Disclaimer: Los personajes y el libro son de Rick Riordan.
Las intervenciones son mías.
*-x-*
-¿Qué tengo que hacer? -Preguntó Percy.
-Acércate Perseus Jackson. -Ordenó Afrodita.
El chico ovedeció.
La diosa chasqueó los dedos y sonrió satisfecha.
-A partir de ahora y hasta que finalice el capítulo, serás Perséfone Jacksonn.
-¿A qué se refiere?
Percy se tapó la boca cuando escuchó que su voz antes grave y algo ronca, era aguda y dulce.
Todos miraban a Percy con distintas expresiones faciales.
Algunos se relamían y otros intentaban aguantar las carcajadas.
La diosa del amor hizo aparecer un espejo y Percy no pudo evitar mirarse en él.
Dio un gritito de asombro.
La persona que le devolvía la mirada, era una chica bajita, delgada, con el pelo negro liso hasta la cintura y unos expresivos ojos verdes.
Llevaba puesto un precioso vestido azul y unas sandalias plateadas.
Tenía una ligera capa de maquillaje.
Pero lo que más le chocó, fue sentir que no tenía… su… cosa ahí abajo y además, tenía pechos.
Poseidón sonrió y dijo:
-Siempre quise tener una princesita.
-¡Papá!
-No te alteres mi pequeña Perséfone.
Muchos reían sin parar.
Afrodita hizo desaparecer el espejo.
-¿Percy te gustaría unirte a la caza? -Preguntó Artemisa.
La ahora chica, palideció y negó frenéticamente con la cabeza.
La diosa de la luna rió con ganas.
-Eres una niña muy guapa. -Comentó Sally.
-Mamá. -Gimoteó Percy.
Entonces sintió un dolor lacerante en el bajo vientre.
-¿Qué te ocurre? -Inquirió Poseidón muy preocupado.
-N no lo sé. -Contestó la chica jadeando.
-Es el periodo. -Comentó Afrodita como si hablara de un vestido.
-¿Qué has dicho? ¿Has hecho que Percy tenga el periodo? -Inquirió el dios del mar muy molesto.
-Sí. Tiene que experimentar por su cuenta lo que significa ser mujer. Iba a hacerle sentir el dolor de un parto, pero no…
-¡Ni se te ocurra! -Chilló Poseidón.
Percy seguía retorciéndose. Sentía mareos y unas enormes ganas de vomitar.
-Deberías ir a ponerte una compresa. -Dijo Deméter.
La hija del dios del mar palideció aún más.
Sally se levantó y se acercó a Percy.
-Vamos cariño. Yo te ayudo.
La joven siguió a su madre dócilmente.
Llegaron a un baño y las mujeres entraron juntas en el mismo cubículo.
-¿C cómo…?
-Súbete el vestido.
Percy se ruborizó.
-Vamos cielo.
La joven ovedeció.
-Ahora bájate la ropa interior.
Con manos temblorosas, la morena hizo lo que Sally le ordenó.
-Siéntate en el retrete.
La ojiverde aún recelosa, se sentó.
Unos minutos después, tras varias explicaciones de Sally, muchos sonrojos por parte de Percy y sus torpes intentos, lograron salir del baño.
La joven seguía sintiendo aquel horrible dolor y también algo que le mojaba aquella cosa que se había puesto.
Llegaron al salón de los tronos y Percy se tumbó en un sillón hecha una bola.
Lee y Michael se miraron.
-Oye Percy… Si… emmm… quieres, puedo… esto… ayudarte con tu… dolor.
-¿En serio? ¡pues hazlo ya!
Michael se levantó de un salto y se acercó a la chica que le miraba intensamente.
El hijo de Apolo pensó que, a pesar de que era una chica, y de que aún quería a Tommy, no le importaría besar esos labios rojos.
-Tengo que… emmm… poner la mano en…
-¡Haz lo que sea Yew! ¡Y si tardas más, te atravesaré con mi espada!
-Percy con la menstruación es monstruosa. -Dijo Chris.
Muchos rieron.
Ella no prestó atención. Estaba muy ocupada observando a Michael.
-N necesitas una manta o algo. Tienes que… levantarte el vestido y… se te verá todo si no te cubres.
La ojiverde gimoteó.
-Ser mujer duele. -Se quejó.
Poseidón chasqueó los dedos e hizo aparecer una barrera que impedía que nadie viera a su pequeña. Solo Michael y él.
-Nadie va a verte. Solo el hijo de Apolo y yo.
La chica asintió y se subió el vestido.
-¿Me dejas tu camiseta para cubrirme? -Pidió Percy señalando sus braguitas.
Michael asintió, se la quitó y se la dio.
Percy se cubrió sus partes íntimas y permitió que el chico se acercara.
La semidiosa observó detenidamente al hijo de Apolo.
Era bastante bajito, pero sin camiseta no estaba nada mal.
Se podían apreciar algunos músculos, sobre todo en los brazos de manejar el arco.
Michael apoyó la mano con suavidad en el bajo vientre de la chica y dejó salir algo de su poder de sanación.
Ella sintió calor en la zona en la que el joven tenía su mano y no pudo retener un suspiro de alivio y satisfacción.
Michael acarició con suavidad la frente de ella, retirando un mechón de pelo húmedo con sus dedos.
Bajó la mano con lentitud hasta su mejilla.
-Siempre haces eso cuando te toca curarme alguna herida grave. -Susurró la chica.
Poseidón le permitió a Lee ver la escena cuando su hija se cubrió con la camiseta del moreno.
la barrera que había puesto, a parte de no permitir que nadie viese a través de ella, impedía que pudiesen escuchar lo que se decía.
-Sí. -Dijo Michael. -Sé que te tranquiliza.
El joven también susurraba.
-Cierto.
Michael iba a retirar la mano, pero una mano más pequeña se lo impidió.
Ambos semidioses se miraron a los ojos.
Percy entrelazó su mano con la del hijo de Apolo y subió la otra para acariciar la cara de Michael.
Luego, sin saber exactamente por qué, enredó los dedos en el pelo del sanador.
Como sus rostros estaban muy cerca, Percy no tuvo más que mover su cabeza ligeramente para capturar los labios de su amigo con los suyos.
El chico muy sorprendido, no reaccionó.
-Michael. -Susurró la chica. Sin separar sus labios por completo de los del joven.
-Percy. -Dijo el hijo de Apolo desesperado.
Y esta vez, unieron sus labios con pasión.
Poseidón hacía rato que había dejado de mirar y de escuchar la escena. Sentía que era algo muy íntimo.
Cerró la barrera por completo y esperó a que terminaran lo que tenían que hacer.
Él no sería el que se metería en los asuntos de su ahora hija.
Percy y Michael seguían besándose.
El dolor de la chica ya no estaba.
Tommy sospechaba lo que pasaba al otro lado de la barrera, pero no le daba importancia. Sabía que Michael sentía algo por Percy Jackson y no le importaba compartir a Michael. Él sabía que el hijo de Apolo le amaba, y con eso le bastaba. Y si algún día terminaban, Tommy sabía que sufriría pero no le importaba. Mientras Michael fuera feliz…
Unos minutos más tarde, Michael atravesó la barrera como si nada hubiera pasado. Tenía puesta su camiseta.
Poseidón esperó unos segundos para retirar la barrera y cuando lo hizo, vio a su hija sentada en el sillón jugando con una esfera de agua.
Luke carraspeó y comenzó a leer.
*-x-*
Capítulo 16. Cebra hasta Las Vegas.
*-x-*
-Ese título no me gusta. -Dijo Artemisa.
-Pues menos te va a gustar. -Murmuró Grover.
*-x-*
El dios de la guerra nos esperaba en el aparcamiento del restaurante.
—Bueno, bueno —dijo—. No os han matado.
*-x-*
Poseidón fulminó a Ares con la mirada.
*-x-*
—Sabías que era una trampa —le espeté.
Ares sonrió maliciosamente.
—Seguro que ese herrero lisiado se sorprendió al ver en la red a un par de críos estúpidos. Das el pego en la tele, chaval.
*-x-*
Hefesto le lanzó un martillo al dios de la guerra.
El objeto impactó contra su cabeza haciéndole un gran chichón.
El dios de las fraguas recuperó su martillo y siguió construyendo lo que fuese que tenía en las manos.
Mientras tanto, Hermes había chasqueado los dedos y transformó la ropa de Atenea en un ligero vestido verde bastante corto.
La diosa cerró las piernas con fuerza para evitar que se le viese algo, y Hermes sonrió.
El dios de los viajeros besaba su cuello haciendo que Atenea soltara pequeños gemidos sin poder evitarlo.
*-x-*
Le arrojé su escudo.
—Eres un cretino.
Malcolm y Grover contuvieron el aliento.
Ares agarró el escudo y lo hizo girar en el aire como una masa de pizza. Cambió de forma y se convirtió en un chaleco antibalas. Se lo colocó por la espalda.
*-x-*
Chris, Ethan y Luke silvaron con admiración.
Ares sonrió con arrogancia.
*-x-*
—¿Ves ese camión de ahí? —Señaló un tráiler de dieciocho ruedas aparcado en la calle junto alrestaurante—. Es vuestro vehículo. Os conducirá directamente a Los Ángeles con una parada en Las Vegas.
*-x-*
-¿Cuál es el truco? -Quiso saber Perséfone.
*-x-*
El camión llevaba un cartel en la parte trasera, que pude leer sólo porque estaba impreso al revés en blanco sobre negro, una buena combinación para la dislexia: «amabilidad internacional: TRANSPORTE DE ZOOS HUMANOS. PELIGRO: ANIMALES SALVAJES VIVOS.»
*-x-*
Artemisa le lanzó a Ares dagas con la mirada.
*-x-*
—Estás de broma —dije.
Ares chasqueó los dedos. La puerta trasera del camión se abrió.
—Billete gratis, pringado. Deja de quejarte. Y aquí tienes estas cosillas por hacer el trabajo.
*-x-*
Lee recordó brevemente las palabras de la nereida. "Cuidado con los regalos."
Luego negó con la cabeza y pensó que estaba siendo paranóico.
*-x-*
Sacó una mochila de nailon azul y me la lanzó. Contenía ropa limpia para todos, veinte pavos en metálico, una bolsa llena de dracmas de oro y una bolsa de galletas Oreo con relleno doble.
*-x-*
Muchos se relamieron.
*-x-*
—No quiero tus cutres… —empecé.
—Gracias, señor Ares —saltó Grover, dedicándome su mejor mirada de alerta roja—. Muchísimas gracias.
*-x-*
Algunas risitas se escucharon.
*-x-*
Me rechinaron los dientes. Probablemente era un insulto mortal rechazar algo de un dios, pero no quería nada que Ares hubiese tocado.
*-x-*
-Pues he tocado a Chase. ¿Eso significa que ya no lo quieres?
-¡Piérdete! -Gritó Percy.
-Eres una chica preciosa. ¿Lo sabías?
Ares miraba a la joven con lascibia.
Poseidón le fulminó con la mirada pero el otro dios ni se inmutó.
Ares se levantó de su trono y se acercó a la semidiosa.
-Tan joven…
-¡No te acerques más!
-Y luchadora. Justo como me gustan.
-Vamos a pasarlo muy bien tú y yo.
El dios de la guerra estaba sobre la semidiosa. Lo único que se tocaban eran sus narices.
Una flecha se clavó en el brazo del dios.
Él se giró muy enfadado dispuesto a gritarle a Apolo o incluso a Artemisa, pero la única persona que tenía el arco tenso, era el enano hijo del sol.
-¿Cómo te atreves mocoso?
-Así. -contestó el chico. Y lanzó otra flecha que le dio al dios en el hombro.
Ares muy enfadado, lanzó un cuchillo con extremada rapidez directamente al pecho del semidiós.
-La norma de no atacar a nadie se la pasa todo el mundo por el forro. -Comentó Dioniso mirando todavía aquel diario que contenía fotos de Apolo.
El dios del vino había intentado cambiarlas, pero no lo había conseguido.
Enfadado, lanzó el diario a través de la sala, y sorprendentemente, el cuchillo que Ares había lanzado se clavó en el diario salvando así la vida del semidiós.
Todos miraron asombrados a Dioniso. Él bufó e hizo aparecer otro libro entre sus manos.
No tenía nada escrito por fuera, así que nadie podía ver de qué se trataba.
Ares iba a lanzar otro cuchillo, pero Hestia se lo impidió.
Muy enfadado, volvió a su trono y se sentó.
*-x-*
A regañadientes, me eché la mochila al hombro. Sabía que mi ira se debía a la presencia del dios de la guerra, pero seguía teniendo ganas de aplastarle la nariz de un puñetazo. Me recordaba a todos los abusones a los que me había enfrentado: Nancy Bobofit, Clarisse, Gabe el Apestoso, profesores sarcásticos; todos los cretinos que me habían llamado «idiota» en la escuela o se habían reído de mí cada vez que me expulsaban.
*-x-*
-Prissy piensa en mí. Qué considerado.
-No te emociones Clarisse. -Dijo Malcolm.
-Tú cállate principito.
*-x-*
Miré el restaurante, que ahora tenía sólo un par de clientes. La camarera que nos había servido la cena nos miraba nerviosa por la ventana, como si temiera que Ares fuera a hacernos daño. Sacó al cocinero de la cocina para que también mirase. Le dijo algo. Él asintió, levantó una cámara y nos sacó una foto.
«Genial —pensé—. Mañana otra vez en los periódicos.» Ya me imaginaba el titular: «Delincuente juvenil propina paliza a motorista indefenso.»
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Todos rieron al imaginárselo.
Ares frunció el ceño.
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—Me debes algo más —le dije a Ares—. Me prometiste información sobre mi madre.
*-x-*
Sally miró a su hija con ternura.
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—¿Estás seguro de que la soportarás? —Arrancó la moto—. No está muerta.
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Todos los dioses se sorprendieron.
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Todo me dio vueltas.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que la apartaron de delante del Minotauro antes de que muriese. La convirtieron en un resplandor dorado, ¿no? Pues eso se llama metamorfosis. No muerte. Alguien la tiene.
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Los dioses se miraron entre ellos.
*-x-*
—¿La tiene? ¿Qué quieres decir?
—Necesitas estudiar los métodos de la guerra, pringado. Rehenes… Secuestras a alguien para controlar a algún otro.
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Clarisse sonrió sádicamente.
-loca. -Murmuró Malcolm.
-Remilgado. -Devolvió la hija de Ares.
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—Nadie me controla.
Se rió.
—¿En serio? Mira alrededor, chaval.
Cerré los puños.
—Sois bastante presuntuoso, señor Ares, para ser un tipo que huye de estatuas de Cupido.
*-x-*
-Percy carece del instinto de supervivencia. -Comentó Hermes después de lamerle la mejilla a Atenea.
la diosa quería salir corriendo despavorida.
-¿Super qué? -Preguntó la joven hija de Poseidón.
Muchos rieron.
*-x-*
Tras sus gafas de sol, el fuego ardió. Sentí un viento cálido en el pelo.
—Volveremos a vernos, Percy Jackson. La próxima vez que te pelees, no descuides tu espalda.
*-x-*
Percy resopló.
A Poseidón no le hizo gracia aquella amenaza.
*-x-*
Aceleró la Harley y salió con un rugido por la calle Delancy.
—Eso no ha sido muy inteligente, Percy —dijo Malcolm.
*-x-*
-Ya sabes listillo, que no suelo hacer cosas inteligentes. -Dijo Percy.
-Sesos de alga… -Suspiró el hijo de Atenea.
*-x-*
—Me da igual.
—No quieras tener a un dios de enemigo. Especialmente ese dios.
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-Chase tiene razón. -Dijo Ares.
-Ajá. -Dijo la hija de Poseidón.
*-x-*
—Eh, chicos —intervino Grover—. Detesto interrumpiros, pero… Señaló al comedor. En la caja registradora, los dos últimos clientes pagaban la cuenta, dos hombres vestidos con idénticos monos negros, con un logo blanco en la espalda que coincidía con el del camión:
«amabilidad internacional.»
*-x-*
-Ya sé a quien voy a convertir en ciervos. -Dijo Artemisa.
*-x-*
—Si vamos a tomar el expreso del zoo —prosiguió Grover—, debemos darnos prisa.
No me gustaba, pero no teníamos opción. Además, ya había tenido suficiente Denver. Cruzamos la calle corriendo, subimos a la parte trasera del camión y cerramos las puertas.
*-x-*
-Un viaje de ensueño. -Dijo Malcolm sarcástico.
*-x-*
Lo primero que me llamó la atención fue el olor. Parecía la caja de arena para gatos más grande del mundo.
El interior del camión estaba oscuro, hasta que destapé a Anaklusmos. La espada arrojó una débil luz broncínea sobre una escena muy triste. En una fila de jaulas asquerosas había tres de los animales de zoo más patéticos que había visto jamás: una cebra, un león albino y una especie de antílope raro.
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Artemisa estaba apretando los dientes con fuerza.
*-x-*
Alguien le había tirado al león un saco de nabos que claramente no quería comerse. La cebra y el antílope tenían una bandeja de polispán de carne picada. Las crines de la cebra tenían chicles pegados, como si alguien se hubiera dedicado a escupírselos. Por su parte, el antílope tenía atado a uno de los cuernos un estúpido globo de cumpleaños plateado que ponía: «¡Al otro lado de la colina!»
Al parecer, nadie había querido acercarse lo suficiente al león, y el pobre bicho se removía inquieto sobre unas mantas raídas y sucias, en un espacio demasiado pequeño, entre jadeos provocados por el calor que hacía en el camión. Tenía moscas zumbando alrededor de los ojos enrojecidos, y los huesos se le marcaban.
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Algunos dioses, Poseidón, Dioniso, Deméter, Perséfone y Artemisa, estaban parpadeando.
Los semidioses y Quirón cerraron los ojos y Lee saltó con rapidez del regazo del dios del mar y se acercó a Blake que estaba tumbado a los pies de Apolo.
Había sentido que Poseidón se estaba calentando y el calor se le hizo insoportable.
Un rato después, Michael abrió mucho los ojos mirando a su hermano.
-¡Lee!
-¿Qué pasa?
-¡Estás sangrando!
-Y tu ropa está ardiendo. -Intervino Percy antes de lanzarle un chorro de agua.
Al ser salada, Lee sintió bastante dolor.
No se había dado cuenta hasta ahora, pero sus brazos, espalda y piernas, tenían ampollas que supuraban y sangraban.
-Si huvieras permanecido allí unos segundos más, te habrías convertido en cenizas. -Dijo Atenea.
Poseidón seguía parpadeando sin percatarse de nada al igual que Deméter, Dioniso y Artemisa.
Perséfone ya se había calmado un poco.
Apolo movió la mano izquierda haciendo desaparecer la ropa de Lee dejándole solo con unos ajustados boxers negros.
-¿Te has quemado el culo? -Quiso saber Pólux mirándo al arquero con lujuria.
Apolo se apresuró a su lado y colocó un escudo en torno a ambos.
Le bajó levemente la ropa interior y comprobó que no tenía ampollas en esa zona.
Retiró el escudo y curó las heridas del joven.
-No puedo hacer más. Tendrás que permanecer sin ropa hasta que se te curen las heridas por completo.
Mientras decía ésto, aplicaba una crema en las zonas afectadas.
No creo que tarden mucho en cerrar.
Lee asintió y se sentó al lado de su hermano.
Blake se arrastró hacia él.
-Perro perezoso… -Rió Michael.
Luke siguió leyendo.
*-x-*
—¿Esto es amabilidad? —exclamó Grover—. ¿Transporte zoológico humano?
Seguro que habría salido otra vez a sacudirles a los camioneros con su flauta de juncos, y desde luego yo le habría ayudado, pero justo entonces el camión arrancó y el tráiler empezó a sacudirse, así que nos vimos obligados a sentarnos o caer al suelo.
*-x-*
-¡Yo si que les voy a sacudir! ¡Pero con mi tridente!
*-x-*
Nos apiñamos en una esquina junto a unos sacos de comida mohosos, intentando hacer caso omiso del hedor, el calor y las moscas. Grover intentó hablar con los animales mediante una serie de balidos, pero se lo quedaron mirando con tristeza. Malcolm estaba a favor de abrir las jaulas y liberarlos al instante, pero yo señalé que no serviría de nada hasta que el camión parara. Además, me daba la sensación de que teníamos mucho mejor aspecto para el león que aquellos nabos.
*-x-*
-No lo dudes Paula.
-¡Me llamo Percy!
-Lo que sea chica.
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Encontré una jarra de agua y les llené los cuencos, después usé a Anaklusmos para sacar la comida equivocada de sus jaulas. Le di la carne al león y los nabos a la cebra y el antílope.
*-x-*
Muchos le sonrieron a la semidiosa.
*-x-*
Grover calmó al antílope, mientras Malcolm le cortaba el globo del cuerno con su cuchillo. Quería también cortarle los chicles a la cebra, pero decidimos que sería demasiado arriesgado con los tumbos que daba el camión. Le dijimos a Grover que les prometiera a los animales que seguiríamos ayudándolos por la mañana, después nos preparamos para pasar la noche.
*-x-*
Hestia estaba muy contenta mirando las llamas del hogar.
Estaban bailando con colores vivos y brillantes.
*-x-*
Grover se acurrucó junto a un saco de nabos; Malcolm abrió una caja de nuestras Oreos con relleno doble y mordisqueó una sin ganas; yo intenté alegrarme pensando que ya estábamos a medio camino de Los Angeles. A medio camino de nuestro destino. Sólo estábamos a 14 de junio. El solsticio no era hasta el 21. Teníamos tiempo de sobra.
Por otro lado, no tenía idea de qué debía esperar. Los dioses no paraban de jugar conmigo. Por lo menos Hefesto había tenido la decencia de ser honesto: había puesto cámaras y me había anunciado como entretenimiento. Pero incluso cuando aquéllas aún no estaban rodando, había tenido la impresión de que mi misión era observada.
*-x-*
El dios de las fraguas se ruborizó levemente.
A Percy le asustaba la mirada tan intensa que Charles le estaba dedicando. Era como si… como si el hijo de Hefesto quisiera… devorarle (devorarla).
*-x-*
Yo no era más que una fuente de diversión para los dioses.
—Oye —me dijo Malcolm—, siento haber perdido los nervios en el parque acuático, Percy.
—No pasa nada.
—Es que… —Se estremeció—. ¿Sabes?, las arañas…
—¿Por la historia de Aracne? —supuse—. Acabó convertida en araña por desafiar a tu madre a ver quién tejía mejor, ¿verdad?
*-x-*
-Pero si sabe cosas y todo. -Dijo Atenea.
Hermes la distrajo acariciando uno de sus muslos.
la diosa abrió instintivamente las piernas y el dios metió la mano entre ellas.
Atenea al darse cuenta, intentó cerrarlas pero Hermes se lo impidió.
Acariciaba su sexo por encima de la ropa interior.
-Estás mojadita. -Susurró él en su oído.
Atenea sintió un enorme vulto en su trasero.
Intentó alejarse pero no podía.
-Si sigues moviéndote así, vas a hacer que me corra.
La diosa se quedó muy quieta.
Con un movimiento de sus dedos, Hermes dejó a la morena sin ropa interior.
-¿Pero qué…?
Él solo rió y siguió acariciando el sexo de la diosa.
-Hay menores. -Susurró élla.
Hermes bufó.
Luke decidió seguir leyendo.
La verdad era que los semidioses no podían ver exactamente lo que sucedía, pero sabían que era bastante privado.
*-x-*
Malcolm asintió.
—Los hijos de Aracne llevan vengándose de los de Atenea desde entonces. Si hay una araña a un kilómetro a la redonda, me encontrará. Detesto a esos bichejos. De todos modos, te la debo.
—Somos un equipo, ¿recuerdas? —dije—. Además, el vuelo molón lo ha hecho Grover.
Pensaba que estaba dormido, pero desde la esquina murmuró:
—¿A que he estado total?
*-x-*
-Sin duda. -Dijo Castor.
*-x-*
Malcolm y yo nos reímos. Sacó una Oreo y me dio la mitad.
—En el mensaje Iris… ¿de verdad Luke no dijo nada?
Mordisqueé mi galleta y pensé en cómo responder. La conversación del arco iris me había tenido preocupado durante toda la tarde.
—Luke me dijo que él y tú os conocéis desde hace mucho. También dijo que Grover no fallaría esta vez. Que nadie se convertiría en pino.
*-x-*
Thalia gruñó.
*-x-*
Al débil resplandor de la espada era difícil leer sus expresiones.
Grover baló lastimeramente.
—Debería haberte contado la verdad desde el principio. —Le tembló la voz—. Pensaba que si sabías lo bobo que era, no me querrías a tu lado.
*-x-*
Varios semidioses le dieron al sátiro una colleja.
-Definitivamente, va a salirte un tercer cuerno. -Dijo Lee.
*-x-*
—Eras el sátiro que intentó rescatar a Thalia, la hija de Zeus.
*-x-*
-Thalia, la hija de Zeus. -Dijo la teniente de Artemisa.
-¿A caso eres Thalia la cara pino hija de Dioniso? -Preguntó Percy de manera inocente.
La cazadora gruñó.
*-x-*
Asintió con tristeza.
—Y los otros dos mestizos de los que se hizo amiga Thalia, los que llegaron sanos y salvos al campamento… —Miré a Malcolm—. Erais tú y Luke, ¿verdad?
*-x-*
-no, eran Ethan y Drew. -Dijo Chris.
-¡Oye! No quiero saber nada de… esa…
-Pero si Tanaca es encantadora. -Dijo Lee.
-Y yo tengo los dos ojos. -Refunfuñó Ethan con sarcasmo.
*-x-*
Malcolm dejó su Oreo sin comer.
—Como tú dijiste, Percy, una mestiza de siete años no habría llegado muy lejos sola. Atenea me guió hacia la ayuda. Thalia tenía doce; Luke, catorce. Los dos habían huido de casa, como yo. Les pareció bien llevarme. Eran… unos luchadores increíbles contra los monstruos, incluso sin entrenamiento. Viajamos hacia el norte desde Virginia, sin ningún plan real, evitando monstruos hasta que Grover nos encontró.
*-x-*
Thalia, Malcolm y Luke se miraron recordando esos días.
*-x-*
—Se suponía que tenía que escoltar a Thalia al campamento —dijo Grover entre sollozos—. Sólo a Thalia. Tenía órdenes estrictas de Quirón: no hagas nada que ralentice el rescate. Verás, sabíamos que Hades le iba detrás, pero no podíamos dejar a Luke y Malcolm solos. Pensé… que podría llevarlos a los tres sanos y salvos. Fue culpa mía que nos alcanzaran las Benévolas. Me quedé en el sitio. Me asusté de vuelta al campamento y me equivoqué de camino. Si hubiese sido un poquito más rápido…
*-x-*
-Eres un sátiro bastante tonto si crees que es culpa tuya. -Dijo Luke.
Grover suspiró.
*-x-*
—Ya basta —lo interrumpió Malcolm—. Nadie te echa la culpa. Thalia tampoco te culpaba.
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-Claro que no lo hago niño cabra.
La chica se levantó y abrazó a Grover con fuerza.
Él sedejó hacer.
*-x-*
—Se sacrificó para salvarnos. Murió por mi culpa. Así lo dijo el Consejo de los Sabios Ungulados.
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-Esos viejos gordos no tienen ni idea de nada. -Espetó Percy.
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—¿Porque no pensabas dejar a otros dos mestizos atrás? —dije—. Eso es injusto.
—Percy tiene razón —convino Malcolm—. Yo no estaría aquí hoy de no ser por ti, Grover. Ni Luke. No nos importa lo que diga el Consejo.
Grover siguió sollozando en la oscuridad.
—¡Menuda suerte tengo! Soy el sátiro más torpe de todos los tiempos y voy a dar con los dos mestizos más poderosos del siglo, Thalia y Percy.
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-Es verdad, ahora que lo pienso, tú has encontrado a los hijos de los dioses grandes. -Dijo Quirón.
El sátiro se sonrojó.
-Eres nuestro sátiro favorito. -Comentó Malcolm.
*-x-*
—No eres torpe —insistió Malcolm—. Y eres más valiente que cualquier otro sátiro que haya conocido. Nómbrame alguno que se atreva a ir al inframundo. Seguro que Percy también se alegra de que estés aquí.
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-Siempre. -Dijo la semidiosa.
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Me dio una patada en la espinilla.
—Sí —contesté, aunque lo habría dicho incluso sin la patada—. No fue la suerte lo que hizo que nos encontraras a Thalia y a mí, Grover. Eres el sátiro con más buen corazón del mundo. Eres un buscador nato. Por eso serás el que encuentre a Pan.
*-x-*
Muchos sonrieron.
Grover se sentía muy agradecido.
*-x-*
Oí un hondo suspiro de satisfacción. Esperé que Grover dijera algo, pero sólo volvió más pesada su respiración. Cuando empezó a roncar, me di cuenta de que se había dormido.
—¿Cómo lo hará? —me asombré.
—No lo sé —repuso Malcolm—. Pero ha sido muy bonito eso que le has dicho.
—Hablaba en serio.
Guardamos silencio varios kilómetros, zarandeados contra los sacos de comida. La cebra comía nabos.
El león lamía lo que quedaba de carne picada y me miraba esperanzado.
*-x-*
Dioniso apretó los puños.
Les entregaría a esos hombres a las ménades.
*-x-*
Malcolm se frotó el collar como si estuviera concentrado pensando.
—Esa cuenta del pino —le pregunté—, ¿es del primer año?
Miró el collar. No se había dado cuenta de lo que estaba haciendo.
—Sí —contestó—. Cada agosto, los consejeros eligen el evento más importante del verano y lo pintan en las cuentas de ese año. Tengo el pino de Thalia, un trirreme griego en llamas, un centauro con traje de graduación… Bueno, ése sí que fue un verano raro…
*-x-*
Luke rió acordándose.
las cuentas son mejor que lo que hacen en el campamento Júpiter. -Murmuró Percy frotándose el brazo.
*-x-*
—¿Y el anillo universitario es de tu padre?
—Eso no es asunto… —Se detuvo—. Sí. Sí que lo es.
—No tienes que contármelo.
—No… no pasa nada. —Inspiró con dificultad—. Mi padre me lo envió metido en una carta, hace dos veranos. El anillo era… En fin, su mayor recuerdo de Atenea. No habría superado su doctorado en Harvard sin ella… Bueno, es una larga historia. En cualquier caso, dijo que quería que lo tuviera. Se disculpó por haber sido un estúpido, dijo que me quería y me echaba de menos. Quería que volviera a casa y viviera con él.
*-x-*
Frederic suspiró acariciando el pelo de su hijo.
*-x-*
—Eso no suena tan mal.
—Sí, bueno… El problema es que me lo creí. Intenté volver a casa aquel año académico, pero mi madrastra seguía como siempre. No quería que sus hijos corrieran peligro por vivir con un bicho raro.
*-x-*
El padre de Malcolm apretó los dientes disgustado consigo mismo.
*-x-*
Los monstruos atacaban. Peleábamos. Los monstruos atacaban. Peleábamos. No llegué a las vacaciones de Navidad. Llamé a Quirón y volví directamente al Campamento Mestizo.
—¿Crees que podrás vivir con tu padre otra vez?
No me miraba a los ojos.
—Por favor. Paso de autoinfligirme daño.
—No deberías desistir —le dije—. Deberías escribirle una carta o algo así.
—Gracias por el consejo —me dijo fríamente—, pero mi padre ha escogido con quién quiere vivir.
*-x-*
Malcolm abrazó a Frederic con fuerza.
Se sentía tan bien allí, en su pecho…
*-x-*
Guardamos silencio durante unos cuantos kilómetros.
—Así que si los dioses pelean —dije al cabo—, ¿se alinearán del mismo modo que en la guerra de Troya? ¿Irá Atenea contra Poseidón?
Malcolm apoyó la cabeza en la mochila que Ares nos había dado y cerró los ojos.
—No sé qué hará mi madre. Sólo sé que yo lucharé en tu bando.
*-x-*
Percy y Malcolm se sonrieron.
Lo habían dejado, pero eran muy buenos amigos. Y eso no cambiaría pasara lo que pasase.
*-x-*
—¿Por qué?
—Porque eres mi amigo, sesos de alga. ¿Alguna otra pregunta idiota?
*-x-*
Atenea y Poseidón se fulminaron con la mirada.
El dios del mar aún no se había calmado del todo, así que no le había pedido a Lee que volviera con él.
*-x-*
No se me ocurría qué decir. Afortunadamente no tuve que hacerlo. Malcolm se había dormido.
Yo tuve problemas para seguir su ejemplo, con Grover roncando y un león albino mirándome hambriento, pero al final cerré los ojos.
La pesadilla se inició como algo que había soñado antes un millón de veces: me obligaban a realizar un examen oficial metido en una camisa de fuerza. Los demás chicos estaban saliendo al patio y el profesor no paraba de decir: «Venga, Percy. No eres tonto, ¿verdad? Agarra el lápiz.»
*-x-*
Muchos sintieron un escalofrío.
-Sueñas cosas muy raras. -Dijo Charles.
Percy atinó a asentir.
El hijo de Hefesto aún seguía mirándole como aquel león hambriento del camión.
*-x-*
Y entonces el sueño se desviaba de su camino habitual.
Miraba hacia el pupitre de al lado y veía a una chica sentada allí, también con camisa de fuerza. Tenía mi edad, el pelo negro y revuelto, peinado a lo punk, los ojos verdes y tormentosos pintados con lápiz oscuro, y pecas en la nariz. De algún modo, sabía quién era: Thalia, hija de Zeus.
*-x-*
-Has acertado en todo menos en los ojos. -Comentó la teniente de Artemisa.
Percy sonrió.
*-x-*
Ella forcejeaba con la camisa de fuerza, me lanzaba una airada mirada de frustración y espetaba:
—Bueno, sesos de alga. Uno de los dos tendrá que salir de aquí.
*-x-*
-Hasta has plasmado su carácter. -Rió Luke.
*-x-*
«Tiene razón —pensaba yo en el sueño—. Voy a volver a esa cueva. Voy a darle a Hades mi opinión.»
La camisa de fuerza se desvanecía. Caía a través del suelo de la clase. La voz del maestro se volvía fría y malvada, resonando desde las profundidades de un gran abismo.
*-x-*
Hades se estremeció.
Que su familia dijera lo que quisiera, pero él sabía que no había robado ese estúpido rayo.
*-x-*
—Percy Jackson —decía—. Sí, veo que el intercambio ha funcionado.
Estaba otra vez en la caverna oscura, los espíritus de los muertos vagaban alrededor. Oculta en el foso, la cosa monstruosa hablaba, pero esta vez no se dirigía a mí. El poder entumecedor de su voz parecía dirigido hacia otro lugar.
—¿Y no sospecha nada? —preguntaba. Otra voz, una que me resultaba conocida, respondía a mi espalda:
—Nada, mi señor. Está totalmente en la inopia.
*-x-*
Muchos miraron a Luke con disimulo.
Al final se había arrepentido, pero algunos le guardaban rencor porque habían perdido a muchos semidioses por su culpa.
*-x-*
Yo miraba, pero no había nadie. El que hablaba era invisible.
—Un engaño tras otro —musitaba la cosa del foso—. Excelente.
—En serio, mi señor —decía la voz a mi lado—, hacen bien en llamaros el Retorcido, pero ¿era esto realmente necesario? Podría haberos traído lo que robé directamente…
*-x-*
-¿El retorcido? -Preguntó Poseidón. -¿He oído bien?
Luke asintió.
Los dioses se miraron entre ellos.
-Debe haber algún error. -Sentenció Zeus.
-Pero… -intervino Deméter.
-¡He dicho que es un error!
*-x-*
—¿Tú? —se burlaba el monstruo—. Has mostrado tus límites con creces. Me habrías fallado por completo de no haber intervenido yo.
—Pero, mi señor…
—Haya paz, pequeño sirviente. Estos seis meses nos han rendido mucho. La ira de Zeus ha aumentado. Poseidón ha jugado su carta más desesperada. Ahora la usaremos contra él. Pronto obtendrás la recompensa que deseas, y tu venganza. En cuanto ambos objetos me sean entregados… Pero espera. Está aquí.
*-x-*
-¿Dos objetos? -Preguntó Hades.
-Sí. -Contestó Malcolm muy tenso.
*-x-*
—¿Qué? —El sirviente invisible de repente parecía tensarse—. ¿Lo habéis convocado, mi señor?
—No. —El monstruo centraba toda la fuerza de su atención en mí, dejándome inmóvil en el sitio—.
Maldita sea la sangre de su padre: es demasiado voluble, demasiado impredecible. El chico ha venido solo.
—¡Imposible! —gritaba el sirviente.
—¡Para un débil como tú, puede! —rugía la voz. Entonces su frío poder se volvía hacia mí—. Así que… ¿quieres soñar con tu misión, joven mestizo? Pues te lo concederé.
*-x-*
-Es que mi… ahora hija… Es increíble.
-Creía que el del gran ego era Apolo. -Dijo Artemisa.
-Por supuesto… -Contestó el dios del sol.
Algunos se rieron.
El dios al darse cuenta de lo que había pasado, exclamó:
-¡Oye!
*-x-*
La escena cambiaba.
Estaba de pie en un enorme salón del trono con paredes de mármol negro y suelos de bronce. El trono, vacío y horrendo, estaba hecho de huesos humanos soldados.
*-x-*
Mi trono no es horrendo. Está hecho de la mejor calidad. Solo huesos de los peores criminales del mundo.
-Eso lo vuelve mucho mejor. -Ironizó Zeus.
*-x-*
De pie, junto al pedestal, estaba mi madre, helada en una luz dorada reluciente, con los brazos extendidos.
Intentaba acercarme a ella, pero las piernas no me respondían. Estiraba los brazos para alcanzarla, pero sólo para comprobar que se me estaban secando hasta los huesos. Esqueletos sonrientes con armaduras griegas se cernían sobre mí, me envolvían en una túnica de seda y me coronaban con laureles que olían como el veneno de Quimera y me quemaban la piel.
*-x-*
-me encanta mi palacio. -Suspiró Hades.
-¿Por qué tienes tú a su madre? -Inquirió Deméter.
-Y yo que sé.
*-x-*
La voz malvada se echaba a reír.
—¡Salve, héroe conquistador!
*-x-*
-Horrible. -Opinó Silena.
*-x-*
Desperté con un sobresalto.
Grover me sacudía por el hombro.
—El camión ha parado —dijo—. Creemos que vendrán a ver los animales.
—¡Escóndete! —susurró Malcolm.
Él lo tenía fácil. Se puso la gorra de invisibilidad y desapareció. Grover y yo tuvimos que escondernos detrás de unos sacos de comida y confiar en parecer nabos.
Las puertas traseras chirriaron al abrirse. La luz del sol y el calor se colaron dentro.
—¡Qué asco! —rezongó uno de los camioneros mientras sacudía la mano por delante de su fea nariz—. Ojalá transportáramos electrodomésticos. —Subió y echó agua de una jarra en los platos de los animales—. ¿Tienes calor, chaval? —le preguntó al león, y le vació el resto del cubo directamente en la cara.
El león rugió, indignado.
—Vale, vale, tranquilo —dijo el hombre.
*-x-*
-Deberíais haber soltado al león para que se comiese a esos indeseables vivos. -Espetó Artemisa.
*-x-*
A mi lado, bajo los sacos de nabos, Grover se puso tenso. Para ser un herbívoro amante de la paz, parecía bastante mortífero, la verdad.
*-x-*
-¡Niño cabra al ataque! -Gritó Pólux.
*-x-*
El camionero le lanzó al antílope una bolsa de Happy Meal aplastada.
*-x-*
-Con lo fan que es Nico de esas hamburguesas, seguro que se cargaría a ese tipo. -Comentó Percy.
Bianca sonrió al escuchar el nombre de su hermano.
-¿Cómo está él? -preguntó con timidez.
Percy dudó.
-Bien. -Contestó finalmente.
-(Aunque no gracias a ti.) -Pensó la hija del dios del mar.
Bianca sonrió.
-Eso me hace muy feliz.
Percy se tragó un bufido.
*-x-*
Le dedicó una sonrisita malévola a la cebra.
—¿Qué tal te va, Rayas? Al menos de ti nos deshacemos en esta parada. ¿Te gustan los espectáculos demagia? Éste te va a encantar. ¡Van a serrarte por la mitad!
*-x-*
-¡A ti si te voy a serrar por la mitad! ¡Pero con un palo de madera para que te duela más! -Gritó Poseidón.
Los semidioses se giraron a tiempo, porque el dios del mar había recuperado su forma divina.
Un temblor hizo caer varias cosas que había colgadas en las paredes.
Poseidón respiró hondo y se sentó en su trono.
*-x-*
La cebra, aterrorizada y con los ojos como platos, me miró fijamente.
No emitió sonido alguno, pero la oí decir con nitidez: «Por favor, señor, liberadme.» Me quedé demasiado conmocionado para reaccionar.
*-x-*
Poseidón sonrió un poco.
*-x-*
Se oyeron unos fuertes golpes a un lado del camión.
El camionero gritó:
—¿Qué quieres, Eddie?
Una voz desde fuera —sería la de Eddie—, gritó:
—¿Maurice? ¿Qué dices?
—¿Para qué das golpes?
Toc, toc, toc.
Desde fuera, Eddie gritó:
—¿Qué golpes?
Nuestro tipo, Maurice, puso los ojos en blanco y volvió fuera, maldiciendo a Eddie por ser tan imbécil.
Un segundo más tarde, Malcolm apareció a mi lado. Debía de haber dado los golpes para sacar a Maurice del camión.
*-x-*
-Buena idea. -Dijo Quirón.
Atenea estaba bastante distraída con los dedos de Hermes en su interior.
Había tenido ya dos orgasmos y el tercero no tardaría en llegar.
Hermes tamnién había eyaculado en sus pantalones.
El dios prefería a Apolo para estos… juegos, pero se conformaría con Atenea de momento.
Ya habría tiempo para asaltar al dios de la curación como era debido.
*-x-*
—Este negocio de transporte no puede ser legal —dijo.
—No me digas —contestó Grover. Se detuvo, como si estuviera escuchando—. ¡El león dice que estos tíos son contrabandistas de animales!
«Es verdad», me dijo la voz de la cebra en mi mente.
—¡Tenemos que liberarlos! —sugirió Grover, y tanto él como Malcolm se quedaron mirándome, esperando que los dirigiera.
Había oído hablar a la cebra, pero no al león. ¿Por qué? Quizá se debiera a otra disfunción cognitiva…
*-x-*
-Claaaroo. -Dijo Thalia.
-Sesos de alga. -Comentó Malcolm.
*-x-*
Quizá sólo podía entender a las cebras. Entonces pensé: caballos. ¿Qué había dicho Malcolm sobre que Poseidón había creado los caballos? ¿Se parecía una cebra lo suficiente a un caballo? ¿Por eso era capaz de entenderla?
*-x-*
-Vas progresando. -Dijo Atenea con sorna.
*-x-*
La cebra dijo: «Ábrame la jaula, señor. Por favor. Después yo me las apañaré por mi cuenta.»
Fuera, Eddie y Maurice aún seguían gritándose, pero sabía que volverían en cualquier momento para atormentar otra vez a los animales. Empuñé la espada y destrocé el cerrojo de la jaula de la cebra. El pobre animal salió corriendo. Se volvió y me hizo una reverencia con la cabeza. «Gracias, señor.»
*-x-*
Artemisa y Poseidón sonrieron a Percy.
Entonces, el dios del mar dirigió la vista hasta Lee y se dio cuenta de que estaba en ropa interior.
-¿Por qué estás en…? -Se interrumpió abruptamente cuando vio las marcas rojas en uno de los brazos del semidiós.
Poseidón se acercó donde estaba su compañero.
Hizo que se levantara y le dio la vuelta.
Jadeó horrorizado.
-¿Eso te lo he hecho yo?
El hijo de Apolo asintió.
El dios comvocó una esfera de agua de un manantial y la pasó por las heridas del joven.
Lee esperaba que le doliera, pero no fue así.
Cuando acabó, vieron como las heridas habían desaparecido.
Poseidón le vistió con una camiseta naranja y unos vaqueros y le abrazó.
-Lo siento amor. -Le susurró al oído.
-Estoy bien.
Lee se dio la vuelta y abrazó al dios que estaba muy angustiado.
Poseidón cogió al joven de la mano y se sentó en su trono.
Lee dio un pequeño salto y se acomodó en su regazo.
Ambos se besaron con dulzura.
Un rato más tarde, Luke continuó la lectura.
*-x-*
Grover levantó las manos y le dijo algo a la cebra en idioma cabra, una especie de bendición.
Justo cuando Maurice volvía a meter la cabeza dentro para ver qué era aquel ruido, la cebra saltó por encima de él y salió a la calle. Se oyeron gritos y bocinas. Nos abalanzamos sobre las puertas del camión a tiempo de ver a la cebra galopar por un ancho bulevar lleno de hoteles, casinos y letreros de neón a cada lado. Acabábamos de soltar una cebra en Las Vegas.
*-x-*
-Bien hecho. -Felicitó Poseidón.
*-x-*
Maurice y Eddie corrieron detrás de ella, y a su vez unos cuantos policías detrás de ellos, que gritaban:
—¡Eh, para eso necesitan un permiso!
*-x-*
Hermes reía como loco.
*-x-*
—Este sería un buen momento para marcharnos —dijo Malcolm.
*-x-*
-Los animales primero. -Dijo Thalia.
*-x-*
—Los otros animales primero —intervino Grover.
Rompí los cerrojos con la espada. Grover levantó las manos y les dedicó la misma bendición caprina que a la cebra.
—Buena suerte —les dije a los animales. El antílope y el león salieron de sus jaulas con ganas y se lanzaron juntos a la calle.
*-x-*
-¡Sí! -Chilló Dioniso.
Artemisa sonrió.
*-x-*
Algunos turistas gritaron. La mayoría sólo se apartaron y sacaron fotos, probablemente convencidos de que era algún espectáculo publicitario de los casinos.
—¿Estarán bien los animales? —le pregunté a Grover—. Quiero decir, con el desierto y tal…
—No te preocupes —me contestó—. Les he puesto un santuario de sátiro.
—¿Que significa?
—Significa que llegarán a la espesura a salvo —dijo—. Encontrarán agua, comida, sombra, todo lo que necesiten hasta hallar un lugar donde vivir a salvo.
—¿Por qué no nos echas una bendición de ésas a nosotros? —le pregunté.
—Sólo funciona con animales salvajes.
*-x-*
-Así que solo le afectaría a Percy. -Comentó Thalia.
*-x-*
—Así que sólo afectaría a Percy —razonó Malcolm.
*-x-*
La cazadora y el hijo de Atenea chocaron los cinco.
*-x-*
—¡Eh! —protesté.
—Es una broma —contestó—. Vamos, salgamos de este camión asqueroso.
Salimos a trompicones a la tarde en el desierto. Debía de haber cuarenta y cinco grados, así que seguramente parecíamos vagabundos refritos, pero todo el mundo estaba demasiado interesado en los animales salvajes para prestarnos atención.
Pasamos junto al Monte Casio y el MGM. Dejamos atrás unas pirámides, un barco pirata y la estatua de la Libertad, una réplica bastante pequeña pero que me provocó la misma añoranza.
No estaba seguro de qué íbamos buscando. Tal vez sólo un lugar donde librarnos del calor por unos instantes, encontrar un sandwich y un vaso de limonada y trazar un nuevo plan para llegar a LosÁngeles.
*-x-*
Odio el calor extremo. Soy más del frío. -Dijo Tommy.
-Y estás con un hijo del dios del sol. Vaya ironía. -Apostilló Ethan.
*-x-*
Debimos de girar en el lugar equivocado, porque de repente nos encontramos en un callejón sin salida, delante del Hotel Casino Loto.
*-x-*
Bianca frunció el ceño.
Hades se preocupó.
Sabía que si entraban allí, sería muy difícil que salieran por sus propios medios. Por no decir imposible.
Además, el tiempo allí no pasaba de la misma forma que en el exterior del casino. Por eso encerró allí a sus hijos.
*-x-*
La entrada era una enorme flor de neón cuyos pétalos se encendían y parpadeaban. Nadie salía ni entraba, pero las brillantes puertas cromadas estaban abiertas, y del interior emergía un aire acondicionado con aroma de flores: flores de loto, quizá. Jamás las había olido, así que no estaba seguro.
El portero nos sonrió.
—Ey, chicos. Parecéis cansados. ¿Queréis entrar y sentaros?
Durante la última semana había aprendido a sospechar. Suponía que cualquiera podía ser un monstruo o un dios. No se podía saber. Pero aquel tipo era normal. Saltaba a la vista. Además, me sentí tan aliviado al oír a alguien que parecía comprensivo que asentí y le dije que nos encantaría entrar.
*-x-*
Bianca gimió.
*-x-*
Dentro, echamos un vistazo y Grover exclamó:
—¡Uau!
El recibidor entero era una sala de juegos gigante. Y no me refiero a los comecocos cutres o las máquinas tragaperras. Había un tobogán de agua que rodeaba el ascensor de cristal como una serpiente, de una altura de por lo menos cuarenta plantas. Había un muro de escalar a un lado del edificio, así como un puente desde el que hacer puenting. Y cientos de videojuegos, cada uno del tamaño de una televisión gigante. Básicamente, tenía todo lo que se te pueda ocurrir.
*-x-*
-Yo quiero ir. -Dijeron casi todos los semidioses de la sala.
-Creo que no sería buena idea. -Indicó Bianca.
-¿Bromeas? ¡Suena al paraíso! -Exclamó Chris.
-Claro. -Dijo la hermana de Nico.
*-x-*
Vi a otros chicos jugando, pero no muchos. No había que esperar para ningún juego. Por todas partes se veían camareras y bares que servían todo tipo de comida.
—¡Eh! —dijo un botones. Por lo menos eso me pareció. Llevaba una camisa hawaiana blanca y amarilla con dibujos de lotos, pantalones cortos y chanclas—. Bienvenidos al Casino Loto. Aquí tienen la llave de su habitación.
*-x-*
-Esto empieza a ser extraño. -Comentó Michael.
-Tonterías. -Contradijo Ethan.
*-x-*
—Esto, pero… —mascullé.
—No, no —dijo sonriendo—. La cuenta está pagada. No tienen que pagar nada ni dar propinas. Sencillamente suban a la última planta, habitación cuatro mil uno. Si necesitan algo, como más burbujas para la bañera caliente, o platos en el campo de tiro, lo que sea, llamen a recepción. Aquí tienen sus tarjetas LotusCash. Funcionan en los restaurantes y en todos los juegos y atracciones.
*-x-*
Bianca recordó entonces a tres jóvenes desaliñados. Nico los había señalado y había dicho algo. Pero ella no le prestó atención.
Después recordó que Nico y ella estaban en la cuatro mil dos.
*-x-*
Nos entregó a cada uno una tarjeta de crédito verde.
Sabía que tenía que tratarse de un error. Evidentemente pensaba que éramos los hijos de algún millonario. Pero acepté la tarjeta y pregunté:
—¿Cuánto hay aquí?
—¿Qué quiere decir? —inquirió con ceño.
—Quiero decir que… ¿cuánto se puede gastar aquí?
Se rió.
—Ah, estaba bromeando. Bueno, eso mola. Disfruten de su estancia.
*-x-*
-Vaaalee. Esto es extraño. -Dijo Michael de nuevo.
Chris bufó.
*-x-*
Subimos al ascensor y buscamos nuestra habitación. Era una suite con tres dormitorios separados y un bar lleno de caramelos, refrescos y patatas. Línea directa con el servicio de habitaciones. Toallas mullidas, camas de agua y almohadas de plumas. Una gran pantalla de televisión por satélite e internet de alta velocidad. En el balcón había otra bañera de agua caliente y, como había dicho el botones, una máquina para disparar platos y una escopeta, así que se podían lanzar palomas de arcilla por encima del horizonte de Las Vegas y llenarlas de plomo. Yo no creía que aquello fuera legal, pero desde luego molaba. La vista de la Franja, la calle principal de la ciudad, y el desierto era alucinante, aunque dudaba que tuviera tiempo para admirar la vista con una habitación como aquélla.
—¡Madre mía! —exclamó Malcolm—. Este sitio es…
—Genial —concluyó Grover—. Absolutamente genial.
Había ropa en el armario, de mi talla. Puse cara de extrañeza.
*-x-*
Poseidón frunció el ceño.
*-x-*
Tiré la mochila de Ares a la basura. Ya no iba a necesitarla. Cuando nos marcháramos, podría apuntar otra a mi cuenta en la tienda del hotel. Me di una ducha, que me sentó fenomenal tras una semana de viaje mugriento. Me cambié de ropa, comí una bolsa de patatas, bebí tres Coca-Colas y acabé sintiéndome mejor que en mucho tiempo. En el fondo de mi mente, algún problemilla seguía incordiándome. Habría tenido un sueño o algo… tenía que hablar con mis amigos. Pero estaba seguro de que podía esperar.
*-x-*
Hades suspiró.
-Esto no va a ir bien. -Murmuró.
*-x-*
Salí de la habitación y descubrí que Malcolm y Grover también se habían duchado y cambiado de ropa. Grover comía patatas con fruición, mientras Malcolm encendía el canal del National Geographic.
—Con todos los canales que hay —le dije—, y tú pones el National Geographic. ¿Estás majara?
—Emiten programas interesantes.
—Me siento bien —comentó Grover—. Me encanta este sitio.
Sin que reparara siquiera en ello, las alas de sus zapatillas se desplegaron y por un momento lo levantaron treinta centímetros del suelo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Malcolm—. ¿Dormimos?
*-x-*
-Mejor que os marchéis cuanto antes. -Dijo Bianca.
*-x-*
Grover y yo nos miramos y sonreímos. Ambos levantamos nuestras tarjetas de plástico verde LotusCash.
—Hora de jugar —dije.
*-x-*
-Solo espero que hayan podido completar la misión. -Murmuró Hades.
*-x-*
No recordaba la última vez que me lo había pasado tan bien. Venía de una familia relativamente pobre.
Nuestra idea de derroche era salir a comer a un Burger King y alquilar un vídeo. ¿Un hotel de Las Vegas de cinco estrellas? Ni hablar.
*-x-*
Sally se ruborizó.
*-x-*
Hice puenting en el recibidor cinco o seis veces, bajé por el tobogán, practiqué snowboard en la ladera de nieve artificial y jugué a un juego de realidad virtual con pistolas láser y a otro de tiro al blanco del FBI. Vi a Grover unas cuantas veces, pasando de juego en juego. Le encantó el cazador cazado: donde el ciervo sale a disparar a los sureños.
*-x-*
-Ese suena genial. -Aprobó Thalia.
*-x-*
Vi a Malcolm jugar a juegos de trivial y otras cosas para cerebritos. Tenían un juego enorme de simulación en 3D en el que construías tu propia ciudad y, de hecho, veías los edificios holográficos levantarse en el tablero.
*-x-*
-Seguro que a Malcolm le encantó ese juego. -Comentó Luke con una sonrisa.
*-x-*
A mí no me pareció gran cosa, pero a él le encantó.
No sé en qué momento me di cuenta de que algo iba mal.
*-x-*
-Me sorprende que haya sido un hijo de Poseidón el que se haya dado cuenta y no el de Atenea. -Comentó Hades.
*-x-*
Probablemente fue cuando reparé en el chico que tenía a mi lado en el tiro al blanco de realidad virtual.
Tendría unos trece años, pero llevaba ropa muy rara. Pensé que sería hijo de algún imitador de Elvis.
Vestía vaqueros de campana y una camiseta roja con estampado de tubos negros, y llevaba el pelo repeinado con gomina como un chico de Nueva Jersey en la fiesta de principio de curso.
Jugamos una partida juntos y dijo:
—Cómo enrolla, colega. Llevo aquí dos semanas y los juegos no dejan de mejorar.
«¿Cómo enrolla?»
*-x-*
-Esa expresión es de los años setenta o por ahí. -Dijo Ethan.
*-x-*
Más tarde, mientras hablábamos, dije que algo «desentonaba» y me miró sorprendido, como si nunca hubiera oído la palabra. Se llamaba Darrin, pero en cuanto empecé a hacerle preguntas, se aburrió de mí y regresó a la pantalla.
—Eh, Darrin.
—¿Qué?
—¿En qué año estamos? —le pregunté.
*-x-*
-Buena pregunta. -Aprobó Hades.
Muchos se extrañaron.
*-x-*
Puso ceño.
—¿En el juego?
—No. En la vida real.
Tuvo que pararse a pensarlo.
—En mil novecientos setenta y siete.
*-x-*
Los campistas se miraron.
-¿Qué dice? -Inquirió Michael.
*-x-*
—No —dije, y empecé a preocuparme—. En serio.
—Oye, tío, me das malas vibraciones. Tengo una partida que atender.
Después de eso, me ignoró por completo.
Empecé a hablar con los demás, y descubrí que no era fácil. Estaban pegados a la pantalla del televisor, o al videojuego, o a su comida, o a lo que fuera. Encontré un tipo que me dijo que estábamos en 1985;
otro, que en 1993. Todos aseguraban que no llevaban demasiado tiempo, sólo unos días, como mucho unas semanas. En realidad ni lo sabían ni les importaba.
Entonces se me pasó por la cabeza: ¿cuánto tiempo llevaba yo allí? Parecía sólo un par de horas, pero ¿cuánto había sido? Intenté recordar por qué estábamos allí. íbamos a Los Ángeles. Teníamos que encontrar la entrada del inframundo. Mi madre… Por un horrible instante me costó recordar su nombre.
*-x-*
-Ya no suena tan divertido. -Dijo Castor.
-Bueno… Un sitio sin monstruos… No está del todo mal. -Opinó Ethan.
-Si lo pones así… -Dijo Lee pensativo.
Poseidón gruñó y abrazó más a Lee contra sí.
*-x-*
Sally. Sally Jackson. Tenía que dar con ella. Tenía que evitar que Hades causara la Tercera Guerra Mundial.
*-x-*
El dios del inframundo bufó molesto.
Hermes ya se estaba aburriendo con Atenea.
Le gustaba incomodarla, pero prefería tener encima a otra persona.
*-x-*
Encontré a Malcolm aún construyendo su ciudad.
—Venga —le dije—. Nos marchamos.
No hubo respuesta. Le sacudí por los hombros.
—¿Malcolm? —Pareció molestarse.
—¿Qué?
—Tenemos que irnos.
—¿Irnos? ¿De qué estás hablando? Si acabo de construir las torres…
*-x-*
-Y se supone que tus hijos son los inteligentes… -Resopló Perséfone.
*-x-*
—Este sitio es una trampa.
No respondió hasta que volví a sacudirle.
—¿Qué pasa?
—Escucha. Tenemos una misión, ¿recuerdas?
—Oh, Percy, sólo unos minutos más.
—Malcolm, aquí hay gente desde mil novecientos setenta y siete. Niños que no han crecido más. Te inscribes y te quedas para siempre.
*-x-*
-Peter Pan. -Dijo Castor.
*-x-*
—¿Y qué? —replicó—. ¿Te imaginas un lugar mejor?
Le agarré de la muñeca y le aparté del juego.
—¡Eh! —me gritó, e intentó pegarme, pero nadie se molestó siquiera en mirarnos. Estaban demasiado absortos.
Le obligué a mirarme a los ojos.
—Arañas. Enormes arañas peludas —le dije.
*-x-*
-Buen plan. -Aprobó Quirón.
Hera quería marcharse de allí.
*-x-*
Eso le estremeció y le aclaró la mirada.
—Oh, santo Olimpo —musitó—. ¿Cuánto tiempo llevamos…?
—No lo sé, pero tenemos que encontrar a Grover.
Tras buscar un buen rato, lo vimos jugando al cazador cazado virtual.
—¡Grover! —llamamos.
El contestó:
—¡Muere, humano! ¡Muere, asquerosa y contaminante persona!
*-x-*
Todos soltaron grandes carcajadas.
-Esa es buena amigo. -Felicitó Pólux.
*-x-*
—¡Grover!
Se volvió con la pistola de plástico y siguió apretando el gatillo, como si sólo fuera otra imagen en la pantalla.
Miré a Malcolm, y entre los dos lo agarramos por los brazos y lo apartamos. Sus zapatos voladores desplegaron las alas y empezaron a tirar de sus piernas en la otra dirección mientras gritaba:
—¡No! ¡Acabo de pasar otro nivel! ¡No!
El botones del Loto se acercó presuroso.
—Bueno, bueno, ¿están listos para las tarjetas platino?
—Nos vamos —le dije.
—Qué lástima —repuso él, y me dio la sensación de que era sincero, como si nuestra partida le doliese en el alma—. Acabamos de abrir una sala nueva entera, llena de juegos para los poseedores de la tarjeta platino.
*-x-*
-No aceptéis. -Dijo Michael.
-Hablas con un libro.
-Que te den la Rue.
*-x-*
Nos mostró las tarjetas. Sabía que si aceptaba una, jamás me iría. Me quedaría allí, feliz para siempre, jugando para siempre, y pronto olvidaría a mi madre, mi misión e incluso mi propio nombre. Jugaría al francotirador virtual con Darrin el Enrollado por los siglos de los siglos.
*-x-*
-Suena escalofriante. -Comentó Tommy.
*-x-*
Grover tendió un brazo hacia la tarjeta, pero Malcolm le pegó un tirón y la rechazó.
—No, gracias.
Caminamos hacia la puerta y, a medida que nos acercábamos, el olor a comida y los sonidos de los videojuegos parecían más atractivos. Pensé en nuestra habitación del piso de arriba. Podíamos quedarnos sólo por esa noche, dormir en una cama cómoda y mullida por una vez…
*-x-*
-Mejor que no. -Comentó Bianca.
*-x-*
Salimos a toda prisa del Casino Loto y corrimos por la acera. Era por la tarde, aproximadamente la misma hora del día que habíamos entrado en el casino, pero algo no cuadraba. El clima había cambiado por completo. Había tormenta y el desierto rielaba por el calor.
Llevaba la mochila que me había dado Ares colgada del hombro, cosa rara, pues estaba seguro de que la había desechado en la habitación 4001, pero de momento tenía otros problemas de que preocuparme.
*-x-*
-Eso también es extraño. -Dijo Poseidón.
*-x-*
Fui hasta el quiosco más cercano, miré la fecha de un periódico. Gracias a los dioses, seguía siendo el mismo año en que habíamos entrado. Después reparé en la fecha: 20 de junio. Habíamos pasado cinco días en el Casino Loto.
Sólo nos quedaba un día para el solsticio de verano. Un día para llevar a buen puerto nuestra misión.
*-x-*
-Eso no pinta bien para nadie. -Dijo Hades.
-Ya ha acabado el capítulo. -Intervino Luke.
-Yo leeré. -Se ofreció Dioniso sorprendiéndolos a todos.
El dios del vino hizo levitar el libro hasta él y sin mirar a nadie, abrió el libro.
-Devuelve a mi hijo a su estado normal. -Dijo Poseidón.
-Pero así está preciosa. ¿Verdad cielo? -Le preguntó Afrodita a Charles.
-Está para lamerla todita. -Contestó el joven. -Aunque… si fueses de nuevo un chico… no me importaría devorarte.
Beckendorf se acercó a Percy y le lamió un lado del cuello.
Ella no pudo evitar soltar un pequeño gemidito de placer.
-Tan caliente… Quiero hacerte de todo Percy.
-M mejor vuelve a tu sitio.
Charles besó los labios de la semidiosa y se alejó.
-No voy a rendirme cariño.
Afrodita sonrió y volvió a Percy a la normalidad.
El chico quiso tocarse ahí abajo para comprobar que había vuelto su… miembro, pero sabía que eso se vería raro.
*-x-*
Nota: ¿Queréis que Dioniso pronuncie mal los nombres al leer? ¿o mejor no? Lo dejo a vuestro criterio.
por cierto, gracias por todas vuestras ideas.
