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Al desvanecerse la luz, podía verse a un hombre alto, delgado, con el pelo rubio y los ojos castaños.

-¿Papá? –Se impresionó Malcolm.

El hombre sonrió al joven.

Apolo chasqueó los dedos para que el recién llegado supiera lo que había pasado.

Se apenó cuando le vino a la mente la conversación de su hijo con el otro semidiós.

-¡Preséntate! –Espetó Hera cabreada.

-Hola a todos. Soy Frederic Chase. El padre de Malcolm.

Varias miradas fulminantes se dirigieron a su persona.

El hombre sabía que se las merecía.

Después se inclinó ante los tronos y se sentó cerca de May y Sally.

Malcolm saltó desde el regazo del dios de la guerra al suelo y se sentó al lado de su padre.

Zeus comenzó a leer.

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Capítulo 15. Un dios nos invita a hamburguesas.

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Todos los dioses excepto Hera se mostraron curiosos.

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La tarde siguiente, el 14 de junio, siete días antes del solsticio, nuestro tren llegó a Denver. No habíamos comido desde la noche anterior en el coche restaurante, en algún lugar de Kansas.

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Hestia, May y Sally miraron preocupadas a los tres chicos.

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Y no nos duchábamos desde la colina Mestiza. Desde luego tenía que notarse, pensé.

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Silena arrugó la nariz.

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—Intentaremos contactar con Quirón —dijo Malcolm—. Quiero hablarle de tu charla con el espíritu del río.

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-Buen plan. –Aprobó el centauro.

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—No podemos usar el teléfono, ¿verdad?

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-Sesos de alga.

-Cabeza de serrín.

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—No estoy hablando de teléfonos.

Caminamos sin rumbo por el centro durante una media hora, aunque no estaba seguro de lo que Malcolm iba buscando. El aire era seco y caluroso, y nos parecía raro tras la humedad de San Luis.

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-Odio los cambios climáticos a lo bestia. –Refunfuñó Michael.

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Dondequiera que miráramos, nos rodeaban las montañas Rocosas, como si fueran un tsunami gigantesco a punto de estrellarse contra la ciudad.

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-Otra referencia al mar. –Dijo Poseidón con una sonrisa.

Sally también sonrió.

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Al final encontramos un lavacoches con mangueras vacío. Nos metimos en la cabina más alejada de lacalle, con los ojos bien abiertos por si aparecían coches de policía. Éramos tres adolescentes rondando en un lavacoches sin coche; cualquier policía que se ganara sus dónuts se imaginaría que no tramábamos nada bueno.

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-Esa ha sido buena. –Felicitó Hermes.

Percy se ruborizó.

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—¿Qué estamos haciendo exactamente? —pregunté mientras Grover agarraba una manguera.

—Son setenta y cinco centavos —murmuró—. A mí sólo me quedan dos cuartos de dólar. ¿Malcolm?

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-Mensaje Iris. –Dijo Atenea.

-No nos habíamos dado cuenta. –Comentó Apolo sarcástico.

-De ti, no me extrañaría.

Una flecha se enredó en el pelo de la diosa de la sabiduría.

-Solo yo puedo meterme con Apolo. –Espetó Artemisa.

Blake ladró y meneó la cola.

El perro está de acuerdo con ella. -Comentó Hades.

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—A mí no me mires —contestó—. El coche restaurante me ha desplumado.

Rebusqué el poco cambio que me quedaba y le pasé a Grover un cuarto de dólar, lo que me dejó dos monedas de cinco centavos y un dracma de Medusa.

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-Qué triste. –Dijo Clarisse.

-¿Por qué? –Se interesó Silena.

-Porque están pobres.

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—Fenomenal —dijo Grover—. Podríamos hacerlo con un espray, claro, pero la conexión no es tan buena, y me canso de apretar.

—¿De qué estás hablando?

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-Lento como el padre.

-Y tu vuelves a estar mojada. –Espetó Poseidón a Hera.

Una bola de energía morada estuvo a punto de estrellarse en la cara de Lee. Pero el dios de los cielos la desvió con una ráfaga de aire.

No dio tiempo a que nadie preguntara, porque Zeus continuó leyendo.

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Metió las monedas y puso el selector en la posición «LLUVIA FINA».

—Mensajería I.

—¿Mensajería instantánea?

—Mensajería Iris —corrigió Malcolm—. La diosa del arco iris, Iris, transporta los mensajes para los dioses. Si sabes cómo pedírselo, y no está muy ocupada, también lo hace para los mestizos.

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-Eso es genial. –Dijo Michael.

Todos sonrieron.

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—¿Invocas a la diosa con una manguera?

Grover apuntó el pitorro al aire y el agua salió en una fina lluvia blanca.

—A menos que conozcas una manera más fácil de hacer un arco iris.

Y vaya que sí, la luz de la tarde se filtró entre el agua y se descompuso en colores.

Malcolm me tendió una palma.

—El dracma, por favor.

Se lo di.

Levantó la moneda por encima de su cabeza.

—Oh, diosa, acepta nuestra ofrenda.

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-Amén. –Dijo Apolo.

-Idiota. –Refunfuñó Atenea.

Artemisa la amenazó con su arco.

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—Lanzó el dracma dentro del arco iris, que desapareció con un destello dorado—. Colina Mestiza — pidió Malcolm.

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Quirón sonrió.

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Por un instante, no ocurrió nada.

Después tuve ante mí la niebla sobre los campos de fresas, y el canal de Long Island Sound en la distancia. Era como si estuviéramos en el porche de la Casa Grande. De pie, dándonos la espalda, había un tipo de pelo rubio apoyado en la barandilla, vestido con pantalones cortos y camiseta naranja. Tenía una espada de bronce en la mano y parecía estar mirando fijamente algo en el prado.

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-¿Quién es? –Inquirió Apolo.

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—¡Luke! —lo llamé.

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El dios del sol le guiñó un ojo al hijo de Hermes.

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Se volvió, sorprendido. Habría jurado que estaba a un metro delante de mí a través de una pantalla de niebla, salvo que sólo podía verle la parte del cuerpo que cubría el arco iris.

—¡Percy! —Su rostro marcado se ensanchó en una sonrisa—. ¿Y ése es Malcolm? ¡Alabados sean los dioses! Eh, chicos, ¿estáis bien?

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Castellan le guiñó un ojo a Malcolm.

Percy frunció el ceño molesto.

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—Estamos… bueno… Sí, bien —balbuceó Malcolm. Se alisaba la camiseta sucia y se peinaba para apartarse el pelo de la cara—. Pensábamos que Quirón… bueno…

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Afrodita dio un gritito de emoción.

-¡Lukalcolm es mi nuevo shipp!

Percy apretó los puños.

Malcolm se ruborizó.

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—Está abajo en las cabañas. —La sonrisa de Luke desapareció—. Estamos teniendo algunos

problemas con los campistas. Escuchad, ¿va todo bien? ¿Le ha pasado algo a Grover?

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May le sonrió a su hijo.

-Usted sonríale ahora. –Refunfuñó Clarisse.

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—¡Estoy aquí! —gritó Grover. Apartó el pitorro y entró en el campo de visión de Luke—. ¿Qué clase de problemas?

En aquel momento un enorme Lincoln Continental se metió en el lavacoches con la radio emitiendo hip hop a tope. Cuando el coche entró en la cabina de al lado, el bajo vibró tanto que hizo temblar el suelo.

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-La música a todo volumen es mala para los oídos. –Dijo Apolo.

Percy miró a Michael.

Esas habían sido casi las últimas palabras que había dicho antes de morir al lanzar su última flecha sónica.

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—Quirón tenía que… ¿Qué es ese ruido? —preguntó Luke.

—¡Yo me encargo! —exclamó Malcolm, aparentemente aliviado por tener una excusa para apartarse de en medio—. ¡Venga, Grover!

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Afrodita volvió a gritar.

Percy quería cargarse a alguien.

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—¿Qué? —dijo Grover—. Pero…

—¡Dale a Percy la manguera y ven! —le ordenó.

Grover murmuró algo sobre que algunos chicos eran más difíciles de entender que el oráculo de Delfos, después me entregó la manguera y siguió a Malcolm.

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El hijo de Atenea se levantó para darle una colleja al sátiro.

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Ajusté el pitorro para mantener el arco iris y seguir viendo a Luke.

—¡Quirón ha tenido que detener una pelea! —me aulló Luke por encima de la música—. Las cosas están muy tensas aquí, Percy. Se ha corrido la voz de la disputa entre Zeus y Poseidón. Aún no sabemos cómo; probablemente el mismo desgraciado que invocó al perro del infierno.

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Muchos miraron a Luke disimuladamente.

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Ahora los campistas están empezando a tomar partido. Se están organizando otra vez como en la guerra de Troya. Afrodita, Ares y Apolo apoyan a Poseidón, más o menos. Atenea está con Zeus.

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El dios del cielo frunció el ceño.

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Me estremecí al pensar que la cabaña de Clarisse se pusiera del lado de mi padre para nada. En la cabina contigua oía a Malcolm discutir con un tipo, después el volumen de la música descendió drásticamente.

—¿Y en qué situación estás? —me preguntó Luke—. Quirón sentirá no haber podido hablar contigo.

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El centauro asintió de acuerdo.

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Se lo conté todo, incluidos mis sueños. Me sentí tan bien al verlo, al tener la impresión de que regresaba al campamento aunque fuera por unos minutos, que no me di cuenta de cuánto tiempo llevaba hablando, hasta que sonó el pitido de la manguera y advertí que sólo me quedaba un minuto antes de que se cortara el agua.

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-Me contó una parte, pero no todo. –Murmuró Quirón en voz muy baja.

-Debí haberme callado. –Dijo Percy en un susurro que nadie escuchó.

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—Ojalá estuviera ahí —dijo Luke—. Me temo que no podemos ayudarte demasiado desde aquí, pero escucha… Tiene que ser Hades el que robó el rayo maestro. Estaba en el Olimpo en el solsticio de invierno. Yo acompañaba una excursión y lo vimos.

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El dios del inframundo fulminó a Luke con la mirada.

El joven se estremeció.

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—Pero Quirón dijo que los dioses no pueden tocar los objetos mágicos de los demás directamente.

—Eso es cierto —convino Luke, y parecía agobiado—. Aun así… Hades tiene el yelmo de oscuridad. Si no, ¿cómo es posible entrar en la sala del trono y robar el rayo maestro? Hay que ser invisible.

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-¡Yo no he robado nada! –Bramó Hades.

-Ya claro. –Murmuró Atenea.

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Ambos nos quedamos callados, hasta que Luke pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.

—Un momento —protestó—. No estoy diciendo que haya sido Malcolm. Le conozco desde siempre. Él jamás… quiero decir que es como un hermano pequeño para mí.

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-Claaaroo. –Canturreó Afrodita.

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Me pregunté si a Malcolm le gustaría esa descripción.

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-Lo dudo. –Murmuró Thalia.

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En la cabina contigua la música cesó por completo. Un hombre gritó horrorizado, se oyeron cerrarse las portezuelas del coche y el Lincoln salió del lavacoches a toda velocidad.

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Hermes, Apolo y los hijos de ambos, reían a carcajadas.

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—Será mejor que vayas a ver qué ha sido eso —dijo Luke—. Oye, ¿estás usando las zapatillas voladoras? Me sentiré mejor si sé que te sirven de algo.

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-Estúpido Castellan… -Refunfuñó Clarisse.

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—¡Oh… sí, claro! —mentí con desfachatez—. Me han venido muy bien.

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Percy se sonrojó ante la mirada que le mandaba Luke.

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—¿En serio? —Sonrió—. ¿Te van bien?

El agua se terminó. La lluvia fina empezó a evaporarse.

—¡Bueno, cuidaos ahí en Denver! —gritó Luke, y su voz fue amortiguándose—. ¡Y dile a Grover que esta vez irá mejor! Que nadie se convertirá en pino si…

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Thalia le mandó una descarga eléctrica al hijo de Hermes.

-¡Bruta!

-Lo sé.

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Pero la lluvia había desaparecido y la imagen de Luke se desvaneció por completo. Estaba solo en una cabina mojada y vacía de un lavacoches.

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-Si pudiese controlar sus poderes, podría haber creado él mismo un arco iris. –Comentó Poseidón.

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Malcolm y Grover aparecieron por la esquina, riendo, pero se detuvieron al verme la cara. La sonrisa de Malcolm desapareció.

—¿Qué ha pasado, Percy? ¿Qué te ha dicho Luke?

—No demasiado —mentí. Sentía el estómago tan vacío como la enorme cabaña 3-. Bueno, vamos a buscar algo de cenar.

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-¿Qué le hicísteis al hombre para que saliera corriendo? –Se interesó Lee.

-Malcolm le enseñó su cuchillo y le amenazó con e´l. –Explicó Grover.

Muchos rieron a carcajadas.

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Unos minutos más tarde estábamos sentados en el reservado de un comedor de cromo brillante, rodeados por un montón de familias que zampaban hamburguesas y bebían refrescos.

Al final vino la camarera. Arqueó una ceja con aire escéptico e inquirió:

—¿Y bien?

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-¿Vais a un restaurante sin tener dinero? –Dijo Clarisse con sorna.

Una flecha arañó la cara de la semidiosa.

-¡Yew!

-¿Yo que he hecho ahora?

Ella le enseñó la flecha.

-Esa ni siquiera es mía.

Lee miraba la escena sonriendo ampliamente.

-¡Fletcher!

-Dime.

-¡Ni se te ocurra lanzarme otra flecha.

-No prometo nada.

-¡Si me lanzas otra flecha…!

-¿Qué harás semidiosa?

La chica miró al dios del mar que tenía el tridente en la mano y decidió callarse.

-Eso me parecía. –Dijo Poseidón.

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—Bueno… queríamos pedir la cena —dije.

—¿Tenéis dinero para pagar, niños?

El labio inferior de Grover tembló. Me preocupaba que empezara a balar, o peor aún, a comerse el linóleo. Malcolm parecía a punto de fenecer de hambre.

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Luke y Chris no pudieron aguantar la risa.

-¿Te imaginas a Grover comiéndose partes de la mesa y el suelo? –Rió Castor.

Pólux rió con él.

El sátiro les miró mal.

-¿Crees que las piedras se consideran verdura? –Quiso saber Pólux.

Grover le lanzó una mirada asesina.

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Intentaba pergeñar una historia tristísima para la camarera cuando un rugido sacudió el edificio:

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-¿Monstruo? –Preguntó Poseidón preocupado.

-Más o menos. –Contestó Percy.

Malcolm y Grover le miraron atónitos.

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Una motocicleta del tamaño de un elefante pequeño acababa de parar junto al bordillo.

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Hefesto miró a Ares.

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Todas las conversaciones se interrumpieron. El faro de la motocicleta era rojo. El depósito de gasolina tenía llamas pintadas y a los lados llevaba fundas para escopetas… con escopetas incluidas. El asiento era de cuero, pero un cuero que parecía… piel humana.

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-¿Monstruo? –Rugió Ares.

Percy sonrió.

-¡Voy a borrarte esa sonrisa a golpes Jackson! ¡Voy a hacerme una pulsera con tus dientes! ¡Y utilizaré tu lengua de colgante!

Muchos quisieron salir corriendo.

-Cuanta agresividad. –Comentó Charles.

-¡Siéntate! –Gritó Hestia.

Ares obedeció aún murmurando entre dientes que decoraría su moto con la piel de ese semidiós ingrato.

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El tipo de la motocicleta habría conseguido que un luchador profesional llamase a gritos a su mamá.

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-No lo dudes. –Dijo el dios de la guerra.

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Iba vestido con una camiseta de tirantes roja, tejanos negros y un guardapolvo de cuero negro, y llevaba un cuchillo de caza sujeto al muslo. Tras sus gafas rojas tenía la cara más cruel y brutal que he visto en mi vida —guapo, supongo, pero de aspecto implacable—;

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Afrodita sonrió.

Ares a pesar de seguir enfadado, le guiñó un ojo al hijo de Poseidón.

Malcolm se sintió celoso.

-No te preocupes Chase. Solo te miro a ti. –Dijo Ares.

Y acto seguido, hizo que el joven volara hasta él.

Frederic miraba molesto la escena.

-¡Suéltale! –Gritaron Percy y Frederic.

Ares no ovedeció.

Acercó más a Malcolm contra sí, y le plantó un sensual beso en los labios.

El rubio en vez de apartarse, se pegó más a él y respondió el beso con la misma intensidad.

-Malcolm te estás pasando. –Comentó Percy con la voz quebrada.

El hijo de Atenea le miró pero volvió a besar al dios.

Sally miraba horrorizada a los chicos.

-¿Qué significa esto? –Inquirió Thalia.

-¿Quieres terminar con Percy o algo así? ¿Después de todo por lo que habéis pasado? –Quiso saber Grover.

Malcolm no contestó.

-Si no dejas de besar a Ares en este mismo instante, hemos terminado. –Dijo Percy.

Malcolm se separó del dios, se bajó de su regazo y se acercó a su novio.

-Tenemos que hablar. –Dijo el hijo de Atenea.

-Dime.

-Sé que te va a sonar horrible, pero me he dado cuenta de que no te quiero de igual forma que antes. Te tengo mucho cariño, y aprecio todo lo que has hecho por mí, pero…

-¿Estás diciendo que quieres acabar con esto? –Inquirió Percy dolido.

Malcolm asintió.

-Bien. –Dijo el hijo del ojiverde.

Malcolm le abrazó y unos segundos después se separó de él.

Ares sonrió y volvió a transportar al rubio hasta su regazo.

Percy se sentía herido, pero no le dolía tanto como creía que lo haría.

Pensaba que en unos cuantos días, se le pasaría.

Blake se acercó a él y Percy se tumbó con la cabeza del perro sobre su barriga.

Zeus decidió seguir leyendo.

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El pelo, cortísimo y negro brillante, y las mejillas surcadas de cicatrices sin duda fruto de muchas, muchas peleas. Lo raro era que su cara me sonaba.

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El dios de la guerra y Percy se miraron.

Malcolm saltó desde el trono de Ares y volvió junto a su padre.

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Al entrar en el restaurante produjo una corriente de aire cálido y seco. Los comensales se levantaron como hipnotizados, pero el motorista hizo un gesto con la mano y todos volvieron a sentarse.

Regresaron a sus conversaciones. La camarera parpadeó, como si alguien acabara de apretarle el botón de rebobinado.

—¿Tenéis dinero para pagar, niños? —volvió a preguntarnos.

—Ponlo en mi cuenta —respondió el motorista.

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Poseidón miró al otro dios con suspicacia.

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Se metió en el reservado, que era demasiado pequeño para él, y acorraló a Malcolm contra la ventana. Levantó la vista hacia la camarera, la miró a los ojos y dijo—: ¿Aún sigues aquí?

La muchacha se puso rígida, se volvió como una autómata y regresó a la cocina.

El motorista se quedó mirándome. No le veía los ojos tras las gafas rojas, pero empezaron a hervirme malos sentimientos. Ira, rencor, amargura. Quería darle un golpe a una pared, empezar una pelea con alguien. ¿Quién se creía que era aquel tipo?

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-Eso es lo que causa estar cerca de él. –Comentó Atenea.

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Me dedicó una sonrisa pérfida.

—Así que tú eres el crío del viejo Alga, ¿eh?

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Poseidón le lanzó una ola de agua congelada al dios de la guerra.

-¡Tío P!

-¿Quién has dicho que soy? ¿Viejo alga?

-No. He dicho… el gran dios de los mares.

El dios más mayor asintió satisfecho y permitió que Ares se secara.

-A este paso, van a acabar todos constipados en la enfermería. –Se quejó Apolo.

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Debería haberme sorprendido o asustado, pero sólo sentí que me hallaba ante mi padrastro Gabe.

Quería arrancarle la cabeza a aquel tipejo.

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-¡No me compares con ése!

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—¿Y a ti qué te importa?

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Poseidón no pudo evitar reírse.

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Malcolm me advirtió con la mirada.

—Percy, éste es…

El motorista levantó la mano.

—No pasa nada —dijo—. No está mal una pizca de carácter. Siempre y cuando te acuerdes de quién es el jefe. ¿Sabes quién soy, primito?

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-Adoro a este semidiós. –Comentó Apolo.

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Entonces caí en la cuenta. Tenía la misma risa malvada de algunos críos del Campamento Mestizo, los de la cabaña 5.

—Eres el padre de Clarisse —respondí—. Ares, el dios de la guerra.

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-Hasta que lo ha pillado. –Suspiró Atenea.

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Ares sonrió y se quitó las gafas. Donde tendrían que estar los ojos, había sólo fuego, cuencas vacías en las que refulgían explosiones nucleares en miniatura.

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Todos se quedaron mirando a Ares a los ojos con fascinación.

-A Travis y Connor les encantaría. –Comentó Chris.

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—Has acertado, pringado. He oído que le has roto la lanza a Clarisse.

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-Estúpido Jackson… -Dijo la hija del dios de la guerra.

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—Lo estaba pidiendo a gritos.

—Probablemente. No intervengo en las batallas de mis críos, ¿sabes? He venido para… He oído que estabas en la ciudad y tengo una proposición que hacerte.

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Poseidón miró con fijeza a su sobrino.

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La camarera regresó con bandejas repletas de comida: hamburguesas con queso, patatas fritas, aros de cebolla y batidos de chocolate.

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Muchos se relamieron.

Deméter hizo aparecer zumo de frutas que los semidioses bebieron agradecidos.

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Ares le entregó unos dracmas.

Ella miró con nerviosismo las monedas.

—Pero éstos no son…

Ares sacó su enorme cuchillo y empezó a limpiarse las uñas.

—¿Algún problema, chata?

La camarera se tragó las palabras y se marchó sin rechistar.

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Hestia miró con reprobación a su sobrino.

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—Eso está muy mal —le dije a Ares—. No puedes ir amenazando a la gente con un cuchillo.

Ares soltó una risotada y luego dijo:

—¿Estás de broma? Adoro este país. Es el mejor lugar del mundo desde Esparta. ¿Tú no vas armado, pringado? Pues deberías. Ahí fuera hay un mundo peligroso. Y eso nos lleva a mi proposición. Necesito que me hagas un favor.

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-¿Ya he dicho que me encanta Percy Jackson? –Interrogó Apolo.

-No lo suficiente. –Rió Hermes.

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—¿Qué favor puedo hacerle yo a un dios?

—Algo que un dios no tiene tiempo de hacer. No es demasiado. Me dejé el escudo en un parque acuático abandonado aquí en la ciudad. Tenía cita con mi novia pero nos interrumpieron. En la confusión me dejé el escudo. Así que quiero que vayas por él.

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-Por qué no vas tú? –Quiso saber Hefesto.

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—¿Por qué no vas tú?

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Percy y el dios de la fragua se sonrieron.

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El fuego en las cuencas de sus ojos brilló con mayor intensidad.

—También podrías preguntarme por qué no te convierto en una ardilla y te atropello con la Harley.

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-Fácil. Porque si no, serías un estupendo lenguado listo para que te pesquen y te cocinen mientras sigues vivo. –Espetó Poseidón.

Muchos semidioses tragaron saliba.

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–La respuesta sería la misma: porque de momento no me apetece. Un dios te está dando la oportunidad de demostrar qué sabes hacer, Percy Jackson. ¿Vas a quedar como un cobardica?

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-El que fue un completo cobarde fue él. –Murmuró Grover.

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—Se inclinó hacia mí—. O a lo mejor es que sólo peleas bajo el agua, para que papaíto te proteja.

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-Están volando ostias, y tú tienes cara de aeropuerto. –Espetó el dios del mar.

-Esa sería una frase típica de Zeus. –Comentó Hades.

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Tuve el irreprimible impulso de darle un puñetazo en la cara, aunque sabía que era lo que él estaba buscando. El poder de Ares causaba mi ira y le habría encantado que lo atacara. No pensaba darle el gusto.

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-Eso es. No caigas en su juego. –Aprobó Hefesto.

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—No estamos interesados —repuse—. Ya tenemos una misión.

Los fieros ojos de Ares me hicieron ver cosas que no quería ver: sangre, humo y cadáveres en la batalla.

—Lo sé todo sobre tu misión, pringado. Cuando ese objeto mortífero fue robado, Zeus envió a los mejores a buscarlo: Apolo, Atenea, Artemisa y yo, naturalmente. Ahora bien, si yo no percibí ni un tufillo de un arma tan poderosa… —se relamió, como si el pensamiento del rayo maestro le diera hambre— pues entonces tú no tienes ninguna posibilidad. Aun así, estoy intentando concederte el beneficio de la duda. Pero tu padre y yo nos conocemos desde hace tiempo. Después de todo, yo soy el que le transmitió las sospechas acerca del viejo Aliento de Muerto.

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-¡Ares! –Bramó Hades.

-Aún no ha pasado. –Se escusó el dios.

-Lo que vas a pasar tú, va a ser una época en el Tártaro como me cabrees. –Espetó el dios del inframundo.

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—¿Tú le dijiste que Hades robó el rayo?

—Claro. Culpar a alguien de algo para empezar una guerra es el truco más viejo del mundo. En cierto sentido, tienes que agradecerme tu patética misión.

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Una ola empapó al dios de la guerra.

-¡Eso era un jodido pez espada!

Hicor dorado salía de una herida en el brazo de Ares.

Poseidón retiró el agua.

Apolo se acercó a curar a Ares, pero éste le despidió con la mano.

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—Gracias —farfullé.

—Eh, ya ves que soy un tío generoso. Tú hazme ese trabajito, y yo te ayudaré en el tuyo. Os prepararé el resto del viaje.

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-A saber qué clase de preparativos haces. –Dijo Dioniso.

-¿Sigues prestando atención? –Interrogó Artemisa.

-No. –Dijo el dios del vino.

-Ese diario que finges leer, está alrebés. –Comentó Hermes.

-Que te den.

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—Nos las arreglamos bien por nuestra cuenta.

—Sí, seguro. Sin dinero. Sin coche. Sin ninguna idea de a qué os enfrentáis. Ayúdame y quizá te cuente algo que necesitas saber. Algo sobre tu madre.

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Sally miró ceñuda al dios de la guerra.

-Eso es jugar sucio. –Se quejó Bianca.

Ante la mirada de Ares, la chica se encogió.

Una flecha plateada se incrustó entre las piernas del dios.

-Un respeto a mi cazadora! –Espetó Artemisa.

-Te están cayendo todas juntas. –Rió Hermes.

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—¿Mi madre?

Sonrió.

—Eso te interesa, ¿eh? El parque acuático está a un kilómetro y medio al oeste, en Delancy. No puedes perderte. Busca la atracción del Túnel del Amor.

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Hefesto frunció el ceño.

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—¿Qué interrumpió tu cita? —le pregunté—. ¿Te asustó algo?

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Poseidón, Hermes y Apolo rieron.

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Ares me enseñó los dientes, pero ya había visto esa mirada amenazante en Clarisse. Había algo falso en ella, casi como si traicionara cierto nerviosismo.

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-Creo que será una de las trampas de Hefesto. –Baticinó Hades.

-No sé. –Contradijo Atenea.

-¿Apostamos?

-¿Cincuenta dracmas?

-No. –Dijo el dios de los muertos. -Si gano, tendrás que pasar dos capítulos en brazos de… Miró a todos sus sobrinos uno por uno.

-En brazos de Hermes y permitir que te bese, te acaricie y te abrace.

Hermes sonrió. No le apetecía especialmente compartir saliba con Atenea, pero no desaprovecharía la oportunidad. Además, le encantaban las apuestas.

La diosa se lo pensó.

-De acuerdo. Y si gano yo, pasarás los próximos dos capítulos comiendo cereales al lado de Deméter.

El dios gruñó pero aceptó.

Se dieron la mano para cerrar el trato y siguieron escuchando la lectura.

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—Tienes suerte de haberme encontrado a mí, pringado, y no a algún otro Olímpico. Con los maleducados no son tan comprensivos como yo. Volveremos a vernos aquí cuando termines. No me defraudes.

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-Sí, menuda suerte. –Refunfuñó Percy.

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Después de eso, debí de desmayarme o caer en trance, porque cuando volví a abrir los ojos Ares había desaparecido. Habría creído que aquella conversación había sido un sueño, pero las expresiones de Malcolm y Grover me indicaron lo contrario.

—No me gusta —dijo Grover—. Ares ha venido a buscarte, Percy. No me gusta nada de nada.

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-Ni a mí. –Dijo Poseidón.

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Miré por la ventana. La motocicleta había desaparecido.

¿Sabría Ares de verdad algo sobre mi madre, o sólo estaba jugando conmigo? En cuanto se hubo ido, la ira desapareció por completo de mí. Supuse que a Ares le encantaba embarullar las emociones de lagente. Ése era su poder: confundir las emociones al extremo de que te nublaran la capacidad de pensar.

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-Por supuesto pringado.

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—Quizá no fue más que un espejismo —dije—. Olvidaos de Ares. Nos vamos y punto.

—No podemos —contestó Malcolm—. Mira, yo detesto a Ares como el que más, pero no se puede ignorar a los dioses a menos que quieras buscarte la ruina. No bromeaba cuando hablaba de convertirte en un roedor.

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-Que lo intente. –Espetó Poseidón.

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Miré mi hamburguesa con queso, que de repente no parecía tan apetecible.

—¿Por qué nos necesita para una tarea tan sencilla?

—A lo mejor es un problema que requiere cerebro —observó Malcolm—. Ares tiene fuerza, pero nada más. Y a veces la fuerza debe doblegarse ante la inteligencia.

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El dios frunció el ceño molesto.

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—Pero ¿qué habrá en ese parque acuático? Ares parecía casi asustado. ¿Qué haría interrumpir al dios de la guerra una cita con su novia y huir?

Malcolm y Grover se miraron nerviosos.

—Me temo que tendremos que ir a descubrirlo —dijo Malcolm.

El sol se hundía tras las montañas cuando encontramos el parque acuático. A juzgar por el cartel,

originalmente se llamaba «waterland», pero algunas letras habían desaparecido, así que se leía: «WAT R A D».

*-x-*

Hades creía que ganaría la apuesta y se divertiría un montón.

*-x-*

La puerta principal estaba cerrada con candado y protegida con alambre de espino. Dentro, enormes y secos toboganes, tubos y tuberías se enroscaban por todas partes, en dirección a las piscinas vacías.

Entradas viejas y anuncios revoloteaban por el asfalto. Al anochecer, aquel lugar tenía un aspecto triste y daba escalofríos.

—Si Ares trae aquí a su novia para una cita —dije mirando el alambre de espino—, no quiero imaginarme qué aspecto tendrá ella.

*-x-*

Los dioses intentaron sofocar las risitas sin éxito.

Afrodita frunció el ceño ofendida.

*-x-*

—Percy —me avisó Malcolm—, tienes que ser más respetuoso.

—¿Por qué? Creía que odiabas a Ares.

—Sigue siendo un dios. Y su novia es muy temperamental.

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-Y tanto. –Dijo Hermes.

*-x-*

—No insultes su aspecto —añadió Grover.

—¿Quién es? ¿Equidna?

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-¡Percy Jackson!

El semidiós se escondió detrás del trono de su padre.

Afrodita se había levantado y estaba muy cabreada.

Los dioses reían sin poder parar.

Hades se había caído al suelo y se sujetaba el estómago.

-Venga Dita. El chico no sabe de quien están hablando y le ha cogido manía al invécil de Ares. –Apaciguó Poseidón.

-¡Exijo una disculpa!

El joven salió de detrás del trono y se colocó delante de la diosa.

-Lo siento lady Afrodita.

-Bien. Pero como me has ofendido, deberás hacer algo que yo te ordene.

-Dita… -Dijo Poseidón.

-Es eso, o sufrir mi ira.

-Acepto. –Intervino Percy.

-Antes de comenzar el siguiente capítulo, te lo diré.

Después, ella se dirigió a su trono con calma.

*-x-*

—No; Afrodita… —repuso Grover y suspiró con embeleso—. La diosa del amor.

—Pensaba que estaba casada con alguien —dije—. ¿Con Hefesto?

*-x-*

Hefesto suspiró con tristeza. Le encantaba humillar a Afrodita y a Ares, pero él amaba en realidad a otra persona. Pero nunca había sido capaz de decir la verdad.

*-x-*

—¿Y qué si fuera así?

—Bueno… —Mejor cambiar de tema—. ¿Y cómo entramos?

—Maya! —Al punto surgieron las alas de los zapatos de Grover.

*-x-*

-¡Maya! –Dijo Hermes.

El dios al no esperárselo, se había caído de culo al suelo.

Muchos dioses reían a carcajadas.

-A este paso, se me va a romper algo de tanto reirme. –Dijo Hades.

*-x-*

Voló por encima de la valla, dio un involuntario salto mortal y aterrizó en una plataforma al otro lado.

Se sacudió los vaqueros, como si lo hubiera previsto todo.

*-x-*

-¡Buen salto chico cabra! –Felicitó Pólux.

*-x-*

—Vamos, chicos.

Malcolm y yo tuvimos que escalar a la manera tradicional, aguantándonos uno a otro el alambre de espino para pasar por debajo.

Las sombras se alargaron mientras recorríamos el parque, examinando las atracciones. Pasamos frente a la Isla de los Mordedores de Tobillos, Pulpos Locos y Encuentra tu Bañador.

*-x-*

-Me encantaría ir a ese parque. –Dijo Ethan.

Chris y Luke estuvieron de acuerdo con él.

*-x-*

Ningún monstruo nos atacó y no oímos el menor ruido.

Encontramos una tienda de souvenirs que había quedado abierta. Aún había mercancía en las estanterías: bolas de nieve artificial, lápices, postales e hileras de…

—Ropa —dijo Malcolm—. Ropa limpia.

*-x-*

-Si yo fuera vosotros, hubiera ido a cambiarme. –Dijo Tommy.

*-x-*

—Sí —dije—. Pero no puedes ir y…

—¿Ah, no?

Agarró una hilera llena de cosas y desapareció en el vestidor. A los pocos minutos salió con unos pantalones cortos de flores de Waterland, una gran camiseta roja de Waterland y unas zapatillas surferas del aniversario de Waterland. También llevaba una mochila Waterland colgada del hombro, llena con más cosas.

*-x-*

-Estoy tan orgulloso… -Dijo Hermes enjugándose una lágrima falsa.

*-x-*

—Qué demonios. —Grover se encogió de hombros.

En pocos minutos estuvimos los tres engalanados como anuncios andantes del difunto parque temático. Seguimos buscando el Túnel del Amor. Tenía la sensación de que el parque entero contenía la respiración.

—Así que Ares y Afrodita —dije para mantener mi mente alejada de la oscuridad creciente— tienen un asuntillo.

—Ese chisme es muy viejo, Percy —dijo Malcolm—. Tiene tres mil años.

—¿Y el marido de Afrodita?

—Bueno, ya sabes… Hefesto, el herrero, se quedó tullido cuando era pequeño, Zeus lo tiró monte Olimpo abajo.

*-x-*

-Hey que yo no fui. –Protestó el dios.

-Fue Hera. –Comentó Hefesto.

Malcolm se ruborizó.

*-x-*

–Así que digamos que no es muy guapo. Habilidoso con las manos, sí, pero a Afrodita no le van los listos con talento, ¿comprendes?

—Le gustan los motoristas.

—Lo que sea.

—¿Hefesto lo sabe?

*-x-*

Los dioses resoplaron.

*-x-*

—Oh, claro —repuso Malcolm—. Una vez los pilló juntos, quiero decir in fraganti. Entonces los atrapó en una red de oro e invitó a todos los dioses a que fueran a reírse de ellos.

*-x-*

Los dioses rieron más fuerte.

Ares y Afrodita fruncieron el ceño.

*-x-*

–Hefesto siempre está intentando ridiculizarlos. Por eso se ven en lugares remotos como… —se detuvo, mirando al frente—. Como ése.

*-x-*

Hefesto sonrió trasteando con tuercas, alambres y tornillos.

Charles también tenía algo en las manos.

*-x-*

Era una piscina que habría sido alucinante para patinar, de por lo menos cuarenta y cinco metros de ancho y con forma de cuenco. Alrededor del borde, una docena de estatuas de Cupido montaba guardia con las alas desplegadas y los arcos listos para disparar. Al otro lado se abría un túnel, por el que probablemente corría el agua cuando la piscina estaba llena. Tenía un letrero que rezaba:

«EMOCIONANTE atracción DEL AMOR: ¡ÉSTE NO ES EL TÚNEL DEL AMOR DE TUS

PADRES!»

*-x-*

-Suena bonito. –Suspiró Silena.

-Suena espantoso. –Contradijo Michael.

*-x-*

Grover se acercó al borde.

—Chicos, mirad.

En el fondo de la piscina había un bote de dos plazas blanco y rosa con un dosel lleno de corazones. En el asiento izquierdo, reflejando la luz menguante, estaba el escudo de Ares, una circunferencia de bronce bruñido.

—Esto es demasiado fácil —dije—. ¿Así que bajamos y lo tomamos y ya está?

Malcolm pasó los dedos por la base de la estatua de Cupido más cercana.

—Aquí hay una letra griega grabada —dijo—. Eta. Me pregunto…

*-x-*

En ese momento, Atenea supo que había perdido.

*-x-*

—Grover —pregunté—, ¿hueles monstruos?

Olisqueó el viento.

—Nada.

—¿Nada como cuando estábamos en el arco y no olfateaste a Equidna, o nada de verdad?

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Castor y Pólux rieron.

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Grover pareció molesto.

—Aquello estaba bajo tierra —refunfuñó.

—Vale, olvídalo. —Inspiré hondo—. Voy a bajar.

—Te acompaño. —Grover no parecía demasiado entusiasta, pero me dio la impresión de que intentaba enmendarse por lo sucedido en San Luis.

—No —repuse—. Te quedarás arriba con las zapatillas voladoras. Eres el Barón Rojo, un as del aire, ¿recuerdas? Cuento contigo para que me cubras, por si algo sale mal.

*-x-*

Sally sonrió con dulzura a su hijo.

*-x-*

A Grover se le hinchó el pecho.

—Claro. Pero ¿qué puede ir mal?

—No lo sé. Es un presentimiento. Malcolm, ven conmigo.

—¿Estás de broma?

—¿Y ahora qué pasa? —quise saber.

—¿Yo, contigo en… —se ruborizó levemente— en la «emocionante atracción del amor»? Me da vergüenza. ¿Y si me ve alguien?

*-x-*

Grover, Malcolm y Percy se miraron.

*-x-*

—¿Quién te va a ver? —Pero yo también me ruboricé un poco. Las chicas y algunos chicos siempre le buscan tres pies al gato—. Vale —le dije—. Lo haré solo. —Pero cuando empecé a bajar a la piscina, me siguió, murmurando algo sobre que la mayoría de chicos siempre lo embarullan todo.

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-¡El amooooooorr! –Canturreó Afrodita.

-Pero si lo han dejado. –Dijo Perséfone.

-¿Quién sabe? ¿Lo mismo vuelven a estar juntos.

-O puede que no. –Murmuró Apolo.

*-x-*

Llegamos al bote. Junto al escudo había un chal de seda de mujer. Intenté imaginarme a Ares y Afrodita allí, una pareja de dioses que se encontraban en una atracción abandonada de un parque de atracciones.

¿Por qué? Entonces reparé en algo que no había visto desde arriba: espejos por todo el borde de la piscina, orientados hacia aquel lugar. Podíamos vernos en cualquier dirección que miráramos. Eso debía de ser. Mientras Ares y Afrodita se daban besitos podían mirar a sus personas favoritas: ellos mismos.

*-x-*

Hermes y Apolo se echaron a reír junto con Hades.

Afrodita había sacado un espejo y se estaba mirando en él.

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Recogí el chal. Reflejaba destellos rosa y su aroma era una exquisita mezcla floral. Algo embriagador.

Sonreí con aire de ensoñación, y estaba a punto de frotarme la mejilla con el chal cuando Malcolm me lo arrebató y se lo metió en el bolsillo.

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-Aguafiestas. –Murmuró la diosa.

-¿Celoso? –Inquirió Luke.

El hijo de Atenea se ruborizó.

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—Ah, no, de eso nada. Apártate de esa magia de amor.

—¿Qué?

—Tú recoge el escudo, sesos de alga, y larguémonos de aquí.

En el momento en que toqué el escudo supe que teníamos problemas. Mi mano rompió algo que lo unía al tablero de mandos. Una telaraña, pensé, pero lo examiné en la palma y vi que era un delgado filamento de metal. Estaba puesto ahí para tropezar con él.

—Espera —dijo Malcolm.

—Demasiado tarde.

—Hay otra letra griega a este lado del bote, otra eta. Esto es una trampa.

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Atenea tuvo ganas de convertirse en una avestruz para poder esconder la cabeza bajo tierra.

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Se produjo el chirriante ruido de un millón de engranajes que comenzaban a funcionar, como si la piscina estuviera convirtiéndose en una máquina gigante.

—¡Cuidado, chicos! —gritó Grover.

Arriba, en el borde, las estatuas de Cupido tensaban sus arcos en posición de disparo. Sin darnos tiempo de ponernos a cubierto, dispararon, pero no hacia nosotros si no unas a otras, a ambos lados de la piscina. Las flechas arrastraban cables sedosos que describían arcos sobre la piscina y se clavaban en el borde, formando un enorme entramado dorado. Entonces, por arte de magia, empezaron a tejerse

hilos metálicos más pequeños, entrelazándose hasta formar una red.

—Tenemos que salir de aquí —dije.

—¡Menudo lumbrera! —ironizó Malcolm.

Agarré el escudo y echamos a correr, pero salir de la piscina no era tan fácil como bajar.

—¡Venga! —nos urgió Grover.

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-No funcionará. –Dijo Hefesto.

-Has perdido Atenea. –Canturreó Hades.

Percy pensó, que si Nico veía este lado de su padre, le daría un ataque.

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Intentaba rasgar la red para abrirnos una salida, pero cada vez que la tocaba los hilos de oro le envolvían las manos. De repente, las cabezas de los cupidos se abrieron y de su interior salieron videocámaras y focos que nos cegaron al encenderse. Un altavoz retumbó:

*-x-*

-Televisión Hefesto. –Dijo Poseidón mirando a su hijo con lástima.

*-x-*

«Retransmisión en directo para el Olimpo dentro de un minuto… Cincuenta y nueve segundos, cincuenta y ocho…»

—¡Hefesto! —gritó Malcolm—. ¡Cómo no me di cuenta antes! Eta es hache. Fabricó esta trampa para sorprender a su mujer con Ares. ¡Ahora van a retransmitirnos en vivo al Olimpo y quedaremos como idiotas totales!

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Atenea gimoteó en su interior horrorizada.

-A mí me gustaría ver eso. –Rió Apolo.

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Casi habíamos llegado al borde, cuando de pronto los espejos en hilera se abrieron como trampillas y de ellas emergió un torrente de diminutas cosas metálicas…

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-Ay dioses. –Se lamentó Grover al acordarse.

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Malcolm soltó un grito de horror.

Parecía un ejército de bichitos de cuerda: cuerpos de bronce, patas puntiagudas y afiladas pinzas, y se dirigían hacia nosotros como una marabunta, en una oleada de chasquidos y zumbidos metálicos.

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-Parecen arañas. –Comentó Atenea en un hilo de voz.

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—¡Arañas! —exclamó Malcolm, despavorido—. ¡A-aaa-raaaaa…!

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El joven se estremeció ante el recuerdo.

Y después se acordó de Aracne y quiso vomitar.

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Nunca le había visto así. Trastabilló y cayó hacia atrás, preso del pánico, y las arañas robot casi le cubrieron completamente antes de que lograse levantarle y tirar de él hacia el bote.

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-Horribles. –Se quejó el rubio.

Su padre le abrazó con fuerza.

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Aquellas cosas seguían apareciendo por doquier, miles de ellas, bajando sin cesar a la piscina y rodeándonos. Me dije que probablemente no estaban programadas para matar, sólo para acorralarnos, mordernos y hacernos parecer idiotas. Entonces caí en la cuenta de que era una trampa para dioses. Y nosotros no éramos dioses.

*-x-*

-Ups. –Dijo el dios herrero.

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Subimos al bote y empecé a apartar arañas a patadas a medida que trepaban. Le grité a Malcolm que me ayudara, pero estaba como paralizado y sólo podía gritar.

«Treinta, veintinueve, veintiocho…», proseguía el altavoz.

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-Esto no pinta bien. –Gimió Atenea.

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Las arañas empezaron a escupir filamentos de metal buscando amarrarnos. Al principio fue fácil zafarnos, pero había demasiados y las arañas no dejaban de llegar. Le aparté una a Malcolm de la pierna, y otra se llevó un trocito de mis zapatillas surferas con las pinzas.

Grover revoloteaba por encima de la piscina con las zapatillas voladoras, intentando perforar la red, pero no cedía.

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-No funcionará. –Comentó Perséfone.

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«Piensa —me dije—. Piensa.»

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-¿Pero tú eres capaz de hacer eso? –Se extrañó Thalia.

-¿Y tú? Si tienes la cabeza llena de aire y birutas de madera. –Devolvió Percy.

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Podríamos haber huido por la entrada del Túnel del Amor, de no haber estado bloqueada por un millón de arañas robot.

«Quince, catorce, trece…», contaba sin pausa el altavoz.

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-Puedes utilizar las tuverías. –Comentó Poseidón.

-Pronto seréis los semidioses más vistos en el Olimpo. –Rió Hermes.

-Seguro que fue todo un éxito. –Secundó Apolo.

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«Agua… ¿De dónde sale el agua?»

Y entonces las vi: los espejos trampilla eran el desagüe de gruesas tuberías de agua, y por allí habían venido las arañas. Encima de la red, junto a uno de los cupidos, había una cabina de cristal que debía de contener los mandos.

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-Eso es. –Felicitó Poseidón.

-Pero si piensa. –Se extrañó Atenea.

-¿Quién se va a pasar dos capítulos en brazos de Hermes? –Preguntó el dios del mar con malicia.

La diosa gruñó disgustada.

-Seguro que te gusta y todo. –Canturreó Afrodita.

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—¡Grover! —grité—. ¡Ve a la cabina y busca el botón de encendido!

—Pero…

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-¡Ovedece sátiro! –Espetó Atenea.

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—¡Hazlo! —Era una esperanza loca, pero nuestra única oportunidad. Las arañas ya rodeaban el bote por completo y Malcolm seguía gritando como un poseso. Teníamos que salir allí.

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Apolo miró al hijo de su media hermana con algo parecido a la compasión.

Éste, seguía abrazado a su padre con la cara apoyada en su pecho.

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Grover se metió en la cabina y empezó a pulsar botones a la desesperada.

«Cinco, cuatro…»

Me hizo señas con las manos, dándome a entender que había apretado todos los botones pero seguía sin pasar nada.

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-¡Tú puedes Percy! –Exclamó Poseidón. -Imagínate el mar.

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Cerré los ojos y pensé en olas, agua desbordante, el río Mississipi… Sentí un tirón familiar en el estómago. Intenté imaginar que arrastraba todo el océano hasta Denver.

«Dos, uno, ¡cero!»

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-Muy bien. –Dijo el dios del mar con una sonrisa.

-Ya salís en la tele. –Comentó Apolo.

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Las tuberías se sacudieron y el agua inundó con un rugido la piscina, arrastrando las arañas. Tiré de Malcolm para sentarlo a mi lado y le abroché el cinturón justo cuando la primera ola nos cayó encima y acabó con todas las arañas. El bote viró, se levantó con el nivel del agua y dio vueltas en círculo encima del remolino. El agua estaba llena de arañas que chisporroteaban en cortocircuito, algunas con tanta fuerza que incluso explotaban. Los focos nos iluminaban y las cámaras cupido filmaban en directo para el Olimpo.

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-Seguro que fue épico. –Rió Dioniso.

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Me concentré en controlar el bote y lograr que siguiera la corriente sin estrellarse contra las paredes.

Quizá fue mi imaginación, pero el bote pareció responder; por lo menos no se hizo añicos. Dimos una última vuelta cuando el nivel del agua era casi tan alto como para cortarnos en juliana contra la red.

Entonces la proa viró en dirección al túnel y nos lanzamos a toda velocidad hacia la oscuridad.

Nos sujetamos fuerte y gritamos al unísono cuando el bote remontó olas, pasó pegado a las esquinas y se escoró cuarenta y cinco grados al paso de imágenes de Romeo y Julieta y otro montón de tonterías de San Valentín. En la recta final del túnel, la brisa nocturna nos revolvió el pelo cuando el bote se lanzó como un bólido hacia la salida.

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-Yo quiero subir. –Dijo Charles.

Algunos asintieron de acuerdo con él.

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Si la atracción hubiese estado en funcionamiento, habríamos llegado a una rampa entre las Puertas Doradas del Amor y, de allí, chapoteado sin problemas hasta la piscina de salida. Pero había un problema: las Puertas del Amor estaban cerradas con una cadena. Un par de botes que al parecer habían salido del túnel antes que nosotros se habían estrellado contra las puertas: uno estaba medio sumergido, y el otro partido por la mitad.

—¡Quítate el cinturón! —le grité a Malcolm.

—¿Estás loco?

—A menos que quieras morir aplastado. —Me amarré el escudo de Ares al brazo—. Tendremos que saltar. —Mi idea era tan sencilla como demencial: cuando el bote chocara, aprovecharíamos el impulso como trampolín y saltaríamos por encima de la puerta. Jamás había oído que nadie sobreviviera a impactos de esa índole, arrojados a diez o doce metros del lugar del accidente. Pero nosotros, con un poco de suerte, aterrizaríamos en la piscina.

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Poseidón miró a su hijo algo preocupado.

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Malcolm pareció comprender y me aferró la mano. Las puertas se acercaban a gran velocidad.

—Yo doy la señal —dije.

—¡No! ¡La doy yo!

—Pero ¿qué…?

—¡Física sencilla, amiguito! —me gritó—. La fuerza calcula el ángulo de la trayectoria…

—¡Vale! —exclamé—. ¡Tú das la señal!

Vaciló… vaciló… y de repente gritó:

—¡Ahora!

Malcolm tenía razón. De haber saltado cuando decía yo, nos habríamos estrellado contra las puertas.

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-Es mi hijo. –Dijo Atenea con arrogancia.

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Consiguió el máximo impulso… más del que necesitábamos: el bote se estrelló contra las barcas estropeadas y salimos despedidos violentamente por el aire, justo por encima de las puertas y la piscina, directos al sólido asfalto.

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-Eso va a doler. –Comentó Michael.

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Algo me agarró por detrás.

—¡Ay! —se quejó Malcolm.

¡Grover! En pleno vuelo nos había atrapado, a mí por la camisa y a Malcolm por el brazo, e intentaba evitarnos un aterrizaje accidentado, pero íbamos embalados.

—¡Pesáis demasiado! —dijo Grover—. ¡Nos caemos!

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-Espero que no os convirtáis en puré de semidiós y sátiro. –Dijo Lee. -No sé si podríamos recomponeros bien.

Quirón intentó aguantarse las carcajadas sin éxito.

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Descendimos al suelo describiendo espirales, Grover esforzándose por amortiguar la caída. Chocamos contra un tablón de fotografías y la cabeza de Grover se metió directamente en el agujero donde se asomaban los turistas para salir en la foto como Noo-Noo la ballena simpática.

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-Las ballenas son muy majas. –Comentó Poseidón.

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Malcolm y yo dimos contra el suelo; fue un golpe duro, pero estábamos vivos y el escudo de Ares seguía en mi brazo.

En cuanto recuperamos el aliento, liberamos a Grover del tablón y le dimos las gracias por salvarnos la vida. Me volví para contemplar la Emocionante Atracción del Amor. El agua remitía. Nuestro bote, estrellado contra las puertas, había quedado hecho trizas.

Cien metros más allá, en la piscina, los cupidos seguían filmando. Las estatuas habían girado de manera que las cámaras y las luces nos enfocaban.

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-Ha sido divertido. –Dijo Hermes.

-¡Claro que no! –Protestó Malcolm.

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—¡La función ha terminado! —grité—. ¡Gracias! ¡Buenas noches!

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Dioniso rió con fuerza, haciendo que el diario que tenía en las manos cayera al suelo.

Trató de cogerlo para que nadie lo viera, pero Apolo fue más rápido.

-Son… son… ¡Son tíos desnudos!

Casi todos los de la sala se agruparon alrededor del dios para poder ver lo que había cogido.

Dioniso estaba muy ruborizado.

Un rato más tarde, Dioniso recuperó su diario, en el cual ahora solo aparecían fotografías de Apolo, y Zeus siguió leyendo.

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Los cupidos regresaron a sus posiciones originales y las luces se apagaron. El parque quedó tranquilo y oscuro otra vez, excepto por el suave murmullo del agua en la piscina de salida de la Emocionante Atracción del Amor. Me pregunté si el Olimpo habría pasado a publicidad y si habríamos estado bien de audiencia.

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Malcolm le lanzó a Percy un limón.

-¿De dónde has sacado esto chico listo?

-Ni idea. Estaba ahí. –Contestó él.

Percy se lo lanzó a Grover, el cual se lo comió de un mordisco.

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Detestaba que me provocaran y me la jugaran. Y tenía mucha experiencia en el trato con abusones a los que les gustaba hacerme esa clase de cosas. Levanté el escudo que llevaba en el brazo y me volví hacia mis amigos.

—Vamos a tener unas palabritas con Ares.

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-Adelante. –Desafió el dios de la guerra.

Percy le miró mal.

Clarisse por aburrimiento, le lanzó una de sus interminables latas al sátiro.

Éste la atrapó con la boca y la masticó con placer.

-Ya ha acabado el capítulo. –Dijo Zeus. -¿Quién lee ahora?

Luke levantó la mano.

El dios de los cielos le pasó el libro como si allí hubiera un producto tóxico.

-Atenea, a los brazos de Hermes. –Ordenó Hades.

La diosa no quería hacerlo, pero una apuesta era una apuesta.

Se levantó de su trono y se dirigió al del dios de los viajeros.

Él la tomó entre sus brazos y sonrió.

-¿Yo que he de hacer ladi Afrodita?

-Te lo diré en un rato.

Luke abrió el libro por el capítulo siguiente pero antes de comenzar a leer, alguien le interrumpió.

-Ya sé lo que vas a hacer. –Dijo la diosa.

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Nota: No me matéis fans del Percalcolm. Faltan aún muchos libros por leer, y ellos pueden volver a estar juntos. Es solo otro giro de mi mente.

Me encanta el Percabeth, en este caso Percalcolm, pero ya sabéis que me gusta mucho enredar las cosas.

Por cierto. ¿Qué queréis que le pida Afrodita a Percy?

Se aceptan sugerencias. Me gustan las ideas que me mandáis. Y siempre que puedo, intento cumplirlas. Me gusta que os sintáis parte de este fic.

¿De quién creéis que está enamorado Hefesto?

Un graaaan saludo.