Serie: One life, one story.
Rating: T {lenguaje soez}.
Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el amo y señor de todos estos músculos.
The end
—Aomine-kun, tienes que firmarme la detención del chico del altercado 10-16.
Detuvo en seco sus pasos, chasqueando la lengua con fastidio evidente. Aunque había una prioridad que se le escapaba, aquello también quería verlo zanjado cuanto antes. Garabateó su firma a un lado del folio y pasó de largo al becario antes de acelerar el paso, esquivando al mar de agentes de la comisaría. Tropezó, hubo una conmoción de cajas y una disculpa efímera que profirió ya desde lejos. Dobló a su izquierda y plantó la mano en la puerta del ascensor antes de que esta terminase de cerrarse.
Kise estaba llorando. Pese a la prisa que se había dado, la angustia del rechazo se le presentaba como un sentimiento tan desagradable como esperaba. Notaba la garganta hinchada, los ojos abnegados, los labios temblorosos y más de una vez le fallaron las rodillas en el recorrido de la sala hasta allí.
—Aomi-…
—Cállate —interrumpió Aomine, soltando un jadeo y apretando con rabia cualquier botón que le permitiese al ascensor volver a cerrarse. Después, de una única zancada, rompió toda distancia con Kise, le rodeó con vehemencia la cintura y le empujó la nuca hasta perforarle la boca con la lengua.
Fue un beso demandante, arisco, torpe y fogoso. Uno de los que te dejaban la mente en blanco y las piernas temblando, mientras intentas ubicar las manos y corresponderlo, atragantándote con toda aquella pasión. Fue un beso húmedo y candente que no le hacía justicia a ningún otro que Kise hubiera recibido antes, aunque el dolor en el pómulo no remitiese lo más mínimo.
El desconsolado llanto pareció hacer una pausa para hacerle sitio al desconcierto, e inmediatamente después se reanudaba con un sentimiento muy diferente. ¿Aquello era por lástima? ¿Por compasión? ¿Era una despedida digna a todo lo pasado? Le daba igual. Sólo fue feliz en lo que aquel momento duró.
Sólo se rompió la intimidad cuando la campana del ascensor precedía a que volvieran a abrirse las puertas.
—Al final soy de esos a quienes les gustan las rubias —respondió a una pregunta formulada muchos años atrás, y de la que se acordaba como si se la repitiesen todos los días de su vida.
Y con los labios tan rojos como las mejillas, Kise parpadeó, hizo memoria y sonrió, con una mirada iluminada que no pudo disimular.
—Jah… ¡Ya veo~! —se enjugó las lágrimas con la manga del suéter y lo vio adelantarse para salir—. Me hubiese gustado saberlo mucho antes, idiota…
Aquella vez no se quedó atrás. No le dejó volver a desaparecer otros diez años más. Y le siguió.
