Disclaimer: Los personajes son de Rick Riordan al igual que el libro.

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Cuando la luz desapareció, un joven alto, regordete, pelo rubio y ojos casi púrpuras se hayaba en medio de la sala.

-¿P Pólux?

-¿Cómo? ¿Castor? Pero tú estás… Y no he podido…

Apolo chasqueó los dedos para que el recién llegado pudiera saber por qué estaba allí.

Antes de que le pidieran que se presentara, él lo hizo.

-Hola a todos. Me llamo Pólux. Tengo casi diecinueve años. Soy hijo de Dioniso.

El dios del vino le sonrió.

Los gemelos se acercaron rápidamente y se abrazaron con fuerza.

-Te he echado tanto de menos hermano…

-Ya estamos juntos Pólux. no pasa nada.

El recién llegado saludó a todos los demás y tras inclinarse ante los dioses, se sentó pegado a su hermano.

le dio unas palmaditas a Blake en la cabeza y abrazó a Castor con fuerza.

Agradecía a las moiras o a quien fuera que había montado todo esto, por haberle dado la oportunidad de estar con su hermano durante un tiempo.

Y si las cosas cambiaban, quizá… Quizá podría estar con Castor siempre. Ninguno moriría y serían felices.

-Me parece raro que ahora seas casi dos años mayor que yo. -Dijo Castor.

-Por una vez, el mayor soy yo.

Ambos hermanos rieron.

Bianca carraspeó y comenzó a leer.

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Capítulo 11. Visitamos el emporio de gnomos de jardín.

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-¿Gnomos de jardín? ¿Y eso qué quiere decir? -Se interesó poseidón.

Percy sonrió.

A su padre no le gustaba esa sonrisa. Sabía que ese capítulo tampoco le iba a gustar.

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En cierto sentido, es bueno saber que hay dioses griegos ahí fuera, porque tienes alguien a quien echarle la culpa cuando las cosas van mal.

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Muchos dioses miraron ceñudos al hijo de Poseidón.

Él ni se inmutó.

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Por ejemplo, si eres un mortal y estás huyendo de un autobús atacado por arpías monstruosas y fulminado por un rayo —y si encima está lloviendo—, es normal que lo atribuyas a tu mala suerte;

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-Qué inocentes. -Rió Castor.

May rió también.

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Pero si eres un mestizo, sabes que alguna criatura divina está intentando fastidiarte el día.

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-Cuando estás tú cerca, siempre quieren fastidiarnos. -Aclaró Thalia.

-Gracias prima querida.

-Un placer.

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Así que allí estábamos, Malcolm, Grover y yo, caminando entre los bosques que hay en la orilla de Nueva Jersey. El resplandor de Nueva York teñía de amarillo el cielo a nuestras espaldas, y el hedor del Hudson nos anegaba la pituitaria.

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Poseidón, Deméter, Perséfone y Artemisa miraban mal el libro.

-Debería decirle a los dioses menores de los ríos que los limpien. -Musitó Poseidón. -Debería ayudarles.

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Grover temblaba y balaba, con miedo en sus enormes ojos de cabra.

—Tres Benévolas —dijo con inquietud—. Y las tres de golpe.

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-Eso es tener mala suerte. -Intervino Pólux.

-La suerte de Percy Jackson. -aclaró Malcolm.

-Para qué quiero enemigos.

-Pues tienes un montón. -Rió Thalia.

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Yo mismo estaba bastante impresionado. La explosión del autobús aún resonaba en mis oídos. Pero Malcolm seguía tirando de nosotros.

—¡Vamos! Cuanto más lejos lleguemos, mejor.

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-Estoy de acuerdo con Chase. -Dijo Poseidón.

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—Nuestro dinero estaba allí dentro —le recordé—. Y la comida y la ropa. Todo.

—Bueno, a lo mejor si no hubieras decidido participar en la pelea…

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Muchos miraron mal al hijo de Atenea.

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—¿Qué querías que hiciera? ¿Dejar que os mataran?

—No tienes que protegerme, Percy. Me las habría apañado.

—En rebanadas como el pan de sandwich —intervino Grover—, pero se las habría apañado.

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-Esa ha sido buena Grover. -Felicitó Pólux.

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—Cierra el hocico, niño cabra —le espetó Malcolm.

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-Qué desagradable eres. -Dijo Michael.

Malcolm le fulminó con la mirada.

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Grover baló lastimeramente.

—Latitas… —se lamentó—. He perdido mi bolsa llena de estupendas latitas para mascar.

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Clarisse le lanzó otra de sus latas al sátiro. Éste, la atrapó con la boca y la saboreó como si se tratara de el mejor de los manjares.

A la hija de Ares, le divertía lanzar cosas. Y no desaprovecharía la oportunidad. Aunque lo que tuviera para lanzar fueran latas de refresco para que un sátiro se las comiera.

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Atravesamos chapoteando terreno fangoso, a través de horribles árboles enroscados que olían a colada mohosa.

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Deméter quería cargarse a alguien.

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Al cabo de unos minutos, Malcolm se puso a mi lado.

—Mira, yo… —Le falló la voz—. Aprecio que nos ayudases, ¿vale? Has sido muy valiente.

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Poseidón suavizó un poco la mirada asesina que le mandaba al rubio. Pero solo un poco.

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—Somos un equipo, ¿no?

Se quedó en silencio durante unos cuantos pasos.

—Es sólo que si tú murieras… aparte de que a ti no te gustaría nada, supondría el fin de la misión. Y puede que ésta sea mi única oportunidad de ver el mundo real. ¿Me entiendes ahora?

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-Eso no es escusa. -Reprendió Hestia.

-Lo siento. -Se disculpó el rubio.

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La tormenta había cesado por fin. El fulgor de la ciudad se desvanecía a nuestra espalda y estábamos sumidos en una oscuridad casi total. No veía a Malcolm, salvo algún destello de su pelo rubio.

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-No me gusta la oscuridad. -Se estremeció Lee.

Michael estuvo de acuerdo con él.

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—¿No has salido del Campamento Mestizo desde que tenías siete años? —le pregunté.

—No. Sólo algunas excursiones cortas. Mi padre…

—El profesor de historia.

—Sí. Bueno, no funcionó vivir con él en casa. Me refiero a que mi casa es el Campamento Mestizo. En el campamento entrenas y entrenas, y eso está muy bien, pero los monstruos están en el mundo real. Ahí es donde aprendes si sirves para algo o no.

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-Tonterías. -Dijo Hera.

Malcolm la miró ceñudo.

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Me pareció detectar cierta duda en su voz.

—Eres muy valiente —le dije.

—¿Eso crees?

—Cualquiera capaz de hacerle frente a una Furia lo es.

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Afrodita sonrió ampliamente.

Malcolm y Percy se besaron con pasión.

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—Aunque no veía nada, tuve la sensación de que sonreía.

—Mira —dijo—, quizá tendría que decírtelo… Antes, en el autobús, ocurrió algo curioso…

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-¿Qué ocurrió? -preguntó Hermes.

Nadie contestó.

El dios hizo un puchero que a alguien le pareció adorable.

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Fuera lo que fuese lo que iba a decir, se vio interrumpido por un sonido agudo, como el de una lechuza al ser torturada.

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Grover se sonrojó.

-Espero que no haya sido una lechuza. -Espetó Atenea.

-¿Y cómo sabes el sonido que hace una lechuza al ser torturada? -Se interesó Hefesto.

-No tengo ni idea.

-¿Y por qué una lechuza? ¿Por qué no una paloma o algo así?

Afrodita miró mal a la diosa de la sabiduría.

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—¡Eh, mi flauta sigue funcionando! —exclamó Grover—. ¡Si me acordara de alguna canción buscasendas, podríamos salir del bosque!

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Thalia intentó no reírse pero no lo consiguió.

-Gracias por comprenderme. -Espetó Grover.

Clarisse decidió lanzarle una lata para que se callara. Y porque le apetecía lanzar algo.

El sátiro se la comió indignado.

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—Tocó unas notas, pero la melodía no se apartó demasiado de Hillary Duff.

En ese momento me estampé contra un árbol y me salió un buen chichón. Añádelo a la lista de superpoderes que no tengo: visión de infrarrojos.

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-Al sesos de alga le gusta tragarse árboles. -Rió Thalia.

-Mejor no. A saber a lo que saben. Además, seguro que tu pino sabría amargo.

Una descarga eléctrica hizo temblar todo el cuerpo del hijo de Poseidón.

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Tras tropezar, maldecir y sentirme un desgraciado en general durante aproximadamente un kilómetro más, empecé a ver luz delante: los colores de un cartel de neón. Olí comida. Comida frita, grasienta y exquisita. Reparé en que no había comido nada poco saludable desde mi llegada a la colina Mestiza, donde vivíamos a base de uvas, pan, queso y barbacoas de carne extrafina preparadas por ninfas. La verdad, estaba necesitando una hamburguesa doble con queso.

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los semidioses se relamieron.

Apolo sonrió e hizo aparecer una hamburguesa delante de cada uno de los presentes.

Bianca miraba la suya con anhelo. No podía comérsela porque estaba leyendo.

Hades hizo levitar el libro hasta sus manos y siguió la lectura mientras su hija comía.

Blake también disfrutaba de su hamburguesa especial para perros.

Lee comía sobre el regazo de Poseidón. El cuál no perdía oportunidad de besar al chico cuando se le quedaba alguna mancha de salsa en los labios.

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Seguimos andando hasta que vi una carretera de dos carriles entre los árboles. Al otro lado había una gasolinera cerrada, una vieja valla publicitaria que anunciaba una peli de los noventa, y un local abierto, que era la fuente de la luz de neón y el buen aroma.

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-¿A alguien más le da mala espina? -preguntó Poseidón después de haberse tragado una patata que Lee le había metido en la boca.

-No digas tonterías. -Dijo Atenea.

-¿Cincuenta dracmas?

-Hecho.

Ambos dioses se dieron la mano cerrando el trato.

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No era el restaurante de comida rápida que había esperado, sino una de esas raras tiendas de carretera donde venden flamencos decorativos para el jardín, indios de madera, ositos de cemento y cosas así. El edificio principal, largo y bajo, estaba rodeado de hileras e hileras de pequeñas estatuas. El letrero de neón encima de la puerta me resultó ilegible, porque si hay algo peor para mi dislexia que el inglés corriente, es el inglés corriente en cursiva roja de neón.

Leí algo como: «moperio de mongos de rajdín elatida MEE».

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-Un nombre muy original. -Dijo Hermes.

-Creo que lo utilizaré cuando monte un grupo de rock. -Secundó Apolo.

Percy sonrió.

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—¿Qué demonios pone ahí? —pregunté.

—No lo sé —contestó Malcolm.

Le gustaba tanto leer que había olvidado que también era disléxico.

Grover nos lo tradujo:

—Emporio de gnomos de jardín de la tía Eme.

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-¿Estatuas? ¿Tía Eme? -Se preguntaba Artemisa.

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A cada lado de la entrada, como se anunciaba, había dos gnomos de jardín, unos feos y pequeñajos barbudos de cemento que sonreían y saludaban, como si estuvieran posando para una foto. Crucé la carretera siguiendo el rastro aromático de las hamburguesas.

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-Sigue las hamburguesas. -Rió Clarisse.

-Ef que eftán delifiofaf. -Dijo Percy con la boca llena.

-¿Qué? -preguntó Malcolm.

-Es que están deliciosas. -Tradujo Poseidón.

-Raritos. Entre ellos se entienden. Normal. Son padre e hijo… -Musitó Atenea.

El dios del mar le lanzaba tridentes con la mirada.

Iba a lanzarle una ola del Ártico, pero fue distraído por Lee que le daba otra patata con los labios.

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—Ve con cuidado —me advirtió Grover.

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-Estoy de acuerdo con Underground. -Dijo Dioniso.

-¿Estás prestando atención? -Se impresionó Perséfone.

-Solo porque quiero saber como la palman.

poseidón y Atenea le miraron mal.

-Solo bromeaba tío P. -Dijo el dios del vino antes de que el dios del mar le lanzara una gran ola.

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—Dentro las luces están encendidas —dijo Malcolm—. A lo mejor está abierto.

—Un bar —comenté con nostalgia.

—Sí, un bar —coincidió él.

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-¿No se supone que tus hijos son los sensatos? -Quiso saber Deméter.

-Solo son tonterías de un sátiro paranoico. -Contestó Atenea.

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—¿Os habéis vuelto locos? —dijo Grover—. Este sitio es rarísimo.

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-Estoy de acuerdo con underwood. -Dijo Poseidón.

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No le hicimos caso.

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El dios del mar frunció el ceño.

Percy le miró con disculpa.

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El aparcamiento de delante era un bosque de estatuas: animales de cemento, niños de cemento, hasta un sátiro de cemento tocando la flauta.

—¡Beee-eee! —baló Grover—. ¡Se parece a mi tío Ferdinand!

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-¿No se tratará de…? -Se horrorizó Atenea.

Nadie contestó.

-Era mi tío. -Susurró Grover para sí.

Bianca terminó de comer y su padre le pasó el libro.

La chica lo cogió y continuó leyendo.

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Nos detuvimos ante la puerta.

—No llaméis —dijo Grover—. Huelo monstruos.

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-Hacedle caso al sátiro. -pidió Atenea.

-¿Así que eso significa que has perdido? -Inquirió Hermes.

Atenea le lanzó los cincuenta dracmas a Poseidón.

Éste los cogió antes de que le dieran a Lee en la cabeza.

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—Tienes la nariz entumecida por las Furias —le dijo Malcolm—. Yo sólo huelo hamburguesas. ¿No tienes hambre?

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El hijo de Atenea estaba bastante ruborizado.

Tenía que haberle hecho caso a Grover.

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—¡Carne! —exclamó con desdén—. ¡Yo soy vegetariano!

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-Comes enchiladas de queso y latas de aluminio. -Dijo Pólux.

-Eso son verduras. -Dijo Grover.

-Entonces, ahora a los niños en vez de decirles: Cómete las judías verdes, hay que decirles: Cómete esta deliciosa lata de aluminio. Es buena para la salud. -Rió Thalia.

El sátiro se sonrojó.

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—Comes enchiladas de queso y latas de aluminio —le recordé.

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Percy chocó los cinco con Pólux.

-Otro que se ha pasado al bando Percy. -Suspiró Thalia dramáticamente.

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—Eso son verduras. Venga, vámonos. Estas estatuas me están mirando.

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-Voto por que os vayáis de ahí. -Dijo Poseidón.

-Eso ya ha pasado. -Dijo Malcolm.

-En este tiempo, aún no ha sucedido. -Gruñó el dios.

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Entonces la puerta se abrió con un chirrido y ante nosotros apareció una mujer árabe; por lo menos eso supuse, porque llevaba una túnica larga y negra que le tapaba todo menos las manos. Los ojos le brillaban tras un velo de gasa negra, pero eso era cuanto podía discernirse. Sus manos color café parecían ancianas, pero eran elegantes y estaban cuidadas, así que supuse que era una anciana que en el pasado había sido una bella dama.

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-Si es quien creo que es, y estoy un noventa y nueve coma nueve por ciento seguro de que así es, efectivamente de joven era preciosa.

Lee frunció el ceño molesto.

-Una cosa es que hayas salido con miles de personas pero no hace falta que digas lo maravillosas que eran.

-No quise…

El hijo de Apolo se apartó del dios y se sentó cerca de su padre.

-La has cagado hermanito. nunca hables de tus ex delante de tu actual pareja. -Dijo Zeus. -Eso les cabrea aunque hayan pasado miles de años.

-Pero si ni siquiera estamos…

-Acaba esa frase, y ten por seguro que no estaremos juntos nunca. -Espetó Lee.

-¿Y si te pido perdón?

-Estoy molesto.

-Pero si solo ha sido un comentario.

-Eso Poseidón. Sigue hundiéndote más en el barro. -Intervino Afrodita.

-Pero ahora me gustas tú Lee. Ella no importa.

-Eso es lo más cliché del mundo. -Dijo Michael.

-No ayudas.

-Es que papá, ¿A quién se le ocurre hacer ese comentario?

-A él. -Contestó la diosa del amor frunciendo el ceño.

El dios del mar puso cara de hipocampo abandonado.

Lee apartó la mirada serio.

-No me mires así. Vete con tu belleza árabe.

-Pero pequeño sol…

-¡Déjame! ¡Estoy ofendido!

Al hijo de Apolo no le gustaba que le llamasen Pequeño sol o cosas así. Pero a decir verdad, le había encantado la manera en la que lo había dicho Poseidón.

Bianca decidió continuar leyendo.

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Su acento sonaba ligeramente a Oriente Medio.

—Niños, es muy tarde para estar solos fuera —dijo—. ¿Dónde están vuestros padres?

—Están… esto… —empezó Malcolm.

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-Están aquí. En esta sala. -Comentó Hermes.

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—Somos huérfanos —dije.

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-¡Oye! -Se ofendió el dios del mar.

-¿Lo siento?

-¿Y encima lo preguntas? Eres un mal hijo. -Dijo dramáticamente.

-Ahora me siento mal. -Comentó Percy abrazando a Lee.

-perfecto Poseidón. Ahora hieres al niño. -Dijo el rubio devolviéndole el abrazo a Percy.

-Eso es jugar sucio. Estáis contra mí.

Los dos semidioses le miraron mal.

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—¿Huérfanos? —repitió la mujer—. ¡Pero eso no puede ser!

—Nos separamos de la caravana —contesté—. Nuestra caravana del circo. El director de pista nos dijo que nos encontraríamos en la gasolinera si nos perdíamos, pero puede que se haya olvidado, o a lo mejor se refería a otra gasolinera. En cualquier caso, nos hemos perdido. ¿Eso que huelo es comida?

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Todos los semidioses reían.

-Nos han abandonado pero qué más da. ¿Me da comida señora desconocida? -Dijo Luke riendo a carcajadas.

-Devuélveme a Percy. -Pidió Malcolm.

-No. -Contestó Lee abrazando al chico con posesividad.

-¡Es mi novio!

-¡Es mi… Algo!

-¡Es mío!

-¿En serio Malcolm? -Preguntó Lee con lágrimas en los ojos. -¿N no vas a dejar que abrace a Percy? Estoy triste y siento dolor. ¿Y tú…

Los semidioses y algunos dioses miraron mal al hijo de Atenea.

-Pero si está fingiendo. -Se indignó Malcolm.

-¿Crees que finjo mi dolor? No tienes sentimientos Chase.

-Pobre chico. -Dijo Afrodita.

-Perce, ese chico no me gusta para ti.

Soltó algunas lagrimitas más, y después ocultó la cara en el pecho de Percy y se echó a reír.

-Mi hijo es un actor excelente. -Dijo Apolo enjugándose una lágrima.

-¿Entonces no estás enfadado conmigo? -Preguntó poseidón.

-¡Claro que estoy enfadado!

-¿Y cómo voy a saber si lo que dices es cierto?

-¿Insinúas que te estoy mintiendo?

Esta vez la cara de Lee mostraba verdadero dolor.

Poseidón se dio cuenta de que la había liado bastante.

-Lee, no quería decir que…

El chico negó y se sentó solo en un rincón de la sala.

Blake gruñó al dios del mar y se acercó a su amo.

El hijo de Apolo abrazó al perro y se quedó así. Triste y dolido.

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Oh, queridos niños —respondió la mujer—. Tenéis que entrar, pobrecillos. Soy la tía Eme. Pasad directamente al fondo del almacén, por favor. Hay una zona de comida.

Le dimos las gracias y entramos.

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-No deberíais fiaros de abuelitas amables en una carretera en mitad de la nada. -Dijo Hermes. -Esa será la regla número doscientos catorce.

Los semidioses asintieron de acuerdo con él.

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—¿La caravana del circo? —me susurró Malcolm.

—¿No hay que tener siempre una estrategia pensada?

—En tu cabeza no hay más que algas.

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-Estoy de acuerdo con él. -Dijo Thalia.

-Cállate cerebro de aire.

Una flecha casi le da a Percy en el muslo pero éste la desvió con un chorro de agua que dejó totalmente empapada a la cazadora.

Zeus miró ceñudo a su sobrino y secó a su hija.

Hera le miró enfadada.

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El almacén estaba lleno de más estatuas: personas en todas las posturas posibles, luciendo todo tipo de indumentaria y distintas expresiones. Pensé que se necesitaría un buen trozo de jardín para poner aquellas estatuas, pues eran todas de tamaño natural. Pero, sobre todo, pensé en comida.

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Perséfone se ruborizó.

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Vale, llámame imbécil por entrar en la tienda de una señora rara sólo porque tenía hambre, pero es que a veces hago cosas impulsivas.

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-¿Solo a veces? -Preguntó Clarisse incrédula.

Percy se sonrojó.

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Además, tú no has olido las hamburguesas de la tía Eme. El aroma era como el gas de la risa en la silla del dentista: provocaba que todo lo demás desapareciera. Apenas reparé en los sollozos nerviosos de Grover, o en el modo en que los ojos de las estatuas parecían seguirme, o en el hecho de que la tía Eme hubiese cerrado la puerta con llave detrás de nosotros.

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-Será algún tipo de magia o algo. -Intervino Hefesto.

-¿Pero estás prestando atención? -Se Asombró Ares.

-Soy capaz de hacer varias cosas a la vez.

-Lo mismo dicen de las mujeres.

Una flecha plateada se clavó muy cerca de la entrepierna de Ares.

-La próxima vez, no fallaré. -Espetó Artemisa.

-¿Y por qué estás prestando atención? -Quiso saber Afrodita.

-Porque el del libro es mi legado.

Percy sonrió.

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Lo único que me importaba era la zona de comida. Y, efectivamente, estaba al fondo del almacén, un mostrador de comida rápida con un grill, una máquina de bebidas, un horno para bollos y un dispensador de nachos con queso. Y unas cuantas mesas de picnic.

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-Yo quiero un local de esos. -Gimió Hermes.

Atenea bufó molesta.

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—Por favor, sentaos —dijo la tía Eme.

—Alucinante —comenté.

—Hum… —musitó Grover—. No tenemos dinero, señora.

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Hestia le sonrió al sátiro.

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Antes de que yo pudiera darle un codazo en las costillas, tía Eme contestó:

—No, niños. No hace falta dinero. Es un caso especial, ¿verdad? Es mi regalo para unos huérfanos tan agradables.

—Gracias, señora —contestó Malcolm.

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Atenea resopló con desdén.

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Me pareció que la tía Eme se ponía tensa, como si Malcolm hubiera hecho algo mal, pero enseguida pareció relajada de nuevo y supuse que habría sido mi imaginación.

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-¡No ignores tu instinto chico! -Bramó Ares.

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—De nada, Malcolm—respondió—. Tienes unos preciosos ojos grises, niño.

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-¿Cómo sabe el nombre si nadie se lo ha dicho? -Se interesó Michael.

-Monstruo. -Contestó Lee con la cara oculta aún en el pelaje dorado de su cachorro.

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—Sólo más tarde me pregunté cómo habría sabido el nombre de Malcolm, porque no nos habíamos presentado.

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-Lento como el padre.

-¿Quieres darte otro bañito largo?

La diosa no contestó.

-Eso me parecía.

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Nuestra anfitriona se puso a cocinar detrás del mostrador. Antes de que nos diéramos cuenta, había traído bandejas de plástico con hamburguesas, batidos de vainilla y patatas fritas.

Me había comido media hamburguesa cuando me acordé de respirar.

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-Tan ansioso como su padre. -Dijo Hestia enternecida.

Percy y Poseidón sonrieron a la diosa.

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Malcolm sorbió su batido.

Grover pellizcaba patatas y miraba el papel encerado de la bandeja como si le apeteciera comérselo, pero seguía demasiado nervioso.

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-Es un sátiro listo. -Aprobó Dioniso.

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—¿Qué es ese ruido sibilante? —preguntó.

Yo no oí nada. Malcolm tampoco.

—¿Sibilante? —repitió la tía Eme—. Puede que sea el aceite de la freidora. Tienes buen oído, Grover.

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-Serpientes. -Masculló Apolo.

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—Tomo vitaminas… para el oído.

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-¿En serio chico cabra? -Rió Castor.

-¿Vitaminas para los oídos? -Secundó Pólux.

El sátiro se ruborizó.

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—Eso está muy bien —respondió ella—. Pero, por favor, relájate.

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-Es preocupante. -Dijo Silena. Deberíais salir de allí.

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La tía Eme no comió nada. No se había descubierto la cabeza ni para cocinar, y ahora estaba sentada con los dedos entrelazados, observándonos comer. Es un poco inquietante tener a alguien mirándote cuando no puedes verle la cara, pero la hamburguesa me había saciado y empezaba a sentir cierta somnolencia, así que supuse que lo mínimo era intentar dar un poco de conversación cortés a nuestra anfitriona.

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-¡No es momento de ser educado!

-Tranquila lady Hestia. Estamos aquí.

-Lo siento cielo. Es que a veces…

Percy le dedicó una sonrisa.

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—Así que vende gnomos —dije, intentando sonar interesado.

—Pues sí —contestó la tía Eme—. Y animales. Y personas. Cualquier cosa para el jardín. Los hago por encargo. Las estatuas son muy populares, ya sabéis.

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Hades miró con suspicacia a su esposa.

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—¿Tiene mucho trabajo?

—No mucho, no. Desde que construyeron la autopista, casi ningún coche pasa por aquí. Valoro cada cliente que consigo.

Sentí una vibración en el cuello, como si alguien estuviera mirándome.

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-Eso son tus instintos. -Dijo Hades.

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Me volví, pero sólo era la estatua de una chica con una cesta de Pascua. Su detallismo era increíble, mucho más preciso que el que se ve en la mayoría de las estatuas. Pero algo raro le pasaba en la cara. Parecía sorprendida, incluso aterrorizada.

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-Normal. -Dijo May.

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—Ya —dijo la tía Eme con tristeza—. Como ves, algunas de mis creaciones no salen muy bien. Están dañadas y no se venden. La cara es lo más difícil de conseguir. Siempre la cara.

—¿Hace usted las estatuas? —pregunté.

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-Claro que sí. -Dijo Artemisa.

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—Oh, desde luego. Antes tenía dos hermanas que me ayudaban en el negocio, pero me abandonaron, y ahora la tía Eme está sola. Sólo tengo mis estatuas. Por eso las hago. Me hacen compañía. —La tristeza de su voz parecía tan profunda y real que la compadecí.

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-¿En serio no se han dado cuenta aún? -Se extrañó Poseidón.

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Malcolm había dejado de comer. Se inclinó hacia delante e inquirió:

—¿Dos hermanas?

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-Creo que ya se está comenzando a dar cuenta. -Sonrió Atenea.

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—Es una historia terrible. Desde luego, no es para niños. Verás, Malcolm, hace mucho tiempo, cuando yo era joven, una mala mujer tuvo celos de mí. Yo tenía un novio, ya sabéis, y esa mala mujer estaba decidida a separarnos. Provocó un terrible accidente. Mis hermanas se quedaron conmigo. Compartieron mi mala suerte tanto tiempo como pudieron, pero al final nos dejaron. Sólo yo he sobrevivido, pero a qué precio, niños. A qué precio.

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-¿Celos? ¡Estaban haciéndolo en mi templo!

Poseidón prefirió mantenerse callado.

-A lo mejor tuviste envidia de que ella echara un polvo y tú no. -Se rió Ares.

-¡Elejí mantemerme virgen para siempre!

-No hay nada más aburrido que tener hijos con el pensamiento. Con lo placentero que es el sexo…

-¡No me interesa! -Dijo Atenea.

-Estoy de acuerdo con ella. -Secundó Artemisa.

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No estaba seguro de a qué se refería, pero me apené por su desdicha. Los párpados me pesaban cada vez más, mi estómago saciado me provocaba somnolencia. Pobre mujer. ¿Quién querría hacer daño a alguien tan agradable?

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Atenea miró mal al semidiós.

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—¿Percy? —Malcolm me estaba sacudiendo—. Tal vez deberíamos marcharnos. Ya sabes… el jefe de pista estará esperándonos.

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-Hazle caso a Chase. -Dijo Poseidón.

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Por algún motivo parecía tenso. En ese momento Grover se estaba comiendo el papel encerado de la bandeja de plástico, pero si a tía Eme le pareció raro, no dijo nada.

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Clarisse le lanzó otra lata al sátiro.

Éste sonreía satisfecho.

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—Qué ojos grises más bonitos —volvió a decirle a Malcolm—. Vaya que sí, hace mucho que no veo unos ojos grises como los tuyos.

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-A lo mejor le gustan jovencitos. -Comentó Ethan.

-Eso es tan asqueroso… -Se horrorizó Luke.

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Se acercó como para acariciarle la mejilla, pero Malcolm se puso en pie bruscamente.

—Tenemos que marcharnos, de verdad.

—¡Sí!

—Grover se tragó el papel encerado y también se puso en pie—. ¡El jefe de pista nos espera! ¡Vamos!

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-Hazles caso. -Dijo Ares.

Todos le miraron raro.

-Si no, no habrá más acción. -Se explicó el dios.

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Yo no quería irme. Me sentía ahíto y amodorrado. La tía Eme era muy agradable y quería quedarme con ella un rato.

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Todos miraron mal a Percy.

El chico se ruborizó y escondió la cara en el cuello de su novio.

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—Por favor, queridos niños —suplicó—. Tengo muy pocas ocasiones de estar en tan buena compañía. Antes de marcharos, ¿no posaríais para mí?

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-¿Habréis dicho que no verdad? -Quiso saber Hermes.

Malcolm y Grover miraron a Percy pero no dijeron nada.

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—¿Posar? —preguntó Malcolm, cauteloso.

—Para una fotografía. Después la utilizaré para un grupo escultórico. Los niños son muy populares. A todo el mundo le gustan los niños.

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-Me dan escalofríos. -Dijo Tommy.

Michael asintió dándole la razón.

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Malcolm cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro.

—Mire, señora, no creo que podamos. Vamos, Percy.

—¡Claro que podemos! —salté. Estaba irritado con Malcolm por mostrarse tan maleducado con una anciana que acababa de alimentarnos gratis—. Es sólo una foto, Malcolm. ¿Qué daño va a hacernos?

*-x-*

-¡Te mato! -Gritó su padre.

-No sabía quien era. -Se justificó. -Y él estaba siendo maleducado.

Malcolm le pegó un puñetazo en el hombro.

*-x-*

—Claro, Malcolm —ronroneó la mujer—, ningún daño.

A Malcolm no le gustaba, pero al final cedió. La tía Eme nos condujo de nuevo al jardín de las

estatuas, por la puerta de delante. Una vez allí, nos llevó hasta un banco junto al sátiro de piedra.

*-x-*

-Mi tío. -Suspiró Grover.

*-x-*

—Ahora voy a colocaros correctamente —dijo—. El chico rubio en el medio, y los dos caballeretes uno a cada lado.

—No hay demasiada luz para una foto —comenté.

—Descuida, hay de sobra —repuso la tía Eme—. De sobra para que nos veamos unos a otros, ¿verdad?

—¿Dónde tiene la cámara? —preguntó Grover.

*-x-*

-Buena observación. -Felicitó Atenea.

*-x-*

La mujer dio un paso atrás, como para admirar la composición.

—La cara es lo más difícil. ¿Podéis sonreír todos, por favor? ¿Una ancha sonrisa?

Grover miró al sátiro de cemento junto a él y murmuró:

—Se parece mucho al tío Ferdinand.

—Grover —le riñó tía Eme—, mira a este lado, cariño.

Seguía sin cámara.

*-x-*

-Me exasperan. -Se quejó Atenea.

*-x-*

—Percy… —dijo Malcolm.

Algún instinto me indicó que escuchara a Malcolm, pero estaba luchando contra la somnolencia surgida de la comida y la voz de la anciana.

*-x-*

-¡Escúchale! -Gritó Apolo. -Sería una lástima que un chico tan sexi como tú, fuera convertido en estatua.

Malcolm gruñó.

*-x-*

—Sólo será un momento —añadió tía Eme—. Es que no os veo muy bien con este maldito velo…

*-x-*

Poseidón sabía que su hijo estaba bien porque lo tenía delante. Pero eso no quitaba que estuviera nervioso.

El dios apretaba tan fuerte los puños, que icor dorado había empezado a salirle de las palmas.

Lee vio lo que sucedía y le hizo una señal a su padre para que interviniera.

-Tío P. Las manos…

El dios del mar se miró las palmas de las manos y advirtió que se había hecho heridas.

Se curó y miró con tristeza a Lee. El semidiós no le devolvió la mirada.

*-x-*

—Percy, algo no va bien —insistió Malcolm.

—¿Que no va bien? —repitió la tía Eme mientras levantaba los brazos para quitarse el velo—. Te equivocas, querida. Esta noche tengo una compañía exquisita. ¿Qué podría ir mal?

—¡Es el tío Ferdinand! —balbució Grover.

*-x-*

-Estúpida tía Eme… -Baló el sátiro.

*-x-*

—¡No la mires! —gritó Malcolm, y al punto se encasquetó la gorra de los Yankees y desapareció. Sus manos invisibles nos empujaron a Grover y a mí fuera del banco.

Estaba en el suelo, mirando las sandalias de la tía Eme. Grover se escabulló en una dirección y Malcolm en la otra, pero yo estaba demasiado aturdido para moverme. Entonces oí un extraño y áspero sonido encima de mí. Alcé la mirada hasta las manos de la tía Eme, que ahora eran nudosas y estaban llenas de verrugas, con afiladas garras de bronce en lugar de uñas.

*-x-*

-Ni se te ocurra levantar la cabeza. -Advirtió Poseidón.

*-x-*

Me dispuse a levantar la cabeza, pero en algún lugar a mi izquierda Malcolm gritó:

—¡No! ¡No lo hagas!

*-x-*

-Este chico va a acabar conmigo. -Gimió el dios del mar.

*-x-*

El sonido áspero de nuevo: pequeñas serpientes justo encima de mí, allí donde… donde debía estar la cabeza de la tía Eme.

*-x-*

-Repulsivo. -Dijo Tommy abrazando más fuerte a Michael.

El hijo de Apolo se dejó hacer encantado.

*-x-*

—¡Huye! —baló Grover, y lo oí correr por la grava, mientras gritaba «Maya!», a fin de que sus zapatillas echaran a volar.

*-x-*

-¡Maya! -Gritó Hermes.

*-x-*

No podía moverme. Me quedé mirando las garras nudosas de la anciana e intenté luchar contra el trance en que me había sumido.

—Qué pena destrozar una cara tan atractiva y joven —me susurró—. Quédate conmigo, Percy. Sólo tienes que mirar arriba.

*-x-*

-¿Ya no te parece tan hermosa verdad? -Rió Apolo.

Poseidón le miró enfadado.

*-x-*

Me resistí al impulso de obedecer y miré a un lado. Entonces vi una de esas esferas de cristal que la gente pone en los jardines. Se veía el reflejo oscuro de la tía Eme en el cristal naranja; se había quitado el tocado, revelando un rostro como un círculo pálido y brillante. El pelo se le movía, retorciéndose como serpientes.

*-x-*

-Ya casi lo tienes. -Dijo Hermes.

*-x-*

Tía Eme. Tía «M»…

¿Cómo podía haber estado tan ciego? Piensa, me ordené. ¿Cómo moría Medusa en el mito? Pero no podía pensar. Algo me dijo que en el mito Medusa estaba dormida cuando fue atacada por mi tocayo Perseo. Pero en aquel momento yo no la veía muy dormida. Si quería, habría podido arrancarme la cabeza con sus garras en un instante.

*-x-*

-Por fin se ha dado cuenta. -Suspiró Poseidón.

-Sesos de alga. -Rió Thalia.

*-x-*

—Esto me lo hizo la de los ojos grises, Percy —dijo Medusa, y no sonaba en absoluto como un monstruo. Su voz me invitaba a mirar, a simpatizar con una pobre abuelita—.

*-x-*

-Tiene embrujahabla. -Dijo Afrodita tensa.

*-x-*

—La madre de Malcolm, la maldita Atenea, transformó a una mujer hermosa en esto.

*-x-*

Atenea frunció los labios.

*-x-*

—¡No la escuches! —exclamó Malcolm desde algún sitio entre las estatuas—. ¡Corre, Percy!

—¡Silencio! —gruñó Medusa, y volvió a modular la voz hasta alcanzar un cálido ronroneo—. Ya ves por qué tengo que destruir al chico, Percy. Es el hijo de mi enemiga. Desmenuzaré su estatua.

*-x-*

-¡Ni se te ocurra! -Chilló la diosa de la sabiduría muy enfadada.

*-x-*

—Pero tú, querido Percy, no tienes por qué sufrir.

*-x-*

-Quiere conservarte porque eres hijo del tío P. Además, sois idénticos. -Dijo Apolo.

-Solo que tú, eres mucho más joven. -Añadió Hermes.

*-x-*

—No —murmuré. Intenté mover las piernas.

—¿De verdad quieres ayudar a los dioses? —me preguntó Medusa—. ¿Entiendes qué te espera en esta búsqueda insensata, Percy? ¿Qué te sucederá si llegas al inframundo? No seas un peón de los Olímpicos, querido. Estarás mejor como estatua. Sufrirás menos daño. Mucho menos.

*-x-*

-Arpía zorra y vengativa… -Gruñó Poseidón entre dientes.

*-x-*

—¡Percy!

—Detrás de mí oí una especie de zumbido, como un colibrí de cien kilos lanzándose en picado. Grover gritó—: ¡Agáchate!

Me di la vuelta y allí estaba Grover en el cielo nocturno, llegando en picado con sus zapatos alados, con una rama de árbol del tamaño de un bate de béisbol. Tenía los ojos apretados y movía la cabeza de lado a lado. Navegaba guiándose por el oído y el olfato.

*-x-*

-¡Tú puedes cabra voladora! -Gritó Pólux.

-¡Vamos sátiro con alas! -Dijo Castor.

*-x-*

—¡Agáchate! —volvió a gritar—. ¡Voy a atizarle!

Eso me puso por fin en acción. Conociendo a Grover, seguro que no le acertaría a Medusa y me daría a mí. Así pues, me arrojé hacia un lado.

*-x-*

-Gracias por la confianza amigo.

Percy se ruborizó.

No quería que leyeran sus pensamientos.

*-x-*

¡Zaca! Supuse que sería el sonido de Grover al chocar contra un árbol, pero Medusa rugió de dolor.

*-x-*

-Lo siento tío. -Se apresuró a decir Percy.

*-x-*

—¡Sátiro miserable! —masculló—. ¡Te añadiré a mi colección!

—¡Ésa por el tío Ferdinand! —le respondió Grover.

*-x-*

-¡Así se hace chico! -Gritó Ares.

-No quiero saber lo que hará al conocer al entrenador Hedge. -Susurró Percy.

Malcolm rió.

*-x-*

Me escabullí en cuclillas y me oculté entre las estatuas mientras Grover se volvía para hacer otra pasadita.

¡Tracazás!

—¡Aaargh! —aulló Medusa, y su melena de serpientes silbaba y escupía.

*-x-*

-¡Siiiiiii! ¡Vamos sátiro! -Vitoreaba Poseidón.

-¿Qué pasa? ¿Ya no defiendes a tu novia? -Inquirió Hera.

Una ola con trocitos de hielo bañó a la diosa.

*-x-*

—¡Percy!:—dijo la voz de Malcolm junto a mí.

Di un respingo tan grande que casi tiro un gnomo de jardín con un pie.

*-x-*

-Pobre gnomo. -Rió Luke.

*-x-*

—¡Por Dios! ¡No puedes fallar! —Malcolm se quitó la gorra de los Yankees y se volvió visible—. Tienes que cortarle la cabeza.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loco? Larguémonos de aquí.

*-x-*

-¡Córtale la cabeza chico! -Bramó Ares.

*-x-*

—Medusa es una amenaza. Es mala. La mataría yo mismo, pero… —tragó saliva, como si le costase admitirlo— pero tú vas mejor armado. Además, nunca conseguiría acercarme. Me rebanaría por culpa de mi madre. Tú… tú tienes una oportunidad.

*-x-*

Atenea miró a su hijo con el ceño ligeramente fruncido.

*-x-*

—¿Qué? Yo no puedo…

—Mira, ¿quieres que siga convirtiendo a más gente inocente en estatuas?

—Señaló una pareja de amantes abrazados, convertidos en piedra por el monstruo.

*-x-*

Perséfone decidió que ya no quería más estatuas.

*-x-*

Malcolm agarró una bola verde de un pedestal cercano.

—Un escudo pulido iría mejor. —Estudió la esfera con aire crítico—. La convexidad causará cierta distorsión. El tamaño del reflejo disminuirá en una proporción…

*-x-*

-¿Quieres hablar claro? -Se quejó Charles.

*-x-*

—¿Quieres hablar claro?

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-Otro más que se va. -Suspiró Thalia tristemente.

*-x-*

—¡Eso hago! —Me entregó la bola—. Bueno, ten, mira al monstruo a través del cristal, nunca directamente.

—¡Eh! —gritó Grover desde algún lugar por encima de nosotros—. ¡Creo que está inconsciente!

—¡Groaaaaaaar!

*-x-*

-Va a ser que no. -Comentó Ethan.

*-x-*

—Puede que no —se corrigió Grover. Se abalanzó para hacer otro barrido con su improvisado bate.

—Date prisa —me dijo Malcolm—. Grover tiene buen olfato, pero al final acabará cayéndose.

*-x-*

-Gracias Malcolm.

Castor y Pólux miraron mal al hijo de Atenea.

*-x-*

Saqué mi boli y lo destapé. La hoja de bronce de Anaklusmos salió disparada. Seguí el ruido sibilante y los escupitajos del pelo de Medusa.

Mantuve la mirada fija en la bola de cristal para ver sólo el reflejo de Medusa, no el bicho real. Cuando la vi, Grover llegaba para atizarla otra vez con el bate, pero esta vez volaba demasiado bajo. Medusa agarró la rama y lo apartó de su trayectoria. Grover tropezó en el aire y se estrelló contra un oso de piedra con un doloroso quejido.

*-x-*

-Pobre cabra. -Dijo Pólux.

-Estoy aquí.

-¿Has oído algo Castor?

-No. ¿Y tú Polux?

Él negó con la cabeza.

*-x-*

Medusa iba a abalanzarse sobre él cuando grité:

—¡Eh! ¡Aquí!

Avancé hacia ella, cosa que no era tan fácil, teniendo en cuenta que sostenía una espada en una mano y una bola de cristal en la otra. Si la bruja cargaba, no me sería fácil defenderme. Sin embargo, dejó que me acercara: seis metros, cinco, tres…

*-x-*

-Quiero despedazarla con mis propias manos. -Gruñó el dios del mar.

Blake gruñó.

-Dice que él quiere despedazarte a ti. -Tradujo Grover.

-Muy amable Blakie.

El perro ladró enfadado.

*-x-*

Entonces vi el reflejo de su cara. No podía ser tan fea. Aquel cristal verde debía de distorsionar la imagen, afeándola incluso más.

—No le harías daño a una viejecita, Percy —susurró—. Sé que no lo harías.

*-x-*

-Yo voy a clavarte mi tridente.

-Seguro que es eso lo que quieres clavarle. -Refunfuñó Lee.

-No es…

-Déjalo. No importa. la culpa es mía. Sabía qué pasaría al enam…Da igual.

Poseidón le miró triste.

*-x-*

Vacilé, fascinado por el rostro que veía reflejado en el cristal: los ojos, que parecían arder a través del vidrio verde, me debilitaban los brazos.

Desde el oso de cemento, Grover gimió:

—¡No la escuches, Percy!

Medusa estalló en carcajadas.

—Demasiado tarde.

Se me abalanzó con las garras por delante.

*-x-*

Poseidón quería gritar.

*-x-*

Yo le rebané el cuello de un único mandoble. Oí un siseo asqueroso y un silbido como de viento en una caverna: el sonido del monstruo desintegrándose.

*-x-*

Todos aplaudieron con fuerza.

Poseidón se levantó y abrazó a su hijo fuertemente.

*-x-*

Algo cayó al suelo junto a mis pies. Necesité toda mi fuerza de voluntad para no mirar. Noté un líquido viscoso y caliente empapándome el calcetín, pequeñas cabecitas de serpiente mordisqueando los cordones de mis zapatillas.

—Puaj, qué asco —dijo Grover. Aún seguía con los ojos bien cerrados, pero supongo que oía al bicho borbotear y despedir vapor—. ¡Megapuaj!

*-x-*

A Silena le daban ganas de devolver.

*-x-*

Malcolm se materializó a mi lado con la mirada vuelta hacia el cielo. Sostenía el velo negro de Medusa.

—No te muevas —dijo.

Con mucho cuidado, sin mirar abajo ni un instante, se arrodilló, envolvió la cabeza del monstruo en el paño negro y la recogió. Aún chorreaba un líquido verdoso.

*-x-*

-Asqueroso. -Dijo Afrodita.

*-x-*

—¿Estás bien? —me preguntó con voz temblorosa.

—Sí —mentí, a punto de vomitar mi hamburguesa doble con queso—. ¿Por qué… por qué no se ha desintegrado la cabeza?

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-Trofeo de guerra. -Dijo Ares.

*-x-*

—En cuanto la cercenas se convierte en trofeo de guerra —me explicó—, como tu cuerno de minotauro. Pero no la desenvuelvas. Aún puede petrificar.

*-x-*

-¡Mi hijo es fantástico!

-¡También es mi biznieto! -Sonrió el dios herrero.

*-x-*

Grover se quejó mientras bajaba de la estatua del oso. Tenía un buen moratón en la frente. La gorra rasta verde le colgaba de uno de sus cuernecitos de cabra y los pies falsos se le habían salido de las pezuñas. Las zapatillas mágicas volaban sin rumbo alrededor de su cabeza.

*-x-*

-Pobre cabrita. -Dijo Castor.

-Idiota. -Se quejó el sátiro.

Los hijos de Dioniso rieron.

*-x-*

—Pareces el Barón Rojo —dije—. Buen trabajo.

Sonrió tímidamente.

—No me ha molado nada. Bueno, darle con la rama en la cabeza sí ha molado, pero estrellarme contra ese oso no.

*-x-*

-Un abrazo de oso. -Rió Thalia.

*-x-*

Cazó las zapatillas al vuelo y yo volví a tapar mi espada. Luego regresamos al almacén.

Encontramos unas bolsas de plástico detrás del mostrador y envolvimos varias veces la cabeza de Medusa. La colocamos encima de la mesa en que habíamos cenado y nos sentamos alrededor, demasiado cansados para hablar. Al final dije:

—¿Así que tenemos que darle las gracias a Atenea por este monstruo?

*-x-*

-Niño insolente.

-Me lo dicen a menudo.

*-x-*

Malcolm me lanzó una mirada de irritación.

—A tu padre, de hecho. ¿No te acuerdas? Medusa era la novia de Poseidón. Decidieron verse en el templo de mi madre. Por eso Atenea la convirtió en monstruo. Ella y sus dos hermanas, que la habían ayudado a meterse en el templo, se convirtieron en las tres gorgonas. Por eso Medusa quería hacerme picadillo, pero también pretendía conservarte a ti como bonita estatua. Aún le gusta tu padre.

*-x-*

-Mira. El amor es recíproco. -Dijo Apolo molesto.

-¡Claro que no!

-Lo que tú digas tío P.

*-x-*

Probablemente le recordabas a él.

Me ardía la cara.

—Vaya, así que ha sido culpa mía que nos encontráramos con Medusa.

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-Puede ser. -Dijo Charles riendo.

*-x-*

Malcolm se irguió e imitó mi voz en falsete:

—«Tan sólo es una foto, Malcolm. ¿Qué daño puede hacernos?»

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Todos los semidioses rieron.

-No seas tan duro con el chico. -Dijo Quirón.

*-x-*

—Vale, vale —respondí—. Eres imposible.

—Y tú insufrible.

—Y tú…

—¡Eh! —nos interrumpió Grover—. Me estáis dando migraña, y los sátiros no tienen migraña. ¿Qué vamos a hacer con la cabeza?

*-x-*

Dioniso intentó aguantarse la risa sin éxito.

-Aquí hay amoooor. -Canturreó Afrodita.

Atenea y Poseidón fruncieron el ceño.

*-x-*

Miré el bulto. De un agujero en el plástico salía una pequeña serpiente. En la bolsa estaba escrito:

«cuidamos su negocio.»

Me enfadé, no sólo con Malcolm o su madre, sino con todos los dioses por aquella absurda misión, por sacarnos de la carretera con un rayo y por habernos enfrentado en dos grandes batallas el primer díaque salíamos del campamento. A ese ritmo, jamás llegaríamos a Los Ángeles vivos, mucho menos antes del solsticio de verano.

*-x-*

-¡Tenéis que llegar! ¡Tengo que recuperar a Astrapí!

*-x-*

¿Qué había dicho Medusa? «No seas un peón de los Olímpicos, querido. Estarás mejor como estatua. Sufrirás menos daño. Mucho menos.»

*-x-*

-Estúpida… -Dijo Poseidón.

*-x-*

Me puse en pie.

—Ahora vuelvo.

—Percy —me llamó Malcolm—. ¿Qué estás…?

En el fondo del almacén encontré el despacho de Medusa. Sus libros de contabilidad mostraban sus últimos encargos, todos envíos al inframundo para decorar el jardín de Hades y Perséfone.

*-x-*

muchos miraron mal a la diosa.

Ella ocultó la cara en su pelo.

*-x-*

Según una factura, la dirección del inframundo era Estudios de Grabación El Otro Barrio, West Hollywood, California. Doblé la factura y me la metí en el bolsillo.

*-x-*

-Chico listo. -Aprobó Hermes.

*-x-*

En la caja registradora encontré veinte dólares, unos cuantos dracmas de oro y unos embalajes de envío rápido del Hermes Nocturno Express. Busqué por el resto del despacho hasta que encontré una caja adecuada.

*-x-*

Poseidón se echó a reír.

-Creo que ya sé lo que va a hacer.

-¿El qué? -Quiso saber Atenea.

Él no contestó.

*-x-*

Regresé a la mesa de picnic, metí dentro la cabeza de Medusa y rellené el formulario de envío.

Los Dioses

Monte Olimpo

Planta 600

Edificio Empire State

Nueva York, NY

Con mis mejores deseos, Percy Jackson

*-x-*

Todos los semidioses se echaron a reír.

Algunos dioses fruncieron el ceño molestos.

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—Eso no va a gustarles —me avisó Grover—. Te considerarán un impertinente.

*-x-*

-Como su padre. -Dijo Atenea.

-Cállate pesada.

*-x-*

Metí unos cuantos dracmas de oro en la bolsita. En cuanto la cerré, se oyó un sonido de caja registradora. El paquete flotó por encima de la mesa y desapareció con un suave «pop».

—Es que soy un impertinente —respondí.

*-x-*

Luke le dio palmadas en la espalda a Percy felicitándole.

*-x-*

Miré a Malcolm, a ver si se atrevía a criticarme.

No se atrevió. Parecía resignado al hecho de que yo tenía un notable talento para fastidiar a los dioses.

*-x-*

Zeus quiso fulminarlo pero eso no le haría gracia a su hermano y después, le dejaría sin su compañía sexual durante varias décadas. Y Poseidón, era realmente bueno en la cama.

*-x-*

—Vamos —murmuró—. Necesitamos un nuevo plan.

*-x-*

-El capítulo ha terminado. -Dijo Bianca. -¿Quién quiere leer el siguiente?

-Yo leeré. -Dijo Afrodita.

la diosa levitó el libro hasta sus manos y abrió el libro por el capítulo siguiente.

Poseidón le hizo una señal para que esperara.

El dios se levantó de su trono y se dirigió hasta el rincón en el que estaban Lee y Blake.

Se arrodilló en frente del hijo de Apolo y le acarició la mejilla.

El chico no se movió.

Blake se retiró del regazo de su dueño pero no se alejó de allí.

-Lo siento. Yo no soy bueno con las palabras, y siempre digo cosas que no debería decir.

Hablo sin pensar y eso me ha acarreado más de un problema.

El chico siguió sin reaccionar.

-Me he enamorado un montón de veces. No te lo voy a negar. He sufrido cuando se han ido o cuando yo las he dejado. Mamá Rea nos dio a cada uno de nosotros seis algo que deberíamos darle a la persona a la que de verdad amáramos.

Apolo le miró con los ojos muy abiertos.

Todos los hermanos de Poseidón jadearon bastante sorprendidos al comprender lo que iba a hacer.

-Tal vez te parezca que voy muy rápido, que es demasiado pronto… Pero aunque solo han pasado unas horas, sé que tú eres el indicado. Mamá Rea dijo que sabríamos inmediatemente a quien darle el regalo.

Lee le miraba sin parpadear.

El dios del mar se llevó las manos a la nuca y se desató una cadena de oro en la que colgaba un precioso caballito de mar cuyos ojos eran zafiros con una pequeña esmeralda en el centro de cada uno.

El colgante brillaba con luz propia.

-Brilla. No tanto como tú, pero…

Lee no sabía si cogerlo o no.

-Te protegerá siempre. Y cuando desees verme, podrás encontrarme.

El hijo de Apolo miraba indeciso al dios del mar.

Percy estaba impresionado. No le molestaba que le diera el regalo a Lee aunque eso significara que su madre no era la indicada. Lo que importaba es que la amó, y que la hizo feliz durante unos meses.

Afrodita tenía corazones en los ojos.

El chico abrazó a Poseidón con fuerza.

El dios del mar le puso la cadena en el cuello y cuando la cerró, un resplandor verde y dorado envolvió a la pareja.

-¿Es una especie de cadena de compromiso? -Le preguntó Percy a Hades.

-Sí. Ahora mi hermanito está atado al hijo del iluminado.

-¡Oye! -Gritó Apolo.

La queja no le salió muy enfadada, porque estaba llorando de emoción abrazado a Blake.

Michael también sollozaba en brazos de su novio.

-Me alegro tanto por ti… -Dijo Hestia a su hermano.

-A Anfítrite no va a hacerle ninguna gracia.

-Ella no tiene nada que opinar aquí.

-Ya claro.

-¿Eso significa que no habrá más Zeuseidón? -Se entristeció Afrodita.

Lee le guiñó un ojo a la diosa sin que nadie le viera.

Poseidón cogió a Lee de la mano y se dirigió a su trono.

Se sentó, y acomodó a su verdadera pareja entre sus piernas.

-¿Sabes que se acostará con nereidas, ninfas, dioses y mortales? -Inquirió Hera maliciosa. -Además, algún día morirás y él sufrirá. Por eso no es bueno entregarle el regalo de madre Rea a nadie.

-No me importa. -Dijo Poseidón. -Si él lo desea, lo haré inmortal. Pero si no quiere eso, lo respetaré. Sin embargo, ahora no tiene por qué pensar en nada de eso.

-pero te acostarás con cualquiera.

-No me importa. Porque sé que a quien de verdad ama es a mí. Yo puedo ser liberal. Dependiendo de la situación.

-Agradezco a las moiras por haberme dado la oportunidad de conocerte. -Le susurró Poseidón a Lee.

Ambos se besaron con cariño.

Afrodita carraspeó y decidió comenzar a leer.

Una luz plateada se lo impidió.

-Se va a llenar esto de escoria.

-Hera cállate o te haré callar yo. -Amenazó Hades.