*-x-*

Cuando la luz desapareció, podía verse a una mujer joven.

Era alta, muy hermosa, pelo rubio, ojos azules y una sonrisa amable.

-¿Qué hace aquí una mortal? -Bramó Hera.

-Si la han traído las moiras, por algo será. -Dijo Deméter.

la joven miraba a su alrededor confundida.

Se le notaba un poco de barriga. Señal de que estaba embarazada.

-¿Puedes decirnos tu nombre por favor? -Pidió Hestia.

-Soy May Castellan.

Luke miraba a su madre sin parpadear desde que había aparecido en el salón de los tronos.

La última vez que la había visto, estaba preparando galletas quemadas en su casa y sus ojos, sus ojos ahora eran azules y límpidos.

-¿M mamá?

-¿Has dicho mamá?

Apolo decidió chasquear los dedos para que la mujer pudiera saber todo lo que sucedía.

-Así que voy a tener un precioso niño. -Dijo acariciándose la barriga.

Se acercó a su hijo y le abrazó.

Luke se dejó hacer muy contento. Hacía tanto tiempo que no recibía un abrazo así…

-Sí. -Decía May. -Un maravilloso y precioso niño rubio de ojos azules.

Le acarició la cicatriz que tenía en la cara y se la besó.

Hestia hizo aparecer un confortable sofá para que la muchacha estuviera cómoda.

May arrastró a Luke con ella.

Todos los semidioses miraban la escena con una sonrisa pero los que más sonreían eran Hermes, Malcolm y Thalia.

la mortal estaba mirando a Lee y Poseidón con curiosidad.

El dios le devolvió la mirada y le guiñó un ojo.

Blake se acercó a ella y le frotó la barriga con el hocico.

-Aquí está el pequeño Luke. Al niño que más amaré en toda mi vida. -Le dijo al cachorro.

A Luke se le saltaban las lágrimas.

-(Quizá, quizá los dioses no sean tan desagradables después de todo.) -Pensaba el chico.

Hefesto decidió comenzar a leer.

*-x-*

Capítulo 9. Me ofrecen una misión.

*-x-*

-¿Tan pronto? -Gimió el dios del mar.

-Es Percy. -Dijo la teniente de Artemisa.

*-x-*

A la mañana siguiente, Quirón me trasladó a la cabaña 3.

No tenía que compartirla con nadie. Gozaba de espacio de sobra para todas mis cosas: el cuerno de Minotauro, un juego de ropa limpia y una bolsa de aseo. Podía sentarme a mi propia mesa, escoger mis actividades, gritar «luces fuera» cuando me apeteciera y no escuchar a nadie más.

*-x-*

-Suena bien. -Dijo Silena.

-Es deprimente. -Comentó Thalia. -Te sientes solo.

*-x-*

Pero me sentía totalmente deprimido.

*-x-*

-lo que yo he dicho.

-Nadie te lo ha rebatido.

Una flecha rozó el pelo de Ethan.

-Tranquila chica eléctrica.

Thalia levantó su lanza de manera amenazadora.

-Mejor me callo.

-Bien dicho Nakamura.

*-x-*

Justo cuando empezaba a sentirme aceptado, a sentir que tenía un hogar en la cabaña 11 y que podía ser un niño normal —o tan normal como se pueda cuando eres mestizo—, me separaban como si tuviera una enfermedad rara.

*-x-*

Poseidón miró mal a todos los semidioses excepto a Lee.

A él, le seguía mimando.

*-x-*

Nadie mencionaba el perro del infierno, pero tenía la impresión de que todos lo comentaban a mis espaldas.

*-x-*

Ethan y Silena se ruborizaron.

Thalia les amenazó con su lanza.

*-x-*

El ataque había asustado a todo el mundo. Enviaba dos mensajes: uno, que era hijo del dios del mar; y dos, los monstruos no iban a detenerse ante nada para matarme. Incluso podían invadir el campamento que siempre se había considerado seguro.

*-x-*

-Ignorantes. -Gruñó la hija de Zeus.

*-x-*

Los demás campistas se apartaban de mí todo lo posible. Después de lo que les había hecho a los de Ares en el bosque, la cabaña 11 se ponía nerviosa conmigo, así que mis lecciones con Luke ahora eran particulares.

*-x-*

Hermes, May, Hestia y Poseidón le sonrieron al chico.

-Al final del libro dudo que sigan sonriéndole. -Murmuró Clarisse.

Malcolm la miró mal.

-¿A ti qué mierda te pasa principito?

-¿Qué quieres decir?

-¡Que dejes de mirarme de una jodida vez!

-alguien está sexualmente frustrada. -Rió Michael.

-¿Tal vez quieras quitarle tú las frustraciones? -Preguntó Castor.

-Déjalo. Que tal vez le gusta y todo.

-No te emociones enanno.

-Antes, me hago gay. Perdona la Rue. Que ya lo soy.

-A nadie le importan tus preferencias sexuales Yew.

-Claro la Rue. -Rió él.

*-x-*

Me presionaba más que nunca, y no temía magullarme en el proceso.

—Vas a necesitar todo el entrenamiento posible —me dijo, mientras practicábamos con espadas y antorchas ardiendo—. Vamos a probar otra vez ese golpe para descabezar la víbora. Repítelo cincuenta veces.

*-x-*

-Eres un buen muchacho. -Le dijo Hestia.

-Así, Percy se hizo un buen espadachín. -Comentó Silena.

*-x-*

Malcolm seguía enseñándome griego por las mañanas, pero parecía distraído. Cada vez que yo decía algo, me reñía, como si acabara de darle una bofetada. Después de las lecciones se marchaba murmurando para sí: «Misión… ¿Poseidón…? Menuda desgracia… Tengo que planear algo…»

*-x-*

Poseidón fulminó con la mirada al rubio que tragó saliva incómodo.

-No me gustas Chase. -Le dijo el dios.

*-x-*

Incluso Clarisse mantenía las distancias, aunque sus miradas cargadas de veneno dejaban claro que quería matarme por haberle roto la lanza mágica.

*-x-*

-¿Le tienes miedo al pequeño de Poseidón? -Gruñó Ares.

-No señor.

-Ahí no dice eso.

-Yo no...

-no quiero oír tus escusas mocosa.

*-x-*

Deseé que me gritara, me diera un puñetazo o algo así. Prefería meterme en peleas todos los días a que me ignoraran.

*-x-*

-Lo habría hecho encantada. -Gruñó.

-Claro. -Se jactó Thalia.

*-x-*

Sabía que alguien en el campamento me tenía manía, porque una noche entré en mi cabaña y encontré un periódico que habían dejado en la puerta, un ejemplar del New York Daily News, abierto por la página dedicada a la ciudad. Casi me llevó una hora leer el artículo, porque cuanto más me enfadaba, más flotaban las palabras por la página.

*-x-*

-¿Quién fue? -Bramó Poseidón.

-Alguien se encargó de que no volviera a meterse donde no le llamaban. -Se apresuró a decir Castor.

-¡Quiero saber quién fue!

-Si sirve de algo, Michael y Lee le clavaron varias flechas en sitios dolorosos. -Murmuró Charles.

-¿Cómo sabes eso? -Inquirió el rubio que se había apartado de Poseidón a riesgo de ser alanceado por su tridente.

-¿Cómo has llegado allí?

-Emmm. No quiero ser atravesado por un tridente gigante. -Se justificó.

-Es que Will se lo había dicho a otro de vuestros hermanos cuando estaba yo por allí. -Contestó Beckendorf.

-Yo aún quiero saber quien fue. -Dijo el dios del mar.

-¿Y por qué le ensartásteis con flechas? -Se interesó Thalia.

Malcolm frunció el ceño.

-Me apetecía. -Respondió rápidamente Michael.

-Ya claro. -Rió Clarisse.

-¿Qué estás insinuando la Rue? -Cuestionó la cazadora.

-Si no lo sabes tú...

-¿Por qué tsunamis nadie me hace caso? -Se cabreó el dios.

Lee se había sentado al lado de su hermano.

Blake fue dando saltos hacia él y se subió a su regazo.

-Fue un hijo de Ares. -Dijo Michael.

-Clarisse le mandó hacerlo. -Aportó Lee.

-Una ola bañó a Ares.

-¿Pero qué coño haces?

-Controla a tus bástagos.

-Yo no me meto en las peleas de mis críos. -Refunfuñó el dios.

-¿Por qué él si puede secarse y yo no? -Se enfadó Atenea.

-Porque no me apetece. -Contestó el dios del mar.

-Te odio.

-Díselo a quien le importe.

-Sigue leyendo. -Le ordenó Hera a su hijo.

-Lee vuelve aquí.

-Estoy bien donde estoy.

-Soy un dios.

-Y yo un semidiós.

-¿Me estás bacilando?

-No.

-¡Vuelve aquí!

-¡Estás loco! ¡Deja de mover el jodido tridente!

Poseidón miró la mano con la que sujetaba su tridente y efectivamente, se dio cuenta de que lo estaba moviendo haciendo saltar chispas y consiguiendo que temblara el suelo.

-¿Puedes venir aquí?

Lee iba a negarse pero decidió acudir.

El dios del mar volvió a sentarle en su regazo.

-No puedes... No puedes irte. Tu presencia me calma. No sé como ni por qué, pero lo hace.

Lee suspiró y se dejó besar.

A decir verdad, sólo se había alejado para ver la reacción de Poseidón. No porque quisiera hacerlo realmente.

le encantaban sus besos. le hacían querer más y más.

El dios de las fraguas decidió seguir leyendo antes de que los besos de esos dos subieran de tempperatura.

*-x-*

UN CHICO Y SU MADRE SIGUEN DESAPARECIDOS

TRAS EXTRAÑO ACCIDENTE DE COCHE.

POR EILEEN SMYTHE

Sally Jackson y su hijo Percy llevan una semana en paradero desconocido tras su misteriosa desaparición. El Cámaro del 78 de la familia fue descubierto el pasado sábado en una carretera al norte de Long Island, calcinado, con el techo arrancado y el eje delantero roto. El coche había dado una vuelta de campana y patinado varios metros antes de explotar.

Madre e hijo estaban de vacaciones en Montauk, pero se marcharon muy pronto en misteriosas circunstancias. En el coche y la escena del accidente fueron hallados pequeños rastros de sangre, pero no había más señales de los desaparecidos Jackson. Los residentes de la zona rural aseguraron no haber visto nada anormal alrededor de la hora del accidente.

*-x-*

-Esos que van a ver. -Dijo Hera con sorna.

May la miró mal.

*-x-*

El marido de la señora Jackson, Gabe Ugliano, asegura que su hijastro Percy Jackson es un niño con problemas que ha sido expulsado de numerosos internados y que en el pasado manifestó tendencias violentas.

*-x-*

-¡Ese tío va a sufrir mi ira! -Bramó Poseidón.

Lee estaba tan cabreado, que sin darse cuenta hizo aparecer una flecha en su mano.

La nueva lanza de Thalia crepitaba con fuerza.

Hestia tenía los ojos en llamas.

Ares quería pegar a alguien así que tenía un cuchillo en la mano.

*-x-*

La policía no se pronuncia acerca de si el hijo Percy es sospechoso de la desaparición de su madre, pero no descarta ninguna hipótesis.

*-x-*

-¡Percy sería incapaz de dañar a su madre! -Gritó Malcolm muy furioso.

*-x-*

Las imágenes de abajo son fotos recientes de Sally Jackson y Percy. La policía ruega a todos aquellos que posean información que llamen al siguiente número de teléfono gratuito.

*-x-*

-¡Yo les voy a decir unas cuantas cosas a ese grupo de ineptos! -Bramó Charles.

Tenía una llave inglesa y la movía de manera amenazadora.

Ethan y Castor se apartaron de él.

Beckendorf cabreado daba muchísimo miedo.

*-x-*

Habían señalado el teléfono con un círculo en rotulador negro.

*-x-*

-Sigo preguntándome por qué le clavásteis flechas. -Se extrañó Thalia.

-Porque el enano éste, está coladito por Jackson. -habló la hija de Aress.

-Eso no es verdad. -Dijo el mencionado.

-No me hace falta ser Apolo ni uno de sus hijos para saber que estás mintiendo. -Dijo ella.

-¡Eso a ti no te importa!

-¿Por qué? Si es verdad que te gusta... -Rebatió la hija de Afrodita.

-Silena no deberías... -Empezó a decir Charles.

-¡No me gusta!

-lo amas. Soy hija de Afrodita.

Sé cuando alguien está enamorado.

-Puede tratarse de otra persona. -Se justificó el chico.

-ya claro. -Murmuró Malcolm.

-No niegues tus sentimientos. No pasa nada por no ser correspondido. -Consoló Silena.

-Dejad al chico tranquilo. -Dijo Apolo.

-Es uno de tus hijos. No debería mentir.

-Clarisse tiene razón.

-Silena. -Advirtió Charles.

Lee se levantó y se colocó delante de los semidioses.

-¡Dejad a mi hermano en paz! ¿Qué pasa? ¿Vuestras vidas son tan aburridas y bacías que tenéis que meteros en las de los demás? ¿Qué más da si le gusta Percy o cualquier otra persona? ¡No es asunto de nadie!

-Para ser hijo de Apolo, no te pareces nada a él. Eres enano y tu cara parece la de una horrible rata. -Comentó Silena. -No me extraña que Percy no se fijara en ti.

Todos los semidioses miraron a la hija de Afrodita con la boca abierta de asombro.

Esas palabras eran más propias de su hermana Drew.

-Yo que tú Beauregard, me callaría la boca. Sé cosas que podrían hacer que te quedaras sin tu chico. -Dijo Lee.

-No sé de qué me hablas.

-No pasa nada. Saldrá en los libros.

Ella entendió a lo que se refería.

-No serás capaz.

-No. Ya te he dicho que saldrá en los libros seguramente.

-¿De qué está hablando? -Inquirió Charles.

-S solo quiere asustarme. -Comentó la chica.

-¡Deja a Silena en paz! -Bramó Clarisse levantándose.

-¡pues que ella deje tranquilo a mi hermano!

Michael había agachado la cabeza y lágrimas rodaban por su cara.

-Si es verdad que es feo. -Dijo la hija de Ares.

El hijo de Apolo se levantó y salió corriendo sollozando.

-Mira como corre. -Rió Silena.

Clarisse prefirió callar. Sabía que habían llegado demasiado lejos.

-¿Qué tienes en contra de Michael? -Preguntó Thalia.

-Nada.

La hija de Afrodita miró la puerta por la que el chico había desaparecido. Se había dado cuenta de que se había pasado y temía las consecuencias.

Debería haberse quedado callada pero es que no había podido controlarse.

Llevaba mucho tiempo cabreada con Michael porque él sabía algo que no debería haber sabido y ahora, tenía miedo de que contara su secreto.

No podía soportar que se supiera la verdad.

Michael estaba en los jardines sentado en el suelo.

Ya estaba harto de que le llamaran enano, cara rata, feo, desagradable...

Sus hermanos solían preguntarle que por qué no sonreía pero él no quería contestarles. Solo Lee lo sabía.

Michael había estado enamorado de un hijo de Afrodita durante varios años pero nunca se lo había dicho.

pero un día, Tommy Britten se había acercado a él y le había pedido salir.

El hijo de Apolo al principio no se lo creía y pensaba que estaban jugando con él así que se negó.

pero Tommy le conquistó y comenzaron a salir.

Michael era muy feliz. Siempre sonreía y se sentía bien por una vez. Ya no se sentía tan insignificante, tan poca cosa.

Yew hizo el amor con él por primera vez y fue la mejor experiencia que había tenido en la vida.

Un día, mientras estaba en tiro con arco, Tommy se le acercó por detrás como sienpre hacía y le abrazó por la espalda.

Michael dejó el arco y las flechas y siguió a su novio.

Tommy le dijo que ya no quería estar con él.

Michael no entendía nada y le pidió que se lo explicara.

-(No siento nada por ti. Solo ha sido un juego entre mis hermanos y yo. Elejimos a alguien, lo enamoramos y después, se acabó.

-¿Así sin más? ¿Solo fui un juego para ti?

-No te lo tomes a mal Yew. Me lo pasé bien contigo.

-Creía que me querías.

El rostro de Tommy se endureció.

-Fuiste un juego. una apuesta. Me dijeron que debía conquistarte y lo hice. No me gustabas, nunca lo has hecho. Simplemente, fue algo que tenía que hacer.

-Pero...

-El sexo no tenía porqué hacerlo pero... Algo placentero debía sacar de eso. ¿No te parece?

-¿N nunca... Nunca sentiste nada por mí?

-¿En serio lo preguntas? Pues claro que no. Eres bastante bajito y... esa cara... para ser hijo de Apolo, no te pareces en nada a él. Dudo que alguien quisiera salir contigo. De hecho, en la cabaña diez nadie quería pero perdí una apuesta y... bueno...

Michael lloraba sin poder detenerse.

Tommy le dejó allí solo.)

El hijo de Apolo decidió entrar en el salón de los tronos. Sabía que Lee estaría observándole de cerca pero no se acercaría, porque sabía que él no deseaba la compañía de nadie.

Michael entró al salón de los tronos y unos segundos después lo hizo Lee.

Silena reía al ver la cara del chico. Le había pedido a su hermano Tommy que le rompiera el corazón a Michael porque él sabía el secreto de ella.

Pero nunca nadie sabría que fue ella quien obligó a su hermano a hacerlo.

El idiota de Tommy no quería hacerle daño al hijo de Apolo. Llevaba enamorado de él mucho tiempo pero... Al final tuvo que hacerlo porque ella le amenazó.

Todos creían que era una buena chica y así deberían de seguir siendo las cosas.

-¿Sabes qué Charlie? -Dijo Michael.

El hijo de Hefesto le miró.

-Silena no te quiere. Es un juego que hacen ella y sus hermanos. El juego consiste en elegir a alguien y hacerles creer que están enamorados de ellos. Pero después, cuando te tienen, te dejan y te rompen el corazón.

-Ella no haría eso. Ella me dijo que nunca lo haría.

-He oído que se reía de ti con sus hermanas y te llamaba... Bueno eso prefiero dejármelo para mí.

-¡Deja de mentir Yew! -le chilló el chico amenazándole.

-No está mintiendo. -Comentó Lee.

-Tú estás confabulado con él. -Dijo Silena. -Solo quieres que Charlie me deje.

La hija de Afrodita comenzó a llorar.

-Te tiraste a Clarck Mades en los establos.

-¡Solo estás furioso porque Tommy decidió dejarte porque no eras suficiente para él!

-¡Eso no es asunto de nadie!

Ella comenzó a reírse.

-Deja de mentir Michael. -pidió Charles.

Apolo se levantó dudoso.

Afrodita estaba triste pero asintió con la cabeza a la petición silenciosa del dios del sol.

-No te está mintiendo chico. -Le dijo el dios a Charles poniéndole una mano en el hombro. -Ella os está mintiendo a todos.

-Estoy muy decepcionada. -Dijo la diosa del amor.

-¡Eres patético! ¿Lo sabías? ¡No entiendo cómo Tommy pudo enamorarse de ti! ¿Qué ha podido ver en un ser tan desagradable comotú?

-¿Qué quieres decir? -inquirió Lee.

Silena estaba tan enfadada que no era del todo consciente de lo que decía.

-Tommy amaba a Michael y por eso salió con él. Pero yo le obligué a dejarte. Le amenacé.

-¡Mientes! -Chilló Michael al borde de las lágrimas.

-El pobre murió sin poderte decir la verdad. Nos pidió a mí y a mis hermanos que te contáramos la verdad, pero no les permití hacerlo.

-¿Cómo puedes ser tan zorra? Y a tu propio hermano.

-Todos miraron a Clarisse muy sorprendidos.

La hija de Ares le dio un gran puñetazo a Silena partiéndole la mandíbula.

-¡Confié en ti!

Michael lloraba abrazado a su hermano.

-¿Crees que él me amaba? ¿Crees que ella miente?

Yew estaba tan confundido que no era capaz de saber quien mentía y quien no.

-Te ha dicho la verdad. -Contestaron Lee y Apolo.

El moreno lloró más fuerte.

-Él me amaba Lee. Me amaba. Y murió y...

Los sollozos de Michael eran tan fuertes que Lee tuvo que sujetarle bien para evitar que se cayera.

-Es una chica horrible. -Se estremeció May.

-Tú tranquila mamá. -Pidió Luke abrazándola por los hombros. -Aún tengo que nacer.

La mujer rió.

-¡Hemos acabado! -Gritó Beckendorf llorando.

-¡Como quieras! ¡No me importa!

Deméter preparó té para todos e hizo que se lo bebieran.

Cuando estaban todos más calmados, Hefesto decidió continuar leyendo.

Pero una luz dorada le interrumpió.

Un chico con la ropa echa girones cayó al suelo.

Apolo se apresuró a revisarle.

-Tiene algunas heridas superficiales, pero está bien. inconsciente, pero está bien.

El joven era alto, musculoso, pelo rizado color chocolate y ojos caleidoscópicos.

Cuando el dios le curó y el chico recuperó la consciencia dijo:

-Tengo que moverme. Las empusas...

Se levantó desorientado.

En la mano llevaba una espada con la empuñadura dorada. Y del cuello le colgaba una flecha sujeta a una cadena.

-¿Quién furias eres? -Espetó Hera cansada del drama.

-T Tommy Britten.

Apolo chasqueó los dedos y el chico entendió por qué había llegado al Olimpo.

-Qué mayores estáis todos. -Dijo aún algo desorientado.

Lee frunció el ceño en su dirección.

-Lo siento tanto. -Dijo Tommy entre sollozos. -Yo no quería dejarte. No quería...

-Sabes que dice la verdad. -Le susurró Lee a su hermano.

-¿Qué hago?

-No estoy seguro.

El hijo de Afrodita se acercó dudoso a Michael.

-¿P podrás p perdonarme al algún d día?

Silena sabía que se había equivocado muchísimo. Ahora se daba cuenta. quizá para ella fuera demasiado tarde.

Al principio, había salido con Charlie para hacerle daño. (O eso es lo que les dijo a sus hermanos.) Y sí, se había acostado con Mades. Pero se había enamorado de Beckendorf pero él ahora la miraba con tanto odio que hacía que se le pusieran los pelos de punta.

Siempre se había sentido culpable por no haberle contado la verdad a Michael pero le daba demasiada vergüenza decírselo.

Ahora veía con un nudo en la garganta cómo Tommy no sabía si acercarse o no al hijo de Apolo.

-¿C cómo sé que m me dices la verdad? ¿C cómo sé que n no vas a m mentirme d nuevo?

Britten sollozó aún más fuerte.

-No lo sé. Lo único que sé con seguridad es que te amo con cada parte de mí.

-Te pedí que no me rompieras el corazón.

-Lo sé y lo siento mucho Michael.

El hijo de Apolo se fijó en que Tommy llevaba la espada que él le había regalado y tenía la flecha que le había dado colgada al cuello. Era su primera flecha. La primera con la que había acertado en el centro de una diana.

Todos los hijos de Apolo guardaban su primera flecha y después se la regalaban a la persona de la que se enamoraban de verdad.

Michael creyó que Tommy se había deshecho de ella.

Lee se levantó.

-¿Sabes cuántas veces ha llorado por tu culpa? ¿Sabes cuántas noches ha pasado sin dormir? ¿Eres consciente de lo mal que lo ha pasado? ¡No lo sabes! ¿Y crees que con sentirlo basta? ¿Piensas que con unas palabras vas a reparar su corazón roto, su autoestima y devolverle la felicidad?

Tommy se abrazó a sí mismo temblando.

-Por tu culpa dejó de comer, no era capaz de lanzar las flechas con precisión, no dormía, no sonreía...

-Lee...

-No Michael, tiene que ser consciente de lo que has pasado por su culpa. Tal vez a ti te baste con sus palabras, pero yo todavía quiero partirle la mandíbula (otra vez.) -Murmuró ésto último.

-¿Le partiste la cara? -Se horrorizó el moreno.

-Sssi. Y también Will.

-¿Te estás quedando conmigo? Si Will es pacífico.

-Pues... le partió la mandíbula por dos sitios y también los dos brazos y la pierna derecha.

-Estás de coña.

-Britten puede decírtelo. -Aseguró Lee.

El hijo de Afrodita asintió de acuerdo con el rubio.

Michael hizo un movimiento imperceptible y una flecha se clavó en el hombro de Tommy.

Éste la miró pero no se quejó.

El moreno se levantó, se acercó y cogió la flecha.

-A este paso, vamos a quedarnos sin flechas.

-No pasa nada. Yo os doy más.

-Gracias papá. -Dijo Lee sonriendo sádicamente.

Tommy acarició el brazo de Michael.

Antes de que pudiera irse, el hijo de Afrodita le sujetó con fuerza y le abrazó pegando su cuerpo al de él.

-Te amo Mike. Tal vez no me creas y tal vez no me perdones nunca. Pero de verdad te amo.

-Deja que se tranquilice. -Dijo (Más bien ordenó) Apolo.

Cogió a su hijo y le sentó a su lado.

Lee se acercó a Poseidón, le dijo algo al oído y después de un beso pasional, se dirigió al lado de su padre y su hermano.

Tommy se sentó cerca de Luke y May.

Cerró los ojos cansado.

Un rato más tarde, Hefesto comenzó a leer.

*-x-*

Tiré el periódico y me dejé caer en mi litera, en medio de la cabaña vacía.

—Luces fuera —dije con tristeza.

*-x-*

-Estar solo en la cabaña es aburrido y triste. -Dijo Thalia.

-Bueno... Si quieres puedo darte algunos hermanos para que no te sientas sola.

-Soy cazadora de Artemisa. Ya no estoy sola.

Decidió omitir el hecho de que tenía otro hermano. Ya se enteraría. E iba a disfrutar la cara que se le quedaría a Hera al saber que tuvo dos hijos con la misma mortal.

*-x-*

Esa noche tuve mi peor pesadilla.

*-x-*Los mestizos se estremecieron.

-¿Y quién es Percy Jackson? -Le preguntó Tommy a Luke en un susurro.

-Ni idea. Yo tampoco le conozco. Pero tú moriste antes de poder conocerlo...

-Vaya manera de darme la noticia de mi muerte.

-Lo siento tío.

Tommy le quitó importancia.

*-x-*

Corría por la playa en medio de una tormenta. Esta vez había una ciudad detrás de mí. No era Nueva York. Estaba dispuesta de manera distinta, los edificios más separados, y a lo lejos se veían palmeras y colinas.

A unos cien metros de la orilla, dos hombres peleaban. Parecían luchadores de la televisión, musculosos, con barba y pelo largo. Ambos vestían túnicas griegas que ondeaban al viento, una rematada en azul, la otra en verde.

*-x-*

Hestia miraba reprobadora a sus hermanos.

-No deberíais pelearos entre vosotros. Sois familia.

-Él tiene mi rayo. ¡Seguro que él tiene a Astrapí!

-¡Yo no tengo ese estúpido rayo con un nomre estúpido!

-¡No tiene un nomre estúpido! ¡Tú eres estúpido!

-¡Basta!

-Lo siento Hestia. -Dijeron ambos agachando la cabeza.

*-x-*

Se agarraban, forcejeaban, daban patadas y cabezazos, y cada vez que colisionaban, refulgía un relámpago, el cielo se oscurecía y se levantaba viento. Yo tenía que detenerlos. No sé por qué, pero cuanto más corría el viento me ofrecía mayor resistencia, hasta que acababa corriendo sin moverme, mis talones hundiéndose en la arena.

Por encima del rugido de la tormenta, oía al de la túnica azul gritarle al otro:

—¡Devuélvelo! ¡Devuélvelo!

—Como dos niños peleando por un juguete.

*-x-*

Hades se echó a reír.

-Es que son niños. -Dijo Deméter.

-Sé que él ha robado mi rayo.

-¡Eres idiota!

-¡Cállate cerebro de sal!

-¡Cierra la boca cerebro electrocutado!

-¡Tú si que vas a tener el cerebro electrocutado!

-¡He dicho basta!

-Perdón Hestia.

*-x-*

Las olas crecían, chocaban contra la playa y me impregnaban de sal.

—¡Deteneos! —gritaba—. ¡Dejad de pelear!

La tierra se sacudía. En algún lugar de su interior resonaba una carcajada, y una voz tan profunda y malvada que me helaba la sangre entonaba con suavidad:

—Baja, pequeño héroe. ¡Baja aquí!

*-x-*

Todos los dioses miraron a Hades.

-¿Qué?

-Ha dicho...

-Sé lo que ha dicho Atenea. Yo también estoy aquí. Pero eso no significa que haya sido yo.

*-x-*

La arena se separaba bajo mis pies, se abría una brecha hasta el centro de la tierra. Yo resbalaba y la oscuridad me engullía.

*-x-*

-Yo no he sido. -Gruñó el dios mirando mal al resto.

-¿Cómo lo sabes? Si aún no ha pasado.

-Cállate y sécate.

la diosa le lanzó dagas por los ojos.

*-x-*

Desperté convencido de que estaba cayendo.

*-x-*

-Soñar que caes es horrible. -Dijo Castor.

-Sientes vértigo. -Secundó Ethan.

-Odio esos sueños. -Se estremeció Thalia.

*-x-*

Seguía en la cama de la cabaña número 3. Mi cuerpo me indicó que era por la mañana, pero aún no había amanecido, y los truenos bramaban en las colinas: se fraguaba una tormenta. Eso no lo había soñado.

Oí sonido de pezuñas en la puerta, un carnicol que pisaba el umbral.

—Pasa.

Grover entró trotando, con aspecto preocupado.

—El señor D quiere verte.

—¿Por qué?

—Quiere matar a… Bueno, mejor que te lo cuente él.

*-x-*

Poseidón miró interrogante al sátiro.

-Bueno... El señor D siempre quiere matar a alguien.

-Graves tiene razón. Siempre tengo ganas de matar a alguien.

-Y de beber.

-¿Aún no te has secado? Ya estás tardando.

Atenea miró mal al dios del vino.

-Es que te las estás buscando tú solita. -Rió Afrodita.

*-x-*

Me vestí y lo seguí con nerviosismo, seguro de haberme metido en un lío gordo.

Hacía días que llevaba esperando que me convocaran a la Casa Grande. Ahora que había sido declarado hijo de Poseidón, uno de los Tres Grandes dioses que habían acordado no tener hijos, supuse que ya era un crimen seguir vivo.

*-x-*

-Eso es verdad. -Acordó Hera.

-Se está rifando una ostia y tú tienes todas las papeletas.

-Qué maduro.

-Qué gilipollas.

*-x-*

sin duda los demás dioses habrían estado debatiendo la mejor manera de castigarme por existir, y el señor D ya estaba listo para administrar el castigo.

*-x-*

-Me cargaría a cualquiera que se atreviera a hacerle algo a mi hijo.

*-x-*

Por encima del canal Long Island Sound, el cielo parecía una sopa de tinta en ebullición. Una cortina neblinosa de lluvia se aproximaba amenazadoramente. Le pregunté a Grover si necesitaríamos paraguas.

—No —contestó—. Aquí nunca llueve si no queremos.

*-x-*

Quirón sonreía.

*-x-*

Señalé la tormenta.

—¿Y eso qué demonios es?

Miró incómodo al cielo.

—Nos rodeará. El mal tiempo siempre lo hace.

Reparé en que tenía razón.

En la semana que llevaba allí jamás había estado nublado. Las pocas lluvias que habían caído lo hacían alrededor del valle.

Pero aquella tormenta era de las gordas.

En el campo de voleibol los chavales de la cabaña de Apolo jugaban un partido matutino contra los sátiros.

*-x-*

El dios del sol sonrió.

-Mis hijos son geniales igual que yo.

*-x-*

Los gemelos de Dioniso paseaban por los campos de fresas, provocando el crecimiento de las matas.

*-x-*

El dios del vino levantó el pulgar en dirección a Castor.

*-x-*

Todos parecían seguir con sus ocupaciones habituales, pero tenían aspecto tenso. No dejaban de mirar la tormenta.

Grover y yo subimos al porche de la Casa Grande. Dioniso estaba sentado a la mesa de pinacle con su camisa atigrada y su Coca-Cola light, como en mi primer día; Quirón, en el lado opuesto de la mesa en su silla de ruedas falsa. Jugaban contra contrincantes invisibles: había dos manos de cartas flotando en el aire.

*-x-*

-Coca-Cola light. Eso es un sacrilegio. -Masculló el señor D.

*-x-*

—Bueno, bueno —dijo el señor D sin levantar la cabeza—. Nuestra pequeña celebridad.

*-x-*

-Algo así le dice Severus Snape a Harry cuando pasa lista en su primera clase de pociones. -Rió Luke.

-A nadie le importa ese Harvey Poster. -Refunfuñó Hera.

-A mí si. -Comentó Hermes.

-Lo que he dicho. A nadie.

Una flecha dorada se incrustó en la rodilla de la diosa.

-¿Cómo te atreves?

-Deja en paz a Hermes.

-Ya está aquí la nena ayudando al mensajero. -Se burló ella.

-¡Deja a los chicos tranquilos! -Bramó Hestia.

Hera apretó los dientes, se sacó la flecha de la rodilla y la lanzó.

Apolo logró atraparla y la devolvió a su carcaj.

*-x-*

Esperé.

—Acércate —ordenó el señor D—. Y no esperes que me arrodille ante ti, mortal, sólo por ser el hijo del viejo Barba-percebe.

*-x-*

-Tan simpático como siempre. ¿Quieres un bañito permanente como el de tu hermana?

-No.

-Entonces, cuida tus palabras.

*-x-*

Un relámpago destelló entre las nubes y el trueno sacudió las ventanas de la casa.

—Bla, bla, bla —contestó Dioniso.

*-x-*

-¿En serio tío P?

Una ola había bañado al dios del vino.

-¿Ahora soy el tío P?

El otro dios se calló sin saber que decir.

*-x-*

Quirón fingió interés en su mano de cartas. Grover se parapetó tras la balaustrada. Oía sus pezuñas inquietas.

—Si de mí dependiera —prosiguió Dioniso—, haría que tus moléculas se desintegraran en llamas. Luego barreríamos las cenizas y nos evitaríamos un montón de problemas.

*-x-*

-¡Atrévete a dañar a mi hijo, y el que será desintegrado serás tú!

*-x-*

—Pero a Quirón le parece que eso contradice mi misión en este campamento del demonio: mantener a unos enanos mocosos a salvo de cualquier daño.

*-x-*

-Tus hijos están en ese "campamento del demonio." -Apostilló Perséfone.

-Eso son tecnicismos.

*-x-*

—La combustión espontánea es una forma de daño, señor D —observó Quirón.

—Tonterías. El chico no sentiría nada. De todos modos, he accedido a contenerme. Estoy pensando en convertirte en delfín y devolverte a tu padre.

*-x-*

-¡Tú sentirás toda mi ira!

-Te quejas demasiado tío P. Sabes que no haría eso.

-Claro que no. Porque si no, el que será convertido en delfín serás tú.

Dioniso tragó saliva.

*-x-*

—Señor D… —le advirtió Quirón.

—Bueno, vale —cedió Dioniso—. Sólo hay otra opción. Pero es mortalmente insensata.

*-x-*

-Del estilo de Percy. -Dijeron Thalia, Malcolm y Grover a la vez.

*-x-*

—Se puso en pie, y las cartas de los jugadores invisibles cayeron sobre la mesa—. Me voy al Olimpo para una reunión de urgencia. Si el chico sigue aquí cuando vuelva, lo convertiré en delfín. ¿Entendido?

*-x-*

-yo prefeririía convertirlo en un antílope.

-Ni se te ocurra Artemisa.

la diosa suspiró fingiendo resignación.

*-x-*

—Y Perseus Jackson, si tienes algo de cerebro, verás que es una opción más sensata que la que defiende Quirón.

*-x-*

-Así que se sabe su nombre. -Se sorprendió Luke.

-No te importa Lucy.

-Si hubieses sido una niña, ese habría sido tu nombre. -Dijo su madre.

El chico se sonrojó de vergüenza.

-Hey Lucy.

-¡Piérdete Nakamura!

*-x-*

Dioniso tomó una carta y con un gesto la convirtió en un rectángulo de plástico. ¿Una tarjeta de crédito? No. Un pase de seguridad.

*-x-*

-Para el ascensor en el Empire State. -Comentó Malcolm.

*-x-*

Chasqueó los dedos.

El aire pareció envolverlo. Se convirtió en un holograma, después una brisa, después había desaparecido y dejó sólo un leve aroma a uvas recién pisadas.

*-x-*

-Me encanta ese olor. -Dijeron Dioniso y su hijo al unísono.

*-x-*

Quirón me sonrió, pero parecía cansado y en tensión.

—Siéntate, Percy, por favor. Y tú también, Grover.

Obedecimos.

Quirón dejó las cartas sobre la mesa, una mano ganadora que no había llegado a utilizar.

*-x-*

Dioniso gruñó disgustado.

*-x-*

—Dime, Percy, ¿qué pasó con el perro del infierno?

Me estremecí de sólo escuchar el nombre. Quirón quizá quería que dijera: «Bah, no fue nada. Desayuno perros del infierno.» Pero no me apetecía mentir.

*-x-*

-Asqueroso. -Dijo Silena arrugando la nariz.

-Hey los perros del infierno no se comen. -Protestó Hades.

-Percy tiene una perra del infierno y de momento no se la ha comido. -Comentó Malcolm.

*-x-*

—Me dio miedo —admití—. Si usted no le hubiera disparado, yo estaría muerto.

—Vas a encontrarte cosas peores, Percy, mucho peores, antes de que termines.

—Termine… ¿qué?

—Tu misión, por supuesto. ¿La aceptarás?

Miré a Grover y vi que tenía los dedos cruzados.

*-x-*

-No me gusta. -Protestó el dios del mar.

-Es a lo que se dedican los semidioses. -Dijo Hera.

-¡Cállate! -Gritó él.

*-x-*

—Yo… —titubeé—. Señor, aún no me ha dicho en qué consiste.

*-x-*

-Has hecho una pregunta correcta por una vez. -Dijo Malcolm.

*-x-*

Quirón hizo una mueca.

—Bueno, ésa es la parte difícil, los detalles.

El trueno retumbó en el valle. Las nubes de tormenta habían alcanzado la orilla de la playa. Por lo que podía ver, el cielo y el mar bullían.

—Poseidón y Zeus están luchando por algo valioso… —dije—. Algo que han robado, ¿no es así?

*-x-*

-Percy es muy perceptivo. -Comentó Thalia.

*-x-*

Quirón y Grover intercambiaron sendas miradas. El primero se inclinó hacia delante e inquirió:

—¿Cómo sabes eso?

Me sonrojé. Ojalá no hubiera abierto mi bocaza.

—El tiempo ha estado muy raro desde Navidad, como si el mar y el cielo libraran un combate. Después hablé con Malcolm , y él había oído algo de un robo. Y… también he tenido unos sueños.

—¡Lo sabía! —exclamó Grover.

—Cállate, sátiro —ordenó Quirón.

*-x-*

-Eso ha sido muy grosero por tu parte.

-Lo lamento lady Hestia. -Se sonrojó el centauro.

*-x-*

—¡Pero es su misión!

—Los ojos de Grover brillaron de emoción—. ¡Tiene que serlo!

—Sólo el Oráculo puede determinarlo.

—Quirón se mesó su hirsuta barba—. Aun así, Percy, tienes razón. Tu padre y Zeus están teniendo la peor pelea de los últimos años. Luchan por algo valioso que ha sido robado. Para ser precisos: un rayo.

*-x-*

-¡Quiero mi rayo de vuelta!

-Lo tienes en la mano. -Dijo Poseidón.

-Si no cierras tu boca marina, voy a cerrártela yo.

-¿Y cómo lo harías? -Inquirió Hermes moviendo las cejas.

Zeus y Poseidón se sonrojaron.

-Debo parar las peleas así. -Dijo una pensativa Hestia. -Hablarles sobre su "relación" funciona más rápido que un interruptor.

*-x-*

Solté una carcajada nerviosa.

—¿Un qué? —pregunté.

—No te lo tomes a la ligera —dijo Quirón—. No estoy hablando del zigzag envuelto en papel de plata que se utiliza en las representaciones teatrales de segundo curso. Estoy hablando de un cilindro de medio metro de purísimo bronce celestial, cargado en ambos extremos con explosivos divinos.

*-x-*

Zeus acariciaba su rayo de manera ausente.

-Necesita un perro. -Susurró Apolo.

Blake se escondió. No fuera a ser que le dijeran que debería quedarse con ese loco que abrazaba objetos inanimados.

No señor. Blake no lo permitiría.

Se mearía en su divino trono si hacía falta.

*-x-*

—Ah.

—El rayo maestro de Zeus —prosiguió Quirón, nervioso—. El símbolo de su poder, de donde salen todos los demás rayos. La primera arma construida por los cíclopes en la guerra contra los titanes, el rayo que desvió la cumbre del monte Etna y despojó a Cronos de su trono; el rayo maestro, que contiene suficiente poder para que la bomba de hidrógeno de los mortales parezca un mero petardo.

*-x-*

May se estremeció.

*-x-*

—¿Y no está?

—Ha sido robado —dijo Quirón.

—¿Quién?

—Mejor dicho, por quién —me corrigió Quirón, maestro siempre—. Por ti.

*-x-*

-¿ha sido ese crío?

-No quise decir eso. -Se apresuró a decir el centauro.

*-x-*

Me quedé atónito.

—Al menos eso cree Zeus —apostilló Quirón—. Durante el solsticio de invierno, durante el último consejo de los dioses, Zeus y Poseidón tuvieron una pelea. Las tonterías de siempre, que si Rea te quería más a ti, que si las catástrofes del cielo eran más espectaculares que las del mar, etcétera.

*-x-*

-Mamá me prefiere a mí.

-No te emociones cerebro de aire. Mami siempre me dice que soy su hijo favorito.

-Te dice eso para que te calles. Yo soy su preferido. Tú eres adoptado. Te encontramos por ahí y nos diste pena.

-Eso fue a ti cabeza chispeante.

-Eres invécil.

-Pero mamá me prefiere a mí.

-¡Mamá Rea me prefiere a mí y se acabó!

-Sí Hestia.

*-x-*

Cuando terminó, Zeus reparó en que el rayo maestro había desaparecido, se lo habían quitado de la sala del trono bajo sus mismas narices. Inmediatamente culpó a Poseidón. Ahora bien, un dios no puede usurpar el símbolo de poder de otro directamente; eso está prohibido por las más antiguas leyes divinas.

Pero Zeus cree que tu padre convenció a un héroe humano para que se lo arrebatara.

*-x-*

-¿Y para qué quiero tu estúpido rayo?

-A mí me sorprende que puedan habérselo quitado si no se separa de él. -Comentó Deméter.

-¡Callaos! ¡Quiero saber quién ha robado mi rayo para poder fulminarlo agusto!

Algunos semidioses miraron disimuladamente a Luke.

*-x-*

—Pero yo no…

—Ten paciencia y escucha, niño. Zeus tiene buenos motivos para sospechar. Verás, las forjas de los cíclopes están bajo el océano, lo que otorga a Poseidón cierta influencia sobre los fabricantes del rayo de su hermano. Zeus cree que Poseidón ha robado el rayo maestro y ahora ha encargado a los cíclopes que construyan un arsenal de copias ilegales, que podrían ser utilizadas para derrocar a Zeus.

*-x-*

Poseidón había comenzado a reírse tanto, que se había caído de su trono.

-Jajajaja. ¿En s serio? ¿C copias il ilegales p para derrocarte? Jajajaja. Ay que me meo de la risa. Ay mi divino estómago. Hacía muchísimo tiempo que no me reía así. Copias ilegales.

Y volvió a darle otro ataque de carcajadas.

-No tiene ninguna gracia. -Espetó el dios de los cielos.

-Claro que la tiene hermanito.

*-x-*

—Lo único que Zeus no sabía seguro es qué héroe habría usado Poseidón para cometer el divino robo. Ahora Poseidón acaba de reconocerte abiertamente como su hijo. Tú estuviste en Nueva York durante las vacaciones de invierno y podrías haberte colado fácilmente en el Olimpo. Por tanto, Zeus cree que ha encontrado a su ladrón.

*-x-*

-No habría utilizado a mi hijo si hubiera querido robarte tu rayo. Eso habría sido demasiado estúpido.

-Pero si sabe pensar. -Se sorprendió Atenea.

-Pero si sigues mojada. -Devolvió él.

*-x-*

—¡Pero yo nunca he estado en el Olimpo! ¡Zeus está loco!

*-x-*

-Hay que estar demasiado loco para decir algo así. -Se estremeció Tommy.

-Acostúmbrate. -Dijo Grover.

-Percy está bastante pirado. -Aportó Malcolm.

*-x-*

Quirón y Grover observaron el cielo, nerviosos. Las nubes no parecían evitarnos, como había prometido Grover; antes bien, se dirigían directamente hacia nuestro valle, y nos estaban cubriendo como la tapa de un ataúd.

—Esto, Percy… —dijo Grover—. No solemos usar ese calificativo para describir al Señor de los Cielos.

—Quizá paranoico… —matizó Quirón—. Además, Poseidón ha intentado destronar a Zeus con anterioridad. Creo que era la pregunta treinta y ocho de tu examen final…

*-x-*

Poseidón resopló.

-Yo no tengo interés en tu estúpido Astrapí.

-¡No es estúpido!

-¡A callar!

-Perdona Hestia.

*-x-*

—Me miró como si realmente esperara que me acordara de la pregunta treinta y ocho.

¿Cómo podía alguien acusarme de robar el arma de un dios? Ni siquiera era capaz de robar un trozo de pizza de la partida de póquer de Gabe sin que me pillaran. Quirón esperaba una respuesta.

*-x-*

-Es tan noble... -Suspiró Malcolm.

-Es una cría marina. -Se asqueó Atenea.

*-x-*

—¿Algo sobre una red dorada? —recordé—. Poseidón, Hera y otros dioses… Creo que atraparon a Zeus y no lo dejaron salir hasta que prometió ser mejor gobernante, ¿no?

—Correcto. Y Zeus no ha vuelto a confiar en Poseidón desde entonces.

*-x-*

-Pero confía lo suficiente como para meterlo en su cama. -Se enfadó Hera.

-El sexo es una cosa muy distinta a la confianza. -Dijo Zeus.

*-x-*

—Por supuesto, Poseidón niega haber robado el rayo maestro. Se ofendió muchísimo ante tal acusación. Ambos llevan meses discutiendo, amenazando con la guerra. Y ahora llegas tú, la proverbial última gota.

—¡Pero si sólo soy un niño!

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-El pequeño tiene razón. -Dijo Hestia fulminando a Zeus con la mirada.

*-x-*

—Percy —intervino Grover—. Si fueras Zeus y pensaras que tu hermano te la está jugando, y de repente éste admitiera que ha roto el sagrado juramento que hizo tras la Segunda Guerra Mundial, que ha engendrado un nuevo héroe mortal que podría ser utilizado contra ti… ¿no estarías mosqueado?

*-x-*

-Si lo piensas fríamente...

-Nadie ha pedido tu opinión Atenea.

-Deja de gruñir Poseidón.

-Pues cállate y sécate.

*-x-*

.—Pero yo no hice nada. Poseidón, mi padre, no ha mandado robar el rayo, ¿verdad?

*-x-*

El dios del mar sonrió ante lo dicho por su hijo.

*-x-*

Quirón suspiró.

—Cualquier observador inteligente coincidiría en que el robo no es el estilo de Poseidón, pero el dios del mar es demasiado orgulloso para intentar convencer a Zeus. Éste ha exigido que le devuelva el rayo hacia el solsticio de verano, que cae el veintiuno de junio, dentro de diez días. Por su parte, Poseidón quiere el mismo día una disculpa por haber sido llamado ladrón. Confío en que la diplomacia se imponga, que Hera, Deméter o Hestia hagan entrar en razón a los dos hermanos. Pero tu llegada ha inflamado los ánimos de Zeus. Ahora ningún dios va a echarse atrás. A menos que alguien intervenga y que el rayo original sea encontrado y devuelto a Zeus antes del solsticio, habrá guerra. ¿Y sabes cómo

sería una guerra abierta, Percy?

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-Algo muy jodido. -Comentó Castor.

-Esa boca.

-Lo siento lady Hestia.

*-x-*

—¿Mala?

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-¿Solo mala? Sería algo mucho peor que malo. -Se estremeció Malcolm.

-la guerra es fantástica.

-Tu opinión no cuenta. Eres el dios de la guerra. -Dijo Atenea.

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—Imagínate el mundo sumido en el caos. La naturaleza en guerra consigo misma. Los Olímpicos obligados a escoger entre Zeus y Poseidón. Destrucción, carnicería, millones de muertos. La civilización occidental convertida en un campo de batalla tan grande que las guerras troyanas parecerán de juguete.

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-Eso suena jodido hasta para mí. -Comentó Clarisse.

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—Mal asunto —dije.

—Y tú, Percy Jackson, serás el primero en sentir la ira de Zeus.

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-Y él sentirá mi tridente metido en su trasero. -Espetó Poseidón.

-Seguro que ya ha sentido otra cosa ahí detrás. -Dijo Afrodita.

-¿Y qué te hace pensar que ha sido él el activo? -inquirió Zeus.

-¿Entonces Poseidón es el pasivo? -Volvió a preguntar la diosa.

-¡Claro que no! -Se enfadó el creador de los caballos.

-¿Entonces?

-Tal vez se turnan. -Sugirió Apolo.

Ambos dioses carraspearon incómodos.

Lee miraba a Poseidón con lujuria. Por suerte, solo él se dio cuenta.

*-x-*

Empezó a llover. Los jugadores de voleibol interrumpieron el partido y miraron al cielo en silencio expectante.

Era yo quien había traído aquella tormenta a la colina Mestiza. Zeus estaba castigando todo el campamento por mi culpa. Sentí rabia.

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Los demás dioses fulminaron a Zeus con la mirada.

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—Así que tengo que encontrar ese estúpido rayo —concluí— y devolvérselo a Zeus.

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-¡No es estúpido!

-Mira. mi hijo piensa igual que yo.

-Cierra tu estúpida boca si no quieres que te meta el rayo por ella.

-Tal vez quieras meterle otra cosa cilíndrica.

-¡Afrodita! -Se escandalizó Artemisa.

Lee pensaba en que no le importaría acostarse con ambos dioses a la vez. En vez de ponerse celoso cada vez que alguno sacaba a colación la aventura entre Zeus y Poseidón, el hijo de Apolo se excitaba.

*-x-*

—¿Qué mejor ofrecimiento de paz —apostilló Quirón— que sea el propio hijo de Poseidón quien devuelva la propiedad de Zeus?

*-x-*

-Eso es una buena idea. -aprobó Atenea.

El centauro se ruborizó por el alago.

*-x-*

—Si Poseidón no lo tiene, ¿dónde está ese cacharro?

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-¡Astrapí no es un cacharro!

-Mi tridente es mejor.

-¡Ni lo sueñes despojo marino!

-Aquí hay tensión sexual no resuelta. -Canturreó Afrodita.

-¿Hace falta que saquéis el temita a cada rato? -Se exasperó Hera.

-Por supuesto querida. Es la novedad. ¡Zeuseidón es mi nuevo shipp!

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—Creo que lo sé.

—La expresión de Quirón era sombría—. Parte de una profecía que escuché hace años… bueno, algunas frases ahora cobran sentido para mí. Pero antes de que pueda decir más, debes aceptar oficialmente la misión. Tienes que pedirle consejo al Oráculo.

*-x-*

-Esto no va a gustarme. -Vaticinó Poseidón.

Malcolm y Grover estuvieron de acuerdo con él.

*-x-*

—¿Por qué no puede decirme antes dónde está el rayo?

—Porque, si lo hiciera, tendrías demasiado miedo para aceptar el desafío.

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-Esto no es bueno. -Comentó Apolo al ver la cara de su tío.

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Tragué saliva.

—Buen motivo.

—¿Aceptas, entonces?

Miré a Grover, que asintió animoso. Qué fácil era para él, ya que Zeus no tenía nada en su contra.

*-x-*

El sátiro se encogió ante la mirada que Poseidón le estaba mandando.

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—De acuerdo —contesté—. Mejor eso que me conviertan en delfín.

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-Los delfines son buenos. -Refunfuñó el dios del mar.

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—Pues ha llegado el momento de que consultes con el Oráculo —concluyó Quirón—. Ve arriba, Percy Jackson, al ático. Cuando bajes, si sigues cuerdo, continuaremos hablando.

*-x-*

-¿Cómo que si sigue cuerdo?

Quirón no supo que contestar.

Hades ocultó la cara.

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Cuatro pisos más arriba, las escaleras terminaban debajo de una trampilla verde. Tiré de la cuerda. La portezuela se abrió, y de ella bajó una escalera traqueteando.

El cálido aire que llegaba de arriba olía a moho, madera podrida y algo más… un olor que recordaba de la clase de biología. Reptiles. Olor a serpientes.

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los mestizos arrugaron la nariz.

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Contuve el aliento y subí.

El ático estaba lleno de trastos viejos de héroes griegos: armaduras cubiertas de telarañas; escudos antaño relucientes y ahora manchados de orín; baúles viejos de cuero con pegatinas en las que se leía:

«ÍTACA», «isla de circe» y «PAÍS DE las AMAZONAS». Había una mesa larga atestada de tarros con cosas encurtidas: garras peludas troceadas, enormes ojos amarillos, distintas partes de monstruo. En la pared destacaba un trofeo polvoriento; parecía la cabeza gigante de una serpiente, pero tenía cuernos y una fila entera de dientes de tiburón. En la placa ponía: «cabeza n.° i de la hidra, woods TOCK, N.Y.,

1969.»

*-x-*

May tenía la cara verde.

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Junto a la ventana, sentada en un taburete de madera de tres patas, estaba el objeto más asqueroso de todos: una momia. No de las que van envueltas con vendas, si no un cadáver de mujer encogido y arrugado como una pasa. Llevaba un vestido teñido con nudos, muchos collares de cuentas y una diadema por encima de una larga melena negra. La piel del rostro era delgada y coriácea, y los ojos eran rajas de cristal blanco, como si hubieran reemplazado los auténticos por piedras de mármol;

llevaba muerta muchísimo tiempo.

*-x-*

-¿Qué es eso? -Preguntó Apolo asqueado.

Hades no dijo nada.

-¿Ese es mi oráculo?

-Sí padre. -Contestó Michael.

-¿Qué le ha pasado?

-Saldrá en los libros. (Espero) -Contestó Quirón.

*-x-*

Mirarla me produjo escalofríos. Y eso fue antes de que se retrepara en el taburete y abriera la boca. De dentro de la momia salió una niebla verde que se enroscó en el suelo con gruesos tentáculos, silbando como veinte mil serpientes juntas. Tropecé intentando llegar a la trampilla, pero se cerró de golpe. Una voz se me coló por un oído y se me enroscó en el cerebro:

*-x-*

-Escalofriante. -Dijo Tommy.

-Es una de las peores sensaciones que hay. -Se estremeció Luke.

*-x-*

«Soy el espíritu de Delfos, degollador de la gran Pitón. Acércate, buscador, y pregunta.»

Yo quería decir: «No, gracias, me he equivocado de puerta, sólo estaba buscando el baño»,

*-x-*

A todos les entró la risa.

-Este chico me cae genial y no le conozco. -Dijo Hermes.

Apolo estuvo de acuerdo con él.

*-x-*

Pero me forcé a inspirar.

La momia no estaba viva. Era algún tipo de receptáculo truculento para otra cosa, el poder que ahora me envolvía en forma de niebla verde. Sin embargo, su presencia no transmitía maldad como mi profesora de matemáticas demoníaca o el Minotauro. Era más bien como las tres Moiras que había visto hilando en aquel puesto de frutas: arcaica, poderosa y sin duda no humana, pero tampoco particularmente interesada en matarme.

*-x-*

-¿Por qué mi oráculo es una momia?

El dios del sol miró a Hades pero éste no le contestó.

*-x-*

Reuní valor para preguntar:

—¿Cuál es mi destino?

La niebla se espesó y se aglutinó justo frente a mí y alrededor de la mesa con los tarros de trozos de monstruos en vinagre. De repente aparecieron cuatro hombres sentados a la mesa, jugando a las cartas.

Sus rostros se volvieron nítidos: eran Gabe el Apestoso y sus colegas. Apreté los puños, aunque sabía que aquella partida de póquer no podía ser real. Era una ilusión de niebla.

*-x-*

Todos fruncieron el ceño escepto Hera. A ella le daba igual el destino de ése y cualquier otro semidiós.

*-x-*

Gabe se volvió hacia mí y habló con la voz áspera del Oráculo: «Irás al oeste, donde te enfrentarás al dios que se ha rebelado.»

*-x-*

los dioses se miraron entre ellos con la interrogación en sus rostros.

*-x-*

El tipo a su derecha levantó la vista y dijo con la misma voz: «Encontrarás lo robado y lo devolverás.»

*-x-*

-Eso suena bien. -Quiero que devuelvan mi rayo.

-Qué pesadito estás. -Se quejó Hera.

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El de la izquierda subió la apuesta con dos fichas y después dijo: «Serás traicionado por quien se dice tu amigo.»

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los dioses miraron a Grover.

-No se refiere a mí. -se apresuró a decir.

Algunos semidioses miraron a Luke.

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Por último, Eddie, el portero del edificio, pronunció la peor de todas: «Al final, no conseguirás salvar lo más importante.»

*-x-*

-¿Eso qué quiere decir? -Inquirió Poseidón.

Nadie le contestó.

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Las figuras empezaron a disolverse. Me quedé alelado contemplando cómo la niebla se retiraba y, enroscándose como una enorme serpiente verde, se deslizaba por la boca de la momia.

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-Asqueroso. -Dijo Silena.

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—¡Espera! —grité—. ¿Qué quieres decir? ¿Qué amigo? ¿Qué es lo que no podré salvar?

*-x-*

-No va a contestarte. -Se entristeció May.

*-x-*

La cola de la serpiente de niebla desapareció por la boca de la momia, que se reclinó de nuevo contra la pared y cerró la boca con fuerza, como si no la hubiera abierto en cien años. El desván quedó otra vez en silencio, abandonado, nada más que una habitación llena de recuerdos.

*-x-*

-Mi querido oráculo una momia. -Se quejó Apolo.

*-x-*

Me dio la sensación de que podría quedarme allí hasta que tuviera telarañas y aún así no averiguaría nada más.

Mi audiencia con el Oráculo había terminado.

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-Ten por seguro que no se moverá. -Comentó Thalia.

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—¿Y bien? —me preguntó Quirón.

Me derrumbé en la silla junto a la mesa de pinacle.

—Me ha dicho que recuperaré lo que ha sido robado.

Grover se adelantó en su silla, mascando nervioso los restos de una lata de Coca-Cola light.

—¡Eso es genial!

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-Estoy de acuerdo con el sátiro.

-Cómo no. -Bufó Hera.

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—¿Qué ha dicho el Oráculo exactamente? —me presionó Quirón—. Es importante.

Aún me resonaba en los oídos el tintineo de la voz de reptil.

—Ha… ha dicho que me dirija al oeste para enfrentarme al dios que se ha rebelado. Recuperaré lo robado y lo devolveré intacto.

*-x-*

-Más te vale chico.

-Estás hablando con un nibro. Esto ni siquiera ha pasado en nuestro tiempo. -Se quejó Hera.

-El robo de mi rayo es importante ahora, mañana o dentro de mil años.

*-x-*

—Lo sabía —intervino Grover.

Quirón no parecía satisfecho.

—¿Algo más?

No quería contárselo. ¿Qué amigo me traicionaría? Tampoco tenía tantos. Y la última frase: fracasaría en lo más importante. ¿Qué clase de Oráculo me enviaría a una misión y me diría: «Ah, y por cierto, vas a fracasar»? ¿Cómo podía confesar aquello?

*-x-*

-El de Apolo. -Contestó Hermes.

El dios del sol frunció el ceño molesto.

*-x-*

—No —respondí—. Eso es todo.

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-No debería haberte mentido. -Protestó Hestia.

-No creí que me hubiese dicho toda la verdad. -Contestó el centauro.

*-x-*

Estudió mi rostro.

—Muy bien, Percy. Pero debes saber que las palabras del Oráculo tienen con frecuencia doble sentido. No les des demasiadas vueltas. La verdad no siempre aparece evidente hasta que suceden los acontecimientos.

Tuve la impresión de que sabía que me aguardaba algo malo y que intentaba darme ánimos.

—Vale —dije, ansioso por cambiar de tema—. ¿Y adonde tengo que ir? ¿Quién es ese dios del oeste?

—Piensa, Percy. Si Zeus y Poseidón se debilitan mutuamente en una guerra, ¿quién sale ganando?

*-x-*

-¡Que yo no quiero ese estúpido rayo! -Se enfadó Hades ante las miradas de los demás dioses.

*-x-*

—Alguien que quiera hacerse con el poder —supuse.

—Pues sí. Alguien que les guarda rencor, que lleva descontento con lo que le ha tocado desde que el mundo fue dividido hace eones, cuyo reino se volvería poderoso con la muerte de millones. Alguien que detesta a sus hermanos por haberle hecho jurar que no tendría más hijos, un juramento que ahora han roto ambos.

*-x-*

-¿Vosotros sabéis el trabajo que da el inframundo? No me interesa que mueran millones de personas. No doy a basto.

*-x-*

Pensé en mis sueños, la voz malvada que había hablado desde las entrañas de la tierra.

—¿Hades?

Quirón asintió.

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El dios de los muertos frunció el ceño en dirección al centauro que se sonrojó y apartó la mirada.

*-x-*

—El Señor de los Muertos es el candidato seguro.

A Grover se le cayó un pedazo de aluminio de la boca.

—Uau. ¿Q-qué?

—Una Furia fue tras Percy —le recordó Quirón—. Lo observó hasta estar segura de su identidad, y luego intentó matarlo. Las Furias sólo obedecen a un señor: Hades.

*-x-*

-¡Dejad de mirarme de una jodida vez!

*-x-*

—Hades odia a los héroes —comentó Grover—. Y si ha descubierto que Percy es hijo de Poseidón…

—Un perro del infierno se metió en el bosque —prosiguió Quirón—. Sólo pueden ser invocados desde los Campos de Castigo, y tuvo que hacerlo alguien del campamento. Hades debe de tener un espía aquí. Debe de sospechar que Poseidón intentará usar a Percy para limpiar su nombre. A Hades le interesa ver a este joven muerto antes de que pueda acometer su misión.

*-x-*

-Menuda gilipollez. -Dijo Bianca en un susurro.

*-x-*

—Estupendo —murmuré—. Ahora quieren matarme dos de los dioses principales.

—Pero una misión al…

—Grover tragó saliva—. Quiero decir, ¿no podría estar el rayo robado en algún lugar como Maine? Maine es muy bonito en esta época del año.

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El sátiro se estremeció ante el recuerdo.

Malcolm se acordó de Cervero.

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—Hades envió a una de sus criaturas para robar el rayo —insistió Quirón—. Lo ha escondido en el inframundo, sabiendo de sobra que Zeus culparía a Poseidón. No pretendo entender las razones del Señor de los Muertos, o por qué ha elegido este momento para desatar una guerra, pero hay algo que es seguro: Percy tiene que ir al inframundo, encontrar el rayo maestro y revelar la verdad.

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-Y luego dicen que por qué os tengo rencor. Nadie confía en mí.

-Eres raro. Ni siquiera tienes un trono.

-¡Deja a Hades en paz! -Gritó Hestia.

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Sentí un extraño fuego en mi estómago. Fue lo más raro del mundo: porque no era miedo, sino ganas.

El deseo de venganza. Hades había intentado matarme ya tres veces, con la Furia, el Minotauro y el perro del infierno. La desaparición de mi madre en un destello de luz era culpa suya. Ahora intentaba atribuirnos a mi padre y a mí un robo que no habíamos cometido.

Estaba listo para devolvérsela. Además, si mi madre estaba en el inframundo…

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-¿Percy carece de instinto de supervivencia?

-Exactamente señora Castellan. -Contestó Malcolm.

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«Vamos, chico —dijo la pequeña parte de mi cerebro que aún conservaba un atisbo de cordura—. Eres un crío. Y Hades un dios.»

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-Eso mismo digo yo. -Concordó Poseidón.

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Grover estaba temblando. Había empezado a comerse las cartas del pinacle como si fueran chips. El pobre tenía que cumplir una misión conmigo para conseguir su licencia de buscador, fuera eso lo que fuese, pero ¿cómo podía yo pedirle que me acompañara en esta misión, sobre todo cuando el Oráculo me había dicho que estaba destinada a fracasar? Era un suicidio.

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-La especialidad del sesos de alga. -Comentó Thalia.

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—Mire, si sabemos que es Hades —le dije a Quirón—, ¿por qué no se lo decimos a los otros dioses y punto? Zeus o Poseidón podrían bajar al inframundo y aplastar unas cuantas cabezas.

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Las sombras se arremolinaban en torno a Hades.

El dios estaba realmente furioso.

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—Sospechar y saber no son la misma cosa —repuso él—. Además, aunque los demás dioses sospechen de Hades (y supongo que Poseidón no será la excepción), ellos no podrían recuperar el rayo. Los dioses no pueden cruzar los territorios de los demás salvo si son invitados. Ésa es otra antigua regla. Los héroes, en cambio, poseen ciertos privilegios. Pueden ir a donde quieran y desafiar a quien quieran, siempre y cuando sean lo bastante osados y fuertes para hacerlo. Ningún dios puede ser considerado responsable de las acciones de un héroe. ¿Por qué crees que los dioses operan siempre a través de humanos?

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-¡El próximo que vuelva a mirarme será el siguiente juguete de Cervero!

Los dioses apartaron la mirada.

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—Me está diciendo que estoy siendo utilizado.

—Estoy diciendo que no es casualidad que Poseidón te haya reclamado ahora. Es una jugada arriesgada, pero el pobre se encuentra en una situación desesperada. Te necesita.

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-Es para lo que sirven los semidioses. Para hacer las cosas que a nosotros se nos antojen.

-Sigue Hera y te darás un bañito de agua del ártico.

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Mi padre me necesita.

Las emociones se arremolinaron en mi interior como pedacitos de cristal en un calidoscopio. No sabía si sentir rencor o agradecimiento, si estar contento o enfadado. Poseidón me había ignorado durante doce años. Y ahora de repente me necesitaba.

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El dios del mar se entristeció.

*-x-*

Miré a Quirón.

—Usted sabía que era hijo de Poseidón desde el principio, ¿verdad?

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Todos se quedaron mirando al centauro.

-¿Lo sabías Quirón? -Inquirió Malcolm.

El centauro se ruborizó.

-¿Y no me lo dijiste?

-Tú no tienes por qué saberlo todo siempre. -Espetó Ethan.

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—Tenía mis sospechas. Como he dicho… también yo he hablado con el Oráculo.

Intuí que me estaba ocultando buena parte de su profecía, pero decidí que ahora no podía preocuparme por eso. Después de todo, también yo me estaba guardando información.

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-Chico listo. -Aprobó Hermes.

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—Bueno, a ver si lo he entendido —dije—. Se supone que debo bajar al inframundo para enfrentarme al Señor de los Muertos.

—Exacto —contestó Quirón.

—Y encontrar el arma más poderosa del universo.

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-Por supuesto.

-Qué cansino eres.

-¡Cállate Hera!

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—Exacto.

—Y regresar al Olimpo antes del solsticio de verano, en diez días.

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-Mejor será que lo hagas chico.

-Deja de hablar solo. -Dijo Poseidón.

-¡Piérdete!

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—Exacto.

Miré a Grover, que se estaba tragando el as de corazones.

—¿He mencionado que Maine está muy bonito en esta época del año? —preguntó con un hilo de voz.

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-Sigo opinando lo mismo.

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—No tienes que venir —le dije—. No puedo exigirte eso.

—Oh…

—Arrastró las pezuñas—. No… es sólo que los sátiros y los lugares subterráneos… Bueno…

—Inspiró con fuerza y se puso en pie mientras se sacudía pedacitos de cartas y aluminio de la camiseta.

*-x-*

-No me gustan los lugares subterráneos. -Se estremeció el sátiro.

*-x-*

—Me has salvado la vida, Percy. Si… si dices en serio que quieres que vaya contigo, no voy a dejarte tirado.

Me sentí tan aliviado que tuve ganas de llorar, aunque no me parecía un gesto demasiado heroico.

Grover era el único amigo que me había durado más de unos meses. No estaba seguro de hasta qué punto podría ayudarme un sátiro contra las fuerzas de los muertos, pero me sentí mejor sabiendo que estaría conmigo.

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Grover sonrió ante los pensamientos de su mejor amigo.

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—Pues claro que sí, súper G.

—Me volví hacia Quirón—. ¿Y adonde vamos? El Oráculo sólo ha dicho hacia el oeste.

—La entrada al inframundo está siempre en el oeste. Se desplaza de época en época, como el Olimpo. Justo ahora, por supuesto, está en Estados Unidos.

—¿Dónde?

Quirón pareció sorprendido.

—Pensaba que sería evidente. La entrada al inframundo está en Los Angeles.

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-Obviamente. -Dijo Michael.

-¿Cómo no lo sabía? -Se sorprendió Lee.

Qirón les miró reprobador.

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—Ah —dije—. Naturalmente. Así que nos subimos a un avión…

—¡No! —exclamó Grover—. Percy, ¿en qué estás pensando? ¿Has ido en avión alguna vez en tu vida?

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-No es una de sus más brillanes ideas. -Dijo Poseidón con un escalofrío.

-Sesos de alga. -Rió Thalia.

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Meneé la cabeza, avergonzado. Mamá nunca me había llevado a ningún sitio en avión. Siempre decía que no teníamos suficiente dinero. Además, sus padres habían muerto en un accidente aéreo.

*-x-*

Hestia miró mal a Zeus.

-Aún no ha pasado.

-¡Silencio!

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—Percy, piensa —intervino Quirón—. Eres hijo del dios del mar, cuyo rival más enconado es Zeus, Señor del Cielo. Así pues, tu madre fue suficientemente sensata como para no confiarte a un avión. Estarías en los dominios de Zeus y jamás regresarías a tierra vivo.

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-Rivales en todo menos en la cama. -Rió Afrodita.

-Por supuesto. -Comentó Poseidón.

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Por encima de nuestras cabezas, refulgió un rayo. El trueno retumbó.

—Vale —dije, decidido a no mirar la tormenta—. Bueno, pues viajaré por tierra.

—Bien —prosiguió Quirón—. Puedes ir con dos compañeros. Grover es uno. El otro ya se ha ofrecido voluntario, si aceptas su ayuda.

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Poseidón le frunció el ceño a Malcolm. No le estaba cayendo muy bien.

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—Caramba —fingí sorpresa—. ¿Quién puede ser tan tonto como para ofrecerse voluntario en una misión como ésta?

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El hijo de Atenea frunció el ceño.

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El aire resplandeció tras Quirón.

Malcolm se volvió visible quitándose la gorra de los Yankees y la guardó en el bolsillo trasero.

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-¿No te han enseñado a que no debes escuchar conversaciones ajenas? -Espetó Poseidón.

El rubio se ruborizó.

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—Llevo mucho tiempo esperando una misión, sesos de alga —espetó—. Atenea no es ninguna fan de Poseidón, pero si vas a salvar el mundo, soy el más indicado para evitar que metas la pata.

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-Cuanta arrogancia. -Murmuró Tommy.

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—Anda, si eso es lo que piensas —repliqué—, será porque tienes un plan, ¿no, chico listo?

Se puso como un tomate.

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-¡Ese es mi hijo!

-Vas a reventarme los tímpanos. -Se quejó Hades.

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—¿Quieres mi ayuda o no?

Vaya si la quería. Necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener.

—Un trío —dije—. Podría funcionar.

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-Eso ha sonado realmente mal. -Rió Hermes.

Malcolm y Grover se sonrojaron.

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—Excelente —añadió Quirón—. Esta tarde os llevaremos a la terminal de autobús de Manhattan. A partir de ahí estaréis solos.

Refulgió un rayo. La lluvia inundaba los prados que en teoría jamás debían padecer climas violentos.

—No hay tiempo que perder —dijo Quirón—. Deberíais empezar a hacer las maletas.

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-Espero que todo vaya bien. -Comentó May preocupada.

Luke sonreía por tener a su madre cerca.

-Ya ha terminado el capítulo. ¿Quién quiere leer? -Preguntó Hefesto.

Grover se ofreció voluntario.

El dios de las fraguas levitó el libro hasta sus manos.

El sátiro abrió el libro por el capítulo siguiente.

Una luz verdosa inundó la sala antes de que Grover pudiera comenzar a leer.

-¿Cuántos más quedan por venir? -Se quejó Hera.

Una triple risita se escuchó por toda la sala.

-Creo que aún faltan bastantes personas. -Comentó Hestia con una sonrisa.