Disclaimer: Los personajes y el libro son de Rick Riordan.
Solo las intervenciones son mías.
Nota: gracias por los comentarios. Espero que este capi os guste.
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Antes de que la luz se desvaneciera por completo, Percy se acercó a su novio.
Malcolm le miró mal.
-Lo siento. -Murmuró Percy en voz baja.
El hijo de Atenea resopló.
Por fin, la luz desapareció dejando ver en el centro de la sala a una mujer alta, delgada, con una larga melena castaña y los ojos azules.
Apolo chasqueó los dedos para que la recién llegada comprendiera por qué estaba allí.
-¿Puedes presentarte? -Pidió Hestia.
-Otra mortal. -Desdeñó Hera.
Percy se levantó malhumorado.
Inmediatamente después, Thalia, Grover y Malcolm hicieron lo mismo.
-¡Cuidado con lo que dice de mi madre! -Espetó el hijo de Poseidón.
La mujer se acercó a su hijo y le dio un fuerte abrazo.
-Estás muy mayor. -Dijo ella. -La última vez que te vi, entraste en la academia Yancy.
Percy sonrió.
Ante la mirada impaciente de Zeus, la joven mujer decidió presentarse.
-Me llamo Sally Jackson. Soy la madre de Percy.
Ella miró al dios del mar el cual seguía sosteniendo a Lee entre sus brazos.
El hijo de Apolo sonrió algo dudoso.
La madre de Percy le devolvió una amplia sonrisa que hizo sonrojar al joven rubio.
Sally abrazó a Thalia, Malcolm y Grover, le acarició la cabeza a Blake y se acomodó al lado de May.
-Soy May Castellan y él es mi hijo Luke.
El chico sonrió y saludó a la recién llegada.
-Encantada de conoceros.
Ambas mujeres se sonrieron y esperaron en silencio a que Deméter comenzara a leer.
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Capítulo 14. Me convierto en un fugitivo conocido.
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Chris y Luke sonrieron con orgullo.
-Es el sueño de todo hijo de Hermes. -Dijo Luke.
Atenea miró de manera reprobadora a los semidioses.
El dios de los ladrones miraba a sus futuros hijos con una sonrisa orgullosa.
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Me encantaría contarte que tuve una profunda revelación durante mi caída, que acepté mi propia mortalidad, que me reí en la cara de la muerte, etcétera.
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-Me encanta como piensa este chico y sus ocurrencias. -Dijo Hermes.
-Es que es hijo mío. -Se jactó Poseidón.
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Pero mi único pensamiento era: ¡Aaaaaaaaahhhhh!
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-Castor y Pólux rieron con estruendo.
-Por eso nos cae tan bien. -Aclaró Chris.
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El río se acercaba a la velocidad de un camión. El viento me arrancaba el aire de los pulmones. Torres, rascacielos y puentes entraban y salían de mi campo de visión.
Y entonces: ¡Zaaaaa-buuumm!
Un fundido en negro de burbujas.
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-Fundido a negro. Ni que fuera una película.
-¿Tienes que estar tan amargada siempre? -Le preguntó Apolo a Hera.
La diosa fulminó con la mirada al dios rubio.
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Me hundí en el lodo, seguro de que acabaría atrapado bajo treinta metros de barro y me perdería para siempre.
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-Y luego dicen que yo soy el dramático. -Refunfuñó Zeus.
Los dioses soltaron risitas entre dientes.
-Es que lo eres. -Dijo Dioniso.
El dios de los cielos le fulminó con la mirada.
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Sin embargo, el impacto contra el agua no me había dolido. En ese momento me hundía
lentamente hacia el fondo, las burbujas me hacían cosquillas entre los dedos. Me posé suavemente
sobre el lecho del río. Un siluro del tamaño de mi padrastro se ocultó en la oscuridad.
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-No compares al pobre pez con ese intento de ser humano. -Dijo Poseidón.
-Tienes razón padre.
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Nubes de limo y basura —botellas, zapatos viejos, bolsas de plástico— giraban alrededor de mí.
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Tommy, Silena y Afrodita arugaron la nariz.
-Qué cerda es la gente. -Se quejó Artemisa.
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En ese punto reparé en unas cuantas cosas: primero, no me había convertido en una tortita al estrellarme; segundo, no me habían asado a la parrilla; y, tercero, ni siquiera sentía ya el veneno de Quimera en las venas.
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-Porque eres mi hijo.
-Deja ya de darte aires. -Dijo Zeus.
-Tú eres el que se da aires. Al fin y al cabo, tienes el cerebro de aire.
-¿Ese chiste es tuyo? ¿O te han ayudado tus amigos?
-Hermano eres tan idiota a veces… -Dijo Poseidón fingiendo tristeza.
-Seguro que a mamá Rea se le cayó de los brazos nada más nacer. -Aportó Hades.
-Por lo menos yo no pasé mi infancia en el estómago de un titán.
Los cinco hermanos del dios de los cielos le fulminaron con la mirada.
-Mejor haber compartido estómago con una roca que contigo. -Espetó Poseidón.
-Se pelean y luego comparten cama. -Comentó Afrodita.
Con esa frase, la discusión quedó zanjada.
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Simplemente estaba vivo, y era genial.
Sin embargo, constaté algo muy curioso: no estaba mojado. Quiero decir, sentía el agua fría y veía dónde se habían quemado mis ropas. Pero cuando me toqué la camisa, parecía perfectamente seca.
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-Es una de las ventajas de ser…
-Di algo que no sepamos. -Espetó Atenea.
Poseidón la amenazó con su tridente.
Sally miraba impresionada la interacción entre los dioses.
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Miré la basura flotante y agarré un viejo encendedor. Imposible, pensé. Le di al mechero e hizo chispa.
Apareció una llamita, justo allí, en el fondo del Mississipi.
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-Eso mola. -Dijo Charles con los ojos brillantes.
Como Ares se aburría, decidió provocar al hijo de su tío.
Miró intensamente a Malcolm y cuando éste se giró al sentir que alguien le observaba, le guiñó un ojo.
Percy lo vio y frunció el ceño.
-¿Pero qué?
Malcolm sonrió y le devolvió el guiño al dios. Además, le sonrió con una pizca de timidez y coquetería.
A Ares se le encendieron los ojos de deseo.
Percy apretaba los dientes y los puños.
El dios de la guerra le hizo señas al rubio para que se acercara.
Malcolm miró a su novio, sonrió y se acercó al dios.
-¡Malcolm! -Protestó Percy.
Thalia miraba entretenida la escena.
-Vuelve al trono de Apolo. -Espetó el hijo de Atenea.
-¡Eso no es justo!
Malcolm le ignoró.
Llegó hasta donde estaba Ares, y éste le acomodó a su lado.
-¡Tú dijiste que lo hiciera! -Exclamó Percy.
Nadie entendía nada.
-Dijiste que no conseguiría que un dios… ¡Me hiciste apostar!
Malcolm decidió acomodarse mejor al lado de Ares.
El dios se acercó y lamió un lado del cuello del joven.
-¿Acaba de…? -Se impresionó Thalia.
Malcolm soltó una risita.
-¡Solo estás cabreado porque has perdido la apuesta! -Gruñó Percy.
El rubio no dijo nada.
Percy se tumbó en el suelo maldiciendo a todo el mundo.
Deméter se aburrió y decidió seguir leyendo.
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Alcancé un envoltorio de hamburguesas arrastrado por la corriente y el papel se secó de inmediato. Lo encendí sin problemas, pero en cuanto lo solté las llamas se apagaron y el envoltorio se convirtió otra vez en un desecho fangoso. Rarísimo.
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-Eso es genial. -Dijo Chris.
-Me encantan tus poderes. -Comentó Ethan.
Percy no dijo nada. Seguía enfadado con Malcolm.
Había sido idea del hijo de Atenea que intentara que Hermes o Apolo le prestaran atención.
Habían apostado veinte dracmas.
Percy no quería aceptar la apuesta, porque no le apetecía estar con otra persona, pero su novio había insistido.
Y ahora estaba dejando que Ares le… le besara el cuello.
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Hasta el final no me di cuenta de lo más extraño: estaba respirando. Estaba debajo del agua y respiraba normalmente.
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-Yo quiero. -Dijo Lee.
-Tú puedes hacerlo gracias al colgante. -Comentó el dios del mar.
Ambos se besaron.
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Me puse en pie, manchado de lodo hasta el muslo. Me temblaban las piernas y las manos. Debería estar muerto. El hecho de que no lo estuviera parecía… bueno, un milagro.
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-Es que eres hijo del dios del mar. -Dijo Atenea exasperada.
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Imaginé la voz de una mujer, una voz que sonaba un poco como la de mi madre: «Percy, ¿qué se dice?»
—Esto… gracias. —Debajo del agua mi voz sonaba a chico mucho mayor—. Gracias… padre.
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-Bien dicho. -Aprobó Sally.
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No hubo respuesta. Sólo la oscura corriente de basura, el enorme siluro siguiendo su rastro, el reflejo del atardecer en la superficie del agua, allá arriba, volviéndolo todo de color caramelo.
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-Estúpidos humanos marranos… -Refunfuñó Deméter.
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¿Por qué me había salvado Poseidón? Cuanto más lo pensaba, más vergüenza sentía. Así que antes sólo había tenido suerte. No tenía ninguna oportunidad contra un monstruo como Quimera.
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El dios del mar frunció el ceño molesto.
-No seas tan pesimista.
Percy giró la cara.
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Probablemente aquella pobre gente en el arco ya era sólo ceniza. No había podido protegerlos, no era ningún héroe.
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-Tonterías. -Dijo Grover.
Thalia le lanzó unna fuerte descarga que hizo temblar todo el cuerpo del hijo de Poseidón.
-¡Bestia!
-¡Idiota!
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Quizá tendría que quedarme allí abajo con el siluro para siempre, unirme a los animales del fondo del río.
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-Cuando estás depre eres de lo más aburrido. -Se quejó Ethan.
Percy sonrió un poco.
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Encima, la hélice de una embarcación batió el agua, removiendo el limo alrededor. Y allí, a un metro y medio de distancia, estaba mi espada, la empuñadura brillante sobresaliendo del barro.
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-Menos mal que la has encontrado. -Dijo Bianca.
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Volví a oír la voz de mujer: «Percy, agarra la espada. Tu padre cree en ti.»
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-Eso no lo dudes ni por un segundo. -Dijo Poseidón.
Sally y Percy le sonrieron.
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Esta vez supe que la voz no venía de mi cabeza. No eran imaginaciones mías. Las palabras parecían provenir de todas partes, transmitiéndose por el agua como el sonar de un delfín.
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-Una nereida. -Aventuró Poseidón.
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—¿Dónde estás? —grité en voz alta.
Entonces, a través de la oscuridad líquida, la vi: una mujer del color del agua, un fantasma en la corriente, flotando justo encima de la espada. Tenía el pelo largo y ondulado; los ojos, apenas visibles, verdes como los míos.
Se me formó un nudo en la garganta.
—¿Mamá? —musité.
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Sally miró a su hijo con ternura.
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«No, niño, sólo soy una mensajera, aunque el destino de tu madre no es tan negro como crees. Ve a la playa de Santa Mónica.»
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-¿Qué quiere decir? -Quiso saber Atenea.
Nadie contestó.
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—¿Qué?
«Es la voluntad de tu padre. Antes de descender al inframundo tienes que ir a Santa Mónica.
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-¿Por qué tiene que ir a Santa Mónica? -Volvió a preguntar Atenea.
Ninguno contestó.
La diosa frunció el ceño molesta.
-¿Te jode no saber? -Se rió Ares.
Malcolm le dio un golpe juguetón en el hombro.
Thalia seguía mirando a su amigo rubio con sorpresa.
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Venga, Percy, no puedo quedarme mucho tiempo. El río está demasiado sucio para mi presencia.»
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-Qué lástima de río. -Suspiró Grover.
-Dicen que hay una isla echa de basura en el Pacífico. -Comentó Malcolm.
Poseidón frunció el ceño molesto.
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—Pero… —Seguía convencido de que aquella mujer era mi madre, o una visión de ella—. ¿Quién…? ¿Cómo…? —Tenía tantas preguntas que las palabras se me atascaron en la garganta.
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Percy observaba con gran enfado como el dios de la guerra abrazaba con posesividad a Malcolm y éste parecía disfrutarlo.
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«No puedo quedarme, valiente —dijo ella. Estiró una mano y fue como si la corriente me acariciara la cara—. ¡Ve a Santa Mónica! Y no confíes en los regalos de…»
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-¿De quién? -Quiso saber Sally.
-Saldrá en los libros. -Contestó Percy con una sonrisa.
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Su voz se desvaneció.
—¿Regalos? —repetí—. ¿Qué regalos? ¡Espera!
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-Yo también quiero saberlo. -Se quejó Michael.
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Intentó volver a hablar, pero tanto el sonido como la imagen habían desaparecido. Si era realmente mi madre, había vuelto a perderla. Quise ahogarme, pero era inmune al ahogamiento.
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-Jajajaja. Es una tontería que lo intentes. -Rió Hermes.
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«Tu padre cree en ti», había dicho. También me había llamado valiente… a menos que hablara con el siluro.
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-Claro que sí sesos de alga.
-Cierra el pico cabeza de madera. -Contestó el chico colorado.
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Me acerqué a la espada y la así por la empuñadura. Quimera aún podía seguir ahí arriba con la bicha gorda de su madre, esperando para rematarme.
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-Lo dudo. -Musitó Zeus.
Poseidón le lanzó una mirada asesina.
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Como mínimo, estaría llegando la policía mortal, intentando averiguar quién había abierto el agujero en el arco. Si me encontraban, tendrían algunas preguntas que hacerme.
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Atenea miró cabreada a Percy.
-Bueno… Seguro que Malcolm podría reconstruir el arco. Incluso quedaría mucho mejor. -Dijo el hijo de Poseidón.
El hijo de Atenea se ruborizó y sonrió encantado.
Percy esperó que su chico volviera a su lado, pero no lo hizo.
Se acomodó más cerca aún si cabe del dios y se apoyó contra él.
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Tapé la espada y me metí el boli en el bolsillo.
—Gracias, padre —volví a decirle al agua oscura.
Después me sacudí el barro con dos patadas y subí nadando a la superficie.
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Poseidón sonrió.
Los semidioses estaban descubriendo gracias a estos libros cómo eran en realidad los dioses.
Ahora eran más cercanos, más accesibles.
Luke carraspeó incómodo y preguntó:
-¿Por qué ahora os mostráis tan cercanos con nosotros?
-¿Qué quieres decir? -Interrogó Hermes.
-Siempre que nos visitáis, o nos pedís algo, os mostráis distantes. -Explicó Chris.
-Es mejor así. -Comentó Zeus.
-¿Por qué? -Se interesó Ethan.
-Porque a pesar de que os queremos, y nos preocupamos por vosotros, si nos acercamos a vosotros y tratamos diariamente con nuestros hijos, al llegar vuestro fin, nos sentiríamos destrozados. -Intervino Apolo.
-Suena cruel, pero hemos aprendido por las malas que así es más fácil para nosotros. -Explicó Hefesto en voz baja.
Los semidioses pensaron en ésto, y aunque no lo entendían del todo, comprendían por qué los dioses se comportaban así.
Luke estaba cada vez más convencido de que seguir a Cronos no era una buena idea.
Deméter decidió continuar leyendo porque los ánimos de casi todos, estaban decayendo.
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Salí al lado de un McDonald's flotante.
Una manzana más allá, todos los vehículos de emergencias de San Luis estaban rodeando el arco. Los helicópteros de la policía daban vueltas en círculo. La multitud de curiosos me recordó Times Square la noche de Fin de Año.
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-Me encanta esa noche. -Suspiró Lee.
Muchos asintieron de acuerdo con él.
Clarisse para demostrar que estaba de buen humor, lanzó una lata a Grover.
Éste la atrapó con la boca y se la tragó después de haber masticado cuatro veces.
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—¡Mamá! —dijo una niña—. Ese chico ha salido del río.
—Eso está muy bien, cariño —dijo su madre mientras estiraba el cuello para ver las ambulancias.
—¡Pero está seco!
—Eso está muy bien, cariño.
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-Los niños tienen mayor percepción de la realidad. -Explicó Atenea.
-La madre debería prestar más atención a su hija. -Refunfuñó Hestia.
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Una mujer de las noticias hablaba para la cámara:
—Probablemente no ha sido un ataque terrorista, nos dicen, pero la investigación acaba de empezar. El daño, como ven, es muy grave. Intentamos llegar a alguno de los supervivientes para interrogarlos sobre las declaraciones de testigos presenciales que indican que alguien cayó del arco.
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-Madre mía la que has liado chico. -Dijo Poseidón con una sonrisa.
-Me alegro de haber escuchado la palabra "supervivientes." -Dijo Hestia.
-Yo también. -Comentó Hades.
Todos le miraron escépticos.
-¿Qué? Cuantos más muertos hay, más trabajo para mí. Así que me alegro de que no la haya palmado nadie.
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«Supervivientes.» Me sentí súbitamente aliviado. Quizá el guarda y la familia habían salvado la vida.
Confié en que Grover y Malcolm estuvieran bien.
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-Los mencionados sonrieron.
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Intenté abrirme paso entre el gentío para ver qué estaba pasando dentro del cordón policial.
—…un adolescente —estaba diciendo otro reportero—. Canal Cinco ha sabido que las cámaras de vigilancia muestran a un adolescente volverse loco en la plataforma de observación, y de algún modo consiguió activar esta extraña explosión.
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-Definitivamente te has vuelto loco. -Dijo Castor.
Percy rió.
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Difícil de creer, John, pero es lo que nos dicen. Sigue sin haber víctimas mortales…
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Muchos aplaudieron por la noticia.
-Es increíble como funciona la niebla y el efecto que tiene sobre los mortales. -Dijo Perséfone.
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Me aparté, intentando mantener la cabeza gacha. Tenía que recorrer un buen trecho para rodear el perímetro policial. Había agentes de policía y periodistas por todas partes.
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-Ahora le pillan. -Rió Ares.
Malcolm le dio un golpe en el brazo.
El dios sonrió al joven con lujuria.
-Un chico con carácter. Me gusta.
Percy apretó los puños muy enfadado.
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Casi había perdido la esperanza de encontrar a Malcolm y a Grover cuando una voz familiar baló:
—¡Peeeercy! —Al volverme, el abrazo de oso (más bien de cabra) de Grover me atrapó en el sitio—. ¡Creíamos que habías llegado al Hades de la manera mala!
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El sátiro se ruborizó.
-Ya no me parece tan buena idea leer tus pensamientos.
-A mí tampoco chico cabra.
-Pero si son muy divertidos. -Rió Apolo.
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Malcolm estaba de pie tras él tratando de parecer enfadado, pero también él sentía alivio por verme.
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Afrodita dio un chillido de emoción.
Blake gimió tapándose las orejas con sus patitas.
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—¡No podemos dejarte solo ni cinco minutos! ¿Qué ha pasado?
—Más o menos me he caído.
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-¿Más o menos? -Preguntó Charles atónito.
Casi todos rieron.
-Hombres. -Refunfuñó Artemisa.
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—¡Percy! ¿Desde ciento noventa y dos metros?
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Luke silvó impresionado.
-¿Tanto? -Inquirió Ethan asombrado.
Percy asintió.
-¡Yo también quiero saltar desde una altura así sin matarme en el proceso. -Comentó Chris.
-Existe algo llamado paracaídas. -Apostilló Michael.
-Cierto. -Dijo Rodríguez pensativo.
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Detrás de nosotros, un policía gritó:
—¡Abran paso!
La multitud se separó, y un par de enfermeros salieron disparados, conduciendo a una mujer en una camilla. La reconocí inmediatamente como la madre del niño que estaba en la plataforma de observación. Iba diciendo:
—Y cuando aquel perro enorme, un chihuahua que escupía fuego…
—Vale, señora —decía el enfermero—. Usted cálmese. Su familia está bien. La medicación empieza a hacer efecto.
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-Puede ver a través de la nievla. -Comentó Apolo.
-¿En serio? No nos habíamos dado cuenta.
-Atenea deja a tu hermano en paz.
-Lo siento tía Hestia. -Dijo la diosa entre dientes.
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—¡No estoy loca! El chico saltó por el agujero y el monstruo desapareció.—Entonces me vio—¡Ahí está! ¡Ese es el chico!
Me volví de inmediato y tiré de Malcolm y Grover. Nos mezclamos entre la multitud.
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-Mejor será que salgáis de allí. -Dijo Hermes.
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—¿Qué está pasando? —quiso saber Malcolm—. ¿Estaba hablando del chihuahua del ascensor?
Les conté la historia de Quimera, Equidna, mi zambullida y el mensaje de la dama subacuática.
—¡Uau! —exclamó Grover—. ¡Tenemos que llevarte a Santa Mónica! No puedes ignorar una llamada de tu padre.
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-Bien dicho sátiro. -Dijo Poseidón.
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Antes de que Malcolm pudiera responder, nos cruzamos con otro periodista que daba una noticia y casi me quedo helado cuando dijo:
—Percy Jackson. Eso es, Dan. El Canal Doce acaba de saber que el chico que podría haber causado esta explosión coincide con la descripción de un joven buscado por las autoridades en relación con un grave accidente de autobús en Nueva Jersey, hace tres días. Y se cree que el chico viaja en dirección al oeste. Aquí ofrecemos una foto de Percy Jackson para nuestros telespectadores.
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-Eso no pinta nada bien. -Comentó Bianca.
Silena asintió de acuerdo con ella.
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Nos agachamos junto a la furgoneta de los informativos y nos metimos en un callejón.
—Primero tenemos que largarnos de la ciudad —le contesté a Grover.
De algún modo, conseguimos regresar a la estación del Amtrak sin que nos vieran. Subimos al tren justo antes de que saliera para Denver. El tren traqueteó hacia el oeste mientras caía la oscuridad y las luces de la policía seguían latiendo a nuestras espaldas en el cielo de San Luis.
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-Menos mal que ya habéis salido de allí. -Dijo Sally.
La mujer seguía impresionada por todo lo que había sabido de su hijo.
Malcolm seguía en brazos de Ares y parecía que no tenía intención de marcharse de ahí.
-Ya ha acabado el capítulo. -Dijo Deméter.
-¿Quién lee? -Inquirió Zeus.
-Tú. -Contestó Poseidón.
-¿Quién, yo? ¡Ni de coña!
-¡Coge el libro y lee! -Dijo Hestia.
El rey de los cielos hizo volar el libro hasta sus manos con desgana.
Iba a empezar a leer, pero una luz naranja se lo impidió.
-¿Otro mortal? -Inquirió Hera molesta.
-Si es un mortal, lo aceptaremos de igual modo. -Dijo Deméter.
-Mortales, semidioses, solo son escoria.
Una gran ola empapó a la diosa del matrimonio.
-¡Poseidón! -Chilló ella.
-¡Deja de quejarte! -Gritó él.
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