Disclaimer: Los personajes y el libro son de Rick Riordan.

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Cuando la luz desapareció, podía verse a un chico alto, delgado pero fuerte, pelo castaño oscuro y ojos color abellana.

-Vale creo que estoy alucinando pero me parece que he viajado al pasado. porque si no, no puedo explicarme por qué estoy en el Olimpo construido como era antes y veo a personas que deberían estar muertas.

-Eres la primera persona que lo ha deducido. -Felicitó Quirón.

El dios del sol chasqueó los dedos y un rato más tarde, el chico estaba enterado de todo lo que había pasado.

-¡Preséntate! -Bramó Hera.

-Esa es la frase de Zeus. -Dijo Hades con una sonrisa.

La diosa le lanzó dagas con la mirada.

-Soy Chris Rodríguez. Tengo diecinueve años y soy hijo de Hermes.

Su padre le sonrió.

El chico se inclinó ante los dioses y se sentó cerca de Clarisse.

Ésta le acercó hacia ella y le besó con brusquedad.

-¿Con un hijo del mensajero?

Hermes fulminó a Ares con la mirada.

-Después de este capítulo, cenaremos algo ligero y nos iremos a dormir.

Todos estuvieron de acuerdo con la diosa del hogar.

Afrodita carraspeó y empezó a leer.

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Capítulo 12. Nos asesora un caniche.

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-¿Un caniche? -Rió Ares.

Blake ladró ofendido.

-El cachorro quiere saber el problema que tienes con eso. -Tradujo Hades.

Los dioses podían entender a todos los animales pero por respeto a los semidioses traducían las palabras de Blake.

-pues que es una ridiculez. -Contestó el dios de la guerra.

El golden ladró y gruñó.

-Dice que tú eres el ridículo y un inculto e ignorante. -Tradujo Hades.

La diosa del amor decidió seguir leyendo porque veía que algunos semidioses ya estaban bastante cansados.

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Esa noche nos sentimos bastante desgraciados.

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-Yo me sentiría igual. -Comentó Ethan.

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Acampamos en el bosque, a unos cien metros de la carretera principal, en un claro que los chicos de la zona al parecer utilizaban para sus fiestas. El suelo estaba lleno de latas aplastadas, envoltorios de comida rápida y otros desechos.

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Artemisa apretaba tan fuerte su arco, que a los semidioses les sorprendió que no lo partiera.

Deméter amenazaba al aire con su oz.

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Habíamos sacado algo de comida y unas mantas de casa de la tía Eme, pero no nos atrevimos a encender una hoguera para secar nuestra ropa. Las Furias y la Medusa nos habían proporcionado suficientes emociones por un día. No queríamos atraer nada más.

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-Bien pensado. -Dijo Atenea.

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Decidimos dormir por turnos. Yo me ofrecí voluntario para hacer la primera guardia.

Malcolm se acurrucó entre las mantas y empezó a roncar en cuanto su cabeza tocó el suelo.

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-¿Así que roncas? -Preguntó Chris.

El hijo de Atenea le miró mal.

-Ya ves si ronca. Sobre todo cuando está cansado. -Rió Luke.

-Gracias por tu apoyo Castellan.

-Cuando quieras Chase.

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Grover revoloteó con sus zapatos voladores hasta la rama más baja de un árbol, se recostó contra el tronco y observó el cielo nocturno.

—Duerme —le dije—. Te despertaré si surge algún problema.

Asintió, pero siguió con los ojos abiertos.

—Me pone triste, Percy.

—¿El qué? ¿Haberte apuntado a esta estúpida misión?

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El hijo de Poseidón recibió una colleja de parte de su amigo.

-Eso ha dolido chico cabra.

-Era lo que pretendía Acuaman.

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—No. Esto es lo que me entristece. —Señaló toda la basura del suelo—. Y el cielo. Ni siquiera se pueden ver las estrellas. Han contaminado el cielo. Es una época terrible para ser sátiro.

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Artemisa se entristeció.

Percy se acordó de Zoe a la que le encantaba ver las estrellas.

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—Ya. Debería haber supuesto que eres ecologista.

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Muchos miraron al semidiós con rabia.

-Tienes la sensibilidad emocional de un ladrillo. -Espetó Thalia.

-Eso se lo dice Hermione a Ron. -Intervino Michael.

-Ya lo sé. pero la frase me gustó tanto, que he decidido utilizarla. ¿y con quién mejor que con el sesos de alga?

Muchos asintieron de acuerdo con ella.

-¿Esos también son personajes de Harry Potter? -Quiso saber Apolo.

Michael asintió.

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Me lanzó una mirada iracunda.

—Sólo un humano no lo sería. Tu especie está obstruyendo tan rápidamente el mundo… Bueno, no importa. Es inútil darle lecciones a un humano. Al ritmo que van las cosas, jamás encontraré a Pan.

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-opino lo mismo que el sátiro. -Dijo Artemisa. -Es inútil darle lecciones a un humano. Y más si es hombre.

Los dioses masculinos fruncieron el ceño molestos.

-¿Pan? ¿En barra? -Quiso saber Chris.

-¿No sabes quién es Pan? -Se impresionó Malcolm.

-Claro que lo sé rubio.

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—¿Pan? ¿En barra?

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-otro que se nos ha perdido. -Se quejó Clarisse mirando ceñuda a su novio como si hubiese dicho que las lanzas son la peor arma del mundo.

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—¡Pan! —exclamó airado—. P-a-n. ¡El gran dios Pan! ¿Para qué crees que quiero la licencia de buscador?

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-Sigue sonando a barra de pan. -Murmuró Luke.

Grover le lanzó un trozo de lata que le dio en la frente.

-Ahora, ¡Devuélveme el trozo!

Luke se lo lanzó de vuelta.

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Una brisa extraña atravesó el claro, anulando temporalmente el olor de basura y porquería. Trajo el aroma de bayas, flores silvestres y agua de lluvia limpia, cosas que en algún momento hubo en aquellos bosques. De repente, sentí nostalgia de algo que nunca había conocido.

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-¿Tú también lo sentiste? -Se impresionó Grover.

-Sí.

-No me lo habías dicho.

Percy le miró con una sonrisa.

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—Háblame de la búsqueda —le pedí.

Grover me miró con cautela, como temiendo que pudiera estar gastándole una broma.

—El dios de los lugares vírgenes desapareció hace dos mil años —me contó—. Un marinero junto a lacosta de Éfeso oyó una voz misteriosa que gritaba desde la orilla: «¡Diles que el gran dios Pan ha muerto!» Cuando los humanos oyeron la noticia, la creyeron. Desde entonces no han parado de saquear el reino de Pan. Pero, para los sátiros, Pan era nuestro señor y amo. Nos protegía a nosotros y a los lugares vírgenes de la tierra. Nos negamos a creer que haya muerto. En todas las generaciones, los sátiros más valientes consagran su vida a buscar a Pan. Lo buscan por todo el mundo y exploran la naturaleza virgen, confiando en encontrar su escondite y despertarlo de su sueño.

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Grover se entristeció.

Hermes tenía la mirada perdida.

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—Y tú quieres ser un buscador de ésos.

—Es el sueño de mi vida. Mi padre era buscador. Y mi tío Ferdinand, la estatua que has visto ahí atrás…

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Algunos miraron con compasión al sátiro.

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—Ah, sí. Lo siento.

Grover sacudió la cabeza.

—El tío Ferdinand conocía los riesgos, como mi padre. Pero yo lo conseguiré. Seré el primer buscador que regrese vivo.

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los dioses miraron dudosos al sátiro.

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—Espera, espera… ¿El primero?

Grover sacó la flauta del bolsillo.

—Ningún buscador ha regresado jamás. En cuanto son enviados, desaparecen. Nunca vuelven a verlos vivos.

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-Eso suena realmente esperanzador. -Ironizó Silena.

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—¿Ni uno en dos mil años?

—No.

—¿Y tu padre? ¿Sabes qué le ocurrió?

—Lo ignoro.

—Pero aun así quieres ir —dije asombrado—. Me refiero a que… ¿en serio crees que serás el que encuentre a Pan?

—Tengo que creerlo, Percy. Todos los buscadores lo creen. Es lo único que mantiene la esperanza cuando observamos lo que han hecho los humanos con el mundo. Tengo que creer que Pan aún puede despertar.

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Percy le dedicó una sonrisa triste a su amigo.

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Miré el resplandor naranja del cielo polucionado y me asombré de que Grover persiguiese un sueño que a simple vista parecía un imposible.

—¿Cómo vamos a entrar en el inframundo? —le pregunté—. Quiero decir, ¿qué oportunidades tenemos contra un dios?

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Hades frunció los labios.

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—No lo sé. Pero en casa de Medusa, mientras tú rebuscabas en el despacho, Malcolm me dijo…

—Oh, se me había olvidado, claro. Malcolm ya debe de tener un plan.

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El hijo de Atenea le dio un puñetazo a su novio.

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—No seas tan duro con él, Percy. Ha tenido una vida difícil, pero es una buena persona. Después de todo, me ha perdonado…

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-¡Tú no tuviste la culpa! -Gritaron Luke, Malcolm y Thalia.

Después, le pegaron una colleja cada uno.

-Sigo diciendo que te saldrá un cuerno en la nuca. -Intervino Lee.

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—Le falló la voz.

—¿Qué quieres decir? Te ha perdonado ¿qué?

De repente, Grover pareció muy interesado en tocar la flauta.

—Un momento —insistí—. Tu primer trabajo de guardián fue hace cinco años. Y Malcolm lleva en el campamento también cinco años. ¿No sería él… tu primer encargo que fue mal…?

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-Pero si es algo inteligente y todo. -Dijo Atenea con sorna.

Poseidón iba a empaparla, pero Hefesto se le adelantó. Le lanzó una llave inglesa que le dio en la cabeza.

-¡Deja de meterte con mi legado!

Afrodita rió entre dientes.

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—No puedo hablar de eso —repuso él, y el temblor de su labio inferior me indicó que se echaría a llorar si lo presionaba—.

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Thalia abrazó a Grover con fuerza.

-Sátiro idiota…

Él casi se echa a llorar.

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—Pero como iba diciendo, en casa de Medusa, Malcolm y yo coincidimos en que está pasando algo raro en esta misión. Hay algo que no es lo que aparenta.

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Atenea miró a su hijo de manera interrogante.

Él no dijo nada.

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—Vale, lumbrera. Me culpan por robar un rayo que se llevó Hades, ¿recuerdas?

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-¿Para qué quiero yo ese dichoso rayo?

El dios estaba cada vez más molesto.

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—No me refiero a eso. Las Fur… las Benévolas parecían contenerse. Igual que la señora Dodds en la academia Yancy… ¿Por qué esperó tanto para matarte? Y después, en el autobús, no estaban tan agresivas como suelen ponerse.

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-A mí me parecieron agresivas de sobra. -Dijo Lee.

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—A mí me parecieron agresivas de sobra.

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-A este paso, todos estarán tan mal como Jackson. -Dijo Thalia fingiendo un escalofrío.

Poseidón besó con suavidad al hijo de Apolo.

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Grover meneó la cabeza.

—Nos gritaban: «¿Dónde está? ¿Dónde?»

—Os preguntaban por mí —le dije.

—Puede… pero tanto Malcolm como yo tuvimos la sensación de que no preguntaban por una persona. Cuando preguntaron dónde está, parecían referirse a un objeto.

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Varios dioses comenzaron a pensar.

Hades esperaba que nadie hubiera osado robarle a él.

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—Eso es absurdo.

—Ya lo sé. Pero si hemos pasado por alto algo importante, y sólo tenemos nueve días para encontrar el rayo maestro…

—Me miró como si esperara respuestas, pero yo no las tenía.

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-Sesos de alga. -Suspiró Thalia.

-Cerebro de madera. -Devolvió Percy.

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Pensé en las palabras de Medusa: estaba siendo utilizado por los dioses. Lo que tenía ante mí era peor que la petrificación.

—No he sido sincero contigo —admití—. No me importa nada el rayo maestro. Accedí a ir al inframundo para rescatar a mi madre.

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-No es una buena idea. -Dijo Bianca.

-Estoy de acuerdo con mi hija.

Percy decidió no decir nada.

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Grover hizo sonar una nota suave en la flauta.

—Ya lo sé, Percy, pero ¿estás seguro de que es el único motivo?

—No lo hago por ayudar a mi padre. No le importo, y a mí él tampoco me importa.

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-He cambiado de opinión. -Se apresuró a decir su hijo ante la mirada triste de Poseidón.

A los semidioses les sorprendía bastante la manera de actuar de sus progenitores divinos. Ya que siempre se habían mostrado distantes.

Pero no serían ellos los que se quejarían.

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Grover me miró desde su rama.

—Oye, Percy, no soy tan listo como Malcolm ni tan valiente como tú, pero soy muy bueno en analizar emociones. Te alegras de que tu padre esté vivo. Te hace sentir bien que te haya reclamado, y parte de ti quiere que se sienta orgulloso. Por eso enviaste la cabeza de Medusa al Olimpo. Querías que se enterara de lo que has hecho.

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Poseidón y su hijo se sonrieron.

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—¿Sí? A lo mejor las emociones de los sátiros no funcionan como las de los humanos. Porque estás equivocado. No me importa lo que él piense.

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-Lo siento niño cabra. -Se disculpó el semidiós.

El sátiro le quitó importancia.

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Grover subió los pies a la rama.

—Vale, Percy. Lo que tú digas.

—Además, no he hecho nada meritorio. Apenas hemos salido de Nueva York y ya estamos aquí atrapados, sin dinero ni posibilidad de ir al oeste.

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-Me encanta el pesimismo. -Dijo Charles de manera sarcástica.

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Grover miró el cielo nocturno, como meditando en nuestros problemas.

—¿Qué tal si yo hago el primer turno? —propuso—. Duerme un poco.

Quería protestar, pero comenzó a tocar Mozart, muy suavemente, y me di la vuelta. Los ojos me escocían. A los pocos compases del Concierto para piano n.° 12, me quedé dormido.

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-Me encantaría escuchar esa canción ahora mismo. -Dijo May cansada.

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En mis sueños, me encontré en una oscura caverna frente a un foso insondable. Criaturas de niebla gris se arremolinaban alrededor de mí susurrando jirones de humo, de modo que sabía que eran los espíritus de los muertos.

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-No me gusta eso de foso insondable. -Dijo Poseidón bastante pálido.

Hades estaba de acuerdo con él.

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Me tiraban de la ropa, intentando apartarme, pero yo me sentía obligado a caminar hasta el borde mismo del abismo.

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-¿Por qué los muertos intentarían apartarlo de allí si yo hubiera tenido algo que ver? -Preguntó el dios del inframundo.

Algunos dioses estuvieron de acuerdo con él.

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Mirar abajo me mareaba. El foso, ancho y negro, carecía de fondo. Aun así, tenía la impresión de que algo intentaba alzarse desde el abismo, algo enorme y malvado.

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Atenea y Hades se miraron con auténticas expresiones de pánico.

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—El pequeño héroe —reverberaba una voz divertida desde la lejana oscuridad—. Demasiado débil, demasiado joven, pero puede que sirvas.

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Poseidón dudaba que ese fuera su hermano Hades.

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—La voz sonaba muy antigua, fría y grave. Me envolvía como un pesado manto—. Te han engañado, chico —añadía—. Haz un trato conmigo. Yo te daré lo que quieres.

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-Tiene que ser Hades. Prefiero que sea Hades a lo que estoy pensando. -Se estremeció Atenea.

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Se formaba una imagen sobre el abismo: mi madre, congelada en el momento en que se había disuelto en aquel resplandor dorado. Tenía el rostro desencajado por el dolor, como si el Minotauro siguiera retorciéndole el cuello. Me miraba fijamente y sus ojos suplicaban «¡Márchate!».

Yo intentaba gritar, pero no me salía la voz.

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Percy se estremeció.

Malcolm le abrazó con mucha fuerza.

-Ella está bien. -Le susurraba.

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Una risotada fría sacudía el abismo. Una fuerza invisible me empujaba, pretendía arrastrarme hacia el abismo. Debía mantenerme firme.

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El dios del mar tenía ganas de encerrar a su hijo en una cueva submarina para que no le sucediera nada malo.

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—Ayúdame a salir, chico. —La voz sonaba más insistente—. Tráeme el rayo. ¡Juégasela a esos traicioneros dioses!

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-No puedo ser yo. -Decía Hades.

Zeus le miró sin creerle.

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Los espíritus de los muertos susurraron alrededor de mí:

—¡No lo hagas! ¡Despierta!

La imagen de mi madre empezaba a desvanecerse. La cosa del foso se aferraba aún más a mí. No pretendía arrastrarme al abismo, sino valerse de mí para salir fuera.

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-Espero que no esté hablando de algo que hay en el Tártaro. -Susurró Poseidón.

Lee le acarició el brazo para tranquilizarle un poco.

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—Bien —murmuraba—. Bien.

—¡Despierta! —susurraban los muertos—. ¡Despierta!

Alguien me estaba sacudiendo.

Abrí los ojos y era de día.

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-Tienes unos sueños realmente espantosos. -Dijo Tommy frotándose los brazos.

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—Vaya —dijo Malcolm—. El zombi vive.

El sueño me había dejado temblando. Aún sentía el contacto del monstruo del abismo en el pecho.

—¿Cuánto he dormido?

—Suficiente para darme tiempo de preparar un desayuno.

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Aún me tiemblan las manos solo de recordar esa época. -Dijo Percy.

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—Me lanzó un paquete de cortezas de maíz del bar de la tía Eme—. Y Grover ha salido a explorar. Mira, ha encontrado un amigo.

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-¿Qué amigo? -Se interesó Luke.

Nadie le contestó.

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Tenía problemas para enfocar la vista.

Grover, sentado con las piernas cruzadas encima de una manta, tenía algo peludo en el regazo, un animal disecado, sucio y de un rosa artificial.

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-Vaya amigos más raros haces. -Dijo Pólux.

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No, no se trataba de un animal disecado. Era un caniche rosa.

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-Qué mono. -Dijo Silena.

-Pobre perro. No deberían haberle teñido de rosa. -Apostilló Artemisa.

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El chucho me ladró, cauteloso.

Grover dijo:

—No, qué va.

Parpadeé.

—¿Estás hablando con… eso?

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Blake gruñó.

-Ha dicho: ¡Oye! -Tradujo el sátiro.

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El caniche gruñó.

—Eso —me avisó Grover— es nuestro billete al oeste. Sé amable con él.

—¿Sabes hablar con los animales?

Grover no me hizo caso.

—Percy, éste es Gladiolus. Gladiolus, Percy.

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-¿Qué clase de nombre es ese? -Dijo Ethan.

Blake ladró.

-Dice que es un nombre cutre y sin clase. Dice también que su nombre es mucho mejor. -Tradujo Grover.

-Estoy de acuerdo contigo tío. -Dijo Luke mirando al perro que le meneaba la cola.

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Miré a Malcolm, convencido de que empezaría a reírse con la broma que me estaban gastando, pero él estaba muy serio.

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-Hay que tomarse a los caniches rosas con seriedad. -Dijo Hermes.

Chris y Luke asintieron seriamente de acuerdo con su padre.

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—No voy a decirle hola a un caniche rosa —dije—. Olvidadlo.

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Blake ladró.

-Dice que es de mala educación no saludar. -Tradujo Grover.

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—Percy —intervino Malcolm —. Yo le he dicho hola al caniche. Tú le dices hola al caniche.

El caniche gruñó.

Le dije hola al caniche.

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El golden meneó la cola satisfecho.

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Grover me explicó que había encontrado a Gladiolus en los bosques y habían iniciado una conversación. El caniche se había fugado de una rica familia local, que ofrecía una recompensa de doscientos dólares a quien lo devolviera. No tenía muchas ganas de volver con su familia, pero estaba dispuesto a hacerlo para ayudar a Grover.

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Blake ladró.

-Dice que Gladiolus a pesar de que tiene un nombre horroroso, le cae bien. -Tradujo Artemisa.

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—¿Cómo sabe Gladiolus lo de la recompensa? —pregunté.

—Ha leído los carteles, lumbrera —contestó Grover.

—Claro —respondí—. Cómo he podido ser tan tonto.

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El cachorro ladró varias veces.

-Dice que los humanos sois ignorantes e incultos. -Tradujo Grover.

Lee frunció el ceño.

El perro ladró de nuevo.

-Dice que a ti te perdona porque te quiere. -Dijo Poseidón.

El hijo de Apolo le sonrió ampliamente a su cachorro.

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—Así que devolvemos a Gladiolus —explicó Malcolm con su mejor voz de estratega—, conseguimos el dinero y compramos unos billetes a Los Ángeles. Es fácil.

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-Suena bien. Aunque me da algo de lástima el pobre Gladiolus. -Se lamentó Thalia.

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Pensé en mi sueño: en las voces susurrantes de los muertos, en la cosa del abismo, en el rostro de mi madre, reluciente al disolverse en oro. Todo aquello podría estar esperándome en el oeste.

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Hades y Perséfone suspiraron.

-Tan terco como su padre. -Dijo el dios del inframundo.

-Creo que voy a ser el primer dios al que le dé un ataque al corazón. -Gimió Poseidón.

Percy estaba de acuerdo con él pero no lo diría en voz alta.

Si era eso lo que pensaba ahora, no quería ni imaginarse cómo estaría su padre al leer todas sus misiones.

Menos mal que Lee podía calmarlo.

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—Otro autobús no —dije con recelo.

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-Estoy de acuerdo con mi legado. -Dijo Hefesto.

-Sí. No vaya a ser que se lo cargue también. -Secundó Charles.

-Gracias por el apoyo. -se quejó Percy.

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—No —me tranquilizó Malcolm.

Señaló colina abajo, hacia unas vías de tren que no había visto por la noche en la oscuridad.

—Hay una estación de trenes Amtrak a ochocientos metros. Según Gladiolus, el que va al oeste sale a mediodía.

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-Espero que no rompas el tren. -Dijo Beckendorf.

-Con la suerte que tiene éste, no me sorprendería. -Comentó Castor.

Percy fingió enfadarse.

-Ya ha acabado el capítulo. -Señaló Afrodita.

la diosa del hogar chasqueó los dedos y delante de cada uno de los presentes aparecieron frutas y ensaladas.

Todos comieron sin hablar mucho porque estaban agotados.

Terminaron de cenar y Perséfone hizo aparecer una taza de té caliente.

-Es para que no tengáis malos sueños.

Todos los semidioses se lo agradecieron efusivamente.

-Que cada uno se dirija al templo de su progenitor divino. -Dijo Hestia.

-Thalia y Bianca vienen conmigo porque son cazadoras.

Zeus frunció el ceño pero aceptó.

Hades estuvo de acuerdo con Artemisa. Pues no quería llevar a su hija al inframundo.

Él y Perséfone se despidieron y se desvanecieron entre las sombras.

-¿No puedo quedarme con Lee? -Protestó Poseidón.

-No. Yo también quiero pasar tiempo con mi hijo.

El dios del mar suspiró resignado.

Acercó al semidiós contra sí y le dio un suave beso en los labios.

-Si lo deseas, puedes hablar conmigo telepáticamente gracias al colgante. -le dijo Poseidón al oído.

Lee sonrió y se apartó del dios suavemente y se acercó a su padre.

Michael y Tommy también se separaron después de besarse, y cada uno se fue con su progenitor divino.

-Puesto que Némesis no participa en la lectura, ¿Querrías venirte conmigo? -Cuestionó Hestia.

Ethan aceptó con una sonrisa.

Hermes se llevó a sus dos hijos y a May con él.

Grover se fue con Dioniso y sus dos hijos.

Nadie habló mucho. Prácticamente después de haberse metido en los templos, la mayoría se quedaron dormidos.

Aunque antes, los semidioses tuvieron que explicarles a los dioses quién era Harry Potter y de qué trataba la trilogía de Cincuenta sombras de Grey.

Las moiras hicieron aparecer los libros en cada templo y mientras los semidioses dormían, los dioses leían diez libros a velocidad divina.

Artemisa Quemó los libros de E.L. James indignada.

Atenea tuvo sueños eróticos y Hestia casi se desmaya.

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