dijo Clarisse como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Por qué querría nadie invocar a un monstruo?
Michael se sonrojó ante la similitud con lo que decía Percy.
—Para combates de entrenamiento. Para hacer chistes prácticos.
—¿Chistes prácticos?
—Lo importante es que los límites están sellados para mantener fuera a los mortales y los monstruos.
-Pueden entrar si alguien les da autorización. -Comentó Lee.
Desde fuera, los mortales miran el valle y no ven nada raro, sólo una granja de fresas.
Castor sonrió ante la mención de las fresas.
—¿Así que tú eres anual?
Malcolm asintió. Por el cuello de la camiseta se sacó un collar de cuero con cinco cuentas de arcilla de distintos colores. Era igual que el de Luke, pero el de él también llevaba un grueso anillo de oro, como un sello.
-El anillo de su padre. -Explicó Thalia.
—Estoy aquí desde que tenía siete años —dijo—. Cada agosto, el último día de la sesión estival, te otorgan una cuenta por sobrevivir un año más. Llevo más tiempo aquí que la mayoría de los consejeros, y ellos están todos en la universidad.
-¿Así que universitario? -Le preguntó Apolo a Lee.
-Estoy en mi tercer año de medicina.
Su padre sonrió orgulloso.
—¿Cómo llegaste tan pronto?
Hizo girar el anillo de su collar.
—Eso no es asunto tuyo.
Thalia y Luke fruncieron el ceño recordando.
—Ya.
—Guardé un incómodo silencio—. Bueno, y… ¿podría marcharme de aquí si quisiera?
-Si desea una muerte segura… -Musitó Castor.
Poseidón frunció el ceño ante los pensamientos de su hijo.
Prefería que se quedase a salvo en el campamento.
—Sería un suicidio, pero podrías, con el permiso del señor D o de Quirón. Por supuesto, no dan ningún permiso hasta el final del verano a menos que…
-A no ser que te den una misión… -Comentó Ethan.
—¿A menos qué?
—Que te asignen una misión. Pero eso casi nunca ocurre. La última vez…
—Dejó la frase a medias; su tono sugería que la última vez no había ido bien.
-No fue bien. -Comentó Luke tocándose la cicatriz de su rostro.
-¿Qué pasó?
Luke le frunció el ceño a su padre.
Hermes suspiró.
Debía averiguar por qué su hijo le odiaba.
—En la enfermería —dije—, cuando me dabas aquella cosa…
—Ambrosía.
—Sí. Me preguntaste algo del solsticio de verano.
-Yo quiero saberlo también. -Comentó Zeus.
-Me extraña que estés prestando atención. -Comentó Hades.
-Me gustaría saber quien ha robado mi rayo.
Los hombros de Malcolm se tensaron.
—¿Así que sabes algo?
—Bueno… no. En mi antigua escuela oí hablar a Grover y Quirón acerca de ello. Grover mencionó el solsticio de verano. Dijo algo como que no nos quedaba demasiado tiempo para la fecha límite. ¿A qué se refería?
-Eso mismo quiero saber yo. -Refunfuñó el rey del Olimpo.
—Ojalá lo supiera. Quirón y los sátiros lo saben, pero no tienen intención de contármelo. Algo va mal en el Olimpo, algo importante. La última vez que estuve allí todo parecía tan normal…
Todos miraron a Luke.
—¿Has estado en el Olimpo?
—Algunos de los anuales (Luke, Clarisse, yo y otros) hicimos una excursión durante el solsticio de invierno. Es entonces cuando los dioses celebran su gran consejo anual.
Clarisse frunció el ceño al hijo de Hermes.
—Pero… ¿cómo llegaste hasta allí?
—En el ferrocarril de Long Island, claro. Bajas en la estación Penn. Edificio Empire State, ascensor especial hasta el piso seiscientos.
-Es algo que debería saber. -Dijo Michael sarcástico.
-Obviamente. -Secundó su hermano.
—Me miró como si estuviera seguro de que eso ya tenía que saberlo—. Eres de Nueva York, ¿no?
-¿Eso qué tiene que ver? -Refunfuñó Michael.
Lee le puso una mano en el brazo.
—Sí, desde luego.
—Lo era, pero por lo que sabía sólo había ciento dos pisos en el Empire State. Decidí no mencionarlo.
—Justo después de la visita —prosiguió Malcolm—, el tiempo comenzó a cambiar, como si hubiera estallado una trifulca entre los dioses. Desde entonces, he escuchado a escondidas a los sátiros un par de veces.
-Qué grosero. -Se burló Hermes.
La diosa de la sabiduría tenía cara de haber chupado un limón.
-Un hijo de Atenea escuchando a escondidas. Pero qué vergüenza. -Se escandalizó Apolo.
-¡Cierra la boca poeta de mala calidad!
-Nea. Eso duele.
-¡No me llames Nea!
Apolo le sacó el dedo corazón.
Lee y Michael reían por lo bajo.
Blake se acurrucó más en los brazos del capitán de la cabaña siete.
—Lo máximo que he llegado a colegir es que han robado algo importante. Y si no lo devuelven antes del solsticio de verano, se va a liar.
-¡Claro que se va a liar! ¡Nadie tiene permitido tocar a Ray escepto yo!
-Si tan importante es para ti… ¡Haberte casado con él!
-¡Lo hubiera hecho si hubiera podido!
-¿En serio llamas así a tu rayo maestro? -Rió Poseidón.
-¡Significa rayo en griego!
-Absurdo. -Rió el dios del mar.
-¿Quieres pasar una temporada como mortal?
-No puedes hacer eso hermanito.
-¡Cállate! -Espetó Hera.
-Es una buena mujer. Dijo madre. No te dará problemas. Siguió insistiendo. Será una buena compañera. Comentó mamá Rea. ¡Y es mentira! -Gritó Zeus. -¡Es una amargada!
Los dioses miraban al dios de las tormentas como si se hubiera vuelto definitivamente loco.
-¡No te amo! ¡Entérate!
-Esto es nuevo. -Dijo Apolo.
-Pues te toca aguantarte. -Comentó la diosa.
-Pues no te quejes si te soy infiel. -Apostilló Zeus.
Poseidón se aburrió y siguió leyendo.
—Cuando llegaste, esperaba… Quiero decir… Atenea se lleva bien con todo el mundo, menos con Ares. Bueno, claro, y está la rivalidad con Poseidón. Pero, aparte de eso, creí que podríamos trabajar juntos. Pensaba que sabrías algo.
La diosa miró mal al dios del mar.
Negué con la cabeza. Ojalá hubiera podido ayudarle, pero me sentía demasiado hambriento, cansado y sobrecargado mentalmente para seguir haciendo preguntas.
-Es normal. -Comentó Hestia.
—Tengo que conseguir una misión —murmuró Malcolm para sí—. Ya no soy un niño. Si sólo me contaran el problema…
-Es un pelín prepotente ¿No? -Interrogó Hermes.
-Ha cambiado. -Comentó Thalia.
-¿No tenía que entrenar? -Preguntó Castor.
-Se lo habrá saltado. -Contestó Grover.
Olí humo de barbacoa que llegaba de alguna parte cercana. Malcolm debió de escuchar los rugidos de mi estómago, pues me dijo que me adelantara, él me alcanzaría después. Le dejé en el embarcadero, recorriendo la barandilla con un dedo como si trazara un plan de batalla.
-Seguro que es eso lo que estaba haciendo. -Comentó Charles.
-Típico de Malcolm. -Secundó Luke.
De vuelta en la cabaña 11, todo el mundo estaba hablando y alborotaba mientras esperaban la cena. Por primera vez, advertí que muchos campistas tenían rasgos similares: narices afiladas, cejas arqueadas, sonrisas maliciosas. Eran la clase de chicos que los profesores señalarían como problemáticos.
Hermes sonrió orgulloso ante la descripción.
Afortunadamente, nadie me prestó demasiada atención mientras me dirigía a mi sitio en el suelo y dejaba allí mi cuerno de minotauro.
El consejero, Luke, se me acercó. También tenía el parecido familiar de Hermes, aunque deslucido por la cicatriz de su mejilla derecha, pero su sonrisa estaba intacta.
-Tan sexi… -Dijo Apolo. Esa cicatriz le da… No sé. Me gusta.
El dios repasó a Luke de arriba a abajo con descaro.
Artemisa iba a lanzarle una flecha pero decidió contenerse. No quería ser ella la aguafiestas siempre.
Luke estaba poniéndose nervioso. Apolo le estaba mirando como si quisiera comérselo.
-Deja al chico tranquilo. -Intervino Hermes.
-No seas así hermanito. -Se quejó Apolo.
-Yo he dejado a tu hijo en paz. Haz tú lo mismo.
Apolo gruñó pero dejó de devorar a Castellan con la mirada.
-Sigo pensando que es sexi.
Hermes le fulminó con la mirada.
-Vale ya me callo.
Poseidón esperó un rato más y al ver que nadie más hablaba, siguió con el capítulo.
—Te he encontrado un saco de dormir —dijo—. Y toma, te he robado algunas toallas del almacén del campamento.
El dios de los ladrones levantó el pulgar.
Quirón frunció el ceño.
No se podía saber si bromeaba o no a propósito del robo.
-No bromeo con esas cosas. -Se ofendió Luke.
—Gracias —contesté.
—De nada.
—Se sentó a mi lado y se recostó contra la pared—. ¿Ha sido duro tu primer día?
—No pertenezco a este lugar. Ni siquiera creo en los dioses.
Algunos se sintieron ofendidos.
—Ya —contestó—. Así empezamos todos. Y luego, cuando empiezas a creer en ellos, tampoco es más fácil.
Su amargura me sorprendió, porque Luke parecía un tipo que se tomaba las cosas con filosofía. Parecía capaz de controlar cualquier situación.
El hijo de Hermes se sonrojó ante la atención.
—¿Así que tu padre es Hermes? —le pregunté.
Se sacó una navaja automática del bolsillo y por un instante pensé que iba a destriparme, pero sólo se quitó el barro de la sandalia.
Poseidón le lanzó una mirada a Luke que decía: Más te vale que no le destripes.
—Sí, Hermes.
—El tipo de las zapatillas con alas.
-¡Oye! -SE quejó el dios como un niño pequeño.
Los demás rieron.
—Ese. Los mensajeros. La medicina. Los viajantes, mercaderes, ladrones. Todos los que usan las carreteras. Por eso estás aquí, disfrutando de la hospitalidad de la cabaña once. Hermes no es quisquilloso a la hora de patrocinar.
-Yo soy el dios de la medicina. -Se quejó Apolo.
-Estúpidas farmacias… -Musitó Lee.
-Soy un dios tan amable… -Se jactó Hermes.
Algunos dioses resoplaron.
Supuse que Luke no pretendía llamarme don nadie.
—¿Has visto a tu padre? —pregunté.
—Una vez.
Esperé, convencido de que si quería contármelo lo haría. Al parecer no quería. Me pregunté si la historia tendría algo que ver con el origen de su cicatriz.
-nada que ver. -Dijo Castellan.
Luke levantó la cabeza y se obligó a sonreír.
—No te preocupes, Percy. Los campistas suelen ser buena gente. Después de todo, somos familia lejana, ¿no? Nos cuidamos unos a otros.
-¿Suelen ser? No megusta ese "suelen ser". -Protestó Poseidón.
-Bueno… algunos hijos de Ares quieren cargárselo y no lleva allí ni una semana. -Comentó Afrodita.
-Y seguro que algunos hijos de Hermes le harán el blanco de sus bromas. -Continuó Deméter.
-El último que intentó hacerle una broma a Percy, acabó intimidado y perseguido por la señorita O'Leary. -Dijo Charles.
-¿Quién es la señorita O'Leary? -Preguntó Poseidón.
-La mascota de Percy. -Contestó Michael.
-¿Y es…? -Inquirió el dios del mar.
-Unaperradelinfierno. -Musitó Silena.
-Repite.
-Una perra del infierno. -Dijo Grover.
-¿Cómo? -Preguntaron Hades y Poseidón.
-Es inofensiva. -Contestó Charles.
-Es la más grande que he visto en mi vida. -Intervino Lee.
-Más grande que un tanque. -Aportó Clarisse.
El dios del mar estaba convencido de que moriría de un infarto.
Decidió por el bien de su salud, continuar leyendo.
Parecía entender lo perdido que me sentía, y se lo agradecí porque un tipo mayor como él —aunque fuera consejero— se habría mantenido alejado de un pringado de instituto como yo. Pero Luke me había dado la bienvenida a la cabaña. Incluso había birlado para mí algunos artículos de baño, que era lo más bonito que había hecho nadie por mí aquel día.
-¡Qué mono! -Chilló Afrodita.
Decidí hacerle mi gran pregunta, la que llevaba incordiándome toda la tarde.
—Clarisse, de Ares, ha gastado bromas sobre que yo sea material de los «Tres Grandes». Después Malcolm , en dos ocasiones, ha dicho que yo podría ser «el elegido».
-Harry Potter es el elegido. -Comentó Michael.
-Dejad ya esos estúpidos libros. -Se quejó Hera.
-Deja en paz a los niños. -Espetó Hestia.
—Me dijo que tendría que hablar con el Oráculo. ¿De qué va todo eso?
Los semidioses se estremecieron al acordarse de lo que era el oráculo.
Luke cerró su navaja.
—Odio las profecías.
-Igual. -Dijeron todos los semidioses incluídos los hijos de Apolo.
El dios del sol hizo un puchero que a cierto semidiós le pareció adorable.
—¿Qué quieres decir?
Apareció un tic junto a la cicatriz.
—Digamos que la lié a base de bien. Durante los últimos dos años, desde que fallé en mi viaje al Jardín de las Hespérides, Quirón no ha vuelto a permitir más misiones. Malcolm se muere de ganas de salir al mundo. Estuvo dándole tanto la paliza a Quirón que al final le dijo que él ya conocía su destino. Tenía una profecía del Oráculo. No se lo contó todo, pero le dijo que Malcolm no estaba destinado a partir aún en una misión. Tenía que esperar a que alguien especial llegara al campamento.
Atenea resopló disgustada.
—¿Alguien especial?
—No te preocupes, chaval —repuso Luke—. A Malcolm le gusta pensar que cada nuevo campista que pasa por aquí es la señal que él está esperando.
Thalia sonrió.
—Venga, vamos, es la hora de la cena.
Al momento de decirlo, sonó un cuerno a lo lejos. De algún modo supe que era el caparazón de una caracola, aunque jamás había oído uno antes.
-Es porque eres mi hijo.
-Estás hablando con un libro.
-Sí. Pero no soy tan pringado como tú.
Atenea le lanzó dagas por los ojos.
—¡Once, formad en fila! —vociferó Luke.
La cabaña al completo, unos veinte, formamos en el espacio común. La fila iba por orden de antigüedad, así que yo era el último.
-Son demasiados. -Suspiró Hestia.
Los campistas llegaron también de otras cabañas, excepto de las tres vacías del final, y de la número 8, que parecía normal de día, pero que ahora que se ponía el sol empezaba a brillar argentada.
Thalia, Bianca y Artemisa sonrieron ante la mención de la cabaña ocho.
Subimos por la colina hasta el pabellón del comedor. Se nos unieron los sátiros desde el prado. Las náyades emergieron del lago de las canoas. Unas cuantas chicas más salieron del bosque; y cuando digo del bosque, quiero decir directamente del bosque. Una niña de unos nueve o diez años surgió del tronco de un arce y llegó saltando por la colina.
En total, habría unos cien campistas, una docena de sátiros y otra docena surtida de ninfas del bosque y náyades.
Todos sonreían menos Hera (Por supuesto. Ella nunca sonríe.)
En el pabellón, las antorchas ardían alrededor de las columnas de mármol. Una hoguera central refulgía en un brasero de bronce del tamaño de una bañera. Cada cabaña tenía su propia mesa, cubierta con un mantel blanco rematado en morado. Cuatro mesas estaban vacías, pero la de la cabaña 11 estaba llena en exceso. Tuve que apretujarme al borde de un tronco con medio cuerpo colgando.
los dioses volvieron a sentir vergüenza de sí mismos por no reclamar a todos sus hijos.
Vi a Grover sentado a la mesa 12 con el señor D, unos cuantos sátiros y una pareja de chicos rubios regordetes clavados al señor D.
Castor fulminó al libro con la mirada.
-Yo no soy regordete.
-Claro que no Castor. -Rió Clarisse.
-¡Que te fo…!
La hija de Ares rió con fuerza.
Quirón estaba de pie a un lado, la mesa de picnic era demasiado pequeña para un centauro.
Malcolm se hallaba en la mesa 6 con un puñado de chavales de aspecto atlético y serio, todos con sus ojos grises y el pelo rubio color miel.
-Pero si Atenea es morena. -Comentó Ethan.
-O le gustan mucho los rubios… o a saber. -Comentó Apolo.
-No todos los hijos de la diosa son rubios de ojos grises. -Dijo Luke. -Christine Delphi tiene el pelo negro y los ojos marrones.
-Dante Howe tiene el pelo color chocolate y los ojos azules. -Dijo Thalia.
-¿Howe es hijo de Atenea? -Se sorprendió Ethan.
-Yo creía que era hijo de Apolo. -Comentó Luke.
-La diosa le reclamó después de la guerra. -Dijo Grover.
Luke y Ethan sonrieron alegrándose por su amigo.
Clarisse se sentaba detrás de mí en la mesa de Ares. Al parecer había superado el remojón, porque estaba riendo y eructando con todos sus amigos.
-Mis hermanos. -Gruñó ella.
Al final, Quirón coceó el suelo de mármol blanco del pabellón y todo el mundo guardó silencio.
Levantó su copa y brindó:
—¡Por los dioses!
-Amén. -Dijeron Hermes y Apolo.
-Por nosotros. -Dijeron Hades y Poseidón.
Las ninfas del bosque se acercaron con bandejas de comida: uvas, manzanas, fresas, queso, pan fresco, y sí, ¡barbacoa! Tenía el vaso vacío, pero Luke me dijo:
—Háblale. Pide lo que quieras beber… sin alcohol, por supuesto.
Dioniso hizo un puchero.
—Coca-Cola de cereza —dije. El vaso se llenó con un líquido de color caramelo burbujeante. Entonces tuve una idea—. Coca-Cola de cereza azul.
Muchos sonrieron.
—El refresco se volvió de una tonalidad cobalto intenso. Bebí un sorbo. Perfecto.
Brindé por mi madre. «No se ha ido —me dije—. Al menos no permanentemente. Está en el inframundo. Y si eso es un lugar real, entonces algún día…»
-Espero que no esté tan loco como para hacer eso. -Refunfuñó Hades.
Grover prefirió mantenerse callado.
—Aquí tienes, Percy —me dijo Luke tendiéndome una bandeja de jamón ahumado.
Llené mi plato y me disponía a comer cuando observé que todo el mundo se levantaba y llevaban sus platos al fuego en el centro del pabellón. Me pregunté si irían a por el postre.
A Hermes y Apolo se les escapó una carcajada.
—Ven —me indicó Luke.
Al acercarme, vi que todos tiraban parte de su comida al fuego: la fresa más hermosa, el trozo de carne más jugoso, el rollito más crujiente y con más mantequilla.
Luke me murmuró al oído:
—Quemamos ofrendas para los dioses. Les gusta el olor.
-Como debe de ser. -Comentó Hera.
-¿Y quién es el pirado que le hace ofrendas a ella? -Murmuró Thalia.
-¿Y quién coño te quema ofrendas a ti? -Cuestionó Poseidón.
-A parte de Argos… Dudo que alguien le haga algún tipo de ofrenda. -Dijo Lee.
La diosa prefirió quedarse callada.
—Estás de broma.
Su mirada me advirtió que no era ninguna broma, pero no pude evitar preguntarme por qué a un ser inmortal y todopoderoso le gustaba el olor de la comida abrasada.
-Huele bien. -Dijo Hefesto.
Apolo asintió de acuerdo con él.
Luke se acercó al fuego, inclinó la cabeza y arrojó un gordo racimo de uvas negras.
—Hermes —dijo.
El dios de los viajeros sonrió.
Yo era el siguiente.
Ojalá hubiera sabido qué nombre de dios pronunciar. Al final, opté por una petición silenciosa:
«Quienquiera que seas, dímelo. Por favor.» Me incliné y eché una gruesa rodaja de jamón al fuego, y afortunadamente no me asfixié con el denso humo que desprendía la hoguera.
Blake se relamió.
No olía en absoluto a comida quemada, sino a chocolate caliente, bizcocho recién hecho, hamburguesas a la parrilla y flores silvestres, y otras cosas deliciosas que no deberían haber combinado bien, pero que sin embargo lo hacían.
Los dioses aspiraron el aire evocando esos olores.
Casi llegué a creer que los dioses podían alimentarse de aquel humo.
-Alguien lo intentó. -Comentó Deméter.
-Yo lo hice por una apuesta. -Comentó Poseidón.
-A mí nadie me llama cobarde. -Apostilló Zeus.
-Yo lo hice porque sí. -Intervino Hermes.
-Yo también. -Finalizó Apolo.
-Cada x tiempo, algunos intentan sobre vivir del olor del humo. Para saber quién aguanta más. -Dijo Hestia.
-Voy ganando yo. -Se jactó Hermes. -Aguanté dos semanas.
-Y después te pasaste cuatro días en mi enfermería.
-Detalles detalles. -El dios le quitó importancia con la mano.
Cuando todo el mundo regresó a sus asientos y hubo terminado su comida, Quirón volvió a cocear el suelo para llamar nuestra atención.
El señor D se levantó con un gran suspiro.
—Sí, supongo que es mejor que os salude a todos, mocosos. Bueno, hola. Nuestro director de actividades, Quirón, dice que el próximo capturar la bandera es el viernes. De momento, los laureles están en poder de la cabaña cinco.
Clarisse vitoreó.
En la mesa de Ares se alzaron vítores amenazadores.
—Personalmente —prosiguió el señor D—, no podría importarme menos, pero os felicito.
Ares fulminó a su medio hermano con la mirada.
El dios del vino pasó de él.
También debería deciros que hoy ha llegado un nuevo campista. Peter Johnson.
-Ya empezamos.
-¿Algún problema Tiler Grey?
-¡Tiler ni siquiera es nombre de chica!
-Como si me importara. -Dijo Dioniso.
—Quirón se inclinó y le murmuró algo—. Esto… Percy Jackson —se corrigió el señor D—. Pues muy bien. Hurra y todo eso. Ahora podéis sentaros alrededor de vuestra tonta hoguera de campamento. Venga.
Hestia miró mal al dios del vino.
-No es una tonta hoguera.
-Lo siento tía Hestia.
La diosa siguió frunciendo el ceño disgustada.
Todo el mundo vitoreó. Nos dirigimos al anfiteatro, donde la cabaña de Apolo dirigió el coro.
El dios de la música sonrió con suficiencia.
Cantamos canciones de campamento sobre los dioses, comimos bocadillos de galleta, chocolate y malvaviscos y bromeamos, y lo más curioso fue que ya no me pareció que estuvieran todos mirándome.
Me sentí en casa.
-Eso nos acaba pasando a todos. -Suspiró -Silena.
Más tarde, por la noche, cuando las chispas de la hoguera ascendían hacia un cielo estrellado, la caracola volvió a sonar y todos regresamos en fila a las cabañas. No me di cuenta de lo cansado que estaba hasta que me derrumbé en el saco de dormir prestado.
-Suele pasar. -Comentó Luke con una sonrisa.
Mis dedos se cerraron alrededor del cuerno del Minotauro. Pensé en mi madre, pero sólo tuve buenos pensamientos: su sonrisa, las historias que me leía antes de irme a la cama cuando era pequeño, la manera en que me decía que no dejara que me picaran los mosquitos.
-Me alegro de que tenga ese tipo de pensamientos. -Dijo Hestia.
Cuando al final cerré los ojos, me dormí al instante.
Ese fue mi primer día en el Campamento Mestizo.
Ojalá hubiera sabido qué poco iba a disfrutar de mi nuevo hogar.
A Poseidón no le gustó nada esa frase.
-Ya ha terminado el capítulo. ¿Quién quiere leer?
Quirón se ofreció para continuar la lectura.
El dios del mar sonrió y le pasó el libro al centauo.
Antes de que comenzara, una luz violeta bañó la sala.
-¿Quién será esta vez? ¡Hagan sus apuestas! -Dijo Hermes.
